lunes, 15 de febrero de 2016

Desde la frontera

Ningún otro paisaje resulta más atractivo y seductor para un geógrafo que los llamados territorios fronterizos. Los estudiosos descubren en ellos verdaderos tesoros inmateriales, ocultos para la ceguera profana pero muy evidentes  para el ojo perito. Mi amigo Juan Francisco, experto entre expertos de Geografía Humana, y nuestro guía en los viajes de senderismo, nos tiene ya bastante amaestrados sobre el tema. Las tierras limítrofes y sus gentes, durante siglos, se han ido enriqueciendo de las interrelaciones de culturas, creencias, ritos, costumbres, usos civiles, agrarios, religiosos y militares... Y ello, con el poso del tiempo, ha repercutido no sólo en la idiosincracia de las gentes del lugar sino también en la fisonomía especial de sus terrenos: castillos derruidos, torres vigías, murallas vencidas y otros elementos de alarma y defensa.

Vivir en la frontera ha sido, de siempre, un ejercicio arriesgado pero también muy enriquecedor. Aunque sólo fuese por el hecho de comprender que el mundo, nuestro mundo, no es unívoco, ni dogmático, ni único, sino que es muy plural y donde los unos no somos ni más ni menos que los otros, donde el desconocimiento mutuo nos lleva a reacciones tribales, a sectarismos, independentismos y otras gaitas. Vivir en la frontera requiere un ejercicio de valentía y desposesión, un ejercicio de apertura de ideas y de pensamiento.

Pasando el testigo a mi mundo cercano, he tenido la ocasión de pasar solo unos días en un territorio fronterizo. No físico, sino intelectual y vivencial. He vivido dos días en mi hospital como paciente, como hombre enfermo. Y ello me ha permitido ver y experimentar ambos lados del campo sanitario: el del paciente y el del médico. La mar de interesante.

Para empezar, lo primero que debéis saber es que soy tan mal paciente como buen médico. Creo que lo comprendéis. Lo siguiente que he aprendido es que un médico, si quiere y se lo propone, puede y debe intentar ponerse en el lugar del paciente, pero es que muy difícil, casi imposible, que consiga penetrar en su alma, en su angustia, en su soledad, en su sufrimiento, en definitiva. Yo, actuando como médico, he creído hasta ahora que sí, que era posible; pero cuando me he visto de paciente con una enfermedad seria, de verdad, he comprobado en carne propia que no, que no es posible. Las únicas personas que han comprendido el sentimiento profundo de mi sufrimiento y miedo en toda su extensión han sido mi Peque y el doctor Beltrán, precisamente porque este compañero tiene la misma enfermedad que un servidor. Ni siquiera los amigos más allegados. Es lógico. Lo veo lógico. No os lo toméis a mal, por favor. Cuento con todo el apoyo y toda la energía positiva que recibo de todos vosotros. Pero el afecto íntimo de soledad interior , desesperanza y miedo es de de cada uno. Ha habido dos sentimientos que me han sorprendido en mi enfermedad actual: la soledad y la sensación de debilidad, de decadencia. Y creo que esto es algo tan profundo, tan recóndito y protegido que nadie puede llegar hasta ellos salvo la persona que te conoce mejor que tú mismo.  Te ves extraño, no parece que seas tú, no te encuentras a gusto en ninguna parte, no disfrutas ni del desayuno con dulces, fíjate cómo será la cosa, te ves "obligado" a disimular que estás bien. Ahora puedo entender mejor cómo habrán sufrido en silencio amigos míos muy íntimos que han padecido dolencias mucho peores que esto que me ataca a mí ahora. He percibido, como paciente, que los médicos tendemos a banalizar las distintas situaciones, restar importancia a síntomas sin gran repercusión fisiopatológica, quizás, pero muy fastidiosos para el enfermo. Seguro que con la mejor de las intenciones, esto es, quitar presión y dar tranquilidad. Pero no siempre resulta esto lo más adecuado. Como médico, he comprendido y asumido algunas deficiencias de personas y del sistema porque lo vivo a diario y entiendo nuestras limitaciones humanas, profesionales, técnicas y motivacionales.

La noche de autos, sobre las diez de la noche, me sentí mal. Ya llevaba dos días barruntando que algo así iba a suceder. Tenía una taquicardia arrítmica muy acelerada, me tomé el pulso, 130 por minuto. Empezó a dolerme el pecho. "Toñi, vámonos pal hospital". La Peque, nada más verme, lo comprendió. Deberíamos haber llamado al 112 y que me hubiese atendido una ambulancia de urgencia, eso hubiese sido lo suyo, pero yo, médico, no pienso en eso, sino en llegar lo antes posible. Es comprensible, pero erróneo. A esa hora, la avenida de la Palmera estaba congestionada de tráfico, lógico. Viendo mi estado, cada vez más angustiado, la Peque conducía a todo trapo, con un ojo pal frente y otro pa mí, saltándose semáforos casi como en las películas. Como pude, llamé con mi móvil al hospital para advertirles a los médicos de guardia de la UCI mi estado, y que iba para allá. "Estamos cenando -me respondieron con parsimonia- pero preparados". Nada más aparcar en Urgencias, la Peque cogió la primera camilla que vio y ordenó, manu militari, a la primera celadora que pilló al paso que me subiera a la UCI, "pero ya". "¿Pero sin pasar primero por triaje? "Te he dicho que ya, ¿no ves cómo viene?". "Mujer es que estoy sola, no puedo dejar la puerta sin nadie..." Yo no lo pude ver pero la mirada de la Toñi debió se más convincente que cualquiera otra consideración. El caso es que la celadora lo dejó todo y entre ambas empujaron mi camilla hasta los ascensores, y luego, hasta las dependencias de la UCI. Yo llegué muy nervioso e hiperventilando. Notaba un intenso dolor opresivo en el pecho, me costaba respirar y tenía todo el cuerpo entumecido y adormilado por la hiperventilación. Todo el personal se volcó sobre mí; en un periquete las auxiliares y los enfermeros me asignaron un box, me llevaron en volandas a una cama, me desnudaron -teniendo la consideración de mantenerme los calzoncillos para no exponer mi pollilla, en ese momento lo más parecido al nudo de un globo-, me cogieron una vía venosa... Y sin embargo, eché de menos a los médicos. Nada, quizás dos minutos, pero a mí me parecieron muchos más. Llegados a mí y observando el monitor bromearon conmigo. "No te asustes, tío, que no es pa tanto". "Ya -les dije-, pero esta vez lo estoy sintiendo mucho más fuerte". "Venga, tranquilidad, que empezamos". Y ya, sintiéndome seguro y en buenas manos, saqué mi dosis de humor: "Me ponéis un cuarto de fentanilo, y 30 mg de propofol. Y para el choque eléctrico, con 100 julios será suficiente, no me vayáis a achicharrar". "Duérmete de una vez" -fue lo último que sentí decir riéndose a mi colega mientras me endilgaban los narcóticos.

La mañana siguiente la pasé en la UCI, pero ya sin cables ni sueros. Sólo de vigilancia. Pasaron a visitarme mis compañeros e, incluso, algunos médicos de la UCI, no sé si de broma o en serio, me plantearon preguntas acerca del manejo de otros enfermos que ellos llevaban allí, y creo que mis respuestas les fueron de ayuda. De manera que actué de médico incluso siendo un enfermo.

Por la tarde me pasaron a la planta de cardiología. Ahí sí que me pude explayar tal como soy yo: conocía a todo el personal, pasé de toda norma, rechacé la monitorización y el oxígeno, me coloqué mi bata de casa, paseé por el pasillo, por entre los ascensores, recibí visitas de mis amigos y me los llevé a donde me pareció estar más cómodo, me metí en los despachos de otros médicos y husmeé, aprovechando mi clave personal de ordenador, lo que los intensivistas y cardiólogos habían escrito sobre mi caso, repasé mi propio tratamiento por si algo se les hubiese pasado por alto... Y no rectifiqué nada porque no fue necesario. Pero no me gustó algo que vengo criticando desde hace tiempo entre mi gente: todos los informes sobre la actuación conmigo estaban escritos y firmados por el residente. No me gusta eso. Debe firmar también el adjunto. En fin, me comporté como un mal paciente, como un mal médico que no se fía más que de sí mismo.

Mi compañero de habitación -un hombre algo mayor que yo- se tiró toda la tarde tosiendo. De esas toses perrunas y molestosas que no dejan descansar a nadie empezando por el propio paciente.
-Amigo, ¿desde cuando tiene esa tos? -le pregunto un poco por cortesía y un mucho por curiosidad médica.
-¡Bueno!... -contesta con espíritu de desahuciado- meses y meses, ni me acuerdo.
-¿Y qué te dicen tus médicos?
- Que es una especie de asma rara. Llevo tomados de antibióticos y de ventolines... Pero nada.
-¿Recuerda usted si toma entre su tratamiento una pastilla que se llama Ramipril? -le pregunto con toda intención.
-Claro, aquí la tengo, todas las mañanas, una.
-Pues que sepa usted que la culpa de esa tos es del Ramipril. Usted deja el Ramipril y dentro de una semana está limpio.
La Peque, a mi lado, se reía de mis cosas, y el hombre y su mujer no sabían si dar crédito a mis imprudentes palabras.
-¿Qué médico lo ve a usted aquí?
-El doctor Beltrán -me contesta sin dudarlo un segundo. Un hombre bueno, bueno de verdad.
-Pues mañana mismo le dice usted al doctor Beltrán que le retire el Ramipril.
-Pero -balbucea el hombre-, yo... ¿cómo voy a decirle algo así?...
-Pues entonces, se lo digo yo, ea.

Casualidades de la vida. Estábamos en ésas cuando me llama alguien al móvil. No identifico el número y lo abro. Es Juan Beltrán, el cardiólogo responsable de ese paciente y de mí mismo a partir de mañana, que se ha enterado de mi ingreso y que me llama para interesarse por mí.
-Oye Juan, que estoy bien, que mañana tienes que venir dispuesto a darme el alta, eh.
-Pero si todavía no te he visto, hombre -me responde con su bonhomia habitual-, deja que me entere de tu historia por lo menos.
-Bueno, verás que es muy fácil. Y otra cosa tío -le digo ya en plan cachondo-, haz el favor de quitarle a este hombre de al lado el Ramipril, joer, que lo tenéis tosiendo tó el santo día.

El compañero de habitación y su mujer alucinan y no saben para donde mirar, avergonzados.
-Es verdad, oye. Ya hoy le hemos dado media dosis, pero es cierto, mi intención es retirárselo.
-Pues eso.

Ya de noche, el pasillo se alborotaba algo con cada gol del Sevilla al Celta. No me dio tiempo a mucho más. De la cena, insípida, nos comimos la Peque y yo sólo el arroz con leche. Luego, tratamiento obliga, me tuve que tomar un hipnótico y pasé la noche de un solo tirón.

A la mañana siguiente, naturalmente, mi amigo y compañero Juan Beltrán, me dio el alta.

Y ya está bien de lloriqueos. Ahora toca hacer caso al médico y superar todo esto con bien. Y jubilarse, coño.



sábado, 6 de febrero de 2016

Cierre temporal por descanso del personal

Muchachos, como veis, llevo un tiempo perezoso. Con mal ánimo nada me sale. Los que me conocéis sabéis lo cagueta que siempre he sido para esto del enfermar. ¡Parece mentira!, siendo uno médico, ¿verdad?

Este Enero pasado, tan tibio y reconfortante para la gente del campo -¿qué ha sido del "Aceituneros del pío pío, cuántas fanegas habéis cogido, fanega y media porque ha llovido"-, conmigo, sin embargo, se ha empleado dura y fríamente. He reproducido antiguos, ya casi olvidados, ataques de arritmia, me han vuelto a visitar viejos fantasmas, tan malvados que me han metido en la UCI por dos veces y ha habido que expulsarlos a base de candela, esos chispazos eléctricos que queman el pecho por dentro.

Ya llevo dos días en casa y me encuentro bien. Con más susto que vergüenza, pero bien. Esto mío es un poco impredecible. Lo mismo te tiras dos años sin nada, que luego te dan varios ataques seguidos. Lo que os decía: todavía no tengo la suficiente presencia de ánimo para escribiros las cosas que he vivido en el hospital como médico impaciente o como paciente médico. Esperad a que me recupere.

Un abrazo para todos.

miércoles, 27 de enero de 2016

Miedo a la oscuridad

Seguramente yo tendría la misma cara de alelado por aquel entonces. Si no la misma, parecida. También yo, con catorce años, era un muchacho despistado y tímido, como parece éste que tengo delante.
Acompañado por su madre, apenas levanta la vista de la mesa un mozarrón largo y encorvado de ojos tristes y caídos, bigotillo de pelusilla, flequillo de cortina (como el mío de antes) y voz corta y aflautada. Me he visto a mí mismo con esa edad.

Su médico del pueblo cree que le falta vitamina K porque le salen cardenales con mucha frecuencia. Su analítica, sin embargo, lo desmiente. Es un chaval que, como servidor antaño, combate su timidez jugando al fútbol a lo bestia, sin reparar en carreras alocadas, tropezones, golpetazos, rodillazos o saltos de cabeza acrobáticos. Y así está su cuerpo, como estaba el mío: hecho un Ecce Homo -un "seomo", se dice en mi pueblo.

Leyendo su historial me entero de que está siendo tratado, además, en la unidad de salud mental infantil. Pienso en un Asperger, una especie de autismo menor, síndrome éste más frecuente de lo que parece entre la población escolar. La madre, solícita a mi pregunta, lo niega. No, no se trata de eso. Al parecer, el chaval padece de un trastorno que consiste básicamente en miedo a la oscuridad y a la noche. No puede dormir solo ni a oscuras. 

¡Joder, igualito que yo! -pienso, sorprendido por tantas semejanzas.

Siendo, como era, un vicioso empedernido de la calle, adicto a la pelota, a los sables y a las flechas, me recogía el primero de todos mis amigos en cuanto venía la luz a las casas, al filo del anochecer. Llegado a la casa de mi abuela con el corazón en el gaznate, no me atrevía a entrar si no estaba la luz encendida, y aún así, si nadie me respondía desde dentro. "¿Mama?... ¿abuela?... ¿chacha Bibi?... ¿niña? (mi hermana mayor)..." Y permanecía en la gradilla esperando respuesta. Si no había nadie en mi casa o, si habiendo, se hacía el remolón por ver mi cobardía simplemente no entraba. Y esto siendo ya grandecito, vaya, para irme al seminario. Hasta los trece o catorce años me acostaba con mi abuela, y con la luz encendida. Ya dormido a base de un centenar de letanías y jaculatorias, mi abuela apagaba la bombilla y alumbraba el cuarto con la llama mortecina de una mariposa de aceite al pie de un cuadro siniestro y tenebrista del Señor con la Cruz ayudado por el Cirineo. Mi primera polución nocturna me avergonzó tanto que ya desistí de compartir sábanas con ella. Asimismo, una de mis grandes zozobras en los primeros meses de los Ángeles fue precisamente tener que dormir a oscuras. Ya sabéis, nunca me ha gustado la noche.

Sólo que yo no precisé de terapias psicológicas ni de otras gaitas, como sucede ahora. Este chico lleva cinco o seis años de psicólogos, de charlas y de medicamentos ansiolíticos, cuando a un servidor el seminario lo curó de todo. O por lo menos, me proporcionó el hervor que me faltaba. 

Mi primer dormitorio en los Ángeles fue el de san Tarscicio, el más alto de todos cuyas ventanas daban a la huerta de naranjos y al salto del Fraile, por el Este, y al Bembézar, por el Sur. Tal como lo pinto yo ahora. ¡Menuda diferencia con el cuarto de mi abuela! La lluvia, el viento y la tormenta, cual jinetes malvados del Apocalipsis, se afanaban allí más que en ningún otro sitio, sabedores de la indefensión y el canguelo de aquellas pequeñas e inocentes criaturas. Ahora pienso que las cosas que me salvaron del pánico en las primeras noches fueron el miedo visceral a la figura hierática y enérgica de don Antonio Jiménez -el cuarto jinete-, más poderoso aún que mi pavor a la noche, y la tierna cercanía tan gratificante como salvadora de mis primeros vecinos de cama, amigos ya para siempre.

No voy a hacer, desde luego, una apología de los internados, y menos en el siglo en que vivimos. Pero sí considero que una adecuada terapia para las fobias de este chaval, posiblemente las mismas que las de cualquier adolescente imberbe en cualquier tiempo, será siempre la compañía, la camaradería, la amistad en definitiva, junto a la necesidad de solventar los asuntos propios por imperativo personal.

Ésta es la cuestión, creo. Gran parte de la devoción nostálgica que profesamos al seminario -Los Ángeles, san Pelagio, san Telmo- todos los que allí hemos vivido y crecido no es tan deudora del cuidado de nuestros curas ni de la bondad de nuestra formación académica o espiritual, cuanto de los hondos sentimientos de solidaridad y amistad brotados de la absoluta necesidad de afecto. Eso creo.  

lunes, 11 de enero de 2016

Una noche en el hospital

No había más candidatos que yo. Hasta última hora estuve esperando con cierto anhelo a que se presentase algún otro. Sin suerte. Lógico, por otra parte. Todos mis hermanos y cuñados trabajaban al día siguiente; la Ana María se había quedado la noche pasada; mi sobrina María José, la de antes; la Peque, con un brazo escayolado, y yo, sin embargo, disfrutaba aún de mis vacaciones. El único candidato posible. Lo acepté, es más, me ofrecí al no ver ninguna otra alternativa. Esa noche, sin remedio, había que pasarla en el hospital cuidando de mi padre, ingresado de nuevo con otra pancreatitis.

La noche se ha hecho para dormir. Eso dice mi mujer, y eso mismo digo yo.
En mis lejanos tiempos de estudiante, ni en el seminario ni en la universidad, nunca he trasnochado para estudiar. En san Pelagio me quedaba como mucho hasta las doce, haciendo como que estudiaba, pero en realidad lo hacía para poder compartir con mis amigos las trepidantes e inocentes aventuras de entrar en la cocina a oscuras, sustraer de las neveras unos pocos de filetes de cerdo para  achicharrarlos sobre un infiernillo que tenía Pedro Soldado en su cuarto, y darnos luego nuestro pequeño festín con el añadido aliciente de la transgresión, no ya dietética sino disciplinaria. Siempre he considerado que el día tiene suficientes horas para todo. Estudiar sí, pero de día y con sol. En los distintos pisos de estudiante en los que he sobrevivido era el primero en irse a la piltra. Ni que decir tiene que una de las cosas que he sobrellevado mal de nuestras guardias de médico en el hospital ha sido ésa, la de pernoctar fuera de mi casa, la de no dormir en condiciones o no dormir nada. Y mis amigos son conocedores de que cualquier reunión doméstica, cena casera o festolín callejero toca a su fin a las doce, cual Cenicienta.

Con semejante espíritu, la noche entera en el hospital se me presenta larga, muy larga y penosa. Me había preparado una siesta preventiva que duró hasta donde mi nieto Lucas propuso: paseando por el pasillo a voces con su particular jerga de cabrero, eeehhhh, eehhhh... me despertó enseguida. Alargué la tarde en Antequera todo lo que pude, hasta me compré pantalones en las rebajas, como si haciéndome el remolón pudiese despertar sentimientos lastimeros en mi Juan, mismamente, que ya se paseaba nervioso por la habitación esperando mi relevo. A las ocho de la noche partía, por fin, hacia el hospital de Cabra, y a las nueve menos cuarto estaba listo y preparado para afrontar este formidable reto.

Como nos sucede a los cobardes tantas veces en la vida que imaginamos más peligros y precauciones de los que realmente son, luego la cosa no fue tan insufrible. Para empezar, la cama vecina se encontraba vacía, desocupada. Me faltó tiempo para poner un wassapt al grupo de mi familia para darles envidia de la cómoda noche que me esperaba, dando por hecho que yo iba a hacer un buen uso de esa cama. Tonterías, al cabo de media hora se ocupó la cama con un hombre de Rute, acompañado por su mujer.

Hasta las doce de la noche hay vida en los pasillos del hospital, y el tiempo pasa rápido. A las nueve, la cena; en el caso de mi padre un zumo de pajita chupada y un caldito aguado sin estrellitas. Para el vecino de Rute, sueros, dieta absoluta le llamamos. Mi padre se queja: "¡Qué ganas tengo ya de menear la barba!" -protesta exagerando el gesto de masticar con esa boca suya tan cómica y desdentada. A continuación, un paseíto y ponerlo a sus necesidades. Tengo que entrar con él al wáter, claro. Con mi mano izquierda sujeto el suero en alto para que no refluya la sangre por la gomilla, cosa intrascendente pero que asusta mucho al personal; con la derecha lo sujeto a él. Primero, de pié, como hacen los hombres, orina en la taza; rebusca entre la portañuela del pijama y se saca la churra; orina dentro y gotea fuera, como Dios manda. Luego, se la esconde, se da la vuelta y se sienta a dar de cuerpo. "Joer, papa, ¿no lo puedes hacer tó junto?" -le reclamo. "No, niño, cá cosa requiere lo suyo". Luego, sobre las once, viene la auxiliar de enfermería a ponerle el pañal. Tumbado en la cama en pelotas se deja hacer. Es muy buen paciente. Hay que ver, me dice la chica, con lo mayor que es y lo bien que está de su cabeza. En un santiamén lo tiene envuelto y arropado. A las doce pasa la enfermera, les cambia el suero a ambos pacientes, regula el ritmo de paso calculando que dure toda la noche, y se va. "Señorita, no me ha traído la pastilla de dormir", lugar común en todos los hospitales. "No se la tiene puesta el médico, dígaselo usted mañana". 

A partir de ahora el hospital dormita. Las habitaciones quedan silenciosas y alumbradas solamente por una bombillita enrejada en lo hondo de la pared de entrada, la luz de alarma. Como por arte de magia se hace el silencio en los pasillos a medida que se van ahogando las últimas toses, cada vez más espaciadas. Mi padre se ha dormido sin dar tiempo a que le traigan su lorazepam, y va a resultar ahora que es el hombre de Rute, Francisco, quien me va a fastidiar la noche con sus sonoros ronquidos y gorgorteos. Su mujer, Antonia, se extraña del sueño plácido de mi padre "Con lo mayor que es y ni un ruido, oye". Aún es pronto para sentarme en el sillón de escay. Me asomo al ventanal que da al sur para ver las luces de la urbanización cercana, para adivinar en la noche oscura la Fuente del Río, otrora famoso y concurrido parque donde los forasteros que venían al médico se reunían a almorzar con sus horteras y sus hules extendidos sobre mesas de piedra, para vislumbrar en cercana lontananza la cumbre iluminada de la vecina ermita de Lucena, esta noche arropada su desnudez por una nube lenticular que promete tormenta para mañana. Pese a la tranquilidad que se respira en la habitación, estoy temeroso, queda toda la noche, y he sido advertido por mis hermanos de lo farruco que se pone mi padre cuando se desorienta.

Mientras, el gota a gota del suero se me antoja un reloj de agua en lugar de arena, cada gota un segundo, más o menos, click, click, click... Mirando el goteo tan rítmico me da sueño. Coloco el sillón paralelo a la cama de mi padre para poder cogerle la mano útil, la mano con la que acostumbra a arrancarse la vía venosa en sus delirios oníricos. Aún dormido, enseguida lo nota, abre los ojos y me sonríe. Son ásperas las manos de mi padre. Ásperas y lisas como leña de encina aserrada, como tronco de olivo desmochado. Y fuertes, más fuertes que las mías. Hace tiempo que no echamos un pulso, pero siempre me lo ha ganado. Recuerdo ahora esas manos empuñando el hacha para la tala, arañando el frío y duro suelo para amontonar las aceitunas, escarbando más hondo que lo hiciera un almocafre para arrancarle al campo patatas o remolacha, batiendo con fuerza inusitada pero también con delicadeza la vara sobre el olivo, agarrando con firmeza y pericia la hoz, el hocino o la guadaña... No ha habido apero o instrumento de labranza en el que mi padre no haya sido el mejor, el más intenso, el más afanoso, Juanillo afán, le llamaban en el cortijo. Las mismas manos con las que ahora es incapaz de teclear sin equivocarse los números de su móvil, demasiado dedo para tan poco número, le sobra dedo o le falta número.

Francisco, el vecino de Rute, se despierta varias veces, cada cierto tiempo, pidiendo la botella para mear. Su mujer, siempre solícita, se levanta una y otra vez, le coloca el artilugio de plástico sobre el aparato, espera a que termine y luego se va al cuarto de aseo para verter la orina en un bote más grande donde debe recolectarse toda la orina de veinticuatro horas. No sé para qué querrán los médicos tanto orín. Mi padre, no. Él se orina libremente en el pañal. O, al menos, eso es lo que se espera que haga, porque en su casa, pese al pañal, amanece empapado cada día. Él y las sábanas. Y me admiro, de verdad, de ver la entrega abnegada de tantas mujeres, de tantas esposas añosas y desvencijadas, como esta Antonia, que, sin poder, sacando energía de donde no hay más que huesos hueros, grasa apelotonada y piernas varicosas, pasan tantas malas noches en los hospitales cuidando de sus maridos. Es curioso que cuando el paciente es un hombre mayor, su cuidadora en el hospital es su mujer, y si la paciente es ella, entonces son las hijas o los hijos los que se quedan de noche, nunca el marido. Otra lección de las muchas que recibimos a diario del sexo débil, fijaros qué incongruencia. Y fijaros también en el ahorro de recursos y de trabajo que tiene nuestro sistema público con la labor gratuita y generosa de estas mujeres en todos nuestros hospitales.

Lenta avanza la noche aunque sin sobresaltos. Algún quejido aislado a lo lejos, quizás en las primeras habitaciones. Se perciben los pasos rápidos de las enfermeras llevando algún alivio, un Nolotil pinchado o algo parecido. Mi padre no se despierta, menos mal. De vez en cuando intenta zafarse de mi mano para rodearse y cambiarse de lado, algo que tanto acostumbra. Lo dejo, pero enseguida vuelvo a cogérsela. Sueña, sueña mucho y habla en sueños. Y gesticula. Hay ruidos que no se entienden pero otros sí, perfectamente: "Niño, esta tarde partimos un plato jamón y nos lo comemos". Y se ríe solo. "¿De qué te ríes, papa?" Y se despierta un poco. "¿Qué estabas soñando?". "No me acuerdo, quiero mear". "Tienes puesto el pañal, méate encima". "Vale". Pero se mete la mano por dentro del pañal como queriendo sacarse la pinga. "¿Dónde vas con esa mano, hombre?". Lo sujeto y se queda tranquilo. Y vuelve a dormirse.

Ya recuerdo poco más. Desde las cinco a las siete de la madrugada me dormí yo también. Con su mano cogida, como él hacía conmigo en las noches de tormenta y en las de anginas.

A las siete, el hospital se despereza, se encienden las luces, las enfermeras arrastran los carritos de las curas, se cambian los sueros, se les saca sangre a los enfermos... Se da por terminada la temida y penosa noche.

Como veis, al final no ha sido para tanto.

martes, 22 de diciembre de 2015

Regalos por Navidad

Tengo dos amigos, muy buenos amigos, ella y él, a quienes les sobra la Navidad. Les viene larguísima. Sencillamente les gustaría desaparecer del mapa durante este mes, pongamos del 15 de diciembre al 15 de enero, y lo harían si las condiciones económicas y laborales se lo permitieran "No sé, a Hawái, a Japón, a China... quitarnos de en medio de tanta superficialidad y despilfarro". Y yo, de broma, les digo "¡Coño!, no hace falta alejarse tanto, irse a Marruecos mismo, a Tánger, que está a quince kilómetros, joer". Son personas en quienes se juntan el hambre y las ganas de comer, la carencia de vivencias infantiles mágicas en torno a la Navidad y la visión actual de unas fiestas orientadas casi en exclusiva para el consumismo más brutal e innecesario. Y de todo, lo que peor llevan es la necesidad perentoria y obligatoria de tener que hacer regalos por Navidad. Sobre todo, él. Tanto, que desde hace años y por imperativo interno de su propia coherencia no le compra regalos navideños ni a sus propios hijos, "A partir del 8 de enero, lo que queráis: Es todo más barato y seguramente serán cosas más útiles". Sin embargo, en este ejercicio de este año uno de ellos, ella -¿cómo no?, la Eva pecadora-, ha mordido la manzana. He sido testigo directo de unas compras "in extremis" para sus nietecitos y para sus amigos invisibles. Y hasta aquí puedo decir.
Tiene un mérito enorme sustraerse al entorno navideño de nuestras ciudades, pasear por calles y avenidas abarrotadas de gentes y rebosantes de colores y luces, de tiendas, tenderetes y puestos, de abuelos, padres y niños de leche en carritos molestosos, de reclamos fosforescentes, de grupos tamborileros y de turba mareante... como si tal cosa, como si nada de ello fuera a ser capaz de perturbar el ánimo ni la voluntad decidida de pasar olímpicamente del tema, como quien dice. Yo no podría.
Hay una cosa, sin embargo, que sí comparto con estos amigos: el rechazo a regalar por obligación. Lo llevo mal, la verdad sea dicha. De siempre he sido muy malo para esto de los regalos, tanto para hacerlos como para recibirlos. Si quitamos los dulces -cosa con la que siempre acierto y acertarán conmigo-  tengo muchos problemas para escoger un regalo. Ha sido un tormento para mí, la algarabía navideña que siempre he llevado a gala se ha visto perturbada muchos años por esta espinita de las compras navideñas. Mis cercanos me lo achacan a mi consabida racanería. No digo que no, pero eso no es todo. Tened presente que hasta la invención afortunadísima del amigo invisible había que regalar a los amigos, uno por uno, a los hermanos, a los cuñados, a los sobrinos, a los ahijados, a algunos compañeros del trabajo y, por supuesto, a la Peque, a la Meli y al Pepe. Demasiado. No sólo por el dineral, que también, sino por el tiempo y el esfuerzo mental que supone. Ahora la cosa es más llevadera, tres regalos para tres amigos invisibles, uno entre los amigos, otro entre la familia de sangre y otro entre la familia política. Siempre cae alguno más, claro está, pero ya no es lo mismo.

Ha habido, sí, tiempos heroicos en los que me he batido el cobre como un valiente en busca del regalo ideal para la Peque. Ella -¡qué facilidad la suya para encontrar de todo para todos y para el manejo de la tarjeta!- se sobraba para agenciar los suyos y los míos, cosa de mucho agradecer por mi parte. Pero, claro, el mío para ella no era cosa de que también lo comprara ella misma. Y ahí me tenéis desde muchos días antes de Nochebuena serio y avinagrado, mascullando perrerías y rebanándome los sesos, a ver con qué cosa novedosa iba a sorprender a la Peque. Porque ésa era otra, mi mujer no es, ni por asomo, melindres ni finolis, ni nunca ha pretendido presentes caros, pero sí que ha dejado entrever su gusto por la originalidad, por el detalle, por ese toque especial del que yo carezco por completo y que atesora sin límite mi amigo Jaime, por ejemplo.

En los primeros tiempos nos íbamos Jaime y yo al Corte Inglés y pasábamos allí toda una tarde. Él ya tenía agenciado un viaje a Canarias o a Berlín o a un hotel de ésos con encanto para su Paqui. Pero, claro, yo no podía hacer lo mismo, me faltaría originalidad, sería un plagio de mi amigo. En esa época nos dio por los pijamas. Y las batas. Los escogía él, naturalmente. Durante años, cada Navidad, pijama nuevo. O una batita celeste. Almacenó unos cuantos: cortos, de fantasía, largos de dos cuerpos, pijamas de blusa larga hasta los pies, otros de camisa corta, de tentación...

Luego, ya me solté yo solo. Mi técnica consistía en hacerme el despistado, poniendo cara de bobo, por los largos pasillos de la planta de regalos para mujeres, la planta baja donde se exponen pañuelos finos, perfumes, relojes, carteritas, sombreros, complementos y demás perifollaje femenino. Hasta que se me acercaba una dependienta. Me encandilan esas señoritas tan estilosas que gasta El Corte Inglés, con sus faldas tan prietas y sus camisas holgadas de canalillo generoso. "¿Puedo ayudarle, caballero?" "Naturalmente -respondo yo campechano-. Mire, es que soy un negao para esto de los regalos, y estoy buscando algo apropiado para mi mujer". Y entonces ella me convencía de cualquier cosa; un año era tal perfume; otro, tal colonia, unos zarcillos de piedras, un bolso -a la Peque le encantan los bolsos-, un reloj... En una ocasión, ya medio experto, me atreví por mi cuenta sin consultar con ninguna dependienta y me lancé a por un collar de perlas. Carísimo. Con dos cojones. Para que luego digan. Fracaso estrepitoso: mi mujer lo devolvió y lo canjeó por un cheque regalo. Pero me agradeció mucho la intención, eso sí.

Hubo luego otro tiempo en que me dio por los bodys, ya sabéis, aquellos corpiños picantes y calientanabos. La verdad, que a la Peque le sientan muy bien esas prendas, siendo, como es, mujer menuda y de formas abarcables. "¿Qué talla usa su mujer?" -me preguntaba la señorita. Y yo, ni idea de tallas, claro. "Un poquito, esto de poquito -le señalaba yo acercando paralelos mis dedos pulgar e índice- más delgada y más bajita que usted". Y así, entre ambos, decidíamos la talla. No sabría deciros el destino definitivo que la Peque haya procurado para aquellas prendas -alguna sin estrenar-  que tanto juego nos dieron en el tálamo, ¡Oh témpora!, y  ya desahuciadas para tan arduas bregas.

Pero pasan los años y uno va menguando en ideas nuevas y en ganas, y creciendo en pereza. Además, pasa un poco como con los niños de hoy: tienen de todo. Eso dificulta mucho más la operación. Mi mujer no es de joyas ni alhajas, menos mal, ¿qué le compro que no tenga? Un año, ya desesperado de rondar por todos los pasillos y tenderetes, y echándoseme encima la Nochebuena, decidí comprarle una prenda de vestir que, por aquel tiempo, se había puesto de moda entre el personal femenino de mi hospital: calcetines de colores. No os riáis. Yo estaba convencido del acierto. Eran unos calcetines rayados con bandas de distintos colores que resaltaban mucho en las piernas bonitas de las enfermeras bonitas de las Urgencias. Como la Peque. La verdad, no sé si acerté. Pero os aseguro que fue la Nochebuena que más nos reímos de todas las que recuerdo de adulto.


Y ya en la actualidad ¿cómo te las arreglas?, me preguntaréis. Bueno... hemos perdido un poco la magia. Yo la he perdido. Mi mujer sigue en lo suyo, con la misma facilidad e ingenio de siempre, con idéntico afán por sorprender y agradar, blandiendo tarjetazos en cajeros y en operadoras para que nadie se quede sin regalo y, de paso, sacar a España de la crisis. Y yo directamente le pregunto "Toñi, no me digas lo que quieres que te regale, pero por lo menos dame una pista, una señal". Y entonces ella me habla con mucho énfasis y me dice que, como yo bien sé, está pintando pañuelos de seda, su vocación artística la ha llamado por esa vertiente, faceta en la que es alumna destacada en su escuela de arte, que todos los amigos y cercanos están contentísimos con sus productos y sus acabados... Y que se ha quedado sin existencias de unas pinturas muy especiales para esa tarea. Pinturas que son caras -te lo advierto- y que hay que encargarlas con tiempo a una empresa de Barcelona. Ea, y yo ya, más o menos, me quedo con la copla. Así se las ponían a Fernando VII.

¡Ah la Navidad! Me gusta la Navidad. Aunque reniegue de regalos y del consumo superfluo, me gusta la gente en la calle, la alegría, las iluminarias, los villancicos callejeros, los belenes, las reuniones familiares... Es algo emocional, de esas cosas que no se pueden ni se quieren remediar.

Felices Fiestas para todos. Y que acertéis en los regalos.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Mi primera Navidad

Debió ser la de 1956 la primera Navidad de la que yo guarde algunos recuerdos sueltos. Con 4 añitos recién cumplidos.
 
Nunca me ha dado por estudiar por qué no recordamos nada de los primeros años de nuestra vida. Lo más fácil es achacarlo a la inmadurez de nuestro cerebro infantil. Pero le preguntaré al Pintor, que sabe mucho de esas cosas.

Almaceno en mi cabeza ramalazos de vivencias, quizás más sentimientos que verdades contrastadas.

La eterna congoja de mi madre por la muerte de mi primer hermanito Manolo, a los ocho meses de vida, me ha perseguido muchos años. Aquél era un querubín grande y orondo, más hermoso, si cabe, que mi Manolo el de ahora. Aquella tristeza, creo, la marcó para siempre. Nunca he visto a mi madre reírse a carcajadas. Yo tenía tres años, y me entristecía mucho viéndola triste a ella. Su mirada lánguida y su sonrisa tristona han sido testimonio vitalicio de aquella pérdida.

Por ese tiempo, más o menos, mi padre me llevó al Convento, una especie de centro de preescolar adelantado a su tiempo. Además de cuidar de nosotros, las monjas nos enseñaron las primeras letras, a leer y a escribir. Yo sabía leer y escribir antes de ir a la escuela. Imborrable en mi memoria la imagen del primer día cuando mi padre, vestido de limpio para la ocasión, me presentó a sor Josefa y me dejó a su cuidado. La misma cancela, la misma campanilla que mi padre tocó aquel día permanecen inalterables en el zaguán del Convento. 
 
Recuerdo también un viaje a Córdoba, a visitar a mi chacha Josefa, que vivía en una casita baja, en todo lo hondo de lo que hoy es la Avenida de Vallellano. Por donde el antiguo cementerio de la Salud. Fijaros qué nombre para un Camposanto. Creo. Mucho antes de que se trasladaran a la Comandancia de la Guardia Civil. Es tontería preguntarle a mi padre, se inventa lo que no recuerda. Me veo yo sólo con mis padres, sin mi hermana, yendo a pie a todos lados -mi chacha era una andadora maratoniana, "Niño, eso está ahí mismo"-, cansado y con muchas ganas de volver al pueblo. Para que veáis que no es coña, que mi desapego a los viajes viene desde chico. El único consuelo era a la hora del almuerzo, nunca ha catado mi exquisito paladar el sabor y la textura, únicos, que le daba mi chacha a las papas fritas de entonces. Pasado el tiempo, ya en el seminario, esta misma chacha Josefa era quien me surtía de chucherías en la talega de la ropa limpia. Cosa de más que eterno agradecimiento; pero por muy goloso que uno fuera -y sigue siendo-, si me preguntan por ella siempre la asociaré con aquellos rebosantes platos de papas fritas con huevos. ¡La necesidad que uno ha pasado!...

Recuerdo -esto con más nitidez- una noche en La Capilla durmiendo en las cuadras de las mulas con mi abuelo Manolo. Lo más parecido a un portal de Belén. Mi abuelo vivía todo el tiempo en el cortijo, era "El Pensaor", nunca he sabido si por su memoria prodigiosa y su ingenio o si por ser el encargado de echar el pienso a los animales. Da igual. Era un figura. Un hombre alto, algo cargado de chepa -como servidor-, nariz de Cívico y mirada amistosa; un hombre bondadoso e inteligente que, sin agenda ni papeles, llevaba en su cabeza la genealogía de todos los cuadrúpedos del cortijo: acémilas, borricos y hasta cochinos. Sin televisión ni isobaras ni Mariano Medina, era el predictor oficial del clima, el referente del tiempo. Interpretaba las señales del firmamento según una antigua ciencia -las cabañuelas- heredada de su padre, Manolo "Piriles". Y debía de acertar porque la gente se fiaba de sus veredictos. "Manolo -le preguntaban en las noches inciertas- ¿saldremos mañana al campo?" Y según dijera, así hacían. Mi padre me llevó un fin de semana al cortijo a ver a mi abuelo. Y sin duda, la experiencia de dormir entre la paja rodeado de mulas debió ser más intensa que la de vagar por Córdoba porque mis recuerdos son más cercanos. No tuve miedo. Los animales respetaban tanto a mi abuelo que jamás se me hubiesen acercado lo suficiente como para asustarme. Cada uno en su pesebre, diez a cada lado de un pasillo central apenas tristemente iluminado por un par de bombillas mortecinas por la pátina de polvo y telarañas de tiempo inmemorial. Tuvimos la suerte de que no se fuera la luz, cosa frecuente, y no necesitamos usar los carburos. Fue una experiencia muy placentera, y si tardé en dormirme no fue por aprehensión o incomodidad sino por la cháchara interminable de mi abuelo, que no era de jaculatorias ni de rosario sino de historias del cortijo y los amos.
 
En mi primera Navidad recordada sí que está presente mi hermana, claro. Siendo un bicho, como era, y dos años largos mayor que yo,  no conocía todavía, sin embargo, lo de los Reyes Magos, lo del engaño piadoso e inocente. Ella creía en los Reyes a pies juntillas y me transmitía esa fe con una vehemencia de catequista. Pero también con la ilusión y el misterio que sólo puede desprenderse del alma de un niño. Por entonces la Navidad de los pobres consistía en pedir el "aguilando" canturreando villancicos en las casas de los parientes la tarde- noche del 24 de diciembre, la Nochebuena, y la mañana, la más deseada de todo el año, del 6 de Enero, el día de Los Reyes Magos. Mi hermana era un demonio y yo un tontorrón asustadizo. Se iba con sus amigas, en pandilla, a pedir el aguilando con panderetas y zambombas casa por casa, sin ningún reparo. Era la jefa, la mandona, la avalaban su descaro, su frescura, su voz y su alegría natural. Así la recuerdo de niña. Yo, sin embargo, me juntaba, creo, con Juan el de Chaparrito y con "El Botón", a cual más corto de ánimo, y pedíamos solamente en las casas de nuestros chachos y padrinos portando por todo instrumental un almirez con su maja y una carraca de platillos. Ella se recogía a las nueve de la noche con un montón de pesetas y de reales, y yo estaba en  mi casa al anochecer con cuatro perras gordas. Mi día bueno de Navidad, de verdad, era el de Reyes: ese esmero en preparar bien limpitas las botas y alinearlas detrás de la puerta; esa botella, ya empezada, de aguardiente de Rute, seco, "pa la garraspera", con sus tres copitas... Ese no querer dormirte para escuchar los cascos y el rebuzno de los camellos al paso por tu calle, por tu puerta... y finalmente ese caer rendido en la cámara de mi abuela atendiendo los consejos de mi hermana, que no se me fuera a ocurrir despertarme antes que ella y bajar solo a la puerta... ese salir corriendo escaleras abajo nada más despuntar el día con mi hermana por detrás gritando "primero yo, primero yo"... Y llegar, con la respiración entrecortada... para comprobar que habían estado allí los Reyes, que era verdad, que las copitas tenían aún un culillo de aguardiente, que la botella estaba menos que media, que en las botas habían dejado cucuruchos de merengue, zambombitas de dulce, chupa chups y roscos de vino de la Antequerana, y que al lado de las botas de mi hermana había una muñeca rubia con pecas -como ella misma-, y que en mi lado había un tambor de verdad con sus palillos de verdad y con su cinturón, nada que ver con mi tambor casero de lata de atún... El éxtasis. Mucho más, muchísimo más de lo que uno esperaba. Ese año fue el tambor; los siguientes serían la pistolita de mixtos, el arco y las flechas de indios, una cartera nueva para la escuela... Lo que fuera. Siempre la misma ilusión...

No tendríamos que haber crecido. ¡Se vivía tan bien de niño!...
 

domingo, 29 de noviembre de 2015

El hospital de Cabra: paisaje y paisanaje

No me gustan los hospitales. Está feo que lo diga yo, que llevo más de treinta años viviendo en ellos. Pero tiene su explicación. En el trabajo no soy consciente del todo de que estoy pisando suelo sanitario, tierra santa como quien dice, no vivo el hospital tal como se entiende desde fuera. Estoy en la sesión clínica, en el laboratorio, en rayos o en mi consulta, en mi currelo en definitiva. Y se me pasa el tiempo en un soplo. Sin embargo, cuando tengo que ir al hospital "de visita" o "de acompañante" la cosa cambia. Una cosa es el hospital sitio de trabajo, y otra el hospital lugar de compromiso social.

Este último, el hospital-patio de vecinos, es un coñazo. Huele a química mala, a saturación, a humanidad o, incluso, a cocinilla y a fritanga. Algunos de mis amigos detestan ese tufillo que parece consustancial en cualquier ambiente hospitalario. Los entiendo. El tiempo -ésa es otra- parece detenerse, sobre todo por la noche, interminable. Hastío.
 
Por fortuna, pocas veces me he visto en esta tesitura tan cansina de "acompañar" a un familiar doliente. Mi madre -la pobre- murió en un plis -plas, ni siquiera una mala noche hospitalaria, y mi hermana vivió su enfermedad y, desde luego, sus días postreros en su casa, rodeada de todos los suyos, como Dios manda. Con mi suegro  estoy salvado, no aguanta dos días ingresado, tenemos que abandonar el hospital por cataplines. Pide el alta voluntaria. Una bendición, no todo van a ser rarezas.
 
Las estancias hospitalarias de mi padre, sin embargo, merecen una atención aparte; son tan divertidas que no se hacen enojosas. Por lo menos hasta la presente: hace amistad con los vecinos de habitación y con sus familiares respectivos, intercambia con ellos teléfonos y wassapts, recaba vida y milagros de todo quisque con la misma espontaneidad que él mismo cuenta sus historias de siempre, le gusta pavonearse de sus hijos, de sus nietos y bisnietos, se hace el interesante leyendo el periódico a sus noventa y dos años ante los ojos incrédulos y maravillados de los circundantes, piropea sin recato alguno a las enfermeras y a las doctoras jovencitas y no tiene reparo en cantarles sus "defectillos" que él, con su humor tan propio, convierte en virtudes, "Mira qué lunar tan gracioso, oyes", le dice a la verruga oscura como garbanzo negro, tan poco afortunada, que afea la barbilla de una auxiliar. Ya sabemos que es un caso. Como es tan cotilla, tiene su teoría para averiguar si tal o cual enfermera es soltera o casada. Para él, si la ve seria y circunspecta es que es soltera. Las risueñas son todas casadas. Si le cabe alguna duda les pregunta directamente: ¿señora o señorita? Ahí no falla. Las casadas le contestan ufanas que casadas; y las solteras, simplemente, no contestan. Así se pasa los días. Mientras le den de comer a sus horas, tan contento. Las noches son otra cosa, claro está. Su dichoso reloj prostático le suena cada dos horas para ponerse la botella en su pingajo -que aún tiene presencia, eh- y orinar cuatro gotas de nada, mitad dentro, mitad fuera, cagarse en la puta que parió al demonio y arrollarse las sábanas a los pies. Si, como ahora, debe permanecer en dieta absoluta por dos días, durante la noche tiene ensoñaciones con la comida y delira. Mi hermana Carmen, mi sobrina María José y mi cuñada Sam -sufridoras nocturnas- cuentan que, dormido, se sienta de pronto en la cama y hace como si se estuviera zampando un potaje de garbanzos: en la mano izquierda sostiene algo, que será el plato, y con la mano derecha coge la cuchara y se la va llevando a la boca de manera repetida. Otras veces lo han visto hacer el gesto de partir el pan a pellizcos y llevárselo a la boca. Él, de siempre, arregla cualquier mal comiendo.
 
Días atrás ha estado ingresado en el hospital de Cabra por una pancreatitis aguda. Ha podido ser una cosa seria, pero se ha quedado en nada, gracias a Dios. "Niño -nos dice-, tranquilidad. Mientras tenga estos apetitos y cague así de duro no hay problema". Ése es su espíritu. Y así ha sido. Ya está en su casa tan ricamente.
 
No sé por qué pero el hospital de Cabra me infunde sensaciones distintas al resto de los hospitales. Esto de lo que hablamos sobre el rechazo o aversión a los centros sanitarios no me ocurre en Cabra. Es un hospital moderno, amplio, muy limpio y muy bien cuidado. No huelo a cosas raras quizás por su enclave en el campo. Quizás. Bien ventilado. Y son varios factores los que, creo, lo hacen atractivo para mi gusto. El hecho de estar asentado en la falda de la sierra ya es empezar bien: luminosidad, frescura, ventilación y paisaje por todos sus costados son cosas que a mí, en particular, me abren el espíritu, me animan y me sirven para distraer ese tiempo infinito del que antes hablábamos. Asomarse a cualquiera de sus ventanales y ver a gente paseando por la vía verde, la vegetación frondosa del campo o los chalecitos espolvoreados por las laderas es muy de agradecer para los cuerpos cansados de esos sillones incómodos y pegajosos. El otro elemento que resulta muy agradable a mi forma de ser es el paisanaje, tanto el sanitario como el de los enfermos y visitantes. Será, seguramente, porque la mayor parte de esas personas han nacido y se han criado, como servidor, en la Sub-bética -la Soviética, la llama mi suegra-, que me gusta todo lo que veo a mi alrededor. Me gusta esta gente. No sé. Me resulta un hospital amigable. No hablo de la calidad humana o profesional de los trabajadores sanitarios. No, ésa la considero adecuada en cualquier hospital andaluz. Me refiero al paisanaje en general. Hablo del carácter, del léxico, del espíritu abierto y campechano, de sencillez, de cultura campestre... De otra educación, de otra manera de hablar y decir. Algo realmente distinto a lo que vivo a diario en mi hospital. Ni mejor ni peor, distinto. Y a mí me gusta más, ea. No hay pecado en ello. Me gusta, me encanta, el "hasta luego, pae", la cercanía afectuosa del personal, el trato delicado a los abuelos, la antigua solidaridad familiar en el cuidado de los ancianos enfermos que alcanza hasta los nietos, las historias de aceitunas y de molinos y de gentes que han saltado desde el cortijo a la industria o al negocio familiar, que se han redimido del campo... ¡Coño!, hasta me gusta el bigotillo facha que adorna a la vieja Filomena, la mujer pegada a la cama de su marido moribundo, vecino de cama de mi padre.
 
Paisaje y paisanaje. Elementos que interaccionan y que son clave para entender la vida, el carácter y la filosofía de nuestras gentes. Eso dice mi amigo Juan Francisco.