jueves, 21 de diciembre de 2017

Mi amigo invisible

Quizás sea este año el primero en que no me sienta agobiado por las compras de Navidad. Lo del Lucas lo compraron mi mujer y mi hija en noviembre, mis sobrinos mayores ya peinan canas, y a los más chicos los conformo con el aguinaldo -el aguilando, en mi pueblo-. Bueno... No cantaré victoria antes de tiempo, aún me falta el regalo de la Peque, pero siempre queda el último recurso, el  del estuche-regalo de dos noches en un hotel con encanto. ¡Lo agradecido que le estoy al Corte Inglés por los apuros de que me saca! Hace años -muchos años- eran los bodys tan sugerentes, aquellos que cerraban con corchetes las partes pudendas y que yo arrancaba ansioso con las manos, con los dientes o con lo que fuera a la hora del usufructo; luego, años más calmados, vinieron los pijamas, prendas más decentes y adecuadas a nuestra edad. Y ahora, los hoteles con encanto a sesenta euros. Y para colmo de mi dicha, este año el regalo del amigo invisible viene con sorpresa.

Este año, mis amigos habían decidido que el regalo fuese algo reciclado, nada de comprar en grandes ni pequeños comercios, nada de alimentar el hiperconsumo. Cosas que tenemos apiladas y que llevamos años sin usar y que estén servibles, claro. Muy bien.

Hemos almorzado en casa de Paqui y Jaime mis amigos de Sevilla, los rocieros. Podemos concluir, sin lugar a dudas, que en ningún restaurante de la capital ni de fuera hubiéramos estado más a gusto ni hubiéramos comido mejor ni más saludable. Todo manufacturado por nosotros. Y digo nosotros con toda la intención, porque siempre se me acusa de no hacer ni el huevo, cría fama y échate a dormir. La Peque y yo teníamos el cometido de una crema de ajo blanco: estuve dos horas despellejando almendras, tío. Salió de rechupete. Pues eso, ajo blanco, ensaladas surtidas de aguacates, langostinos, naranja, jenjibre, su poquito de limón rayado y su poquito de curcumina; luego, unas migas serranas al estilo jaroteño o tarugo, da lo mismo, con su morcilla y sus dientes de granada; y para rematar, un asado de bacalao picado con patatas panaderas. Esta vez ha habido moderación incluso en los postres, cosa dada por imposible. María Jesús nos deleitó con un dulce típico de su pueblo que se parece en algo a la técula mécula: masa de pan con almendras, naranja y cabello de ángel, todo horneado. Una bomba. Probarlo nada más. Ya sabemos cómo se las gastan los extremeños a la hora del pesebre.

El reparto de los regalos fue, como era de esperar, lo más divertido. El mío, acertadísimo. Me enteré luego que fue Mariki mi bienhechora invisible. Un libro de recetas de postres y pasteles, y un delantal enterizo. La gracia era que el delantal lo había urdido recortando y recomponiendo un antiguo vestido de su hija. Me quedaba pintiparado, con sus flecos en las sisas, sus voleritos en los bajantes... En fin, que lo pienso usar, vaya.

Algo tenemos que hacer entre todos para intentar reinventar la Navidad. Vosotros, mis queridos lectores, que, como yo, habéis crecido en un espíritu navideño donde primaba el cariño, la cercanía, la familia, los mantecados caseros que se pegan al paladar, los regalos humildes y no por ello menos ilusionantes, los villancicos populares y el aguinaldo de los abuelos, vosotros y nosotros, todos, deberíamos, quizás, pararnos a reflexionar y a darnos cuenta de lo absurdo y banal de este consumismo superfluo y sin sentido. La inercia de lo común y la incisiva propaganda nos ha convertido a mucha gente en colaboradores necesarios para este consumo desaforado. Cierto que han cambiado los tiempos y las necesidades. No vamos a seguir viviendo en la pobreza de nuestra infancia. Claro que no. Pero in medio virtus, al menos eso, en medio. Ni tan poco, ni tan demasiado. Me entristece pensar que los humanos, con todas nuestras potencialidades, virtudes y glorias, tenemos también la curiosa y perversa costumbre de desvirtuar, a veces hasta el envilecimiento, aquello que es bello y hermoso.

Pero no quiero acabar con tristezas. Son días -y deben de serlo- de alegría compartida, de encuentros deseados, de comer juntos y de disfrutar, pero con prudencia. Os deseo a todos unas fiestas llenas de amor y amistad.
Hasta siempre. 

martes, 21 de noviembre de 2017

Quien nace lechón...

¡Hay que ver lo que es la genética!... Los mismos malos andares de su madre, paso cortito, culo respingoncete y espalda vencida; la nariz, las cejas y la talla de su abuelo Manolo, alto y cargado de hombros... No somos solamente lo que comemos, también lo que heredamos.

A sus sesenta y cinco años recién cumplidos, este hombre de cuyas virtudes y veleidades hoy quiero hablaros posee bastantes ases en sus mangas, demasiados "triunfos" de los que debe de sentirse realmente orgulloso: la familia que le ha tocado, sus amigos, sus brillantes logros académicos, su misión "sagrada" de médico cercano y cariñoso... De ellos, no es el menor sino que hace gala de seguir siendo él mismo, la misma persona de siempre -permítaseme la inmodestia-, malas trazas y pobre porte incluidos. Salvando las distancias oportunas, algo parecido a lo de su amigo Agustín, mente preclara en cuerpo desaguisado.

Al igual que hiciera en Triana, ahora pasea a su perrita por las calles principales de Antequera -ciudad clasista y muy provinciana- ataviado de cualquier manera, exponiéndose sin pudor alguno a las posibles críticas de sus vecinos o incluso de gente de Palenciana que va de compras o de paseo. Le da igual. Y eso que antes de salir su mujer le hace el obligado pase de revista.

Hace unos días, de paseo con la Pelu, se detuvo un rato en la plaza del coso viejo a tomar el sol templado y agradable de la mañana sentados ambos, hombre y su can, en un banco de piedra todavía fresquito. Llevaba el hombre su atuendo habitual de calle, su kit de paseo, digamos: pantalón vaquero raído y colgón, camisa de cuadritos tapada por un jersey, y una cazadora de paño; y para protegerse la calva, una gorrilla vieja con su visera; la misma de siempre. En esto que, al cabo y entretenido con el móvil, no se percató hasta no tenerla de frente de la presencia de una bella señorita.
-Perdone señor... Buenos días.
Nuestro hombre levanta la vista del móvil y se topa con lo que vulgarmente conocemos los hombres como una tía güenísima: tiposa y esbelta, su altura natural realzada por unos tacones  de esos de aguja, un traje pantalón elegantísimo, primer botón de la camisa desabrochado... En fin, le pareció así, a bote pronto, una comercial de la industria farmacéutica, será por deformación profesional suya.
-Buenos días, señorita -responde un poco azorado por la sorpresa.
-Verá, es que acabo de aparcar aquí mismo, ese que ve azul es mi coche.
-Muy bien -le replica con esa sonrisa bobalicona que ponemos los tíos ante las gachises güenorras-. ¿Y qué quiere usted de mí?
-Pues que me diga cuánto es, ¿no es usted el encargado del aparcamiento?

Me entró un ataque de risa. Me disculpé y le dije que no, que yo estaba allí tomando el sol con mi perrita; y que se fuera tranquila porque ese aparcamiento no estaba tomado por ningún "gorrilla".

Ese mismo día, quizás a esa misma hora, a mi amigo Agustín Madrid Parra -otro que tal baila en cuanto a indumentaria- le estaban imponiendo la medalla de honor de la Academia Sevillana de Notariado. Cuando me lo comunicó por wassapt le contesté de broma que qué bonito, él laureado, y yo de guardacoches, que siempre ha habido ricos y pobres, que unos, tanto y otros, tan poco. "No todo el mundo puede nacer en la Añora"-me dice el tío.

En fin, que no se puede luchar contra el destino, quien nace lechón...


jueves, 19 de octubre de 2017

Tribulaciones de un turista cobardica

Mi amigo Paco no para en las gasolineras ni en las áreas de descanso para mear. Que están muy guarras. Que su Ana no se sienta ahí. En medio del campo, sí. Se aparta discretamente por alguna carretera secundaria y busca algún prado solitario. Sus itinerarios habituales por España y Alemania los tiene marcados -quizás por señales olfativas- por puntos geográficos de micción.
Así, a la manera perruna, nos ha llevado desde Sevilla a Madrid, y luego, por toda Baviera. Nosotros dos, flauta en mano al descubierto; las mujeres, la suya y la mía, protegidas entre las puertas abiertas del coche. Es tan alemán que tiene calculados los trayectos y los horarios, de manera que cada tres horas, más o menos, encuentra el sitio apropiado. Y a mear los cuatro. ¡Hay que ver lo que pierde una mujer cuando le ves el culo meando! Se esfuma todo el morbo. ¿Y nosotros? Minutos eternos para que aquello arranque y luego un chorro flácido y endeble que te salpica en los zapatos. ¡Con el arco que yo alcanzaba!...
A desayunar sí paramos el primer día en Torremegía, un pueblecito extremeño cercano a Almendralejo. En la puerta de los servicios de señoras pendía pinchado en una chincheta un conciso escrito: "Señora, si la puerta no abre es que hay alguien dentro. Por favor, no arranque la manilla". Monumento para la posteridad.

Hasta Madrid, todo bien. De unos años para acá he desarrollado una especie de patriotismo viajero, de manera que solo me siento seguro sobre la piel de toro. Allende los Pirineos mi mente se contamina de amenazas de lo más variopinto: ataques de arritmia, accidentes aéreos, bombas terroristas... Cosas así. Y eso que hasta la presente las crisis de fibrilación auricular que he padecido durante algún viaje han ocurrido siempre en territorio patrio, una en Puigcerdá y la otra en Gredos. Pero siento una especie de pánico solo de pensar que me tuviesen que ingresar en el extranjero. Soy un cagao, ea.

Ahora no me acojona imaginar que el avión se estrella antes de despegar o que se pega un revolcón al aterrizar, no; eso era antes. Ahora me asusto pensando que uno o varios de los viajeros pueden ser terroristas yihadistas. Según voy caminando lentamente por el pasillo central del avión hasta dar con mi asiento y colocar el equipaje de mano me fijo descaradamente en las caras de la gente que ya están sentadas, por si detecto a alguien con pinta de musulmán. Y me relaja no ver a ninguno. El vuelo Madrid-Múnich me resultó un poquito inquietante por la presencia cercana de una pareja de morunos, ella y él, que -menos mal- se tiró durmiendo todo el trayecto y solo despertó para comer. A la vuelta para Madrid todos los pasajeros me parecieron cristianos y estuve mucho más tranquilo.

La tarde que llegamos a Salzburgo en coche alquilado desde Múnich llovía a cántaros y hacía un frío de cuatro grados. Nos pilló en calzones cortos y camisetas. Viniendo de los treinta y siete grados de Madrid. Como soy tan pupas, me agarró una contractura en el músculo trapecio derecho que me ha tenido medio acobardado durante casi todo el tiempo. Ha sido muy fastidioso, la verdad, porque las molestias y mi canguelo no me han permitido disfrutar a tope de un viaje tan bien preparado por Paco y tan requetebonito.

Los tres días de Salzburgo fueron fríos y lluviosos, lo que no quitó un ápice a su singular belleza al pie de unos Alpes suaves y majestuosos. Luego, dos jornadas memorables en un pueblecito de cuento, Bad Bayersoyen, al lado de un lago y de un bosque de hayas, que nos encantó a todos por su pintoresquismo bávaro, y que a mí, personalmente, me deleitó con sus pastelerías. ¡Qué goloso soy! Por lo que he podido comprobar en estos días, la gastronomía alemana es muy monótona, bastante menos variada que la nuestra, pero esta gente nos gana de largo en dos cosas: la cerveza y los dulces. El resto del tiempo lo hemos pasado visitando pueblos que circundan el lago Constanza. Espectacular. En realidad, este lago es una ampliación enorme del cauce del Rhin, el río salido de madre. Sus orillas se las reparten pueblos preciosos de Suiza, Austria y Alemania. El mogollón centroeuropeo. En los verdes prados y en los claros del bosque, monocultivo de manzanas. Manzanos por doquier. Strudel de manzana, hhuummm, qué rico. Y lúpulo, mucho lúpulo pa la cerveza. Y calabazas de caprichosas formas que ponen a la venta en puestos de carretera como ponemos aquí los puestos de melones.

De su pasado laboral alemán, Paco conserva amigos allí, concretamente en Friedeishaffen, sede de la empresa ZF, grandiosa factoría de piezas de motor. Los amigos Uli y Thomas. Una noche fuimos a cenar a casa de Uli. Ana y la Peque, encantadas de curiosear, claro. Y enseguida, de palique con la señora de la casa. Nos prepararon una fundee de carne. Notable, pero sin alcanzar las cotas de nuestra presa ibérica o nuestro chuletón de viejo. Thomas, recién separado de su mujer, se incorporó luego, en la sobremesa. Esta gente son unos bestias a la hora de beber. Sacaron varios tipos de aguardientes caseros de 50 grados y se vaciaban las copas en el gaznate del tirón, apenas sin paladear. Y tan panchos. Hablan muy bien el español, están enamorados de nuestro país, lo conocen mejor que nosotros mismos, veranean en Formentera, Uli es del Barsa y Thomas, der Beti güeno. "Mi hijo pequeño se ha echado una novia andaluza -nos dijo Thomas ya calentito del anís-, de Huelva, una choquera". Unos cachondos. No comprenden lo de Cataluña. Cataluña -me decían- posee más autonomía que la propia Baviera, que se publicita estado independiente.

Al quinto día, verdaderamente agobiado por el dolor del hombro y también por el miedo de que fuese algo más que una simple contractura, muy metido en mi papel le dije a Paco que parara el coche en plena travesía de un pueblo.
-¿Qué pasa ahora, qué mosca te ha picado?
-Mira en el navegador qué hospital público tenemos más cerca de aquí -le digo con congoja.
-Pero...
-Bueno, que no cunda el pánico -intento tranquilizar a la tropa-. Estoy muy preocupado por lo de mi hombro. Simplemente yo estaría mucho más tranquilo, y de paso vosotros también, si veo que no hay nada más que la contractura. En el hospital pido que me hagan una radiografía del tórax, de las costillas y del hombro, y ya está.
El hospital se encontraba a 15 kilómetros, en ese pueblo de nombre innombrable donde se celebran los saltos de esquí cada primero de año, después del concierto de Año Nuevo, en la primera cadena. La experiencia no pudo ser más positiva. Con Paco, mi traductor de lujo, mi tarjeta sanitaria europea y blandiendo mi carnet de médico la cosa fue coser y cantar. Para más abundancia, la médico que me tocó era de Guatemala, ya no precisé de traductor. Me atendió divinamente, fue la mar de amable y de solícita con todas mis peticiones, y luego, ella misma me enseñó en el ordenador las radiografías. Todo bien, ¡menos mal!
-¿Te doy un informe? -me dice al despedirse.
-No lo necesito, de verdad, yo solo quería ver las radiografías -le respondo muy agradecido-. Lo que sí te voy a dar es un par de besos, por simpática -y le planté dos besos en las mejillas.
-Huyyy -se pone roja y muy sorprendida-, que esto no se estila en Alemania, hombre...
-Pero en España, sí. 

Y de ahí, nos fuimos a ver el castillo del rey loco, ese castillo tan pintoresco que se parece al del logo de Disneyland.

El dolor siguió, la contractura persistió, pero yo, perdido el miedo, ahora sí, disfruté a pleno pulmón.
En cualquier caso, la Peque ha quedado muy escarmentada. Dice que nunca más saldrá de viaje conmigo fuera de España. Que así sea.

Ya en Antequera, mi nueva ciudad -y espero de corazón sea la última-, me puse en manos de una fisioterapeuta que me ha dejado relajadísimo. Y lo que son las cosas, es una chica alemana casada con un lugareño de aquí. Ea. Lo del mundo, que es verdad, que es un pañuelo.


domingo, 10 de septiembre de 2017

Vuelta al cole

Para nosotros ha sido éste que languidece un largo estío. No lo digo sólo por la calor -que podría-, sino por tantos acontecimientos cosechados. En ambas vertientes: la lúdica y la luctuosa.

Si os parece, vamos primero a daros cuenta de lo bueno: la Peque y yo (bueno, y la perrita también) hemos mudado nuestra residencia a Antequera. De un plumazo hemos vendido nuestro nidito de amor de Triana, y nos hemos comprado un pisazo casi de lujo en la ciudad del Torcal. Ea, con dos cojones. A nivel financiero, lo comido por lo servido. Nunca he sido -ni lo seré- un buen negociante, en cualquier transacción de las muchas que he realizado el resultado ha sido siempre neutro si no negativo. Pero en mi esquema lógico la ilusión renta más beneficio de vida que el dinero, dónde va a parar. Por lo menos, eso es lo que me ha inculcado mi mujer. No diré que no me cosquillea el estómago durante los escasos dos o tres días (los que median entre la venta y la compra) en que mi cuenta bancaria alcanza dígitos insospechados, casi indecentes para el nivel medio en que nos movemos los currantes, en este caso, mejor los pensionistas; tampoco negaré la zozobra estimulante que me provoca la búsqueda de escondite para el dinero conque pagar luego las mejoras en la casa nueva. Pero son sensaciones tan esporádicas y efímeras como las noches de lujuria que conseguimos de nuestras santas los de mi edad.

Pero ¿por qué?, os preguntaréis. ¿Por qué?, nos acosan nuestros amigos de Sevilla, incrédulos al principio y resignados al final. Tanto bombo al pisito de Triana, tanto paseo por el río con la perrita faldera, tanto mundo cofrade, tanto barecito bueno, tanta Plazuela, tanta afición que me hacía parecer un trianero de toda la vida... Y ahora, con apenas tres años cortos de vida de barrio, pillo y me voy. No cuadra. Algo no encaja. Algo ha tenido que ocurrir. Bueno... No lo sé. No tengo una respuesta clara. Podría salir del paso con aquello de "yo, lo que diga mi mujer", pero sería tonto. Si os escribo es porque me reconforta confesarme, desnudarme, ante vosotros, una especie de catarsis literaria. El detonante de este cambio de aires ha sido el hecho de estar esperando nuestra hija nuestro segundo nieto. Con dos nietos y toda nuestra familia en el pueblo ¿qué hacemos ya en Sevilla? Acercarnos a Palenciana a medida que fuésemos mayores ha sido una idea compartida por la Peque y por mí desde siempre. Yo, la verdad, no me esperaba que fuese a ser ya, de hoy para mañana; confiaba en  un par de añitos más en Triana, donde he vivido muy a gusto. Pero la cosa se ha precipitado. Algunos meses antes, el cáncer de mama de mi mujer y la intervención de mi cadera han podido también, no lo niego, encender la mecha de la nostalgia. En una temporada corta y aciaga nos hemos encontrado débiles y vulnerables. Hemos añorado, quizás, la cercanía de los nuestros, de lo nuestro. Nunca hemos dejado de sentirnos pueblerinos, palencianeros. Y pusimos en marcha la estrategia del cambio. Quizás a medio plazo como para cuando naciera nuestro  Daniel. Esperábamos con cierta lógica que la venta del piso se pudiera demorar unos meses, tiempo suficiente para que nosotros mismos y nuestros amigos nos fuésemos adaptando a la idea. Pero resultó que el pisito, nuestro mimado pisito, se vendió en una semana. Una vecina del bloque se lo ha quedado. Si es que era un primor, joer. Ahora, mientras completamos obras y mudanza al piso nuevo de Antequera, vivimos en el pueblo. He estado todo el verano sin ordenador, de ahí mi aparente indolencia literaria, mi desocupación para con vosotros.

De ahí, y de la acumulación de eventos de carácter más sombrío que ahora paso a comentaros. Ya conocéis la defunción de mi padre a primeros de julio. Hace una semana ha muerto la madre de Toñi, mi queridísima suegra, dejándome, por fin, amo de su casa. Y hace dos días ha muerto la suegra de mi hermano Frasco. Ambas, consuegras de mi padre, que pudiera parecer que éste desde el cielo hubiese intercedido por ellas, las pobres más muertas que vivas desde hacía tiempo. Las otras dos consuegras de mi padre que quedan vivas están de los nervios creyéndose las siguientes en pagarle el euro a Caronte, el barquero del Hades, tatarabuelo de nuestro san Pedro.

La muerte de estas tres personas muy mayores y muy allegadas ha revivido algo muy valorado por mi "yo médico": la ayuda al buen morir. En el hospital la cosa se diversifica tanto que el médico es quien consensúa con la familia el comienzo en la cadena de la sedación paliativa, pero no suele vivir en primera persona la vigilancia de la misma ni el agobio de los familiares tan sensibles, nerviosos y demandantes en esos momentos críticos, funciones que suelen recaer sobre todo en el personal de enfermería y auxiliares. En casa, sin embargo, todo se vive con mucha más intensidad y cercanía. Estos tres ancianos han muerto como Dios manda, a la antigua usanza, en sus casas respectivas y en sus cómodas y anchas camas, sin las inconveniencias inherentes al hospital, rodeados de los suyos, recibiendo hasta donde han podido los besos y el aliento de sus nietos y bisnietos, arropados y achuchados por sus hijos... Y apenas con un día de agonía. ¡Ojalá todo anciano pudiera morir así de en paz! Por lo menos, en los pueblos, donde las casas, más amplias por lo general, pueden permitir un espacio para morir. Comprendo que en un pisito de 80 metros la cosa no es lo mismo. He visto morir en el hospital a ancianos abandonados, ¡qué cosa más triste y desoladora! He visto a ancianos decrépitos que son traídos al hospital sólo para que mueran allí; a otros que, en sus delirios finales, suplicaban por sus casas... Siempre es triste la muerte, pero la de algunos ancianos en el hospital me parece descorazonadora. Estos tres que os digo han contado con mucha ventaja, han tenido a mano a seres queridos que somos profesionales del tema: mi hermano, mi sobrina, la Peque, mi cuñada y un servidor. En cada caso, llegado el momento, hemos montado una especie de cama hospitalaria en el mismo dormitorio del paciente, una cosa la mar de simple: se descuelga el santo o la virgen que penden de la cabecera de la cama; en la alcayata que se libera se cuelga el sistema del suero; nos traemos del hospital el material necesario, sueros, morfina, sedantes, sondas... Y montamos una especie de turnos de guardia. Así, cualquiera... En cualquier caso, la estrategia se volvería muy complicada en caso de agonías muy prolongadas, pero afortunadamente la sedación paliativa acorta mucho los últimos momentos, los más tensos e insufribles por los familiares.

De manera que, como podéis ver, con este panorama la Peque y yo, casi estamos deseando la vuelta a la normalidad, que acabe de una vez el verano, la vuelta al cole.

martes, 25 de julio de 2017

Aquel vestido de azafata

Tal día como hoy hace 45 años, un 25 de julio de 1972, día de Santiago, acaeció en mi pueblo un hecho singular; hecho que luego, corriendo el siglo, resultaría trascendente.
-¿Tú te acuerdas, Peque?
- Sí, claro, pero sin tanto barroco como tú lo cuentas.

En aquellos pretéritos tiempos, era el de Santiago un día especial en Palenciana, un día de fiesta grande, de plaza llena y tabernas atestadas, ocasión sin igual para el estreno de prendas en las mocitas, y día de misa mayor concelebrada, con eso lo digo todo. Por esa fecha comenzaba la temporada de la siega y la trilla, y se calaban los primeros melones tempranillos.

Me encontraba en el pueblo. Entre otras cosas, mi condición de seminarista me obligaba a asistir a misa, acaso incluso a participar en el acto de la celebración de la misma. Para mi padre esa razón era la más válida, la más poderosa. Ellos, el resto de mi familia, vivían en el cortijo y allí permanecieron. Con la fresquita, sobre las nueve de la tarde, me llegué a recoger de sus casas a Frasqui, Rafael y Antoñillo, y nos fuimos a las Eras Bajas, a pasear carretera arriba. Al llegar a la altura de lo que hoy conocemos como "La Pichanga" la vi bajar, calle Molina abajo, y me hice el remolón con mis amigos para ganar tiempo. Era una chica tiposa y menuda, pero desde lejos y desde abajo me pareció mucho más esbelta, y hasta espigada diría, si no fuera exageración. En esos momentos, con la visión lejana aún de aquella figura casi angelical, se esfumó para siempre el enfado en que estaba viviendo durante lo que llevábamos de verano por culpa de aquella decisión de mi padre.


Yo había cursado con sobresaliente mi primer año de estudios teológicos en san Telmo y me encontraba de vacaciones en Palenciana. Mi padre no había consentido en mi viaje de trabajo a Francia con mi compañero Manolo Ruiz Nieto, pese a tener preparado todo el papeleo: pasaporte y contrato de trabajo por dos meses en un vivero de la Provenza. Adujo en su alegato que sacaría más provecho trabajando en La Capilla, y sin gastos ni peligros. Me sentó muy mal, la verdad. Agustín, Salva, Pedro, Jaime, el Luna... se encontraban ya trabajando en el aeropuerto de Mallorca. En aquellos años de premodernidad a muchos estudiantes en general, y a los seminaristas en particular, nos gustaba adquirir el marchamo de trabajadores sin privilegios que se financian los estudios por sus propios medios. Y no daba el mismo caché trabajar destripando terrones o regando el maíz con Miguel de la Trini que hacerlo en Mallorca, la costa o en el extranjero. La verdad de la buena era que detrás de aquellas nobles iniciativas bullía el natural sentir juvenil de libertad, de independencia, de divertimiento. Por entonces, yo no era -ni lo he sido nunca- un joven rebelde capaz de oponerse a la voluntad de su padre. No. Y tuve que aguantarme. Escribí una carta a Manolo explicándole mi decepción, y mi padre me colocó en el cortijo regando campos infinitos de maíz y de remolacha. ¡Toma vivero!



Lo que son las cosas, se cierra una puerta y se abre otra. En el autobús que cubría la línea Antequera-Palenciana -con parada en La Capilla- coincidí varias veces -y me sentaba a su lado- con una muchacha del pueblo, "la Arailla", por más señas, que estudiaba sexto de bachiller en la Inmaculada. Era una chica muy agradable de trato, con quien me sentía -y me sentaba- muy a gusto. Charlábamos de las materias de los exámenes que le quedaban pendientes para septiembre, del francés, de literatura... Y me gustaba pavonearme ante ella con mis conocimientos tan superiores, a decir de ella misma. Me confesó uno de aquellos días su intención de hacer enfermería, cosa que me agradó mucho, dada mi ya incipiente llamada por la medicina. Aquel gusanillo creció sin darse uno cuenta, tanto que olvidé a la Grego, mi "novia" de siempre. Sentía verdadero mono de ella el día que no la veía cuando paraba el autobús en La Capilla, y abusaba de la beatitud de mi padre para que me dejara ir al pueblo todas las tardes con la excusa de tener que oír misa. Y en el pueblo me hacía el encontradizo para verme con ella casi a diario, aunque solo fuera un hola o un adiós. Y notaba, sin pretenderlo, cómo aquella llama prendía cada vez con más fuerza. En ocasiones me reprochaba tanta afición. Ella tenía solo dieciséis años, una chiquilla; y yo, diecinueve. Y tampoco entraba en mi teológica sesera cómo una personilla tan pequeña era capaz de hacer tambalearse mis sólidos fundamentos vocacionales.

Y llegó, inexorable, aquella tarde de Santiago. Según la veía acercarse, más fuerte latía mi pecho. Intento pensar cómo abordarla, qué decirle, de qué hablarle... Pero nada, la mente en blanco, toda la sangre en el pecho y en el estómago. Ya está aquí, a diez metros, la veo espléndida, vestida con un traje de una sola pieza, muy ajustado gris azulón, de azafata se llama; la falda, cortita, más que cortita, dejaba al aire y a la vista unas piernas bronceadas y muy bien contorneadas, ni gordas ni flacas, lo justo. Mis amigos se dieron cuenta de mi azoramiento ante su presencia. Rafael, más avispado, se separó de nosotros para ir en busca de Araceli, su medio novia, y Frasqui y Antoñillo se quedaron conmigo para hacer de carabina, que no está bien que un seminarista se pasee a solas con una mocita.
-Hola Antoñita, ¡qué bonita que te has puesto! -apenas me sale la voz del cuerpo.
-Ea, la ocasión lo merece -se pone la muy descarada. Y yo no acertaba a saber si la ocasión era por el día que era o por encontrarse conmigo. ¡Qué nervios! Un hombre hecho y derecho, poseído y orgulloso de tanta formación filosófica, curtido en debates sobre Heidegger, Hume o Kant, y ahora, ahí lo tenéis, balbuceante, tímido, hecho un flan.
-¿Damos un paseito parriba? -Es lo único que se me ocurre.
-Vale. Y hacemos tiempo a esperar a la Mercedes y a Carmen de la plaza, que he quedado con ellas.


Y ahí, amigos míos, quedé totalmente atrapado para siempre. Ese fue, a partir de entonces, nuestro verano loco. Al año siguiente, en el siguiente verano, abandoné el seminario y me hice su novio. Y así, hasta hoy. Para que veáis qué sencillo es esto del amor.

Si este escrito llega a vuestros ojos será algo milagroso. La Peque es tremendamente celosa de su intimidad.

jueves, 20 de julio de 2017

Con lo que yo he sido...

Hasta ahora había hecho oídos sordos a las prevenciones que mi amigo Antonio Pintor, perito en ciencias del comportamiento, venía haciéndome. Según me advertía, uno de los síntomas iniciales que preludian la vejez es el hacer ruidos y muecas raros con la boca, sobre todo por la noche. Mi rechazo a tal teoría se ha basado en que en tal caso, de ser eso cierto, yo llevaría ya bastantes años de viejo, cosa que, a la vista está, no es así. La Peque lleva ya una eternidad quejándose de eso, de que cada vez que me rodeo en la cama, sin llegar siquiera a despertarme, emito una serie de onomatopeyas gustosas, algo así como quien paladea un dulce, un yam, yam, yam, muy gracioso las primeras veces, pero harto cansino y molesto noche tras noche. Por algo así no se va uno a hacer viejo.

Hace unos días, sin embargo, he padecido de un síntoma que, ese sí, me ha mosqueado seriamente. En ese sí que creo como premonitorio de senectud. Se trata de la pérdida del control esfinteriano. Si no controlas el postigo... Mala cosa. Os lo explico.

Estamos, la Peque y yo, paseando a nuestro Lucas por el parque de la paloma, en Benalmádena. Tan tranquilos y fresquitos en una mañana en la que, oh milagro, pega mejor el jersey que el bañador. Pocas cosas hacen más feliz a un abuelo que ver a su nieto, ajeno a toda contingencia, correteando a las palomas, a los patos o a los conejos, agachándose en cuclillas -qué envidia- para acariciar a los polluelos, o echándole mendrugos de pan duro a las tortugas, que ya el agua verde de la gran charca se encargará de ablandarlos. Inocente, dichoso, sano... Así deberíamos ser todos, va uno mascullando, felices, decentes, sin malicia. En esos pensamientos me encontraba cuando, de repente, siento el primer aviso, el primer estrujón. Ya sabéis, estas cosas ocurren así, de pronto. Es como cuando te da un infarto, que estás tan bien y te arrea el golpetazo en el pecho sin esperártelo. Considerando mi dilatada experiencia en este campo concreto no me alarmé demasiado. En este sentido, me encuentro bien curtido, de manera que tranquilidad. He aguantado apretones mucho mayores. No tenéis más que recordar aquellos de la Sainte Chapelle, en pleno París, o estos otros de los jardines del Cristina, aquí en Sevilla, o los del bar del hospital Reina Sofía, en Córdoba, como más representativos y enérgicos. Todos ellos saldados con otras tantas honrosas -o quizás no tanto- victorias. Retortijones menores con vaciamientos controlados habrán sido miles en mi abultada historia escatológica. No creo resultaros pretencioso ni petulante si os confieso que me considero un verdadero experto en esta materia fecaloidea. Herencia materna, mi madre, la pobre, ya de mayor, se iba de vareta en las circunstancias más insospechadas e inoportunas, la más sonada cuando se lo hizo en el Seat Ibiza de mi hermano Frasco, estrenando el coche que iba, por la cuesta de Archidona.

Así que decidí aguantar el tirón. Uno siempre dice lo mismo: "me da tiempo". "Estoy a dos pasos de mi casa". Y cosas así. Sí, sí... "Se te ha puesto mala cara -me dice la Peque-, ¿qué te pasa?" "Que me estoy cagando a chorros". "Venga pa la casa, que tú ya no eres el que eras, no nos vayas a hacer aquí un espectáculo". Viéndome débil, y desconfiando de mi portero de atrás por ser muchas y muy seguidas tantas acometidas, dejé en paz a abuela y nieto, y salí por patas del parque todo lo rápido que pude, teniendo, además, la considerable inconveniencia de ir caminando con una muleta por causa de mi reciente intervención de cadera. Para más abundancia. La cosa apretaba de lo lindo, yo cerraba lo que podía y los sudores y el desánimo me apabullaron. Pensé, claro, colarme en un bar de desayunos allí cerca donde quizás me reconocieran los dueños por haber comprado tres euros de churros hará cosa de dos días. Preguntaría por el baño y ellos me lo indicarían amablemente. Pero coincidió este pensamiento con un respiro del apretón y me envalentoné para seguir palante. Total, ya falta nada. Cuando llegaron los siguientes apretones iba subiendo por la mitad de la cuesta hasta mi bloque, "Ya llego, ya llego". Pude acortar algo porque la puerta de la piscina se la había dejado abierta un niño de esos que no hacen caso de las normas de la comunidad, bendito sea, pensé. Llegué con grandes espasmos hasta la cochera. "Si no veo salida, me cago aquí mismo, todo oscurito". Pero se encendieron las luces y un matrimonio bajaba a pie hasta la piscina. "Buenos días", "buenos días". Y pude llegar hasta el ascensor. Y me ocurrió aquello de hincharse de nadar para morir en la orilla. Ya estaba en casa, aguanta, hombre, diez segundos más, ya estás, es un segundo piso, venga, venga joer, que no se diga, que tú te has visto en otras mucho peores, ya estás... Al abrirse la puerta de salida del ascensor, quizás por simpatía, quizás por no poder aguantar más el postrero retortijón, se abrió también un pequeña rendija en mi puerta de atrás, nada, una mijita de nada, por probar a ver si por casualidad salía una ventosidad como anticipo. ¡Qué va! Salió la cabeza entera, y, una vez fuera la cabeza, aquello no tuvo contención posible. Estaba a cuatro pasos de mi puerta, me sentía toda la carga repartiéndose por mis bajos, temía que empezara a gotear o, peor, a chorrear por los perniles de mis calzones cortos. Pero no. Los calzoncillos aguantaron lo suyo. Menos mal. No pude abrir. Llamé al timbre, "¡Carmen, Carmen, abre rápido!" Mi hija abrió enseguida. La tufarada pestilente tan intensa que tuvo que aspirar le indicó el diagnóstico a la primera: "¡Ay Dios mío, te has cagao en los calzones"! Yo no sabía qué hacer, si irme rápido al wáter, o si atender a mi hija que, estando embarazada como está, empezó a vomitar, no por el embarazo, sino de asco. Pero, claro, cuanto más me acercaba a ella, peor se ponía. Así que me fui al aseo. Mi hija me acercó luego, entre arcadas, tres bolsas de basura, la fregona, el cubo con agua y una botella de lejía... Y una muda completa. Una hora.

En fin, ahora sí, ahora ha llegado la hora de admitir que me estoy volviendo viejo. ¡Con lo que uno ha sido!...

miércoles, 12 de julio de 2017

El padre eterno.

Mi padre, nuestro padre, nuestro patriarca de toda la familia, no iba a morir nunca. Va para eterno. Pero si algún día lejano hubiera de morir prometo no llorar. En lugar de eso me reiré con él y con todos vosotros de sus disparatadas ocurrencias.

Ese día no lloraré. Mejor que eso, me reconfortará el recuerdo intacto de mis vivencias con él, desde la primera que recuerde a la última de antes de ayer. No me avergonzaré del plato chorreante de gazpachuelo sobre mi cabeza a modo de sombrero por ser niño tan caprichoso con la comida; no me pesa en absoluto haberme ido al catre sin cenar algunas noches de bronca; no le reprocho que muchas tardes del verano no me dejara irme al pueblo porque sabía de mis intenciones con la "Peque" y él todavía creía en mi vocación de cura. Y siento muy, muy cercanos sus halagos; aspiro el olor del estío, a trigo segado, montado con él en la segadora de aspas tirada por mulos; saboreo aún la carne de membrillo que me subía a la cama cuando tenía anginas; noto sus manos fuertes y ásperas yendo con él por las noches a la taberna de mis padrinos a tomarnos nuestro té, el mío sin aguardiente; y siento como propio su orgullo por mis notas en los primeros años del seminario. A él le debo el no renegar nunca del campo, pese a lo mal trabaja que he sido siempre.

Ese día aguantaré las lágrimas. Me alegraré por él porque será uno de los pocos días de su vida en que pueda contemplar a todos sus hijos, sus nietos y sus bisnietos, todos juntos en la iglesia. A su edad, ya de mayor, ha sido ésta una pequeña frustración para él, que hayamos salido casi todos tan descreídos, muy buenos hijos, los mejores que unos padres podrían haber soñado en aquellos tiempos suyos del hambre, pero todos con esa falta de devoción. Bueno, todos, menos mi Manolo, que echa más horas legas que un sacristán.

Ese día me ahorraré el llanto. Consideraré, mejor, que tendrá ya más de noventa años, ha vivido en dos siglos, ha conocido la pobreza, la escasez, el hambre, el trabajo afanoso de sol a sol, la postguerra... la cara mala del mundo, pero también le ha dado la vuelta a la tortilla y luego han venido días de realización plena, de satisfacción por su trabajo y por sus cargos, de orgullo por una familia unida y sin fisuras, por la nobleza de sus hijos, por verlos a todos colocados, por la llegada de los nietos y de los bisnietos. 

No, no tendré duelo ese día. Pensaré, por el contrario, que toda su familia, todos los aquí presentes, debemos de dar gracias a Dios por haber sido bendecidos con un hombre como éste, un padre total, el más capaz de sacar adelante a su familia con todo el decoro posible, enérgico cuando se precisaba, colérico en cuatro ocasiones, entregado en cuerpo y alma a su casa, a su mujer y a sus hijos, humilde, pese a su posición de encargado, y, sobre todo, cariñoso a más no poder. Nosotros, sus hijos, no presumiremos de dineros ni de propiedades porque él nunca los tuvo, pero nadie nos va a ganar en el profundo sentimiento de unión vivido en nuestra infancia. Su legado, nuestro verdadero patrimonio, ha sido el cariño y la cohesión en el seno de la familia.

Ese día tendré que sorber para dentro. Lo consideraré, sí, una estupidez del destino, un error grave llevarse por delante a un hombre de los que no quedan. No deberían irse personas como mi padre. Y no es porque sea mi padre, sino porque son necesarias. Personas con un sentido optimista y positivo de la vida, con ganas de seguir haciendo cosas, cosas buenas, con su eterna curiosidad por descubrir y visitar sitios desconocidos, enseñando a la gente nueva con su ejemplo, sirviendo de modelo de vida, sembrando paz y alegría por doquier. Si, finalmente, ha de morir, por lo menos que nos dejen su molde.

Pero al final tendré que llorar. Y si lo hago será de alegría porque, al fin, podrá volver a encontrarse y abrazarse, en eso vive esperanzado, con su mariquilla del alma, María Josefa la de Higinio, y con su niña grande, María Josefa la Caoba.



Pero mejor que ese día tarde todavía. No hay prisas.


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Mis queridos amigos y lectores: el escrito que acabáis de leer fue ideado por un servidor de ustedes hace cuatro años, el mismo día que celebramos el nonagésimo aniversario de mi padre. No ha visto la luz hasta hoy.

"Ese día" del que hablo en el escrito, ese día en que he prometido no llorar, llegó anteayer de forma precipitada. No fue, sin embargo, un día trágico ni fatídico; no fue un "dies irae, dies illa". Ocurrió algo muy natural y ciertamente esperable: que un hombre de 94 años afectado por un cáncer de próstata muy avanzado acabara desarrollando una insuficiencia renal grave y, finalmente, falleciera. Por mucho que ese hombre fuese Juan Rivera Velasco, un hombre bueno, íntegro, de fe cristiana inquebrantable; por mucho que fuera el padre del afamado doctor Rivera... No hubo nada que hacer. Solo esperar en casa, rodeado de los suyos, la llegada de la señora con la guadaña.

Se nos ha ido mi padre, casi a la chita callando -poco ruido nos ha dado-, ha sido bueno hasta para eso, para morir sin molestar mucho. Un hombre sin par, un hombre total. ¡Que el Señor lo tenga en su Gloria!