miércoles, 26 de septiembre de 2018

Una mañana en el hospital


Mis queridos, fieles y abandonados lectores: después de tres meses de vagabundeo por esos mundos, con más vacaciones que un maestro escuela, aquí me tenéis de nuevo dispuesto a entreteneros con uno de mis temas preferidos: el hospital, claro está.

Quizás sea la primera vez que entro en la consulta de un médico sin que mi fama me preceda. Perdonadme la inmodestia, pero es que es verdad. Hasta ahora, en cualquier visita médica que haya tenido, tanto el médico como la enfermera sabían quién era yo. "¡Hombre, el doctor Rivera!"... Y, quieras que no, eso condiciona un poco el resto de la consulta. Aparte, que yo soy muy metomentodo en los sitios donde me considero con bula.

Menos esta vez. Me van a tener que repetir la intervención sobre mi arritmia porque sigue dando por saco. Y antes de ello es obligada la cita con el anestesista: la famosa "prueba de la anestesia". Y aquí, donde ahora vivimos la Peque y yo, nos conoce aún poca gente, y en el hospital... nadie. O casi nadie. De manera que pido mi cita como cualquier vecino y acudo a ella cuando me ha tocado. Sacristán viejo en estas liturgias hospitalarias, me presento dos horas antes... por si cuela. Cuando yo ejercía pasaba esto: colaba a pacientes antes de su hora si alguno otro se rezagaba en llegar. No ha habido suerte. 

Dos horas sentado en una de esas sillas tiesas de la antesala de la consulta podrían dar para mucho si la gente de ahora fuera como la de antes, que enseguida pegaba hebra y te relataba hasta la comida que tenía ya medio arreglada para hoy; no, ahora el móvil ocupa todo el tiempo y el espacio de las criaturas. Siete personas esperando, seis móviles a revienta calderas de calientes. Y yo, sin querer sacarlo. Y al final, que caes... Ya está el Jaime enviando canciones y saludos matutinos, ya la Mercedes contestando, y la Cati... 

En esto que se me sienta al lado una señora sin móvil. ¡Anda! Por las pintas, es marroquí. Pero debe ser moderna porque no trae pañuelo en la cabeza y viene ataviada a nuestro modo: su morena y rizada melena recogida en un moño, una blusita azulada, un pantalón holgado marrón clarito y unas sandalias que le delatan unos dedos con sus pelillos y todo, y las uñas al natural. Y entabla conversación conmigo. Lleva veintitrés años aquí, con lo que su prosodia es casi casi antequerana. Que ha cambiado el día de consulta a hoy porque son los martes los días de libranza en su trabajo, que como vive sola, en cuanto acabe la consulta se pasa por el Mercadona y se compra una dorada. No, en el horno, no, que no tiene; la hace a la sal pero en la hornilla de butano. Lo mismo que el pan; no lo compra, ella lo hace, en la sartén. "¿Pan en la sartén?" -le pregunto incrédulo. "Como lo oyes", me dice. Que conoce muchas modalidades de pan casero, y que en Marruecos un kilo de sardinas vale 60 céntimos de euro, al cambio con su moneda, y que aquí cuesta 6 euros, que qué barbaridad. Y que lo mismo pasa con los tomates. Que viaja mucho a su ciudad porque allí tiene hijos y nietos. "¿Y entonces por que no te vas a vivir allí?" -le pregunto ya en confianza. "Porque después de tantos años aquí me encuentro muy a gusto, tengo amigas y me conoce todo el mundo, hasta el alcalde, fíjate". La verdad, se echa de menos poder hablar con criaturas desconocidas cuando vas a los sitios. Ahora es casi imposible por mor de los móviles. Una hora larga se me ha pasado volando.

Y ya es que me toca entrar. Una auxiliar regordeta y simpática que cada vez que sale al pasillo nos advierte a todos lo atrasada que va la consulta, pronuncia mi nombre. La médica que me va atender es una joven anestesista. La saludo con un cortés y lacónico buenos días hasta no comprobar el talante de la doctora, y ella, sin levantar la vista, me lo devuelve. Me siento enfrente suya. Antes que nada, las cosas como son, un repaso general con mi ojo avezado para tasar sus bondades femeninas. No, por favor, no me tachéis de machista. Joer, es que los hombres funcionamos así, lo primero es un bicheo, de arriba abajo. Yo soy de los que se fijan, más que en ninguna otra parte anatómica, en la cara. La chica me parece muy guapa. Como ella no me mira, puedo yo recrearme en mirarla a ella sin temor a que me descubra. Si dentro de un mes, pongo por caso, me la tropezara por la calle, yo la reconocería. Ella a mí desde luego que no. Sólo ha levantado la cabeza del ordenador una vez, cuando le he dicho que si le parecía bien le explicaba el motivo de mi visita, y me ha contestado muy secamente que no, que aquí -señalando el ordenador- viene todo.

¡Qué lástima! Una chica tan joven y tan guapa... seguramente muy bien formada como anestesista, y, sin embargo, tan seca y áspera con sus pacientes. Es algo que me disgusta mucho. Ser amable no cuesta nada, me cachis en la mar. Pero, en fin, debo aceptar que cada cual es cada cual. Me queda la satisfacción de que si algo han aprendido de mí mis estudiantes y mis residentes haya sido eso: la afabilidad con la gente.

Al final, me voy contento, pelillos a la mar, todos tenemos derecho a tener un mal día. Con demasiada frecuencia juzgamos a las personas por un comportamiento aislado sin conocer los entresijos de sus vidas y milagros. Mismamente, la han llamado hace poco de la guardería para comunicarle que su hijita de seis meses tiene fiebre, y la pobre mujer está que no vive de ganas de terminar. Vete tú a saber. Prefiero quedarme con la imagen de la mujer marroquí mostrándome en su móvil -al final también lo sacó- fotos de sus nietos moritos, la mar de morenos y de bonitos, y de sitios escogidos de una ciudad, la suya, de cuyo nombre, innombrable, ya no me acuerdo.

Sed buenos.

lunes, 11 de junio de 2018

Nicolás se nos va

Es ley de vida. Ya le ha tocado. Como a cualquiera otro. No hay más que hablar. Pero yo sí quiero decir algo más: así como pensamos en ocasiones que hay personas únicas que nunca debieran morir, yo creo que Nicolás jamás debería de jubilarse. Claro que a lo mejor él no opina igual. Natural. Lo que son las cosas, hoy he recibido un wassapt de mi amigo y compañero Grilo diciendo lo mismo refiriéndose a mí: que no debería de haberme jubilado. Se agradece. Pero no hay color con Nicolás. Me rindo, es el mejor. Y mira que el grupo de especialistas que entramos en Valme con plaza en propiedad allá por el lejano 1986, viniendo de los primeros puestos de aquellas famosas oposiciones, las primeras después de treinta años, constituíamos un elenco, lo más selecto de Andalucía en cada especialidad, si se me permite el pegolete. Pero como Nicolás, ninguno. A mi manera de ver nuestro oficio, con su jubilación no se va uno más de aquel grupo escogido y tan homogéneo en calidad y en su forma de entender la medicina; con él se nos marcha un estilo singular de trabajar para el paciente y para el hospital, un modelo, un referente universal para cualquier médico clínico, para cualquier hombre de bien.

Ha sido un médico total. Sin ser internista de titulación -es neumólogo-, lo ha sido de facto. Sus historias clínicas eran la envidia de muchos de nosotros que, por otra parte,  agradecimos horrores la llegada de la informática, porque su letra -como la de Benítez- es cuneiforme, indescifrable. Abarcaba en ellas al paciente en su globalidad, mejor incluso que nosotros, llamados a ser los "integralistas"; sabía de todo, nada le era ajeno, y si consultaba alguna cosa con otros especialistas era más por humildad que por desconocimiento. Ha sido un médico eminentemente clínico, nunca le ha gustado destacar ni señalarse; difícilmente lo encontrarás protagonizando sesiones clínicas hospitalarias o en las ponencias de los congresos. Siempre en su planta, la octava izquierda; casi nunca en su despacho de trabajo, sino en cualquiera de las habitaciones, conversando o historiando a algún paciente, ajustándole, si no, la mascarilla del oxígeno o el aparato de BIPAP, revisando la permeabilidad de un tubo de drenaje torácico, o en el pasillo, hablando precipitadamente con algún familiar con esa prosodia tan suya, rápida, entrecortada y casi ininteligible.

Bien pudiera -razones le han sobrado- haberse quemado antes de tiempo por la paliza que le hemos endiñado: todos lo hemos buscado. Todos hemos abusado de su paciente sabiduría. En muchas ocasiones -yo el primero-, directamente a su caza, sin mediar petición oficial de interconsulta, "Nicolás, necesito que me veas a este paciente". Le decías el nombre y el número de habitación y al rato ya te lo había visto. En los días "malos" -muy pocos- te echaba una mirada por encima de sus gafas que no conseguía transformarla en queja, sacaba un folio doblado por cuatro veces de su bolsillo y apuntaba a la carrera la habitación. "No te prometo nada, hoy estoy hasta las trancas", era el más áspero reproche que te echaba. Así, al pobre le daban las tantas. Pocos días, en tantos años de oficio, habrá almorzado en su casa con los suyos. Como, además, se trasladaba en bici hasta Coria atravesando el río en la barcaza, ha habido días, muchos, en que ha llegado para la cena.

Cuentan piadosas lenguas del Valme una anécdota que define muy bien esto que os digo: siendo su hija por entonces una niña inocente de primero de EGB, y habiendo hecho su señorita una pregunta a toda la clase sobre cuántas personas vivían en sus casas respectivas, llegado el turno a esta chiquilla, va y dice: en mi casa vivimos tres personas: mi madre, mi hermana mayor y yo. ¿Y tu padre?, pregunta la maestra. Ah, no -responde la cría-, mi padre no vive con nosotras, vive en el hospital. Esto, que conmueve a compasión, era así. Nicolás ha vivido en el hospital. Santa, su mujer tiene que ser una santa de verdad, de las de los altares. Para mí -que me tengo por médico entregado a la causa- era un alivio encontrarlo alguna vez, algún domingo, almorzando con su familia en un restaurante de La Puebla, por la Dehesa, como una especie de tranquilizador de conciencia, si hasta Nicolás sale, yo también puedo.

Sus pacientes sencillamente lo adoran. Más que a mí los míos, y ya es decir. Ha sido un hombre completamente entregado a ellos con un talante tan humano y personal que no admite parangón en lo humilde, en lo sencillo, en lo cariñoso. "Oye, José María -me ha dicho hace unos días-, muchos de mis pacientes me confunden contigo cuando los llamo por teléfono a sus casas, tendremos un timbre de voz parecido, ¿no?" Y a mí eso me llena de orgullo, que los pacientes me comparen con él. Y claro que no me duelen prendas en aceptar que algunos compañeros de Valme, entre ellos Nicolás y yo mismo, representamos un tipo de médicos varones -más frecuente de lo que podáis creer- muy poco acorde al uso tópico de hombre elegante y apuesto, adusto y encorbatado, distante y serio. Muy al contrario, somos médicos desaliñados, de batas pintarrajeadas y bolsillos desgajados por el peso de papeles y bolis, de andares torpes y presurosos, de cuerpos algo desvencijados, pero de sonrisa fácil y mirada limpia.

Se va Nicolás, se va Luis Pastor, otro grande del Valme, si aquel ha sido un maestro en lo clínico, éste lo ha sido en la gestión, en los despachos donde se urden decisiones de calado, en el sabio manejo de un plantel de figuras, a lo Zidane, dotando con todo ello al hospital de un servicio de cardiología puntero. Se han ido hace poco Juan Leal, Juana Hidalgo, Juan Beltrán y Eduardo Rejón, se fueron en su día Curro, Sebastián Umbría, Bolaños, Caparrós, Vicente, Luis Torres; se nos fue para siempre Iriarte, el gran animador del sorteo de  las guardias de Navidad... ¡Coño, me he ido yo!!! Aunque aún resisten unos pocos más encabezados por el incombustible Grilo, me invade la nostalgia al considerar qué espléndida generación de médicos buenos, capaces y generosos le hemos brindado al Valme y a su población. Y hablo solamente de la rama médica que es la que mejor conozco y con la que me identifico completamente. Un tanto parecido podríamos decir de los quirúrgicos, ginecólogos,  pediatras, radiólogos, patólogos, hematólogos y analistas. Aún a riesgo de parecer algo petulante, me siento muy orgulloso de haber formado parte de este grupo humano que entró en Valme hace más de treinta años con toda la ilusión y las ganas de la juventud, y que ahora se va yendo poco a poco, sin formar ruido, con canas y arrugas, pero también con las manos llenas de una labor encomiable: la satisfacción de haber llevado un poquito de bienestar a tanta gente y la esperanza cierta de que nuestro trabajo y nuestro ejemplo hayan cundido entre los que han de continuar nuestro sagrado menester.

Seamos todos felices. Nos lo tenemos bien merecido. Y Nicolás, más.


viernes, 8 de junio de 2018

El diagnóstico en la mesita de noche

Muchachos, amigos y desocupados lectores: esta historia que hoy os hago llegar es de esas que más me atraen. Y lo es por varias razones. Primero, porque se trata de un triunfo de jubileta, una "batallita" médica conquistada -cual Cid campeador- después de "muerto" para la causa. Segundo, porque me gusta poner en su verdadero pedestal a la gran desheredada de la medicina moderna, la Historia Clínica. Y en último lugar, porque define muy acertadamente la idiosincracia del autor, genio y figura. Vamos allá. 

La Peque y yo nos hemos alejado bastante en visita de cortesía a un hospital de allende nuestras tierras andaluzas para ver a un amigo muy cercano que, caminando por sus campos de allí, se ha descoñado por un terraplén y se ha partido tibia y peroné. Y, ya operado hace dos días, estamos de cháchara distendida. En esto que entra en la habitación el inquilino de la otra cama, un joven de aspecto muy saludable. Como quiera que lo viera caminando con normalidad y por su propio pie, va y le digo con toda mi frescura:

-Oye, no parece que tú te hayas roto nada.
-Ah, ¿es conmigo? -se disculpa por estar distraído enseguida con su móvil-, no, no; yo no pertenezco a esta planta, yo soy de medicina interna.
El cielo abierto. Tengo la costumbre -deformación profesional- de interesarme por la enfermedad del vecino de mi allegado cada vez que visito a alguien en algún hospital. Afición, nostalgia... No sé. Y encima, éste es de medicina interna.

-Estoy aquí de ectópico porque no hay camas en mi planta -aclara, y yo pienso que nada nuevo sub sole.
-Perdona -me precipito con mi habitual descaro-, ¿y qué es lo que tienes?
-Tengo ictericia, ocho miligramos de bilirrubina -me responde con un cierto deje de orgullo, como quien dice, que eso no lo tiene cualquiera.
-¿Y por qué ha sido? -le meto los dedos a conciencia.
-Pues todavía no lo saben mis médicos. Llevo un mes ingresado, me han hecho miles de pruebas...Y nada.
-¿Eso cómo va a ser, hombre?...
-Es que aquí mi marido... que es internista -salta mi mujer-, por eso se extraña tanto.
-¿Ah, sí? -responde el joven más animado-. Pues si quiere le cuento todo a ver qué opina usted -dirigiéndose a mí.
-Pues venga -me pongo yo sin percatarme de la privacidad debida. No tengo remedio.

Y entonces el hombre se explayó a gusto. Me explicó con minuciosidad  todas las analíticas y pruebas complementarias realizadas, con estudios completísimos de autoinmunidad, virológicos, enzimáticos y de colangioresonancias y TAC corporal... Todo negativo. Por último, dos días antes le habían realizado una biopsia hepática de cuyo resultado estaban pendientes sus médicos.
Sin poderlo remediar regresé a mi planta séptima del Valme y me investí de nuevo de internista renacido. No me regañéis, es algo vivencial, me sale de lo más profundo, ha sido toda una vida dedicada a lo mismo. Me tacharéis de presuntuoso y de vanidoso, y tendréis razón, pero al término de esta entrevista yo ya sabía el diagnóstico. Se me vino al pensamiento el recuerdo de un caso que viví con Emilio Suárez, un crack en hepatología, de colestasis intrahepática resistente a toda elucubración diagnóstica hasta que dimos con el quid: había tomado Amoxi-clavulánico, y por entonces apenas había literatura médica sobre ello. Le solicité al joven que me dijera cualquier nuevo medicamento que hubiese tomado desde marzo pasado hasta ahora. "Ninguno", me dice rotundo. "Piénsalo un poco -le insistí a cosa hecha-, quizás algún antibiótico para un resfriado"... "Ah, sí, es verdad, lleva usted razón". Y trasteando en su mesita de noche, traspapelado en su cartera, encontró un cartoncito con el nombre de Augmentine. "Lo tomaría a mediados de abril, sí, por culpa de un flemón". "¿Saben esto tus médicos?" -le pregunté. "No, yo no me he acordado de decir nada, ni nadie antes me lo ha preguntado". "Pues de mañana no pasa sin que se lo digas".

Bueno, la biopsia aclaró que aquello era una colestasis intrahepática sin granulomas ni fibrosis, muy posiblemente relacionada con causa tóxico-farmacológica. Mi orgullosa curiosidad médica me ha hecho mantener un relación telefónica con el muchacho, de ahí que conozca esos detalles.
Aquí, debo aclarar una cosa enseguida: no todo el mundo que tome Augmentine va a desarrollar una hepatitis. Ni mucho menos. Es una reacción idiosincrática, personal, que ocurre en muy pocos pacientes. No se me asusten.

De manera que el diagnóstico se hallaba oculto en un cartoncito olvidado en la mesita de noche y no en tantas pruebas realizadas. ¿Se hubieran podido evitar algunas de las pruebas complementarias que se solicitaron en este muchacho de haber sabido sus médicos desde primera hora el antecedente de la ingesta de Augmentine? Sin duda. En el informe de alta que el muchacho me ha enviado por wassapt puedo observar análisis de porfirinas, ceruloplasmina, alfa 1 antitripsina, y un TAC corporal, pruebas costosas y prescindibles. Pero, sobre todo, el haber tenido conocimiento de este detalle del fármaco hubiese orientado mucho antes las pesquisas diagnósticas con la consiguiente tranquilidad para el paciente -que sabe por dónde van los tiros- y para los médicos que lo atienden, que ven muy aliviada la jodida incertidumbre, y con el acortamiento de una estancia hospitalaria tan cara para el sistema como fastidiosa para el joven. Como internista me he sonrojado al leer un informe de alta con cuatro renglones para la historia y dos folios para el copia y pega de los distintos informes de las pruebas complementarias. Para mi descontento, en todos los sitios cuecen habas. Fuera de Andalucía, también.

He aquí el auténtico valor de la historia clínica:  la herramienta más válida y eficiente para orientar el diagnóstico en la dirección adecuada. Una especie de mapa de carretera, o mejor, una de estas "Ciris" modernas que guían nuestros itinerarios en coche. Se trata de algo tan sencillo -y tan complejo- como el saber recoger por escrito los antecedentes y síntomas que cuenta el paciente o que nosotros le sonsacamos, ordenarlos y clasificarlos por su importancia relativa, y anotar también los datos objetivos de la exploración física. Se necesita para ello -aparte de la consabida capacitación- ausencia de prisa, paciencia, orden y buena letra (eso era antes de los ordenadores). No hay cosa que moleste más a un internista que una consulta de "pasillo", aquí te pillo, aquí te mato; no. Mi amigo Benítez tarda más de una hora en realizar una anamnesis y exploración física. Así debe ser. ¡Anamnesis! ¡Qué palabreja más bonita! Viene del griego y significa interrogatorio. Muchos de nosotros aún mantenemos la vieja costumbre -la clásica de Hipócrates- de guiarnos en la anamnesis por aquellas tres preguntas emblemáticas de qué le pasa, desde cuándo y a qué lo atribuye.

 La historia clínica es el principio del todo en medicina, ayuda al clínico a equivocarse menos y es un bálsamo para la incertidumbre. Es el mejor libro de cuya lectura reposada el médico comprende y aprehende a su paciente. A mí me ha pasado siempre: por difícil e intrincada que se ponga una enfermedad el disponer de una buena historia clínica elaborada por uno mismo supone un grandísimo desahogo. Todavía no he dado con la tecla, de acuerdo, pero presiento que estoy en el buen camino. Por el contrario, sin una adecuada historia clínica pareciera que el médico fuera dando palos de ciego.

¿Acaso somos los internistas unos detractores de las famosas "pruebas"? Ni mucho menos; sin ellas, hoy no sería posible el ejercicio de una medicina eficaz. La mayor parte del terreno comido por la ciencia a la enfermedad y a la muerte ha sido, sin duda, por el avance tecnológico tan extraordinario en los últimos cuarenta años. No; los internistas valoramos tales adelantos como elementos potentísimos que nos auxilian en el arduo empeño del diagnóstico y  tratamiento de nuestros pacientes. Lo que no quita que debamos seguir siendo los adalides en la defensa de lo primero, esto es, de la historia clínica como elemento primordial que dirija los pasos sucesivos del médico. Y no por un capricho nostálgico de cuatro carcamales como yo, sino por el convencimiento de que ayuda de verdad aliviando la incertidumbre, seleccionando las pruebas más adecuadas para cada caso, individualizando el manejo de cada paciente como sujeto único y, encima, abaratando el coste de los distintos procesos.


Las prisas, el inconmensurable avance de las técnicas médico-quirúrgico-radiológicas y la hiperespecialización han colaborado a que muchos médicos rehuyan implícitamente de la historia clínica y se hayan zambullido en las "pruebas" en donde todo sale. Y esto, concedo que pueda ser una opción muy buena para grupitos seleccionados de pacientes, pero nunca para la población general cuando enferma. El problema es que dicha práctica de medicina hipertrofiada, basada en las pruebas, resulta muy atractiva para cualquiera al considerar que ahorramos tiempo y ganamos en fiabilidad. No es lo mismo auscultar crepitantes en la base derecha que ver la imagen de una neumonía necrotizante en el TAC. Bien. Pero no todas las neumonías precisan de un TAC. Ahí está el equilibrio de fuerzas y prioridades cuyo árbitro debiera ser la historia clínica.


Los médicos de familia y los internistas (médicos con vocación de globalidad), más que ningunos otros, tenemos la obligación moral de promover, publicitar y defender la historia clínica por todos los motivos antes expuestos. Debemos ser sus valedores. La tecnología y las pruebas complementarias, unas recién llegadas como quien dice a esta familia sanitaria, aparecen a diario en el candelero mediático, reciben alharacas por doquier y están en boca de todo el mundo. Sin embargo, la historia clínica, la abnegada madre de quien todos hemos mamado, se ha quedado sin herencia y ni siquiera tiene ya quien le escriba. No será así mientras un servidor tenga un hálito de vida. 


jueves, 10 de mayo de 2018

Día de patios

Capitaneados por Fraski, nuestro anfitrión e infatigable guía accidental, algunos amigos hemos echado abajo una jornada especialmente intensa, agradable y, finalmente, fatigosa. Nadie se da cuenta de lo duro de la vida del jubileta hasta que no le llega su hora. Al tiempo, esos que os reís ahora de esta ocurrencia. Algo parecido ocurrió cuando otra vez Fraski nos ilustró sobre las ruinas de Medina Azahara, o más atrás aún, cuando nos paseó por el sendero bellísimo del arroyo Bejarano, o cuando... Esta vez han sido los patios, ese público tesoro que los cordobeses guardan y miman celosos durante todo el año para hacer de mayo el mes florido y hermoso que dice el refrán.

Doy por sentado que todos mis lectores han visitado alguna vez los patios de Córdoba. Poco más puedo aportar desde aquí a la exaltación de la singular belleza de los mismos. Con toda justicia han sido declarados como patrimonio inmaterial de la humanidad. Fuera aparte (me gusta esta expresión tan sevillana manque sea de prosodia heterodoxa) de lo estrictamente estético, que es sublime, entrar en cualquiera de estos patios es sumergirse en un submundo que invita a la fantasía, a la relajación, a la magia. Si encima libas de sus porrones y te sientas en sus butacas a tomar un respiro te invade una sensación de frescura, de divinidad, de gloria bendita, de decir aquello tan bíblico de "Señor, hagamos aquí tres tiendas"...




En las casas andaluzas el patio es uno de los más agraciados legados que nos han dejado romanos y moros, tanto como el zaguán, el alcantarillado, los baños, el lavarse a gafadas o el dejar las puertas abiertas. En nuestros pueblos no se concibe una casa sin patio de macetas. Y si puede ser, con su parra y su pozo, el no va más. Patios centrales y porticados al estilo romano, el "Atrium", como el centro de la vivienda, o patios delanteros o traseros al estilo moro, con plantas y fuentes. Nuestros patios son a nuestras casas lo que los pomposos jardines a los lujosos palacios dieciochescos, pero a lo pobre, claro está. En ellos, nuestras abuelas cosían a la sombra del emparrado, nuestras madres cocinaban en el hornillo de carbón y sacaban agua del pozo, y nosotros nos entreteníamos correteando a las gallinas. El patio era -y lo sigue siendo- un respiro, un desahogo, un espacio de disfrute sensual, un placer.

Y en Córdoba, muy especialmente, este lugar de ocio y entretenimiento se ha elevado a la categoría de arte. Para mi gusto, los patios cordobeses representan retablos o crípticos barrocos traídos al terreno de lo profano, de lo doméstico. Encendidos borbotones de color y fragancia llovidos desde el cielo en una tierra paradójicamente discreta y callada. Misterios.



En fin, ustedes que lo disfruten lo mismo que nosotros. Pero... no tanto, que acabamos reventados. ¡Dura es la vida del jubilado!

martes, 8 de mayo de 2018

Carratraca versus Chicago

Con mi piso a rebosar de gente, algunos durmiendo en colchones por el suelo a la usanza cortijera, en las jornadas diurnas nos desahogamos por ahí fuera. En estos pasados días del puente de mayo hemos degustado los sabores paisajísticos, arqueológicos y gastronómicos de la comarca del Guadalteba, de la Sierra de las Nieves y de la montaña y vega antequeranas. De mención, el nacimiento del Guadalhorce, las ruinas de Bobastro, la cascada del río Jorox, en Alozaina, y el gazpachuelo de huevo de la "Casa Pepa", en Carratraca, como referentes más atractivos.

El último día nos fuimos a visitar Archidona. Alguien de nosotros deseó rememorar viejos tiempos en los que después de arduas reuniones en Antequera se venían los compañeros a este pueblo, por entonces con más marcha, para correrse unas merecidas juerguas de inspectores, que no todo va a ser boletín oficial. Localidad ésta más pequeña pero muy aseada, no fuimos capaces, sin embargo, de dar con su famoso cipote, "El de Archidona", por mucho que rastreáramos por la plaza ochavada y alrededores. "¿Por dónde cae la calle del cipote?" -le pregunté bromeando a un lugareño añoso. "Ande usted ya, hombre, que eso son cosas del Cela, aquí no hay tal cosa".


Ante mayúscula decepción, Juan Ojeda nos aclaró lo de la leyenda que explica Camilo José Cela, gran maestre de pajillería, según la cual un joven vecino de este pueblo, siendo masturbado por su novia en el anfiteatro de un cine, eyaculó tanto y tan disparatado que roció salpicando con su viril ungüento a mucha gente en la sala de butacas. ¡Con qué virtud se aplicaría a la faena la ansiosa muchacha!...

Y así, aunque os cueste creerlo, achacosos jubiletas y todo que somos, esta historia consiguió desperezar al pajarillo medio muerto de nuestras bajeras, vaya, que nos pusimos contentos. Solo eso. Contentos. Nuestras mujeres aprovechan la marea favorable para meter baza, ahora que, alejadas del catre, se creen a salvo de nuestras torpes intentonas. Y largan entre ellas, a nuestras espaldas, de secretillos de alcoba, tan repetidos y conocidos por todas como las recetas que toman a mano de la ensalada de aguacates y gambas. Que si mi marido es un cansino, pos anda que el mío que es un berraco, que si el mío todavía tiene güeso en la churra, que si a mi me quema por dentro, que si a la otra parece que se le está cerrando el bujerillo, que si ya una lo que desea es menos ímpetu y más caricias... Y nosotros, como que no, pero que sí. Y se ríen de buena gana. Y ya se enfría el asunto cuando saltan a las cremas y mejunjes para los bajos.¡Qué viejos verdes estamos hechos! ¡Y qué calientes semos, Manuel!

De manera que hemos echado unas jornadas muy intensas y agradables disfrutando plácida y tranquilamente de nuestra amistad en mi casa y en este entorno bello y cercano de la comarca antequerana. Aunque muchos de vosotros os rebeléis contra este juicio mío -la Peque la primera-, yo entiendo que esta forma de viajar en lo doméstico, en lo conocido, en lo seguro, es la más apropiada para nuestra edad. 
Por contra, mi hermano Frasco, su mujer, sus hijos y unos amigos, pasan el puente de mayo en Chicago. ¡Qué barbaridad! ¡Qué contradios! ¿Qué se les habrá perdido allí? Mi hermano es de parecida calaña a mi mujer o mi hija, está loco por viajar y si es a los EEUU mucho mejor. Y yo no los comprendo, la verdad, no siento el más mínimo interés. "Pero papi -me regaña mi hija- ¿te vas a morir sin ver Nueva York?" A mi me da igual, no siento ninguna curiosidad por conocer esas ciudades tan extraordinarias. No les tengo manía, claro que no; simplemente que no me merece la pena el esfuerzo mental, psicológico y monetario por ir a verlas. "Meli, yo iría muy gustoso a Nueva York o al fin del mundo si allí vivierais tú o mis nietos". Entonces, claro que viajaría, porque voy a encontrar algo tan querido que me haría soportables los sacrificios exigidos. Esta es mi posición al respecto.






Cualquier región española posee tal cantidad de bellezas naturales, de patrimonio cultural e histórico, de riqueza gastronómica, de variedad de fiestas y costumbres, y a tiro de piedra como quien dice, que yo prefiero siempre lo bueno conocido que lo novísimo por conocer. Me tacharéis de viejo prematuro. Me da igual. He sido siempre un viejo conformista puesto que he antepuesto mi confort y mi seguridad a la curiosidad por lo desconocido. 

Así las cosas, me quedo con Carratraca.  






viernes, 27 de abril de 2018

El taller

Desde nuestros tiempos de Triana -tampoco hace tanto- estaban las mujeres trajinando sobre un taller que la Peque les iba a impartir sobre pintura en seda, una especialidad que mi mujer domina como nadie. Y yo me lo tomaba a broma creyendo que sería una de esas muchas iniciativas a la que las mujeres se lanzan ilusionadas en un momento de calentón de taberna pero que luego pasan los días y se quedan en nada. De hecho, en tres años que hemos vivido allí nunca han encontrado fecha que les cuadrara a todas. Pero no abandonan, oye.

Y ha tenido que ser aquí, en nuestra nueva casa de Antequera. Y aquí me tenéis, de casero asistente para cuatro mujeres que se han encalomado en mi piso durante cinco días a mesa y mantel, qué digo a mesa y mantel, mucho más. La matrícula, totalmente gratuita, incluye, además del contenido docente y de los materiales necesarios, un régimen de pensión completa; no, ni siquiera eso, se parece más a un todo incluido. Con pulserita. Y no acaba la cosa ahí, esta misma noche se añaden sus mariditos y dos parejas más. Aquí todos rebujados. Y por si éramos pocos, va y se apunta también mi cuñada Conchi, otra pécora de cuidado.

Los de mi edad comprenderéis mejor las tribulaciones de un hombre solo frente a semejante gineceo. Mientras ellas se divierten pintando sus trapitos, un servidor les pone el desayuno, hace la compra, saca a pasear a la perrita, va de canguro para que mi hija pueda salir a caminar, les cocina unas papas con chocos de rechupete y, después de mi siesta rigurosa, les sirve el cafelito con sus dulces. El único ratito que me dejan respirar es el de la novela, ritual sagrado para ellas. Y entre cosa y cosa, como puedo, saco algo de tiempo para escribiros. Luego dicen del tiempo de los jubilados... Que no, que no nos queda nada para nosotros mismos.

Y a todo esto, con muy pocas compensaciones. En otro tiempo, en el siglo pasado mismamente, hubiese sido un auténtico disfrute sensual con mi disposición corporal y anímica rezumando testosterona hasta por las uñas, y ellas tan zalameras y pintureras. Hubiera exigido el pago en especie, en carne misma, pero ahora... En fin, que ya no es lo mismo. Mi testosterona no da ni para encontrármela pa mear, y el estradiol de ellas debe ser de garrafón, o genérico, con tanta soja como toman. ¿Dónde, los muslos prietos de la Peque; adónde han ido a parar las cachas carnosas de la Paqui; qué ha sido de los melones de la Mariki; qué, de la cinturita de muñeca de María Jesús? Hablo con conocimiento de causa, mi condición de médico y amigo me ha brindado muchas oportunidades de conocerlas epidérmicamente hablando. Ahora, ni en picardías para acostarse consiguen que se me empine el... ánimo. Será la edad. Será.


En fin, es broma. Ellas tampoco se han dado mucho respiro, son muy intensas para todo lo que se proponen. Han obtenido su máster sin truco, con todas las de la ley.  Mirad, si no, el resultado final de sus esfuerzos.
Muy bonito todo, vaya. Pero ya voy teniendo ganas de que llegue el domingo.



Un suponer muy fastidioso

Lo que hoy os voy a relatar no es que me haya pasado a mí, no. Es un suponer -un poner, se dice en mi pueblo-. A mí no me suceden cosas así, eso es para la gente "normal".

Puestos, pues, a suponer, supongamos que el domingo pasado hubiésemos echado un día formidable la Peque y yo junto a mi hermano Manolo y mi cuñada Sam. Que hubiésemos ido a visitar un paraje bellísimo en Villanueva del Trabuco, el nacimiento del río Guadalhorce; que nos diésemos un paseo tranquilo por unos senderos ignotos y preciosos; que al mediodía almorzáramos de escándalo en el hogar del pensionista de Cauche, una pedanía de Antequera, y que, idos al pueblo hermano y cuñada, nos hubiéramos pegado, La Peque y yo, una merecidísima siesta. En este punto, alguna mente insana podría suponer que hubiera habido alguna cosilla más. Pues no. Sería demasiado imaginar. Una siesta de sofá orejero y nada más.

Podemos seguir suponiendo que, luego, en una tarde tormentosa y embarrada nos hubiésemos ido al cine con mis cuñados Cipri y Conchi; y que nos divirtiera un montón la película "Campeones"; y que, idos estos dos a dormir a su casa, la Peque y un servidor nos dispusiéramos a lo mismo: llegar a casa y echarnos a dormir después de una jornada bastante movidita. Hasta ahí, perfecto, si no fuera por la lluvia de barro y los relámpagos que ya empiezan.

Hagamos un esfuerzo más para imaginar ahora que, ansiosos por una ducha relajante, unas sábanas calentitas y quién sabe si un carnal y pegajoso revolcón, dijera la Peque que no, que no. Pero no que no me ilusione, que de lo que voy pensando, nada. No, no sería ese tipo de no. "¿Que no qué?" -le preguntaría yo. "¡Coño, que no puedo abrir la puerta!" -diría ella. "Anda, déjame a mí, que tienes las manos de gachas" -es posible que yo le mal respondiera. Y más posible todavía hubiera sido que no hubiera habido forma humana de girar esa llave. Y dado que estamos caminando en un terreno de enfervecida imaginación, podemos suponer la clase de furor interior y de incredulidad que me pudieran haber abatido en ese momento. ¿A qué divinidad o virginidad podría uno increpar sin miedo a la sanción de la justicia rajoiniana? ¿Contra qué político o en qué eminencia vaticana acertaría uno a descargar los excrementos en circunstancia tan crítica?

Pero no nos precipitemos, es todo suposición. Supongamos ahora que mi mente totalmente incendiada de una ira autocrítica, decidiera rebobinar hasta aquel inoportuno instante en que, a toda prisa porque llegábamos tarde al cine, saliera de mi casa detrás de la Peque, diera un portazo y se quedaran las llaves puestas por dentro. Y llegaría ahora lo más gracioso: "Tú eras el que decía que a ti nunca te pasaría" -quizás dijera tentadoramente Eva. "No me enciendas -pudiera haber respondido el ofendido y ofuscado Adán-, que la culpa es tuya por haberme metido tanta bulla". "Me callaré -se pondría muy melodramática-, no te vaya a dar tu taquicardia"...

Hasta aquí, todo imaginación, todo suposición. Ahora vamos a la realidad cruda en una noche bien entrada cayendo truenos y relámpagos y agua a punta pala. Y nuestros cuerpos serranos sentados y abatidos en las escaleras del rellano.
-Nos vamos a dormir a la casa de la Meli (nuestra hija), y mañana llamamos a un cerrajero -se pone prudente la Peque.
-Sí, pero la pobre perrita se va a quedar ahí sola toda la noche -protesto yo-. Y con tanto trueno...
-Ya estamos con la perrita...
-Que no, Peque, que llamo a un cerrajero ya.

Con mucha más serenidad de lo que yo mismo podía esperar de mí, busco en mi móvil un cerrajero de 24 horas, y llamo. Al otro lado escucho una voz de hombre marroquí pero que debe llevar años aquí porque habla perfectamente el castellano. Le explico lo sucedido y me dice que sí, que en cuarenta minutos está aquí, que viene desde Casabermeja, que le mande mi ubicación. Vale.
Nada más colgar, me tienta mi demonio particular instándome a que intente otro cerrajero, que cuarenta minutos son muchos, que aquí en el mismo Antequera también habrá alguien de 24 horas. Y le hago caso. Y busco otro teléfono. Y lo encuentro. Y llamo. "No se apure usted, en media hora estoy ahí". Y la Peque: "Niño, ahora te vas a encontrar con dos cerrajeros". Rápidamente, vuelvo a llamar al móvil del primero para que no salga de su pueblo en noche tan aciaga. Pero le miento, no le digo que he encontrado otro más rápido, sino que me he echado otras cuentas y que ya si eso, mañana hablamos. Teníais que haberlo escuchado: "No, no. Ni hablar. Usted lo que ha hecho ha sido llamar a otro cerrajero. Pero que sepa que el único profesional de 24 horas en toda esta comarca soy yo. La persona a la que usted ha llamado la segunda vez acaba de comunicar conmigo para que yo le haga el trabajo". Tierra trágame. ¡Qué mal trago! "Bueno, pues... perdone usted, pero comprenda mis prisas, lo siento mucho"...

Total, en media hora el hombre estaba allí, fue amable, no volvió a reñirme más, sacó un trozo de cartón piedra de su maletín, lo introdujo por el mínimo resquicio entre la puerta y el dintel lateral... Y la puerta se abrió solita. Detrás, La Pelusa nos miraba con cierto asombro y meneando su colita. 

¡Hay que ver la imaginación que tenemos algunos!