A propósito del tema de ayer, el de asignaturas pendientes, me recuerda un amigo lector que ayer mismo fue el día de san Pelagio, día en que finalizaba el curso académico en el seminario, y que hoy daban comienzo nuestras vacaciones de verano. Yo desconocía este extremo. Lo cual me coloca en una situación muy embarazosa: sin posibilidad de recuperar, algunas asignaturas del grado doméstico y el trabajo de fin de grado se me van a septiembre sin remisión. ¡Manda güevos! Ni un solo suspenso en toda mi vida académica, ni en la escuela, el seminario o la facultad de medicina, y ahora me suspende mi señora, y me deja sin casa rural y sin feria del pueblo. El programa veraniego va a consistir en prácticas de manejo casero: fregar el suelo sin pisar lo fregado, colocar el lavavajillas empezando por la bandeja de abajo, no volver a usar papel higiénico para limpiar las manchas del espejo, que se queda luego lleno de virutas, recoger la ropa tendida sin amontonarla en el sofá como un amasijo... Cosas así, tan repelentes para un intelectual. Y lo malo será que con tan poca actitud vuelva a suspender en septiembre... No quiero ni pensarlo: ¡repetir curso a mis años!
sábado, 27 de junio de 2020
viernes, 26 de junio de 2020
Asignaturas pendientes
Tan largo confinamiento en Antequera había logrado borrar de mi conciencia las obligaciones domésticas de un hombre corriente en la Nueva Normalidad. Allí, constreñidos en el piso -por espacioso que fuera-, la Peque entretenía su encierro haciéndose cargo de manera desenvuelta de toda la logística doméstica, ejerciendo graciosamente de colaboradora necesaria para que un servidor pudiera dar justo cumplimiento a su débito literario con vosotros, mis queridos lectores. Pero todo de buen rollo, pareciera como si a ella le sobrara día, y se encontrara complacida viéndose ocupada. Porque ella, al contrario que yo, lo que no puede de ninguna manera es permanecer de brazos cruzados, "sin hacer nada".
-¿Qué haces, Sema?
-Nada. Aquí me ando, pensando en mis cosas...
-¿¿¿Cómo puedes estar sin hacer nada???? -. Y pilla un cabreo...
La cosa ha cambiado, radical, aquí en el pueblo. Ahora le falta día. La casa grande en estado de revista permanente para las visitas, las escaleras, las habitaciones de invitados, la de los niños, las macetas del patio..., las compras, la plancha, la cocina, los paseos crepusculares por el campo -amanecida y anochecida- con su hermana Conchi y su prima Ani... requieren de un colaborador activo y dispuesto. Y ahí estoy yo en justa reciprocidad a su total entrega en Antequera.
-Manda lo que quieras, a tu entera disposición -me ofrezco gallardo.
-Mira, casi me conformo con que no estorbes, fíjate lo que te digo...
Pero luego, ya en frío, se me queja con razón de mi pobre disposición para la casa. Y me escuece un poco que me compare con Fraski o con Jaime, gente tan mañosa para la cocina o el jardín, o tan manitas para la casa. O tan rumbosa a la hora de salir de compras, por ejemplo. Pero es que yo tengo otras cualidades, me indulto a mí mismo. ¿Cúales son?, me pregunto a continuación. Y cada vez me cuesta más encontrarlas.
Me temo que nunca terminaré por hacerme con todos los cabos de la gestión de una casa corriente. Ha habido momentos puntuales en que me he creído poseedor de esa alquimia inalcanzable para el hispano común, la de dar satisfacción completa a cualquier cuita al gusto de las señoras, nuestras santas. He llegado, incluso, al sumun, esto es, hacer cosas por mi cuenta sin que ella me lo mandase. Recuerdo un día memorable en que vino a nuestra casa Cristóbal el fontanero a arreglar una cisterna del water, dejando al final del trabajo un pequeño charquito de agua en un rincón. Y yo, por mi cuenta, agarré la fregona y dejé el aseo como el jaspe. Son detalles puntuales, me falta continuidad. Soy un hombre bien mandado, es verdad, pero reconozco que carezco de iniciativa. Cree uno haber acabado con notable todos los créditos del grado doméstico, pero siempre te queda algún máster suelto por ahí.
Y es que a uno se le escapan cosas que para ellas saltan a la vista. He llegado a pensar que se trate de una cuestión genética, cerebral, antropológica. En serio: abrimos el frigo buscando la sandía y no la encontramos... y llega mi mujer, "Ahí enfrente la tienes, que te va a comer"... Los hombres estamos genéticamente preparados para la vista larga, de cuando teníamos que vérnoslas con lobos, jabalíes y bisontes en la caza de supervivencia, mientras las mujeres se ocupaban de la casa y la recolección de verduras y bayas, cosas a la mano. Por eso son tan ordenadas y meticulosas con lo cercano. Por ejemplo, el último suceso acaecido en mi casa y de tan oscuro origen: "Sema, llevo unos días viendo unos refregonazos y salpicaduras en el espejo del cuarto de baño. Las limpio y al día siguiente vuelven a aparecer. ¿Tú de qué crees que serán?" Ella ya lo sabe de antemano, pero le gusta hacerme recapacitar, "coño, que pienses en las cosas, que no vives solo, que lo que tú no hagas alguien tiene que hacerlo"... Y a mí, la verdad, no se me ocurre nada. Antes, en situaciones parecidas, le echaba la culpa a la perrita, pero ya no me atrevo, que se cabrea más mi mujer por tomármelo todo a cachondeo.
-Piensa... A ver de qué puede ser. Aquí no entramos más que tú y yo...
-No sé, Peque. Como no sea al lavarme la cara...
Pues no era la respuesta correcta. Me hace ver que mi postura al cepillarme los dientes mirando al espejo produce esas salpicaduras de agua y pasta dentrífica, cual gotitas cargadas de Covid. Ea, una cosa tan elemental, para que veáis... Otra asignatura aprobada: agacho la cabeza contra el lavabo y ni se me ocurre mirarme al espejo mientras me cepillo.
Ansioso estoy esperando las notas finales.
-¿Qué haces, Sema?
-Nada. Aquí me ando, pensando en mis cosas...
-¿¿¿Cómo puedes estar sin hacer nada???? -. Y pilla un cabreo...
La cosa ha cambiado, radical, aquí en el pueblo. Ahora le falta día. La casa grande en estado de revista permanente para las visitas, las escaleras, las habitaciones de invitados, la de los niños, las macetas del patio..., las compras, la plancha, la cocina, los paseos crepusculares por el campo -amanecida y anochecida- con su hermana Conchi y su prima Ani... requieren de un colaborador activo y dispuesto. Y ahí estoy yo en justa reciprocidad a su total entrega en Antequera.
-Manda lo que quieras, a tu entera disposición -me ofrezco gallardo.
-Mira, casi me conformo con que no estorbes, fíjate lo que te digo...
Pero luego, ya en frío, se me queja con razón de mi pobre disposición para la casa. Y me escuece un poco que me compare con Fraski o con Jaime, gente tan mañosa para la cocina o el jardín, o tan manitas para la casa. O tan rumbosa a la hora de salir de compras, por ejemplo. Pero es que yo tengo otras cualidades, me indulto a mí mismo. ¿Cúales son?, me pregunto a continuación. Y cada vez me cuesta más encontrarlas.
Me temo que nunca terminaré por hacerme con todos los cabos de la gestión de una casa corriente. Ha habido momentos puntuales en que me he creído poseedor de esa alquimia inalcanzable para el hispano común, la de dar satisfacción completa a cualquier cuita al gusto de las señoras, nuestras santas. He llegado, incluso, al sumun, esto es, hacer cosas por mi cuenta sin que ella me lo mandase. Recuerdo un día memorable en que vino a nuestra casa Cristóbal el fontanero a arreglar una cisterna del water, dejando al final del trabajo un pequeño charquito de agua en un rincón. Y yo, por mi cuenta, agarré la fregona y dejé el aseo como el jaspe. Son detalles puntuales, me falta continuidad. Soy un hombre bien mandado, es verdad, pero reconozco que carezco de iniciativa. Cree uno haber acabado con notable todos los créditos del grado doméstico, pero siempre te queda algún máster suelto por ahí.
Y es que a uno se le escapan cosas que para ellas saltan a la vista. He llegado a pensar que se trate de una cuestión genética, cerebral, antropológica. En serio: abrimos el frigo buscando la sandía y no la encontramos... y llega mi mujer, "Ahí enfrente la tienes, que te va a comer"... Los hombres estamos genéticamente preparados para la vista larga, de cuando teníamos que vérnoslas con lobos, jabalíes y bisontes en la caza de supervivencia, mientras las mujeres se ocupaban de la casa y la recolección de verduras y bayas, cosas a la mano. Por eso son tan ordenadas y meticulosas con lo cercano. Por ejemplo, el último suceso acaecido en mi casa y de tan oscuro origen: "Sema, llevo unos días viendo unos refregonazos y salpicaduras en el espejo del cuarto de baño. Las limpio y al día siguiente vuelven a aparecer. ¿Tú de qué crees que serán?" Ella ya lo sabe de antemano, pero le gusta hacerme recapacitar, "coño, que pienses en las cosas, que no vives solo, que lo que tú no hagas alguien tiene que hacerlo"... Y a mí, la verdad, no se me ocurre nada. Antes, en situaciones parecidas, le echaba la culpa a la perrita, pero ya no me atrevo, que se cabrea más mi mujer por tomármelo todo a cachondeo.
-Piensa... A ver de qué puede ser. Aquí no entramos más que tú y yo...
-No sé, Peque. Como no sea al lavarme la cara...
Pues no era la respuesta correcta. Me hace ver que mi postura al cepillarme los dientes mirando al espejo produce esas salpicaduras de agua y pasta dentrífica, cual gotitas cargadas de Covid. Ea, una cosa tan elemental, para que veáis... Otra asignatura aprobada: agacho la cabeza contra el lavabo y ni se me ocurre mirarme al espejo mientras me cepillo.
Ansioso estoy esperando las notas finales.
miércoles, 3 de junio de 2020
El Graduado
Ayer noche pusieron en la segunda cadena la película "El Graduado".
Es la cuarta vez que la veo. Creo. Y la seguiré viendo si me entero que la echan de nuevo. No sé... La tengo muy dentro de mi. Como cosa mía de siempre. La vi por primera vez en el cine Cabrera de Córdoba, en el 69 o 70, a mis dieciséis años, siendo seminarista. Y fue de esas cosas que impactan necesariamente a un adolescente. Y creo que para bien. ¡Por fin un cuerpo de mujer desnudo! ¡Aunque solo fuese de espaldas! ¡Al fin, escenas de cama, muy ligeras y piadosas para lo que hoy se estila, pero tan necesarias para nuestra atormentada concupiscencia! Para mi forma de concebir el sexo entonces como macho superhormonado y reprimido, me parecía impensable que un joven de veinte años pudiera estar acostado con una mujer guenísima -Anne Bancroft insuperable como señora Robinson seductora-, y hablando tranquilamente de cualquier cosa, en lugar de chingar y chingar sin parar. Naturalmente, la segunda parte de la película, la del noviazgo con Elaine, ahora lo más preciado a mi vista, me pareció entonces mucho menos interesante. Uno sólo tenía ojos para la carne. ¡El ansia viva!!!
El Graduado no es una película universal ni atemporal. No. Tuvo su tiempo, su momento, sus personajes y su público. Un impacto limitado. Y se acabó. Su temática (la vida adinerada y aburrida de universitarios hijos de padres ricachones, en una sociedad decadente que cuestiona ya el modelo de familia tradicional, heredada después por American Pye) es algo ya muy superado. A nadie le extraña, le afecta ni le importa. ¿Qué posee, entonces, que sigue gustando verla? Bueno... En mi caso particular, la nostalgia de un pasado muy querido, el imaginarme en aquella Córdoba cercana y amigable, y luego, las escenas tan bien rodadas y encuadradas de ese amor juvenil limpio de sexo, tan alocado, tan desesperado, que me evocan los amores románticos de nuestros tiempos, en los que una mirada, una sonrisa, una lágrima, un roce de manos eran el éxtasis, el embeleso, el no va más... De ese malhumorado "¿Por qué has venido a verme?"... Al "No te vayas todavía hasta que tengamos un plan"... Embeleso en los gestos y en la mirada de una Catherine Ross deslumbrante y desconcertada ante la avalancha de pasión de su novio prohibido, un Dustin Hoffmann que jamás ha corrido tanto y tan deprisa como al final de la película, para llegar a tiempo a la iglesia presbiteriana de santa Bárbara a desbaratar la ceremonia del casamiento de su Elaine con otro. Bueno, y desde luego, la banda sonora de Simon y Garfunkel, mis ídolos indiscutibles de aquellos años.
Avisadme si os enteráis de que la ponen otra vez. Que la veo.
El Graduado no es una película universal ni atemporal. No. Tuvo su tiempo, su momento, sus personajes y su público. Un impacto limitado. Y se acabó. Su temática (la vida adinerada y aburrida de universitarios hijos de padres ricachones, en una sociedad decadente que cuestiona ya el modelo de familia tradicional, heredada después por American Pye) es algo ya muy superado. A nadie le extraña, le afecta ni le importa. ¿Qué posee, entonces, que sigue gustando verla? Bueno... En mi caso particular, la nostalgia de un pasado muy querido, el imaginarme en aquella Córdoba cercana y amigable, y luego, las escenas tan bien rodadas y encuadradas de ese amor juvenil limpio de sexo, tan alocado, tan desesperado, que me evocan los amores románticos de nuestros tiempos, en los que una mirada, una sonrisa, una lágrima, un roce de manos eran el éxtasis, el embeleso, el no va más... De ese malhumorado "¿Por qué has venido a verme?"... Al "No te vayas todavía hasta que tengamos un plan"... Embeleso en los gestos y en la mirada de una Catherine Ross deslumbrante y desconcertada ante la avalancha de pasión de su novio prohibido, un Dustin Hoffmann que jamás ha corrido tanto y tan deprisa como al final de la película, para llegar a tiempo a la iglesia presbiteriana de santa Bárbara a desbaratar la ceremonia del casamiento de su Elaine con otro. Bueno, y desde luego, la banda sonora de Simon y Garfunkel, mis ídolos indiscutibles de aquellos años.
Avisadme si os enteráis de que la ponen otra vez. Que la veo.
lunes, 1 de junio de 2020
Los pasadores de fase
La Peque y yo somos víctimas inocentes de una de las muchas "incongruencias razonables" que tiene este proceso estrenado de la nueva normalidad: la movilidad entre provincias. De manera que podemos ir a La Capilla y a Alameda, pero no a Palenciana que está a escasos dos kilómetros del mojón que separa ambas provincias, tan hermanas ellas, Córdoba y Málaga. Y resulta que nosotros no precisamos para nada ir a Marbella, ni a Torremolinos, sino a nuestra casa del pueblo. No es lo mismo que mi hermano Frasco que, desde Almería, tendría que atravesar cuatro provincias, ¡qué va! Nosotros, sólo dos kilómetros de ná. Para más inri, nuestro pueblo debería pertenecer a Málaga desde un punto de vista puramente geográfico, ya que domina desde su atalaya de pinos, olivos y retamas la orilla izquierda del Genil. En fin... La Tierra Prometida, tan a mano. Pues nada. A joderse.
Y luego va, y viene un príncipe de Bélgica, un tal Joaquín, hasta Córdoba. Y lo han pillado por haber caído enfermo, que si no... Vaya usted a saber la de sangres azuladas que se estarán pasando la normativa por debajo de sus principescos cataplines. Y la de sangres colorás, también. Bueno... Perdono al tal Joaquín porque comprendo que a su edad dos meses sin matrimoniar es excesiva penitencia, ya sabemos lo del semen retentum, más incordio que una buena carga viral, pero castigo con este alegato a los irresponsables invitados gorrones que acudieron presurosos al panal de rica miel. ¡Moscardones!
Contaba mi suegro -charco donde pisara salpicaban pesetas- que en sus tiempos mozos de estraperlista había verdaderos expertos en localizar senderos extraviados para evitar a la benemérita. Como también en nuestra guerra civil había especialistas en pasar a la gente de un bando a otro por barrancos y tajos de muerte, "Los Pasadores". Pues estoy pensando en encontrar a un buen pasador. Total, son dos kilómetros, joer. No es cosa que nos pierda.
En serio, nunca he deseado tanto como ahora los "Encuentros en la tercera fase". No serán con extraterrestres, sino con nuestra familia, en nuestra casa nueva. Y prometo que nunca más de quince criaturas juntas. ¡Por éstas! Y una vez en tierra cordobesa, podría ya sin problema alargarme a Montalbán mismo, a por mis brevas prometidas, y a Espejo, a la campaña del pistacho con mi amigo Diego, a Fernán Núñez, por mi pastelón favorito, y a Córdoba capital, a los campos floridos de Frasqui y del Pintor, y subir hasta Pozoblanco, en la otra punta, para ayudar a regar las encinas del Pozuelo. Del tirón, pa desahogarme.
Amén, que así sea.
En serio, nunca he deseado tanto como ahora los "Encuentros en la tercera fase". No serán con extraterrestres, sino con nuestra familia, en nuestra casa nueva. Y prometo que nunca más de quince criaturas juntas. ¡Por éstas! Y una vez en tierra cordobesa, podría ya sin problema alargarme a Montalbán mismo, a por mis brevas prometidas, y a Espejo, a la campaña del pistacho con mi amigo Diego, a Fernán Núñez, por mi pastelón favorito, y a Córdoba capital, a los campos floridos de Frasqui y del Pintor, y subir hasta Pozoblanco, en la otra punta, para ayudar a regar las encinas del Pozuelo. Del tirón, pa desahogarme.
Amén, que así sea.
domingo, 24 de mayo de 2020
De nuevo la calle
Este año, sí. Se ha cumplido el refrán: marzo ventoso y abril lluvioso traen a mayo florido y hermoso. Y arrebatao. Después de dos meses largos de calles fantasmales, ha vuelto la alegría, la bulla, la lozanía. Tal vez, demasiado. La gente nueva no concibe tanto encierro, necesita solazarse. De alguna manera se siente inmune al virus y a la muerte, y no es consciente del todo del peligro de contagiarse y contagiar a sus cercanos. Así y todo, es una gozada asomarse uno al balcón y disfrutar la calle como antaño, que parece haber pasado un lustro, escuchar el murmullo, el bisbiseo de los pasos en la siesta, las risotadas de las tardes, el envolvente ruido de los coches, las mesas en las terrazas; volver al colorido y animación que la gente mortal le ofrece a uno a la vista... Me gusta imaginarme las calles, no como arterias que suele decirse, sino más bien como venas. Las arterias van siempre deprisa, llevando sangre a la carrera; las arterias son las carreteras. Pero las calles exigen para su disfrute un paso reposado, "paso corto, vista larga y mala leche..." , decía Fernando "El Herraor", el padre de mi amigo Rafael. Dejamos la mala leche para otros, y nos centramos en el paso lento enfocando el iris según conveniencia. Mi calle es empinada y sinuosa. Desde mis balcones, le encuentro un parecido a la vena safena interna cuando desemboca, haciendo una especie de cayado, en la vena femoral, la calle Estepa.
Pero, además de la vista de pájaro, es necesario pisar el asfalto y la tierra, volver a sentirse uno ciudadano libre y activo, estar en el mundo. Recuerdo ahora aquellas clases de Urbanidad de nuestro rector del seminario en las que nos metía determinadas doctrinas a la remanguillé. Decía que los enemigos del alma eran tres: Mundo, Demonio y Carne. Pasamos del Demonio -invento disuasor de la Iglesia-, y nos centraremos en los otros dos, mucho más atractivos. No, el Mundo no es ocasión de pecado, como nos decía don Gaspar. No necesariamente. No es sólo Carne. El mundo es un espacio lleno de criaturas del Señor, criaturas que son las que lo hacen bueno, regular o malo. No tenemos que huir ni aislarnos del mundo. Al contrario, debemos ser Mundo, hacer Mundo. Y ahora, más que nunca. Para ello hay que entrar en harina, conocer los problemas de la gente, ser sensibles a ellos y aportar cada cual soluciones en la medida de sus posibilidades. Hacer Mundo es saber ser solidarios, justos y también caritativos, porque la Caridad llega allí donde no alcanza la Justicia. Qué bonito sería, mi querido rector, considerar al Mundo como ocasión de virtud, de mirar por él y por las personas, de cuidarlo y mantenerlo para disfrute propio y de las futuras generaciones. Un Mundo ideal, vale, pero ilusionante. Y un mundo agradecido: ninguna primavera como ésta, el monte está que se sale, los caminos abrazados de maleza, las cunetas greñudas, jabalíes atrevidos y montón de cabras sueltas, un abril de mil aguas donde sólo se esperaban treinta, olivos rebosantes de una hermosa trama nueva, y hasta de Madrid ha volado su boina oscura y polvorienta, bendito silencio del hombre que tanto al mundo contenta... ¡Joer!, habéis visto lo poético que me ha quedado?
¡Qué viejos verdes estamos hechos!...
Pero, además de la vista de pájaro, es necesario pisar el asfalto y la tierra, volver a sentirse uno ciudadano libre y activo, estar en el mundo. Recuerdo ahora aquellas clases de Urbanidad de nuestro rector del seminario en las que nos metía determinadas doctrinas a la remanguillé. Decía que los enemigos del alma eran tres: Mundo, Demonio y Carne. Pasamos del Demonio -invento disuasor de la Iglesia-, y nos centraremos en los otros dos, mucho más atractivos. No, el Mundo no es ocasión de pecado, como nos decía don Gaspar. No necesariamente. No es sólo Carne. El mundo es un espacio lleno de criaturas del Señor, criaturas que son las que lo hacen bueno, regular o malo. No tenemos que huir ni aislarnos del mundo. Al contrario, debemos ser Mundo, hacer Mundo. Y ahora, más que nunca. Para ello hay que entrar en harina, conocer los problemas de la gente, ser sensibles a ellos y aportar cada cual soluciones en la medida de sus posibilidades. Hacer Mundo es saber ser solidarios, justos y también caritativos, porque la Caridad llega allí donde no alcanza la Justicia. Qué bonito sería, mi querido rector, considerar al Mundo como ocasión de virtud, de mirar por él y por las personas, de cuidarlo y mantenerlo para disfrute propio y de las futuras generaciones. Un Mundo ideal, vale, pero ilusionante. Y un mundo agradecido: ninguna primavera como ésta, el monte está que se sale, los caminos abrazados de maleza, las cunetas greñudas, jabalíes atrevidos y montón de cabras sueltas, un abril de mil aguas donde sólo se esperaban treinta, olivos rebosantes de una hermosa trama nueva, y hasta de Madrid ha volado su boina oscura y polvorienta, bendito silencio del hombre que tanto al mundo contenta... ¡Joer!, habéis visto lo poético que me ha quedado?
¿Y la Carne? Amigo, ésa sí que existe. Sobre todo, en la calle. Hoy mismo, primer domingo de nuestra primera fase, he salido a un echar un bicheo. Más que nada para eso, pa ver carne. Bueno, y para sacar dinero. Las muchachas estaban anhelando el buen tiempo, y han salido desbocadas. Me ha pasado con la carne un poco como con lo del fútbol: ya no se acordaba uno del Vinicius ése de los cojones, ni tampoco de los cachetes apretujados rebosando por fuera de los perniles. ¡Ah, la carne fresca! ¡Qué calientes semos, Manuel! Os lo digo en serio, a mi edad la carne, bien entendida, ya no me incita como antaño al pecado, a la pasión o al deseo. Simplemente me alegra la vista y la vida. Como las brevas turgentes del Agustín, tan lejanas y añoradas, o las de Miguel, aquí al lado, pero igual de imposibles hasta los encuentros en la tercera fase, veremos a ver si aguantan. Me reconforta apreciar que la vida sigue siempre joven y eterna, y que qué bonito es todo lo que es nuevo.
¡Qué viejos verdes estamos hechos!...
jueves, 21 de mayo de 2020
Las residencias de ancianos en la picota
Veremos a ver cómo salgo de ésta. Ahora me arrepiento de mi compromiso de hablaros de las residencias de ancianos. ¡Me cachis!... Me remitiré a aquel chiste sobre Adolfo Suárez, del "puedo prometer y prometo que no sé dónde me meto"...
Muchos de los ancianos que habitan en las residencias son pluripatológicos y grandes dependientes, los llamados asistidos, es decir, golosinas para el virus glotón. En cualquier situación de epidemia por un agente infeccioso de alta contagiosidad los lugares más expuestos son siempre las residencias de ancianos y las guarderías. Y luego, los hospitales. Damos gracias al cielo de que este maldito virus se haya apiadado de nuestros pequeños, si no, las guarderías, y no las residencias, estarían en el candelero. Las residencias (más aún que las guarderías) constituyen un entorno de enorme vulnerabilidad por ser lugares cerrados, de aire espeso, fáciles al contagio, y que albergan a ancianos muy tocados, en fases avanzadas de trastornos somáticos o mentales. Carecen de homogeneidad en sus dueños o titulares, normativas y protocolos de actuación, y para colmo, muchas de ellas, aun con un muy buen nivel de auxiliares de clínica, siguen sufriendo de una mala ratio, no están medicalizadas, y los cuidados asistenciales quedan al buen hacer y disponibilidad de los médicos de cabecera, generalmente sobresaturados. Una realidad palmaria en términos antropológicos es que, en general, el anciano que vive en su domicilio goza de un mejor estado de salud y recibe una asistencia médica mejor que el que vive en una residencia. Sin entrar en otras valoraciones. En pocas palabras, esta pandemia está siendo un terremoto, y las residencias de ancianos, edificios con aluminosis. Más o menos. Esto es lo que hay, y esto es lo que, desgraciadamente, estamos viviendo.
Los números acojonan, ya lo sabéis. Estadísticas que nos abruman. ¡Ah, la estadística! Para un servidor, proveniente de Letras, la estadística fue una materia cuasi mágica por lo inaccesible. Yo me aprendía de memoria la desviación estándar, la odds ratio y la regresión logarítmica, pero... ni idea. Mirad: de los 23.500 ancianos fallecidos en España por el virus, el 66% (17.800) se ha contagiado en una residencia de ancianos. En concreto, en Andalucía hemos sufrido 1.355 muertes en estos dos meses, de las cuales, 1.176 han sido en mayores de 65 años. Y de éstos, 515 lo han hecho en residencias, y 661 en otros sitios como sus domicilios u hospitales. La ratio es estratosférica: 1 muerto de cada 83 ancianos en residencias; 1 muerto de cada 2.000 ancianos fuera de las residencias. Ergo, está chupao, la culpa es de las residencias. Así funciona nuestro cerebro. Cualquier cosa que suceda ha de tener su causa, su responsable, su culpable, en última instancia.
Pero las cosas suelen ser más complejas de lo que parece a primera vista. Que una correlación estadística sea positiva no implica necesariamente una relación causal. No se puede comparar lo igual con lo desigual. Las residencias de ancianos, como sabemos, concentran lo más granado de nuestra fragilidad como sociedad. No podemos hacer comparaciones entre unos ancianos jóvenes como es nuestro caso, que, cual Jordis Hurtados, vivimos aún con total autonomía y jovialidad, y la triste decrepitud que se respira en las residencias. Dicho esto con todos los respetos. Decía Juan Ramón Jiménez que la mejor garantía de salud y longevidad es la alegría. Sí que sería mucho más adecuado comparar la mortandad en las residencias en estos dos últimos meses con la del año pasado en el mismo periodo. Esto nos daría una aproximación al exceso de mortalidad que hemos tenido. Veréis: una investigadora, creo que gallega, ha realizado un estudio estadístico interesantísimo y muy clarificador a este respecto que hablamos. Mediante un modelo de regresión logística multivariante ha comprobado una relación hasta ahora desconocida entre mortandad por coronavirus y vacunación antigripal en las distintas provincias españolas, de manera que en aquellas regiones donde más se han vacunado los ancianos para la gripe más elevada ha sido la mortalidad por Covid. Y enseguida salen las conclusiones precipitadas: la vacuna de la gripe empeora el pronóstico del coronavirus. Y sale la doctora diciendo: no lo puedo afirmar ni negar. En estadística, una correlación positiva no implica siempre causalidad. Y añade: bien pudiera ser que la vacuna de la gripe al evitar la muerte de muchos ancianos los ponga luego en bandeja del afanoso Covid. ¿Os dais cuenta?
Muchos de los ancianos que habitan en las residencias son pluripatológicos y grandes dependientes, los llamados asistidos, es decir, golosinas para el virus glotón. En cualquier situación de epidemia por un agente infeccioso de alta contagiosidad los lugares más expuestos son siempre las residencias de ancianos y las guarderías. Y luego, los hospitales. Damos gracias al cielo de que este maldito virus se haya apiadado de nuestros pequeños, si no, las guarderías, y no las residencias, estarían en el candelero. Las residencias (más aún que las guarderías) constituyen un entorno de enorme vulnerabilidad por ser lugares cerrados, de aire espeso, fáciles al contagio, y que albergan a ancianos muy tocados, en fases avanzadas de trastornos somáticos o mentales. Carecen de homogeneidad en sus dueños o titulares, normativas y protocolos de actuación, y para colmo, muchas de ellas, aun con un muy buen nivel de auxiliares de clínica, siguen sufriendo de una mala ratio, no están medicalizadas, y los cuidados asistenciales quedan al buen hacer y disponibilidad de los médicos de cabecera, generalmente sobresaturados. Una realidad palmaria en términos antropológicos es que, en general, el anciano que vive en su domicilio goza de un mejor estado de salud y recibe una asistencia médica mejor que el que vive en una residencia. Sin entrar en otras valoraciones. En pocas palabras, esta pandemia está siendo un terremoto, y las residencias de ancianos, edificios con aluminosis. Más o menos. Esto es lo que hay, y esto es lo que, desgraciadamente, estamos viviendo.
Los números acojonan, ya lo sabéis. Estadísticas que nos abruman. ¡Ah, la estadística! Para un servidor, proveniente de Letras, la estadística fue una materia cuasi mágica por lo inaccesible. Yo me aprendía de memoria la desviación estándar, la odds ratio y la regresión logarítmica, pero... ni idea. Mirad: de los 23.500 ancianos fallecidos en España por el virus, el 66% (17.800) se ha contagiado en una residencia de ancianos. En concreto, en Andalucía hemos sufrido 1.355 muertes en estos dos meses, de las cuales, 1.176 han sido en mayores de 65 años. Y de éstos, 515 lo han hecho en residencias, y 661 en otros sitios como sus domicilios u hospitales. La ratio es estratosférica: 1 muerto de cada 83 ancianos en residencias; 1 muerto de cada 2.000 ancianos fuera de las residencias. Ergo, está chupao, la culpa es de las residencias. Así funciona nuestro cerebro. Cualquier cosa que suceda ha de tener su causa, su responsable, su culpable, en última instancia.
Pero las cosas suelen ser más complejas de lo que parece a primera vista. Que una correlación estadística sea positiva no implica necesariamente una relación causal. No se puede comparar lo igual con lo desigual. Las residencias de ancianos, como sabemos, concentran lo más granado de nuestra fragilidad como sociedad. No podemos hacer comparaciones entre unos ancianos jóvenes como es nuestro caso, que, cual Jordis Hurtados, vivimos aún con total autonomía y jovialidad, y la triste decrepitud que se respira en las residencias. Dicho esto con todos los respetos. Decía Juan Ramón Jiménez que la mejor garantía de salud y longevidad es la alegría. Sí que sería mucho más adecuado comparar la mortandad en las residencias en estos dos últimos meses con la del año pasado en el mismo periodo. Esto nos daría una aproximación al exceso de mortalidad que hemos tenido. Veréis: una investigadora, creo que gallega, ha realizado un estudio estadístico interesantísimo y muy clarificador a este respecto que hablamos. Mediante un modelo de regresión logística multivariante ha comprobado una relación hasta ahora desconocida entre mortandad por coronavirus y vacunación antigripal en las distintas provincias españolas, de manera que en aquellas regiones donde más se han vacunado los ancianos para la gripe más elevada ha sido la mortalidad por Covid. Y enseguida salen las conclusiones precipitadas: la vacuna de la gripe empeora el pronóstico del coronavirus. Y sale la doctora diciendo: no lo puedo afirmar ni negar. En estadística, una correlación positiva no implica siempre causalidad. Y añade: bien pudiera ser que la vacuna de la gripe al evitar la muerte de muchos ancianos los ponga luego en bandeja del afanoso Covid. ¿Os dais cuenta?
Con todo, como ciudadanos críticos, seguro que pensamos en la conveniencia de una auditoría pública de las residencias de ancianos que analice datos de impacto en la salud de los inquilinos, tales como la densidad de ocupación, espacios comunes, ratio de cuidadores, alimentación, climatización, régimen de visitas, actividades recreativas, número de inspecciones... Pero no ahora, que se desnudan las posibles vergüenzas, sino mucho antes. Quizá con las residencias haya pasado algo parecido a lo de los hospitales: hemos necesitado al virus para destapar nuestras carencias. Para nuestra desgracia, cuando un servicio asistencial público se privatiza se convierte en negocio. Y ya se sabe: a más negocio, menos calidad.
Pues a pesar de todo ello, y manque solo sea por poner en valor el sacrificado esfuerzo de tanto cuidador, limpiadora, cocinera o incluso director, ignorados por todos, hoy quiero romper una lanza en pro de las residencias de ancianos. O por lo menos, no ponerlas en la picota. Me fastidia mucho que haya gente que acuse al gobierno tan alegremente de mala gestión de la crisis con la sola intención de desgastar y separar. Pues yo, en coherencia, no voy a seguir el mismo ejemplo acusando sin pruebas a tirios y troyanos de la mortalidad de los ancianos por culpa de la supuesta mala gestión de las residencias. Habrá de todo. Posiblemente, algunas no hayan estado a la altura, pero ¿quién lo ha estado?; otras, en precario, con trabajadores explotados, y los cuidados al mínimo, no digo que no. Igual que muchos de nuestros hospitales. Nos ha pillado el bicho míseros y avaros a unos, y desprevenidos a todos. Hace unos días, El País publicaba una columna: "los viejos, al matadero". No estoy de acuerdo. No hemos enviado a nuestros ancianos al matadero, no. Simplemente, el virus ha venido a por ellos. Y es cierto que no hemos sabido o podido protegerlos a tiempo. El tiempo, la precariedad de medios, el negocio y nuestra forma particular de ser se han conjurado en nuestra contra. No digo que no sea posible "hospitalizar" una residencia, algunas lo han conseguido, tengo constancia del excelente trabajo en las residencias de "Los Pedroches"; lo que me parece misión hercúlea es hacerlo con las cinco mil y pico que existen en España en un tiempo y con unos recursos de los que carecemos. La clave ha podido estar en evitar la entrada del virus. Una vez dentro, la masacre. Ha habido directores de residencias que en su día se anticiparon al estado de alarma y cerraron sus puertas a las visitas una semana antes, para enorme descontento de los familiares. Ha habido médicos y enfermeras que se han fajado hasta el cuello para medicalizar sobre la marcha algunas residencias. Se han salvado vidas. Tampoco olvidemos que los resultados de contagiosidad y muerte recogidos en las residencias de ancianos han sido, en muchos casos, fiel reflejo de lo ocurrido en la localidad donde asientan.
Otra cuestión que debo aclarar ya es esta teoría que se ha difundido acerca de que los intensivistas se han visto obligados a hacer de Dios y "conceder" la vida según a quién, priorizando a un joven frente a un anciano porque no ha habido respiradores para todos. Es una idea tendenciosa. Aún cuando en ocasiones haya podido darse tal caso. Es posible, no lo negaré, que en Madrid y en Italia haya podido haber casos de verdadera "discriminación por razón de edad". En los hospitales de campaña, en las guerras, ha sido práctica común ante una desproporción enorme entre recursos disponibles y demanda. En las situaciones críticas vividas, es ético salvar a un joven de 25 años frente a un anciano de 90. Creo que esto lo entendemos todos. Y ha podido ocurrir, sí. Pero de siempre, los médicos aplicamos la razón de riesgo/beneficio y coste/beneficio a la hora de indicar un determinado tratamiento, mucho más si éste es limitado o muy costoso. De siempre, no ahora. En las UCIs no entra cualquiera, ni se intuba a cualquiera. La obstinación terapéutica no tiene fundamento ético y, además, es ilegal. Si un paciente tiene tal cúmulo y severidad de patologías que su esperanza de vida no da para más de tres meses o su calidad de vida es ínfima (y esto los médicos lo evalúan mediante una serie de tablas al respecto), llegado el caso de una eventual actuación invasiva se desestima, con la anuencia de los familiares. Aunque haya respiradores de sobra. Esto es una figura completamente ética y legal que se llama limitación de esfuerzo terapéutico. De manera que no, no lo creáis: a los viejos no los ha dejado nadie morirse. Sí que creo, y lo encuentro normal, que determinados pacientes muy mayores y con muy mala calidad de vida hayan sido retenidos en la residencia con cuidados paliativos al considerar que su estancia en el hospital en nada les favorecería, dado que no existe un tratamiento curativo para el Covid, y que de ninguna manera iban a ser sometidos a ventilación mecánica.
Bueno, hasta aquí, una parte ha sido ciencia, y otra, opinión, como os dije. Ahora os voy a lanzar una reflexión que no es ni una cosa ni otra, sino una especie de hipótesis de ficción. Ahí va: el verdadero exceso de muertes por culpa del Covid 19 lo conoceremos con precisión cuando salgan y se analicen los datos que proporcione el INE (seguramente el año próximo). Mi hipótesis es que una parte muy importante de los 17.820 ancianos fallecidos por Covid en las residencias hubiesen muerto de igual manera a lo largo de lo que queda de año sin el concurso del virus. De manera escalonada y gradual se los hubiese llevado el cáncer, el ictus, una gripe o una neumonía. No a todos, claro. Recordad que con independencia del Covid, en España mueren cada día 1.000 ancianos. Y que el que muere una vez en marzo no vuelve a morir de nuevo en octubre. Y que, por tanto, el Covid lo que ha hecho es agrupar los fallecimientos en un tiempo muy recortado, y desplazar a las otras causas de muerte habituales. Si mi teoría fuese cierta implica que en los meses que quedan de año morirán menos ancianos que de costumbre porque nadie puede morir dos veces, salvo san Lázaro de Betania, claro. Pero ésa es otra historia.
Ya lo veremos.
Bueno, os prometo que el próximo artículo va a ser mucho más divertido. Sobre todo por el hecho tan esperado de que la fase 1 de desescalada nos ha traído el buen tiempo, y con él, la carne fresca en las calles. ¡No tengo arreglo!
Bueno, hasta aquí, una parte ha sido ciencia, y otra, opinión, como os dije. Ahora os voy a lanzar una reflexión que no es ni una cosa ni otra, sino una especie de hipótesis de ficción. Ahí va: el verdadero exceso de muertes por culpa del Covid 19 lo conoceremos con precisión cuando salgan y se analicen los datos que proporcione el INE (seguramente el año próximo). Mi hipótesis es que una parte muy importante de los 17.820 ancianos fallecidos por Covid en las residencias hubiesen muerto de igual manera a lo largo de lo que queda de año sin el concurso del virus. De manera escalonada y gradual se los hubiese llevado el cáncer, el ictus, una gripe o una neumonía. No a todos, claro. Recordad que con independencia del Covid, en España mueren cada día 1.000 ancianos. Y que el que muere una vez en marzo no vuelve a morir de nuevo en octubre. Y que, por tanto, el Covid lo que ha hecho es agrupar los fallecimientos en un tiempo muy recortado, y desplazar a las otras causas de muerte habituales. Si mi teoría fuese cierta implica que en los meses que quedan de año morirán menos ancianos que de costumbre porque nadie puede morir dos veces, salvo san Lázaro de Betania, claro. Pero ésa es otra historia.
Ya lo veremos.
Bueno, os prometo que el próximo artículo va a ser mucho más divertido. Sobre todo por el hecho tan esperado de que la fase 1 de desescalada nos ha traído el buen tiempo, y con él, la carne fresca en las calles. ¡No tengo arreglo!
miércoles, 20 de mayo de 2020
Los viejos, los preferidos
Al estilo de mi amigo Pintor, hoy os voy a impartir una clase, esta vez de geriatría. Empezaré diciendo que no soy conocedor del día a día en las residencias de ancianos, y que, por tanto, las opiniones que vierta aquí para vosotros no son otra cosa que eso, opiniones. He conocido "por dentro" solamente las residencias de Benamejí y la de Villanueva del Trabuco, por distintas razones familiares. Y tengo referencias, por amigos, de la de Añora. Y aunque, ciertamente, da un poco de repelús permanecer en ellas más de lo socialmente correcto en las visitas, mi experiencia la valoro como favorable. La "chacha chiquita" hasta echó su barriguita y todo; la madre de mi amigo Cristóbal se erigió en el ama y señora de la del Trabuco, y María Parra es la alegría de la huerta en Añora.
En lo que sí me considero experto es en geriatría, es decir, en los mecanismos y misterios que rigen nuestro envejecimiento, nuestras enfermedades de viejos y, finalmente, nuestra muerte. Me avalan para ello mi larga vida de internista y mis muchos años de profesor universitario impartiendo, precisamente, clases de geriatría. De manera que aquello que os diga acerca de las residencias de mayores lo tomáis con todas las reservas que os apetezca, y en lo referente a los procesos y efectos del envejecimiento os lo creéis a pies juntillas. De acuerdo.
En lo que sí me considero experto es en geriatría, es decir, en los mecanismos y misterios que rigen nuestro envejecimiento, nuestras enfermedades de viejos y, finalmente, nuestra muerte. Me avalan para ello mi larga vida de internista y mis muchos años de profesor universitario impartiendo, precisamente, clases de geriatría. De manera que aquello que os diga acerca de las residencias de mayores lo tomáis con todas las reservas que os apetezca, y en lo referente a los procesos y efectos del envejecimiento os lo creéis a pies juntillas. De acuerdo.
A partir de los treinta, nuestro organismo inicia un lento y progresivo declive. Cuando llegamos a los cincuenta, todos estamos más o menos tocados. No lo notamos, nos encontramos en la cresta, pero nuestros órganos y sistemas se están resintiendo. Y es a partir de los sesenta cuando, por regla general, empezamos a tener achaques. Quizá lo que antes nos alerta sea el sistema músculo esquelético en los hombres y el de la piel en las mujeres, pero esto es variable. Todos nuestros órganos ya están picados aunque no lo manifiesten. A este fenómeno se le llama la pérdida progresiva de la reserva funcional de los distintos órganos. Funcionan, y lo hacen bien, pero en situaciones basales. Si se les aprieta dan el cante. Y la sobrecarga puede ser algo tan simple como una intervención quirúrgica, una anestesia general, una simple hospitalización, una infección viral o una fractura de cadera. El corazón, el riñón, el hígado, el cerebro... aparentemente sanos pueden verse superados en situaciones de estrés y sobredemanda funcional. Hace poco, un amigo setentón se operó de la vesícula. Todo perfecto. Pues luego se tiró un mes en que apenas podía orinar, y hubo necesidad de sondarlo hasta que por fin se recuperó. Y todo el estudio urológico fue normal, ni siquiera hipertrofia prostática. Había superado la reserva funcional del músculo vesical por mor de la anestesia. Es como si el depósito de un órgano joven tuviese una reserva para 100 kilómetros, y el de un viejo, sólo para 10. Algo así.
El otro fenómeno que explica en parte el hecho del envejecimiento es la homeoestenosis, perdonad el palabrejo. Significa la estrechez en los márgenes del equilibrio en la sangre. La homeostasis es precisamente el estado de equilibrio entre todos los componentes sanguíneos: células, fluidos, elementos minerales, iones, pH... etc. La sangre joven se maneja en unos márgenes más flexibles, se adapta bien a los cambios, compensa unos con otros... A medida que envejecemos esto ya no es así. Desarrollamos rigideces en todos los campos, perdemos capacidad de maniobra correctora.
Y el tercero en discordia es el sistema inmunitario. No es necesariamente que el anciano "tenga menos defensas", como suele decirse; es que las tiene mal avenidas. Digamos que nuestro sistema inmune posee una serie de controles para que funcione correctamente, que no se quede corto, pero que tampoco sobreactúe. Porque ambas cosas son perjudiciales. En el proceso de envejecimiento tiene mucha importancia la pérdida de los puestos policiales de control. Esta función la ejecutan los llamados linfocitos T supresores. Con sus controles de barrera impiden las avalanchas y regulan los pasos sucesivos de respuesta ante el agente invasor. La pérdida sustancial de linfocitos T supresores deja demasiada libertad a los linfocitos B y otra clase de linfocitos T activadores que, eventualmente, pueden sobrepasar las necesidades estrictas de defensa, y se convierten en fuego amigo: el llamado síndrome de hiperactivación macrofágica, que es uno de los nominados al oscar en la patogenia de la enfermedad grave por coronavirus.
La persona anciana, por tanto, está mucho más expuesta a enfermar y a morir. En biología, a esto se le llama vulnerabilidad, la característica más definitoria de la vejez. Aparte de los factores antes mencionados, incrementan la vulnerabilidad una serie de condiciones "externas", tales como la diabetes mal controlada, la mal nutrición, el abandono y la soledad, la pluripatología... Lo sabíamos de manera empírica. Ya lo sabemos de manera científica. Según el Ministerio de Sanidad, el 87% de los fallecidos por coronavirus eran personas mayores de 70 años: 23.500 en números redondos al día de hoy, sobre un total de fallecidos de 27.000. Bien, pero ahora resulta que en los datos del INE relativos al año 2018 (el último publicado) el 86,1% de todos los fallecidos por cualquier causa corresponden a personas mayores de 65 años. Es decir, que la dinámica del Covid 19 es bastante similar a la de cualquier otro agente mortal, se encarniza con los ancianos. Hemos tenido un exceso de mortalidad sobre lo esperado en estos dos meses, de acuerdo. Pero el porcentaje de ancianos caídos no se aleja de la casuística habitual. La letalidad media del virus ronda el 4%, mientras que en las personas mayores de 75 años, se eleva al 20%. Y esto, que nos asusta, ocurre también, en proporciones parecidas, con otras causas de muerte tales como las neumonías, los infartos, los ictus o los cánceres. Con independencia del coronavirus, en España mueren cada mes alrededor de 30.000 ancianos. Cada mes. O sea, 1.000 diarios. Imaginaros que la tele radiara cada día el número de fallecidos. Los mayores estaríamos siempre acojonados, pensando que el día menos pensado nos va a tocar.
Bueno, dejamos la clase aquí. Mañana seguiremos con las residencias de ancianos.
La persona anciana, por tanto, está mucho más expuesta a enfermar y a morir. En biología, a esto se le llama vulnerabilidad, la característica más definitoria de la vejez. Aparte de los factores antes mencionados, incrementan la vulnerabilidad una serie de condiciones "externas", tales como la diabetes mal controlada, la mal nutrición, el abandono y la soledad, la pluripatología... Lo sabíamos de manera empírica. Ya lo sabemos de manera científica. Según el Ministerio de Sanidad, el 87% de los fallecidos por coronavirus eran personas mayores de 70 años: 23.500 en números redondos al día de hoy, sobre un total de fallecidos de 27.000. Bien, pero ahora resulta que en los datos del INE relativos al año 2018 (el último publicado) el 86,1% de todos los fallecidos por cualquier causa corresponden a personas mayores de 65 años. Es decir, que la dinámica del Covid 19 es bastante similar a la de cualquier otro agente mortal, se encarniza con los ancianos. Hemos tenido un exceso de mortalidad sobre lo esperado en estos dos meses, de acuerdo. Pero el porcentaje de ancianos caídos no se aleja de la casuística habitual. La letalidad media del virus ronda el 4%, mientras que en las personas mayores de 75 años, se eleva al 20%. Y esto, que nos asusta, ocurre también, en proporciones parecidas, con otras causas de muerte tales como las neumonías, los infartos, los ictus o los cánceres. Con independencia del coronavirus, en España mueren cada mes alrededor de 30.000 ancianos. Cada mes. O sea, 1.000 diarios. Imaginaros que la tele radiara cada día el número de fallecidos. Los mayores estaríamos siempre acojonados, pensando que el día menos pensado nos va a tocar.
Bueno, dejamos la clase aquí. Mañana seguiremos con las residencias de ancianos.
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