viernes, 15 de octubre de 2021

Cumplir 7 años

Con siete años cumplidos y la primera comunión hecha, se decía entonces que un niño ya tenía uso de razón. Hoy puede parecer una ñoñería, pero antes era cosa seria. Ese paso fronterizo desde lo irracional de niño pequeño a la vida de niño mayor tenía sus repercusiones prácticas: no se te consienten ya tantos caprichos ni rabietas; tienes deberes en la escuela; las desobediencias a los mayores y las cochinadas secretas son pecado. Venial, pero pecado a confesar con don Juan; los cuentos de tu abuela en la cama se cambian por jaculatorias y rezos cansinos y aburridos. Y lo peor de todo: los Reyes Magos son los padrinos. A mí, sin embargo, lo del uso de razón me llegó bastante más tarde. Hasta los diez años yo seguía creyendo que los niños éramos niños por siempre, que no crecíamos. Y luego, cuando ya acepté que sí, que íbamos a crecer y convertirnos en personas mayores, decidí que, de mayor, me casaría con mi hermana Josefa, y así, todo en familia. El tifus, decía mi madre. "Todas esas tonterías le vienen del tifus".

Hoy cumple 7 años mi nieto Lucas. Y, sin primera comunión ni nada, ya tiene más luces que yo a su edad. Claro, que sus abuelas no le rezan ni tiene que confesar pecados, ¡menuda suerte! Le he preparado dos bizcochos de los míos para la celebración de esta tarde con sus amigos. Mis bizcochos tienen la particularidad de que los huevos son de corral y que bato las claras por separado con una pizca de sal hasta el punto de nieve. Los amigos de Lucas son algunos del pueblo y los demás, de su colegio. Tienen todos sus nombres y apellidos, que si Martín Pelegrini, Javi Cortés, Martina Suárez, Guillermo Delgado, Juan Soria, Sofía Galán, Santi Vidaurreta, Alonso Artacho... Mis amigos de siete años también poseían sus nombres y apellidos, pero entonces nos nombraban a todos por los motes: Juan "Chaparrito", "Agundo", Manolo "Piita", "El Botón", José "Churrete", Francisco "El Chato"... Y, por supuesto, todo niños. Sin paridad. En esa pandilla de la calle Sol, yo era José María "Peos", no hay necesidad de más explicaciones.

La fiesta se va a celebrar en un local a propósito, con su barra de bar donde las mamás puedan servirse sus cafelitos, sus mesas adornadas de flores y manteles de colores donde los críos malbaratarán los sandwiches de pavo frío y mis bizcochos, y su castillo hinchable y todo, para disfrute y desfogue de las crianzas. Lucas ya sabe los regalitos que le van a caer, no le hará ni puñetero caso a las zapatillas ni al polo de sus abuelos, y alucinará, sin embargo, con los paquetitos de cromos de futbolistas para rellenar su álbum. Es lo que hay. Mis amigos de siete años y yo no sabíamos qué fuera eso de celebrar nada. Nosotros socializábamos a espadazos en la calle, en "Las Peñolillas" o en lo hondo de  "Los Barrancones", los parques infantiles de entonces (una especie de escombreras) en las afueras del pueblo.

A sus siete años, mi Lucas ha viajado por medio mundo. Heredero de la querencia de su madre y de su abuela Antonia por los viajes, hasta se les anticipa preguntando con toda seriedad de un hombrecito que para cuándo van a ir a Egipto, que tiene mucha curiosidad por las pirámides. Con siete años, yo había ido a Córdoba una vez, a visitar a mis tíos, y varias veces a Cabra para operarme de las anginas. La primera vez que salí de Andalucía fue a mis veintiséis años, a escoger plaza de MIR en Madrid.

Al final, ¿Qué más da? ¿Qué es lo importante? Ser un niño feliz. En eso consiste todo. Mi infancia, pobre casi de solemnidad, fue tan estupenda para mí como lo es hoy la de Lucas para él. Sin cumples, sin regalos, sin viajes, sin inglés ni kárate. Ahora, que leer, leía yo mejor. Y jugar al fútbol, también. Y espadear. La felicidad de un niño se basa en tener para comer, sentirse querido, jugar con sus amigos y tener quien le cuente cuentos antes de dormirse. Y estoy convencido de que un niño feliz apunta a un adulto sin traumas mayores. Como nosotros, hijos todos de nuestro tiempo. A pesar del tifus. 

 

miércoles, 6 de octubre de 2021

La tentación vive al lado

En Antequera hay pastelerías "de temporada". Abren de octubre a enero, y venden género navideño. En esos meses, me da lugar a comprar en todas ellas. Me conocen. "Ya está aquí el goloso", me saludan las dependientas. Todos los años me sobran mantecados. Luego, los voy apurando poco a poco. Casi están más ricos fuera de tiempo. A mi amigo Pintor le duran los roscos de vino hasta el año siguiente.

El caso es que este año han abierto una de estas tiendas en la placita de enfrente de mi casa, a diez metros de mi puerta. Imposible ignorarla. Y os diré algo: más que por los dulces en sí, por el reclamo de la chica que los pregona en la entrada. Como lo estáis oyendo.

Tan pronto en el calendario, no tenía pensado entrar aún en tal pastelería. Ya habrá tiempo. Pero acaeció que hace unos días, yendo hacia la farmacia vecina, me topé de frente con la chica, que me ofrecía una bandejita de degustación. Acepté gustoso y cogí -como la Virgen María con las naranjas del ciego- tres polvorones: uno para ahora, otro para la Peque, y otro más para aluego. Os confieso que, a la vuelta de la farmacia, no pude resistirme, y entré. Más que nada, por volver a ver y peritar a la muchacha. Un primor, ya os digo.

Me acordé un montón de mi amigo Jaime, que no es dulcero, pero sí experto tasador de modelitos de mallas superapretás, de ésas que marcan por delante el triángulo púbico con bisectriz incluida, y por detrás, dos medias sandías boca abajo. Un escándalo para los ojos de un viejo verde. Muy bonita de cara, con ojos vivarachos y  pechera embestidora, completa su encanto con una prosodia lánguida y suave de allende los mares.

Total: media docena de mantecados de aceite de oliva, otra media de alfajores caseros y una bandeja de bienmesabe fue el precio que me costó el aforar con la vista a la simpática y bella muchacha.

No tengo arreglo. 

lunes, 27 de septiembre de 2021

La España que no reza.

Hoy me he levantado con un espíritu machadiano. No está mal. Quizá debido a la procesión de ayer tarde. O tal vez por solidaridad con su ateísmo templado. Como el mío. Pero reconozco que soy un ateo atípico. E incongruente. Me agrada entrar en la iglesia de mi pueblo y sentarme a meditar en un banco de los traseros. Será la querencia de tantos años de lego. Desde luego, me gustan las procesiones, el retumbar de los tambores y el olor a sahumerios en el aire; me gusta ver el ambientecillo cofrade en la calle y a las mocitas, tan requetebién arregladas con sus faldas o pantalones prietos hasta el reventón marcando curvas y burujones, o con vestidos sueltos y vaporosos. Al tonto le gusta to, como el del chiste. No soy un ateo insensible a las creencias o la fe de los creyentes, ni mucho menos. Por mucho que ya no las comparta. Y, desde luego, siempre procuraré respetar sus ritos, costumbres y liturgia, porque han sido los míos, los nuestros, de siempre.

Y, sin embargo, dicho lo cual, os tengo que confesar que ayer tarde me molestó una procesión aquí en Antequera. Porque resulta que se cierra al tráfico todo el centro de la ciudad, y entre eso y las obras en la calle Infante, no me veas la que tuve que liar para salir a la carretera de Campillos para recoger a mi hija, a Pepe y a mis nietos de la estación de santa Ana. Me vi obligado a tirar por direcciones prohibidas porque las alternativas de salida no estaban bien señalizadas; discutí (educadamente, eso sí) con un policía local que recriminaba mi conducta; "mire usted, es que tenéis todo el centro de la ciudad bloqueado"; soporté gritos de la gente... En fin, me pilló el cuerpo de aquella manera por ir con prisa y por ver lo coñazo que es que una procesión ocupe el espacio público cuando más lo necesitas. Y reconozco que debe ser así, porque toda Antequera, salvo cuatro pródigos desarrapados como yo, acompañaba a su Cristo del Rescate. Vale.

Y luego, repasando lo sucedido, creo que mi disgusto ha sido inducido, en parte, por lo reciente de sendas concentraciones reivindicativas habidas en Antequera, una hace cuatro días, y otra, anteayer mismo, con unas representaciones de personal escuálidas, ridículas. La primera, en defensa de la sanidad pública, a las puertas del hospital: unas cincuenta criaturas, mal contadas. La segunda, la de anteayer, una concentración sindical por un empleo digno en la hostelería, en la plaza de San Sebastián, centro neurálgico de la ciudad: veintitantas personas. Entre ellas, y de casualidad, la Peque y yo mismo. Un grupo de jóvenes que pasaba por allí se rio abiertamente de nosotros, y uno de ellos comentó en voz alta que éramos patéticos. Mismo escenario: la plaza de San Sebastián. anteayer: cuatro gatos. Ayer: abarrotá. Y es verdad lo de patéticos. No tanto por los presentes, sino más bien por tantísimo ausente.

¡Qué gran verdad! ¡Qué doloroso contraste! Manifestaciones cívicas y reivindicativas huérfanas, y las procesiones atiborradas. Somos patéticos quienes asistimos a una manifestación en favor de la Sanidad y del Empleo. Ese pensamiento ha sido, quizás, lo que más me ha fastidiado. Nada que objetar a la España que reza. Hace bien en manifestar públicamente sus emociones y sentimientos. Y lo hace vistoso y atractivo. Lo que critico es a la otra España, la que no reza. Que no es que bostece, no, pero tampoco protesta por sus derechos todo lo que debiese. ¿Ésta es la España que queremos para nuestros nietos? Apruebo nuestra forma de vivir y de sentir, me parece que somos más felices que las gentes de los demás países europeos. ¿Pero, sólo eso: procesiones, toros, fútbol y folclore? Recordando al gran Machado, ¿sólo charanga, pandereta y sacristía? Sé que no es del todo así. De acuerdo. El escritor siempre exagera barriendo para lo suyo. Pero estaréis conmigo en que son esas actividades lúdicas y religiosas lo mejor -casi lo único- que sabemos lucir.

¿Quo vadis Hispania mea?



sábado, 25 de septiembre de 2021

Historias dulces

Siendo como soy tan goloso de los dulses, cuento y no paro multitud de anécdotas vividas en las confiterías. Por toda España. 

En Pontevedra, una anciana gallega, toda de negro, encorvada y con toquilla, me puso a parir por no comprarle nada después de llevar la pobre un ratito esperando mi comanda. "¿Qué va a ser?" -me preguntó al fin-. "Ah, perdón -me excusé-. No quiero nada; sólo he entrado para ver y oler". "Carallo... Pues si todo el mundo hace como usted..." Y se metió en la trastienda mascullando maldades. Es que para mí contemplar los pasteles en el mostrador, bien presentados, uniformados y ordenados en distintas compañías formando un batallón, es... el sumun. Ni siquiera necesito catarlos. Algo muy parecido a cuando Antonio Pintor entra en una librería.

En plenas Ramblas de Barcelona hay (o al menos había hace ya muchos años) una pastelería exclusiva de chocolates. La Peque y yo nos detuvimos un buen rato ante el escaparate espectacular de figuras de todo tipo. En especial, delante de un apartado donde los muñequitos de chocolate exhibían todas las posturas del Kamasutra. No sé el tiempo que yo estaría allí plantado. Flipando. Al parecer, sin darme cuenta de nada, la Peque se hartó y siguió camino adelante. En su lugar, una mujer joven se puso a mi lado con parecida delectación chocolatera a la mía. En esto que la cojo por su brazo, me acerco mucho a ella y, señalando con el dedo una de las posturas más acrobáticas, le susurro: "Peque, ésa tiene que ser la leche, y nunca la hemos hecho. Esta noche, en el hotel, probamos". "Me parece muy bien" -responde la mujer con toda la guasa del mundo. Ante las risas mutuas, me disculpé cien veces. Y luego pensé: ¿tú ves? Muchas veces se liga  así, de casualidad.

En la famosa pastelería "La Mallorquina", de Madrid, en plena Puerta del Sol, saqué mi cartera para pagar la cuenta de un paquetito de pasteles. Eran dieciocho euros. Inadvertidamente, por sacar un billete de veinte, le di al tendero un décimo de lotería de Navidad que acababa de comprar en uno de los puestos de los alrededores. El hombre, guasón, creyó que yo lo hacía de broma. Pero lo bueno es que luego, conocedor de mi despiste, no le pareció mal el trueque. Al final, le pagué en dinero y él me devolvió el décimo.

En Fernán Núñez, la pastelería A.G.O me tiene como su cliente favorito. No he probado pastelón tan completo y rico como el suyo.

En San Sebastián, donde estuve viviendo durante dos meses hace ya algunos años, los pasteleros del centro histórico se lamentaron grandemente ante mi amigo Ramiro al enterarse de mi regreso a Sevilla. "Se nos va el cliente más agradecido y goloso", le dijeron. 

Pero bueno, hoy quiero relataros otras anécdotas pasteleras más cercanas y prosaicas, con un denominador común: los pasteles caducados.

En la avenida Alameda (vulgo, calle Estepa) había no ha mucho en Antequera un negocio pastelero de cierto renombre. La chica que lo atendía era muy joven y menuda, y no destacaba precisamente por sus habilidades sociales. Creo.

-¡Muy buenas! -entro yo un día de buena mañana-. Quiero llevarme media docena de pasteles y una bolsa de magdalenas de éstas. Se llaman cortijeras ¿verdad? -le amplío la información con una sonrisa de las mías.

-Sí -responde la chica muy secamente-, pero esas magdalenas no se las puedo vender. 

-¿Y eso?

-Eso es que están caducadas.

-¿Y por qué entonces están a la vista? -pregunto yo por seguir el rollo.

-Porque no me ha dado tiempo a retirarlas.

-¿Pero están malas? -Insisto, ya por dar por saco.

-No, no creo, pero no se pueden vender.

-Vale. Pues no me las venda. Démelas gratis y aquí no ha pasado nada. Nadie se ha enterado.

En ese punto la chica se quedó pillada, sin saber, la pobre, si yo era un bromista sin gracia, un metomentodo o un gilipollas. Al fin, encontró una salida creíble.

-No, mire usted. Es que el dueño lo tiene todo contabilizado, y sabe cuánto género se ha quedado sin vender y tiene que devolverse. Si no le cuadran las cuentas es capaz de despedirme. Así que lo siento.

-Vale, vale. Mujer, perdona. No he querido molestarte. pero si no fuera por eso que me cuentas, yo me las llevaría sin problemas.


Hace unas dos semanas hube de ir un día al ayuntamiento de un pueblo de por aquí cerca por un encargo. Justo al lado hay una pastelería. Al salir, no pude contenerme y entré.

-Buenos días. Mire, quería llevarme media docena de pasteles. Ahora se los voy señalando.

-Vale -me dice la chica, una muchacha seria y algo distante-. Pero que sepa usted que los pasteles no son de hoy.

-Pero se pueden comprar ¿no?

-Sí, sí, claro. Pero que no son de hoy.

-Mujer, los pasteles no son como el pescado; aguantan bien varios días ¿o no?

-Sí, lo digo por si usted los nota algo duros, que lo sepa.

Enseguida me recordó a la muchacha de Antequera. Otra igual, pensé.

-Bueno -me conformé-. ¿Hay alguna cosa fresca, de hoy?

-Solamente los donuts.

-¡Enga!, póngame entonces cuatro donuts.

 

Esta misma mañana ha ocurrido la tercera. A la tercera, la vencida. Por fin...

Entro en una pastelería céntrica. Me conocen de ir a por tejeringos todos los sábados al alba. Dos ruedas para la Peque, una para Lucas y otra para Daniel. A mí no hay quien me saque de mi mollete con aceite y jamón.

-Buenos días. ¡Qué buena pinta, este bizcocho! Ponme, por favor un trozo para llevar.

-Lo siento, caballero -me responde la señorita-. Está ya un poco pasado y duro. Lo voy a retirar del mostrador.

-Y dime -hago como que intimo con ella- ¿Qué es lo que hacen con estas cosas que retiran?

-Pues yo creo que las tiran -me dice por lo bajini-. Mire usted qué lástima...

-Entonces, hazte la longuis y me partes un trozo y me lo llevo gratis. Verás, si fuese un pastel con crema o con nata no se me ocurriría tal cosa, pero un bizcocho lo único es que pueda estar algo más duro, pero como yo lo mojo en el café...

Oye, le cayó bien mi insinuación.

-Pues venga.

Y me cortó casi medio bizcocho. Buenísimo que estaba.


Con los dulses es que no tengo apaño.

 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Y llegó el otoño...

"Está la tierra mojada

 por las gotas del rocío,

 y la alameda dorada

 hacia la curva del río"    (A. Machado)


Septiembre se aleja con los castigos mortíferos del fuego traidor en nuestras sierras y el de las "coladas" incandescentes que arrasan La Palma. El dichoso virus -vacunas mediante- parece darnos un respiro con pintas de definitivo, pero la estulticia de los pirómanos se me antoja tan potente y contumaz como la fuerza destructora de la Naturaleza. Menos mal que el otoño ha entrado como debe, bendiciendo el campo con sus aguas vivíficas.

Sí, ya sé que lo habéis notado: mi trimestre sabático. Durante el verano, la Peque y yo nos hacemos pueblerinos y nos olvidamos de otras obligaciones que no sean nietos, casa, familia, piscina, río y mi golf campero. Encima, el no disponer de ordenador portátil en la casa de Palenciana me sirve de excusa perfecta.

Pero, ya en Antequera, se acabó el verano. Y ha empezado el nuevo curso. Mi nieto Daniel, de tres años y medio, no sabe si su nueva señorita es guapa, "se llama Aroa y es buena", nos dice. Y también que le "encanta" toda la comida del cole, menos lo verde de la ensalada. El otro, Lucas, que cumplirá siete años en octubre, va de mayor, "me piro vampiro" -me vacila-, y está muy contento con su maestro de este curso, don Antonio, porque es un hombre simpático y un "friki" de los juegos fantasiosos. Se ha apuntado a fútbol, kárate, baloncesto y natación, y pronto deberá decidir qué deja, porque todo no se puede llevar para adelante. ¡Qué dura, la vida del escolar...!

A mediados de junio me operé de mi hernia discal y he quedado que lo flipas de bien. Me arrepiento de no haberlo hecho antes. No, mi mal pataje de siempre sigue igual, nada ha cambiado en mi cuerpo destartalado. Pero no me duele la ciática, que es de lo que se trataba. Y puedo jugar al golf silvestre como me gusta. Y hasta bañarme en nuestro río. 

A su paso por nuestras tierras de Benamejí y Palenciana, el Genil, azuzado por el pantano, avanza ancho e impetuoso; bravo y espectacular. Pero, aún así, siempre nos deja a los paisanos que sabemos encontrarlos unos pocos remansos escondidos para nuestro deleite. El camino que baja al río bordea el cementerio. Ha habido días en que he entrado a charlar con mis padres, con mi hermana o mi cuñado, o con mis suegros y mis padrinos. Conozco a casi todo el mundo. Conozco más a los muertos que a los vivos del pueblo. Da que pensar pasear por un cementerio tan chico y comprobar que toda la gente con la que te has criado, la gente que tanto te ha rozado y querido, está muerta. Y que tú tienes ya casi sesenta y nueve añazos. Otoño. A mi hermana Josefa le regaño porque nunca tendría que haberse consentido a irse tan pronto, con tan sólo cincuenta y tres años. ¿En qué posición me dejaste delante de la gente del pueblo, un médico tan afamado que fracasa ante su propia hermana? Miro la foto de su lápida y veo que me sonríe. Con mi madre me traigo una guasa que no es normal. Mi perrita me mira extrañada de verme reír solo. O sollozar solo. Mama, le digo, ahora ya ves que bajo al río casi a diario y nadie me pone pegas. No como tú, que eras un coñazo, que te acostabas conmigo en las siestas para que no me escapara, que me tenías asustado con los entripaores que secuestran a los niños para sacarles la sangre, y con los remolinos traicioneros del río. Y era mentira: ni hubo nunca entripaores en el campo ni remolinos en el río. La Peque quiere que mi hija nos incinere a ambos cuando muramos, y yo lo veo bien. Pero, por otra parte, echaría de menos tener mi nicho en el cementerio de mi pueblo a donde mi hija y mis nietos pudieran ir de vez en cuando a echar un ratito de cháchara conmigo.

En fin... Se me nota el chocheo. Seguiremos con cosas más positivas. Que eso, que me alegro de volver a encontraros. 

 

lunes, 7 de junio de 2021

Nunca pasa nada... Hasta que pasa

Miércoles, 2 de junio de 2021: expectación por todo lo alto en Antequera. Un helicóptero del ejército sobrevuela y rasea El Torcal. La gente se pregunta con una mezcla de curiosidad y angustia: ¿Un incendio? No se ve humo por ningún lado. ¿Una persecución peliculera? ¿Acaso un rescate...?

Sería quizá empalagoso por mi parte si me pusiera a contaros las muchas y variadas virtudes que adornan con tanto salero a Jerónimo. Hoy nos vamos a conformar con que apreciéis su pasión por el campo y su obsesión por la eterna juventud

Jerónimo Segoviano Parral había de ir siempre el primero. En sus años de gloria era el guía oficioso para los amigos que deseaban patear por sitios recónditos de El Torcal. Torcía el gesto si algún enteradillo pretendía adelantársele en el sendero o corregirle el relato, y porfiaba con guasa porque entre todas las viandas en las talegas ninguna tortilla fuera más apetitosa que la suya. Lo de los circuitos verde y amarillo -los senderos señalizados- hacía mucho que se le habían quedado chicos a este hombre menudo, sagaz y aventurero. En Antequera, aun ahora, a su edad provecta, mantiene la vitola de ser el mejor conocedor de aquellos parajes tan salvajes y seductores. "El Torcal es todo mío", suele decir.

Eran tiempos de una energía incontenible que él desfogaba con sus caminatas maratonianas. Solo o acompañado. Ahora ha levantado algo el pie del acelerador, pero sigue siendo un obseso del cuentakilómetros campestre. "Un viejo sentado en la mesa camilla más de dos horas ya huele a muerto", es una de sus famosas sentencias. Heredero natural de aquella honda sabiduría de nuestros abuelos, nombra las yerbas del campo. Todas, las más comunes y las más raras: éstas son orquídeas salvajes; éstas otras, varas de san José; aquéllas, hinojos, berros o berza... Y se para a dar los buenos días a los gorriones más madrugadores acostumbrados a su paso por el camino de Las Arquillas a las seis de la mañana. Un ferviente amante de un entorno natural tan privilegiado como el nuestro.

"¿Por dónde andas?" -lo llamo al móvil. "Dando una vuelta por la ruta de los Molinos, que me faltan mil pasos para completar el cupo de hoy". Todos los días sale en busca del alba: de lunes a sábado, por el monte; los domingos, redescubriendo y fotografiando rincones y plazuelas de su amada ciudad, antequereando, lo llama él. Pero El Torcal, su Torcal, había sido excluido de su repertorio andarín desde hace ya algunos años. Quizá por pura prudencia; tal vez por imperativo de la parte contratante de la segunda parte; o, a lo mejor, por falta de acompañante.

Hasta que, de un tiempo acá, le ha dado por pensar que no se resigna a perder el dominio de "su" territorio. Mariposas de reconquista bullen en su estómago rejuvenecido acaso por las vacunas. Jerónimo cuenta ya con setenta y tres abriles, y se ha buscado de copiloto y caminante a un viejo amigo, Pepe Morales, con ochenta añitos de na. Y juntos, como cuando eran nuevos, se adentran entre los riscos ignotos a desentrañar viejas veredas devoradas por el tiempo y la maleza.

"No es prudente, Jerónimo, que dos viejos andéis solos por esos caminos de Dios" -le he exhortado en alguna ocasión. Él se defiende con su conocimiento del medio, "me conozco cada palmo al dedillo", y con el achaque de que es el otro, Pepe, quien lo pica. "Es un cansino de cojones"-protesta.

Ese día, 2 de junio, precisamente, Jerónimo tendría que haberse venido con nosotros y otros amigos a una excursión distendida por la Subbética rematada por un almuerzo de canónigos en Doña Mencía. Prefirió irse con Pepe al Torcal. Salieron a las nueve de la mañana. Él pudo, al fin, regresar a su casa a las 8,30 de la tarde. Pero Pepe acabó en el hospital.

Acaeció que, llegados que hubieron al sitio conocido como "abrevadero de la burra", Pepe dio un mal paso y cayó al suelo. Y no pudo levantarse. La pierna derecha no le obedecía, le dolía la cadera. Jerónimo, entonces, lo arrastró hasta una sombra y lo acomodó lo mejor que pudo. Cómprate un móvil de 600 euros y una cámara supermegaguay para hacer fotos, y que ahora, cuando más lo necesitas, no tengas cobertura. "Tranquilo, Pepe, que de aquí te saco yo como que me llamo Jerónimo". Lo podemos imaginar nervioso, excitado y sudoroso, pero también sin perder la compostura, dominador de su emoción y de su miedo. Sabedor de la cercanía del Centro de Visitantes -apenas dos kilómetros-, echó a correr como si fuese un chavea detrás de una banda de perdices. Mirando al suelo para no tropezar, por poco si pierde el norte, hubiese sido la releche, él, extraviarse en el Torcal. Ni un alma en el Centro de Visitantes. Pero había cobertura. Avisó a un amigo de Protección Civil y a un hijo de Pepe. Y también llamó a su mujer con un mensaje muy escueto: "María Jesús, que no me esperes para comer, que nos hemos entretenido y llegaré un poco más tarde". ¡Qué cojones! Y se armó la marimorena. En veinte minutos, bomberos, policía nacional y miembros de protección civil porfiaban por protagonizar el rescate. "Niño -contaba luego Jerónimo-, me quedé maravillado de ver la cantidad de recursos humanos y materiales que tenemos. Y, enseguida, un helicóptero medicalizado que llegó desde Málaga. No daban con las coordenadas del sitio. Y no me hacían caso. Hasta que me puse serio y dirigiéndome al jefe de los bomberos le repetí por enésima vez que yo los llevaba al lugar exacto. Y así fue. Un rescate de película: la doctora del helicóptero diagnosticó fractura de fémur. Inmovilización de esa pierna, camilla y al hospital. "Pepe -se despidió Jerónimo emocionado-, te prometo que de aquí ya no nos rescatan más". Propósito de enmienda se llama eso. A ver si es verdad. 

Y quiso la casualidad que al día siguiente, el bueno de Jerónimo, según tenía previsto, se internara por unos días en un monasterio. Le vendrá que ni pintiparado para reflexionar acerca de sus imprudencias de mens iuvenis in córpore vetere. Un caso.   


 

viernes, 21 de mayo de 2021

Golf pirata

A mi amigo Alonso le ha picado también el gusanillo del golf silvestre. "Me tienes que dar clases", me dijo hace unas semanas. Y se ha empicado, oye. Nos vamos juntos al monte y, entre retamas y rebaños de ovejas, tiramos, perdemos y rebuscamos bolas hasta que nos cansamos. Cuando me quema la ciática saco del maletero mi hamaca plegable, me siento y le corrijo posturas. Y así echamos media mañana abajo. He leído por ahí que el golf es perjudicial para la espalda, pero, ya se sabe, sarna con gusto no pica. Hemos pensado apuntarnos al club de golf de Antequera, incluso hemos ido a preguntar por las condiciones. Y al final, vamos a esperar a ver cómo quedo yo de mi operación. Por ahora, lo nuestro es pegar unos cuantos palazos, hacer volar la pelotita y luego buscarla. Así matamos el gusanillo. 

Pero, hace unos días, paseando Alonso y su mujer  por las afueras descubrieron, de pura chorra, un acceso "secreto" para dos de los hoyos del campo de golf de verdad, el 6 y el 7. Y se metieron a oler. Tan paradisíaco me lo pintaron que a la tarde siguiente llegué con mi coche hasta la misma entrada del sitio, no sin antes haberme perdido unas cuantas veces. "Tú vas bien tarde, sobre las ocho y media, cuando han cerrado las instalaciones y allí no queda un alma", me había advertido Alonso. 

Quedé maravillado, la verdad. Ante mi vista, y protegidas por un circo de olivillos, chaparreñas, retamas y tomillos, al menos cinco fanegas de un campo alfombrado con césped de terciopelo en un terreno alisado y con suaves ondulaciones que recuerdan, para los que somos de natural verriondo, el contorno erótico de una mujer tumbada de medio lado. Sin esperar a más, saqué del coche un palo del 7 y tres bolas, y allí me tiré casi una hora dando bolazos para cualquier sitio, pateando de un lado a otro, aunque fuera a pie cojito, disfrutando del momento como un chaval con su bicicleta nueva. Y sin perder ninguna bola. "Alonso -lo llamé al móvil-, esto es una maravilla. ¡Y para nosotros solos...!" Se puso a reír: "dices como el Franquelo, que cree que el Torcal es todo suyo".

Desde entonces,  por tantear el terreno, he ido alguna mañana. Desde las diez, más o menos, se ve por allí mucho movimiento: un operario peinando la yerba con su cochecito corta césped; otro, recorriendo los carriles por donde circulan los buggies, revisa y repara hozaduras de los jabalíes nocturnos; grupitos de hombres y de mujeres, tirando de sus carritos, charlando ellos, riéndose ellas, avanzan hacia sus respectivas bolas... Saco mi hamaca y me siento con mi perrita en uno de los bordes, para no molestar. Le voy dando los buenos días a todo aquel que pasa cerca, y parece que nadie se extraña de tenerme allí como espectador. Y me comporto como perito en la materia, como un enteraíllo: "Pos yo le pego mejor que ése", le digo a la Pelu cuando alguien yerra el golpe. Pero la apoteosis casi orgásmica acontece por las tardes. De 20 a 21 horas. Alonso lleva varios días en la playa, y me voy solo. Todo el campo para mí. Acostumbrado a jugar entre holladuras, maleza, retama y pedriscal, pisar ahora un terreno inmenso de goma espuma es otro nivel, pero que muy otro. Golpear la bola con la tranquilidad de no darle a una piedra escondida, o con la seguridad de no perderla... Es una auténtica gozada. Y yo solo en la inmensidad verde del lubrican serrano. No, que alguna tarde he descubierto que alguien me vigilaba: en todo lo alto de una loma cercana, un joven venado aguardaba paciente a que me fuera para bajar a beber en el lago. El paraíso.

Y, sin embargo... ¿Qué queréis que os diga? Degustadas con mucho gusto las mieles del placer durante unos días, resulta que la mujer tumbada de costado sigue siendo muy atractiva, pero no es mi legítima. No es lo mismo. De pronto, la sensación de "furtivo" se apodera de mi ánimo y me encoje el brazo. Me siento vigilado. Los  aullidos de perros lejanos me parecen premonitorios de que vienen a por mí. Ya no me salen golpes tan perfectos; ya no vuela la bolita tan alto; ya pierdo alguna entre los madroños. Y ahora, la mala conciencia por invadir un espacio privado es más poderosa que la pasión golfera.

"Alonso -le digo por teléfono-, he pensado que no. Ya no me siento cómodo jugando al golf pirata. Cualquier día nos pillan, y fíjate tú qué vergüenza; sobre todo para ti, que te conoce toda Antequera. Mejor será seguir en lo nuestro, en el campo abierto. Y cuando me opere de mi ciática nos apuntamos de verdad".

"Pos muy bien que está. Así lo haremos".

Y hemos vuelto al Nacimiento de la Villa. Aquello, como el Torcal para el Franquelo, es todo nuestro.