sábado, 27 de noviembre de 2021

Las bragas

Ninguna prenda femenina como las bragas. Para los hombres que, por edad, nos estamos reforzando en estos días con el tercer pinchazo covideño, nada superaba -ni supera- la sugestión de las bragas. No había color con el bikini, los shorts, la minifalda, incluso el sujetador. Las bragas eran el gran fetiche. Verle las bragas a alguna chica era lo más de lo más. Y mira tú que eran cuidadosas las joías, tapándose con las manos cualquier rendija traicionera. "Se lo he visto todo" -decíamos ufanos en las rarísimas ocasiones en que un cruce de piernas más lento de lo acostumbrado o una ráfaga de viento bienaventurado nos permitía vislumbrar por un segundo el cielo blanco y fugaz de las bragas-.Y si eran negras, ni te cuento. Una de las fantasías inconfesables de muchos adolescentes de aquellos tiempos era poseer el don de la invisibilidad para poder invadir la intimidad del dormitorio de algunas jovencitas. Bueno, y también, ya puestos, para poder colarnos en el cine de la plaza de balde. En el cortijo, viviendo en un patio de vecinos, me producía cierta turbación ver las bragas de las aceituneras colgadas al sol en el tendedero. Fíjate tú. Estoy convencido que, por el contrario, para una chica de entonces vernos a los muchachos en calzoncillos le parecería mucho más gracioso que erótico.

Y el caso es que, de tan metido en la sesera, los hombres que ahora somos no hemos perdido esa fascinación por tan delicada prenda. Casados y experimentados en lances amorosos, y viniendo de vuelta de tanta película picante y descarada, cuando no abiertamente pornográfica, nos sigue poniendo más, sin embargo, una mujer en bragas que desnuda. Y nos gustan las bragas de siempre, con sus bordes festoneados de encaje, ajustando los cachetes y marcando bien el manojito púbico. Incluso las de cuello alto, mucho más que los tangas modernos, que es como no llevar nada. Y más que a nadie, a mí, que por mi oficio de médico tantos culos de diversas latitudes y bragas de todos los formatos habré visto. Pues, nada. Todavía, fuera del ámbito profesional, la visión accidental de ese pequeño triángulo de ensueño me sigue cosquilleando del ombligo pabajo.

Días pasados, paseando por la calle, acaeció un hecho que, aunque usual en este tiempo, la magia del momento me transportó a uno de aquellos días de mi adolescencia en que un viento gracioso de levante se colaba de sopetón por el callejón de la iglesia y arremetía furioso contra toda falda que se pusiera por delante. En fin, que voy tan tranquilo por la acera en una calle céntrica de Antequera cuando una mujer joven se detiene justo delante mía para aparcar su motocicleta. Las obras interminables en la calle Estepa le han dado una vidilla extra a la calle Merecillas, lugar de los hechos. Sobre el mediodía, la calle rebosa de gente que sale y entra de las tiendas o que, como yo, pasea con aburrimiento a su perrita. Y llega la buena mujer con su falda holgada y abre sus piernas para bajarse de la moto, como si estuviese sola en medio del campo. Y luego, como si tal cosa, se recoloca la falda y aquí no ha pasado nada. Y, en efecto, no tiene por qué haber pasado nada. Sólo que ese instante sublime, inesperado y excelso, nos fascina a los hombres por su fugacidad, visto y no visto. Y porque nos hace recordar vivencias de otrora en que las bragas simbolizaban lo más arcano e inalcanzable de cualquier mujer. Para ellas, el sancta sanctorum que custodiaba su virtud más preciada; para nosotros, el pórtico de la gloria. 

No tengo apaño, ya lo sabéis.

   

martes, 16 de noviembre de 2021

Cuando el amor llega así, de esa manera...

Mucha gente me sigue preguntando si echo de menos mi vida de hospital. Y yo sigo contestando sin ambages que no; que la vida tiene un recorrido por tramos, y que ahora toca lo que toca: ocio, amigos, escribanía y nietos. Me gustaría añadir el sexo, pero sería una fanfarronada. En cualquier caso, escondo un as en la manga, porque nunca deja uno de ser médico del todo.

Hoy os traigo una historia de amor. Su protagonista femenina es, precisamente, una paciente mía de reciente cuño, de mi época de jubilado. La conozco desde los tiempos gloriosos de nuestra vida en Valencina, porque traté a un hijo suyo de cierta afección intestinal, pero nunca hasta ahora la había tenido a ella como paciente.

Ángeles y yo mantenemos una  relación telefónica y epistolar. Congeniamos de maravilla. Lo que hoy se dice tener feeling. Es chiquita, talentosa y rabiosilla, en eso se parece mucho a la Peque. Y muy guapa a sus sesenta y dos años. Yo creo que se pone bótox o potingues de esos para mantener la cara de muñeca. O a lo mejor es su ser natural. El caso es que, divorciada desde hace años, lleva mal la soledad obligada. Y por otra parte, viajera infatigable, le cuesta apiarar con mujeres de su pueblo porque son demasiado domésticas. Me llama, me escribe y me cuenta sus dolamas. Ciertamente, su pequeño cuerpo ha sido castigado en exceso por intolerancias alimentarias múltiples, colon irritable y un síndrome de hipersensibilidad al dolor pariente próximo de la fibromialgia. Y yo le aconsejo y le ayudo en la distancia.

Llevaba meses sin noticias suyas. Y hete aquí que hace unos días me escribió un wassapt espectacular. Que está curada; que ya come de todo, con ciertas precauciones, claro; que los dolores articulares se han disipado... Que es otra mujer. "¿Cómo es eso?" -le pregunto. "Que me he enamorado" -me suelta-. Mejor se lo cuento por teléfono". Y me llamó.

Resulta que un día, en la cola de la pescadería, un hombre le pidió la vez. "Ya de entrada, me agradó". Como quiera que la espera se alargara, charlaron de lo que cada uno pensaba comprar, de si me gustan los boquerones grandes, esos que parecen sardinas, pues yo prefiero los lomos de atún, aquí te los preparan de escándalo y te dan la receta para untarlos con mermelada de tomate, un lujazo... A lo tonto, a lo tonto, siguieron con la cháchara hasta llegar a la caja. Y al despedirse, el hombre le sugirió almorzar juntos en la misma cafetería del centro comercial. Y ella, que se echa la manta a la cabeza y dice que sí. "Aun sintiendo mucha vergüenza, porque desde años atrás yo no sé qué es eso de ligar. Pero me dije que por qué no". Imaginaos a una mujer de esa edad en semejante tesitura. Ni en sueños hubiese imaginado volver a conocer varón. Y ahora, fíjate. Y es que, como dice la canción, cuando el amor llega así, de esa manera, una no se da ni cuenta. Y me resulta enternecedor ponerme en la piel de esta mujercita, que retornando a sus tiempos mozos revive aquel revoloteo juvenil entre la emoción y el cosquilleo del enamoramiento, por una parte, y el recelo de lo desconocido, por otra. Y, como la muchacha que en su día fuese, se lanzó a la aventura. Se produjo el inevitable intercambio de móviles; se sucedieron llamadas en los días posteriores... Y aquel inicio dubitativo y temeroso se tornó muy pronto para ella en una relación tranquila, sosegada (cada uno en su casa) y muy gratificante. Por wassapt, me envió un selfíe con ellos dos en pose acaramelada. Pedazo de novio. Federico se llama el hombre. A mí, ese tío me echa los tejos, y nos vamos con él la Peque y yo. Los tres juntos.

Y adiós a los males. Es lo que tiene el amor: que cura. Y no es sólo por el sexo, que también. Ya es un clásico un estudio epidemiológico publicado hace años por la revista médica Health, que sugería claramente que las personas casadas viven más y con mejor calidad de vida que las solteras. Que el afecto compartido beneficia la salud. Siempre hemos creído que la mente ejerce una fuerte influencia sobre el cuerpo. Y lo hemos hecho de una manera empírica. Hoy, sin embargo, sabemos que el milagro del amor sobre la salud consiste en que los mismos estímulos externos o internos producen respuestas orgánicas diferentes dependiendo del grado de intoxicación amorosa que padezca nuestro cerebro. Puede parecernos fantasía, pero es una realidad no sólo anímica, sino también biológica. La oxitocina, hormona del parto, llamada también la hormona del amor, se libera en la hipófisis ante estímulos como los abrazos, los besos, las caricias e incluso las miradas tiernas. No digamos ya con refriegas mayores. Una de las principales dianas de esta hormona es la amígdala cerebral, controlando en ella las reacciones de ansiedad y pánico. Compartir el afecto posee otras bondades como la mejora en los hábitos alimenticios, en el sueño, en la tensión arterial...Los gestos amorosos disminuyen los niveles sanguíneos de cortisol, con lo que son muy beneficiosos para combatir el estrés.

La experiencia de Ángeles es muy ilustrativa para todos nosotros, viejos carcamales, que nos creemos de vuelta de todo y que, acostumbrados a nuestra posición de vida adocenada, no apreciamos la importancia que para nuestra salud física y mental tiene el hecho "insignificante" de una convivencia tan bien avenida y duradera con nuestras santas y nuestros santos respectivos. Ángeles y Federico nos devuelven a todos a otro tiempo muy lejano en que el amor era ímpetu, ganas, pasión, empoderamiento y emoción. Era el sentido máximo de la vida. Bienaventurados ellos, que ahora rehacen la suya y reviven aquellos días de perenne primavera. 

Al final, y para que se note mi venero del seminario, recordaré aquello tan releído de san Pablo y su carta a los Corintios: "Si no tengo amor, nada soy". Pues eso.  

 

lunes, 8 de noviembre de 2021

Mejor no preguntar

A sus veinte años, Mari Carmen no había salido de Pozoblanco. Era una joven de facciones agradables, buena moza, quizás demasiado entrada en carnes para su edad, muy tímida y retraída. Muy de pueblo aislado. No era un portento de la limpieza ni de la cocina, nada que ver con Adela, la muchacha tan diligente y espabilada que teníamos en Córdoba, pero se desvivía con los cuidados y mimos hacia nuestra hija, y para nosotros eso lo era todo. Quizás deseosa de conocer mundo, Mari Carmen se vino con nosotros de interna cuando nos trasladamos a Sevilla. Era un primor de cuidadora. Algo chochona, no hacía otra cosa que estar pendiente de nuestra hija. Y nosotros tan contentos. Y la niña, también. Nos duró sólo un año. Aunque iba con cierta frecuencia al pueblo, no fue suficiente, le tiraban demasiado los lazos del terruño y los de su casa.

Me agrada ir de visita a Pozoblanco. La Peque, mi hija -bebé por entonces- y yo vivimos allí solamente nueve meses. Pero fue un tiempo muy especial para nosotros. Llevo con orgullo el haber sido parte de aquel sensacional grupo de médicos, pioneros entusiastas, que pusimos en marcha el flamante hospital. Y que mi mujer fuese la primera directora de enfermería del mismo. Una valiente, como lo ha sido siempre. Imborrables en nuestra memoria los primeros pasos de nuestra hija, sus chapetas malares por el frío quemante de Los Pedroches, el embeleso de Mari Carmen hacia ella y la fraternal convivencia de aquel comando de jóvenes médicos "forasteros" que habíamos llegado desde Córdoba para abrir el hospital.

Han pasado 37 años desde entonces, que se dice pronto. Pozoblanco ha permanecido en nuestro imaginario emotivo como el comienzo de todo en nuestra pequeña familia. Magnificamos aquellos días lejanos que tanto daban de sí, mucho más de 24 horas, las comidas opíparas en la fonda Damián, las amistades tan rápidas con Los Pañeros, Los Cardadores... Y la apertura de nuestra primera cartilla de ahorros en el Banco de Santander, de la mano de Aurelio y de Fernando. Sí, pero todo envuelto en esa nebulosa mágica de lo pasado, de lo nostálgico.

En los últimos años, sin embargo, los amigos de Sevilla vamos a Pozoblanco de vez en cuando invitados por Los Pozuelos, propietarios de una hermosa dehesa. Y nunca se me había ocurrido antes visitar a Mari Carmen. Pues esta vez, sí. En el bullicio callejero del viernes anocheciendo, me separé de las mujeres, siempre de tiendas, y me puse a pasear desde "Los Godos", bulevar arriba, hasta alcanzar el hospital. Ha crecido. Tanto o más que el gran eucalipto que lo abandera. Y me sentí muy confortado porque allí permanecía callada una parte muy entrañable de mi historia, de mi vida. Si desde la entrada a Urgencias tuerzo a la derecha me topo con la calle donde vivimos durante nueve meses. Poco ha cambiado esa calle. Identifico casi todos los bloques. Y me dispuse a buscar a Mari Carmen.

Nadie me daba norte de ella. Desde los porterillos automáticos de los distintos bloques de pisos fui charlando con vecinas. Nada. Entré en un bar de aquellos tiempos, justo debajo del que fuese mi piso. El dueño tampoco fue capaz de acordarse de nada que pudiera servirme de ayuda. "Tenga usted en cuenta -le aclaraba yo- que ahora aquella muchacha debe andar por los 60 años". El hombre me acompañó a un taller cercano por ver si allí podrían escudriñar mejor. Nada. Le agradecí su empeño y me despedí. De vuelta a donde las mujeres se me ocurrió entrar en la farmacia de la esquina, pensando que una mujer obesa de 60 años sería clienta habitual. Tampoco pudieron auxiliarme dos jóvenes mancebas. Pero me indicaron la pista que sería definitiva: "llame usted en aquella puerta de enfrente. La mujer se llama Luna, y se conoce mejor que nadie la vida y milagros de toda la gente que vive o ha vivido en esta calle." La mujer, toda espléndida, bajó enseguida a abrirme. Da gusto charlar con desconocidos que, de pronto, te tratan como si te conocieran de toda la vida. Es el encanto de los pueblos. Cuando hube acabado de contarle toda mi historia del hospital, de mi piso alquilado allí enfrente y de Mari Carmen, se me quedó mirando muy seria, agarró su móvil y llamó a alguien como para asegurarse, y luego dictó su sentencia: "mire, por las señas que usted me cuenta, esa mujer ha muerto". Me quedé muy tristemente sorprendido, claro. "Murió hará unos seis meses. Tenía, la pobre, una obesidad mórbida. Los demás vecinos no han sabido dar con ella porque desde hace unos diez años ya no vivía en esta calle, sino en esa otra que tuerce a la derecha. ¿Quiere usted que lo acompañe a su casa y habla con su marido?" Desistí. Sólo quería saber de ella. En el camino de vuelta me costó deshacer el nudo en mi garganta recordando a aquella muchacha lacia y rechoncha que tiraba por los aires a mi niña de un añito, la recogía en su amplio regazo y le hacía reír hasta llorar de cosquillas.

Mejor hubiese sido no preguntar. 



viernes, 15 de octubre de 2021

Cumplir 7 años

Con siete años cumplidos y la primera comunión hecha, se decía entonces que un niño ya tenía uso de razón. Hoy puede parecer una ñoñería, pero antes era cosa seria. Ese paso fronterizo desde lo irracional de niño pequeño a la vida de niño mayor tenía sus repercusiones prácticas: no se te consienten ya tantos caprichos ni rabietas; tienes deberes en la escuela; las desobediencias a los mayores y las cochinadas secretas son pecado. Venial, pero pecado a confesar con don Juan; los cuentos de tu abuela en la cama se cambian por jaculatorias y rezos cansinos y aburridos. Y lo peor de todo: los Reyes Magos son los padrinos. A mí, sin embargo, lo del uso de razón me llegó bastante más tarde. Hasta los diez años yo seguía creyendo que los niños éramos niños por siempre, que no crecíamos. Y luego, cuando ya acepté que sí, que íbamos a crecer y convertirnos en personas mayores, decidí que, de mayor, me casaría con mi hermana Josefa, y así, todo en familia. El tifus, decía mi madre. "Todas esas tonterías le vienen del tifus".

Hoy cumple 7 años mi nieto Lucas. Y, sin primera comunión ni nada, ya tiene más luces que yo a su edad. Claro, que sus abuelas no le rezan ni tiene que confesar pecados, ¡menuda suerte! Le he preparado dos bizcochos de los míos para la celebración de esta tarde con sus amigos. Mis bizcochos tienen la particularidad de que los huevos son de corral y que bato las claras por separado con una pizca de sal hasta el punto de nieve. Los amigos de Lucas son algunos del pueblo y los demás, de su colegio. Tienen todos sus nombres y apellidos, que si Martín Pelegrini, Javi Cortés, Martina Suárez, Guillermo Delgado, Juan Soria, Sofía Galán, Santi Vidaurreta, Alonso Artacho... Mis amigos de siete años también poseían sus nombres y apellidos, pero entonces nos nombraban a todos por los motes: Juan "Chaparrito", "Agundo", Manolo "Piita", "El Botón", José "Churrete", Francisco "El Chato"... Y, por supuesto, todo niños. Sin paridad. En esa pandilla de la calle Sol, yo era José María "Peos", no hay necesidad de más explicaciones.

La fiesta se va a celebrar en un local a propósito, con su barra de bar donde las mamás puedan servirse sus cafelitos, sus mesas adornadas de flores y manteles de colores donde los críos malbaratarán los sandwiches de pavo frío y mis bizcochos, y su castillo hinchable y todo, para disfrute y desfogue de las crianzas. Lucas ya sabe los regalitos que le van a caer, no le hará ni puñetero caso a las zapatillas ni al polo de sus abuelos, y alucinará, sin embargo, con los paquetitos de cromos de futbolistas para rellenar su álbum. Es lo que hay. Mis amigos de siete años y yo no sabíamos qué fuera eso de celebrar nada. Nosotros socializábamos a espadazos en la calle, en "Las Peñolillas" o en lo hondo de  "Los Barrancones", los parques infantiles de entonces (una especie de escombreras) en las afueras del pueblo.

A sus siete años, mi Lucas ha viajado por medio mundo. Heredero de la querencia de su madre y de su abuela Antonia por los viajes, hasta se les anticipa preguntando con toda seriedad de un hombrecito que para cuándo van a ir a Egipto, que tiene mucha curiosidad por las pirámides. Con siete años, yo había ido a Córdoba una vez, a visitar a mis tíos, y varias veces a Cabra para operarme de las anginas. La primera vez que salí de Andalucía fue a mis veintiséis años, a escoger plaza de MIR en Madrid.

Al final, ¿Qué más da? ¿Qué es lo importante? Ser un niño feliz. En eso consiste todo. Mi infancia, pobre casi de solemnidad, fue tan estupenda para mí como lo es hoy la de Lucas para él. Sin cumples, sin regalos, sin viajes, sin inglés ni kárate. Ahora, que leer, leía yo mejor. Y jugar al fútbol, también. Y espadear. La felicidad de un niño se basa en tener para comer, sentirse querido, jugar con sus amigos y tener quien le cuente cuentos antes de dormirse. Y estoy convencido de que un niño feliz apunta a un adulto sin traumas mayores. Como nosotros, hijos todos de nuestro tiempo. A pesar del tifus. 

 

miércoles, 6 de octubre de 2021

La tentación vive al lado

En Antequera hay pastelerías "de temporada". Abren de octubre a enero, y venden género navideño. En esos meses, me da lugar a comprar en todas ellas. Me conocen. "Ya está aquí el goloso", me saludan las dependientas. Todos los años me sobran mantecados. Luego, los voy apurando poco a poco. Casi están más ricos fuera de tiempo. A mi amigo Pintor le duran los roscos de vino hasta el año siguiente.

El caso es que este año han abierto una de estas tiendas en la placita de enfrente de mi casa, a diez metros de mi puerta. Imposible ignorarla. Y os diré algo: más que por los dulces en sí, por el reclamo de la chica que los pregona en la entrada. Como lo estáis oyendo.

Tan pronto en el calendario, no tenía pensado entrar aún en tal pastelería. Ya habrá tiempo. Pero acaeció que hace unos días, yendo hacia la farmacia vecina, me topé de frente con la chica, que me ofrecía una bandejita de degustación. Acepté gustoso y cogí -como la Virgen María con las naranjas del ciego- tres polvorones: uno para ahora, otro para la Peque, y otro más para aluego. Os confieso que, a la vuelta de la farmacia, no pude resistirme, y entré. Más que nada, por volver a ver y peritar a la muchacha. Un primor, ya os digo.

Me acordé un montón de mi amigo Jaime, que no es dulcero, pero sí experto tasador de modelitos de mallas superapretás, de ésas que marcan por delante el triángulo púbico con bisectriz incluida, y por detrás, dos medias sandías boca abajo. Un escándalo para los ojos de un viejo verde. Muy bonita de cara, con ojos vivarachos y  pechera embestidora, completa su encanto con una prosodia lánguida y suave de allende los mares.

Total: media docena de mantecados de aceite de oliva, otra media de alfajores caseros y una bandeja de bienmesabe fue el precio que me costó el aforar con la vista a la simpática y bella muchacha.

No tengo arreglo. 

lunes, 27 de septiembre de 2021

La España que no reza.

Hoy me he levantado con un espíritu machadiano. No está mal. Quizá debido a la procesión de ayer tarde. O tal vez por solidaridad con su ateísmo templado. Como el mío. Pero reconozco que soy un ateo atípico. E incongruente. Me agrada entrar en la iglesia de mi pueblo y sentarme a meditar en un banco de los traseros. Será la querencia de tantos años de lego. Desde luego, me gustan las procesiones, el retumbar de los tambores y el olor a sahumerios en el aire; me gusta ver el ambientecillo cofrade en la calle y a las mocitas, tan requetebién arregladas con sus faldas o pantalones prietos hasta el reventón marcando curvas y burujones, o con vestidos sueltos y vaporosos. Al tonto le gusta to, como el del chiste. No soy un ateo insensible a las creencias o la fe de los creyentes, ni mucho menos. Por mucho que ya no las comparta. Y, desde luego, siempre procuraré respetar sus ritos, costumbres y liturgia, porque han sido los míos, los nuestros, de siempre.

Y, sin embargo, dicho lo cual, os tengo que confesar que ayer tarde me molestó una procesión aquí en Antequera. Porque resulta que se cierra al tráfico todo el centro de la ciudad, y entre eso y las obras en la calle Infante, no me veas la que tuve que liar para salir a la carretera de Campillos para recoger a mi hija, a Pepe y a mis nietos de la estación de santa Ana. Me vi obligado a tirar por direcciones prohibidas porque las alternativas de salida no estaban bien señalizadas; discutí (educadamente, eso sí) con un policía local que recriminaba mi conducta; "mire usted, es que tenéis todo el centro de la ciudad bloqueado"; soporté gritos de la gente... En fin, me pilló el cuerpo de aquella manera por ir con prisa y por ver lo coñazo que es que una procesión ocupe el espacio público cuando más lo necesitas. Y reconozco que debe ser así, porque toda Antequera, salvo cuatro pródigos desarrapados como yo, acompañaba a su Cristo del Rescate. Vale.

Y luego, repasando lo sucedido, creo que mi disgusto ha sido inducido, en parte, por lo reciente de sendas concentraciones reivindicativas habidas en Antequera, una hace cuatro días, y otra, anteayer mismo, con unas representaciones de personal escuálidas, ridículas. La primera, en defensa de la sanidad pública, a las puertas del hospital: unas cincuenta criaturas, mal contadas. La segunda, la de anteayer, una concentración sindical por un empleo digno en la hostelería, en la plaza de San Sebastián, centro neurálgico de la ciudad: veintitantas personas. Entre ellas, y de casualidad, la Peque y yo mismo. Un grupo de jóvenes que pasaba por allí se rio abiertamente de nosotros, y uno de ellos comentó en voz alta que éramos patéticos. Mismo escenario: la plaza de San Sebastián. anteayer: cuatro gatos. Ayer: abarrotá. Y es verdad lo de patéticos. No tanto por los presentes, sino más bien por tantísimo ausente.

¡Qué gran verdad! ¡Qué doloroso contraste! Manifestaciones cívicas y reivindicativas huérfanas, y las procesiones atiborradas. Somos patéticos quienes asistimos a una manifestación en favor de la Sanidad y del Empleo. Ese pensamiento ha sido, quizás, lo que más me ha fastidiado. Nada que objetar a la España que reza. Hace bien en manifestar públicamente sus emociones y sentimientos. Y lo hace vistoso y atractivo. Lo que critico es a la otra España, la que no reza. Que no es que bostece, no, pero tampoco protesta por sus derechos todo lo que debiese. ¿Ésta es la España que queremos para nuestros nietos? Apruebo nuestra forma de vivir y de sentir, me parece que somos más felices que las gentes de los demás países europeos. ¿Pero, sólo eso: procesiones, toros, fútbol y folclore? Recordando al gran Machado, ¿sólo charanga, pandereta y sacristía? Sé que no es del todo así. De acuerdo. El escritor siempre exagera barriendo para lo suyo. Pero estaréis conmigo en que son esas actividades lúdicas y religiosas lo mejor -casi lo único- que sabemos lucir.

¿Quo vadis Hispania mea?



sábado, 25 de septiembre de 2021

Historias dulces

Siendo como soy tan goloso de los dulses, cuento y no paro multitud de anécdotas vividas en las confiterías. Por toda España. 

En Pontevedra, una anciana gallega, toda de negro, encorvada y con toquilla, me puso a parir por no comprarle nada después de llevar la pobre un ratito esperando mi comanda. "¿Qué va a ser?" -me preguntó al fin-. "Ah, perdón -me excusé-. No quiero nada; sólo he entrado para ver y oler". "Carallo... Pues si todo el mundo hace como usted..." Y se metió en la trastienda mascullando maldades. Es que para mí contemplar los pasteles en el mostrador, bien presentados, uniformados y ordenados en distintas compañías formando un batallón, es... el sumun. Ni siquiera necesito catarlos. Algo muy parecido a cuando Antonio Pintor entra en una librería.

En plenas Ramblas de Barcelona hay (o al menos había hace ya muchos años) una pastelería exclusiva de chocolates. La Peque y yo nos detuvimos un buen rato ante el escaparate espectacular de figuras de todo tipo. En especial, delante de un apartado donde los muñequitos de chocolate exhibían todas las posturas del Kamasutra. No sé el tiempo que yo estaría allí plantado. Flipando. Al parecer, sin darme cuenta de nada, la Peque se hartó y siguió camino adelante. En su lugar, una mujer joven se puso a mi lado con parecida delectación chocolatera a la mía. En esto que la cojo por su brazo, me acerco mucho a ella y, señalando con el dedo una de las posturas más acrobáticas, le susurro: "Peque, ésa tiene que ser la leche, y nunca la hemos hecho. Esta noche, en el hotel, probamos". "Me parece muy bien" -responde la mujer con toda la guasa del mundo. Ante las risas mutuas, me disculpé cien veces. Y luego pensé: ¿tú ves? Muchas veces se liga  así, de casualidad.

En la famosa pastelería "La Mallorquina", de Madrid, en plena Puerta del Sol, saqué mi cartera para pagar la cuenta de un paquetito de pasteles. Eran dieciocho euros. Inadvertidamente, por sacar un billete de veinte, le di al tendero un décimo de lotería de Navidad que acababa de comprar en uno de los puestos de los alrededores. El hombre, guasón, creyó que yo lo hacía de broma. Pero lo bueno es que luego, conocedor de mi despiste, no le pareció mal el trueque. Al final, le pagué en dinero y él me devolvió el décimo.

En Fernán Núñez, la pastelería A.G.O me tiene como su cliente favorito. No he probado pastelón tan completo y rico como el suyo.

En San Sebastián, donde estuve viviendo durante dos meses hace ya algunos años, los pasteleros del centro histórico se lamentaron grandemente ante mi amigo Ramiro al enterarse de mi regreso a Sevilla. "Se nos va el cliente más agradecido y goloso", le dijeron. 

Pero bueno, hoy quiero relataros otras anécdotas pasteleras más cercanas y prosaicas, con un denominador común: los pasteles caducados.

En la avenida Alameda (vulgo, calle Estepa) había no ha mucho en Antequera un negocio pastelero de cierto renombre. La chica que lo atendía era muy joven y menuda, y no destacaba precisamente por sus habilidades sociales. Creo.

-¡Muy buenas! -entro yo un día de buena mañana-. Quiero llevarme media docena de pasteles y una bolsa de magdalenas de éstas. Se llaman cortijeras ¿verdad? -le amplío la información con una sonrisa de las mías.

-Sí -responde la chica muy secamente-, pero esas magdalenas no se las puedo vender. 

-¿Y eso?

-Eso es que están caducadas.

-¿Y por qué entonces están a la vista? -pregunto yo por seguir el rollo.

-Porque no me ha dado tiempo a retirarlas.

-¿Pero están malas? -Insisto, ya por dar por saco.

-No, no creo, pero no se pueden vender.

-Vale. Pues no me las venda. Démelas gratis y aquí no ha pasado nada. Nadie se ha enterado.

En ese punto la chica se quedó pillada, sin saber, la pobre, si yo era un bromista sin gracia, un metomentodo o un gilipollas. Al fin, encontró una salida creíble.

-No, mire usted. Es que el dueño lo tiene todo contabilizado, y sabe cuánto género se ha quedado sin vender y tiene que devolverse. Si no le cuadran las cuentas es capaz de despedirme. Así que lo siento.

-Vale, vale. Mujer, perdona. No he querido molestarte. pero si no fuera por eso que me cuentas, yo me las llevaría sin problemas.


Hace unas dos semanas hube de ir un día al ayuntamiento de un pueblo de por aquí cerca por un encargo. Justo al lado hay una pastelería. Al salir, no pude contenerme y entré.

-Buenos días. Mire, quería llevarme media docena de pasteles. Ahora se los voy señalando.

-Vale -me dice la chica, una muchacha seria y algo distante-. Pero que sepa usted que los pasteles no son de hoy.

-Pero se pueden comprar ¿no?

-Sí, sí, claro. Pero que no son de hoy.

-Mujer, los pasteles no son como el pescado; aguantan bien varios días ¿o no?

-Sí, lo digo por si usted los nota algo duros, que lo sepa.

Enseguida me recordó a la muchacha de Antequera. Otra igual, pensé.

-Bueno -me conformé-. ¿Hay alguna cosa fresca, de hoy?

-Solamente los donuts.

-¡Enga!, póngame entonces cuatro donuts.

 

Esta misma mañana ha ocurrido la tercera. A la tercera, la vencida. Por fin...

Entro en una pastelería céntrica. Me conocen de ir a por tejeringos todos los sábados al alba. Dos ruedas para la Peque, una para Lucas y otra para Daniel. A mí no hay quien me saque de mi mollete con aceite y jamón.

-Buenos días. ¡Qué buena pinta, este bizcocho! Ponme, por favor un trozo para llevar.

-Lo siento, caballero -me responde la señorita-. Está ya un poco pasado y duro. Lo voy a retirar del mostrador.

-Y dime -hago como que intimo con ella- ¿Qué es lo que hacen con estas cosas que retiran?

-Pues yo creo que las tiran -me dice por lo bajini-. Mire usted qué lástima...

-Entonces, hazte la longuis y me partes un trozo y me lo llevo gratis. Verás, si fuese un pastel con crema o con nata no se me ocurriría tal cosa, pero un bizcocho lo único es que pueda estar algo más duro, pero como yo lo mojo en el café...

Oye, le cayó bien mi insinuación.

-Pues venga.

Y me cortó casi medio bizcocho. Buenísimo que estaba.


Con los dulses es que no tengo apaño.