martes, 8 de abril de 2014

Urgencias de pago

La asistencia sanitaria gratuita y universal ha sido uno de los grandes logros sociales de nuestra historia más reciente. Y bien orgullosos que estamos los españoles de ello. No me gusta, sin embargo, que se pretenda sacar provecho del tal logro por parte de los diferentes partidos políticos actuales. Siendo yo estudiante de medicina, antes incluso de la muerte de Franco, ya existía la gratuidad y universalidad en la asistencia sanitaria. Que no me vengan ahora con las excelencias de la autonomía. Por lo menos en Sanidad.
Y es posible que podamos perder la joya de la Corona. Cada vez somos más entre nacionales e inmigrantes  -lo cual no es necesariamente malo, puede que sea hasta bueno-, cada vez la Medicina es más cara, o la hacemos más cara -y esto sí que es realmente nefasto- y cada vez hay menos dinero o el que hay no alcanza para tanto.
Estaréis conmigo en que se trata de problemas serios y difíciles. Sinceramente, no me veo capacitado para vislumbrar una solución válida para la inmigración. Sin embargo, tengo bastante diáfano cómo abaratar el gasto médico y cómo conseguir más dinero para las arcas públicas, incrementando los ingresos mediante una más acertada política fiscal y evitando despilfarro, fraude, hurto y mangoneo. Pero lo mío es lo sanitario y ahí es donde debo centrarme.
Es de actualidad el tema del copago. Lo noto en la consulta. Mis pacientes son como esos niños que, inocentes, sueltan a las visitas secretillos indiscretos que han oído de tapadillo a sus padres. Todo lo que escuchan en la tele tiene para ellos una enorme trascendencia. Y me lo zampan. Y al revés, lo que no sale en la tele, simplemente no existe. Y uno piensa entonces en el gran desperdicio de la tele, en cómo en lugar de programas de dimes, diretes, amoríos y otras basuras no ponen  más programas de índole cultural y educacional.

-Han dicho en la tele que los que vengamos a Urgencias sin motivos vamos a tener que pagar...
Me lo cuentan dos abuelos de Morón prudentes como ellos solos.
-Os tengo dicho que no le echéis cuenta a la tele, que, salvo los sucesos y los partidos de fútbol, todo lo demás es mentira.
-Menos mal, porque con lo que ya nos cuesta el autobús o la gasolina pal coche de nuestro hijo, si encima tenemos que pagar porque nos atiendan íbamos a estar apañaos.

Viene a cuento el tema por unas declaraciones, a mi entender poco afortunadas, del presidente nacional de Colegios de Médicos en las que rechazaba el copago sanitario pero entendería un pago verdadero en aquellos casos en los que se hiciera un mal uso de los servicios de urgencias hospitalarias. ¡Menuda cuestión!

Procedamos por partes, dijo el forense.

Lo primero que conviene dejar muy clarito es que es cierto que, por regla general, abusamos de  aquello que no cuesta dinero. Dos céntimos, dos,  es lo que cuesta un bolsa del Mercadona. Y, sin embargo, por no comprarla llevamos el maletero lleno de bolsas para cuando tengamos que ir. Por dos céntimos, o por cuatro. Cuando las cosas cuestan lo pensamos.

Con todos mis respetos a ese médico presidente del Colegio Nacional de Médicos y con riesgo de meter yo mucho la pata, diré que me gustaría que quien opinara desde la cátedra acerca de los problemas de los servicios de Urgencias conociera in situ tales problemas, que no hablara de memoria, que no repitiera ese tópico tan manido del mal uso que hacen los ciudadanos de las urgencias, que fuese alguien que haya sido cocinero antes que fraile. A lo mejor es el caso, en siendo así, punto en boca.

¿Quién usa mal los servicios de urgencias hospitalarios? Damos por hecho que los ciudadanos, los usuarios, los pacientes. Pues sí y pues no. ¿Qué parámetros tenemos para medir el uso inadecuado de las urgencias? Ninguno que sea válido.

Según la OMS urgencia es cualquier síntoma que el paciente o su entorno familiar entienda que requiere una asistencia inmediata, da lo mismo que se trate al final de una banalidad que de una embolia pulmonar. Por tanto, no somos los médicos quienes definimos ni fijamos los límites de lo urgente con respecto a lo banal sino los propios pacientes. En este contexto, el usuario tiene todo su derecho -y bien que se lo aplica- a acudir a Urgencias cuando lo crea necesario. ¿Entonces son ciudadanos ejemplares todos los usuarios? No. Somos todos más bien egoístas. Y hay gente, quizás bastante, que, a sabiendas de que lo suyo no es urgente -entre otras cosas porque lleva ya un mes con tal o cual dolencia-, acude al hospital con la sola intención -legítima por otra parte- de saltarse la lista de espera. Estas personas, sí, de acuerdo, hacen un uso inapropiado de las urgencias. Vale. Pero ¿qué podemos esperar, si no es eso, de un sistema tan sobrepasado que hasta para el médico de cabecera existe una demora de una semana? Si corrigiésemos esa tardanza en la asistencia y acortáramos un poco la demora para el especialista quizás entonces se aliviara en algo la olla a presión de las urgencias. Naturalmente que no podemos sustraernos -al menos por ahora- de nuestra condición de latinos y más concretamente de españoles, pícaros, astutos y taimados, según convenga -un español es aquél que hace siempre lo que le da la real gana-, para conseguir irte a casa con todas las pruebas hechas en sólo unas horas, pongamos que un día de excursión en el hospital. Sin bocata ni Coca Cola, pero siempre pilla uno algo, aunque sea un yogourt caducado. Ésta, sólo ésta, es una conducta reprobable. Para mi modo de ver.

Una vez más cargo las tintas contra nosotros los médicos. Usa mal las urgencias hospitalarias el médico de cabecera que deriva lo que no debe. Éste sí que tiene la obligación de saber lo que es y lo que no es. Pero ante la duda, enseguida funciona el mecanismo de defensa, el miedo a equivocarse... mejor que se equivoque otro. Es humano y yo lo comprendo. También yo lo haría  así, creo. Estás solo en un pueblo, sin medios, sin ayuda... no te vas a arriesgar más de la cuenta, lo primero es la seguridad del paciente aunque me tomen en la capital por miedica. Vale. En otras ocasiones ni siquiera hay dudas, simplemente no me complico la vida. O lo que es peor, se hace rutina de una conducta inapropiada y ya, en lo sucesivo, ni te planteas si está bien o no, si pudieran existir otras alternativas, haces siempre lo mismo, mandar al hospital al abuelo demente y encamado porque ha tosido un poco más, porque tiene fiebre o porque lleva tres días sin obrar.

Usa mal las urgencias hospitalarias el propio médico de urgencias, el de a pié que se desloma día y noche en ellas, que le hace a un paciente más pruebas de las que realmente precisa por su patología. Para asegurarse mejor. O por no entrar en pelea, que bastante viene ya cargada la guardia. Por una parte, malgasta los recursos, por otra, echa carnaza al apetito desaforado de algunos usuarios y, en fin, potencia sin darse cuenta el efecto llamada. Conozco de primera mano el caso de un chaval de Lebrija que, no contento con el tratamiento prescrito por su médico para una simple amigdalitis, se alargó por su cuenta a las Urgencias del hospital. Le hicieron análisis, una Rx de tórax y hasta una tanda de hemocultivos, cosas todas ellas improcedentes. ¿Qué mensaje recibe el usuario? Que su médico de cabecera es un incompetente y que hay que venir al hospital hasta para tratarse unas simples anginas. Lo suyo sería, en estos casos no urgentes, atender con sumo tacto al paciente, tranquilizarlo en cuanto a la ausencia de gravedad y hacerle comprender que su problema de salud debe de ser atendido en otro nivel asistencial, no en el hospitalario porque, afortunadamente para él, no lo precisa. Y nos volvemos a topar con lo de siempre. Un residente de primer año no tiene capacidad -no puede tenerla- para ejercer función tan delicada.

En teoría, todo perfecto ¿verdad? Pero, en la práctica no es tan fácil, más bien complicado aunque éste que os escribe le ha tenido que poner muchas veces el cascabel al gato. Y se deja, ya lo creo que se deja. También en eso ha de notarse el arte médico. Y los años.

De manera que, al final, todos somos pecadores. Demasiada gente para pagar. Dejémoslo tal cual. Invirtamos mejor en educación sanitaria y en mejorar las condiciones laborales de los  servicios de urgencias. No comparto que la sanidad sea un pozo sin fondo, lo que falta es un mejor control y supervisión del gasto sanitario por parte de jefes y gestores, una total afección del personal laboral al sistema y un poquito de conciencia cívica en la población. Mirad que cosa más fácil, eh. 

martes, 1 de abril de 2014

In Memoriam

Ha muerto, de manera inesperada, Manuel Cortés Nieto. Su hijo me ha telefoneado esta mañana para decírmelo. No es ningún amigo ni persona conocida por vosotros, es un paciente mío.
 
No me ha sorprendido tanto, la verdad; en el último ingreso hospitalario de hace dos semanas la cosa se puso feílla. Tenía una insuficiencia respiratoria crónica por una fibrosis pulmonar y había llegado ya a una fase de no retorno. Según me cuenta el hijo, no ha sufrido, no ha sido una muerte dramática asfixiado vivo queriéndose comer el aire, no. De pronto se sintió indispuesto, pidió ir al servicio y... se quedó pajarito. Seguramente, una embolia en unos pulmones achicharrados del puñetero tabaco.
 
Lo traigo a vuestra consideración y respeto porque ha sido un paciente muy especial. Sobre todo lo demás, un hombre optimista que nada más que tenía ojos para lo bueno, ciego para la maldad, capaz de encontrar algo positivo en sus dolencias, de estas personas a quienes jamás escuchas una queja, "Si no hubiera sido por esta enfermedad no lo hubiese conocido a usted", me dice el tío, y otro día me soltó una perla de ésas que te acompañan mientras vivas: "Con usted da gusto ponerse malo".
 
 
Ha muerto en la creencia absoluta de mi aprecio inestimable por las aceitunas que él mismo aliñaba y preparaba para mí. Nunca me he atrevido a confesarle la verdad, que yo no puedo comerlas, que no me gustan, que me dan asco... y que es mi señora esposa quien las disfruta de lo lindo. Y mis amigos. Le hacía tal ilusión regalármelas que le he seguido siempre la corriente. "¿A usted le gustan las aceitunas?" -me preguntó la primera vez. Ahí tenía que haber estado yo más despabilado. "Me gustan más los dulces -le dije con poca convicción- pero, vaya, que sí, que me las como".
 
Os digo la verdad, uno tiene ya ganas de jubilarse, en serio, despojarse del pesado fardo de tanta responsabilidad, han sido muchos años y la vida no puede ser sólo trabajo, pero ante personas como este Manuel se te hace muy difícil.
 
Y hay muchos manueles en la consulta... y en la vida.

domingo, 30 de marzo de 2014

Días caseros

No llevo mal quedarme solo en casa. Pero eso, solo. Estas últimas semanas, ausente la Peque por fuerzas mayores de sus padres, me las apaño la mar de bien. Bueno, nos las apañamos los dos, mi perrita y yo. No soy nada complicado, como ya sabéis. Hasta las tres, en el hospital; hasta las cinco, la siesta; hasta las siete, paseo con la Pelu por el campo; y el resto del día, hasta las diez, escribanía o estudio o preparar alguna clase. Y de noche, dormir y callar. Los lunes almuerzo sobras del domingo, los martes, en el hospital, los miércoles, en casa de Jaime y Paqui, los jueves compro comida prefabricada y los viernes... ¡llega la Peque!
 
Lo malo es cuando se presentan situaciones inesperadas o más exigentes. Ayer mismo.
 
Viernes por la tarde, la Peque trabajando y yo entretenido recogiendo hojarasca del patio. Para nada que no sea ponerme chorreando. Se presentan en mi casa -previo aviso, es verdad- mi Meli, su Pepe, dos amigos y otras dos amigas del pueblo. "Lo primero que hagas -me había sentenciado mi mujer- que sea recoger la cocina y luego, las camas; los patios, los dejas pa lo último". Pues yo, al revés. Estaba con los patios. Y lloviendo. Me voy pitando para la cocina mientras ellos, los invitados, llevan sus cosas a las habitaciones. Me precipito, pretendo poner el lavavajillas para aclarar el fregadero, pero... ¡me cachis!, está lleno de platos limpios, hay que vaciarlo primero, coloco los platos en su sitio, los vasos y los cubiertos. Ahora es el turno de los táper. En mi casa debe de haber tropecientos de esos cacharros de plástico. Parece que mi mujer los coleccionara. Los tenemos grandes y redondos como para las tortillas, medianos y cuadrados para las ensaladas y pequeñitos y rectangulares para las tapitas que se lleva la Peque al hospital, su dieta. Uno de los estancos de la cocina, el más voluminoso, los alberga a todos, "Te tengo dicho que cada táper con su tapadera correspondiente. Y bien colocados, que si no, no hay quien encuentre luego nada cuando a una le hace falta". Abro la portezuela del habitáculo, susto me da, allí está todo mezclado, unos encima de otros, volcados y revueltos, en equilibrios imposibles a punto de resbalarse, tapaderas sueltas... "Si yo no toco aquí, si sólo lo hacen mi mujer y Antonia ¿por qué tanto desorden? La culpa mía, seguro". En esto estoy cuando al intentar colocar el primer cacharro, como si pusiera la última carta en un castillo de naipes que se derrumba, ocurre de repente una especie de corrimiento de tierra, de manera que toda una montaña de objetos de plástico de mil formas y colores se desparrama precipitadamente por todo el suelo de la cocina. A comerme vivo. Estoy de rodillas y cubierto de plástico hasta las ingles ¡Me cago en la puta...! No sé si me atacó más la risa que la ira, el caso es que me dio por  reírme y para rematar la faena terminé de vaciar todo lo que quedaba, ea, de coraje. El estruendo alarmó a mi hija y a sus amigos quienes, visto lo visto y muertos de risa, se ponen a echarme fotos con el móvil en lugar de ayudarme. Diez minutos por lo menos para dejarlo todo cuadriculado. ¿Cuánto tardará en volver a descuajaringarse? Ya veremos.

La cocina, que es muy desagradecida... 

martes, 25 de marzo de 2014

¿Seré machista sin saberlo?

Las nueve menos cuarto, voy flechado escaleras abajo para la consulta. Todavía tendré que pararme a mear y, quién sabe, a lo peor también a estercolar el wáter. Dudo mucho que llegue en punto a mi primer paciente. Soy tan puntilloso... a veces, para nada, son ellos, los pacientes, los que me hacen esperar a mí.
Con el ansia casi me trompico en una curva del descansillo con una mujer de negro que baja parsimoniosa tecleando a dos manos su móvil con destreza de adolescente. No es una mujer cualquiera, mucho cuidado. Aún con prisa me da lugar a esquivarla y comprobar su uniforme, su gorra plato y sus dos pistoleras, en la izquierda, la porra y en la de la derecha, la pistola reglamentaria. ¡Una mujer policía!
-Perdón -bromeo mientras la adelanto-, usted parece una mujer de armas tomar.
Mis cosas, dime tú que fuera una desaborida de éstas que salen en las películas de la tele, que te hace una llave en un plis plas y te esposa al paso. Pero no, se limitó a sonreír sin mirarme siquiera.
En la teoría, sobre el papel o en cualquier debate con los amigos uno cree tener superado el tema ése tan manido del machismo y del feminismo. Pero luego, la realidad nos devuelve nuestro auténtico ser en forma de pensamientos impuros. Me explico: hay situaciones y momentos del día a día que nos (me) resultan cuando menos chocantes tratándose de mujeres las protagonistas.
No consigo evitarlo, veo a una mujer conduciendo un autobús, no digamos ya un camión de tropecientas toneladas, maniobrando el volante a brazo partido o a una mujer policía custodiando a un preso en el hospital o a una muchacha con tricornio y me produce una cierta extrañeza. Como si algo no encajara bien, como una foto trucada malamente. Creo ser firme creyente de la normal actitud y capacitación de las mujeres para cualquier trabajo que se propongan, en lo que yo conozco, en mi oficio, eso está fuera de toda duda, pero le tengo manía a esos dos empleos para el femenino género, el de chófer de tonelaje y el de militar. No sé por qué. Quizás por lo que implican de fuerza y músculo, de dominio de la  testosterona, a lo mejor porque los veo muy alejados de la esperada finura femenina.
Decidme, ¿soy machista?

lunes, 17 de marzo de 2014

Don Quijote, en desigual combate, gana a los molinos

¡Hemos ganado!!!
 
Se conoce que la juez aquélla me miraba con ojitos. O habrá sido, quizás, que las mujeres entienden mejor sus propios males. El caso es que la chica a quien yo defendí con tanta vehemencia como bisoñez leguleya ha sido declarada como incapaz para cualquier trabajo y dotada con sus pensioncita de 400 euros. Algo es algo.
 
Hoy estaba contenta. Y yo también. ¡Hay que ver con lo poco que nos conformamos!. "Para mí, casi más importante que el dinero es que se reconozca mi enfermedad" -me decía esta mañana. Y es verdad.
 
Por una vez, don Quijote, en singular batalla, ha tumbado a los molinos y ha hecho morder el polvo al sabio encantador Frestón.
 
Que siga la racha.

lunes, 10 de marzo de 2014

Se nos va la Chorro

Conforme pasan lentas las horas soleadas de este sábado cordobés en el Hospital Provincial, más apagados los latidos del viejo y ajado corazón de mi madrina agonizante, más pausadas y trabajosas sus respiraciones, más certera la visita inexorable de la dama de negro.
 
Es el tránsito misterioso, el milagro de la vida y de la muerte, el devenir sin fin de las almas.
 
 
 
La Chorro se nos va, la amiga íntima de mi madre, tan iguales y tan distintas, tan iguales en bondad, tan distintas en genio; la una, niña de María; la otra, un diablo. Se nos va mi madrina, la madrina de toda la gente nueva de entonces, la que nos compraba a mis hermanos y a mí los Reyes porque mis padres no podían con tanto, la que tantas veces ha satisfecho  mi estómago con aquellas sartenadas de boquerones fritos y filetillos de lomo en la cocinilla del bar, la que fuera buena, buenísima, Celestina para tantas parejitas del pueblo, la que, pudiendo haberlo sido, nunca se hizo rica por culpa de sus benditas manos rotas y desprendidas. Esas mismas benditas manos que hoy yacen inermes, frías y azuladas en su cama del hospital y que ni los más tiernos besos de tantos sobrinos allí presentes lograrán calentar...

Se nos va la Chorro, la mejor tabernera del pueblo -con permiso de Socorro y de Barbarita-, y no sólo por sus tapas, sino sobre todo por su persona, su genio, su optimismo vital, sus ganas y energía... su generosidad. Sin hijos, fue dotada por Dios con un segundo premio de un montón de sobrinos y de sobrino-nietos, da lo mismo carnales que políticos, en los que el matrimonio ha derrochado por igual cariño, roce y dineros, hablando en plata. Porque de todas las bondades que podamos relatar de la Chorro, la generosidad es, sin duda, la primera. Mi madrina ha sido una mujer buena. Ni siquiera en el sentido machadiano y contemplativo de la palabra, no. Ha sido buena de cristiana práctica, buena de aquel dicho de Jesucristo de que "por sus hechos les conoceréis". Los hechos de esta mujer que hoy se nos va son conocidos de todos los palencianeros, a tantos de los cuales ha sacado de apuros.
Para muchos de vosotros, amigos lectores, la Chorro no es nadie. Pero yo os digo, creedme, es mucho, ha sido mucho y lo seguirá siendo en el corazón de sus familiares y de sus paisanos. Hoy será día de luto no sólo en Palenciana, sino en cualquier rincón de España donde resida un paisano, desde el barrio de Buenavista, en Tarragona hasta Tres Cantos y Aluche en Madrid; desde Granollers hasta Benalmádena pasando por Málaga y por Sevilla. Y, desde luego, en Córdoba, donde últimamente residía al amparo mimoso y exquisito de sus sobrinos más cercanos. 
 
-Madrina, ¿nos conoces? -le pregunto al oído mientas ella, medio inconsciente por la morfina, y en custodia perenne por la guardia pretoriana de sus sobrinos los "Micaelitos", apenas puede entreabrir sus ojillos-. Estamos aquí los "Chatillos" y nosotros, "los Potos", ¿nos conoces?
-Uhmmm -susurra apenas afirmando con la cabeza. Pobrecita...
Y, pudiéndome, como de costumbre, la imprudencia, le sigo preguntando:
-¿Quieres irte con tu cabezón? (ella llama cabezón a su marido, mi padrino, fallecido ya once años atrás). Y, ante el asombro de los presentes, me contesta con una  mueca que parece una sonrisa de asentimiento.


Acaba de llamarme Pepe el de Micaelita. La Chorro ha muerto ahora, a las ocho de la mañana de hoy domingo. Decía mi madre que a quien muere en domingo las Santas Ánimas lo libran del Purgatorio. Es lo menos que se merece esta bendita mujer.

La Chorro se nos va. Se nos ha ido ya. Y yo busco consuelo imaginándome a su alma magnánima y alegre saltando de su cuerpo marchito y volando -para un espíritu eso es nada- hasta quién sabe dónde para soplar hálito de vida al corazón escogido de cualquier criaturita recién engendrada. Será una bobada, pero la muerte, esta muerte concreta, ha de tener algún sentido. Y el sentido no es otro que la resurrección a una nueva vida joven y triunfante. Sin necesidad de esperar al juicio del Último Día.

Querida madrina de todos: descansa en paz. Te lo has ganado.

domingo, 2 de marzo de 2014

Presentación en Córdoba

Queridos todos: este mensaje va dirigido principalmente a mis lectores y amigos residentes en Córdoba.
 
Que nada, que el próximo día 21 de marzo presento el libro en Córdoba, para una asociación cultural a la que pertenecen unos amigos de allí.
 
Como digo, será el 21-3-14, a las 7 de la tarde, en la biblioteca Al-Ándalus. Encontraréis la biblioteca  subiendo las escalinatas de la cuesta del Bailio, al ladito del Cristo de los Faroles.
 
Nos vemos allí.
 
Un abrazo.