miércoles, 11 de enero de 2017

Un hombre admirable

A lo largo de mi vida he admirado a muchas personas: mis padres, maestros de escuela, curas del seminario, profesores de facultad, compañeros de trabajo... Personas mayores que yo, no sólo en edad sino, sobre todo, en sabiduría y bondad. Muchas. He tenido la suerte de, en algún momento, en algún periodo de mi vida, cruzarme con ellas y haber aprendido algo o mucho de lo que llevaban dentro de sí. No tengo conciencia de haber padecido de malas influencias. Es mi verdad. No es que todo el mundo sea santo, no. También he conocido a gente indeseable. Había curas en el seminario que ejercían una crueldad psicológica deleznable con chaveas indefensos; he tenido algún profesor borracho, indigno o sobrado en soberbia; compañeros de profesión que no han estado a la altura de nuestro sagrado oficio... Pero, como digo, no han influido para nada en mi forma de ser, gente que simplemente ha pasado por mi vera. Supongo que ha de tratarse de una suerte de característica innata, como si uno fuese portador, sin saberlo, de un material que se siente imantado solamente por gente de buena condición. A la vista está que todos mis amigos son buena gente, espero que sepáis perdonar mi inmodestia.

El pasado 24 de diciembre, día de Nochebuena, cogí mi coche y salí para Benamejí, más que nada por quitarme de enmedio de la casa de mi suegra donde todo eran agobios, prisas y cosas por medio... cuñadas, cuñados y sobrinos sin caber en una cocina atestada de gente, cada cual afanado en la preparación de la última delicatesem para la gran noche que se nos avecinaba. Mi excusa fue que iba a por el postre a una famosa pastelería del pueblo de al lado. Serían las once de una mañana fresquita y soleada. La gélida madrugada había sembrado sobre las tierras calmas un manto de escarcha que ahora se pensaba si derretirse ante un sol espléndido. Iba contento. Y me acordé de que Jaime estaba en Lucena con sus hijos y su nieta (la linda Koki), y sobre la marcha cambié de planes. En el Tejar me orillé en una cuneta y lo llamé al móvil. Le propuse, así de sopetón, que nos encontráramos en un punto intermedio, en Encinas Reales. "¿Y eso?" -me contestó con lógica extrañeza. Y le expliqué que se me había ocurrido que era ésta una ocasión inmejorable para ir juntos a visitar a nuestro querido Antonio Prieto, confinado en sus últimos años en su pueblo natal al cuidado de su sobrina. Jaime no pudo. Al día siguiente salía de viaje con toda su familia y se encontraba con los preparativos. De manera que decidí ir yo solo. No quería que me sucediera lo de don Eduardo o lo de don Moisés, curas de los Ángeles que se murieron sin ocasión de despedirme de ellos.

Cosas de la Providencia, aparqué, sin saberlo, justo en su puerta. Pregunté a un parroquiano por don Antonio Prieto y me soltó un espontáneo "pero hombre de Dios, ahí enfrente lo tiene usted". Pulsé un timbre y de inmediato la puerta se abrió. Por el telefonillo oí una voz femenina: "Si viene usted a visitar a mi tío, suba por favor, está en el salón". Me sonó aquello como si don Antonio fuese una especie de santón del lugar a quien visitan a diario gentes de todo pelaje en busca de algún remedio salvador. Con cautela de jubilado subí despacio las empinadas escaleras que daban al salón. A la derecha quedaba la cocina. Su sobrina me esperó: "¿Viene usted por algo en concreto?" Durante unos segundos me quedé extrañado de la pregunta. "No, no. Vengo solo por verlo; yo he sido un alumno suyo en el seminario..."

Estuve unas dos horas con él que se me pasaron en un vuelo. Lo sé porque llegué a casa de mi suegra a la hora de comer, sobre las dos y media de la tarde. Y me emocioné mucho. Mucho. Al despedirme su sobrina, lo notó: "¿Ha pasado algo?" "No, ¡qué va! Es que me he emocionado un poco". "¿Dice usted que es de Palenciana?" "Sí, así es, soy de Palenciana". "¿Y estuvo usted en san Telmo también?" "Claro, estuve dos años". "El caso es que ahora que lo miro bien, su cara me suena. Yo vivía allí con él y con mi tía cuando se mudaron a los pisos. Y estudié magisterio. Soy del curso del Palanco, de Paqui, de Pilar y de María Jesús". "Hay que ver... El mundo es un pañuelo. No, yo era de un curso superior, pero lo dejé en el primer trimestre y ya me fui a Córdoba". Ya en la calle volví a llamar a Jaime para contarle mis emociones.

Estaba sentado en una mesa camilla al calorcito de un calefactor de aceite, de éstos modernos. La misma estampa de antaño: un hombre alto y enjuto; la postura de sentado le favorecía al disimular su altura encorvada; un cabello escaso y ralo junto con muchas manchas de la edad adornan su cabeza espigada. El mismo genio de siempre. Al verme entrar, sin conocerme aún, hizo el espontáneo ademán de levantarse para saludar, pero enseguida desistió al comprobar que no podía. Enfrente suya, la pequeña televisión plana estaba dando una misa desde no sé dónde. "Como no puedo ir a misa... El cura del pueblo es mu apañao y me trae la comunión todos los días". "Como el viático de antes" -le digo. "No, hombre, el viático era para los que estaban a punto de cascar". Y suelta una risotada mientras aguza su mirada intentando reconocerme. Enseguida se nota que no ha perdido un ápice de su sentido del humor. Me invita a sentarme a su lado.
-No insistas, Antonio; no me reconoces, ya está.
-Así al pronto, la verdad es que no. ¿Quién eres?
-Te voy a dar pistas, a ver si lo averiguas.
-Venga.
-Soy de Palenciana, y en el seminario me decían el Fili.
-¡Ya está, el médico!
-Ja, ja, ja, qué pronto, ¿eh? -Y me hizo volver a levantarme para que le diera un abrazo.

Antes que nada le pregunté por su hermana, su fiel escudera durante toda una vida; otra forma de sacerdocio. "Ah, mi hermana -se pone algo triste-, mi buena compañera, ¡qué mujer más buena y competente... Y mandona -esboza una sonrisa-. Murió hace cuatro años -y se queda pensativo-, la echo mucho de menos". Por sacarle de su ensimismamiento le hablé de la Peque pero no se acordaba. La primera vez que don Antonio vio a la que luego sería mi novia debió ser en diciembre del 72 con motivo de la boda de mi hermana Josefa. Y me dijo como en secreto que la veía "mu poca cosa pa tí". Y yo le contesté algo despechado "Qué entenderá usted de mujeres". "Más que tú, más de lo que te imaginas"-me respondió el gachó. En cambio, sí que se acordaba de Jaime, de Salva, del Luna, de Agustín, de Luis Enrique, de Pedro Soldado... Sobre todo de Pedro, claro está.
-José María -me dice en uno de sus muchos soliloquios- con la ilusión con la que nosotros intentamos formaros como curas comprometidos con el evangelio y con la gente... Y creemos que lo conseguimos. Y estábamos orgullosos de nuestra labor por entender que algo estaba cambiando en el sentir de la Iglesia... Y sin embargo, ahora... Estamos de nuevo en las antípodas. Nos estamos quedando sin gente -se lamenta-. ¿Qué será de la Iglesia de Córdoba cuando muera gente como Luis Briones? Mira éstos -y me enseña una revista eclesiástica cordobesa donde aparecen las fotografías de algunos sacerdotes afamados-. Tan ufanos de ser nombrados para un cargo honorífico...

Este hombre no ha perdido nada de su eterna y nítida lucidez. Ni de su hilaridad, como digo. En un momento determinado sacó del bolsillo de su bata su bolsa de medicamentos.
-Voy a aprovecharme de ti, que no sé cuándo te volveré a ver. Infórmame sobre estas medicinas -y extendió sobre la mesa los respectivos cartones.
Luego, para demostrarme su estado de forma alardeó, como un escolar con la lección aprendida delante de su padre, de su memoria. Me fue contando uno por uno los nombres de todos los papas y de todos los obispos de Córdoba que él ha conocido. Y en cada uno, su pequeña anécdota propia o ajena, escuchada de otros. Y me contó historias variadas y jocosas de su vida como párroco en Peñarroya y en doña Mencía. El natural chocheo. Demasiado bien para lo mal que lo ha tratado su cuerpo: ha tenido un ictus que lo ha dejado medio paralítico. Y un tumor de próstata.
-Antonio, digo yo, como médico, que los curas no deberían de padecer de tumores en la próstata.
-¡Y eso?
-Hombre, porque esos tumores se generan por culpa de una vida sexual intensa.
-¿Y tú qué sabes de la vida secreta de los curas? -Y larga otra gran risotada. ¡Desde luego!...

Don Antonio Prieto fue uno de nuestros formadores en san Telmo. Yo sólo estuve dos años con él. Dos años intensos desde el punto de vista intelectual y emocional. Quizás los más intensos de mi vida. Desde luego, los más decisivos. Por entonces, los últimos de mi curso, en san Telmo, nos debatíamos sobre nuestro futuro. Pocos, quizás sólo Pedro, teníamos claro por dónde tirar. Después de nueve o diez años de seminario, toda la adolescencia y primera juventud, estábamos llegando a un punto sin retorno. La disyuntiva consistía en retroceder o huir hacia adelante. Y ambas alternativas se nos presentaban como muros infranqueables. Recuerdo que muchas de aquellas noches en mi cama de los "Pajaritos" me dormía deseando despertar y que hubiesen pasado dos años en una sola noche, por ver qué había sido de mi vida. Como no queriendo asumir el paso decisivo, que otro, que el destino decidiera por mí. Años muy difíciles que sólo pueden entender en su justa dimensión quienes hayan pasado por el mismo trance. ¿Quién sabe si aquéllos que lo padecimos mantenemos tan intensa amistad precisamente por esto, por haber sido sufridores de una causa tan vital y angustiante? Nuestro formadores nos ayudaron a derribar aquel muro. Lejos de barrer para casa, supieron aconsejarnos de la manera más adecuada. A la vista están los resultados. Todos los que fuimos sus pupilos hemos salido hombres de bien. Nuestro agradecimiento es enorme. Antonio, Luis y Pepe. Antonio era un hombre bueno, para nosotros representaba la bondad y la chispa. Luis era el teólogo y el intelectual; representaba el modelo del trabajo y el método. Y Pepe, más joven, era sencillamente un amigo. No hay palabras; sólo sentimientos.

Gracias por siempre y para siempre. Tenéis un cacho de cielo más que merecido.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Despedida

Como podéis comprobar, estoy perezoso. Pero no es exactamente eso. Es que, como buen jubilado, tengo tantos frentes a los que atender que no me centro en la escribanía, en el contacto con vosotros, mis fieles seguidores. Y es que, como decía Cicerón: "Escribendi otium non est". Para el escritor no hay lugar para el ocio. Si te pones a escribir, escribes y abandonas lo demás. Y no, no puedo hacer eso. Mi padre, mi suegra, mi Lucas... me necesitan cada dos por tres, o soy yo quien los necesita a ellos, no sé. Luego resulta que los pensionistas tenemos una serie de obligaciones ligadas a nuestro nuevo estado como son la de acudir cada mañana al gimnasio y a la piscina, a mediodía hacer la compra en el mercado de Triana, estorbar en la cocina -pero con gracia- aprovechando posturas de indefensión de tu santa para meter mano y no precisamente en el frigo sino en lo calentito, dormir mi siesta reglamentaria, sacar cada tarde  a pasear a la perrita, visitar a los amigos cercanos... Por si faltara algo, este año me ha tocado ser presidente de mi comunidad. Somos la friolera de cinco vecinos, pero las cuentas son las cuentas, tú. Y no os cuento, en lo que va de mes, la de veces de ir al Corte Inglés a probarme mi traje de padrino de boda -mi Meli se casa el día 22 de los presentes-, o de acompañar a la Peque a su modisto a lo propio. Este es el panorama de mi vida actual. Y yo tan contento.

Pero hoy sí os voy a contar que ayer tarde mis compañeros y amigos del hospital me dieron un almuerzo de despedida. Yo me emocioné mucho, claro. Tuve que parar el discurso varias veces porque me atragantaba, me temblaba la voz y me amenazaron varios extrasístoles, esos saltos de pecho que como ríos encajonados e impetuosos van a dar en el mar de las arritmias. Pero la cosa no pasó a mayores. Mi mujer disfrutó más aún al comprobar en directo y con tanta cercanía el cariño de verdad de que soy objeto por parte de mi gente.
Aún reconociendo que se trata de un formato de fiesta más funcional e interactivo, no acaba de convencerme lo que tanto se lleva ahora, esto es, toda la comida de pié, cambiando de sitio en sitio, ora con éstos, ora con aquéllos... y tomándose uno los canapés a salto de mata. Canapés, dicho sea de paso, de mijitas ricas de alto diseño culinario, justo lo que cabe en una cuchara de las de jarabe, y donde siempre en estos casos falta lo sustancioso, el jamón y las gambas. No me hallo del todo. Comer es comer, ¡coño!, en su mesa de uno, como se ha hecho toda la vida de Dios, con entremeses variados y ricos, y luego un buen plato de cualquier cosa güena. Y su postre. No sé para qué se inventa la gente cosas raras cuando lo de siempre funciona. Será la modernidad. Acabaré acostumbrándome.

Y luego, ya sentados, eso está mejor, la proyección de las fotos de mi vida médica y doméstica, y las cálidas y cariñosas palabras de algunos de mis amigos. Los más viejos, claro. Han sido treinta y un años juntos, que se dice pronto.

Sin ser yo muy inclinado a este tipo de homenajes "póstumos" -soy más partidario de las herencias en vida, cosa que yo he tenido con creces- he de reconocer que tanto mi mujer como yo lo pasamos muy bien. Incluso mejor de  lo que esperaba, porque uno es la primera vez que recibe en carne propia este tipo de festolines, e iba algo tímido por la incertidumbre de cómo fuese a resultar aquello. Muy bien. Me sentí muy cómodo, como yo he sido siempre con todos ellos, y muy arropado. Me gustó mucho ver allí a la vieja y nueva guardia de Infecciosos, unidad que se segregó de la nuestra con motivo del Sida hace ya años, a antiguos residentes nuestros, médicos prestigiosos ahora en otro hospital, a residentes de primer año que apenas me conocen, a compañeros de otras especialidades afines con quienes he tenido arduo contacto... Y, en fin, a los míos de siempre, tanto de Valme como del Tomillar. Los residentes, os diré para vuestro conocimiento, son lo más preciado que tenemos los médicos. Al contrario que los maestros, que tardan años y años en recoger el fruto de su esfuerzo, nosotros los médicos en muy poco tiempo podemos comprobar cómo la simiente que con tanto esmero y abundancia hemos abonado y regado germina, florece y fructifica en nuevos especialistas que se convierten en casi clones nuestros, sólo que mejorados, muy mejorados.

Todo fue tan de mi agrado que ni siquiera me resultaron empalagosos los elogiosos discursos que me dedicaron mis amigos, primero por su justa brevedad, cualidad siempre de agradecer, y luego porque todo lo que dijeron de mí era verdad, yo lo sentía y lo siento como real. Nadie infló más de la cuenta el globo de mis méritos. Lo que es, es. Quizás Grilo se pasase un pelín, pero es que me quiere mucho. Tanto ellos como vosotros, que ya me vais conociendo, sabéis que no soy un tipo engreído sino que sencillamente tengo mi autoestima donde tiene que estar. Sin embargo, no me gustó del todo mi propio discurso, lo encuentro ahora demasiado encorsetado en lo correcto, demasiado formal, cuando la cosa se prestaba a la espontaneidad, la soltura y la hilaridad. Lo escribí hace ya unas fechas -aunque luego lo haya retocado- en las que quizás por mi propia inseguridad sobre el evento me revestí de una seriedad que no me corresponde. Bueno... a lo hecho, pecho. Esto no va a cambiar para nada las sensaciones tan emotivas y agradables que disfrutamos todos, especialmente mi mujer y yo, en una ocasión especial y única.

De manera que ya sabéis lo que hay. Ahora os escribiré menos por los motivos antes expuestos y porque me he quedado apenas sin materia prima, que eran mis enfermos. Pero algo irá cayendo.

Quedaos con Dios.

martes, 13 de septiembre de 2016

En la piscina

Bueno, pues ya de vuelta de mis vacaciones os contaré una de éstas mis primeras anécdotas de jubilado. Por cierto, he descubierto que en el status de jubilado las vacaciones -al uso de antes- se hacen más duras y sufridas que cuando estaba uno en activo. Será que ahora ya no se cogen con las mismas ganas, claro, como estamos siempre tan descansados...

Como todo buen jubilado que se precie, por las mañanas tengo gimnasio, programado y ordenado por mi señora. No hay más que hablar: gimnasio. Incluye bici estática, pilates, aquayim y piscina, que se ha enterado ella que esas cosas son lo mejor para mis caderas. Creo que lo más adecuado en este nuevo estado de vida es dejarse hacer, dejarse llevar. Y yo así lo vengo haciendo.

En la sala de máquinas está uno más entretenido. Mientras pedaleas a tu ritmo te pierdes un poco y te distraes entre las noticias de las pantallas televisivas y los culos apretaos de las gachises -y señoras, eh- que se te ponen por delante.

La piscina es más aburrida. En mi hora no hay más que tullidos, calvorotas renqueantes (como servidor) y mujeres mayores acartonadas, amojamadas. Con todo, muchas de estas personas aparentemente limitadas nadan bastante más aprisa que yo. Naturalmente, me pongo siempre en el carril de lentos para no molestar. Allí tengo un rinconcito donde me refugio para realizar mis ejercicios en solitario: saltitos, flexiones de caderas, extensiones y abducciones, bicicletas... en fin, todo lo que me dicen.

Hoy, mientras me encontraba afanado en ello, una mujer, de éstas que digo mayores, me pide permiso para pasar a mi calle.
-¿Puedo pasar?
-Por favor, claro que sí, adelante -le respondo yo todo solícito y amable.
-No, lo decía -se pone la pobre- por si usted se pusiese a nadar, que no me pillara por medio.
-Ah, ¿por eso? No, mujer. Ya no es como antes. Aunque me tirara a nadar y le cayera encima hace tiempo que dejé de ser un hombre peligroso.

Y la mujer se echó a reír.
-Nunca se sabe - me decía mientras se iba para el Aquagym-. Con los hombres nunca se sabe.

domingo, 31 de julio de 2016

De vacaciones

Amigos: me despido de todos vosotros hasta septiembre.

Entre Sevilla, Palenciana y Benalmádena pasaré el tórrido agosto. Triana me ofrecerá tranquilidad y calor, muncho calor; el pueblo me va a dar familia y bullicio de feria; y en la costa me aguarda el don más preciado: mi Lucas con su media lengua.

Felices vacaciones a todos.

jueves, 21 de julio de 2016

... Y Yolanda

Lo de Yolanda es punto y aparte. 
Nunca he vivido una situación parecida: aguantar ocho largos meses sin poder aclararme con una enfermedad desconocida y tener el diagnóstico a una semana vista de la muerte de la paciente, cuando ya nada era posible. Puedo decir sin tapujos que mi querida Yolanda ha sido el fracaso más estrepitoso de mi vida profesional. Y también diré que, por contra, su marido me tiene en los altares, me wassaptsea y me felicita por Navidad.

Y ha tenido que tocarle a una mujer que era un ángel. Sí; una mujer joven (no llegaría a los cuarenta), tiposa, elegante y de trato agradable; de estas personas que no saben quejarse, que todo es agradecimiento y dulzura. Confiaba en mí por encima de todos y de todo, y eso duele más todavía. Durante uno de sus muchos ingresos, en octubre del 14, coincidió el nacimiento de mi Lucas. Me tenía preparado un pelele de punto que se había trabajado en las largas tardes de hospital. Agonizante, en los primeros días de enero del 15, aún sacaba fuerzas para sonreírme. Sinceramente, no creo ser merecedor de tanta confianza ni de tanto cariño por parte de alguien a quien has fallado. Y su marido otro hombre santo de los que pocos han de quedar en la faz de la tierra. Eran, ellos dos y un hijo de doce años, una familia feliz, como tantas otras. Hasta que sobrevino la desgracia.

Su enfermedad comenzó por mayo del 2014. Desde el primer momento de la primera consulta aquello olía a algo serio. Y, a fin de no perder tiempo, acordé con ella y con su marido ingresarla. Desde ese momento hasta su muerte, ocho meses más tarde, la pobre permaneció muchos más días en el hospital que en su casa, a lo mejor dos meses ingresada y dos semanas en casa, una proporción así. Yo podía explayarme con ella solamente cuando venía a la consulta; mientras estaba ingresada era seguida por otro compañero de planta con quien me reunía muy frecuentemente para consensuar juntos las actuaciones. Estábamos fritos. Achicharrados. Desde el principio sospechábamos ambos que Yolanda padecía un Linfoma gástrico muy agresivo y raro. Pero no podíamos demostrarlo. A lo largo de su enfermedad fue intervenida en dos ocasiones para manejar in situ el estómago y los intestinos: las biopsias fueron negativas. Se realizaron en ella tres endoscopias gástricas: las biopsias, negativas para tumor. Se sospecha más bien una forma rara de vasculitis sistémica. Se le realizaron sendas biopsias de ganglios linfáticos en el cuello: negativas para tumor y para linfoma. Tuvimos sesiones clínicas con los cirujanos -con nuestra intención de volver a operarla- y con los patólogos -a fin de que revisasen otra vez las distintas biopsias. Nada. Los cirujanos, con toda lógica, no creyeron oportuno someter a la paciente al riesgo de una tercera intervención cuando al parecer ya podíamos tener un diagnóstico alternativo, el de la vasculitis sistémica. Los patólogos revisaron las muestras, y no sólo éso, sino que las enviaron al departamento de Anatomía Patológica del Virgen del Rocío, por si allí veían algo más. Nada. Negativo para Linfoma. Desesperados por la ausencia de diagnóstico y por la mala evolución de la paciente, Carlos Alonso y yo decidimos poner tratamiento como si fuese una vasculitis sistémica, lo único que teníamos. Todos salimos contentos. Yolanda empezaba a mejorar. Eso le permitió estar al menos dos meses seguidos en su casa: Julio y Agosto. Respiramos todos, ojalá sea eso, una vasculitis; grave, pero curable. Falsa ilusión: volvió a ingresar en septiembre y ya no salió del hospital hasta el día 4 de enero del 2015, con los pies por delante. A últimos de diciembre presentó una hemorragia digestiva alta -una más-, y esta vez la endoscopia mostró un gran tumor cuyo diagnóstico fue terrible: Linfoma gástrico de muy alto grado.
Se nos vino el alma al suelo. ¿Cómo es posible que este hijoputa de tumor nos haya engañado todo el tiempo, que no haya salido antes en las distintas biopsias, que no se haya dejado ver en los TAC realizados...? Ya qué más daba; el daño estaba hecho. A la carrera, los hematólogos empezaron un tratamiento con quimioterapia muy agresiva, de perdidos al río. Pero ya no fue posible. Su estómago estaba destrozado y vimos, por primera vez, metástasis en el hígado. Alea jacta erat.

Y uno se pregunta luego una y otra vez qué podíamos haber hecho que no hiciésemos. Y se te ocurren barbaridades nacidas desde la frustración más absoluta: que tendríamos que haberla operado antes por tercera vez, o que hubiéramos iniciado tratamiento quimioterápico aún sin diagnóstico certero de linfoma, o que... qué sé yo. Eso desde el punto de vista médico-científico. Desde el punto de vista humano no tengo la más mínima queja de nuestro comportamiento con ella y con su marido. Todo fueron atenciones, mimos, consejos, información al detalle cada día haciendo partícipe al esposo de nuestras dudas y cuitas, y siendo él mismo consciente y testigo de nuestras dificultades y problemas en el manejo de su mujer, una mujer, como digo, única. Muchos días, muchos, casi todos, al terminar mi consulta subía a planta a ver a Yolanda. Yo sabía que solo con verme se le cambiaba la cara. Y solía canturrearle esa canción antigua de Luis Eduardo Aute que dice: Yolanda, Yolaandaaa... Eternamenteee Yolanda.

Yolanda querida: nunca olvidaré tus manos finas y cariñosas ni tu mirada azul esperanza.

Otras muescas...

Matilde fue la primera paciente de Valme cuyo diagnóstico y manejo se me resistieron largamente. 
Yo tenía entonces treinta y tres años, me encontraba pletórico de ganas, de energía, de autoestima profesional. Mis historias clínicas y mis diagnósticos producían admiración no sólo entre los miembros de mi servicio sino en todo el hospital. Un peldaño por debajo de Nicolás Peña, número uno indiscutible, me consideraba el médico más intuitivo y talentoso de Valme. Dicho sea con toda franqueza y humildad. Y me rebelaba contra la enfermedad de Matilde que se me escabullía una y otra vez.
Matilde era una mujer de unos cincuenta años por entonces, jovial, dicharachera y picante en cuya cara y ojos tan expresivos quedaban aún rescoldos de una belleza gitana muy sensual. Era viuda -su marido había muerto años antes de un cáncer de hígado- y tenía dos hijas y un varón.
Su enfermedad estaba siendo un auténtico rompecabezas para todo médico que se le acercara. Había visitado ya a otros internistas del Virgen del Rocío, del Macarena y a otros privados. No había diagnóstico. A lo más que se había llegado era a que tuviese una enfermedad auto inmune llamada síndrome seco. Pero eso no explicaba todo el complejo sintomático que ella presentaba. Necesariamente debería haber algo más que se nos ocultaba. Por aquellos tiempos todo lo raro acababa cayendo en mis manos. Y así fue con Matilde. Descubrí que tenía lo que entonces se denominaba una hepatitis crónica activa, posiblemente autoinmune, hepatitis lupoide (el virus de la hepatitis C, que era el suyo, no se descubriría hasta dos años más tarde, en 1988). Una vez que los clínicos, pasados varios años, nos familiarizamos con las distintas patologías que podía producir el dichoso virus de la hepatitis C pude terminar felizmente el diagnóstico definitivo: una infección crónica por el virus C que, además de hepatitis, se complicaba con una vasculitis crioglobulinémica afectando a la piel y a los riñones. Hasta hace muy poco, este síndrome era muy penoso de tratar.
Mi relación con Matilde se prolongó al menos diez años, éramos casi familia, sus hijos me trataban con total camaradería. Pero el curso de su enfermedad tan inexorable como impío nos iba agotando a todos. No había tratamiento eficaz. Empleaba corticoides e Interferón, lo protocolizado entonces. Desarrolló muchos efectos secundarios del Interferón, todos los posibles, de manera que fue necesario interrumpir el tratamiento en muchas ocasiones. Cogió una depresión de caballo y presentó crisis epilépticas. Las largas temporadas sin tratamiento le activaban la enfermedad en los riñones y en la piel...Volvíamos al Interferón... regresaban las complicaciones... Un sin vivir. Hasta que finalmente, hastiada ella misma de enfermedad y de hospital, le convino una hemorragia cerebral que resultó fatal.

Pobre vida y mala muerte la de Matilde. Para que veáis cómo son las cosas: años más tarde de su muerte he tenido a otra paciente, Rosa S.D., con la misma enfermedad. Durante mucho tiempo, Rosa rechazó el tratamiento por miedo a los efectos secundarios. Y la enfermedad fue progresando, en este caso, con afectación del sistema nervioso central, de manera que se estaba quedando paralítica, parecido a la esclerosis múltiple. Para Rosa y para tantas otras personas el descubrimiento del nuevo antiviral contra el virus C ha supuesto la salvación que a Matilde se le negó. Rosa está curada. Algo milagroso.
La ciencia, que avanza una barbaridad, tardó dos siglos en controlar la Tuberculosis. Y sólo treinta años en erradicar al hijoputa del virus C de la hepatitis. ¡Viva la Ciencia!



Luego vino Jerónimo Lozano, aquel hombre bondadoso y valiente cuya enfermedad evasiva y mortal os describí en el capítulo de "Arma virumque cano". Y luego Dolores Sánchez, una mujer a quien resucitamos de una parada cardíaca para que luego siguiera una vida de sufrimiento propio y de sus cercanos por mor de una enfermedad intratable. Y Rosario, una verdadera pena, una chica de apenas 19 años, guapísima, monísima, que tiene una enfermedad genética pero muy benigna. Y sin embargo, ella se empeña en seguir mala y mala, todos los días mala, sin que ni otros compañeros ni yo le encontremos nada. Es muy posible que tenga fibromialgia, esa enfermedad penosa y puñetera que fastidia tanto a algunas mujeres jóvenes y que tanto rechazo produce en el cuerpo médico, no se bien por qué.

Y luego, ya a lo último, Yolanda... eternamente Yolanda.

martes, 19 de julio de 2016

Algunas muescas en mi revólver

Es un hecho contrastado que la edad -la mucha edad- invita a fantasear con la historia propia. Normalmente, en positivo. La gente provecta gusta de contar triunfos, vamos, las famosas batallitas de la mili que todavía repite mi padre como si fuese la primera vez que nos las cuenta. Y los médicos no sólo no somos una excepción al respecto sino que probablemente seamos de los principales exponentes de tal costumbre. He tenido de pacientes a varios médicos ya mayorcitos que en cada visita nos amenizaban la consulta a mis estudiantes y a mí con sus historias de magia médica. Don Manuel Quintana, pediatra de toda la vida de la gente de Peñarroya, nos impresionaba a su hijo Paco y a mí, ávidos aprendices de tercero de medicina, todo el tiempo que hiciese falta con relatos épicos de niños salvados in extremis y otras heroicidades como requisito previo e insoslayable antes de soltarle a su hijo único y consentido la sustanciosa paga mensual, de la que yo -dicho sea en su desagravio- también me beneficiaba. Ni siquiera el gran don Ricardo López Laguna, mi primer gran maestro médico, podía sustraerse al poder de la autofantasía y la autoafirmación. Debe ser, pues, cosa de humana natura.

No debo ser yo viejo del todo aún, puesto que las "batallas" que se me vienen ahora a la memoria de una manera espontánea no son las bonitas ni las triunfales, que haberlas las ha habido, sino aquéllas otras malogradas. Es curioso. Me retiro del ruedo médico satisfecho con la labor realizada a lo largo de treinta y siete años muy productivos. He sabido, creo, manejar el capote para disuadir, la muleta para orientar y el estoque para convencer. Con una sabiduría muy particular, la mía. Mi parte, mi misión, la tengo por bien cumplida. La mayor parte de las veces mi revólver ha disparado con acierto abatiendo el dolor, el sufrimiento, la angustia y la incertidumbre de muchas personas. Ese don me acompañará hasta la tumba. Sin embargo, ahora, en esta transición larga a la jubilación, se me hacen muy presentes las muescas que veo en mi revólver por cada paciente en quien no supe o no pude conseguir el objetivo deseado, por cada uno de los enfermos que se me torcieron, por cada bala que se perdió fallida... Y os traigo a colación sólo aquellas muescas más significativas. No se trata de pacientes que acabaran falleciendo. La muerte natural por enfermedad avanzada o incurable es algo totalmente asumido por mí. No; se trata de enfermos a quienes, independientemente del desenlace final -algunos siguen vivos-, no he sabido darles con la tecla, no he podido diagnosticarlos adecuadamente o tratarlos con acierto. Y por ello han sufrido más de la cuenta. O han muerto antes de que les tocara.

Algunos pocos casos malogrados en toda una vida profesional no es ná, diréis algunos. Bueno, se agradece. Pero seguro que son más. Nuestro cerebro posee una habilidad protectora de nuestra autoestima para silenciar, esconder o justificar aquello que considera de difícil digestión. Pero aún siendo "solamente" ésos, siguen pareciéndome muchos. Se trata de vidas truncadas, de familias desgraciadas, de personas desheredadas de la fortuna, en las que yo he sido parte activa de su infortunio. Es inevitable, va en el oficio, ya lo sé; todo médico esconde más de un muerto en el armario de su conciencia. Todo eso es verdad. Pero pesa.






No puedo recordar su nombre. Era un hombre de mediana edad, congestivo y triponcete. Entra en mi consulta de urgencias en una camilla de ruedas empujada por un celador. Son las cuatro de la mañana. El hombre viene asfixiado vivo; Lucy, una enfermera lucentina la mar de despabilá, la que más trucos médicos nos enseñaba a los residentes primerizos, ya le tiene puestas las gafas nasales con oxígeno y le está cogiendo una vía venosa. Rápido, José Maria, me espeta, este hombre viene en edema agudo de pulmón, quizás deberías llamar a la UCI. Uno, residente de segundo año que ya se ha ganado una cierta vitola de médico resolutivo y eficaz, se resiste a pedir ayuda tan pronto. Para más inri, acababa de enviar a la UCI, minutos antes, a una chica joven con una meningitis de las graves, de ésas que cubren el cuerpo de moratones en nada de tiempo. Y no deseaba importunar otra vez, tan seguido, a Paco Dios, el intensivista de guardia. La chica se salvó, en parte por mi perspicacia clínica y haber iniciado de inmediato la administración de antibióticos. Pero este hombre las pasó canutas, quizás por mi demora en la petición de auxilio. A pesar del oxígeno, la morfina, el Seguril a chorros y la Nitroglicerina en perfusión, el paciente no mejoraba. Se nos moría en la consulta. Llamé entonces, urgente, al cardiólogo de guardia, a la sazón Suárez de Lezo. Éste, totalmente solícito conmigo, se encargó de meter al paciente en la UCI. Luego, vino a verme Paco Dios, a decirme que ambos pacientes, la chica y el hombre, iban evolucionando bien, y que en adelante no tuviera ningún reparo en pedir ayuda aunque fuera de madrugada y tan seguido, que las guardias son así, que las hay que no das palo al agua, y otras en que no paras.
Este caso me enseñó muchísimo. Hasta entonces yo me creía autosuficiente para resolver todo lo que cayera en mis manos. Comprendí de sopetón que la seguridad del paciente está por encima de mi pedantería o de mi bienquedar. Aprendí a aprender los consejos de las enfermeras viejas -no necesariamente de edad, sino de experiencia-, cosa a la que todavía hoy se siguen resistiendo los residentes de primer año, serán tontos! Y me empapé de la sabiduria reposada de aquellos médicos del Reina Sofía de los años ochenta.




Tampoco puedo recordar el nombre de este otro hombre de Alcaracejos que acudió por su propio pie a las Urgencias recién estrenadas del hospital de Pozoblanco para morir al poco rato. Uno de estos casos desgraciados que te impactan para toda la vida.
Hablamos del verano de 1985. Mi Meli aún no había cumplido un añito. Desde abril de ese mismo año un grupo compuesto por ocho médicos especialistas recién terminados y otras tantas enfermeras del Reina Sofía fue destinado a Pozoblanco con el objetivo de poner en marcha el hospital y que estuviera en pleno funcionamiento antes de las fiestas de septiembre, no fuera a repetirse lo de Paquirri un año antes. Aquello era una verdadera familia. El Director, mi amigo y compañero Laín; la Directora de enfermería... ¡la Peque! Hacíamos todos de todo, desembalamos mobiliario, habilitamos las consultas, transportábamos camas y enseres de habitaciones, ayudábamos a los carpinteros, fontaneros y electricistas... Como aún no había enfermos nuestra misión consistía en ayudar en todo lo que hiciese falta y en orientar en los aspectos decorativos y funcionales de consultas, Urgencias y plantas de hospitalización. Comíamos todos juntos en la fonda Damián, y, aunque teníamos pisos o apartamentos alquilados, en más de una ocasión nos quedábamos a dormir en el hospital. Unos meses maravillosos. Con treinta años uno puede con todo.
Por junio se abrieron las consultas externas y las Urgencias. Al segundo día de la apertura me tocó guardia. Para ser mi primera guardia resultó la mar de movida. Por la mañana vino un hombre con una hemorragia digestiva alta en muy malas condiciones. Antonio Naranjo, especialista de Digestivo, acudió enseguida a mi llamada, le hizo una endoscopia, le quemó cuanto pudo de sitios que sangraban en el estómago, y lo derivamos en ambulancia al Reina Sofía para que lo operaran. Nos enteramos luego de que todo fue bien.
El hombre del que os hablo llegaría sobre las cinco de la tarde. Entró en la sala por su pie, como perico por su casa. Aportaba un EKG y venía diciendo algo así como que me manda mi médico porque llevo tres o cuatro días con un dolor en el pecho, algo de destemplanza y tos. Me ha hecho este EKG y quiere que lo veáis. Veo el electro y me parece claramente una pericarditis aguda. José Miguel Laín, que aún andaba por allí, lo corroboró conmigo. Exploré al paciente y no encontrando nada que me llamase la atención lo derivé a la sala de rayos con un celador para que le hiciesen una RX de tórax. Estando en dicha sala desarrolló una parada cardíaca y se murió, el tío. Traído en volandas hasta las Urgencias, José Miguel, el personal de enfermería y yo nos empleamos hasta quedar exhaustos en las tareas de reanimación. No fue posible. Nuestra desesperación fue aún mayor porque tardamos más de lo debido en poner en marcha un desfibrilador nuevo, llegado el día de antes, cuyo funcionamiento aún desconocíamos. Fue un mazazo terrible. Segundo día de Urgencias y un muerto. Lo más probable sería que el paciente hubiese tenido un infarto de miocardio. En ocasiones es difícil distinguir en el EKG una cosa de otra. Otras veces, aún, se puede producir una pericarditis post infarto (se denomina síndrome de Dressler), o incluso, más raro, un derrame pericárdico por rotura del ventrículo.
Aunque impresionados por cómo ocurrió todo, este caso no hizo mella en nuestra estima profesional. Éramos conscientes de que en cualquier otro sitio en que hubiese sido atendido el desenlace hubiese sido idéntico. La familia así lo entendió e incluso nos expresó su agradecimiento por ver nuestro empeño y por considerar que al menos el paciente había muerto bien atendido. Si hubiesen decidido tirar para Córdoba hubiese muerto en el camino. Esa idea les consolaba algo.


Lo dejo aquí para no cansaros mucho. Seguiré más adelante con las otras muescas.