A lo largo de mi vida he admirado a muchas personas: mis padres, maestros de escuela, curas del seminario, profesores de facultad, compañeros de trabajo... Personas mayores que yo, no sólo en edad sino, sobre todo, en sabiduría y bondad. Muchas. He tenido la suerte de, en algún momento, en algún periodo de mi vida, cruzarme con ellas y haber aprendido algo o mucho de lo que llevaban dentro de sí. No tengo conciencia de haber padecido de malas influencias. Es mi verdad. No es que todo el mundo sea santo, no. También he conocido a gente indeseable. Había curas en el seminario que ejercían una crueldad psicológica deleznable con chaveas indefensos; he tenido algún profesor borracho, indigno o sobrado en soberbia; compañeros de profesión que no han estado a la altura de nuestro sagrado oficio... Pero, como digo, no han influido para nada en mi forma de ser, gente que simplemente ha pasado por mi vera. Supongo que ha de tratarse de una suerte de característica innata, como si uno fuese portador, sin saberlo, de un material que se siente imantado solamente por gente de buena condición. A la vista está que todos mis amigos son buena gente, espero que sepáis perdonar mi inmodestia.
El pasado 24 de diciembre, día de Nochebuena, cogí mi coche y salí para Benamejí, más que nada por quitarme de enmedio de la casa de mi suegra donde todo eran agobios, prisas y cosas por medio... cuñadas, cuñados y sobrinos sin caber en una cocina atestada de gente, cada cual afanado en la preparación de la última delicatesem para la gran noche que se nos avecinaba. Mi excusa fue que iba a por el postre a una famosa pastelería del pueblo de al lado. Serían las once de una mañana fresquita y soleada. La gélida madrugada había sembrado sobre las tierras calmas un manto de escarcha que ahora se pensaba si derretirse ante un sol espléndido. Iba contento. Y me acordé de que Jaime estaba en Lucena con sus hijos y su nieta (la linda Koki), y sobre la marcha cambié de planes. En el Tejar me orillé en una cuneta y lo llamé al móvil. Le propuse, así de sopetón, que nos encontráramos en un punto intermedio, en Encinas Reales. "¿Y eso?" -me contestó con lógica extrañeza. Y le expliqué que se me había ocurrido que era ésta una ocasión inmejorable para ir juntos a visitar a nuestro querido Antonio Prieto, confinado en sus últimos años en su pueblo natal al cuidado de su sobrina. Jaime no pudo. Al día siguiente salía de viaje con toda su familia y se encontraba con los preparativos. De manera que decidí ir yo solo. No quería que me sucediera lo de don Eduardo o lo de don Moisés, curas de los Ángeles que se murieron sin ocasión de despedirme de ellos.
Cosas de la Providencia, aparqué, sin saberlo, justo en su puerta. Pregunté a un parroquiano por don Antonio Prieto y me soltó un espontáneo "pero hombre de Dios, ahí enfrente lo tiene usted". Pulsé un timbre y de inmediato la puerta se abrió. Por el telefonillo oí una voz femenina: "Si viene usted a visitar a mi tío, suba por favor, está en el salón". Me sonó aquello como si don Antonio fuese una especie de santón del lugar a quien visitan a diario gentes de todo pelaje en busca de algún remedio salvador. Con cautela de jubilado subí despacio las empinadas escaleras que daban al salón. A la derecha quedaba la cocina. Su sobrina me esperó: "¿Viene usted por algo en concreto?" Durante unos segundos me quedé extrañado de la pregunta. "No, no. Vengo solo por verlo; yo he sido un alumno suyo en el seminario..."
Estuve unas dos horas con él que se me pasaron en un vuelo. Lo sé porque llegué a casa de mi suegra a la hora de comer, sobre las dos y media de la tarde. Y me emocioné mucho. Mucho. Al despedirme su sobrina, lo notó: "¿Ha pasado algo?" "No, ¡qué va! Es que me he emocionado un poco". "¿Dice usted que es de Palenciana?" "Sí, así es, soy de Palenciana". "¿Y estuvo usted en san Telmo también?" "Claro, estuve dos años". "El caso es que ahora que lo miro bien, su cara me suena. Yo vivía allí con él y con mi tía cuando se mudaron a los pisos. Y estudié magisterio. Soy del curso del Palanco, de Paqui, de Pilar y de María Jesús". "Hay que ver... El mundo es un pañuelo. No, yo era de un curso superior, pero lo dejé en el primer trimestre y ya me fui a Córdoba". Ya en la calle volví a llamar a Jaime para contarle mis emociones.
Estaba sentado en una mesa camilla al calorcito de un calefactor de aceite, de éstos modernos. La misma estampa de antaño: un hombre alto y enjuto; la postura de sentado le favorecía al disimular su altura encorvada; un cabello escaso y ralo junto con muchas manchas de la edad adornan su cabeza espigada. El mismo genio de siempre. Al verme entrar, sin conocerme aún, hizo el espontáneo ademán de levantarse para saludar, pero enseguida desistió al comprobar que no podía. Enfrente suya, la pequeña televisión plana estaba dando una misa desde no sé dónde. "Como no puedo ir a misa... El cura del pueblo es mu apañao y me trae la comunión todos los días". "Como el viático de antes" -le digo. "No, hombre, el viático era para los que estaban a punto de cascar". Y suelta una risotada mientras aguza su mirada intentando reconocerme. Enseguida se nota que no ha perdido un ápice de su sentido del humor. Me invita a sentarme a su lado.
-No insistas, Antonio; no me reconoces, ya está.
-Así al pronto, la verdad es que no. ¿Quién eres?
-Te voy a dar pistas, a ver si lo averiguas.
-Venga.
-Soy de Palenciana, y en el seminario me decían el Fili.
-¡Ya está, el médico!
-Ja, ja, ja, qué pronto, ¿eh? -Y me hizo volver a levantarme para que le diera un abrazo.
Antes que nada le pregunté por su hermana, su fiel escudera durante toda una vida; otra forma de sacerdocio. "Ah, mi hermana -se pone algo triste-, mi buena compañera, ¡qué mujer más buena y competente... Y mandona -esboza una sonrisa-. Murió hace cuatro años -y se queda pensativo-, la echo mucho de menos". Por sacarle de su ensimismamiento le hablé de la Peque pero no se acordaba. La primera vez que don Antonio vio a la que luego sería mi novia debió ser en diciembre del 72 con motivo de la boda de mi hermana Josefa. Y me dijo como en secreto que la veía "mu poca cosa pa tí". Y yo le contesté algo despechado "Qué entenderá usted de mujeres". "Más que tú, más de lo que te imaginas"-me respondió el gachó. En cambio, sí que se acordaba de Jaime, de Salva, del Luna, de Agustín, de Luis Enrique, de Pedro Soldado... Sobre todo de Pedro, claro está.
-José María -me dice en uno de sus muchos soliloquios- con la ilusión con la que nosotros intentamos formaros como curas comprometidos con el evangelio y con la gente... Y creemos que lo conseguimos. Y estábamos orgullosos de nuestra labor por entender que algo estaba cambiando en el sentir de la Iglesia... Y sin embargo, ahora... Estamos de nuevo en las antípodas. Nos estamos quedando sin gente -se lamenta-. ¿Qué será de la Iglesia de Córdoba cuando muera gente como Luis Briones? Mira éstos -y me enseña una revista eclesiástica cordobesa donde aparecen las fotografías de algunos sacerdotes afamados-. Tan ufanos de ser nombrados para un cargo honorífico...
Este hombre no ha perdido nada de su eterna y nítida lucidez. Ni de su hilaridad, como digo. En un momento determinado sacó del bolsillo de su bata su bolsa de medicamentos.
-Voy a aprovecharme de ti, que no sé cuándo te volveré a ver. Infórmame sobre estas medicinas -y extendió sobre la mesa los respectivos cartones.
Luego, para demostrarme su estado de forma alardeó, como un escolar con la lección aprendida delante de su padre, de su memoria. Me fue contando uno por uno los nombres de todos los papas y de todos los obispos de Córdoba que él ha conocido. Y en cada uno, su pequeña anécdota propia o ajena, escuchada de otros. Y me contó historias variadas y jocosas de su vida como párroco en Peñarroya y en doña Mencía. El natural chocheo. Demasiado bien para lo mal que lo ha tratado su cuerpo: ha tenido un ictus que lo ha dejado medio paralítico. Y un tumor de próstata.
-Antonio, digo yo, como médico, que los curas no deberían de padecer de tumores en la próstata.
-¡Y eso?
-Hombre, porque esos tumores se generan por culpa de una vida sexual intensa.
-¿Y tú qué sabes de la vida secreta de los curas? -Y larga otra gran risotada. ¡Desde luego!...
Don Antonio Prieto fue uno de nuestros formadores en san Telmo. Yo sólo estuve dos años con él. Dos años intensos desde el punto de vista intelectual y emocional. Quizás los más intensos de mi vida. Desde luego, los más decisivos. Por entonces, los últimos de mi curso, en san Telmo, nos debatíamos sobre nuestro futuro. Pocos, quizás sólo Pedro, teníamos claro por dónde tirar. Después de nueve o diez años de seminario, toda la adolescencia y primera juventud, estábamos llegando a un punto sin retorno. La disyuntiva consistía en retroceder o huir hacia adelante. Y ambas alternativas se nos presentaban como muros infranqueables. Recuerdo que muchas de aquellas noches en mi cama de los "Pajaritos" me dormía deseando despertar y que hubiesen pasado dos años en una sola noche, por ver qué había sido de mi vida. Como no queriendo asumir el paso decisivo, que otro, que el destino decidiera por mí. Años muy difíciles que sólo pueden entender en su justa dimensión quienes hayan pasado por el mismo trance. ¿Quién sabe si aquéllos que lo padecimos mantenemos tan intensa amistad precisamente por esto, por haber sido sufridores de una causa tan vital y angustiante? Nuestro formadores nos ayudaron a derribar aquel muro. Lejos de barrer para casa, supieron aconsejarnos de la manera más adecuada. A la vista están los resultados. Todos los que fuimos sus pupilos hemos salido hombres de bien. Nuestro agradecimiento es enorme. Antonio, Luis y Pepe. Antonio era un hombre bueno, para nosotros representaba la bondad y la chispa. Luis era el teólogo y el intelectual; representaba el modelo del trabajo y el método. Y Pepe, más joven, era sencillamente un amigo. No hay palabras; sólo sentimientos.
Gracias por siempre y para siempre. Tenéis un cacho de cielo más que merecido.
Estuve unas dos horas con él que se me pasaron en un vuelo. Lo sé porque llegué a casa de mi suegra a la hora de comer, sobre las dos y media de la tarde. Y me emocioné mucho. Mucho. Al despedirme su sobrina, lo notó: "¿Ha pasado algo?" "No, ¡qué va! Es que me he emocionado un poco". "¿Dice usted que es de Palenciana?" "Sí, así es, soy de Palenciana". "¿Y estuvo usted en san Telmo también?" "Claro, estuve dos años". "El caso es que ahora que lo miro bien, su cara me suena. Yo vivía allí con él y con mi tía cuando se mudaron a los pisos. Y estudié magisterio. Soy del curso del Palanco, de Paqui, de Pilar y de María Jesús". "Hay que ver... El mundo es un pañuelo. No, yo era de un curso superior, pero lo dejé en el primer trimestre y ya me fui a Córdoba". Ya en la calle volví a llamar a Jaime para contarle mis emociones.
Estaba sentado en una mesa camilla al calorcito de un calefactor de aceite, de éstos modernos. La misma estampa de antaño: un hombre alto y enjuto; la postura de sentado le favorecía al disimular su altura encorvada; un cabello escaso y ralo junto con muchas manchas de la edad adornan su cabeza espigada. El mismo genio de siempre. Al verme entrar, sin conocerme aún, hizo el espontáneo ademán de levantarse para saludar, pero enseguida desistió al comprobar que no podía. Enfrente suya, la pequeña televisión plana estaba dando una misa desde no sé dónde. "Como no puedo ir a misa... El cura del pueblo es mu apañao y me trae la comunión todos los días". "Como el viático de antes" -le digo. "No, hombre, el viático era para los que estaban a punto de cascar". Y suelta una risotada mientras aguza su mirada intentando reconocerme. Enseguida se nota que no ha perdido un ápice de su sentido del humor. Me invita a sentarme a su lado.
-No insistas, Antonio; no me reconoces, ya está.
-Así al pronto, la verdad es que no. ¿Quién eres?
-Te voy a dar pistas, a ver si lo averiguas.
-Venga.
-Soy de Palenciana, y en el seminario me decían el Fili.
-¡Ya está, el médico!
-Ja, ja, ja, qué pronto, ¿eh? -Y me hizo volver a levantarme para que le diera un abrazo.
Antes que nada le pregunté por su hermana, su fiel escudera durante toda una vida; otra forma de sacerdocio. "Ah, mi hermana -se pone algo triste-, mi buena compañera, ¡qué mujer más buena y competente... Y mandona -esboza una sonrisa-. Murió hace cuatro años -y se queda pensativo-, la echo mucho de menos". Por sacarle de su ensimismamiento le hablé de la Peque pero no se acordaba. La primera vez que don Antonio vio a la que luego sería mi novia debió ser en diciembre del 72 con motivo de la boda de mi hermana Josefa. Y me dijo como en secreto que la veía "mu poca cosa pa tí". Y yo le contesté algo despechado "Qué entenderá usted de mujeres". "Más que tú, más de lo que te imaginas"-me respondió el gachó. En cambio, sí que se acordaba de Jaime, de Salva, del Luna, de Agustín, de Luis Enrique, de Pedro Soldado... Sobre todo de Pedro, claro está.
-José María -me dice en uno de sus muchos soliloquios- con la ilusión con la que nosotros intentamos formaros como curas comprometidos con el evangelio y con la gente... Y creemos que lo conseguimos. Y estábamos orgullosos de nuestra labor por entender que algo estaba cambiando en el sentir de la Iglesia... Y sin embargo, ahora... Estamos de nuevo en las antípodas. Nos estamos quedando sin gente -se lamenta-. ¿Qué será de la Iglesia de Córdoba cuando muera gente como Luis Briones? Mira éstos -y me enseña una revista eclesiástica cordobesa donde aparecen las fotografías de algunos sacerdotes afamados-. Tan ufanos de ser nombrados para un cargo honorífico...
Este hombre no ha perdido nada de su eterna y nítida lucidez. Ni de su hilaridad, como digo. En un momento determinado sacó del bolsillo de su bata su bolsa de medicamentos.
-Voy a aprovecharme de ti, que no sé cuándo te volveré a ver. Infórmame sobre estas medicinas -y extendió sobre la mesa los respectivos cartones.
Luego, para demostrarme su estado de forma alardeó, como un escolar con la lección aprendida delante de su padre, de su memoria. Me fue contando uno por uno los nombres de todos los papas y de todos los obispos de Córdoba que él ha conocido. Y en cada uno, su pequeña anécdota propia o ajena, escuchada de otros. Y me contó historias variadas y jocosas de su vida como párroco en Peñarroya y en doña Mencía. El natural chocheo. Demasiado bien para lo mal que lo ha tratado su cuerpo: ha tenido un ictus que lo ha dejado medio paralítico. Y un tumor de próstata.
-Antonio, digo yo, como médico, que los curas no deberían de padecer de tumores en la próstata.
-¡Y eso?
-Hombre, porque esos tumores se generan por culpa de una vida sexual intensa.
-¿Y tú qué sabes de la vida secreta de los curas? -Y larga otra gran risotada. ¡Desde luego!...
Don Antonio Prieto fue uno de nuestros formadores en san Telmo. Yo sólo estuve dos años con él. Dos años intensos desde el punto de vista intelectual y emocional. Quizás los más intensos de mi vida. Desde luego, los más decisivos. Por entonces, los últimos de mi curso, en san Telmo, nos debatíamos sobre nuestro futuro. Pocos, quizás sólo Pedro, teníamos claro por dónde tirar. Después de nueve o diez años de seminario, toda la adolescencia y primera juventud, estábamos llegando a un punto sin retorno. La disyuntiva consistía en retroceder o huir hacia adelante. Y ambas alternativas se nos presentaban como muros infranqueables. Recuerdo que muchas de aquellas noches en mi cama de los "Pajaritos" me dormía deseando despertar y que hubiesen pasado dos años en una sola noche, por ver qué había sido de mi vida. Como no queriendo asumir el paso decisivo, que otro, que el destino decidiera por mí. Años muy difíciles que sólo pueden entender en su justa dimensión quienes hayan pasado por el mismo trance. ¿Quién sabe si aquéllos que lo padecimos mantenemos tan intensa amistad precisamente por esto, por haber sido sufridores de una causa tan vital y angustiante? Nuestro formadores nos ayudaron a derribar aquel muro. Lejos de barrer para casa, supieron aconsejarnos de la manera más adecuada. A la vista están los resultados. Todos los que fuimos sus pupilos hemos salido hombres de bien. Nuestro agradecimiento es enorme. Antonio, Luis y Pepe. Antonio era un hombre bueno, para nosotros representaba la bondad y la chispa. Luis era el teólogo y el intelectual; representaba el modelo del trabajo y el método. Y Pepe, más joven, era sencillamente un amigo. No hay palabras; sólo sentimientos.
Gracias por siempre y para siempre. Tenéis un cacho de cielo más que merecido.