jueves, 28 de febrero de 2019

Manuel, ¡qué calientes semos!...

Esto que os cuento hoy no es una fantochada ni una historia tergiversada para mi beneficio. Es el evangelio. Es, en suma, la verificación de algo ya conocido: cuanto más viejo, más caliente. Más verde.

Paseando a mis dos perritas -la mía propia y la de mi hija- por el parque, presiento que estos tres jóvenes con carpetas en sus manos me van a abordar para que me suscriba a una ONG muy de moda. Es un lugar común aquí y en cualquier ciudad. Chavales y chavalitas muy presentables acechan en los paseos a los jubiletas de aspecto bondadoso (como es mi caso) para llevarles al huerto. Recuerdo que, viviendo en Sevilla, había mañanas en que me planteaba seriamente no salir a la calle por el agobio moral ejercido por pedigüeños y activistas de oenegés diversas.

Me tranquilizo al comprobar en sus papeles que son gente de Acnur, organización a la que pertenezco desde hace años. Son dos chicos y una chica. Lógicamente, a mí se dirige la chica: una chavala muy linda, morena y menuda.

-Buenas tardes, caballero, ¿me concedería usted un minuto?
-Sí señorita; y hasta dos, si fuera menester -le contesto ya un poco zalamero.
-Muchas gracias. Verá, es que estamos aquí promocionando esta ONG. ¿Conoce usted Acnur?

Como ya sé de qué va la cosa, tengo la respuesta preparadísima. Pero que es verdad, eh. No lo digo para quitarme a la muchacha de encima.
- Mire, señorita: en mi casa, mi hija, mi mujer y yo somos de Acnur desde hace ya varios años. Nos hicimos socios en Sevilla. Y a las perritas no las he inscrito todavía porque no tienen las pobres conocimiento.
-¡Habéis oído? -reclama la joven a sus compañeros-. Mirad qué hombre más saleroso. ¡Toda su familia es de Acnur! 
Y se me queda mirando fijamente con una intensidad que me asusta. Y sigue:
-Le voy a comer toa... -y se queda dos segundos en suspense, y yo, con cara de lelo, anhelando un algo imposible- toa la cara entera se la voy a comer, por grasioso, ea.
-Bueno, guapa, venga, hasta luego - me despido con un poquito de vergüenza.

Y me alejo de ella cavilando cómo es esta gente nueva. De espontánea y natural. Como debe ser. Y no como yo, que enseguida me sale la vena de viejo verde, y me río por dentro pensando que qué desilusión: ¡comerme la cara!...¡Bah! La cara me la come todos los días mi nieto Daniel, y me la llena de mocos. Yo, en mi retorcido y lascivo pensamiento, me regodeo considerando la afortunada a otra parte mínima de mi cuerpo, otrora pepino de cabeza acharolada, y hoy bellota embebida en sebo. En fin, no me hagáis caso, cosas de viejo verde.

sábado, 23 de febrero de 2019

Una proposición disparatada

Bien sabe Dios lo a gusto que me encuentro en mi consolidada condición de jubilado, el mejor de los estados posibles si la salud acompaña. En contra de la opinión de algunos bienintencionados amigos y colegas que sostenían como un error mi jubilación anticipada, yo, sin embargo, presentía entonces lo que hoy es una realidad aplastante: sigo siendo una persona feliz. Eso es lo importante.

Pero..., en fin, cuando por otra parte me entero de una novedad tan sustanciosa como la que me contó anteayer mi amigo Paco Lozano, entonces... joer, entonces sí que echo de menos mi consulta de Valme. Claro, como ya no estoy en activo no puedo relataros  -como era mi costumbre- casos curiosos ni anécdotas divertidas de mis pacientes. Pero hoy no puedo sustraerme de hacer vuestra esta historia que no es mía, que es prestada, acontecimiento único y posiblemente irrepetible en la vida de un médico; historia que conmueve a la compasión y a la ternura, pero también aderezada con su toque de desvergüenza y de simpática locura. Vamos allá.


-Buenos días, ¿da usted su permiso? -Y aparece tras la puerta una paciente nueva, de gesto atrevido, con un cierto aire de frescura y altivez que deja al médico, así de pronto, incapaz de encajarla... 
-Pase, pase. Y tome usted asiento, por favor. 

Es una señora ya mayor, pero rara. Diferente. No sé, por su aspecto, por su atuendo tan juvenil para su edad, por el timbre de su voz, desde luego no es de por aquí, por sus tacones, por sus labios reventones, por su forma de caminar hasta la mesa del médico, por su elegancia natural... En fin, que no está el doctor Grilo acostumbrado a tanta finura.
-¿Es usted Consolación Ramírez? -pregunta Grilo mosqueado y señalando el siguiente nombre en su lista de pacientes del día.
-Ah, perdón, doctor; no, no lo soy. Verá usted, no... Yo no estoy en su lista. La verdad es que no estoy citada. Es que querría hablar con usted de un asunto, he visto que no había nadie en la sala de espera, y me he colado. Disculpe usted.
-Bueno, pues muy bien. Normalmente la gente que acude fuera de lista se espera al final de la consulta, pero bueno, ya está usted aquí. No hay problema. Cuénteme.

Y la señora relata una historia ciertamente curiosa, no es, desde luego, la clase de relato clínico a que estamos acostumbrados: Que resulta que la mujer es francesa, nacida en París, de padres catalanes exiliados, en 1939, pero residente en España desde hace muchos años; que es profesora de piano de cierto renombre, y ha vivido en distintas ciudades de nuestro país; que ha llevado una vida tan ajetreada y laboriosa que apenas ha podido disfrutar de casi nada; que ha viajado mucho por el mundo, sí, que ha tenido múltiples experiencias artísticas y culturales, vale, pero que ni siquiera se ha casado ni le queda ya familia alguna. Y que ahora, retirada a sus ochenta años, ha querido refugiarse en Sevilla, se ha encaprichado, ea. "De Sevilla al cielo", como suele decirse.

En este preciso momento procesal, usted, mi querido  y desocupado lector, acostumbrado a mil y una historias mías de fuerte enjundia clínica, se estará preguntando qué coño tiene que ver esto que cuenta esta señora con un historial médico ni con ninguna entidad clínica conocida, a qué puñetas ha ido esta mujer a molestar al prudente y condescendiente doctor Grilo, que no da abasto, el pobre, a tanto problema de verdad en sus pacientes tan complicados. Eso mismo, exactamente eso, está pensando en estos momentos el buen médico: "¿A dónde querrá ir a para esta mujer tan estrafalaria, pero tan interesante?" Peor aún, lo que pasa por la cabeza juvenil de Inma, la estudiante de sexto curso, sentada al lado de Grilo: "Vaya coñazo de tía petulante".

-Señora -se pone serio Grilo, pero sin perder un ápice de su amabilidad-, abrevie usted por favor que, en fin... tengo un montón de pacientes por ver.

Conocedor de historias inverosímiles y perito contrastado en  casos imposibles, al médico no sólo no le disgusta la pomposidad de esta señora sino que está empezando a picarle el gusanillo de su curiosidad médica. "Verás tú si me va a salir ahora por una enfermedad rara del trópico o por algún alto secreto venéreo, o qué sé yo en mujer de semejantes ínfulas..." Tendríais que conocer a Grilo, un médico total, internista no solo de vocación sino de devoción, profesor severo pero también amigable, y hombre bueno y justo. En su fisionomía se mezclan singularmente nuestras tres culturas ancestrales: barba y sabiduría judías; mirada astuta de bereber, y lo mejor del corazón cristiano. La Guardia Civil de tráfico, sin embargo, solo aprecia en él su pinta de moro, y lo para cada dos por tres en controles de rutina. Y tiene que enseñarles a los agentes, a su pesar, su antiguo carnet de alférez de complemento. "A las órdenes de usted, mi alférez", se cuadran luego, para sonrojo del buen hombre. Ha sido uno de mis maestros, jefe, compañero y amigo. No seáis tan adelantadillos: sí, es mayor que yo, pero no está aún jubilado porque es catedrático.

Y la señora continúa "Pero... mire usted -y por primera vez titubea y duda-, a mis años resulta que me he quedado no solamente soltera... sino también entera" -confiesa con un poco de rubor.

-¿Cómo dice usted, señora? -pregunta un Grilo totalmente incrédulo ante lo que acaba de escuchar.
-Lo que oye, señor: que soy... virgen, vaya. Y vengo a usted para poder remediar eso.

Inma, la estudiante, no puede reprimir un gritito de sorpresa ante tal dislate, y se tapa la boca con sus manos para evitar la carcajada. Al médico de gesto adusto y formal le pueden ahora, sin embargo, su genio y su arte jerezanos.
-Pero bueno, señora, ¡lo que me faltaba!... ¿Y qué quiere usted que yo le diga? ¡Vaya usted a Juanymedio, mujer!
-Comprendo su sorpresa, pero aún no he acabado. Verá usted, me va a tachar de mujer melindres y veleidosa, lo sé. Pero he tomado una determinación firme: no estoy dispuesta a dejar este mundo sin haber experimentado todo eso del sexo.
Inma no puede aguantar más la vergüenza y se excusa en que tiene que ir al baño para abandonar la consulta. Y el pobre médico desearía ahora haberse jubilado mucho ha, cuando yo se lo dije.
-Pero bueno, bueno... Esto será una broma ¿no?, quizás una cámara oculta o algo así ¿verdad?
-Nada de bromas, totalmente en serio. Y le diré más: no voy a tener relaciones con un hombre cualquiera.
-Ah, no? -responde Grilo ya sin saber cómo actuar.
-No. Precisamente para eso he venido a su consulta, doctor. He decidido que me entregaré sólo a un catedrático de medicina. Y soltero, además.
-Pero... pero esto qué es, una encerrona? ¿Por qué acude a mí para esto, si no me conoce de nada?
-He estado mirando en Internet. Usted es el catedrático ideal. Me ha convencido todo de usted, desde su físico, reconozca que no está nada mal para su edad, su curriculum académico y su perfil humano. Lo tengo decidido. Usted va a ser mi hombre.
-Pero, oiga, que yo soy un hombre casado... y muy formal. Con nietos y todo. En fin que yo no me presto a este disparate. 
-Ah, vaya por Dios. Eso cambia las cosas. Lo tenía a usted por mocito viejo, por solterón. En tal caso, le pido disculpas. Pero, si no le es molestia, me gustaría dejarle mi tarjeta. Si más tarde cae usted en la cuenta de algún colega catedrático que sea soltero puede llamarme. Adiós, doctor, que tenga usted un buen día.


Esto no es broma, ocurrió hace dos semanas en la consulta de mi amigo Grilo. Hay en el escrito bastantes licencias e inventos del autor, que soy yo, pero en esencia así fue como sucedió. No voy a regodearme en la ocurrencia tan disparatada de esta señora porque estoy seguro de que padece algún tipo de trastorno de personalidad. Lo escribo, con permiso del doctor Grilo, solo para que toméis conciencia de esa parte oscura y desconocida del mundo de la mente a la que solamente a los médicos nos es dado el derecho de admisión. 

sábado, 2 de febrero de 2019

Médicos sin MIR



Hoy, día del examen MIR, y aprovechando el debate de actualidad sobre la legalidad del trabajo en lo público de médicos sin especialidad, deseo romper una lanza en favor de estos médicos que durante años y de manera edificante han sacado las castañas del fuego a nuestro sistema sanitario público.

A mi amigo Antonio Pintor, médico sin MIR, excelente médico y hombre decente.
A tantos otros médicos rurales que, al igual que Antonio, no pudieron o no quisieron sacar el MIR, pero que con su abnegada dedicación y autoaprendizaje, dispersos y perdidos en las diásporas ingratas de nuestra España profunda, han hecho de sus vidas un ejercicio dignificante del oficio más bonito del mundo: el nuestro.
Para mí, héroes sin nombre.


Peñarroya, una noche cualquiera de octubre de 1979



Antonio y yo estamos acostados en la misma sala, un cuartito con dos medias camas, un aseo y una taquilla, en el piso de arriba. Intentando dormir. No nos desvelan sus ronquidos, no; todavía es un joven enjuto y de sueño placentero. Simplemente, no podemos ni amodorrarnos porque estamos acojonados. Y lo disimulamos cerrando los ojos y haciendo como que dormimos. En el silencio de la penumbra, retumba más de la cuenta un pequeño cuesco de los míos. "¿No te duermes, José María?" "¡Qué va! Me come este saltaero de susto en el estómago". "Pero hombre... si lo llevamos todo muy bien..." "Sí, hasta que nos caiga una urgencia gorda de verdad cualquier noche de estas". En la planta de abajo dormita acurrucado en su sofá nuestro enfermero, Rafael, hombre sabio y curtido, que hace también de chófer con su propio coche. Esta debe ser la cuarta guardia médica que hacemos en este ambulatorio. Desde las ocho de la noche a las ocho de la mañana. Supongo que Antonio lo sabe. Su compañía es un respiro para mí. En teoría yo soy el listillo, el que más sabe de medicina, el primero de nuestra promoción, el titular de la plaza conseguida por oposición hace apenas quince días. Él se viene conmigo para aprender, eso dice, pero a mí me da media vida. En nuestra actual condición de diletantes, la angustia compartida vale mucho más que la última edición del Harrison

Ya en este agosto pasado, estrenando título, se vino con la Peque y conmigo a Villaharta, trayendo consigo a su mujer y a su hija Sonia, y juntos hicimos la sustitución de verano del médico de allí, don Ascisclo. Una experiencia inolvidable. Entre ayuntamiento y parroquia nos proporcionaron un chalet gratuito en las afueras del pueblo. ¡Hasta con piscina y todo! No solo no tuvimos ni un solo percance, sino que realizamos una labor muy digna y hasta alcanzamos cierto renombre en la zona y en Córdoba capital por haber diagnosticado, sin más medios que nuestros sentidos, un caso muy farragoso de fiebre botonosa que se le había pasado por alto a algunos residentes de las urgencias del "Reina Sofía". El sueldo nos lo repartimos a partes iguales, cosa que yo ni me acuerdo, pero que él jamás olvidará en aquel tiempo de tanta precariedad para un médico recién cocido, casado y con una hija pequeña. Sueldo, por lo demás, íntegro y limpio, porque nos mantuvimos las dos familias todo el mes con las "propinas" de los parroquianos.

Pero estamos ahora en la noche de autos. Sobre las dos de la madrugada, dando acaso el primer coscorrón, nos llama Rafael: un aviso muy urgente. El corazón se nos sale por la boca. Como estamos vestidos de calle, solo tenemos que echarnos la bata. "¿Adónde vamos?" -pregunto impostando un falso aplomo. "A un bar -me contesta el enfermero-. Han telefoneado desde allí advirtiéndonos de una pelea con navajas entre un gitano y uno de aquí". Me río ahora, desde la distancia de casi medio siglo, de los jóvenes que buscan adrenalina tirándose desde un puente atados por la cintura. Miseria de hormonas comparado con el aluvión de cortisol y de catecolaminas con que nosotros dos inundamos nuestra sangre y nuestra bilis durante aquel trayecto en coche hasta el bar. Hormonas del miedo, del estrés, de la angustia... "Tranquilidad -nos advierte Rafael, ducho en mil trances-, vosotros dejadme a mí hasta que me haga con la situación". Nadie que no haya pasado por semejante tormenta emocional podrá comprender el sustento espiritual que los practicantes de entonces nos han prestado a los médicos primerizos de la forma más natural. Por su sabiduría casera y por su sencillez.

Llegados al bar, Rafael se abre paso entre los curiosos que merodean por la entrada. Y nosotros, detrás suyo, con nuestros maletines de médicos. En una de las mesas, un hombretón rubiasco, que no alcanza los cuarenta años, yace tendido boca arriba a todo lo largo. A primera vista parece que está vivo porque se le mueve el pecho con la respiración y porque le he visto parpadear. Le habían desabrochado la camisa para hacernos visible la herida. "¿Qué es lo que ha pasado aquí" -inquiere, autoritario, Rafael. Y el dueño del bar aclara los pormenores: Que los cubatas de más han encendido una discusión por un asunto menor entre este paisano nuestro y un gitano muy conocido por aquí y de toda confianza, hasta el punto de haber llegado primero a las manos y luego a las navajas. La peor parte, como podéis ver, se la ha llevado este, con un pinchazo en tó el corazón. "¿Y el gitano?" -pregunta Rafael. "Cuando se dio cuenta del percal, pilló las de Villadiego, pero iba con un ojo medio salido de su cuenca" -responde el tabernero. Como dándome permiso, Rafael se hace a un lado para que yo, el médico de guardia, examine al paciente. Mi primera impresión es que la cosa no está tan mal: al hombre se le ve asustado, es verdad, está temblando, no sé si de frío o de miedo. Balbucea ante mis preguntas para decir que no le duele nada. El pulso es rítmico pero débil. Le tomo la tensión arterial: 100/50. No me parece mal. La piel se mantiene tibia, no está frío ni sudoroso, como sería de esperar con más gravedad. La herida es ridícula a mi modo de ver: debajo de la tetilla izquierda, un agujerito de apenas un centímetro de anchura. Le pido a Rafael que le coja una vía venosa y le coloque un suero fisiológico que lleva en su maletín. Casi sin darme cuenta, pongo voz a mis pensamientos y digo: Vamos a llevarlo al ambulatorio y le damos dos puntos a la herida. Los parroquianos presentes guardan un silencio sepulcral. Tengo la terrible impresión de haber metido la pata. En esto que, al instante, Rafael me susurra como sin darle importancia: Déjate de puntos; a Córdoba rápido. ¡Ya! Y sin más, ordené el traslado urgente al hospital. Algunos amigos del paciente, presentes en el bar, lo trasladan en un coche particular. Pasadas unas dos horas, telefoneé desde el ambulatorio a las Urgencias del Reina Sofía: el paciente había fallecido a la entrada en Córdoba. Llegó muerto al hospital.

Rafael, verdadero artista de lo empático y nuestro maestro en aquellos primeros días, nos tranquilizó asegurándonos que ese hombre no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir; que la herida que yo consideré como insignificante por lo reducido de su orificio debía de ser lo suficientemente profunda para llegar hasta el corazón; en fin, que siendo unos novatos comprendía nuestro pavor, y que sentía mucho que tan pronto hubiésemos tenido este baño de cruda realidad, pero que esto es lo que tiene esta profesión, y que no nos queda otra que apechugar. ¡Qué hombre más sabio! Para mí, este acontecimiento supuso la primera de las tantas curas de humildad que me he tragado a lo largo de mi vida de médico.

La especial situación familiar de Antonio no le permitió prepararse ni presentarse al MIR. Tenía que trabajar. En los meses siguientes, él se hizo cargo de mis guardias en Peñarroya, total, peor ya no iba a ser. Y yo me preparé y me presenté al MIR. Trabajó luego en Pozoblanco como ayudante de Pepe Osuna, hasta que obtuvo una plaza de APD en Conquista. Por mi parte, yo saqué el MIR y realicé, como sabéis, la especialidad de Medicina Interna en el hospital "Reina Sofía" de Córdoba.

Con la serenidad que proporciona la distancia temporal y emotiva, uno se plantea cómo se manejaría hoy una situación similar a la vivida por nosotros hace cuarenta años. En primer lugar, seríamos Antonio y yo especialistas en Urgencias o en Medicina Familiar y Comunitaria. Pero este hecho, la verdad, no me parece tan relevante para la evolución del paciente en este caso concreto de gravedad extrema. Hubiese servido, sí, para minimizar nuestra angustia y darnos mucha más seguridad en lo que hacer. De todas formas, es consustancial con el oficio médico padecer inseguridad, angustia y abatimiento en todo momento, pero sobre todo en los inicios de tan singular profesión, sean estos en el pueblo o en el hospital más puntero. El mismo miedo de esa noche en Peñarroya, si no más, pasé siendo R1 en "Reina Sofía", un año después, ante mi primer caso de sepsis meningocócica en una jovencita de quince años que se salvó porque mi ángel de la guarda de esa noche, Paco Dios, intensivista de desbordante humanidad, acudió en mi auxilio. Más abatimiento aún me produjo la muerte injusta de Yolanda, una paciente mía en la flor de su madurez, por mor de un linfoma que jugó conmigo al escondite durante unos amargos seis meses hasta que se salió con la suya. Y ya no era residente, sino un médico bien bragado y experimentado. A fin de cuentas, un navajazo en el corazón era, y es, una sentencia de muerte; no así un linfoma. Hoy, a las dos de la madrugada, no funcionaría el helicóptero, pero dispondríamos de una ambulancia medicalizada que transportaría al paciente debidamente atendido, con suero a chorro, oxígeno a toda mecha y personal sanitario a bordo para las maniobras de resucitación si fuesen precisas. En aquel tiempo usábamos nuestros coches particulares para esos menesteres. Con mucha mejor carretera, en una hora hubiésemos alcanzado el hospital, y quién sabe, si llegado a tiempo para una intervención quirúrgica sobre la marcha ante un corazón roto. En definitiva, está claro que hoy aquel paciente desgraciado hubiese tenido una oportunidad. Y no tanto, en este caso, por los avances de la ciencia médica, que bueno, que también, cuanto por los logros en las infraestructuras sanitarias y estructurales.

Quedad con Dios.

lunes, 21 de enero de 2019

Ir de compras

Lo reconozco: me mata ir de compras. En las únicas tiendas que entro gustoso es en las confiterías. Aunque no compre nada, sólo por ver y oler. Soy así de goloso, ea. Al Ikea y al Leroy Merlín van ellas solas, la Peque y mi hija. A mí me dejan con los nietos, y atento al móvil a ver cuántas pitadas de alerta me envía por cada tarjetazo superior a 50 euros. Más nervios que cuando escuchábamos en el transistor la cantinela de los goles en el carrusel deportivo de José María García. Pero ir de compras, lo que se dice ir con tu señora a por pantalones, que es que los que te pones son del siglo pasado y ya están raídos de viejos, o a por camisas nuevas, que las viejas tienen los cuellos desollados... No. Que no, que no me gusta. Todavía, las chaquetas, los saquitos o las cazadoras tienen un pase porque me las pruebo encima de mi ropa, a la vista de todo el mundo, ¡pero los pantalones!... Lo de meterme enjaulado en un probador de cortinita me supera. Para empezar, es que yo no quepo en un habitáculo de un metro cuadrado, necesito amplitud, le doy codazos a las paredes, se me sale el culo por la cortinilla... Y luego, que por mi rigidez natural heredada de mi madre y acrecentada por mi artrosis y por mi prótesis no me agacho lo suficiente para desabrocharme los zapatos, y cuando al fin lo consigo tropezando con todo no encuentro dónde colgar los calzones, y los dejo por el suelo hechos un guiñapo. Sudores me entran y todo. Y por si faltara algo, la censura de la Peque: "No, estos no, que tienen el tiro mu largo". Cada muda, un suplicio. "No, esos menos todavía, joer, es que tienes un cuerpo mu dificultoso". Vaya por Dios, vamos a por otros. "No, estos tampoco, que se te meten por el culo y te pareces al cura Gálvez" (Paco, no eres tú, es un cura que hubo en Palenciana hace años, y que gustaba de subirse mucho los pantalones). Unas veces me parezco a ese cura, otras, a Julián Muñoz. En fin... Un sinvivir, vaya.

Con la edad, uno va añorando cosas de antaño, de cuando éramos niños: los borrachuelos de miel de mi abuela, las magdalenas panzonas que rebosaban por fuera del molde de papel, el hoyo de aceite con la onza de chocolate, las rebanadas de pan fritas en el molino... y probarse los pantalones en la propia casa. Mi madre iba a la Tienda Nueva, se traía varios pantalones o camisas o cualquier otra prenda para mi padre o para mí, y nos las probábamos sin prisa y sin agobios. Y luego mi madre devolvía lo desechado. Mira tú qué requetebién. Eso es una de las cosas que yo tanto echo en falta ahora.

Y para colmo de males, no puedo comprar pantalones por internet, como hacen ellas, porque con mi cuerpo tan dificultoso de cintura para abajo necesito probármelos antes. De manera que nada, condenado al probador para siempre. Menos mal que es una vez cada diez años. Más o menos. Pero lo malo es que creo que ya toca.

lunes, 14 de enero de 2019

¡Que Dios te lo pague!

Ocurrió ayer mismo, en la mañana más gélida de lo que llevamos de enero. En el velatorio de su marido de cuerpo presente, en su casa y rodeada de todos los dolientes, la recién viuda me obsequió con un agradecimiento antiguo, de cuando éramos niños. Llorosa y compungida se levantó de su silla, y según yo la consolaba con sendos besos en sus mejillas me soltó un "Que Dios te lo pague" que me reconfortó el estómago mejor que lo hubiera hecho un caldito caliente de la olla, vaya. No sé, de esas cosas que sin saber uno bien por qué te ponen en paz con el mundo.

"Que Dios se lo pague", "Quedad con Dios", "A la paz de Dios"... fueron expresiones muy populares de gratitud, despedida o saludo que en nuestros años mozos escuchábamos decir a nuestros padres y abuelos, y me temo que, como tantas otras, van camino del cementerio de las palabras caídas en desuso. Lástima. Y me alegra toparme con ellas en boca de las personas mayores de los pueblos chicos. A mi modo de ver, los pueblos pequeños deberían ser los santuarios de estas expresiones inmortales, los museos vivientes de un tiempo tan fructífero que, sin embargo, se nos va sin premio. Y creo también que somos los abuelos de ahora, junto con los maestros de escuela, quienes tenemos la responsabilidad de preservar y prolongar este acervo espiritual del lenguaje antiguo, tan rico y expresivo.

Porque más allá de las connotaciones religiosas, y superadas las barreras de un laicismo exagerado, el "Que Dios se lo pague" es mucho más y dice mucho más que un soso y frío "Muchas gracias", ¿dónde va a a parar?

Para mí, ese "Que Dios te lo pague" de esta mujer en su estreno de viuda, encierra un montón de cosas: es una manera de desearte que tengas suerte en la vida, que la sigas teniendo; que disfrutes de tu jubilación junto a la Peque; que veas crecer felices a tus nietos hasta que lleguen a la universidad por lo menos; que mantengas la unidad y la armonía entre tu familia, tan prolija, de hermanos y sobrinos; que te esmeres en el cuidado de tus amigos como hasta ahora; que seas un hombre justo y decente, manque te hayas convertido en un podemita descreído habiendo sido seminarista y todo; y que, aunque vayamos ahora quintos en la Liga, nuestro Real Madrid será otra vez este año campeón de Europa. Todo eso. A ver si un "Muchas gracias" puede igualarlo.

En fin amigos: quedad con Dios, y hasta otra.

martes, 9 de octubre de 2018

Momentos hospitalarios

Ha habido en esta mi última estancia hospitalaria, tan breve, vivencias muy curiosas, casi sublimes, diría yo. Momentos que dignifican y ensalzan las dificultades, pero también las excelencias, de una convivencia tan estrecha entre desconocidos en un sitio tan especial y reducido como es la habitación de un hospital, y en un tiempo tan concreto y recortado. 

No pretendo aplaudir con esta reflexión la circunstancia actual de dormir seis personas -tres enfermos y tres familiares- en un mismo habitáculo sin ninguna intimidad y con todas las inconveniencias conocidas, claro que no; más que nada porque el sistema andaluz de salud dispone de recursos suficientes -y si no es así que escarbe- para procurar la confortabilidad e intimidad mínimas exigibles con habitaciones individuales dignas. No; realmente es una aberración que la mayor parte de nuestros hospitales públicos mantengan aún habitaciones de dos y de tres camas. Pero bueno, eso es lo que la Peque y yo nos encontramos en Granada: una atención técnica y humana de total enjundia, y unas infraestructuras hosteleras manifiestamente mejorables.

El primer momento de choque se produce nada más meterme en mi cama. Son las siete y media de la tarde, y en Granada el sol debe andar escondiéndose entre las alamedas de la vega. Y ya se sabe, con la oscuridad yo me recojo. La mujer medio ciega de Juan se despide y la Peque, como dije, la acompaña hasta el autobús para que no se pierda en el ascensor y por los pasillos. Algo se le ha olvidado porque vuelven enseguida. Hurga a tientas en la mesita de noche y recoge lo que fuere. Entonces, Juan, su marido, se pone hecho un basilisco sin venir a cuento de nada. Le regaña a voz en grito delante de todos por no sé qué cuentas pendientes con alguno de los hijos. La habitación se inunda de un vergonzante silencio. Yo soy un recién llegado y no me atrevo a piar. Y Manuel, el enfermo de enfrente, bastante tiene con sobrellevar sus noventa y tres años y su sonda ensangrentada. En ese momento es cuando me dieron ganas de vestirme e irme a dormir a un hotelito de enfrente. Al rato, Juan nos pide disculpas a todos por la escena montada, y se autojustifica en su enfado porque su mujer de buena es tonta y todo el mundo la engaña...

Llega la cena, y Juan no puede comer porque aún no le ha pasado del todo la bolsa de sangre que le están transfundiendo.
-¿Por qué te ponen sangre -rompo ahora el hielo-, has tenido alguna hemorragia?
-No, no; vaya, que yo me haya dado cuenta. Es que tengo mucha anemia y me han dicho los médicos que pierdo lentamente por algún sitio del intestino.
-Ya; sí, puede ser...
-¿Tú sabes lo que es la hemoglobina? -me agrada que me tutee, será que me ve muy nuevo-. Por lo visto estaba por los suelos. La hemoglobina es la que lleva el oxígeno en la sangre.
-Bueno... sí, más o menos -me excuso yo escondiendo aún mi identidad. Y me da apuro, porque tarde o temprano se enterará de que soy médico.

Estamos en mi segundo día. Son las cuatro de la tarde y ya me encuentro en mi habitación despierto del todo y con ganas de comer después de haber estado tres horas en el quirófano y dos en reanimación. Hasta las seis debo de permanecer inmovilizado en la cama, boca arriba y con un vendaje compresivo en la ingle derecha, por donde han entrado en mi vena femoral. Reviento de ganas de orinar, pero soy de los que no saben o no pueden mear en la cama, oye.  Pero, perdonad, que llega la enfermera.
-Mire usted, que soy incapaz de orinar tendido; llevo media hora con la botella en semejante sitio y nada, que no hay manera.
-Pues tendrá usted que aguantar un poquito más; ya mismo son las seis.
-Que no, de verdad que no, que es que no puedo más, y con el suero cayendo cada vez voy a acumular más orina. Yo solo quiero que entre varios me ayuden a sentarme en la cama, en el borde, y así ya puedo, que yo me conozco y sé que así puedo.
-Imposible. La orden de su médico es que hasta las seis reposo absoluto.
-Mujer -le imploro-, es una punción venosa, no es arterial, llevo ya por lo menos cuatro horas con el vendaje y no sangra nada, ni va a sangrar -y ya ahí tuve que declararme-, que yo soy médico y sé de lo que hablo, por favor se lo pido.
-Usted será todo lo médico que quiera, pero aquí, ahora mismo, es mi paciente, y no puedo arriesgarme a que tenga una incidencia grave.
Me he descubierto para nada. Al final no pude orinar y tuvieron que sondarme para extraer casi un litro de orina retenida. Pero no consintió la puñetera en que me sentara en la cama. Es lo malo -o lo bueno- que tienen los protocolos médicos, su excesiva rigidez.
-Conque médico, eh? -me interpela Juan-. Y yo aquí intentando explicarte qué es la hemoglobina, ¡anda que!...
-Perdona Juan, anoche no tenía yo ganitas de hablar ni de ná.
-Te habrás dado cuenta ya de que aquí nuestra enfermera no se anda con chiquitas, eh?

Y ahora resulta que este hombretón devora niños congenia la mar de bien conmigo. Y todo por una noticia de la Sexta relativa a una de las inmatriculaciones efectuadas por la Iglesia.
-¡No son ladrones ni ná! -se le escapa a modo de exabrupto. 
Y yo, que le sigo la corriente: 
-Son capaces de inscribir hasta este hospital si los dejan. 
- Desde luego; yo los conozco bien. Estudié con los jesuitas, luego me hice maestro escuela, y todavía me deben veinte mil pesetas por medio curso de profesor que no me pagaron.
-Y lo malo -sigo azuzando- es que vivimos en una España de meapilas.
-Vaya, así es.
Me contó que después de jubilado se ha licenciado en latín porque era una de sus ilusiones no alcanzadas en su vida laboral. Y entonces yo le relaté mis tantos años de seminario y mis pinitos en Preu con el Chino, nuestro profesor de latín, que nos hizo traducir la Eneida entera. "¡Bah, eso no es ná! -replica con mucha suficiencia-. Nosotros pasamos al latín El Quijote entero en un solo curso". 

Desde el lado de enfrente, donde habita Manuel, no se ha oído una mosca. Me da la impresión de que les incomoda nuestra conversación, de que comulgan mucho más con la Iglesia que con nuestras críticas hacia ella. Impresión que se confirma del todo cuando ya de noche entra uno de sus hijos para sustituir a su hermana mayor, mujer dulce y prudente donde las haya. Juan se tira todo el día con la Sexta, le encanta el Wyomin, o como se escriba. Estamos viendo "El Intermedio". Y entonces el joven, nada más mirar para la tele, refunfuña dirigiéndose a Juan: "¿Esto estáis viendo? Pues este programa le provoca dolor de barriga a mi padre. Ese es un comunista de pacotilla, la madre que lo parió". Y entonces, Juan, esta vez todo comprensión, cambia de canal.

Salvo este incidente, la familia de Manuel ha tenido un comportamiento sencillamente ejemplar. Sobre todo para con el enfermo, padre y abuelo de sus cuidadores rotativos. Todos ellos, sin excepción, han mostrado en todo momento esa especie de cariño tierno hacia Manuel. Esa clase de cariño que es imposible impostar o disimular. ¡Qué dedicación! ¡qué delicadeza! ¡qué dulzura! en cada una de las difíciles situaciones que el enfermo ha planteado. Sobre todo por las noches. El pobre mío no pega ojo y se desespera, y lucha por no molestar más de la cuenta a sus cuidadores y a nosotros, sus vecinos. Pero le vence la fatiga y el dolor y la incomodidad de quince días encamado para un hombre de su edad. Se enreda miles de veces con la goma del suero o con la sonda urinaria. Duele un montón la expulsión de coágulos por la uretra. ¡Por los clavos de Cristo!, gime en un susurro. Y me da mucha pena. Pero también alivio al comprobar cómo enseguida se levanta cualquiera de sus familiares al cargo y lo cambia de postura, lo sienta, lo levanta, lo acaricia, lo besa... Una y veinte veces, las que hagan falta. "Hijo, ¡qué noche te estoy dando!"... "No pasa nada papá, para eso estamos aquí, para cuidar de ti. Ya dormiré mañana." Y esas cosas me emocionan, es verdad. A mí tampoco me deja dormir, pero que casi me da igual, sintiéndome libre del miedo del primer día.

Amanece mi tercer y último día en el hospital. Ya no hay secretos. Todos nos hemos escuchado los unos a los otros nuestros pedos nocturnos. Ya somos familia. Suelto de sueros y de sonda, me paseo por los pasillos, me cuelo en las habitaciones y abordo a los médicos de la planta para alertarles sobre la situación de Manuel, que tan malas noches pasa. A la Peque le da un poco de vergüenza mi osadía y se queda leyendo o departiendo con las nietas de Manuel en la habitación. Me topo con Juan, también de paseo. Y charlamos de los tiempos del seminario, cada uno en el suyo, pero muy parecidos. Y se pone el tío a intimar conmigo. Con lo imprudente que soy. No sé qué me verán los demás, pero parece que aquel que me conoce, aunque solo sea por unos días, se confía a mí.
-Oye, José María, te lo digo como médico que eres.
-Dime.
-Ya has conocido a mi mujer, en fin, yo tengo setenta años, que no son pocos, pero tampoco tantos... Bueno, que llevaba años sin empalmarme, ya sabes. Y ahora, en estos días... Oye, ¡que estoy teniendo erecciones! ¿Tú crees que será por la sangre que me han puesto?
-Jajaja -me da un ataque de risa-, perdona Juan pero no creo que te hayan transfundido sangre de toro.
-¿Entonces?
-Pues, la verdad, no lo sé. Cierto que si tenías mucha anemia ha podido influir, no te digo que no. Pero a mí me parece otra cosa.
-¿Qué cosa?
-Joer, ¿qué cosa va a ser? Pues las nietas de Manuel, que están güenísimas.
-¡Tú crees?
-Vaya si lo creo -y me entra la risa floja-. A mí mismo se me remueve el pajarillo, fíjate.

Toda la familia de Manuel es gente alta y corpulenta. Las hijas, también, caballo grande. Pero es que las nietas, para estar más cómodas en el hospital, se presentan ataviadas con unos vestidos enterizos y sueltos, un estilo a las chilabas, con lo que consiguen, aparte de ser buenas mozas, una imagen muy sensual. "Qué vestido más bonito y qué bien te queda", le dice la Peque a una de ellas. Y la muchacha responde sin corte alguno: "vaya, comodísimo. Yo tal como salgo de la ducha me lo echo encima y la mar de fresquita". Y, claro, luego, en la brega hospitalaria, se agachan para atender la sonda del abuelo y te plantan todo el pompi en tus narices.

En fin, no me digáis nada, ya lo sé: no tengo remedio.

jueves, 4 de octubre de 2018

Marca indeleble

Salvo mi médico, nadie en Granada sabe que la Peque y yo hemos sido personal sanitario, gente de la casa, como quien dice. De manera que el servicio de admisión del hospital me ha asignado una cama cualquiera en una habitación cualquiera. Nada que ver con Valme, donde todo nos era ofrecido en bandeja.

La primera impresión es de amarga extrañeza, y, enseguida, de angustia. ¿Qué hago aquí? ¿Por qué no me arrepiento y me voy echando leches de este sitio? La auxiliar de la planta nos lleva a una habitación de tres camas, la mía -menos mal-, junto a una de las ventanas. Deposita el pijama encima de la cama y allí nos deja en medio de personas extrañas, dos enfermos mayores acostados y sus familiares respectivos. Saludamos con un tímido "buenas tardes", como si fuésemos okupas que venimos a invadir un espacio ajeno. "¡Vaya qué bien, ya tenemos nuevos vecinos!" -es, sin embargo, la cálida respuesta que recibimos de ellos.

Empijamado en la habitación, a todo le encuentro pegas: desconchones en unas paredes que no han olido la pintura en años; abollonaduras en la puerta; esa especie de calor viscoso de los hospitales que no sabe uno a qué huele, pero que huele a algo y desagradable; las teles de las habitaciones contiguas a toda mecha con los catalanes, sin posibilidad ninguna de amosquilarse uno un rato; la esposa de uno de los enfermos que está casi ciega y va topando con todo... Y, para colmo, el marido, así a primera vista un bravucón, dándole voces airadas sobre lo que debe y no debe hacer en cuanto se vaya para su casa. ¡La pobre!... La Peque tuvo que acompañarla hasta la calle a coger el autobús para que no se perdiera por ahí. En fin, se tira uno casi cuarenta años trabajando en los hospitales y no se da cuenta de tantas deficiencias en la confortabilidad de los enfermos hasta que te toca sufrirlas. El día a día te va aletargando y llega un momento en que ya no reparas, ves como algo normal -por habitual- lo que es un contradios.

Quizás no sea para tanto, vale, pero yo lo he vivido así en esas primeras horas. Hubo, cierto es, mucho contraste de vivencias en muy poco tiempo. Veníamos de almorzar muy a gusto en la casa de unos amigos granaínos, y en mitad de la sobremesa tuvimos que cortar e irnos para el hospital, no fuera a ser que nos "quitaran" la cama. "Estad en admisión a las cinco y media como muy tarde -nos habían advertido-, mira que os quedáis sin cama". Y pasar de un ambiente tan agradable y placentero a otro tan..., en fin, distinto nos dejó a ambos un pelín acongojados. Entre eso y el miedo al cateterismo del día siguiente, al caer la noche me entró tal suerte de murria que, medio en broma, medio en serio, le propuse a la Peque irnos a dormir al hotel de enfrente... Y que mañana salga el sol por Antequera. "Anda, cállate ya y duérmete" -ahí estuvo contundente mi mujer, vaya. Y finalmente consideré que en estas circunstancias lo más apropiado era dejarse llevar, abandonarme en los brazos de la esperanza que tan sabiamente ha sabido tenderme mi médico. Y así, me fui durmiendo lenta y dulcemente.

Lo que son las cosas: todo lo que la tarde noche anterior fueron quebrantos se torna ahora al día siguiente en parabienes cuando el procedimiento ha salido a pedir de boca. Ya no veo manchas ni desperfectos por ningún sitio, ya es todo buen humor con mi hija y con mis hermanos que han venido a verme, con los vecinos de habitación y con el personal de enfermería; hasta le encuentro otro carácter, ya amistoso, al bravucón de al lado. ¡Hay que ver!:¡qué traicioneros y cobardes los ojos del miedo! Se me quita el susto y todo cambia. Porque todo ha salido bien. Es verdad, me digo a mí mismo, a los médicos les pasa un poco lo que a los entrenadores del fútbol, que ambos dependen no tanto del esfuerzo y la dedicación empleados, sino de los resultados. Puedes preparar un partido de manera concienzuda, puedes conocer perfectamente las tácticas y trucos del adversario, puede que incluso tu equipo haga un fútbol preciosista. Si no ganas te lloverán las críticas. Pues parecido: los pacientes y los familiares estamos agradecidísimos y contentos... siempre que la cosa salga bien. Hasta cierto punto es lógico. Aunque no sea del todo justo. 

Y ahora me reconvierto en mí mismo, marca indeleble de la casa, en ese médico entrometido e imprudente que  hurga y husmea en los recovecos de las enfermedades de los vecinos y en las de sus familiares acompañantes. Y les recomiendo, y les aconsejo, y les rectifico, y hablo con sus médicos respectivos presentándome a ellos como lo que soy, un internista jubilado pero con mucho dominio de las situaciones. Y la Peque se presta a levantar y a volver a acostar al viejito de enfrente, que a sus hijas  se les enreda tanto trapicheo de cables y sondas. Y metidos en harina, resulta que el hombretón de al lado, el mal encarado, es un maestro escuela bonachón que en su jubilación se ha licenciado en lenguas clásicas para rememorar sus tiempos de seminario con los jesuitas de Granada, ¡joer!, le digo, si somos medio colegas, que es de Torreperogil, y que le da coraje de que la gente profana nombre a su pueblo como Torreperejil. Y nos enrollamos ya con la familiaridad a la que estamos tan acostumbrados la gente de por aquí. Ahora solamente veo a gente que está pasando el trance de la hospitalización; al personal que tan amablemente nos atiende; la solidaridad y complicidad de personas que se encuentran en similar situación desvalida. Y me reconforta ver que aún puedo ser de ayuda, que todos podemos ser útiles para todos.

-Peque, ahora que ya ha pasado todo, dime, ¿te hubiera gustado más estar en una habitación para nosotros solos como las de los hospitales privados?
Y sin darle tiempo a que me contestara, yo le digo:
-A mí no, hubiésemos estado muy aburridos.
-Claro -se pone ella en plan displicente-, tú como has dormido tan ricamente en tu cama...