viernes, 2 de abril de 2021

Sed tengo...

La quinta, estando sediento

por estar tan desangrado

dijo casi sin aliento

sed tengo, y le fue dado

hiel y vinagre al momento



El sermón de las tres horas (las Siete Palabras) era el acto litúrgico más multitudinario de nuestra Semana Santa en Palenciana. Tarde del Viernes Santo. Luto general. Todo el pueblo cerrado y mustio. Iglesia abarrotada. Recogimiento. Hombres en la izquierda; mujeres, a la derecha. Una parte nutrida de la Centuria, en el presbiterio, oculta al público por el gran velo azulón que pende desde el techo hasta el suelo. Cuchicheos muy apagados. Impaciencia porque empiece el acto. Primer aviso del cura. Severo, serio, circunspecto. Con don Juan González en el púlpito era verdad lo de las tres horas largas. Luego, el tiempo, ese trilero que todo lo envuelve para cambiarlo, ha ido aliviando cada vez más la cansina espera. Y alcanzar el momento final, apoteósico, en el que, tras acabar la última Palabra, y muerto el Cristo, mi chacho "Porrera" rasgaba con su espada el grandioso telón, y toda la iglesia se estremecía con el tronar ensordecedor de tambores y cornetas... 

Aún habiendo resistido a los años, este acto ya no es lo que era. Ahora no llegará a una hora. A continuación, resulta muy atractiva la teatralización del llamado "Paso de Longinos", el soldado romano que penetró con su lanza el costado del Señor. Una recuperación muy acertada de un elemento litúrgico y cultural de nuestros ancestros.

El formato argumental del sermón de las siete palabras consiste en el glosario que realiza el sacerdote acerca de cada una de las Palabras últimas que Cristo exhaló desde la Cruz. Enjuga la obligada seriedad del acto el canto coral que se intercala previo a cada una de las Palabras.

La quinta Palabra, "Tengo sed", ha sido siempre una de las preferidas por todos los curas que han pasado por el pueblo, la que más ha dado de sí. El sacerdote, sabiamente, extrapola la sed de agua a otros tipos de sed que pudiera tener nuestro Señor en esos momentos de agonía: sed de justicia, de caridad, sed de pureza, de esperanza, sed de santidad... Y si un servidor hubiese continuado su vocación sacerdotal, y hoy, Viernes Santo, estuviese al cargo de dar mi sermón, me explayaría en  la exégesis de este "Tengo sed". Y diría que en estos días de incertidumbre y desasosiego por el condenado virus, nuestro Señor tiene sed de civismo, de solidaridad, de sacrificio. Y señalaría con dedo acusador a tanto fiel que se amontona en las colas para visitar los pasos sin guardar la distancia debida, incluso con la mascarilla en la barbilla; y me enfrentaría a estos otros devotos que se han pasado por el forro los límites perimetrales para venir a sus pueblos a ver a sus "santos"; y mostraría mi enfado y mi indignación al saber que tantas personas de bien se han desplazado a segundas residencias a pasar sus vacaciones; y fustigaría con prosodia altisonante a los jóvenes (y no tanto) que frecuentan fiestas familiares y sociales a escondidas... En fin... Hemos creado una sociedad débil y facilona en la que la gente no ha mamado la capacidad para el sacrificio, no aguanta la sed: sed de diversión, sed de palique, sed de socializar, sed de libertinaje, sed de viajar... Por encima de cualquier otra consideración, la gente tiene que satisfacer su sed. ¡Cristianos del mundo -les exhortaría yo-: Jesucristo tuvo mucha sed y le dieron hiel y vinagre para beber!

Joer, quería escribiros un artículo de los míos, y me ha salido un sermón de don Juan.  




 

jueves, 1 de abril de 2021

El día del perdón y de la emoción

¡Qué raro para cualquier palencianero un Jueves Santo sin Romanos ni diana callejera...! Se despierta la gente asombrada con el silencio y la quietud en las calles. Esta mañana, muy temprano, alguien del wassapt familiar nos ha enviado un audio con la diana de la Centuria. Recién levantados, la Peque y yo nos hemos emocionado. 

En mi pueblo, la Semana Santa, la de verdad, comienza el Jueves Santo. Es el segundo día más grande de Palenciana, después del quince de agosto. Y el primer gran hito de ese día es contemplar el desfile mañanero de los Romanos, colorista, armonioso y marcial. Y musical. Los más perezosos, en pijama, se asoman a las ventanas de sus dormitorios para escuchar los tambores y las trompetas y atisbar el cortejo por entre las rendijas de las persianas. Para mi gusto, es éste el momento más deseado de este gran día. Y para mis hermanos, también. Luego se van sucediendo otros muchos, igualmente vistosos y bulliciosos: los ágapes -las convidás- en las casas de los "mandos"; el peregrinaje callejero detrás de los "soldados romanos"; el acto solemne -casi sagrado- de "sacar" la bandera de la Centuria... No hay en mi pueblo un acto social que concite más a la gente que éste de la bandera en la calle Sol. Si yo tuviese que elegir una seña identitaria que señale a cualquier palencianero diría, sin dudarlo, que en lo religioso, la Virgen del Carmen; y en lo lúdico, la Centuria Romana. Y todo ello impregnado y envuelto en los olores consabidos a borrachuelos, flores fritas y magdalenas. Y a la anochecida, el acto más solemne y de verdadero recogimiento espiritual: la salida del "Nazareno", un rostro tan humano, humilde y vulnerable que parece que te está mirando de verdad. Impresiona. Lo hacía cuando yo era niño y joven; y lo sigue haciendo ahora. Me mira. Y lo bueno de este Cristo es que no hay tristeza en su mirada. Ni reproche. Sólo piedad y perdón. Admirable.

De niño, además, el Jueves Santo era el único día en que nos librábamos los chaveas de regañuzas y alpargatazos maternos. "Te vas a librar por ser Jueves Santo" -nos sentenciaban nuestras madres. Costumbre que ha pervivido por los años. Esta misma mañana, la Peque me ha perdonado una de mis "fechorías" de ayer en la lista de la compra, que resulta que compré huevos de gallinas camperas, pero que venían de Galicia. "Anda, no te voy a decir nada porque hoy es Jueves Santo, pero vaya..." Pero es verdad. Cuando haces las cosas por obligación, sin ponerle la pasión necesaria, te puedes equivocar. Lo único que yo compro con verdadera pasión, con gusto y con frenesí son los pasteles, me cachis ya. Lo demás lo hago a desgana. Y se nota.

En nuestro primer año de seminario, los curas hicieron la probatura -la putada- de dejarnos sin vacaciones de Semana Santa. En su lugar, ejercicios espirituales. Un fiasco total. La murria se apoderó de todos nosotros, curas incluidos. Una eterna semana de velatorio sumidos todos en la tristeza y el sufrimiento. No hay derecho a someter a unos niños de doce años a seis meses de ausencia familiar y mundana. No volvió a repetirse, afortunadamente. No recuerdo haber llorado nunca de pena en el seminario, ni siquiera aquel primer día terrible en que te ves, de pronto, solo y abandonado en mitad de un paraje desconocido, extraño y abrumador. Pero ese Jueves Santo del año del Señor de 1965, sí eché mis lagrimitas. Por los borrachuelos de mi chacha Bibi; por las sábanas calentitas de mi abuela; por los abrazos de mi madre; por la mirada complacida de mi padre; por las pecas tan bonitas de mi hermana Josefa; por el son tumultuoso de los tambores a todas horas; por nuestro Nazareno, el Señor más bonito de todos los "Santos"...   

Jueves Santo en mi pueblo: emoción y perdón. Empieza abril con un día inmejorable: Jueves Santo. Y mi Peque vacunada. ¡Toma ya!

¡Feliz Semana Santa para todos!  

domingo, 28 de marzo de 2021

El último toque

Ajenos, la Peque y yo, al tiempo televisivo -ya ni vemos el telediario, por hastío de tanto virus y de tanta gente "marchosa" e irresponsable-, esta mañana nos hemos despertado a las ocho, que eran las nueve. O a las nueve, que serían las diez. Al son de las campanadas del toque a misa de la iglesia de san Sebastián, tan cerquita de nuestra casa.

-Peque, parriba... ¡El último toque! -la zamarreo con guasa, rememorando viejos usos.

La gente nueva no ha conocido aquel tiempo nuestro en que buena parte de la vida social y familiar se regía por las horas litúrgicas y se pregonaba por las campanadas: los toques a misa, que eran tres, separados por quince minutos; acompasando al último, salía el cura de la sacristía hacia el altar mayor flanqueado por sus dos monaguillos. El toque del Ángelus, a las doce del mediodía, que paraba cualquier actividad durante un minuto para que la gente se santiguara y rezara por lo bajito un "ángel del Señor anunció a María..." Los repiques de las tres de la tarde, para despertar a los jornaleros de la siesta y mandarlos al tajo. Toque único para el rosario de media tarde; toques, de nuevo, para la misa de ocho. Repiques por las bodas, los bautizos y hasta para alertar de alguna calamidad o catástrofe en el pueblo. De todo ello, lo único que queda son los toques a misa y el doblar a muerto.

Las campanadas que más nos afectaban a la gente de entonces eran los toques a misa de domingo. La Peque -me dice- se levantaba al primer toque, y así le daba tiempo a fregotearse, vestirse y acicalarse. Al segundo toque debía estar recogiéndose las greñas de su pelo rebelde; y con el último toque, entrando en la iglesia con el resto de sus amigas y con la hora en los talones. Todo bien cronometrado. Yo, no. Yo era primeramente, acólito, el que tocaba las campanas; y luego, seminarista. Al primer toque, en la sacristía, a disposición de don Juan.

Hoy, Domingo de Ramos, Antequera luce glamurosa su tradición semanasantera. Rojos cortinajes, banderas y pendones exornan con refinado gusto ventanas y balcones. Rodeados de templos abiertos por cualquier punto cardinal, la Peque y un servidor hemos disfrutado del ir y venir, del entrar y salir del tropel de gente capillita -en ordenadas colas- visitando y honrando  a los "Santos" con palmas y ramos (pueri hebraeorum portantes ramos olivarum...). Entre muchos de estos devotos (la mayoría) se mantiene la costumbre de "vestirse de domingo" y la de estrenar algo. Recuerdo que yo solía estrenar calcetines, y la Peque me dice que ella, bragas. Hoy, por estrenar algo, me he colocado una mascarilla nueva. Gente guapa por las calles soleadas. Me gusta. Que uno sea laicista y ateo no quita para saber admirar la estética en las personas y en las cosas; al hombre trajeteado y elegante, y a la señora bien contorneada con los niños de la mano; para sentir sones y cánticos cofrades y olores a incienso y a flores; para asumir con agrado unas raíces emocionales profundas y un venturoso pasado. En fin, que me gusta la Semana Santa.

-Niño, José María... Tocando a misa. ¡Y tú acostado todavía! Hoy, por ser Domingo Ramos, regañuza de don Juan, ya lo verás -mi madre, la pobre...


Feliz semana a todos. Y ya va faltando menos pa la vacuna.

  

 

viernes, 26 de marzo de 2021

La ciática

Calma, muchachos, aquí no pasa nada. 

Amigos preocupados por mi tardanza, 

por mi pereza -dicen-, por mi desgana... 

O quién sabe, si por el virus chulesco

o por algún mal de esos arteros

que ahora trastocan las almas. 

¡Necesitamos tus escritos! -me reclaman.


No hay tal. Ni pereza, ni tristeza me atenazan. Es algo mucho más vulgar, me temo. Que resulta que no me sale escribir con la moral baja. Necesito estar contento. Si algo me aflige me abandona el ánimo. Don Eduardo Mármol, mi cura predilecto en Los Ángeles, conversaba con mi madre en aquellos días de mayo en que cada año nos visitaban masivamente nuestros familiares (la fiesta de la familia). Y me alababa ante ella como un niño muy noble e inteligente, aunque demasiado pusilánime.

-¡Pusi...qué? -se esforzaba mi madre en entender aquella palabreja.

-Bueno... Asustadizo, tímido...

-¡Ah, ya! Cagueta, quiere usted decir, ¿verdad?

-Eso mismo, dicho con sus palabras -se reía el cura.

-Sí, mire usted, como yo. Mi José María tiene mu poca presencia de ánimo.

Pues eso. 

¿Y qué es eso, hombre de Dios, que nos está privando del maná de tus letras?

Pues veréis: que desde hace tres meses vengo arrastrando molestias progresivas en el culo, muslo y pierna derechos. Me he sometido a sesiones de rehabilitación, masajes, aparatos de magnetoterapia... En fin, todo lo que me han recomendado los traumatólogos. Hasta me han infiltrado Botox en los músculos glúteos. Y nada me ha sido de provecho. Finalmente, una resonancia ha puesto de manifiesto que padezco de una hernia discal lumbar con afectación de la raíz nerviosa S1, lo que me provoca una ciática puñetera. Dentro de dos semanas me van a realizar una infiltración epidural como último recurso para intentar evitar la cirugía. Ea. Eso es todo.

No he tenido ánimo ni disposición para enfrentarme a mi tarea literaria. Por otra parte, considerad que la molestia contumaz en el glúteo se acrecienta cuando llevo mucho rato sentado, con lo que apenas puedo entrar en el ordenador... En fin, que no, que no he tenido cuerpo. Cómo habrá sido la cosa de penosa para mí que ni siquiera he podido rebatirle a mi amigo Pedro Calle las fantásticas teorías conspiranoicas que desgrana en su blog. Espero que sepa perdonar mi desdén.

Estoy mejor. Quizá por la sugestión positiva de ver cercano el día de la inyección salvadora. Tal vez porque no hay mal que cien años dure, y esto vaya remitiendo de manera natural y espontánea. Puede ser.

De manera que tranquilidad. Volveremos a las andadas... Y vacunado. Jajaja. Eso espero.

 

martes, 23 de febrero de 2021

La noche más larga.

Aquel 23 de febrero del 81 se comportaba como un día más. Un lunes cualquiera. Un día menos, como se decía en el argot cuartelero. La Peque trabajaba en turno de tarde, y yo, solo en nuestro piso alquilado de Pintor Zurbarán, me alargué a un descampado del parque Cruz Conde a jugar al fútbol con la chavalería. Me faltaban sólo quince días para licenciarme y, de verdad, vivía muy contento desde mayo del 80, en que me concedieron el traslado desde Valencia, mi destino primero, hasta el hospital militar de Córdoba. Y ya todo fueron días de vino y rosas: pase de pernocta y a dormir todas las noches a mi casa con mi Peque. Durante las mañanas pasaba una consulta en el ambulatorio de la Fuensanta, cuyo titular, el coronel médico del hospital militar, siempre en Sevilla, había delegado el oficio en mi persona, acaso conocedor de mi meritorio examen MIR, y me desembolsaba cincuenta mil cucas por mes. Y por las tardes, a casa. ¡Esto sí era mili de verdad! Y en quince días... ¡La licencia! Mi gran ilusión entonces era comenzar por fin la residencia de medicina interna en el "Reina Sofía". 

A la vuelta del partido, ya anochecido, pongo la tele que me distraiga de mis labores de cocinilla, y me encuentro con aquel mazazo. Impresionante, y hasta vigorizante, el forcejeo de Gutiérrez Mellado con Tejero. Una imagen que jamás se borrará de nuestras retinas. Y los tiros al techo. Jóder... ¿Cómo iba uno a esperar nada de eso ahora que gozábamos de una deseada y joven democracia, precisamente ahora, a escasos días de poder desarrollar una vida civil normalizada...? ¡Qué angustia..! Y sin poder hablar con nadie... Soy un soldado español, pienso, igual tendría que presentarme en el hospital militar... ¡Qué dudas tan atosigantes! Bueno, ya vendrán a por mí, me decía para justificarme. Yo de aquí no me muevo, saben dónde vivo.

Se me chamuscó la tortilla de papas por el agobio, pero nos la comimos igual la Peque, Pilar y yo. Ellas traían del hospital noticias aún más preocupantes para mi seguridad: que en Valencia, de donde depende mi licencia, los tanques estaban en la calle, que esto iba pero que muy en serio. Y me acordé entonces de mis compañeros y amigos rojillos de la facultad, qué pensarían hacer el Pintor, Cabanillas, Clemen, Higinia... Y de mis hermanos, Juan y Manolo, ambos en la mili, como yo; el uno en Palma de Mallorca y el otro nada menos que en Fuerteventura, de legionario... ¡Dios mío! Y, naturalmente,  de mi madre: tres hijos en el ejército en este momento tan crítico. ¡Con lo cagona que era, la pobre! Y sin poder comunicarnos con ella. Me imagino a mis padres y a mis otros hermanos en el cortijo pegados a la radio, mi madre lloriqueando por sus hijos tan lejísimos... "No hay derecho -se quejaría-, a ver qué madre hay en España con tres hijos en la mili, como yo..." Mi Manolo, ni se acuerda, pero mi hermano Juan me contaba después que a ellos los sacaron de los dormitorios y los pusieron a formar en el patio sin que supiesen qué estaba pasando. Él y otros chóferes recibieron la orden de ir por Palma de Mallorca en busca de los mandos a sus domicilios para traerlos al Cuartel en los coches oficiales. Y sin saber por qué.

Ni pensar en acostarnos. La angustia crecía por momentos. Aurora, una amiga nuestra, y su pareja, Antonio Amaro, pertenecientes ambos al sindicato obrero, corrían verdadero peligro. Un enfermero de Fuerza Nueva -con su pistola y todo- les tenía ojeriza y podría señalarlos. Pilar propuso que fuésemos a buscarlos y que se refugiaran en nuestra casa. Nosotros éramos entonces personas de orden, nadie los buscaría aquí. Yo no estaba en condiciones de aceptar tal propuesta, de los mismos nervios. Ella, valiente como la Peque, dijo entonces de coger bártulos y tirar pitando para Portugal en nuestro Ford Fiesta. Sin pasaporte ni nada. Yo, tan cagueta como mi madre, no me atreví.

Aguantamos el chaparrón con mucho miedo en el cuerpo... Hasta que, por fin, llegó el mensaje del Rey. Acaso solamente por eso, por la paz que llevó a mi corazón tan atribulado y cobarde en esos momentos, estoy dispuesto a perdonarle sus tropiezos y ligerezas posteriores. ¡La que se pudo liar por culpa de unos salvapatrias...!

Pudimos, al fin, dormir unas horas. Y al día siguiente, en el hospital militar, normalidad democrática. Un día más; un día menos.


 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Ayuso me pone

La culpa de este artículo provocador la tienen, al alimón, mi hermano Frasco y mi amigo José Luis, ambos lectores devotos de este blog. El uno, por enviarme, hace unos días, un texto de facebook de autor desconocido adulando las bondades carnales de Ayuso; y el otro, porque anda sacando en sus escritos los colores de la vergüenza ante el mínimo desliz del denostado "Coletas". El último, tachándolo impíamente de besucón. Pues ahora, le doy caña con Ayuso, ea. Esta vez mi amigo Pedro Calle puede leer el artículo hasta el final sin sobresaltos. Prometo no mentar la vacuna.

Dejando al margen los eventuales aciertos y errores en su gestión como Presidenta de la Comunidad madrileña, cosa en la que no me hallo capacitado para un análisis mínimamente serio, el caso verídico, flagrante  e incontestable es que a mí, la Ayuso me pone. No lo puedo remediar. Y está feo en un hombre de izquierdas como yo el decir en público estas cosas. Pero es lo que hay. Creo que los hombres, mejor que las mujeres, sabemos separar, en estos casos de calenturas, el envoltorio de su contenido; lo accesorio de lo substancioso. La substancia. Lo cortés, de lo caliente. 

Antes de continuar, es perentoria una consideración previa, sobre todo para mis lectoras femeninas, que no se me amontonen y me tachen de machista. Ni mucho menos. Soy feminista de los buenos, esto es, deseo y apruebo la igualdad de derechos y oportunidades para ambos géneros, rechazo de plano la violencia machista, intento arrancar de mi conducta diaria los inadvertidos micromachismos tan propios en la gente de mi edad, soy un convencido de la superioridad biológica y adaptabilidad de la mujer sobre el hombre... Ahora, ningún feminismo mal entendido me va a desposeer de mi preciada facultad de efectuar un primer peritaje erótico ante las virtudes pecaminosas que advierto en una mujer. Permítaseme el oxímoron de virtudes pecaminosas. Y esto es justo lo que me acontece con la Ayuso. Me pone, oye.

Ni punto de comparación con ninguna de las demás "señorías" femeninas que se señorean por los medios: por favor... las Montero, la Calvo, la Espinosa de luengo cuello, Inesita Arrimadas, bonita ella, pero en plan muñeca... En sus mejores días, tal vez Teresa Rodríguez... Pero, no, no. Ninguna se le arrima. Verla en la tele, con ese pelazo azabache y ondulado, y ese manejo y viveza suyos, me transporta a la visión idílica de "La Garbo" en la película clásica de "Ninotchka", una espía rusa, pero morenaza. 

El primer impacto visual de Ayuso me transporta a un territorio cerebral muy quemante, mi amigo Pintor me aclarará a qué núcleo cerúleus o a qué zona oculta del rinencéfalo primitivo. No sé. Será el tifus, como decía mi madre sobre cualquier rareza de las mías. El caso es que a mí, en viéndola, me rebosa un extraño instinto del gusto por las mollitas embutidas, las discretas adiposidades y otras morbideces: un exagerado e insalubre apetito carnal. Parece fondona, pero es macicez; nada le sobra ni nada le falta. En su punto de pellizco. Sus ojos, criticados como de batracio por pelín saltones, le quedan pintiparados para expresar la viveza y el poderío que requiere un rostro tan retador y atractivo. Y su boca...¡Esos labios carnositos tan sensuales y mohínos...! Se me desliza la memoria picarona a mis tiempos de monaguillo, cuando se me subía el pavo a la cara al contemplar fugazmente -los ojos cerrados por la piedad- la lengua húmeda y receptiva y los labios entreabiertos de las mocitas que se acercaban a mi patena para recibir la sagrada forma. Desde el tifus, repito, he sido así de caliente.

Reconozco que puede parecer chulesca de aspecto. Y estirada. Otros la creen chochona. Yo, no. Lo que ocurre es que eso es algo que me gusta en una mujer: el atrevimiento. Quizá como contrapunto a mi cortedad de carácter, me atraen las mujeres valientes. Como la Peque, que no se ahoga ni el mar océano.

Algo que me preocupa de ella, sin embargo, es su innegable similitud con sus predecesoras en el cargo -no en lo físico, ¡por Dios!- en cuanto abre el pico. Mi desconfianza proviene de su troncalidad ideológica y -creo- personal con dichas arpías. Pero tengo confianza en que, aunque también de gatillo lingual fácil y expedito, una moza tiposa con el garbo propio de una castiza madrileña, mujer tan voluptuosa y sensual, no se deje albergar por una mente proterva ni por un alma diabólica como la de la barbie de los perfumes o la de la rubia frescales de torva mirada.

Que así sea y que el Señor me perdone.


lunes, 8 de febrero de 2021

La palabra

En mis últimos años en activo lo advertía con frecuencia a los residentes y a los estudiantes: el valor de la palabra en nuestro oficio. Tenemos una medicina de vanguardia, unos medios técnicos de primer orden, unos especialistas cojonudos, un aparataje y unos quirófanos de lujo, unos cirujanos robotizados, unas resonancias de última generación... pero, acaso, estemos perdiendo parte de nuestra esencia. Nos ocupan demasiado elementos nuevos que han irrumpido con fuerza en nuestro quehacer diario, tales como las estancias, los pactos de consumo, el gasto farmacéutico, los tiempos de demora, la historia clínica informatizada... La gestión clínica lo requiere. Pero no hasta el punto de perder el norte médico que no es otro que atender e intentar solucionar los problemas de salud de tus pacientes. Mi impresión al respecto es que de tan implicados en la burocracia del sistema o por la inercia mecanicista de tanta carga informática estemos dejando escapar al médico de vocación, mujeres y hombres buenos expertos en curar, que saben escuchar y consolar, que no conocen la prisa. Y con ellos, aquella antigua condición de mago, de chamán. Me temo.

Y, curiosamente, la pandemia terrible del Covid ha venido a poner en su sitio el poder y el valor de las palabras. Aislados en habitaciones y sin otro contacto con el exterior que no sea el móvil, los pacientes hospitalizados han recobrado el sentido tan profundo y de tanto calado que posee la palabra hablada, la voz cálida y humana del "otro". "Ahora es cuando uno se da verdaderamente cuenta de la excelencia de sanidad que tenemos -me decía mi amigo Agustín hace unos días desde su cama del hospital-. No sé, ni me importa, lo que me están dando. Mi curación me viene por las charlas breves con mi médica, mis enfermeras y las mujeres de la limpieza". 

El personal sanitario debe de poseer el don de la palabra. En general, enfermeras y auxiliares de clínica están mucho más hechas a una comunicación fluida con los pacientes que los médicos. Y para el internista resulta fundamental, toda vez que carecemos de aparataje y de otros aperos que no sean el fonendo, la linterna y el depresor de lengua. Una palabra tuya bastará para sanarme, le dijo una de las hermanas de Lázaro a Jesucristo. No llegamos a tanto, pero casi. He necesitado muchos años de oficio y muchas reprimendas de mi Peque para aceptar esa realidad: nuestras palabras tienen algo mágico, algo espiritual, algo capaz hasta de curar. Y nuestros gestos también. La palabra y la mirada. No sé si os he contado que una de las cosas que al final hizo que me decidiera por Medicina en vez de por Historia (que también me atraía) fue la palabra calmada y la mirada azul profunda de don Segismundo Menchero, un traumatólogo egabrense que me operó del menisco en el hospital de san Juan de Dios de Córdoba. Me cautivó. Quise ser, hablar y mirar como aquel hombre. Y confieso que lo he intentado. Pero, acaso seducidos por el conocimiento y la tecnología al uso, los propios médicos estamos menospreciando la palabra como vehículo de sanación. Casi sin darnos cuenta. Todo lo fiamos en informaciones técnicas ininteligibles para una persona, el paciente, temerosa e indefensa. En lugar de descender nuestra prosodia científica al terreno corriente de la gente hemos conseguido que el personal esté aprendiendo nuestra propia jerga médica traducida de aquella manera, sui géneris. Y, en ocasiones, ni eso. "¿Qué te ha dicho el médico?", preguntan los familiares al paciente. "Nada; ni me ha mirado". Esta conversación que parece un chiste es en ocasiones la pura verdad. Y es una lástima. Y una frivolidad. No tenemos derecho a desperdiciar algo gratuito y tan eficaz. Es nuestra obligación recuperar la palabra. El verbo cercano y amable. Palabras que curan.


Primero, la palabra; y después, la vacuna. Jajaja.