viernes, 28 de enero de 2022

Crítica amistosa del negacionismo covidiano


"Todo aquello que el hombre ignora no existe para él. Por eso el universo de cada uno se reduce al tamaño de su saber". (Albert Einstein)


Como supongo que os sucede a todos, entre mis amigos y conocidos cercanos hay algún negacionista. Pocos, es cierto, pero alguno da mucha matraca. En algunas de estas personas predomina sobre todo el aspecto de anti vacuna, uno de los brazos colaterales más marcados en el negacionismo. Con todo, yo no veo asimilables ambos términos. Creo que hay personas antivacunas que no son negacionistas. No sé... Simplemente, no se fían de estas nuevas vacunas. Dicen que en cuanto salga al mercado la vacuna española, una vacuna de formato antiguo, de las de toda la vida, se la ponen. Bueno. Creo que son personas que ya de antemano se han posicionado, por lo general, en un situación de pensamiento que defiende la medicina natural y homeopática por encima de la medicina instrumental y agresiva. Consideran que es mejor protegerse con las defensas propias que inocularse sustancias extrañas, y se acogen a la desobediencia civil, al encontrar zonas de conflicto entre la legalidad vigente y la ética personal. Como veremos, la eficacia demostrada de las vacunas los deja con el culo al aire.

Los negacionistas "pata negra" que conozco son personas bien formadas y educadas que se encuentran firmes y seguras en sus convicciones. No sufren por sí, sino por los demás. Su gran problema existencial es comprobar que la mayoría de las criaturas nos comportamos como borregos asumiendo el relato oficial de los políticos y de los científicos, comprados por la industria farmacéutica. Creo que no es ofensa para ellos que yo los considere gente rara. Se posicionan de una manera inamovible en lo que vamos a llamar "La teoría general del negacionismo". Es como sigue: la pandemia (plandemia) tiene su origen en la creación de un virus artificial y maligno por parte de los poderes económicos y de la alta geopolítica, magnificado por la abusiva contaminación atmosférica de ondas electromagnéticas, con la intención clara de controlar y manipular la población mundial. Dichos poderes introducen de manera espuria sus tentáculos en los gobiernos de los distintos países y en los medios de "desinformación" de masas, principalmente las televisiones, para crear una alarma desproporcionada y así conseguir sus objetivos, esto es, nublar el conocimiento, adormecer conciencias y conducirnos al redil del sometimiento. No existe justificación real para ninguna de las restricciones impuestas a las libertades y derechos individuales. Todo es una farsa exagerada. El ala más extremista demuestra una ignorancia supina poniendo en cuestión incluso la existencia misma del virus, puesto que no se ha encontrado en el tejido pulmonar necrótico. Desconocen, pues, qué es entonces la PCR, sino una demostración del genoma viral, y que diagnosticamos, por ejemplo, una tuberculosis pulmonar solamente por la presencia del bacilo de Koch en el esputo sin necesidad de abrir los pulmones para encontrarlo. Las vacunas, claro está, no se libran de su feroz diatriba. Lejos de ser la solución, para los negacionistas son parte muy importante del problema. Las vacunas han producido incontable número de muertes y millones de casos de efectos secundarios muy graves. De estas cosas no nos enteramos porque es algo que no interesa a los poderes malignos que nos controlan.  Y no sólo eso: las vacunas son responsables de la supervivencia del virus entre nosotros. Sin ellas, la plandemia ya se habría diluido por sí misma. 

Desde la viruela hasta la actualidad, la mayoría de las vacunas conocidas han sido muy eficaces, han salvado millones de vidas y mejorado de manera evidente nuestra calidad de vida. Hasta ahora, yo creo que las vacunas tal vez hayan sido la herramienta más trascendental en la historia de la medicina. Y sin embargo, todas y cada una de ellas han tenido sus detractores, sus negacionistas de época. No creamos que es cosa nueva esto del negacionismo. A mediados del siglo XIX, cuando aún la viruela diezmaba la población mundial, surgió el primer movimiento antivacunas. Sus acólitos pintaban grandes carteles donde se ridiculizaba a los vacunados poniéndoles unos grandes cuernos en sus cabezas, como si la vacuna los fuese a convertir en vacas lecheras. Nihil novum sub sole. Ahora, algunos negacionistas creen que las vacunas de ARN mensajero portan unos microchips de control. Algo parecido a los chips subcutáneos de los canes. Otros van más allá y afirman sin pudor que en el ARNm han colocado material genético de extraterrestres para crear una especie híbrida entre humanos y seres celestes. Habemos gente pa to.

La realidad tozuda, sin embargo, nos muestra la falacia de estos alegatos. La Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios, en su último informe del 5 de enero de 2022 nos dice que en España llevamos inoculadas 91.000.000 dosis de vacunas. Se han registrado 55.455 casos de efectos secundarios, de los cuales, 11.048 han correspondido a reacciones vacunales severas, lo que supone el 0,013%. Y 375 casos de muertes (el 0,0004%). Nunca en nuestra corta historia un fármaco o una vacuna han sido sometidos a la estricta farmacovigilancia que tienen las vacunas Covid. Cualquier otra vacuna, incluso fármacos "inocentes", como el Paracetamol o la Amoxicilina podrían presentar similares guarismos que las vacunas Covid, si se contabilizaran con tanto esmero sus reacciones adversas. A día de hoy, la letalidad del virus es menor al 0,14%. Las referencias oficiales del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias informan que la mayoría de las estancias en las UCI y de las muertes por Covid se dan en personas no vacunadas. Las referencias próximas que poseo de los hospitales andaluces son similares. Es cierto que las vacunas sólo protegen de la infección en un 70%, pero no lo es menos que protegen de la enfermedad grave y de morir por ella en más del 90%.

Honestamente, no me veo capacitado para analizar el fenómeno del negacionismo desde la psicología o la ética. Simplemente lo considero desde la fenomenología. Negacionismo, en términos técnicos, es una creencia que niega determinadas realidades, hechos históricos o naturales relevantes, cambiando la realidad por una falsedad más cómoda o conveniente. Y digo creencia, a conciencia, en vez de conocimiento, puesto que, al contrario que el relato oficial, el negacionismo no aporta datos científicos en sus proclamas, sino opiniones, puntos de vista, juicios de valor o interpretaciones "a su medida" de los datos científicos. Negacionistas clásicos son los terraplanistas (unos ignorantes), o los que niegan el holocausto o el cambio climático. En estos últimos casos, con evidentes motivos ideológicos o económicos, respectivamente. Sin embargo, el negacionismo covidiano me intriga sobremanera, porque se sale un poco del guion habitual. Sus argumentos, tan rebuscados y obtusos, no parecen cómodos ni accesibles, se acercan mucho al fenómeno de la conspiración paranoica. Y, sobre todo, me pregunto cómo se puede negar una realidad tan aplastante como la pandemia.

Por otra parte, y aún siendo un hombre conciliador, no puedo -ni quiero- despojarme de mi pasado médico al analizar estas cuestiones. Y me asombro de que existan personas con esta mentalidad. Les debo un respeto como personas que son, les reconozco sus esfuerzos por documentarse para respaldar sus creencias, y me maravilla su tesón. Naturalmente, no puedo compartir nada de estas cosas con ellas. He sido un hombre de ciencia, he vivido para mi profesión, he creído en la bondad de la ciencia porque he podido experimentar sus logros en mis pacientes. Cualquier negacionista de esta nueva hornada ha agradecido a la Medicina algún gran servicio, casi milagroso, en sus propias carnes o en las de sus allegados en los últimos cuarenta años. No me cabe la menor duda. Todos ponderamos muy al alza los logros de la tecnología y los servicios médicos modernos. Y, sin embargo, ahora ya no vale. La Ciencia se ha corrompido en manos de la Industria. Pues va a ser que no. Los investigadores de todas las disciplinas biológicas jamás han trabajado con tanta intensidad y dedicación como lo hacen ahora. ¿Y qué decir de los médicos? Lo han dado todo, algunos, hasta la propia vida, los demás, exhaustos hasta el achicharramiento. No puede ser que los negacionistas obvien algo tan evidente. Y aún pudiendo ser cierto que la Industria Farmacéutica haya buscado su propio lucro por encima de la ayuda a la humanidad, hemos gozado de la feliz coincidencia de ambas cosas, lucro y eficacia. A día de hoy, con el conocimiento que tenemos del terrible impacto de la pandemia en el terreno sanitario, económico y social, con más de cinco millones de muertos en el mundo (alrededor de 100.000 en España), entiendo que haya gente que crea que persistir -mantenella y no enmendalla- en la teoría negacionista es, cuando menos, un ejercicio de frivolidad chocante. Muy chocante.

Y la mayoría de la gente se pregunta cómo es que haya personas tan obtusas y aferradas a ideas así de peregrinas. Incluso científicos y médicos se cuentan entre el movimiento negacionista, al que alimentan con sus aportaciones "científicas". ¿Cómo es ello posible? Aquí entra, creo, la complejidad del problema. Las personas poseemos cada una nuestra historia particular, nuestra trayectoria, vivencias, creencias, ideologías, percepción de la realidad y del mundo... Y estos elementos juegan un papel muy importante en la hora crítica de posicionarse ante situaciones límite o de emergencia. Por ejemplo, ninguna persona, incluso los científicos, está exenta por completo de ser abducida por una determinada ideología o creencia, sea de índole política o religiosa o de cualquier otro tipo. Y las creencias, todos lo sabemos, ejercen una influencia sobre la voluntad y el pensamiento mucho más poderosa que la razón. Sin ir muy lejos, los testigos de Jehová no admiten transfusiones de sangre, aún a riesgo de perder la vida. Quedan aún conciudadanos que no comen carne los viernes de Cuaresma y creen en la resurrección de los muertos. Incluso médicos y científicos. Respetable, no digo que no, pero cosa muy alejada de la razón. Quiero decir con esto que la creencia no es amiga de la razón. Al final, con las creencias hemos topado. Ciencia y creencia como realidades contrapuestas. Ambas tienen el noble objetivo de buscar la verdad, aunque por caminos bien distintos: la ciencia, por el método científico. Y siempre acompañada por la duda, la pregunta, la incertidumbre. Su medio de difusión, las revistas de prestigio reconocido. La creencia lo basa todo en la fe. Y sus acompañantes perennes, la certeza, el dogma. Y su medio de propaganda en el caso que nos ocupa, Discovery Salud, su libro del Apocalipsis. 

Tampoco yo me libro de la fe. Creo en la Ciencia. Pero no a ciegas, sino cuando aporta pruebas y evidencias. Creo en la honestidad de los investigadores científicos (aunque haya habido a  lo largo de los años algunas sombras muy dañinas y nada ejemplarizantes). Y, a pesar de los pingues beneficios económicos que se embolsa la industria farmacéutica, me reafirmo en la eficacia y la seguridad de las vacunas. Sería impensable el nivel de "normalidad" que disfrutamos hoy de no haber sido por ellas. Mucho contagio, sí, pero mucha menos  mordida que hace un año. La pandemia no ha expirado, pero ya da sus últimas bocanadas. Y deberíamos estar satisfechos de algunos éxitos parciales conseguidos hasta la fecha, entre los más importantes, la ejemplar respuesta de un sistema sanitario público, la mejora de la gobernanza nacional, con luces y sombras, claro está, y la gran confianza de la población española en la vacuna como elemento clave en la protección frente al virus. Ninguna creencia, sino sólo la Ciencia nos sacará de este atolladero. Estoy en la esperanza de que las vacunas serán el fin de la pandemia o convertirán al Covid en un virus familiar y estacional parecido al de la gripe.

¡Que así sea!

      

lunes, 24 de enero de 2022

¿Machismo o mala educación?

Hay personas cercanas a mí que critican la ley de Igualdad, uno de tantos chiringuitos inútiles, dicen. Alegan que no es necesaria tal ley puesto que nuestra constitución española ya deja claro el tema de dicha igualdad en todos su ámbitos. Y uno, de tanto oírlo, llega -casi- a convencerse de tal aseveración. Pero no. El movimiento se demuestra andando. La carta magna, como papel que es, aguanta todo lo que se le eche. La vida a pie de calle desmiente en muchos aspectos la buena intención de los derechos teóricos en las mujeres. Veamos.

Digamos que la Peque se engollipa con la informática. Si está leyendo unas determinadas instrucciones para rellenar una solicitud se le agolpan las palabras, se cabrea, y mucho más, si le recomiendan pinchar en tal o cual enlace. Se desespera. Ella es mujer de melón y tajada en mano. Nada de rodeos. En esta ocasión que nos ocupa, ni siquiera yo -algo más experto y paciente-, he podido ayudarle. Un galimatías de solicitud. De manera que decidió personarse directamente y sin cita previa en una oficina de la administración del Estado, aquí en Antequera, competente en la materia. Y fue un hombre el encargado de atenderla. Bueno... Es un decir. Más que atenderla, lo que hizo fue menospreciarla. Según me contó luego, se sintió humillada. Maltratada. Curiosamente, fue el conserje de esa oficina quien se comportó de una manera amable y empática con ella, comprendiendo las razones por las que se presentaba sin cita previa y facilitándole el acceso a consultas presenciales con el "superior". Superior en despacho, en sueldo, en porte y postureo, en chulería, pero muy inferior en categoría humana. "Ni siquiera permitió que me sentase; de pie todo el rato. Me trató con una mezcla de desprecio y lástima, con una falsa amabilidad, claramente impostada, como si yo fuese tonta, con una petulancia y prepotencia fuera de lugar, porque ni siquiera supo -o quiso- resolverme el asunto. Me hizo sentir muy mal".

Ninguna persona merece un trato así por parte de un empleado público. Ni hombre ni mujer. Nadie debe ser objeto de menosprecio por nadie; y menos por boca de un servidor del Estado. Y menos que nadie, la Peque. Ya quisiera ese hombre engolado poseer la categoría humana de ella. En su trabajo la Peque siempre se ha desvivido por los cuidados cariñosos a las personas a su cargo. Este individuo chulesco no conoce ni papa de la Peque. Tendría que haberla visto con sus bromas y cariños a los ancianos solitarios en las Urgencias o atendiendo a los familiares angustiados de pacientes muy graves o peinando y perfumando a viejitas sin visitas o alojando en su propia casa a la mujer y los niños pequeños de un marroquí que a su paso por Córdoba enfermó de gravedad y hubo de ingresar varios días en observación del Reina Sofía... Se le hubiera caído la cara de vergüenza de ver que hay personas dignas de ser llamadas como tales, personas empáticas, serviciales, honestas y generosas. No como él, escoria moral que mancha impune e injustamente la figura del buen funcionario. Porque un servidor público, como muchos de nosotros hemos sido, debe mostrar siempre su mejor talante, aún haciendo muchas veces de tripas corazón; debe manifestar cortesía en el trato. Es lo mínimo. 

Y el caso es que este hombre -y otros como él- menosprecia a las mujeres sólo por el hecho de ser mujeres. "¡Anda, hombre! -me diréis-, estás confundiendo machismo con falta de educación". Puede ser, os concedo. Pero yo creo que no. Con los varones su trato es diferente. La Peque vio cómo dos hombres que la precedieron fueron atendidos con mucha deferencia por parte de este mamarracho, quien los acompañó hasta la puerta. Como debiera ser siempre con cualquier persona. Pero resulta que no es así, que a las mujeres, en general, las tiene como seres inferiores. En algún sitio he leído una reflexión escrita por una mujer, alto cargo en política europea, que decía que cualquier mujer en la actualidad, sin importar su origen o su clase social, ha sufrido alguna vez en su vida acoso sexual o maltrato por parte de algún hombre. Y esto es terrible. Cuando lo comento entre mis amigas lo corroboran en sus propias carnes, y dicen que sí, que es verdad. Un primo cercano, un vecino amistoso, un compañero de trabajo, un maestro de los de antes, incluso un cura han sido capaces de acosarlas. Cualquier mujer que me lea puede reflexionar sobre esta afirmación y decidir si es verdad o no en su caso particular. Terrible. Terrible que haya hombres así.

Y estas cosas, estos comportamientos no los corrige ninguna constitución por moderna y progresista que sea. Este machismo engastado en nuestra cultura solamente puede ser abolido mediante la educación y la formación continuada sobre la igualdad y el respeto entre personas. Y más enfáticamente dirigida a los varones para que desde la escuela aprendan a no hacer distingo alguno a la hora de tratar por igual a chicos y chicas, hombres y mujeres. Para algunas personas cercanas parece tarea conseguida. A la vista está que no. Por tanto, bienvenido el chiringuito de la Igualdad, y cualquier otro que ayude a erradicar de una vez el machismo -latente o evidente- que aún pervive entre nosotros. Yo puedo imaginar un hospital, un hotel, un supermercado, un bloque de viviendas, las calles... solamente poblados de mujeres. Un mundo sin hombres. Pero me resulta del todo impensable un mundo sin mujeres. Para nosotros, los hombres, las mujeres son la sal y el azúcar de la vida. Cuidémoslas.       

 

martes, 14 de diciembre de 2021

Lo que vale un euro

¡Te vas a enterar de lo que vale un peine!... Creo, sin embargo, que la mayoría de mis lectores -gente del taco- nunca se ha enterado de eso, del valor de un peine. Cosa muy distinta de lo que vale un euro, claro. De eso sí que nos hemos enterado todos. Y coincidimos en que alguien nos engañó en el trueque: un euro vale menos que nuestros veinte duros de toda la vida. A ver qué hace un abuelo con un euro para sus dos nietos pequeños en el parque. Na. Ni siquiera puede montarlos en los cacharritos, que ya se han puesto a dos euros por pasaje. En fin...

Pero, lo que son las cosas, hoy me he congraciado con el euro, oye. En serio. Ahora lo veréis. Harto de buscar sitios nuevos para mi práctica de golf campestre que no comprometan la integridad de las criaturas del Señor, me da por llamar al club de golf donde ya soy alumno en prácticas. Y pregunto a la señorita de recepción si puedo simultanear mis clases -una a la semana- con prácticas voluntarias en el campo de entrenamiento.

-¡Por supuesto que sí! -me aclara la señorita-. Y no sólo que pueda usted, sino que debe hacerlo. De esa manera practica y perfecciona lo aprendido en la clase.

Vi abrirse el cielo. Porque yo estaba en la creencia de que no podría entrenar por libre hasta haber concluido el periodo de clases. 

-¿Y cómo lo hago?

-Usted se pasa por aquí, y por un euro le entrego treinta y dos bolas... Y a pegarle.

-¿Y si quiero seguir más?

-Otro euro y otras treinta y dos bolas.

-¡Qué guay! 

A las cuatro de la tarde, después de la liturgia de la siesta, allí que me presenté con mi euro y mi hierro del 5. Yo solo. Todo el campo de entrenamiento para mí. Me tomé un tiempo entre golpe y golpe, primero por hacerle caso al profe, que me corrige mi precipitación, "el golf es un deporte de concentración, no puedes darle a lo loco. ¡Párate!". Y segundo, porque me duraran más las bolas, para saborearlas mejor, como cuando de chavea le daba bocaditos minúsculos a la onza de chocolate. ¡Qué gozada! Desde mi posición, frente a la sierra arropada por un vasto edredón de nubes de algodón, sentía la pulsión y la fantasía de hacer llegar cada bola a todo lo alto de la montaña. ¡Y el coraje que da cuando fallas y te sale la bola rateando!... Por mucho que dilaté mis golpes, aquello duró una hora corta. Y quise prorrogarla, claro. Pero la señorita, todo amabilidad y sapiencia golfera, me dijo que no; que tantos golpes seguidos en el primer día no eran adecuados para un principiante, que podía lastimarme los tendones del codo y del hombro. Resignado, me disponía a abandonar el lugar cuando observé que otro novato recién llegado entrenaba en un campito lateral golpes de aproximación y de putt.

-¿Puedo? -le pregunté con una timidez impostada.

-Pues claro, hombre.

Y allí estuvimos los dos aprendices, metiendo bolas en los agujeros hasta no verlas porque se nos encimó la noche.

De vuelta a mi casa, iba cavilando sobre la perdición que se me avecina ante tal descubrimiento tan a la mano y tan barato para un hombre tan vicioso como servidor. Y también pensé que nunca hasta ahora un euro había dado tanto de sí para el disfrute de una criatura.

Nunca hubiera golfero de bolas tan bien servido como lo fuera Filiberto en su campo preferido. Perdón por los ripios. 


Que tengáis todos una muy feliz Navidad, libres de bichos.


  

jueves, 2 de diciembre de 2021

El discreto encanto de la ciudad pueblerina

Pese a su muy vasto y valioso patrimonio arqueológico, natural y arquitectónico de castillo, palacios, iglesias y conventos, que en tan alta estima tienen turistas propios y foráneos, y pese a ser capital de la Comarca Norte de Málaga, Antequera es una ciudad con espíritu pueblerino en el más entrañable y campero sentido de la palabra. Es ciudad, pero, sobre todo, es pueblo. Un pueblo muy grande. Así lo entendí cuando de joven acompañaba a mi cuñado a vender melones en la plaza del mercado. Así lo disfruté cuando venía con la Peque, entonces mi novia -y toda su familia de carabina-, a su feria de agosto. Y así lo vivo hoy en día, siendo un vecino más. Superada por el tiempo la antigua sociedad clasista y latifundista de señoritos y jornaleros, la Antequera de hoy sigue viviendo de su fructífera vega, de diversas y poderosas empresas agrícolas, del turismo y del sector servicios. Salvando dos calles céntricas y el gran ensanche residencial por el oeste, todo lo demás es pueblo. Me dice mi amigo Juan Francisco que, en términos geográficos, a este tipo de ciudades intermedias muy ligadas a la agricultura se les denomina agrociudades. Pues muy bien. Ciudad enteramente provinciana donde mucha gente no sale a la calle sin arreglarse un poco, o se viste de limpio para la misa de doce, o se concentra a pasear por la calle Estepa o el paseo Real. Pueblo donde las mujeres barren y friegan la acera que les corresponde, y donde los hombres no han perdido la costumbre de la gorra campera. Pueblo, en fin, de una prosodia muy particular que convierte las eses en jotas, y aquí no paja na. Y nosotros, la Peque y yo, en la gloria de un entorno tranquilo y de agradable convivencia. Alejados de las bullas y las prisas de Sevilla, vivimos aquí la mar de a gusto. Y encima, con nuestros nietos a cinco minutos, y nuestra familia palencianera a veinte.  Dado el dicho popular de que una imagen vale más que mil palabras, veamos esta estampa.

Sobre las once de la mañana abandono el parque Atalaya porque a esa hora ya empieza a circular el carrusel variopinto de criaturas que lo disfrutan: jóvenes bizarros que someten sus carnes a capítulo en un gimnasio al aire libre; quedadas de perros amigos que sacan a sus dueños respectivos a que tomen el sol y discutan de fútbol, mientras ellos corretean y estercolan a sus anchas; vecinas del barrio cercano que salen de sus casas para que se seque lo fregao y se juntan de cháchara; ancianos de andador que distraen a sus cuidadoras con sus mismos relatos de todos los días... Ya lo tengo asumido. A las once, a casa. A por los mandaos. Mi juego de golf silvestre ha de ser en solitario, vayamos a leches. Una hora larga es más que suficiente. Me fastidian esos días soleados y luminosos en que a los maestros les da por trasladar a "mi parque" el patio del recreo o la clase de deportes, y me lo ocupan toda la santa mañana. Entonces, no sé porqué, considero que quizás Herodes no fuese tan ogro como lo pintan. Mis días favoritos son esos neblinosos y fríos -como el de hoy- en que no hay un cristo que se atreva a asomar por allí.

Me ha resultado algo entrañable comprobar que algunos ancianos que pasean por el sendero que circunda el parque me hayan devuelto varias bolitas extraviadas. Son muy ocurrentes y les entretiene charlar conmigo. Y viceversa. Me gusta pararme a escuchar la honda sabiduría que brota en sus palabras medio rotas para aprender de sus historias rancias, de tan repetidas. Como cuando de niño lo hacía en La Capilla sentado en un banco entre mi abuelo y don Bernardo. Días pasados, una pareja de dos ancianos muy viejitos me aborda.

-¿Usted es el señor que juega con  las bolitas blancas?

-Sí, yo soy. Bueno... Tengo otro amigo, pero ya lleva tiempo sin venir.

-Es que apenas coincidimos, porque cuando nosotros llegamos usted pilla y se va.

-Natural -les aclaro con delicadeza-. No puedo jugar con gente por delante. Es peligroso.

-Ya, ya -me responde socarrón el que parece más nuevecillo-. Ya que nos hemos librao del virus, no vaya a ser que nos mate usted de un bolillaso.

Y nos reímos. Y me dice el otro:

-A ver si quedamos para otro día, porque tenemos en casa dos bolas para devolvérselas.

Pues eso, amigos, la cosa es que yo encuentro muy atractivo esto de vivir en el pueblo, tanto aquí, en Antequera como en Palenciana: las calles limpias y empedradas, el que te conozca la gente por tu nombre, el contacto callejero con los mayores, el encanto de sus gentes sencillas... Será que nunca he dejado de ser  un hombre de pueblo. Eso va a ser. 

     

sábado, 27 de noviembre de 2021

Las bragas

Ninguna prenda femenina como las bragas. Para los hombres que, por edad, nos estamos reforzando en estos días con el tercer pinchazo covideño, nada superaba -ni supera- la sugestión de las bragas. No había color con el bikini, los shorts, la minifalda, incluso el sujetador. Las bragas eran el gran fetiche. Verle las bragas a alguna chica era lo más de lo más. Y mira tú que eran cuidadosas las joías, tapándose con las manos cualquier rendija traicionera. "Se lo he visto todo" -decíamos ufanos en las rarísimas ocasiones en que un cruce de piernas más lento de lo acostumbrado o una ráfaga de viento bienaventurado nos permitía vislumbrar por un segundo el cielo blanco y fugaz de las bragas-.Y si eran negras, ni te cuento. Una de las fantasías inconfesables de muchos adolescentes de aquellos tiempos era poseer el don de la invisibilidad para poder invadir la intimidad del dormitorio de algunas jovencitas. Bueno, y también, ya puestos, para poder colarnos en el cine de la plaza de balde. En el cortijo, viviendo en un patio de vecinos, me producía cierta turbación ver las bragas de las aceituneras colgadas al sol en el tendedero. Fíjate tú. Estoy convencido que, por el contrario, para una chica de entonces vernos a los muchachos en calzoncillos le parecería mucho más gracioso que erótico.

Y el caso es que, de tan metido en la sesera, los hombres que ahora somos no hemos perdido esa fascinación por tan delicada prenda. Casados y experimentados en lances amorosos, y viniendo de vuelta de tanta película picante y descarada, cuando no abiertamente pornográfica, nos sigue poniendo más, sin embargo, una mujer en bragas que desnuda. Y nos gustan las bragas de siempre, con sus bordes festoneados de encaje, ajustando los cachetes y marcando bien el manojito púbico. Incluso las de cuello alto, mucho más que los tangas modernos, que es como no llevar nada. Y más que a nadie, a mí, que por mi oficio de médico tantos culos de diversas latitudes y bragas de todos los formatos habré visto. Pues, nada. Todavía, fuera del ámbito profesional, la visión accidental de ese pequeño triángulo de ensueño me sigue cosquilleando del ombligo pabajo.

Días pasados, paseando por la calle, acaeció un hecho que, aunque usual en este tiempo, la magia del momento me transportó a uno de aquellos días de mi adolescencia en que un viento gracioso de levante se colaba de sopetón por el callejón de la iglesia y arremetía furioso contra toda falda que se pusiera por delante. En fin, que voy tan tranquilo por la acera en una calle céntrica de Antequera cuando una mujer joven se detiene justo delante mía para aparcar su motocicleta. Las obras interminables en la calle Estepa le han dado una vidilla extra a la calle Merecillas, lugar de los hechos. Sobre el mediodía, la calle rebosa de gente que sale y entra de las tiendas o que, como yo, pasea con aburrimiento a su perrita. Y llega la buena mujer con su falda holgada y abre sus piernas para bajarse de la moto, como si estuviese sola en medio del campo. Y luego, como si tal cosa, se recoloca la falda y aquí no ha pasado nada. Y, en efecto, no tiene por qué haber pasado nada. Sólo que ese instante sublime, inesperado y excelso, nos fascina a los hombres por su fugacidad, visto y no visto. Y porque nos hace recordar vivencias de otrora en que las bragas simbolizaban lo más arcano e inalcanzable de cualquier mujer. Para ellas, el sancta sanctorum que custodiaba su virtud más preciada; para nosotros, el pórtico de la gloria. 

No tengo apaño, ya lo sabéis.

   

martes, 16 de noviembre de 2021

Cuando el amor llega así, de esa manera...

Mucha gente me sigue preguntando si echo de menos mi vida de hospital. Y yo sigo contestando sin ambages que no; que la vida tiene un recorrido por tramos, y que ahora toca lo que toca: ocio, amigos, escribanía y nietos. Me gustaría añadir el sexo, pero sería una fanfarronada. En cualquier caso, escondo un as en la manga, porque nunca deja uno de ser médico del todo.

Hoy os traigo una historia de amor. Su protagonista femenina es, precisamente, una paciente mía de reciente cuño, de mi época de jubilado. La conozco desde los tiempos gloriosos de nuestra vida en Valencina, porque traté a un hijo suyo de cierta afección intestinal, pero nunca hasta ahora la había tenido a ella como paciente.

Ángeles y yo mantenemos una  relación telefónica y epistolar. Congeniamos de maravilla. Lo que hoy se dice tener feeling. Es chiquita, talentosa y rabiosilla, en eso se parece mucho a la Peque. Y muy guapa a sus sesenta y dos años. Yo creo que se pone bótox o potingues de esos para mantener la cara de muñeca. O a lo mejor es su ser natural. El caso es que, divorciada desde hace años, lleva mal la soledad obligada. Y por otra parte, viajera infatigable, le cuesta apiarar con mujeres de su pueblo porque son demasiado domésticas. Me llama, me escribe y me cuenta sus dolamas. Ciertamente, su pequeño cuerpo ha sido castigado en exceso por intolerancias alimentarias múltiples, colon irritable y un síndrome de hipersensibilidad al dolor pariente próximo de la fibromialgia. Y yo le aconsejo y le ayudo en la distancia.

Llevaba meses sin noticias suyas. Y hete aquí que hace unos días me escribió un wassapt espectacular. Que está curada; que ya come de todo, con ciertas precauciones, claro; que los dolores articulares se han disipado... Que es otra mujer. "¿Cómo es eso?" -le pregunto. "Que me he enamorado" -me suelta-. Mejor se lo cuento por teléfono". Y me llamó.

Resulta que un día, en la cola de la pescadería, un hombre le pidió la vez. "Ya de entrada, me agradó". Como quiera que la espera se alargara, charlaron de lo que cada uno pensaba comprar, de si me gustan los boquerones grandes, esos que parecen sardinas, pues yo prefiero los lomos de atún, aquí te los preparan de escándalo y te dan la receta para untarlos con mermelada de tomate, un lujazo... A lo tonto, a lo tonto, siguieron con la cháchara hasta llegar a la caja. Y al despedirse, el hombre le sugirió almorzar juntos en la misma cafetería del centro comercial. Y ella, que se echa la manta a la cabeza y dice que sí. "Aun sintiendo mucha vergüenza, porque desde años atrás yo no sé qué es eso de ligar. Pero me dije que por qué no". Imaginaos a una mujer de esa edad en semejante tesitura. Ni en sueños hubiese imaginado volver a conocer varón. Y ahora, fíjate. Y es que, como dice la canción, cuando el amor llega así, de esa manera, una no se da ni cuenta. Y me resulta enternecedor ponerme en la piel de esta mujercita, que retornando a sus tiempos mozos revive aquel revoloteo juvenil entre la emoción y el cosquilleo del enamoramiento, por una parte, y el recelo de lo desconocido, por otra. Y, como la muchacha que en su día fuese, se lanzó a la aventura. Se produjo el inevitable intercambio de móviles; se sucedieron llamadas en los días posteriores... Y aquel inicio dubitativo y temeroso se tornó muy pronto para ella en una relación tranquila, sosegada (cada uno en su casa) y muy gratificante. Por wassapt, me envió un selfíe con ellos dos en pose acaramelada. Pedazo de novio. Federico se llama el hombre. A mí, ese tío me echa los tejos, y nos vamos con él la Peque y yo. Los tres juntos.

Y adiós a los males. Es lo que tiene el amor: que cura. Y no es sólo por el sexo, que también. Ya es un clásico un estudio epidemiológico publicado hace años por la revista médica Health, que sugería claramente que las personas casadas viven más y con mejor calidad de vida que las solteras. Que el afecto compartido beneficia la salud. Siempre hemos creído que la mente ejerce una fuerte influencia sobre el cuerpo. Y lo hemos hecho de una manera empírica. Hoy, sin embargo, sabemos que el milagro del amor sobre la salud consiste en que los mismos estímulos externos o internos producen respuestas orgánicas diferentes dependiendo del grado de intoxicación amorosa que padezca nuestro cerebro. Puede parecernos fantasía, pero es una realidad no sólo anímica, sino también biológica. La oxitocina, hormona del parto, llamada también la hormona del amor, se libera en la hipófisis ante estímulos como los abrazos, los besos, las caricias e incluso las miradas tiernas. No digamos ya con refriegas mayores. Una de las principales dianas de esta hormona es la amígdala cerebral, controlando en ella las reacciones de ansiedad y pánico. Compartir el afecto posee otras bondades como la mejora en los hábitos alimenticios, en el sueño, en la tensión arterial...Los gestos amorosos disminuyen los niveles sanguíneos de cortisol, con lo que son muy beneficiosos para combatir el estrés.

La experiencia de Ángeles es muy ilustrativa para todos nosotros, viejos carcamales, que nos creemos de vuelta de todo y que, acostumbrados a nuestra posición de vida adocenada, no apreciamos la importancia que para nuestra salud física y mental tiene el hecho "insignificante" de una convivencia tan bien avenida y duradera con nuestras santas y nuestros santos respectivos. Ángeles y Federico nos devuelven a todos a otro tiempo muy lejano en que el amor era ímpetu, ganas, pasión, empoderamiento y emoción. Era el sentido máximo de la vida. Bienaventurados ellos, que ahora rehacen la suya y reviven aquellos días de perenne primavera. 

Al final, y para que se note mi venero del seminario, recordaré aquello tan releído de san Pablo y su carta a los Corintios: "Si no tengo amor, nada soy". Pues eso.  

 

lunes, 8 de noviembre de 2021

Mejor no preguntar

A sus veinte años, Mari Carmen no había salido de Pozoblanco. Era una joven de facciones agradables, buena moza, quizás demasiado entrada en carnes para su edad, muy tímida y retraída. Muy de pueblo aislado. No era un portento de la limpieza ni de la cocina, nada que ver con Adela, la muchacha tan diligente y espabilada que teníamos en Córdoba, pero se desvivía con los cuidados y mimos hacia nuestra hija, y para nosotros eso lo era todo. Quizás deseosa de conocer mundo, Mari Carmen se vino con nosotros de interna cuando nos trasladamos a Sevilla. Era un primor de cuidadora. Algo chochona, no hacía otra cosa que estar pendiente de nuestra hija. Y nosotros tan contentos. Y la niña, también. Nos duró sólo un año. Aunque iba con cierta frecuencia al pueblo, no fue suficiente, le tiraban demasiado los lazos del terruño y los de su casa.

Me agrada ir de visita a Pozoblanco. La Peque, mi hija -bebé por entonces- y yo vivimos allí solamente nueve meses. Pero fue un tiempo muy especial para nosotros. Llevo con orgullo el haber sido parte de aquel sensacional grupo de médicos, pioneros entusiastas, que pusimos en marcha el flamante hospital. Y que mi mujer fuese la primera directora de enfermería del mismo. Una valiente, como lo ha sido siempre. Imborrables en nuestra memoria los primeros pasos de nuestra hija, sus chapetas malares por el frío quemante de Los Pedroches, el embeleso de Mari Carmen hacia ella y la fraternal convivencia de aquel comando de jóvenes médicos "forasteros" que habíamos llegado desde Córdoba para abrir el hospital.

Han pasado 37 años desde entonces, que se dice pronto. Pozoblanco ha permanecido en nuestro imaginario emotivo como el comienzo de todo en nuestra pequeña familia. Magnificamos aquellos días lejanos que tanto daban de sí, mucho más de 24 horas, las comidas opíparas en la fonda Damián, las amistades tan rápidas con Los Pañeros, Los Cardadores... Y la apertura de nuestra primera cartilla de ahorros en el Banco de Santander, de la mano de Aurelio y de Fernando. Sí, pero todo envuelto en esa nebulosa mágica de lo pasado, de lo nostálgico.

En los últimos años, sin embargo, los amigos de Sevilla vamos a Pozoblanco de vez en cuando invitados por Los Pozuelos, propietarios de una hermosa dehesa. Y nunca se me había ocurrido antes visitar a Mari Carmen. Pues esta vez, sí. En el bullicio callejero del viernes anocheciendo, me separé de las mujeres, siempre de tiendas, y me puse a pasear desde "Los Godos", bulevar arriba, hasta alcanzar el hospital. Ha crecido. Tanto o más que el gran eucalipto que lo abandera. Y me sentí muy confortado porque allí permanecía callada una parte muy entrañable de mi historia, de mi vida. Si desde la entrada a Urgencias tuerzo a la derecha me topo con la calle donde vivimos durante nueve meses. Poco ha cambiado esa calle. Identifico casi todos los bloques. Y me dispuse a buscar a Mari Carmen.

Nadie me daba norte de ella. Desde los porterillos automáticos de los distintos bloques de pisos fui charlando con vecinas. Nada. Entré en un bar de aquellos tiempos, justo debajo del que fuese mi piso. El dueño tampoco fue capaz de acordarse de nada que pudiera servirme de ayuda. "Tenga usted en cuenta -le aclaraba yo- que ahora aquella muchacha debe andar por los 60 años". El hombre me acompañó a un taller cercano por ver si allí podrían escudriñar mejor. Nada. Le agradecí su empeño y me despedí. De vuelta a donde las mujeres se me ocurrió entrar en la farmacia de la esquina, pensando que una mujer obesa de 60 años sería clienta habitual. Tampoco pudieron auxiliarme dos jóvenes mancebas. Pero me indicaron la pista que sería definitiva: "llame usted en aquella puerta de enfrente. La mujer se llama Luna, y se conoce mejor que nadie la vida y milagros de toda la gente que vive o ha vivido en esta calle." La mujer, toda espléndida, bajó enseguida a abrirme. Da gusto charlar con desconocidos que, de pronto, te tratan como si te conocieran de toda la vida. Es el encanto de los pueblos. Cuando hube acabado de contarle toda mi historia del hospital, de mi piso alquilado allí enfrente y de Mari Carmen, se me quedó mirando muy seria, agarró su móvil y llamó a alguien como para asegurarse, y luego dictó su sentencia: "mire, por las señas que usted me cuenta, esa mujer ha muerto". Me quedé muy tristemente sorprendido, claro. "Murió hará unos seis meses. Tenía, la pobre, una obesidad mórbida. Los demás vecinos no han sabido dar con ella porque desde hace unos diez años ya no vivía en esta calle, sino en esa otra que tuerce a la derecha. ¿Quiere usted que lo acompañe a su casa y habla con su marido?" Desistí. Sólo quería saber de ella. En el camino de vuelta me costó deshacer el nudo en mi garganta recordando a aquella muchacha lacia y rechoncha que tiraba por los aires a mi niña de un añito, la recogía en su amplio regazo y le hacía reír hasta llorar de cosquillas.

Mejor hubiese sido no preguntar.