domingo, 20 de marzo de 2022

La guerra, la mili, los piojos, y mi madre.

"Nosotros, los pueblos, hemos resuelto preservar a las generaciones venideras del horror de una guerra". 

(Carta de las Naciones Unidas, firmada el 24 de junio de 1945, por 50 de los 51 países integrantes, por supuesto, Los Estados Unidos de Norteamérica, China y la URSS).

Papel mojado. Sólo hicieron falta dos meses (agosto del 45) para desmontar el nuevo paradigma de paz con el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki.  En fin, para qué seguir, incontables los conflictos bélicos que en el mundo han acaecido y acaecen desde la firma de aquella Carta tan buenista.

Y es que, por mucho que nos empeñemos, seguimos siendo Homo Sapiens, el mayor de los oxímoron posibles, porque en realidad estamos muy lejos de la sabiduría, es más, somos directamente estúpidos. 

Elevado por los japoneses a la categoría de superhéroe -la contraparte oriental del Superman americano- por haber sido el artífice del aplastante triunfo en Pearl Harbor, Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la Armada Imperial, lejos de toda pompa, sentenció: "Yo no soy un hombre brillanteUn hombre brillante habría encontrado el modo de no hacer la guerra" .

He ahí la cuestión. Solamente personas brillantes pueden evitar las guerras. Y al decir brillantes hemos de entender poseedores de virtudes como la bondad, la humildad, la justicia y la inteligencia. Y quizá por ese orden. Y está claro que los líderes que gobiernan el mundo no son brillantes. Uno, en su desconocimiento y buena voluntad, piensa que las capitulaciones de cualquier tratado de paz podrían haberse alcanzado de igual manera sin necesidad del horror de una guerra. Solamente hacen falta personas brillantes. Hombres y mujeres brillantes. ¡Casi na!

Escribe en su blog mi amigo y colega Fernando Madrazo que esta guerra en Ucrania y el consiguiente reclutamiento forzoso de varones le traen a su memoria los tiempos de la "mili". Historias de la puta mili, con sus luces y sus sombras. Estoy con Madrazo en que aquello era una puesta en escena de un militarismo cada vez más desfasado que solamente servía para que muchos muchachos perdieran su tiempo, su trabajo... Y hasta su novia. Puta mili, cierto. Pero, en su defensa, muchos jóvenes de extracción rural y humilde tuvieron la ocasión, gracias a ella, de salir del terruño,  conocer a otras gentes y ver el mar por primera vez. Puta mili, de acuerdo, pero servidor no sólo no perdió a su novia, sino que ganó un "sueldazo" mensual de 50.000 pesetas de entonces por pasarle la consulta al coronel médico, en el ambulatorio de la Fuensanta. Puta mili, vale, pero, salvo excepciones, todos aquellos que la hicimos guardamos recuerdos imborrables de ella. Y casi todos, agradables.

A mí, sin embargo, esta guerra en Ucrania me evoca unos recuerdos bastante disparatados, es así. Y me devuelve a mi niñez y a mis piojos. Y a mi madre. Qué cosa más extraña, diréis. Pues veréis: el animismo belicista que yo observo en la tele, en las redes, en la calle..., la exaltación de la resistencia épica ante el invasor..., no digo que esté mal, pero me transporta el pensamiento a otros tiempos que yo creía superados. Y me hace meditar de dónde venimos, qué hemos aprendido en la escuela y en nuestras casas familiares. De niño, mi madre me despiojaba una tarde sí y otra también. Hoy, los piojos en las escuelas son una anécdota pintoresca, algo que se cuenta en las meriendas de las mamás en las terrazas, pero en aquellos tiempos eran una señal inequívoca de pobreza. Mi madre me entretenía esa hora tediosa con cánticos guerreros: El soy valiente y leal legionario me lo sabía de memoria, pero me impresionaba más el "ardor guerrero vibre en nuestras voces, y de amor patrio henchido el corazón; entonemos el himno sacrosanto del Deber, de la Patria y del Honor...  Y que por verte temida y honrada (se refiere a la patria) contentos tus hijos irán a la muerte, si al caer en lucha fiera, ven flotar victoriosa la bandera... Y es que me parece estar viviendo hoy, entre muchas personas, estos sentimientos de exaltado patriotismo. Mis padres, las personas más buenas del mundo, enaltecían el valor de los caídos por Dios y por la Patria. Y el de los caídos en el Rif, en Cuba o en Filipinas. Caer en la guerra por España era un honor. Eran otros tiempos, de acuerdo, pero estas apreciaciones, estos valores de sacrificio y muerte por la patria, quedan en el imaginario colectivo y nos afectan todavía. Algo, o mucho, de esto está detrás del apoyo incondicional que la gran mayoría de los españoles -y yo me incluyo- prestamos a los ucranianos en su resistencia, posiblemente inútil.

 Y vuelvo a mi madre. Veinte años más tarde de mis piojos. Enterada de que la Peque y yo habíamos decidido inscribirnos en un programa de adopción, se interesó mucho por el tema y nos atosigó a preguntas. A regañadientes iba digiriendo aspectos muy novedosos para ella, como el hecho de que eventualmente podrían darnos no uno, sino dos bebés hermanitos, o que fuese un niño gitano, o incluso moro, "bueno, si es moro lo bautizamos enseguida y ya está" -decía resignada. "Niño ¿y os pueden dar un niño negro?" Pues claro, le dije con toda naturalidad. Y entonces, se levantó de la silla, toda alarmada, como ofendida. "Niño, eso sí que no puede ser... Negros, no, ¡que no puede ser, por Dios!" Pero, mama, por qué no va a poder ser, son criaturas del Señor, como nosotros... "Como nosotros, no, que cuando el Señor los hizo negros por algo sería." Ea.

Viene al caso, quizá, para tratar de entender el por qué de nuestra nada disimulada preferencia por según qué clase de refugiados. Ciertamente, contrasta la acogida tan generosa y mediática dispendiada a los ucranianos comparada con la ofrecida en anteriores ocasiones a sirios, libaneses, palestinos o magrebíes, por citar ejemplos no muy lejanos. Gran parte de nuestra educación y formación infantil y juvenil ha consistido en menospreciar cualquier cultura o país que no fuese cristiano. En nuestra infancia, lo moro y lo judío era lo más abyecto que pudiera existir. Y, como digo, estas cosas permanecen en nuestro subconsciente. Los ucranianos, sin embargo, son de los nuestros, son cristianos y europeos. Y encima, rubios, tiposos y guapos. 

Desde luego, hemos superado esa mentalidad racista y nacionalcatólica de nuestros padres, y creo que, por lo general, ya no somos patriotas tan aferrados como para entregarnos a la muerte por defender símbolos externos de La Patria, por respetables y sagrados que sean, ni por el interés de terceros. No veo que, invadida España por la "pérfida Albión", un suponer, nos prestáramos los españoles al sacrificio, la destrucción y la muerte a que se están exponiendo los ucranianos. Afortunadamente, creo. Pero tampoco podemos desprendernos fácilmente de todo el bagaje doctrinal que hemos mamado. Normal.

En estos pensamientos estaba, cuando la Peque me avisa que me deje de pancosás y que me tome las pastillas del riego, que vienen los niños... 




 

lunes, 28 de febrero de 2022

¡NO A LA GUERRA!!!!


"Malditas las guerras, y malditos aquéllos que las promueven"

(Julio Anguita)


Estaréis todos conmigo, creo yo, en que este grito mediático del "No a la guerra", hoy universal, es la frase de moda, la sentencia más leída y oída en cualquier medio. Salvo el descerebrado de Maduro, todo el mundo comparte esta gran proclama. Incluso muchos rusos de Rusia la invocan (mucho ruso en Rusia y mucho mantecado en La Estepa, que diría nuestro gran Eugenio).

Y sin embargo, me vais a permitir una reflexión muy particular al respecto. Creo que muchas palabras y frases mal usadas, de tanto repetirlas, han perdido su verdadero significado. "Se nos rompió el amor de tanto usarlo", decía nuestra tonadillera. Amor, libertad, odio, empatía, valentía, solidaridad... han perdido la fuerza y el rigor de antaño. Algo parecido puede estar ocurriendo ahora con este grito manido del "No a la guerra". Puede llegar a convertirse, si es que ya no lo ha hecho, en otro de las tantos brindis al sol que tanto nos gusta compartir.

Putin es una mala bestia, una mala persona. Un hombre megalómano que se cree descendiente del linaje de Gengis Kan, un zarista con sueños de imperialismo trasnochado. Me importa un rábano si es comunista o fascista. Me digual. Es un monstruo. No es concebible en una sociedad moderna y civilizada invadir por la fuerza un país vecino por mucha tirria que te dé que dicho país, amigo y confidente hasta hace veinte años, flirtee ahora con tus adversarios políticos. Te aguantas. Cada nación soberana tiene derecho a elegir libremente su destino y el futuro de sus ciudadanos. Si has tenido una novia muchos años y resulta que al final ella te deja y se lía con tu peor enemigo, tú rechinas los dientes, pero ya está, de ahí no se debe ni se puede pasar.

Por tanto, el grito adecuado de rechazo en las circunstancias actuales debería ser un rotundo NO A PUTIN.

Un NO A LA GUERRA nos compromete a mucho más. Y no estoy seguro de que fuésemos, como sociedad, capaces de asumir todas las consecuencias de un "no" verdadero a la guerra. A todas las guerras. Si de verdad deseásemos la paz no podríamos diferenciar entre guerras malas y otras "menos malas", casi buenas; no puede ser "no a Putin", pero sí a Bush, a Toni Blair, a Trump, a nuestro ínclito José Mari. No. Tendríamos la obligación de enterarnos y denunciar las provocaciones de nuestros propios aliados (los yankis) alentando de continuo a los países limítrofes con Rusia con el propósito de alistarlos en su nómina y aislar cada vez más a una nación poderosa aunque venida a menos. Un no a la guerra significa el rechazo a las armas y a la industria armamentística, y un SI poderoso a la desmilitarización progresiva en todo el mundo. Significa también una abolición de las alianzas y otros contubernios militares. China es el amo de medio mundo sin pegar un tiro. Se puede conquistar el mundo sin violencia. Se pueden establecer alianzas y tratados de índole cultural, comercial y social, claro que sí. Se puede todo, menos matar para robar, humillar y aplastar a los vecinos. Ningún país puede arrogarse el derecho de imponer a otros su estilo, su gobierno, sus costumbres o su moral pública.

Soy consciente de que estas reflexiones mías son mera utopía. El hombre es violento por naturaleza y es tribal por conveniencia y por supervivencia. Siempre habrá alianzas de defensa, ejércitos "bien intencionados" con la sola misión de persuadir (¿...?) o de restaurar la democracia y los derechos humanos en aquellos países con abundancia de recursos naturales; ansias de poder desmesurado en algunos dirigentes cuando no abiertamente trastornos mentales mayores; siempre habrá guerras... La NO GUERRA es una utopía.

Con todo, os animo a apuntaros al coro de "raritos" que proclamamos la utopía de NO A LA GUERRA. NO A PUTIN. NO A LA OTAN.


Con perdón.  

 

viernes, 18 de febrero de 2022

Obras son amores

Ha sucedido esta tarde en el parque. Caminando de prisa a la casa de  de mis nietos, por orearlos un poco tras su reciente confinamiento covideño, he adelantado a una niña que, atarragando, cargaba de mala manera con su pequeña bicicleta. Y me detengo algo inquieto porque tres muchachos marroquíes se van para la niña, que parece asustada, y le agarran la bici. De esos instantes en que no sabes qué hacer ni qué va a pasar. Ha visto uno tantas pelis de secuestros de niños...Uno de los jóvenes sube la bici encima de un banco y se aplica en recolocar la cadena que se había descarrilado, mientras los otros dos bromean con la chiquilla, ya más tranquila. "Ea, listo. Ya puedes seguir" -le dicen a la niña. Y yo me reprocho no haber estado a la altura: primero por no haberme percatado de la necesidad de la niña (aunque con lo manazas que soy poco hubiese sido mi socorro), y segundo por mal pensado, por racista. Obras son amores.

Como sucede en las películas de policías, cuando llegó el padre ya estaba todo consumado. "Ése es un padre separado que le tocaba hoy visita", sentenciaría luego la Peque, rotunda.

-¿Qué ha pajao? -se acerca cariñoso a la niña.

-Na, que je le ha jalío la cadena a la biji, y nojotros je la hemos arreglao -salta el mayor de los muchachos.

Y no tengo más remedio que sorprenderme ante lo bien que este joven marroquí ha aprendido la prosodia local. No como yo, que no acabo de soltarme. Y eso que tengo recién aprobado el B2 de antequerano. Pero nada: ahí metido en el armario sin atreverme a salir. Me entreno en mi casa, y tanto la Peque como mi hija me aprueban y me animan a que practique en la calle, que nadie va a notar nada extraño, ya que con la gorrilla campera, mi pataje y malas trazas parezco enteramente un mochano del barrio de san Pedro. De los de toda la vida. Ni por esas. 


Mis cosas.

viernes, 28 de enero de 2022

Crítica amistosa del negacionismo covidiano


"Todo aquello que el hombre ignora no existe para él. Por eso el universo de cada uno se reduce al tamaño de su saber". (Albert Einstein)


Como supongo que os sucede a todos, entre mis amigos y conocidos cercanos hay algún negacionista. Pocos, es cierto, pero alguno da mucha matraca. En algunas de estas personas predomina sobre todo el aspecto de anti vacuna, uno de los brazos colaterales más marcados en el negacionismo. Con todo, yo no veo asimilables ambos términos. Creo que hay personas antivacunas que no son negacionistas. No sé... Simplemente, no se fían de estas nuevas vacunas. Dicen que en cuanto salga al mercado la vacuna española, una vacuna de formato antiguo, de las de toda la vida, se la ponen. Bueno. Creo que son personas que ya de antemano se han posicionado, por lo general, en un situación de pensamiento que defiende la medicina natural y homeopática por encima de la medicina instrumental y agresiva. Consideran que es mejor protegerse con las defensas propias que inocularse sustancias extrañas, y se acogen a la desobediencia civil, al encontrar zonas de conflicto entre la legalidad vigente y la ética personal. Como veremos, la eficacia demostrada de las vacunas los deja con el culo al aire.

Los negacionistas "pata negra" que conozco son personas bien formadas y educadas que se encuentran firmes y seguras en sus convicciones. No sufren por sí, sino por los demás. Su gran problema existencial es comprobar que la mayoría de las criaturas nos comportamos como borregos asumiendo el relato oficial de los políticos y de los científicos, comprados por la industria farmacéutica. Creo que no es ofensa para ellos que yo los considere gente rara. Se posicionan de una manera inamovible en lo que vamos a llamar "La teoría general del negacionismo". Es como sigue: la pandemia (plandemia) tiene su origen en la creación de un virus artificial y maligno por parte de los poderes económicos y de la alta geopolítica, magnificado por la abusiva contaminación atmosférica de ondas electromagnéticas, con la intención clara de controlar y manipular la población mundial. Dichos poderes introducen de manera espuria sus tentáculos en los gobiernos de los distintos países y en los medios de "desinformación" de masas, principalmente las televisiones, para crear una alarma desproporcionada y así conseguir sus objetivos, esto es, nublar el conocimiento, adormecer conciencias y conducirnos al redil del sometimiento. No existe justificación real para ninguna de las restricciones impuestas a las libertades y derechos individuales. Todo es una farsa exagerada. El ala más extremista demuestra una ignorancia supina poniendo en cuestión incluso la existencia misma del virus, puesto que no se ha encontrado en el tejido pulmonar necrótico. Desconocen, pues, qué es entonces la PCR, sino una demostración del genoma viral, y que diagnosticamos, por ejemplo, una tuberculosis pulmonar solamente por la presencia del bacilo de Koch en el esputo sin necesidad de abrir los pulmones para encontrarlo. Las vacunas, claro está, no se libran de su feroz diatriba. Lejos de ser la solución, para los negacionistas son parte muy importante del problema. Las vacunas han producido incontable número de muertes y millones de casos de efectos secundarios muy graves. De estas cosas no nos enteramos porque es algo que no interesa a los poderes malignos que nos controlan.  Y no sólo eso: las vacunas son responsables de la supervivencia del virus entre nosotros. Sin ellas, la plandemia ya se habría diluido por sí misma. 

Desde la viruela hasta la actualidad, la mayoría de las vacunas conocidas han sido muy eficaces, han salvado millones de vidas y mejorado de manera evidente nuestra calidad de vida. Hasta ahora, yo creo que las vacunas tal vez hayan sido la herramienta más trascendental en la historia de la medicina. Y sin embargo, todas y cada una de ellas han tenido sus detractores, sus negacionistas de época. No creamos que es cosa nueva esto del negacionismo. A mediados del siglo XIX, cuando aún la viruela diezmaba la población mundial, surgió el primer movimiento antivacunas. Sus acólitos pintaban grandes carteles donde se ridiculizaba a los vacunados poniéndoles unos grandes cuernos en sus cabezas, como si la vacuna los fuese a convertir en vacas lecheras. Nihil novum sub sole. Ahora, algunos negacionistas creen que las vacunas de ARN mensajero portan unos microchips de control. Algo parecido a los chips subcutáneos de los canes. Otros van más allá y afirman sin pudor que en el ARNm han colocado material genético de extraterrestres para crear una especie híbrida entre humanos y seres celestes. Habemos gente pa to.

La realidad tozuda, sin embargo, nos muestra la falacia de estos alegatos. La Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios, en su último informe del 5 de enero de 2022 nos dice que en España llevamos inoculadas 91.000.000 dosis de vacunas. Se han registrado 55.455 casos de efectos secundarios, de los cuales, 11.048 han correspondido a reacciones vacunales severas, lo que supone el 0,013%. Y 375 casos de muertes (el 0,0004%). Nunca en nuestra corta historia un fármaco o una vacuna han sido sometidos a la estricta farmacovigilancia que tienen las vacunas Covid. Cualquier otra vacuna, incluso fármacos "inocentes", como el Paracetamol o la Amoxicilina podrían presentar similares guarismos que las vacunas Covid, si se contabilizaran con tanto esmero sus reacciones adversas. A día de hoy, la letalidad del virus es menor al 0,14%. Las referencias oficiales del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias informan que la mayoría de las estancias en las UCI y de las muertes por Covid se dan en personas no vacunadas. Las referencias próximas que poseo de los hospitales andaluces son similares. Es cierto que las vacunas sólo protegen de la infección en un 70%, pero no lo es menos que protegen de la enfermedad grave y de morir por ella en más del 90%.

Honestamente, no me veo capacitado para analizar el fenómeno del negacionismo desde la psicología o la ética. Simplemente lo considero desde la fenomenología. Negacionismo, en términos técnicos, es una creencia que niega determinadas realidades, hechos históricos o naturales relevantes, cambiando la realidad por una falsedad más cómoda o conveniente. Y digo creencia, a conciencia, en vez de conocimiento, puesto que, al contrario que el relato oficial, el negacionismo no aporta datos científicos en sus proclamas, sino opiniones, puntos de vista, juicios de valor o interpretaciones "a su medida" de los datos científicos. Negacionistas clásicos son los terraplanistas (unos ignorantes), o los que niegan el holocausto o el cambio climático. En estos últimos casos, con evidentes motivos ideológicos o económicos, respectivamente. Sin embargo, el negacionismo covidiano me intriga sobremanera, porque se sale un poco del guion habitual. Sus argumentos, tan rebuscados y obtusos, no parecen cómodos ni accesibles, se acercan mucho al fenómeno de la conspiración paranoica. Y, sobre todo, me pregunto cómo se puede negar una realidad tan aplastante como la pandemia.

Por otra parte, y aún siendo un hombre conciliador, no puedo -ni quiero- despojarme de mi pasado médico al analizar estas cuestiones. Y me asombro de que existan personas con esta mentalidad. Les debo un respeto como personas que son, les reconozco sus esfuerzos por documentarse para respaldar sus creencias, y me maravilla su tesón. Naturalmente, no puedo compartir nada de estas cosas con ellas. He sido un hombre de ciencia, he vivido para mi profesión, he creído en la bondad de la ciencia porque he podido experimentar sus logros en mis pacientes. Cualquier negacionista de esta nueva hornada ha agradecido a la Medicina algún gran servicio, casi milagroso, en sus propias carnes o en las de sus allegados en los últimos cuarenta años. No me cabe la menor duda. Todos ponderamos muy al alza los logros de la tecnología y los servicios médicos modernos. Y, sin embargo, ahora ya no vale. La Ciencia se ha corrompido en manos de la Industria. Pues va a ser que no. Los investigadores de todas las disciplinas biológicas jamás han trabajado con tanta intensidad y dedicación como lo hacen ahora. ¿Y qué decir de los médicos? Lo han dado todo, algunos, hasta la propia vida, los demás, exhaustos hasta el achicharramiento. No puede ser que los negacionistas obvien algo tan evidente. Y aún pudiendo ser cierto que la Industria Farmacéutica haya buscado su propio lucro por encima de la ayuda a la humanidad, hemos gozado de la feliz coincidencia de ambas cosas, lucro y eficacia. A día de hoy, con el conocimiento que tenemos del terrible impacto de la pandemia en el terreno sanitario, económico y social, con más de cinco millones de muertos en el mundo (alrededor de 100.000 en España), entiendo que haya gente que crea que persistir -mantenella y no enmendalla- en la teoría negacionista es, cuando menos, un ejercicio de frivolidad chocante. Muy chocante.

Y la mayoría de la gente se pregunta cómo es que haya personas tan obtusas y aferradas a ideas así de peregrinas. Incluso científicos y médicos se cuentan entre el movimiento negacionista, al que alimentan con sus aportaciones "científicas". ¿Cómo es ello posible? Aquí entra, creo, la complejidad del problema. Las personas poseemos cada una nuestra historia particular, nuestra trayectoria, vivencias, creencias, ideologías, percepción de la realidad y del mundo... Y estos elementos juegan un papel muy importante en la hora crítica de posicionarse ante situaciones límite o de emergencia. Por ejemplo, ninguna persona, incluso los científicos, está exenta por completo de ser abducida por una determinada ideología o creencia, sea de índole política o religiosa o de cualquier otro tipo. Y las creencias, todos lo sabemos, ejercen una influencia sobre la voluntad y el pensamiento mucho más poderosa que la razón. Sin ir muy lejos, los testigos de Jehová no admiten transfusiones de sangre, aún a riesgo de perder la vida. Quedan aún conciudadanos que no comen carne los viernes de Cuaresma y creen en la resurrección de los muertos. Incluso médicos y científicos. Respetable, no digo que no, pero cosa muy alejada de la razón. Quiero decir con esto que la creencia no es amiga de la razón. Al final, con las creencias hemos topado. Ciencia y creencia como realidades contrapuestas. Ambas tienen el noble objetivo de buscar la verdad, aunque por caminos bien distintos: la ciencia, por el método científico. Y siempre acompañada por la duda, la pregunta, la incertidumbre. Su medio de difusión, las revistas de prestigio reconocido. La creencia lo basa todo en la fe. Y sus acompañantes perennes, la certeza, el dogma. Y su medio de propaganda en el caso que nos ocupa, Discovery Salud, su libro del Apocalipsis. 

Tampoco yo me libro de la fe. Creo en la Ciencia. Pero no a ciegas, sino cuando aporta pruebas y evidencias. Creo en la honestidad de los investigadores científicos (aunque haya habido a  lo largo de los años algunas sombras muy dañinas y nada ejemplarizantes). Y, a pesar de los pingues beneficios económicos que se embolsa la industria farmacéutica, me reafirmo en la eficacia y la seguridad de las vacunas. Sería impensable el nivel de "normalidad" que disfrutamos hoy de no haber sido por ellas. Mucho contagio, sí, pero mucha menos  mordida que hace un año. La pandemia no ha expirado, pero ya da sus últimas bocanadas. Y deberíamos estar satisfechos de algunos éxitos parciales conseguidos hasta la fecha, entre los más importantes, la ejemplar respuesta de un sistema sanitario público, la mejora de la gobernanza nacional, con luces y sombras, claro está, y la gran confianza de la población española en la vacuna como elemento clave en la protección frente al virus. Ninguna creencia, sino sólo la Ciencia nos sacará de este atolladero. Estoy en la esperanza de que las vacunas serán el fin de la pandemia o convertirán al Covid en un virus familiar y estacional parecido al de la gripe.

¡Que así sea!

      

lunes, 24 de enero de 2022

¿Machismo o mala educación?

Hay personas cercanas a mí que critican la ley de Igualdad, uno de tantos chiringuitos inútiles, dicen. Alegan que no es necesaria tal ley puesto que nuestra constitución española ya deja claro el tema de dicha igualdad en todos su ámbitos. Y uno, de tanto oírlo, llega -casi- a convencerse de tal aseveración. Pero no. El movimiento se demuestra andando. La carta magna, como papel que es, aguanta todo lo que se le eche. La vida a pie de calle desmiente en muchos aspectos la buena intención de los derechos teóricos en las mujeres. Veamos.

Digamos que la Peque se engollipa con la informática. Si está leyendo unas determinadas instrucciones para rellenar una solicitud se le agolpan las palabras, se cabrea, y mucho más, si le recomiendan pinchar en tal o cual enlace. Se desespera. Ella es mujer de melón y tajada en mano. Nada de rodeos. En esta ocasión que nos ocupa, ni siquiera yo -algo más experto y paciente-, he podido ayudarle. Un galimatías de solicitud. De manera que decidió personarse directamente y sin cita previa en una oficina de la administración del Estado, aquí en Antequera, competente en la materia. Y fue un hombre el encargado de atenderla. Bueno... Es un decir. Más que atenderla, lo que hizo fue menospreciarla. Según me contó luego, se sintió humillada. Maltratada. Curiosamente, fue el conserje de esa oficina quien se comportó de una manera amable y empática con ella, comprendiendo las razones por las que se presentaba sin cita previa y facilitándole el acceso a consultas presenciales con el "superior". Superior en despacho, en sueldo, en porte y postureo, en chulería, pero muy inferior en categoría humana. "Ni siquiera permitió que me sentase; de pie todo el rato. Me trató con una mezcla de desprecio y lástima, con una falsa amabilidad, claramente impostada, como si yo fuese tonta, con una petulancia y prepotencia fuera de lugar, porque ni siquiera supo -o quiso- resolverme el asunto. Me hizo sentir muy mal".

Ninguna persona merece un trato así por parte de un empleado público. Ni hombre ni mujer. Nadie debe ser objeto de menosprecio por nadie; y menos por boca de un servidor del Estado. Y menos que nadie, la Peque. Ya quisiera ese hombre engolado poseer la categoría humana de ella. En su trabajo la Peque siempre se ha desvivido por los cuidados cariñosos a las personas a su cargo. Este individuo chulesco no conoce ni papa de la Peque. Tendría que haberla visto con sus bromas y cariños a los ancianos solitarios en las Urgencias o atendiendo a los familiares angustiados de pacientes muy graves o peinando y perfumando a viejitas sin visitas o alojando en su propia casa a la mujer y los niños pequeños de un marroquí que a su paso por Córdoba enfermó de gravedad y hubo de ingresar varios días en observación del Reina Sofía... Se le hubiera caído la cara de vergüenza de ver que hay personas dignas de ser llamadas como tales, personas empáticas, serviciales, honestas y generosas. No como él, escoria moral que mancha impune e injustamente la figura del buen funcionario. Porque un servidor público, como muchos de nosotros hemos sido, debe mostrar siempre su mejor talante, aún haciendo muchas veces de tripas corazón; debe manifestar cortesía en el trato. Es lo mínimo. 

Y el caso es que este hombre -y otros como él- menosprecia a las mujeres sólo por el hecho de ser mujeres. "¡Anda, hombre! -me diréis-, estás confundiendo machismo con falta de educación". Puede ser, os concedo. Pero yo creo que no. Con los varones su trato es diferente. La Peque vio cómo dos hombres que la precedieron fueron atendidos con mucha deferencia por parte de este mamarracho, quien los acompañó hasta la puerta. Como debiera ser siempre con cualquier persona. Pero resulta que no es así, que a las mujeres, en general, las tiene como seres inferiores. En algún sitio he leído una reflexión escrita por una mujer, alto cargo en política europea, que decía que cualquier mujer en la actualidad, sin importar su origen o su clase social, ha sufrido alguna vez en su vida acoso sexual o maltrato por parte de algún hombre. Y esto es terrible. Cuando lo comento entre mis amigas lo corroboran en sus propias carnes, y dicen que sí, que es verdad. Un primo cercano, un vecino amistoso, un compañero de trabajo, un maestro de los de antes, incluso un cura han sido capaces de acosarlas. Cualquier mujer que me lea puede reflexionar sobre esta afirmación y decidir si es verdad o no en su caso particular. Terrible. Terrible que haya hombres así.

Y estas cosas, estos comportamientos no los corrige ninguna constitución por moderna y progresista que sea. Este machismo engastado en nuestra cultura solamente puede ser abolido mediante la educación y la formación continuada sobre la igualdad y el respeto entre personas. Y más enfáticamente dirigida a los varones para que desde la escuela aprendan a no hacer distingo alguno a la hora de tratar por igual a chicos y chicas, hombres y mujeres. Para algunas personas cercanas parece tarea conseguida. A la vista está que no. Por tanto, bienvenido el chiringuito de la Igualdad, y cualquier otro que ayude a erradicar de una vez el machismo -latente o evidente- que aún pervive entre nosotros. Yo puedo imaginar un hospital, un hotel, un supermercado, un bloque de viviendas, las calles... solamente poblados de mujeres. Un mundo sin hombres. Pero me resulta del todo impensable un mundo sin mujeres. Para nosotros, los hombres, las mujeres son la sal y el azúcar de la vida. Cuidémoslas.       

 

martes, 14 de diciembre de 2021

Lo que vale un euro

¡Te vas a enterar de lo que vale un peine!... Creo, sin embargo, que la mayoría de mis lectores -gente del taco- nunca se ha enterado de eso, del valor de un peine. Cosa muy distinta de lo que vale un euro, claro. De eso sí que nos hemos enterado todos. Y coincidimos en que alguien nos engañó en el trueque: un euro vale menos que nuestros veinte duros de toda la vida. A ver qué hace un abuelo con un euro para sus dos nietos pequeños en el parque. Na. Ni siquiera puede montarlos en los cacharritos, que ya se han puesto a dos euros por pasaje. En fin...

Pero, lo que son las cosas, hoy me he congraciado con el euro, oye. En serio. Ahora lo veréis. Harto de buscar sitios nuevos para mi práctica de golf campestre que no comprometan la integridad de las criaturas del Señor, me da por llamar al club de golf donde ya soy alumno en prácticas. Y pregunto a la señorita de recepción si puedo simultanear mis clases -una a la semana- con prácticas voluntarias en el campo de entrenamiento.

-¡Por supuesto que sí! -me aclara la señorita-. Y no sólo que pueda usted, sino que debe hacerlo. De esa manera practica y perfecciona lo aprendido en la clase.

Vi abrirse el cielo. Porque yo estaba en la creencia de que no podría entrenar por libre hasta haber concluido el periodo de clases. 

-¿Y cómo lo hago?

-Usted se pasa por aquí, y por un euro le entrego treinta y dos bolas... Y a pegarle.

-¿Y si quiero seguir más?

-Otro euro y otras treinta y dos bolas.

-¡Qué guay! 

A las cuatro de la tarde, después de la liturgia de la siesta, allí que me presenté con mi euro y mi hierro del 5. Yo solo. Todo el campo de entrenamiento para mí. Me tomé un tiempo entre golpe y golpe, primero por hacerle caso al profe, que me corrige mi precipitación, "el golf es un deporte de concentración, no puedes darle a lo loco. ¡Párate!". Y segundo, porque me duraran más las bolas, para saborearlas mejor, como cuando de chavea le daba bocaditos minúsculos a la onza de chocolate. ¡Qué gozada! Desde mi posición, frente a la sierra arropada por un vasto edredón de nubes de algodón, sentía la pulsión y la fantasía de hacer llegar cada bola a todo lo alto de la montaña. ¡Y el coraje que da cuando fallas y te sale la bola rateando!... Por mucho que dilaté mis golpes, aquello duró una hora corta. Y quise prorrogarla, claro. Pero la señorita, todo amabilidad y sapiencia golfera, me dijo que no; que tantos golpes seguidos en el primer día no eran adecuados para un principiante, que podía lastimarme los tendones del codo y del hombro. Resignado, me disponía a abandonar el lugar cuando observé que otro novato recién llegado entrenaba en un campito lateral golpes de aproximación y de putt.

-¿Puedo? -le pregunté con una timidez impostada.

-Pues claro, hombre.

Y allí estuvimos los dos aprendices, metiendo bolas en los agujeros hasta no verlas porque se nos encimó la noche.

De vuelta a mi casa, iba cavilando sobre la perdición que se me avecina ante tal descubrimiento tan a la mano y tan barato para un hombre tan vicioso como servidor. Y también pensé que nunca hasta ahora un euro había dado tanto de sí para el disfrute de una criatura.

Nunca hubiera golfero de bolas tan bien servido como lo fuera Filiberto en su campo preferido. Perdón por los ripios. 


Que tengáis todos una muy feliz Navidad, libres de bichos.


  

jueves, 2 de diciembre de 2021

El discreto encanto de la ciudad pueblerina

Pese a su muy vasto y valioso patrimonio arqueológico, natural y arquitectónico de castillo, palacios, iglesias y conventos, que en tan alta estima tienen turistas propios y foráneos, y pese a ser capital de la Comarca Norte de Málaga, Antequera es una ciudad con espíritu pueblerino en el más entrañable y campero sentido de la palabra. Es ciudad, pero, sobre todo, es pueblo. Un pueblo muy grande. Así lo entendí cuando de joven acompañaba a mi cuñado a vender melones en la plaza del mercado. Así lo disfruté cuando venía con la Peque, entonces mi novia -y toda su familia de carabina-, a su feria de agosto. Y así lo vivo hoy en día, siendo un vecino más. Superada por el tiempo la antigua sociedad clasista y latifundista de señoritos y jornaleros, la Antequera de hoy sigue viviendo de su fructífera vega, de diversas y poderosas empresas agrícolas, del turismo y del sector servicios. Salvando dos calles céntricas y el gran ensanche residencial por el oeste, todo lo demás es pueblo. Me dice mi amigo Juan Francisco que, en términos geográficos, a este tipo de ciudades intermedias muy ligadas a la agricultura se les denomina agrociudades. Pues muy bien. Ciudad enteramente provinciana donde mucha gente no sale a la calle sin arreglarse un poco, o se viste de limpio para la misa de doce, o se concentra a pasear por la calle Estepa o el paseo Real. Pueblo donde las mujeres barren y friegan la acera que les corresponde, y donde los hombres no han perdido la costumbre de la gorra campera. Pueblo, en fin, de una prosodia muy particular que convierte las eses en jotas, y aquí no paja na. Y nosotros, la Peque y yo, en la gloria de un entorno tranquilo y de agradable convivencia. Alejados de las bullas y las prisas de Sevilla, vivimos aquí la mar de a gusto. Y encima, con nuestros nietos a cinco minutos, y nuestra familia palencianera a veinte.  Dado el dicho popular de que una imagen vale más que mil palabras, veamos esta estampa.

Sobre las once de la mañana abandono el parque Atalaya porque a esa hora ya empieza a circular el carrusel variopinto de criaturas que lo disfrutan: jóvenes bizarros que someten sus carnes a capítulo en un gimnasio al aire libre; quedadas de perros amigos que sacan a sus dueños respectivos a que tomen el sol y discutan de fútbol, mientras ellos corretean y estercolan a sus anchas; vecinas del barrio cercano que salen de sus casas para que se seque lo fregao y se juntan de cháchara; ancianos de andador que distraen a sus cuidadoras con sus mismos relatos de todos los días... Ya lo tengo asumido. A las once, a casa. A por los mandaos. Mi juego de golf silvestre ha de ser en solitario, vayamos a leches. Una hora larga es más que suficiente. Me fastidian esos días soleados y luminosos en que a los maestros les da por trasladar a "mi parque" el patio del recreo o la clase de deportes, y me lo ocupan toda la santa mañana. Entonces, no sé porqué, considero que quizás Herodes no fuese tan ogro como lo pintan. Mis días favoritos son esos neblinosos y fríos -como el de hoy- en que no hay un cristo que se atreva a asomar por allí.

Me ha resultado algo entrañable comprobar que algunos ancianos que pasean por el sendero que circunda el parque me hayan devuelto varias bolitas extraviadas. Son muy ocurrentes y les entretiene charlar conmigo. Y viceversa. Me gusta pararme a escuchar la honda sabiduría que brota en sus palabras medio rotas para aprender de sus historias rancias, de tan repetidas. Como cuando de niño lo hacía en La Capilla sentado en un banco entre mi abuelo y don Bernardo. Días pasados, una pareja de dos ancianos muy viejitos me aborda.

-¿Usted es el señor que juega con  las bolitas blancas?

-Sí, yo soy. Bueno... Tengo otro amigo, pero ya lleva tiempo sin venir.

-Es que apenas coincidimos, porque cuando nosotros llegamos usted pilla y se va.

-Natural -les aclaro con delicadeza-. No puedo jugar con gente por delante. Es peligroso.

-Ya, ya -me responde socarrón el que parece más nuevecillo-. Ya que nos hemos librao del virus, no vaya a ser que nos mate usted de un bolillaso.

Y nos reímos. Y me dice el otro:

-A ver si quedamos para otro día, porque tenemos en casa dos bolas para devolvérselas.

Pues eso, amigos, la cosa es que yo encuentro muy atractivo esto de vivir en el pueblo, tanto aquí, en Antequera como en Palenciana: las calles limpias y empedradas, el que te conozca la gente por tu nombre, el contacto callejero con los mayores, el encanto de sus gentes sencillas... Será que nunca he dejado de ser  un hombre de pueblo. Eso va a ser.