martes, 28 de marzo de 2023

Madrid desde el taxi


“Si usted busca a un hombre que le sepa escuchar, haga lo que usted le diga y, además, le lleve a donde usted quiera… súbase a un taxi.” (Anónimo)



Pues no es verdad del todo. 


El taxista que cogimos en Madrid el último día de este fin de semana pasado nos llevó por donde mejor le pareció. Desconocía la dirección que le dimos, lo guiábamos nosotros con el google maps del móvil de Victoria porque el del taxi lo tenía averiado, pero no nos hacía ni puñetero caso. Si la voz monótona y fría de la señorita del móvil indicaba: “ahora gire a la derecha”..., él se reía y decía que “esta tía no tiene ni idea de lo que es circular por Madrid”. No es que quisiera timarnos, no. Es que era un desastre de hombre. No pude tomar acomodo en la parte del copiloto hasta que él, a manotazos, despejó el asiento que le servía como una especie de minialmacén: dos paños de cocina, una litrona de Coca Cola, un mechero, dos cajetillas de tabaco… Hizo con todo ello un puñado y lo metió  bajo sus pies. A duras penas cupieron en el maletero nuestras maletas. Hubieron de compartir espacio con un batiburrillo de cosas: una caja de cervezas, una mochila con ropa, una rueda de repuesto, los triángulos de aviso, el chaleco de amarillo reflectante… Parecía como si el taxi fuese su casa. El salpicadero tenía polvo incrustado de tiempo indefinido y todo en el coche inspiraba abandono, suciedad, descuido… Y no sólo eso: desaliñado de aspecto, desde que arrancó el vehículo nos trató con una naturalidad desacostumbrada, como si fuésemos conocidos de toda la vida, como a colegas. Hiperexcitado, me dió no sé cuántas palmadas en el hombro, nos preguntó, nada más entrar, que de dónde éramos y a qué habíamos venido a Madrid; que le encantaba Córdoba y toda Andalucía; que Madrid era una asquerosidad de ciudad, que nos la regalaba. Enterado por Toñi de que éramos unos turistas jubilados, puso el grito en el cielo envidiando nuestra condición: ¡Vaya morro, los jubiletas, la vidorra que se pegan!... Y Victoria, ahora -demasiado llevaba aguantando-, lo paró en seco: “a ver qué dice usted cuando lleve 40 años de servicio, hombre”... Y se jactaba de su condición de hombre soltero y libre. Y guarrindongo, pensé yo. Lo tuve claro desde la primera palmada en mi hombro: este tío está hasta las trancas de coca.


El primer taxista, el que nos recogió en Atocha el primer día, digamos que era un hombre normal, lo que uno espera de una persona a quien le pagas por un servicio correcto. De mediana edad, muy bien arreglado y manteniendo en todo momento las formas, no se dirigió a nosotros salvo para contestar cortésmente a nuestras preguntas. Entrados en harina, ya nos fuimos contando cosas intrascendentes relacionadas con el turismo y con el fútbol. Que le encantan las Canarias, sobre todo Tenerife, a donde ha viajado en varias ocasiones con su mujer y sus dos hijos; que le gusta Madrid, a pesar de su densidad humana y de sus coches, porque luego, cada uno en su casa, vive en un espacio muy parecido al de cualquier ciudad mediana española, porque los barrios madrileños no son otra cosa que eso: una ciudad en pequeño; que para movernos por Madrid nos recomienda el taxi mejor que el metro, porque siendo cuatro personas nos sale a cuenta pagar un poco más, pero dónde va a parar…; que él es del Madrid, pero sus hijos son del Atleti, algo bastante parecido, en su caso, a lo que ocurre en Sevilla con la familia, unos del Betis y otros palanganas… Un hombre correcto en un coche decente.


El tercero en discordia nos paseó por Madrid, de punta a rabo. Yo creo que éste sí nos timó. En su descargo, que el trayecto más apropiado estaba cortado por obras, pero el rodeo que nos dió nos pareció excesivo. Al final, los diez euros que habíamos presupuestado para el viaje se transformaron en el doble. A Victoria le tocó el marrón. Era un hombre malhecho: achaparrado y feo, una generosa calvicie ponía de manifiesto una mollera rectangularmente apepinada. Desagradable a la vista su media melenita rizada que le colgaba por el pescuezo, así como el sebo que le brillaba en su testuz descubierta. Desde el primer momento entabló un discurso político sin que nadie se lo hubiese solicitado. En su opinión -que conste que yo soy apolítico, nos repetía-, todos los políticos son iguales, ninguno mira por el bien del ciudadano, sino sólo por su bolsillo y luego por el partido. Todos son unos sinvergüenzas. Yo le replicaba: “hombre, todos, no. Hay muchos políticos de base, de esos que no salen en la tele, que son gente honrada y decente. Nosotros conocemos a algunos de ellos”. “Bueno, sí; eso te lo compro; yo me refiero a los políticos de élite; ésos, sólo piensan en trincar”. El hombre reitera que es apolítico, pero Antonio advierte enseguida una banderita de España que se balancea graciosamente en el soporte del espejo retrovisor. Se queja de que Madrid está imposible para el tráfico, pero que tampoco acepta las restricciones municipales en contra de los vehículos viejos, porque, “por ejemplo, el de mi suegro, que yo he heredado, tiene veinte años, pero a lo mejor contamina menos que  algunos de los más nuevos. No sé”...Victoria le puntualiza que la situación en Madrid y en otras grandes ciudades obliga a restringir la movilidad en beneficio del planeta y de la ciudadanía. “Los cambios siempre cuestan; cuando el gobierno, en su día, prohibió la venta de cualquier leche que no hubiera sido pasteurizada mucha gente se vió perjudicada. Sin embargo, fue una medida acertadísima que nos benefició a todos, ¿verdad? “Sí, pero siempre nos fastidiamos los mismos, replica enfadado nuestro hosco hombre, no todo el mundo puede comprarse un Tesla”. “Claro que no, le contesta mi amiga, pero sí que todo el mundo podría compartir el transporte público y no habría necesidad de que en cada casa de cualquier españolito haya dos coches, por ejemplo”. Silencio. Y al rato: “pues sí, eso es verdad… Y de paso nos beneficiaría a nosotros, los taxistas”. Y luego nos suelta algo que nos sorprende a los cuatro: que él vió acertada la medida de Carmena del Madrid Central justo para disminuir la densidad de tráfico en el centro. Y Victoria, que no pierde ocasión: “entonces, supongo que usted la habrá votado, a Carmena”. Y el hombre, ahora azorado: “Ah, no, ni pensarlo, ya le digo que soy apolítico”.


Si fuese verdad aquello de que uno puede conocer el pálpito de una ciudad a través del discurso de los taxistas, entonces tenemos que en Madrid un tercio de la ciudadanía está colgado de coca, otro tercio se comporta con normalidad y corrección y otro es un apolítico con ramalazos abascalinos. Con perdón.


 


martes, 21 de febrero de 2023

Amancio

En las contadas ocasiones en que lo he visto en alguna entrevista televisiva, me ha recordado siempre al jugador que yo idolatré siendo un chavea: su mirada franca con aquel rictus de seriedad gallega, ahora endulzada por los años, su lunar en la mejilla derecha, su media sonrisa, incapaz de ser completa, su prosodia ajustada, discreta, casi lacónica... ¡Amancio! ¡Casi ná!

Hace unos meses, sin embargo, me alarmó verlo en el saque de honor de uno de los partidos del Madrid, su Madrid. Lo comenté con alguien: "no me gusta lo que he visto de Amancio". "Pero si solo ha sido un momento, no has tenido tiempo de ver nada", me contestó mi amigo. Pues sí que lo tuve. Algo vi. Llevaba una gorra campera en la noche fría madrileña. Puede que solo fuese para protegerse. Vale. Pero no me dio buena espina. Me costó reconocerlo, a mí, que lo identifico incluso sin mis gafas de miope. Fueron tres segundos, pero lo noté distinto, de estas veces que no sabes explicar lo que es, pero lo sientes. Le había abandonado la chispa, su fugaz mirada a la cámara le delató ante mis ojos tan sensibles para con su persona. Y, mirad qué cosa más tonta, o más sublime (quién sabe), me vine abajo. Amancio tiene un cáncer. Lo vi clarísimo.

Esta mañana, en el desayuno, han dado la noticia. Amancio ha muerto. Para mí, no ha sido sorpresa, pero me he emocionado. Creo que en el camino hacia el parking he debido retener alguna lagrimita. En fin... Hay personas que no deberían morir nunca. O al menos, que no deberían morir antes que uno. No seas exagerado, me diréis. ¿Qué tienes tú que ver con Amancio?

¿Qué tengo que ver con el Capitán Trueno? ¿Y con los Brincos? ¿Y con Karina?... Son mis ídolos de juventud. Nada tengo en común con ellos, pero simbolizan en mi espíritu las vicisitudes de un tiempo formidable, de un tiempo feliz. Han muerto ya jugadores madridistas de leyenda: Distéfano, Gento, Puskas, Velázquez, Zoco, Sanchís padre... Pues no ha sido lo mismo. Cualquier otro jugador del Madrid que pudiera morirse antes que yo no me produciría el pesar que hoy siento. A lo mejor tenemos que dejar a Pirri en un aparte. En el seminario, yo era Amancio, con permiso de Joaquinillo Baena, mucho más fiero y auténtico que yo. El día que muera Pirri (quiera Dios no tenerlo anotado en décadas), mi amigo José Pablo sentirá lo mismo que yo siento hoy: tristeza incomprendida por sus cercanos.

Alfredo Relaño, el magnífico cronista futbolero, publica hoy en el "As" un extenso artículo con la semblanza futbolística de Amancio. Y me doy cuenta de que yo sabía de Amancio mucho más que este excelente periodista deportivo. Porque conocía no sólo su singladura como futbolista, sino, además, detalles y particularidades de su vida personal y familiar: el nombre de su mujer y de sus hijos, sus gustos en el comer y en el vestir (recuerdo con emoción cómo le pedía a mi madre que me comprara jerseys de cuello alto y cerrado como los que usaba Amancio, y que no los encontrábamos en la Tienda Nueva), sus sitios preferidos de vacaciones... Lo vi jugar en vivo en el estadio del Arcángel en dos ocasiones, allá por los años 68 y 69 del siglo pasado. Sólo los quince últimos minutos de sendos partidos, que era cuando el cancerbero del estadio abría los portones del Gol Norte para la chiquillería y otros menesterosos.

Soy un nostálgico, lo reconozco. Y es así, supongo, porque he tenido una vida envidiable, de niño y de joven, una vida muy dichosa, que luego ha tenido su continuidad en la madurez y en la vejez. Soy un hombre afortunado. Y me apena experimentar la pérdida de todo aquello que ha sido parte de mi felicidad. Y Amancio lo ha sido.

Descanse en paz el más "brujo" de todos los futbolistas.






viernes, 17 de febrero de 2023

¿Qué está pasando con los médicos?

¿Qué puñetas está pasando con vosotros los médicos? le pregunto abiertamente a una amiga anestesista. Me preocupa una especie de bajonazo. No sé...

¿Que qué está pasando?Me mira con ojos desencajados. ¿Bajonazo, dices?...

Sí, te lo digo en confianza. Desde poco tiempo a esta parte he visto, tanto en los hospitales como en los centros de salud que frecuento, ciertas actitudes del personal en general, pero sobre todo de los médicos, que no me cuadran. No sé si me entiendes...

A ver, querido amigo, si tú entiendes esto otro me replica con cierto tono de enfado: llevo siete días sin ver a mis hijos. Mi marido se encarga de todo en mi casa. En la última semana, entre jornadas normales, jornadas complementarias, sustituciones de compañeros en baja laboral y guardias, he trabajado setenta y dos horas. ¡Setenta y dos!!! Lo máximo permitido, guardia incluida, son cuarenta y cinco horas. Pues setenta y dos. Sin libranza de guardia, a lo bestia. No sé si me entiendes... me devuelve la coletilla, abriéndome sus manos de manera muy expresiva. Y remata: ¡estamos... Achicharrados, no. Lo siguiente!!

Por lo que yo he vivido en mis 37 años de médico en activo, en Andalucía nunca ha habido voluntad política de apoyar de manera decidida la sanidad pública. No es cosa de ahora. Que no nos confundan con lo de los recortes de Juanma Moreno. Que sí, que es verdad; pero casi lo mismo pasaba con Susana Díaz y antes, con Griñán y con Chaves... Durante décadas y décadas, hemos sido (y lo seguimos siendo, me temo) los últimos de España en el ranking de camas hospitalarias por habitantes, de ratio pacientes/médico, de sueldos del personal sanitario, de ayudas a la Dependencia... Los que hemos estado al pie del cañón nos enorgullecemos de sabernos los salvadores esforzados de nuestra sanidad pública, pese a nuestros políticos. Es duro y quizá no sea del todo verdad, pero nosotros así lo hemos sentido. La Administración Sanitaria se ha aprovechado vergonzosa y vergonzantemente de la bondad y de la mal entendida vocación de la gran mayoría de sus profesionales. Abuso. Y un servidor ¿qué queréis que os diga? ha vivido esto con orgullo, en la obstinada creencia de cumplir con una misión muy especial, cuasi apostólica. 

Mucho mejor que yo lo explica Federico Soliguer, endocrinólogo del hospital regional de Málaga: "... Y lo que está ocurriendo es el desprecio a la auctoritas profesional, considerada y gestionada por las sucesivas gerencias como 'recursos humanos' al mismo nivel que los recursos no humanos. Han sido demasiados años de impunidad de las gerencias, demasiados años contratando por días o por semanas o meses, generando así una plantilla que languidecía con una absoluta servidumbre laboral. Demasiados años en los que el modelo docente de las nuevas generaciones (MIR) ya no se basaba en el viejo corpus médico heredero del 'téchné iatriké' hipocrático, sino en la cultura de gestión pura y dura en el que los objetivos de las nuevas Unidades de Gestión (que han terminado por sustituir a los Servicios médicos), han sido los cuantitativos de las gerencias, conseguidos como fuera, incluso al precio de conculcar la buena práctica médica. Unos modelos gestores y docentes, que han dado lugar a un nuevo tipo de médico, más acomodaticio, más atento a las 'sesiones de gestión' que a las 'sesiones clínicas'. Unos gestores acostumbrados, tras años de 'servidumbre voluntaria' a hacer de su capa un sayo, celosos cancerberos de las directrices políticas... Gerentes que en los últimos años han ido silenciando y desterrando al ostracismo a muchos profesionales muy valiosos".

Y ahora parece que se le ha dado la vuelta a la tortilla. Los médicos, contrariando su habitual adocenamiento, se están rebelando. Se ha puesto el foco en Madrid, faro de todas las Españas, pero es un problema generalizado, me temo. Las gentes de izquierda demonizamos sin reparo a Ayuso cual hidra venenosa, pero la cuestión se extiende allende sus dominios, salvo quizás en el País Vasco y Navarra. Y los mandamases de la sanidad tienen un gran problema: se han quedado sin médicos. Por abusones. Y siendo ello grave, no es lo peor, lo peor es que somos los ciudadanos de a pie los que hemos de pagar los platos que ellos, los malos gestores, han roto menospreciando la joya de nuestra tierra, la sanidad pública. 

Sólo falta ya que sea la propia ciudadanía la que, superando diferencias ideológicas, manifieste claramente su apoyo incondicional a la sanidad pública y exija de los políticos no sólo los recursos necesarios, sino también el respeto al capital identitario de los profesionales de la salud.


¡Que así sea!!!

 


 


viernes, 3 de febrero de 2023

Los dulces me pierden

De paseo matinal con mi perrita, muy cerca de mi casa tropiezo con una tienda nueva. Nada de particular, cada dos por tres se abren unas y se cierran otras tiendas en Antequera. Nada de particular, si no fuera por lo que es: ¡¡¡es una pastelería!! Y de las buenas. Se han enterado; ya era hora. Llevo viviendo en esta ciudad cuatro largos años y, por fin, me tienen rodeado. Se ha corrido la voz: ¡¡aquí vive un goloso!! Cinco pastelerías en un radio de cincuenta metros. Sin escapatoria.

Amarro a mi perrita a un asidero a propósito en la entrada y me cuelo a gulismear. ¡¡Huummm! ¡¡Qué fragancia tan enervante!!! Estoy por creer que a mis años, apaciguado ya el antiguo furor viril, más que ninguna otra cosa, lo que más me sube los niveles de endorfinas y de oxitocina es la contemplación casi mística de un mostrador de pasteles. Ni siquiera comerlos, solo venerarlos con la mirada. ¡Ah! ¡Qué legado de dulzura me dejó mi abuela Josefa!

Imposible esta mañana vencer la tentación. Es una tienda nueva y hay que promocionarla. En bastantes ocasiones compro pasteles sin necesidad (y luego los congelo) por temor a que cierre alguna confitería por falta de clientela.

-Todo el muestrario que ve usted son pasteles caseros. Todos, hechos por mi madre -me aclara la chica-. Mire usted la pinta de este bizcocho de nueces...

Total: dos porciones de bizcocho (hoy almuerza conmigo mi amigo el Pintor y lo sorprenderé con una ración), dos empanadillas de cidra y un tarrito de bienmesabe. Ea, hasta mañana.

Tan ensimismado con el botín alcanzado, tiro derecho para mi casa, a escasos veinte metros, con el ansia de probar enseguida las empanadillas. Aunque hago el régimen de ayuno intermitente, estoy en hora de comer, menos mal; si llego a comprarlas por la tarde tengo que aguardar hasta  mañana en el desayuno para poder catarlas.

Pero antes de abrir el envase, ya en casa, echo en falta a mi perrita... ¿Dónde coño he dejado a mi Pelu??? Salgo corriendo escaleras abajo y cruzo la calle... Y allí estaba la probe, atada donde la dejé, sin decir ni pío.

-¡Qué buena es!! No ha dado un ruido -me dice la chica pastelera-. Cuando me he dado cuenta de que usted la había olvidado ya lo perdí de vista. Pero se ha portado como una señorita muy bien educada.

-Perdone usted. Habrá visto que los pasteles son mi perdición. Pierdo la cabeza.

viernes, 9 de diciembre de 2022

¿Machismo o masculinidad?

Por mucha instrucción anti machista que recibamos machaconamente los hombres de mi edad por parte de nuestras hijas -cosa que yo aprecio, agradezco y procuro llevarla a efecto-, la testosterona manda lo suyo. 

Hace unos días estuvimos almorzando en un restaurante de Córdoba mi amigo el Pintor, su hija Sonia, nuestro común amigo Sebastián Cortés y servidor. Sin buscarla, tuve la fortuna de caer sentado frente por frente a una chica joven en otra mesa vecina. Ella y su novio. No es que hiciera mucho frío, pero sí un poco de fresquito. Yo llevaba tres mangas: camiseta de vello, camisa y saquito, para que os hagáis una idea. Y, sin embargo, la chica, guapísima, brazos y hombros al aire y un escote más que ostentoso. Sangre caliente la de esta gente nueva. Yo he sido friolero toda mi vida, incluso a los quince años. "Tú siempre has sido un viejo" (la Peque dixit). Incrementaban el glamur de la escena unas insinuantes bocanadas de humareda de un cigarrillo electrónico que agraciaban aún más el encanto de su cara envolviéndola en un halo de misterio, de embeleso erótico. Como en las películas. 

Apenas intervine en conversación con mis amigos, centrada mi atención en el buen yantar y en la observación de soslayo -¡no seas tan descarado!, me acuerdo de las recomendaciones de mi mujer- de aquella muchacha tan sensual a mi mirada. Es de mención, además, cómo la gente de mi edad, por lo general, habla poco mientras come y lo rápido que engulle. A mí me pasa. Reminiscencias, quizá, del hábito impuesto por los curas del seminario menor de comer en silencio o, quién sabe, si de haber vivido varios años en pisos de estudiantes, donde si te descuidas te quedas a dos velas.

A la hora de la propina, generosa, expresé al jefe de sala mi agradecimiento por sitio tan privilegiado de mesa que me había procurado.

-¡Calle usted, hombre! -me susurra por lo bajini-. Esa mesa de enfrente me ha tenido desquiciados a todos los camareros. Desquiciados del todo. ¡La de veces que se han equivocado pendientes de la dichosa muchacha!

Los hombres, que semos así de calientes. Pa na, solo calentura. Y luego, en la sobremesa, marchada ya la feliz pareja, discutimos sobre ello. Ignoramos por completo al novio, ni nos fijamos en su atuendo, si llevaba barba, si era aparente o feíllo… Nada. Y, por el contrario, de ella captamos cualquier detalle de su agraciada fisonomía. Al menos yo. 

Eso no es machismo, decía el Pintor, sino pura masculinidad. Y Sebastián: “¡hombre! De toda la vida de Dios los hombres hemos mirado así a las mujeres ¿no?” Vale. Muchas gracias. Pero no estoy conforme. La óptica femenina de Sonia me satisface un poco más: "la cuestión es conseguir que la chica se sienta halagada, pero no incomodada. El quid." Cierto, saber mirar sin molestar. Y creo que lo hago bien. Aún así, observando a la chica, uno podría habérsela imaginado como, qué digo yo, profesora de instituto, enfermera, administrativa, tendera, dependienta o empresaria, que ha salido para comer con su novio. Una cosa normal. Pues no. Me reprocho a mí mismo haber puesto mis ojos una y otra vez en esa joven como un puro objeto de deseo. No lo apruebo. Y mi hija, tampoco.   


jueves, 10 de noviembre de 2022

Don Carlos

En sus clases magistrales gustaba don Carlos de explayarse con su verbo certero en relatos formidables recogidos de su archivo de historias clínicas del dispensario de psiquiatría, sito entonces en la avenida de la república de Argentina. Nunca he escuchado a otro orador con la pose y la prestancia de don Carlos Castilla del Pino. Daba gusto. El aula de los sótanos del hospital Provincial donde impartía su saber se abarrotaba de alumnos y de libres oyentes seducidos por el contenido de su discurso y por su elaborada prosodia. Además del morbo añadido por su merecida fama de rojo comunista, algo tan glamuroso en nuestra universidad de los años de la transición.

Despunta el día cuando Antonio Pintor y yo llegamos a Castro del Río, un pueblo cerrado a cal y canto por mor del frío. ¿Quién lo iba a decir, con el bochorno que estábamos padeciendo hasta ayer mismo? Entramos en calor subiendo cuestas y bajando pendientes en busca de un bar donde resguardarnos y tomar un cafelito caliente. No era cosa de esperar más de un hora para el anunciado desayuno molinero. Un lugareño madrugador que iba a echarles de comer a sus gallinas -¿qué vienen ustedes, a lo de don Carlos?-, nos señaló el camino de una tasca, la única abierta en todo el pueblo, justo al lado de la biblioteca municipal, lugar donde han de celebrarse luego los actos de homenaje. Aquí, en este pueblo ribereño, vistoso y empinado, vivió don Carlos el sosiego, la tranquilidad y la amistad que buscaba para pasar los últimos veinte años de su vida.  

Mucho tiempo, demasiado, tardó en ejercer de profesor universitario. Su principal mentor en Madrid, López Ibor, lo relegó a un segundo plano, quién sabe si por la condición de rojo irredento de don Carlos o porque le molestase la luz tan potente que irradiaba su figura intelectual. Condenado al ostracismo académico, aterrizó en Córdoba en 1949, y aún hubo de esperar veintitantos años a que muriera Franco para poder entrar en la Universidad como profesor titular. Sesentón, su cabeza bien poblada de un pelo plateado y recortado a navaja, su barba enteriza y canosa, su figura erguida como un junco y su temple provocador le conferían un encanto especial. Era aquel curso académico del 77/78 su primer año como profesor de la naciente facultad de Medicina de Córdoba. La Psiquiatría iba a ser para todos nosotros, alumnos del quinto curso, una asignatura rara, oscura y muy poco atractiva. Y sucedió que de la noche a la mañana se convirtió en la asignatura estrella. Por culpa de don Carlos, por su labia cuidada e ilustrada, y por el intencionado misterio con que sabía envolver el contenido de sus enseñanzas. Pero aun hubo de aguardar cinco años más, hasta que en 1983 le fue al fin concedida la cátedra de Psiquiatría por la Universidad de Córdoba.

Le llegaban al dispensario historias increíbles de personas muy mal hadadas, de gentes desgraciadas con enfermedades y hechos inconfesables. Adolescentes con una forma incapacitante de esquizofrenia, la hebefrenia, que podían permanecer encerrados en un cobertizo de sus casas años y años, ocultos por sus propios padres de la lástima o de la vergüenza de sus paisanos; mujeres desnortadas, capaces de pasear en cueros por la plaza del pueblo (¡en aquellos tiempos!); el misterio de tantos suicidios por ahorcamiento en el trágico triángulo de Rute-Encinas Reales-Iznájar; casos extremos y fatales de complejos de Edipo o de Electra; el drama de muchos homosexuales de la época, a quienes se les consideraba como perturbados mentales por su propia familia y necesitados del tratamiento de un "loquero"... Era la primera vez que alguien nos abría los ojos a un mundo totalmente ignorado: el mundo marginal del enfermo psicótico.

Las primeras promociones de la Facultad de Medicina de Córdoba tuvimos el privilegio de disfrutar de un elenco de profesores irrepetible. Y Córdoba, ciudad secularmente provinciana y cateta, se codeó en cultura, sociedad y, sobre todo, en sanidad con Granada, Sevilla o Madrid con la llegada de profesores de la talla de Jiménez Perepérez, Carlos Pera, Manuel Concha, Gonzalo Miño, Suárez de Lezo, Antonio Torres, Alfonso Velasco, Pedro Aljama o Armando Romanos. Y, desde luego, con don Carlos en plan de figura y personaje veterano y admirado. El más conspicuo y sobresaliente.

Y hoy, Antonio Pintor y un servidor, alumnos aventajados que en su día fuimos de don Carlos, hemos acudido a los actos de homenaje con motivo del centenario de su nacimiento. Homenaje perpetrado graciosa y acertadamente por la fundación Castilla Del Pino, el Ayuntamiento de Castro y el Aula de debate Miguel de Cervantes. Lo mollar del homenaje han sido, sin duda, los actos acaecidos en la dicha biblioteca municipal. Actos entrañables y a la vez ilustrativos de una historia muy reciente. En un salón abarrotado y entregado, la viuda de don Carlos, antiguos compañeros (muchas gracias Pedro Cano y MariFélix) y  amigos íntimos del pueblo y de fuera fueron dejando sobradas semblanzas de aquellos distintos "yoes" (sic) que conformaron la personalidad del ilustre profesor. Y de esa manera pudimos conocer su afición oculta a los toros; su fruición por la cocina casera andaluza; su devoción por el bel canto, singularmente por Verdi y su "Rigoletto"; su dedicación extraordinaria a la figura de Cervantes; su orgullo emocionado por ser miembro de la Real Academia de la Lengua... En fin, su abrazo definitivo al cultivo de la amistad verdadera y el abandono de la soledad, tantas veces ansiada en sus años jóvenes. Y también, aunque fuese de refilón, se rememoró la tragedia de su vida familiar con la muerte prematura y accidentada de varios de sus hijos. Visto lo visto y oído lo oído en la jornada de hoy, tengo para mí la idea de que este pueblo cambió para bien el carácter severo y agrio de don Carlos. Y creo que la convivencia diaria con la gente sencilla de Castro del Río ha obrado el milagro de que la persona de don Carlos Castilla del Pino haya emergido victoriosa por encima del personaje frío y distante que fue durante largos años de su madurez.

Particularmente, eché en falta algo más acerca de su trayectoria como catedrático universitario. Después de tan luengos lustros de espera, debió ser para él un verdadero orgasmo intelectual su cátedra de Psiquiatría. Yo así lo creo. Sirva por tanto este escrito como nuestro homenaje particular, de Antonio y mío, a la figura de don Carlos, y por extensión de toda la Universidad de Córdoba, a la que tanto lustre prestó con su presencia, su prestancia y su elocuencia. Que descanse en la paz de los justos.


 

lunes, 3 de octubre de 2022

La definitiva

 Nos amanece en La Yedra. Hoy, la última sesión, me acompaña mi mujer. Debemos estar en el hospital a las ocho de la madrugada. Tan temprano vamos que las montañas del Torcal aún no se han desprendido de las sábanas grises con las que se arropan para pasar la noche. “Sema, déjate de canturreos gregorianos y dale caña, que no llegamos”. No era nada gregoriano, estaba cantando aquella de “Apóstol de Andalucía”… Referida al beato Juan de Ávila. La Peque, siempre refunfuñando. Pero lleva razón. Atasco discreto en la entrada a la avenida de Carlos Haya. Hora punta. Pero llegamos bien. Justos, pero bien. On times, dicen los guiris. Sobre la campana. No hago más que sentarme en la sala cuando ya oigo por megafonía: 251, agua. Saludo a Adela, mi compañera que lleva diez minutos esperando, los dos solos en la sala, y comienzo a beber. Beberse medio litro de agua en diez minutos y sin haber desayunado es tela de coñazo. “250, pase”. Y entra Adela. En diez minutos me tocará a mí. A beber se ha dicho. La Peque, a mi lado, leyendo en su ebook.

-¿Estás nervioso?

-Ni mijita. Más contento que unas pascuas.

-Éste es mi Sema.

Van llegando otras personas. No son de mi turno, no son de mi cuadrilla, pero las reconozco de otros días, de cuando he llegado antes de la cuenta. Me saludan.

-Qué hace aquí tan temprano?

-Es mi último día, y me han citado a esta hora.

-Es verdad, que la máquina 2 cierra hoy.

Y departo con ellos como si fuesen de los míos.

-Macho -me cuchichea mi mujer-, eres el puto amo. Parece que mangoneas todo esto.

-La experiencia es un grado. -Y nos reímos.

La sesión de hoy ha sido, si cabe, más corta de lo esperado. En un plis plas me han despachado. Me despido de todas las auxiliares y enfermeras con mil agradecimientos por el trato recibido. Me desean toda la suerte. Y abandono, radiante -nunca mejor dicho-, la sala de máquinas, el acelerador lineal de partículas, el horno radioactivo, el quema próstatas y quema culos. No he podido disfrutar de la sonora y emotiva despedida habitual porque no estaba mi gente, pero da igual. Me ha esperado Adela, nos hemos dado un abrazo… Y suerte para todos.

Mi señora esposa y yo, luego, nos hemos ido a desayunar, ¡por fin, hoy sí! A la cafetería Oña. Nuestros churros con chocolate y mi pedazo de bizcocho de zanahoria.

Y a freír espárragos la próstata puñetera.