martes, 1 de agosto de 2023

El pichoncho

 

A Gregorio Paños se le está secando el cerebro. Eso le ha dicho el neurólogo a Consuelo, su mujer: que tiene Alzheimer. Desde un año a esta parte, Gregorio no da pie con bola, se despista en su casa, confunde los nombres de los amigos, incluso el de su propia hija, no sabe mirar la hora… Incapaz de seguir el hilo de una conversación, todo se le reduce a fantasear con sus recuerdos pretéritos, a inventar una realidad paralela con retales retocados de sus vivencias juveniles: la fabulación.

Consuelo cree que no, que todo le viene de aquel golpetazo en la cabeza cuando se cayó de la higuera cogiendo brevas para sus nietos.

Con sus nietos, Gregorio se vuelve un niño. Regresa a sus once años, la edad de David, su nieto mayor. A éste y a su hermana Rocío les encanta escuchar una y otra vez las historias antiguas del abuelo. Otra más, le dicen. Venga abuelo, la última. Y Gregorio recupera la ilusión de vivir y la memoria en esos largos ratos de las tardes en que le llegan los niños. Todos los viernes. El médico ha recomendado como medida de ayuda un contacto cercano y frecuente con niños y con mascotas para aliviar en parte la tensión provocada en estos enfermos por la desorientación en la que viven. Por eso, los viernes por la tarde la hija lleva a los niños a casa de los abuelos, cenan y duermen allí y los recoge el sábado después del desayuno del chocolate con churros. Y Gregorio, tan contento.

—Abuelo, y ¿cómo jugabais al pichoncho? –pregunta Rocío, tan curiosa y tan viva, conocedora de la llama que encendía esa pregunta en el abuelo. Rabo de lagartija. Y a Gregorio se le ensancha de repente todo su cerebro encogido, pega un par de inspiraciones profundas para contener su emoción tan sensiblera y les explica, por enésima vez, el mecanismo del pichoncho.

Gregorio Paños era un fenómeno jugando al pichoncho. No tenía rival. Grandote y regordete –bien criado—, en los recreos llegaba de los últimos a la sala de juegos porque no tenía la facilidad de otros de bajar las escaleras del estudio de dos en dos o de tres en tres.  A fin de no quedarse fuera de la partida, se procuró de un amigo flacucho y avispado que, llegando el primero, le cogía la vez. Gregorio se tiraba jugando todo el tiempo del recreo porque él nunca perdía. Un as, se decía antes. Un crack, se dice ahora.

El pichoncho era, básicamente, una mesa de billar americano, pero a lo rústico y artesanal. En vez de bolas, fichas de madera; en lugar de palo, el dedo índice engatillado en el pulgar. Hoy, poca gente sabe de él, pero en los años jóvenes del abuelo era un juego habitual en los internados.

Un vicio. Gregorio soñaba, pensaba, charlaba, estudiaba…, con la mente puesta en el pichoncho. Ni siquiera el fútbol o el frontón, juegos tan propios en los colegios, le tenían tan sorbido el seso. Un escándalo de muchacho. Como suele suceder, el vicio del juego se engulló la virtud del estudio. Y su bajo rendimiento académico cercenó su destino lego. Había perdido la vocación, les dijeron los curas a sus padres para justificar la expulsión del seminario.

En su vida seglar se hizo maestro y ha sido un hombre sencillo y feliz en la escuela y en su casa. Habilísimo desde chico, de jubilado le dio por las manualidades domésticas: un manitas casero. Bombillero y arreglador, le dicen sus nietos que es. Arreglaba cualquier desperfecto en la casa. Un día se llegó a la carpintería de su vecino Rafael con la idea de traerse unos palos y unas tablas para ensamblar un pichoncho para sus nietos. Esa fue la excusa, los niños eran aún demasiado pequeños; lo quería para él.

—Mira, Gregorio –le indicó Rafael—: he pegado las patas con cola de carpintería, pero no me fío de que puedan luego zangarrearse mucho. Por eso, además de la cola las he apuntalado con unos pocos clavos en cada pata. Fíjate, ni con todas mis fuerzas consigo que se muevan lo más mínimo. Garantizado.

Tuvo tiempo de disfrutarlo. Tanto que casi logra alcanzar el mismo grado de enganche de sus tiempos mozos. Cada tarde, después de la siesta, su partidita. Sólo o con Consuelo. Incluso llegó a aficionar también a Rafael.

—Este hombre está poseído por el pichoncho –se quejaba su mujer cuando la distraía de otras tareas para que jugase con él.

Una de sus últimas ilusiones era enseñar a jugar a su nieto David, ya grandecito. Lo montaba en una silla baja para que pudiera dominar el tablero, pero al pobrecillo le lastimaba mucho en su dedo tener que impulsar el disco grande.

—No pasa nada –lo animaba el abuelo—, ya crecerás.

Y entonces…David creció y también lo hizo Rocío, pero para entonces el abuelo ya no era el mismo.

Hablaba y hablaba del pichoncho hasta resultar cansino, aburría a las visitas con su perorata de virtudes de su juguete y fabulaba repitiendo a cada paso la exagerada cantidad de clavos que sostenían las patas, pero confundía sus fichas con las otras y había perdido aquel tino tan fino para dirigirlas a donde él quisiera. Y se cabreaba.

Aquello ya no era tan divertido ni para él ni para los críos. Una tarde, en uno de esos cabreos, el abuelo, furioso consigo mismo por haber fallado una ficha fácil, cogió una silla y arremetió contra el pichoncho, a pique de alcanzar a David.

Hasta que un buen día, Consuelo y su hija decidieron esconder el pichoncho. Gregorio no notó nada. Como si nunca hubiese existido tal artefacto. En ocasiones, salía al patio por las tardes como buscando algo. Y se entretenía luego palpando los limones del limonero o espantando los pájaros de la higuera. Y regresaba mustio a la cocina. Su mujer y su hija, entonces, se sentían culpables de haberlo privado de un placer tan querido por él, pero a todas luces resultaba ya un peligro. No podía ser de otra manera.

—¿Y qué ha pasado con tu pichoncho, abuelo? –le preguntó Rocío un día como para ver su reacción.

—Hace ya tantos años que ni me acuerdo –le contesta tristón el abuelo—. Pero mira, chiquilla –y se anima a medida que florecen los recuerdos—: yo mismo me había construido un pichoncho guapísimo, más grande y más fuerte que el del seminario, fíjate. No se zangarreaba ni mijita. Cuarenta y ocho clavos necesitó el carpintero para apuntalar bien las patas.

A sus ochenta y ocho años murió Gregorio Paños Estévez en su casa del pueblo. Y es leyenda entre los vecinos que, en su caja de muerto, todavía abierta para la vista del público, dibujó una amplia sonrisa cuando su nieta Rocío, ya una mujer, desparramó dentro de la misma las fichas de su pichoncho.

 

martes, 25 de julio de 2023

Día de Santiago

Día grande entre los grandes, éste de Santiago, en mi pueblo de anteayer. Como los de el Corpus Christi, Jueves Santo, La Asunción, La Inmaculada y san José.

Día, el de Santiago, de huelga en el campo para los  segadores de mies, que cambiarán la olla manida al cobijo de los haces por un arroz con gallo en sus fresquitos lares; de aquélla sequía pertinaz; de tabernas atestadas; de bodas apalabradas desde un año atrás; de misas concelebradas con curas propios y foráneos y diez monaguillos de a pie, que se disputan luego las vinateras y las hostias por consagrar. Día de estreno para las muchachas en flor. Día de la recolecta mayor para la Feria que se avecina. Día grande en mi pueblo de anteayer, con película de romanos o del Far West, para todos los públicos, en el cine de la plaza, con Burt Lancáster o con Sarita Montiel. Día, sí, de abuelas de negro enterizo y caras cuarteadas que, asomadas al umbral, estiran las faldas cortas de sus nietas, mujercitas sin estrenar. "El culo al aire", farfullan desdentadas.

Por la calle de La Molina, atardeciendo, baja una de éstas mocitas, Antonia, Toñi o Antoñita. Lo mismo da. "La Araílla", por mal nombre, le apodan. Va sola, o quizás con la Juani y la Mercedes, mi memoria no da para más. Sin el polígono Andalusí ni los cocherones de Cristobitas por en medio, puedo divisarla desde la carretera. Voy paseando con mi amigo Rafael como quien no quiere la cosa, como para hacerme el encontradizo. Y la miro desde lejos. A esa edad y con ese afán, la vista es la de un lince en trance de cazar. Más o menos. Ya se acerca, nervios en mi garganta, en mi estómago, qué le diré, no lo sé, estoy hecho un flan... Pero nada, la mente en blanco, toda la sangre en el pecho y en mi cara. Ya está aquí, a diez metros, la veo espléndida, vestida con un traje de una sola pieza, muy ajustado gris azulón, de azafata se llama; la falda, cortita, más que cortita, dejaba al aire y a la vista unas piernas bronceadas y muy bien contorneadas, ni gordas ni flacas, lo justo. Rafael, más avispado, se separó de mí para ir en busca de Araceli, su medio novia, y se me juntaron Frasqui y Antoñillo para hacer de carabina, que no está bien que un seminarista se pasee a solas con una mocita.

-Hola Antoñita, ¡qué bonita que te has puesto! -apenas me sale la voz del cuerpo.
-¿Damos un paseito parriba? -Es lo único que se me ocurre.
-Vale. Y hacemos tiempo para esperar a la Carmen de la plaza y a la Mercedes, que he quedado con ellas.

Y ahí, amigos míos, un día de Santiago del 72 quedé totalmente atrapado para siempre. Y así, hasta hoy. Cincuenta y un años juntos. Para que aprenda la gente nueva que no aguanta casi na.

Hoy, día de Santiago de 2023, es un día anodino, un día más. Ni han repicado las campanas, fíjate, sólo han doblado por algún paisano muerto en otro lugar. Por nombrar algo de mención, os diré que esta mañana, en el golf, por poco me desmayo por culpa de un gran retortijón.

jueves, 20 de julio de 2023

Las golondrinas

En mi pueblo, las golondrinas siguen surcando los cielos de la plaza y de las calles en las cálidas tardes del estío. Da gusto verlas y escuchar su griterío en sus correrías celestes y sus regates ingrávidos. Aviones, les decíamos cuando chicos. Ahora que la Peque y un servidor nos hemos mudado -parece que de manera definitiva- al pueblo, he apreciado y disfrutado de este fenómeno natural que tenía olvidado. Ni en Sevilla ni en Antequera -lugares donde he vivido en los últimos 37 años- tengo conciencia de haber festejado este espectáculo gratuito y sencillo. Se conoce que las golondrinas son pájaros "de pueblo", que les gusta la cercanía y la calidez de la gente, y huyen del bullicio.

Y, como nos suele pasar a la gente de una edad, estas cosas corrientes que creíamos desaparecidas, nos devuelven a nuestra infancia, cuando ellas, las golondrinas, no sólo inundaban nuestras tardes de un piar melódico y agradable, sino que anidaban en nuestros umbrales, portales y voladizos. Vivían con nosotros.  ¡Qué curioso, verdad? ¿Por qué será que nos resultan tan entrañables los recuerdos de la infancia? Infancia que, en lo que nos afecta a la gente de pueblo, por lo general, pudo ser humilde y austera, cuando no pobre, en muchos casos. Ya lo tengo: porque tuvimos cariño. Y la impronta del cariño en nuestra memoria es mucho más poderosa que la necesidad. De manera que salimos a la calle y, en pueblo tan remozado como el mío, nos cuesta reconocer en ella el antiguo pavimento de tierra o de piedras y las fachadas de paredes y casas antiguas con sus "esconchones" rupestres, sus puertas de madera cuarteada, sus cerraduras, llaves, trancas y cerrojos y sus ventanucos ridículos. Y, sin embargo, hay dos cosas que permanecen indelebles: la torre de la iglesia, chata por inacabada, de un barroco austero... Y las golondrinas juguetonas y efímeras del verano.

Hoy he recibido una carta de una de estas golondrinas. Por internet. En mi correo electrónico. También ellas, tan próximas a nosotros, se han modernizado. Me nombra por mi nombre y me pide ayuda. Es posible -no podría asegurarlo al 100%- que se trate de aquella madre golondrina que por mayo se posó con su compañero en un saliente del tejado de mi patio con la clara intención de buscarse un sitio adecuado para fabricar su hogar y el de su prole. Recuerdo que salí varias veces al patio antes de acostarme y allí seguían los dos pájaros, pegados el uno al otro y dándose el pico. Les puse un recipiente con agua y me fui a la piltra.

-¡Lo que nos faltaba -salta la Peque-, un nido de golondrinas! ¡Sobre mi cadáver! ¿A quién le va a tocar limpiar las mierdas? A servidora. Como que no.

En la tarde siguiente, mi mujer los espantó a escobazos. Por eso sospecho que la golondrina se ha dirigido a mí, me ve como más pacífico.

Se me queja de que, a este paso, nos vamos a quedar sin ellas. Dice que cada año vuelven menos, que ha desaparecido aquel efecto llamada de antaño en que se veían tan felices y agradecidas al trato dispensado por nosotros los humanos. Recuerda con nostalgia aquel tiempo en que nuestras madres las consideraban como animales sagrados, pájaros del Señor, porque sus antepasadas le sacaron las espinas a Jesús con sus picos. Y ahora... No sólo es que no les dejemos anidar, cosa que no entiende, porque en los pueblos, haya mierda o no, las mujeres siguen barriendo y fregando sus puertas a diario. Además, que sus cacas no son tan ácidas y peligrosas como las de las palomas, que ésas sí que fastidian y están todo el año dando por saco sin ningún beneficio. Es que, además, se están quedando sin sustento porque ya no quedan moscas ni mosquitos con los puñeteros insecticidas. Y me pide ayuda. "Tú, José María -me dice-, que tienes un blog muy leído, haznos el favor de publicar algo para que la gente tome conciencia de nosotras, que tanto os hemos alegrado las tardes, que os hemos acompañado en vuestros paseos amorosos por la carretera o en la misma plaza y que os hemos librado de tanto mosquito, mucho más eficaces que el Flit y el Raid, tan malolientes". Y remata la carta con una postdata: " Y dile a tu mujer que por poco me parte el radio de mi ala derecha, la muy basta". Y firma: una golondrina común.

Pues, eso, ya lo sabéis. Cumplo con mi obligación de transmitir el mensaje encomendado. 

 

lunes, 17 de julio de 2023

Abuelos de antes, abuelos de hoy

Ahora, en el verano, mis nietos pasan más tiempo con nosotros. Y más aún lo harían si no fuera por ese vicio de su madre de hacerlos tan viajeros. Claro que gracias a dicho vicio conocen ya medio mundo. "Abuelo, me dice el pequeño de cinco años, este año vamos a Islandia, a ver la Aurora Boreal". Mi abuelo José María, a quien no conocí, murió a los 57 años sin haber visto el mar. La primera vez que un servidor vio el mar fue a los 14 años en una excursión de seminaristas a Málaga programada por el párroco de mi pueblo. La primera vez que salí de Andalucía tenía 26 años, cuando me tuve que desplazar a Madrid para escoger plaza de MIR. Una comparativa que ilustra a las claras lo que ha avanzado el mundo en un siglo.

Pero, aun así, hay cosas que no cambian tanto. Y una de ellas es lo a gusto que hemos estado siempre los nietos en las casas de nuestros abuelos. Viendo ahora le felicidad que irradian sus caras por las ganserías y caprichos consentidos por nosotros, sus abuelos, uno no tiene más remedio que retroceder muchos años para intentar revivir aquel tiempo mágico que le tocó ejercer de nieto. Una de las cosas que más disfrutan los míos, mis nietos, es acostarse con su abuela en el salón, en colchones en el suelo y semiabierta la puerta que da al patio, casi al relente. Es lo primero que dicen al llegar a nuestra casa "abuela, esta noche dormimos en el salón". Y la abuela, que se las ve y se las desea para poder agacharse y levantarse desde el suelo cada vez que uno de ellos le pide agua "abuela, tengo sed", les relata uno y cien cuentos inventados en los que hace, con su fértil imaginación, que sean ellos mismos, los nietos, los protas de los relatos. "Abuela, el último". Hasta que caen fritos. El abuelo, pasado un tiempo que cree prudencial, abandona su cama solitaria para echarles un vistazo de supervisión y apagar el ventilador. Antes dudaba en si despertar a la abuela e invitarla al tálamo conyugal. Ya ni lo intenta. Los deja a los tres despatarrados y felices en sus sueños de verano.

Hasta mis once años, cuando me fui al seminario, yo dormía con mi abuela. Todas las noches. Y en las vacaciones, cuando volvía al pueblo, también. No importaba el frío ni la calor, hasta en las noches tórridas de aquellos julios ardientes mi abuela dormía con un camisón de tela blanca, hasta los tobillos. Y su escapulario de la Virgen del Carmen, eterno y sagrado amuleto hasta la caja de pino. Mi mujer, abuela moderna, duerme con sus nietos en bragas y sin sujetador. "Abuela, qué tetas tan chicas tienes" -le dice el mayor. Tuvo que ser ella misma, mi abuela Josefa, la que me echara de su cama al comprobar en las sábanas mi primera polución nocturna. "María Josefa -le dijo a mi madre-, este niño ya no duerme más conmigo, ya es un hombre". Mi abuela no me contaba cuentos fantasiosos ¡qué va! Me rezaba cada noche el rosario entero seguido de sus letanías pertinentes, la cosa más cansina que uno pueda imaginar: Mater purísma, Mater castísima, Mater misericordiae, Regina angelorum, Regina patriarcarum, Regina Virginum... Hasta que me quedaba dormido. A fin de cuentas, mutatis mutandi, era casi lo mismo: antes, letanías y jaculatorias; ahora, cuentos inventados.

El abuelo tiene mucho más protagonismo en la piscina, allí donde la abuela naufraga. Los dos nietos nadan como delfines saltarines y juguetones, y a la abuela le entran los siete males cuando aguantan catorce eternos segundos bajo el agua. El abuelo bucea con ellos, recibe sus ahogadillos, afronta sus gansadas y les presta sus lomos para que atraviesen, cómodos a caballo, la piscina entera.

Mi abuelo Manolo le regañaba a mi padre porque consentía que yo, a mis doce o trece años, me bañara solo en la alberca de La Capilla, un aljibe al aire libre de más de cinco metros de profundidad. Más peligro que la alberca tenía llegar hasta ella a través de un pasillo en alto, a cinco metros del suelo del atroje. Como la Peque, mi abuelo Manolo, hombre sabio para tantas cosas, le tenía pánico al agua. La primera vez que mi padre me llevó a La Capilla a lomos de su borrico Casimiro dormí con mi abuelo en las cuadras. Una de esas experiencias infantiles que se graban a fuego. Yo tendría seis años, más o menos. Y dormimos juntos los tres; yo, en medio de mi padre y mi abuelo. En jergones de paja, justo al lado de los pesebres donde dormitaban y bufaban las yeguas. Era invierno, lo recuerdo porque mi madre me vistió para el viaje en burro con tantas capas de ropa que apenas podía moverme. Pero en medio de dos adultos y con el calorcito desprendido del vahído de los animales se creó un ambiente cálido muy agradable. No pasé frío.  Allí no hubo cuentos ni letanías, sino historias tiernas y sufridas de hombres humildes, de hombres de campo, de hombres recios y esforzados que trabajan de sol a sol, que viven en el cortijo y que van al pueblo solo los jueves, a cambiarse de ropa y a dormir con la parienta.

Abuelos de antes, abuelos de ahora, tan distintos, tan iguales...



lunes, 26 de junio de 2023

El buen camino

Después de haber metido la pata hasta el corvejón, error grave que bien hubiese podido acarrear consecuencias fatales para el paciente, la médica residente de segundo año, su tutor hospitalario y el jefe de las Urgencias tuvieron el detalle de acordar una reunión con la esposa del paciente y con otro amigo de ambos para reconocer ante ellos el error cometido y exponerles sus disculpas más sinceras. ¡Caray, esto no se ve todos los días!!! Pero no quedó la cosa ahí: a continuación, subieron todos a la habitación del paciente, ya felizmente reestablecido, y la residente de segundo año y el jefe de las Urgencias se volvieron a disculpar: "Lo sentimos mucho, José Antonio". ¡Jóder, algo está cambiando en el sistema! ¡Para que luego nos metamos con JuanMa...!

Equivocarnos, nos equivocamos todos, incluso los médicos, o acaso, éstos más todavía, por cuanto que, pese a los adelantos tecnológicos, la medicina clínica sigue siendo un ejercicio diario de incertidumbre. Os lo dice un médico. Lo mismo que también os digo lo difícil que resulta a cualquier médico reconocer públicamente un error cometido. No entiendo muy bien por qué, pero es así. Por eso, este acontecimiento descrito más arriba adquiere unas connotaciones de verdadero cambio para bien, para la excelencia clínica. Ante actitudes como ésta no cabe otra que comprender y perdonar.

-La verdad, nunca podíamos esperar una respuesta como ésta -le dice la esposa al jefe de las Urgencias-. Lo hemos pasado muy mal, imagínese usted, una operación tan delicada... Pero ahora, ya con mi marido fuera de peligro y con este detallazo vuestro... Bueno, una vuelve a creer en la sanidad pública.

-De eso se trata, señora, de demostrar que, como personas que somos, nos podemos equivocar -responde el jefe, muy serio, en su papel-. Se asustaría usted si supiera la cantidad de decisiones precipitadas que debe tomar un residente o un adjunto en una guardia hospitalaria de 24 horas. Algo apabullante. ¡Demasiado poco nos pasa!

-Claro, intento comprenderlo... Pero es que cuando le ocurre a una... Pues que ya no es lo mismo.

-Es natural. Ahora bien, al igual que somos personas que nos equivocamos, también debemos serlo para asumir nuestros errores y disculparnos. Y, como habrá visto, no me duelen prendas.

Y sigue el jefe de las Urgencias relatándole a la mujer un programa muy novedoso que ha puesto en marcha en su Unidad y cuyo objetivo es, precisamente, formar a los residentes en ámbitos aparcados del oficio médico, tales como la empatía, la humildad y la capacidad de disculparse.

-Precisamente, esto que acabamos de hacer, el presentar nuestras disculpas a un paciente y a sus allegados, forma parte de este programa que le digo. En mi modesta opinión, la formación de los residentes adolece de este tipo de competencias. Tanto residentes como tutores se han lanzado de cabeza hacia los aspectos más llamativos y atractivos de nuestra profesión, como pueden ser la investigación, la digitalización, estar al día, las publicaciones..., elementos dirigidos principalmente a engordar el currículum. Y, tal vez, estemos contribuyendo entre todos al abandono de nuestra esencia como médicos clínicos. Y esto no puede ser. Nosotros, los veteranos, aprendimos de nuestros ilustres maestros el buen camino y tenemos el sagrado deber de transmitirlo a estas nuevas generaciones. Antes que un lumbreras, un médico tiene que ser una buena persona, un portador de unos valores que presumimos de eternos, pero con la boca chica.

Así habló el jefe de las Urgencias. Y luego se alejó, pasillo adelante, con las manos cruzadas por detrás y gacha su cabeza, en actitud de meditación. 


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-¿De verdad, José María, que ocurrió así, tal como lo cuentas? -me preguntaréis, incrédulos, algunos de vosotros?

-No, no fue así -os contestaré yo-. Desde luego que no. Hubiese sido el relato deseado. ¡Pero no me digáis que no queda bonito...!

lunes, 19 de junio de 2023

Belleza en el agrado

Asuntos de albañilería -recoger un permiso de obras, que el Señor nos asista- me han llevado esta mañana a dependencias del ayuntamiento de Antequera. 

La Peque me había indicado que "según subes las escaleras, la puerta de enfrente, pues ahí". El edificio asignado para tales menesteres, un palacete del siglo XVIII, me resulta especialmente grato. Es el antiguo hospital donde hice mis prácticas de verano con don Juan Herrera y don José Luis de la Fuente, los amos de aquello. Me recreé, antes de subir, en la contemplación nostálgica del claustro de la entrada con aquel especial encanto de sobriedad que aun mantiene y de la galería superior que daba a los despachos de los médicos. ¡Mis veinte años aquéllos! Tempus fugit que se las pela. 

Subo las amplias escaleras de un mármol rosado y ya carcomido por los años. Y pienso en la belleza de lo viejo con nada que se le cuide un poco. Como nos pasa a las criaturas. Yo mismo estoy en la creencia de haber rejuvenecido con la edad, no sé..., como si el tiempo, triturador de vidas y haciendas, contase mis días para atrás, en vez de para adelante. En el primer descansillo se abren las escaleras en dos ramales para juntarse de nuevo en la galería. Cojo el de la izquierda -yo siempre a la izquierda-. Y nada más llegar a lo alto, de nuevo a mi izquierda, una puerta. "Ésta debe ser", pienso.

Me recibe, sentada detrás de su mesa, una señorita muy distinguida. Da gusto entrar en un sitio y que te atiendan de inmediato, rara avis. Y más aún, si la funcionaria es una mujer bonita. Sólo falta que sea, además, agradable de trato. Antes de nada, los hombres de mi edad, por lo general, tasamos las bondades físicas de una mujer por encima de cualquier otra virtud. La chica es muy atractiva: morena de cabello negro zahíno delicadamente ondulado sin llegar al rizo encrespado; ojos almendrados que aún resaltan más en su cara limpia por el tatuaje de sus bordes y el rímel Loreal de sus pestañas. Y de remate, una graciosa sonrisa. Sentada, no alcancé a valorar otra cosa que su cara.

Le explico mi caso. Uno está acostumbrado a que en el momento que el funcionario de turno se percate de que lo tuyo no es de su "mesa", te mande enseguida para otro sitio sin escuchar nada más. Esta chica, no. Esperó con amabilidad a que yo terminara mi exposición. Y luego: "No es aquí, caballero; es en la puerta justo de enfrente; allí le atenderán".

Llamo con los nudillos en esa puerta y enseguida acciono la manija para entrar.

-¡Un momentoooo!!! -me grita alguien desde dentro.

Y pillo y me siento en un banco del  pasillo.

A los pocos minutos, un hombre gordinflón: "pase usted".

Doy los buenos días y vuelvo a explicar el propósito de mi visita. El hombre rodea el mostrador y se sienta en su mesa para mirar en el ordenador.

-Está todo bien, a la espera del visto bueno del equipo competente -me dice secamente.

-Es que de esto hace ya más de dos meses -intento esbozar una tímida protesta.

-Estas cosas van despacio, ¿qué quiere usted que le diga? No es usted solo el que solicita permisos.

Es inevitable acordarse del Vuelva usted mañana, de Larra.

El hombre no me atendió mal, no. Trato correcto, aunque rayano en lo áspero. Quizá fui yo el imprudente por querer entrar como perico por su casa. De acuerdo. Pero... ¡Qué diferencia con la chica...! 

A la salida, volví a entrar en el despacho de la muchacha. No lo pude remediar. 

-¿No lo han atendido?

-Sí, sí. Muchas gracias. Pero es que quería decirle que yo, cuando venga otra vez, me cuelo en su despacho.

-¿Y eso? -se queda extrañada.

-Pues porque usted es mucho más bonita y agradable que el señor de enfrente.

Y mientras ella se reía, bajé las escaleras de dos en dos, tan contento.  

sábado, 3 de junio de 2023

Setenta años

Setenta años, sí señor. Setenta años cumplidos he necesitado para entender algo que para las mujeres es sagrado y para los hombres, pamplina. Setenta años, para ponerme en el lugar de mi hermana Josefa, capaz de matar si alguien le pisaba lo fregao.

Ocurrió hace unos días. Mi mujer me dejó al cargo de los albañiles en mi casa mientras ella iba a Antequera para unos asuntos con mis nietos.

-Tranquila, Peque. Yo me ocupo de todo.

Me ocupé, en efecto, de recoger la cocina y poner el lavavajillas, algo para lo que ya no necesito notas en la pizarra; me ocupé de meter el tendedero en el salón por si se ponía a llover; me ocupé de hacerme presente ante los albañiles por aquello de que "el ojo del amo engorda al caballo"; me ocupé de...,¿qué sé yo? Hasta de pasar una mopa húmeda por el aparador para hacer como que quito el polvo. Y me olvidé del suelo. Un hombre no puede estar en todo. La Peque, a punto de llegar, y yo, repanchingado en el sofá, viendo el canal Real Madrid y el "Vinicius somos todos".

Y entonces, me acordé del suelo. Un ángel del Señor, seguramente. Mi ángel de la Guarda. Los albañiles se habían marchado y dejado una estela de pisadas blancas de yeso y de tierra a todo lo largo del salón hasta la puerta. Y a toda mecha, me puse manos a la obra. Quiso mi buena fortuna que mi cuñada Conchi se presentase a tomarse su cafelito de por las tardes. Y al verme con la fregona en ristre, me corrige con femenino oficio:

-¡Amos a ver, hombre! ¿Cómo te vas a poner a fregar sin antes haber barrido? ¡Qué cosas tienes...!

Ella se puso a barrer y yo a fregar por donde ya estaba barrido.

-¡¡Qué bien nos conjuntamos, eh! -me dice.

-¡Déjate de lisonjas y date prisa, que ya mismo está aquí tu hermana!

La verdad, estaba yo admirado de cómo se estaba quedando el suelo. Escamondao, se dice en mi pueblo. Parecía un espejo, de limpio y brillante.

-Creo que te has pasado con el friegasuelos -regaña mi cuñada. -Y entonces recuerdo que, efectivamente, las mujeres se ven en la obligación moral de poner siempre algún pero.

En éstas estábamos, cuando aparece por la puerta mi cuñado Antonio dispuesto a entrar sin más miramientos. Como haría yo. Como haría la mayoría de los hombres. Y entonces, me acordé de mi hermana Josefa, de los cabreos tan imponentes que pillaba cuando nosotros, sus hermanos, le pisábamos lo fregao.

-¡¡Ni se te ocurra dar un paso más!!! -le grito a mi cuñado ante su desconcierto de no saber el porqué-. ¡Te corto los güevos!!! ¿No ves que tengo el suelo fregao?

-Vale, hombre, no te pongas así. Doy una vuelta hasta que se seque.

-¡Eso!

¡Hay que ver!! Setenta años, para comprender a mi hermana.

-Hasta que los hombres de las nuevas generaciones no comprendan cosas como ésta persistirá el machismo -sentenció, solemne, mi cuñada.

Amén.