lunes, 27 de enero de 2014

Quijote

Me imaginaba sentado en un banquillo frente por frente del juez y se me iba el pensamiento a los juicios del Bárcenas, del Blesa o de Del Nido. Yo, entrando en la sala enchaquetado y encopetado, deslumbrado por los flashes de los periodistas y escuchando en la calle el vocerío de las hordas que claman la zafia prosodia que merecen los ladrones de guante blanco. Yo, como uno de ellos. Así se veía la parte corrupta de mi cerebro. Es Satanás, que nunca descansa.

La realidad, empero, fue bien distinta. Me costó un kilómetro encontrar un aparcamiento y además en zona azul, no desperté el más mínimo interés entre los paisanos que paseaban a mi lado por la avenida de la Buhaira, no distinguí a periodista ni fotógrafo alguno y entré en el edificio como uno más, con mis pantalones y mi saquito de varios días. Afeitado, sí que iba. Y luego, no fue juez sino jueza, y no me sentaron en ningún banquillo, sino de pie todo el rato detrás de un micrófono a la altura de mi boca. 

Ya me lo tiene advertido mi compañero Vicente, " Metes la pata con la mejor de las intenciones, a veces es mejor no menear tanto las cosas". Aunque pueda llevar razón mi colega, no soy capaz de permanecer impasible ante ciertas situaciones que afectan a mis pacientes. Y me las tengo tiesas con los médicos del Tribunal de Invalideces, por ejemplo,  porque no comprendo algunas de las decisiones que toman sobre pacientes míos con enfermedades muy limitantes subsidiarias, a mi juicio, de incapacidad. Será por la crisis o será porque les cuesta un "güevo" salirse de su "libreto", el caso es que me llevan los demonios cuando me llega una resolución desfavorable. ¡Pero es que somos los médicos -yo el primero- tan imperfectos! Casi tanto como los abogados.
 
Pero esta vez he sido yo mismo. El imperfecto, el pardillo, el Quijote.
 
Una mujer joven, paciente mía, portadora de una enfermedad rara y bastante invalidante -el síndrome de fatiga crónico- ha sido rechazada de forma reiterada por el Tribunal de Evaluación de Incapacidades y dada, por tanto, como útil. De menos que nada han servido mis informes al respecto. Lástima de desperdicio el taco de folios escritos a dos caras donde se compendia todo el sumario médico de esta mujer. En estos casos periciales nunca acertamos los médicos, si te ajustas estrictamente a la realidad clínica resulta un informe pobre y poco convincente; si te explayas explicitando los males, sus consecuencias prácticas en la vida diaria y las  limitaciones que suponen para la paciente, entonces se trata de un informe hecho adrede, inflado y quién sabe si hasta untado. Y dominado por la ira -cosa que no debiera- llego a escribir en el historial de esta mujer: "Como era de esperar, el Tribunal no le ha hecho ni puñetero caso".
 
Siendo esto nefasto para la pobre mujer para quien, en su medio rural, el único trabajo posible es el campo, mi decisiva influencia sobre ella ha podido servir para que salga de Guatemala y se meta de bruces en Guatepeor. Impulsado por mi cabreo ante tal injusticia y animado por un antecedente favorable de hace ya unos pocos de años (desde luego antes de la crisis), he insistido a la mujer para que reclame la decisión del Tribunal por vía judicial. Que yo me presto para acudir al juicio como perito/testigo. Y gratis, of course. Y me ha hecho caso. Y se ha embarcado. Recemos todos. 

Hace un mes que recibí la cita judicial. Hace unos días fue el día de autos. Las instrucciones recibidas por el abogado defensor, en el mismo pasillo, sobre la marcha, fueron demasiado someras, "Nada, la juez te hará unas preguntas sobre esta enfermedad y ya está". Nadie en la sala, salvo nosotros. Un poco en alto, en un estrado, sentadas, la juez y una secretaria a su izquierda. Ya más abajo, a nivel del suelo, a la derecha, el abogado defensor, a la izquierda, la abogado contraria. Y en frente, de pie, yo.

Me pregunta la juez por la enfermedad de esta mujer. Y me extiendo casi como si estuviese dando una clase en la facultad. Me estaba gustando a mí mismo. Yo explico las cosas -a los alumnos de medicina- con un sentido muy práctico y con una jerga cercana y asequible. Porque lo que me interesa no es tanto que aprecien mis dotes de orador cuanto que aprendan y comprendan lo que les digo. Pues lo mismo. Y creía ver una viveza especial en los ojos de la juez. Y yo, tan ensimismado en lo mío que -la verdad- ni me fijé si estaba buena o era un callo. Fijaros. "Ya está la rata en la lata" -pensé.

Le toca el turno a la abogado de la parte contraria. Y en lugar de interesarse por la enfermedad y las posibles limitaciones que podría acarrear a mi paciente, va y sale por una tangente maliciosa e intencionada.

-¿Qué profesionales llevan el caso de esta mujer? -me pregunta.
-El psiquiatra, su médico de cabecera y yo -replico rápido.
-¿Nada más?
-Que yo sepa, nadie más.
-¿No es cierto -y aquí va toda la carga de malicia- que esta enfermedad la manejan los reumatólogos y los traumatólogos?

Lo que es ser novato! ¡Por Dios santo, un tío con sesenta y un años y treinta y cinco de experiencia médica y caer en una trampa tan simple! ¡Que coraje pasé luego! ¡Si hubiera podido rebobinar...! No, tendría que haber sido mi respuesta. NO, NO y NO.

-Sí, en efecto. Eso en la teoría -rectifiqué- porque en la práctica, al menos aquí, en Andalucía, no es así. Y no lo es porque esta es una enfermedad huérfana a la que nadie quiere como hija. Desde luego, los traumatólogos, ni caso porque en absoluto es una patología de su competencia. Y  en lo que hace a los reumatólogos, se limitan a diagnosticarla y derivarla al médico de cabecera. Como ya antes he explicado a la juez, esta enfermedad es tremendamente frustrante no sólo para la paciente sino también para sus médicos. No tiene tratamiento.
-¿Por qué, entonces, se ha hecho usted cargo?

Está claro que es necesario estar entrenado para estas cuestiones, para saber regatear las zancadillas legales y seguramente legítimas que estos leguleyos te ponen. Porque a ellos les importa un bledo lo que sufra o deje de sufrir esta mujer. Y lo que es peor aún -me temo-, que crean que tampoco a los médicos nos importa nada, que todo consiste en hacer el trabajo de la manera más aséptica y eficaz posible. ¿Qué le respondo, la verdad, mi verdad o improviso algo? Yo soy muy malo para improvisar, se me va a notar... Me gustaría contestarle que lo hago por compasión, porque así  lo dicta nuestro juramento hipocrático, porque de esa manera es como entendemos la medicina los internistas, porque alguien debe de hacerse cargo de aquello que nadie quiere, porque no puede ser que en nuestro siglo  se trate a estos pacientes como apestados, porque... Nada, no responderé nada de eso. Resultaría totalmente incomprensible, irrisorio incluso, para mentes cuadriculadas y adiestradas en una dialéctica formalista, fría e insensible que no entienden otra cosa que ganar y perder. 

-Los internistas nos ocupamos de cualquier patología médica. Somos especialistas de todo aquello que no requiera cirugía -respondí al fin secamente.

A la hora de los alegatos finales nuestro abogado defensor estuvo muy tibio, a mi parecer, dijo que en vista de la exposición tan explícita del médico le parecía lógico solicitar algún grado de invalidez para la paciente. ¡Algún grado...! Tío, tú pide lo máximo, ya vendrá luego la juez con las rebajas. Sin embargo, la otra parte estuvo mucho más contundente. Con toda la cara del mundo, la abogado pretendió rebatir mis argumentos basándose en que yo no era reumatólogo, como menospreciando la calidad de mis informes. ¡La madre que la parió! Y lo malo es que yo ya no podía defenderme.
La pelota, pues, en el tejado de la juez.

A la salida, departiendo los tres, la paciente, el abogado y yo, me quejé a este último, no ya de su tibieza -no soy tan temerario- sino de las argucias fulleras de la parte contraria.

-Es su obligación, hace su trabajo, que para eso le pagan.

Me dio mucho coraje. Tío ¿y cuál es tu trabajo? Podías haberme puesto sobre aviso, podrías haber mostrado más prestancia... qué sé yo... Al final -pensé- qué cierto es eso de que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz.

-Te vas a jubilar siendo lo que siempre has sido -me increpa mi amigo Vicente ya en el hospital.
-¿El qué? -le respondo sabiendo de antemano la respuesta suya.
-¡Un Quijote que no escarmienta!

Recemos todos para que la jueza tenga el fiel de nuestro lado. Amén.   
 
 

domingo, 19 de enero de 2014

Paseando mi aburrimiento

Domingo, once de la mañana. Un día de perros. No sé qué culpa tengan los canes de estos días lluviosos y desapacibles. La Peque ha de quedarse en casa cuidando a su madre enferma. Es saludable para la mente salir un ratito de la clínica en que se ha convertido la casona de mis suegros. Considero pecado mortal coger el coche en mi pueblo, debería ser obligatorio ir andando a cualquier sitio. Multa al canto a quien vaya en coche al bar. Pero hoy el cielo mea agua nieve.
 
Voy -en coche- a llevarle a mi padre su caja de vino. "Oye -me había dicho hace unas fechas-, ¿te sobrarían algunas botellas de ese vino que pedís tus amigos y tú para la Navidad?" "Claro que sí -le respondo-, ¿cuantas quieres?" "Psss... no sé... para el año, seis o siete, creo". Le gusta tomarse su copita de tinto en el almuerzo y, siendo tan exquisito para sus cosas, no quiere otro desde que probó el mío. "Vale, el próximo día que venga al pueblo te echo una caja".
 
No está en su casa, no está en el Convento, no está en la casa de mi hermana.
 
-¿Dónde coño está, Carmen, un día como hoy?
-¿Dónde va a estar? ¿Tú no lo sabes? ¡Pues en el bar de los viejos!
-¡Qué hombre! Luego se quejará de su "Pirifaringitis" como dice él.
-Tú no sabes lo castigoso que se está poniendo.
 
Dejo el vino y salgo a la calle a pie parapetado en mi paraguas. Me alargaré a verlo, me digo. Ni un cristiano en la calle. Ni un moro tampoco. La plaza, desierta. Lástima. La iglesia cerrada. No abrirá hasta el primer toque. Aún con la lluvia helada de hoy esta misma plaza, con sus naranjos y con sus bancos de testigos, era un magnífico campo de fútbol en mis tiempos de infante. ¿Cuántas peleíllas, cuantos resbalones y caídas, cuantos goles celebrados, cuantos coscorrones de don Juan el párroco cada vez que la pelota golpeaba contra el cancel de la iglesia! Hoy, ni un alma. Los chaveas duermen de haber trasnochado hasta las tantas o están enajenados con los wassapts. Tiempos. Atravieso el arco y llego a los "Cuatro Cantillos". No huele a candela de olivo, ni vomitan humo las bocanas de las chimeneas, ni hay matanza en la puerta de Marcos, con lo agradable que era todo eso. Entro, al fin, en el hogar del pensionista al son familiar del primer toque a misa. Algo va quedando, pienso, al menos permanece el nostálgico tañido de las campanas de la torre.
 
El bar está vacío, lógico. En una sala lateral acondicionada con mesas y sillas me sorprende un grupo de jubilados que juegan a las cartas.
 
-Ea, los más viciosos del pueblo -me encaro con ellos.
-Sí hombre, visiosos, jugando a céntimo la partida -mi padre entre ellos. Y Pepe "El Tomate". Y Frasquito "Coera". Y Luis "Juaharina".Y dos "Revertes".

Me siento a verlos. Mi padre era un artista del "Subastao". En la Capilla eran famosas sus partidas con Luis el hortelano y con José Villalba, el casero. Quiero comprobar cómo anda de forma. Pero están jugando a otra cosa, "El Picón", me ha parecido escuchar. No tengo ni idea. No me entero. Imposible también para ellos. Se distraen del juego -Frasquito ¿echas la sota y te reservas el as? Tú estás atontao!- teniendo tan a la mano un médico bueno y se explayan explicándome sus males.
-Me voy. Mejor para vosotros seguir con las cartas que no recordar tantas dolamas.
 
Me entretengo un rato en la casa de Samuel, mi hermano el gordo, y le regaño por su tan frecuente picoteo en el frigorífico y en el mueble bar. Apenas queda un culillo de un whisky buenísimo y de un Carlos I que le regalé en Navidad. "Eso son los amigos", dice el tío glotón.
 
Y vuelvo por las Eras Bajas. Ni un alma. Ya me lo advirtió mi suegro antes de salir: "Si vas buscando conversación, no la vas a tener". Bueno, hay gente. En el parque han montado un puesto ambulante de churros que consigue arremolinar a cuatro paisanos alrededor del perol hirviendo. Pega pegarse al fuego. Hace frío de nevar. Me arrepiento de haber desayunado, me llevaría un junco  de tejeringos ensartados. Me suena el móvil: el Jaime, que está nevando en la sierra de Cabra. Natural.
 
Me voy para la casa. Ya habrá llegado mi Meli. Viene a comer con nosotros. Temblando voy. Más que de frío, porque me pida dinero para su piso nuevo.
 
¡Rácano! 
 
 

miércoles, 15 de enero de 2014

Blabla car

Mi sobrina Rocío, la querida y entrañable Rosiota, viaja en blabla car. Para los no iniciados, sabed que esto del blabla car es una manera de viajar que se ha inventado la gente nueva y que consiste en compartir coche para un trayecto concreto, pagándole cada viajero al chófer una módica cantidad acordada de antemano y mucho más económica que la equivalente en tren o en autobús. A través de las redes sociales, la gente de este siglo -nosotros no, desde luego- contactan entre sí para acordar condiciones, sitio y hora de encuentro. Por diez euros se vino de Madrid hace un par de días y se jartó de charlar con todos los acompañantes. La Rocío es mucho de hablar, sí. De ahí, de charlar, viene lo de bla bla car (hablar mucho en el coche). Me gusta. Porque es una manera barata de viajar y encima conoces a un montón de criaturas. Me parece, incluso, un asunto muy enriquecedor desde el punto de vista social y cultural. Que tiene sus riesgos, que sabe Dios con quién me tocará ir de compañero de viaje... Vale, es cierto. Vivir es el mayor riesgo. Muchísimo peor lo teníamos nosotros con el auto stop ¿no?
Debe ser el puente del Corpus, por mayo o junio del 72. Lo digo porque hace calor en Sevilla, muncha caló, y porque la carretera de Málaga está tomada por hileras de estudiantes que, solos o en grupos de dos o tres, se vuelven hacia los coches con el dedo pulgar en posición inequívoca de autostop. Algo totalmente inusual si se tratara de un simple miércoles a media mañana. Tiene que ser el puente del Corpus, sí.
Vamos, si os parece, a seguir los pasos de estos dos mozalbetes que, con sus  diecinueve años cumplidos, se manejan como novatos en esto del autostop. En vez de permanecer en un sitio concreto del arcén caminan a paso ligero como si quisieran adelantar a todos los demás grupitos y así avanzar terreno. Quizás sea su primer viaje, su primera experiencia en la carretera. Vámonos con ellos.

Desde san Telmo, han cogido el autobús nº 49 que los ha dejado muy cerca de la parroquia de los Pajaritos. Han dado su clase de catequesis de post primera comunión a su grupo correspondiente de chaveas, han departido luego cuatro palabras con el cura y han enfilado hacia ésta su primera aventura viajera. Van sueltos, sin bolsas ni macutos que no hacen otra cosa que entorpecer la marcha. Por todo atuendo, unas sandalias de cuero a cuadros, con hebilla, al uso de los frailes, un pantalón de aquéllos de Tergal de boca ancha, el Jaime lleva una camisa azulona de manga corta y el Fili, un polito blanco. La talega de la ropa sucia se ha quedado en casa de la prima Norberta, en la Algaba. Su hija Encarnita, de la misma edad que ellos, ha prometido hacerles la colada, que se vayan tranquilos.

No ven a ninguno otro de los amigos. El Luna, Luis Enrique, Pedro, Salva y Manolo Ruiz deben de ir por la carretera de Córdoba porque sus respectivos pueblos quedan por allí. Paco Delgado, de Priego, está griposo y ha desistido y Manolo Estepa -hoy con uno de sus días raros- ha dicho que no. El único que podría tomar esta dirección de Málaga sería Antonio Medina, que va para Lucena. Pero... bueno, mejor no tropezar con él. Tres ya seríamos multitud, piensan. Además de que este compañero les pondría la cabeza como una olla, seguro. De lo charlatán que es.

No estaba previsto esto de que todos los amigos del dormitorio salieran hoy en autostop. Anoche, en la reunión habitual del té en el cuarto de Pedro, se le ocurrió a alguien -seguramente a Antonio Luna- retarlos a todos a que no había cojones de una cosa así. La idea era aún más atrevida: deberían irse cada uno por su cuenta, sin hacer grupo. Y el lunes próximo contarían las respectivas  experiencias. Así se acordó. Pero el Fili, que siempre ha sido un "cagao", ya estaba pensando en rajarse antes de meterse en la cama. "Tú te vienes conmigo -se le acerca Jaime por lo bajini-, nadie se va a enterar. Además que vamos en la misma dirección". "Vale, mucho mejor" -respira aliviado el amigo. 

San Telmo, ¡qué gran invento! Este enorme y emblemático edificio ha concitado dentro de su muros las voluntades de clérigos y seglares, ha sido un exitoso experimento de convivencia juvenil donde estudiantes universitarios y seminaristas son todos para uno y uno para todos, una especie de concilio estudiantil que engloba un seminario regional -centro de estudios teológicos, el CET-, una escuela de Magisterio y un Colegio Mayor universitario. Masculino, por supuesto. Por una vez, la Iglesia -doctores le sobran- ha dado en el clavo. Juntos, pero no revueltos del todo. Los seminaristas hacen piña con los demás estudiantes en la biblioteca, en el comedor, en el campo de fútbol o, incluso, en la calle. Pero no en los dormitorios, vayamos a leches. Que los curas, si de algo saben mucho más que nadie, es de picardía. Y enseguida se han percatado de las visitas clandestinas que reciben algunos universitarios en el dormitorio. Femeninas, claro está. No, los seminaristas duermen todos en el ala noreste, en el dormitorio llamado de los Pajaritos. Y las primeras habitaciones, según se entra en él, pertenecen a estos amigos procedentes de san Pelagio, el seminario de Córdoba.

-Pensándolo bien, a lo mejor me convendría que nos encontráramos con "el relojero" -salta Jaime mientras suben el primer  repecho de Torreblanca. Se está refiriendo a Antonio Medina, relojero de profesión.
-¡Anda ya hombre! -le replica incrédulo el Fili- ¿Qué falta nos hace un tío hablando tó el tiempo de encajes, vestiditos y enaguas, eh? Nos espantaría el primer coche que parara.
-Ya, pero... lo digo porque cuando nos separemos en Estepa él seguiría conmigo hasta Lucena por lo menos y no estaría yo solo.
-Y a mí que me den ¿no? Mu bonito, si señor. Cría cuervos. Se me pasan los días velando por ti, que no te descuides, que no salgas tanto, que estudies más, entrenándote en la portería... vaya como si fuera tu hermano mayor. Y ahora...

Es verdad que esta gente son como hermanos, éstos dos y los demás. Viven juntos bajo el mismo techo desde los once años, primero en los Ángeles, luego, ya mayorcitos, en Córdoba y ahora, de mocitos, en Sevilla. Entre ellos se han aviado en tantos y tantos problemas propios de la adolescencia, desde ayudas materiales de ropa, dinero o comida hasta cosas tan espirituales y secretas como dudas vocacionales o amoríos inconfesables. Son más que hermanos.

-Joer, ¿pos qué más quieres? ¿No te he propuesto a escondidas que te vengas conmigo?
-Sí, pero ya no sé si ha sido por hacerme un favor o buscando tu propia conveniencia, tío.
-No seas tiquismiki. Por las dos cosas, ya está.
-Además -sigue refunfuñón el Fili-, hemos quedado que aquí el cagueta soy yo ¿no? Se supone que tú eres un tío macho, el que me tiene que dar seguridad. Y ya veo lo bien que empezamos.
-Pero... vamos a ver, míralo de esta manera hombre: tú ya sabías que desde Estepa tienes que arreglártelas solo. Yo me alegraría mucho por ti si encontraras desde allí otro compañero de viaje. Vaya, me quedaría la mar de tranquilo. Porque te conozco bien y sé lo miedica que eres. Pues tú, lo mismo conmigo ¿no?
-Vale, bueno... -parece conformarse-. Pero si ya no lo hemos visto, seguro que no aparece.

Jaime va para Cabra y el Fili, para Antequera. Cuando lleguen a Estepa cada uno tirará para su lado. Ése es el canguelo del Fili. Bueno... si es que llegan. Son ya casi las doce del mediodía, llevan cinco kilómetros de caminata y a ellos nadie los recoge.

-Oye Jaime, deberías de ponerte tú detrás mía, que los coches te vean a ti primero.
-¿Y eso pa qué?
-A veces pareces tonto, tío, o a lo mejor quieres que te regale el oído, no sé, ¿pa qué va a ser? Porque tú eres el guapo, tú das la pinta de no haber roto nunca un plato.
-Pues anda que tú tienes unas trazas de criminal... A lo mejor te confunden con el Lute, tío -y se ríen ambos de buena gana.
-No, ya sé que no, pero no hay comparación contigo, hombre, con lo desgarbao que soy, mira, si no, por dónde llevo ya el polito. Hazme caso, ponte detrás.

Casualidad o no, el caso es que a la altura de la venta La Liebre, en Alcalá, se ha parado un coche.

-Fili, mira, ese coche está echando el intermitente pa la derecha.
-Bah, eso será que se va a salir aquí en Alcalá.
-¡Oye...! que se ha parado con los cuatro intermitentes.

No es un seíllas ni un cuatro latas. Ni siquiera un Simca. Un BMW blanco, macho. Salen corriendo con el corazón que se les sale por la boca. Jaime llega primero.

-Dónde vais? -pregunta el chófer con un español raro. Debe ser un guiri.
-Mi amigo va para Antequera y yo para Cabra.
-Arriba! Vamos. Os llevaré hasta Estepa.
-Ponte tú delante -le espeta Jaime al Fili.
-Vale.

Jaime es más callado, más tímido si queréis. El Fili es mejor conversador, por eso lo de ponerse al lado del conductor.
-¿Estudiantes?
-Sí, claro -contesta rápido Fili-. Somos seminaristas -añade enseguida.
Jaime se ha contrariado un poco, se le nota en el gesto. No es que vayan a ir por ahí renegando de su condición de curillas, pero tampoco hace falta pregonarlo a las primeras de cambio. Quién sabe cómo pensará este hombre, si será ateo o rojo o anticlerical, en fin que no hay que ser tan claro y transparente de entrada.
-¡Seminaristas, oye!
-Vaya.
-¿En san Telmo?
-Sí, en san Telmo vivimos.
-El mundo es un pañuelo, decís por aquí ¿verdad?
-Sí, así es. ¿Por qué lo dice usted?
-Porque conozco muy bien a uno de vuestros profesores.
-Ah, sí? ¿A quién?
-A don Juan Guillén. ¿No es profesor vuestro?
-Claro que sí. El "pisha" -se precipita Fili de nuevo. "Qué muchacho más imprudente -pensará Jaime-, ¡las cosas que tiene!"
-¿Qué es eso del "pisha" -se interesa el guiri.
-Ná, se lo decimos porque está a todas horas con la pisha en la boca.
-No lo entiendo.
-Hombre... que usa esa palabra como muletilla para todo.

El conductor es un hombre de treinta y tantos años, no llegará a cuarenta, rubio y bien parecido. Se llama Jurgen, que querrá decir Jorge en español. Les va contando en el trayecto su breve historia española. Es ingeniero industrial y trabaja en la BMW. Lleva en Sevilla unos 6 meses y está dirigiendo la apertura del taller y concesionario de esta marca en el Polígono Amarillo, el que hay en la calle Montes Sierra. Y viaja con cierta frecuencia a Estepa para comprar aceite en una almazara que le han recomendado. 

-No os lo vais a creer, pero a don Juan Guillén lo conocí en Berlín... ¡en una sala de fiestas, una especie de puti-club! Con perdón.
-Sí que nos lo creemos. Él mismo nos ha contado alguna vez sus juergas alemanas, es un cura muy moderno y liberado -esta vez es Jaime quien se lanza viendo que ya hay confianza-. En una de esas fiestas, por lo que él nos ha dicho, vio a un negro, desnudo en el escenario, que se empalmaba sin tocársela siquiera, solamente al son de una musiquilla sensual y a la vista del baile provocativo de una negrita.
-¡Caramba con los curillas! No me esperaba yo que fuerais tan lanzados.
-Tenemos diecinueve años... -se excusa  Fili- somos ya unos hombrecitos ¿no le parece? 
-Sí, sí, me parece estupendo. Si sois capaces de tener hasta novia...

A la una y media aprieta la gazuza. El hombre se detiene en un restaurante a la entrada de La Puebla de Cazalla. Con la soltura de quien lo ha hecho muchas veces antes, entra en el establecimiento y saluda al camarero de la barra. Ellos dos, esta vez prudentes, se han quedado en la puerta sin saber qué hacer.

-¿Qué hacéis ahí? -les espeta Jorge.
-Nada... esperando.
-¿Esperando qué?
-Que termine usted de comer -responde Jaime.
-Qué pasa, que los seminaristas os alimentáis de hostias nada más? Anda, pasad, so timoratos.

Y comieron los tres a costa de la BMW, naturalmente. No recuerdo lo que comieron, pero Jorge se trincó dos o tres cervezas grandes, medianas se llamaban antes, y el Jaime también. El Fili, abstemio de nacimiento, pidió Casera blanca, tío, qué vergüenza.

A las tres de la tarde estaban en Estepa. Jorge los dejó en la carretera muy cerca de la salida hacia Málaga. Se despidieron muy afectuosamente y le prometieron darle recuerdos a don Juan Guillén.

-¡Suerte!
-Adiós!

La afición del Fili por la siesta viene de lejos. De siempre, vaya. Ni siquiera hoy, con la zozobra que lo embarga, piensa perdonarla. A la salida de Estepa deja solo a Jaime en la cuneta con su pulgar en ristre y él se acuesta a la sombra cuarteada de una retama. A esa hora no pasa un alma. Y a Jaime le da por charlar y charlar. La cerveza.

-Oye -protesta el Fili-, que ná, que no piensas dejar que me amosquile un rato. Vaya si te va a durar el efecto de las cervezas, eh.
-No, si te parece voy a hacer como tú, bebiendo gaseosa... como las nenas.
-¿Qué quieres, que me beba una cerveza y la tenga que vomitar? Entonces sí que hubiera hecho el ridículo. Además que, con todo lo que nos queda por delante, yo tengo que mantenerme sobrio, ya lo sabes.
-Oye, hablando de otra cosa -se pone Jaime ahora con ojillos libidinosos, la cerveza, ya os digo-, ¿tú has visto que tu prima Encarnita está una jartá de güena?
-Hombre... yo, la verdad, la miro con otros ojos, no me fijo en ella como tía, sino como prima. Por cierto, me dijo el otro día que estuvisteis juntos en el cine.
-Vaya, la invité -y sigue con la lengua suelta-. Vimos "El amor del capitán Brando". Nene... cuando sale la Ana Belén con las tetas fuera... nos rozamos, sin querer, mi mano con la suya... un ratito bueno. ¡Qué cosquilleo en el estómago! Me dio hasta vergüenza.
-Pero el cosquilleo ese no pasaría más pabajo ¿no?
-Claro que no, ¿qué te crees?

En vista de la soledad tórrida en la carretera Jaime se retira también al duro aposento de la retama y se recuesta, hombro con hombro, al lado de su amigo. Medio adormilados por la hora y por la calor, afloran sentimientos apenas permitidos en los entresueños. A Jaime se le ha pasado ya la obsesión enfermiza por María Lama, una niña bien de su pueblo. El Fili, sin embargo, está más que colado con una chiquita linda y morena, la Toñi Villalba, a quien ya empieza a nombrar como "la Peque".

-Me da un poco de cosa de la Grego, mi "novia de siempre", la que tantos años ha esperado mi salida del seminario, es verdad. Me siento mal por eso. Pero no puedo evitar mis sentimientos nuevos. No hago otra cosa que pensar en la Antoñita, no se me va del coco, oye.
-El amor es así, tío, te lo digo yo que he pasado por ahí. Pero dime ¿qué le ves a la Peque? Es chiquitilla, delgada, sin tetas... No te lo tomes a mal, pero cuando la hemos visto en Palenciana a ninguno nos ha llamado la atención especialmente. Salvo al Luna, claro, que a ése le gustan toas.
-El amor es así, como tú bien dices. Yo le veo algo, un ángel en su cara que me cautiva, un cuerpo menudo pero la mar de coqueto... ¿Y las piernas? ¿Tú te has fijado en sus piernas, tío? Hacen ruido.

Jaime empieza a reírse así a lo tonto, sin venir a cuento.

-¿De qué te ríes, si  se puede saber?
-De nada, que se me ha ocurrido si don Gaspar nos estuviera escuchando esta conversación tan poco edificante, que diría él.
-¡Qué cosas se te ocurren! Le daría un patatús. Todavía que tú, el Jaime travieso y rebelde, se eche novia y abandone el seminario tendría paso para él. Pero que el Fili noble, estudioso y tímido esté tratando con novietas... ¡Impensable!
-Menos tonterías, ¿qué hora es ya?
-Las cuatro menos cuarto.
-Joer. A las seis y media, como muy tarde, tengo que llegar a Antequera, que el autobús para mi pueblo sale a las siete. Vamos a empezar a andar, venga.

Al poco, se detiene un coche. Va para Puente Genil. Jaime se monta.
-Vente. A lo mejor puedes coger el Correo desde Lucena. Y si no, te quedas en Cabra conmigo.
El Fili duda unos segundos. A partir de ahora le quedan muchos kilómetros solo por esos mundos. Pero no, se hace el valiente aunque a los dos segundos de ver partir a su amigo ya se haya arrepentido. Además, tiene que llegar a la Capilla, donde están sus padres, y el Correo de Lucena no pasa por allí.
-No. tengo que dormir esta noche en el cortijo, ya sabes.
-Suerte.
-Hasta el lunes.

Le va a venir bien al Fili este tiempo de soledad. Le gusta pensar en solitario. De las muchas cosas buenas que el seminario le ha enseñado, la técnica de la meditación no ha sido la menos importante. Sabe y le gusta meditar. Casi sin darse cuenta ha traspuesto hasta el monte del "Hacho". "Estoy cerca, este monte se ve desde Palenciana". Piensa en la conversación de anoche en el cuarto de Pedro. Todos sus amigos están acordando matricularse de Magisterio para el curso próximo. Por si dejan el seminario. Cunde entre todos la idea del abandono. Nadie lo dice abiertamente, pero eso es algo que se nota, que se palpa. El Luna no para de decir que siempre seremos amigos, amigos hasta la muerte, aunque dentro de poco cada uno tome las de Villa Diego. A todos se les ve conversar en secreto con los curas más a menudo de lo habitual. Parecen estar pidiendo consejo. Pero a él, al Fili, no le gusta la carrera de Magisterio. Después de comprender las razones secretas de Manuel  Kant y el pensamiento existencialista de Heidegger no se ve tocando la flauta ni cortando cartón piedra con una sierrecita. Que Dios lo perdone por su orgullo, pero él ha sido siempre de matrícula de honor y aspira a otra cosa. Le encanta la Medicina. Repasa a diario, como si fueran los tebeos del Capitán Trueno de la niñez, los apuntes de Biología y de Anatomía Humana que le han prestado Pablo Bosch y Paco Leiva, dos estudiantes de Medicina de san Telmo. Tiene muy claro que si deja el seminario estudiará Medicina.

-Joer, que casi me pongo en la Roda charlando solo.

Y sigue pensando que, a unas malas, sabría llegar andando hasta Palenciana campo a través. Siguiendo siempre al Este, hacia "La Camorra". Recuerda ahora una leyenda urbana de su familia: su padrino, el bueno de José María, el marido de la "Chorro", se vino a pie desde la Roda a Palenciana en uno de los pocos permisos de la mili. Llovía a mares y cogió una pulmonía que se convirtió en tuberculosis y lo dejó inútil para el campo para los restos. En éstas estaba cuando un coche le pitó. Ni se había dado cuenta. Iba para Málaga.

A las seis de la tarde el Fili entraba triunfal en la plaza de abastos de Antequera para coger la Empresa que lo dejaría, sano y salvo, en la Capilla.

¿Y qué sabemos del Jaime? Desde Puente Genil a Lucena hay muy pocos kilómetros, muchos menos que de Loja a Benamejí. Y sin embargo, nadie se apiadó de él. Bien es verdad que no se puso a caminar ni a meditar como el Fili, sino que se dedicó a pasear y tirar piedrecitas al río esperando, quizás, un tonteo con alguna gachís descarriada. Cuando quiso acordar casi le anochece. Desde el teléfono de un bar llamó a su padre que vino a recogerlo desde Cabra.

Buena historia y excelente experiencia para contarlas el lunes en la puesta en común de la mañana. Estuvo bien, es verdad, pero una vez. El Fili no se aficionó. La Graells no le proporcionaba tanta emoción, pero sí mucha seguridad. Lo mismo pensaría Jaime de la Empresa Diaz Paz, tres horas de viaje es mejor que ocho horas de trasiego, sudor y caminata.

Todas las cosas tienen su tiempo. El autostop es historia. Ahora toca el blabla car, forma de viajar para la gente con ganas de aventura, inquieta y curiosa. Y sin dineros. Como mi sobrina Rocío. Yo prefiero el AVE o el BMW de mi Frasco. Las cosas como son.


domingo, 5 de enero de 2014

Bondades del enfermar

No es excusa que justifique esta excesiva tardanza mía en obsequiaros con una nueva entrega, pero es cierto que he  estado enfermo. Malo, como se dice en mi pueblo. Y todavía hoy ando más "pallá que pacá". No, la cosa de la pereza literaria viene dada por las vacaciones habida cuenta de que en este tiempo estoy en mi pueblo sin Internet -a mis suegros les basta y les sobra con Juanymedio- y, sobre todo, me falta el objeto principal de mis temas, esto es, el enfermo.
 
Esto último, la falta de pacientes, lo he resuelto de la manera más tonta posible: me he puesto malo yo mismo. Aunque sea sólo para tener tema. Bueno, ya recordaréis que por la primavera pasada padecí el achaque aquel del tiroides y de la arritmia, cosas ya casi olvidadas por mí si no fuera por la maldad intrínseca tan propia del femenino género que impele a mi Peque, de forma irresistible y cuasi instintiva, a llamarme -con su poquito de mofa, naturalmente- Bob Esponja. Ya sabéis, que tengo la cara hinchada por mor de los dichosos corticoides. Mujeres.
 
Pero debe de hacer años que no cojo una gripe. Lustros. Tanto es así que vengo ignorando año tras año la recomendación de vacunación antigripal que se nos recomienda a los sanitarios. En casa del herrero... Es verdad. La Peque, igual que yo. Pero no por solidaridad sino por la convicción de estar más que inmunizada de tantas gripes como le tosen a la cara a diario en la puerta de Urgencias desde que empiezan los fríos. Debe ser cierto. Ningún resfriado la aguanta más de un día. Hasta los virus le huyen. Y yo, cuarenta años con ella. Esta reflexión me levanta... no, no seáis mal pensados, ese levantamiento que imagináis no se consigue ya con reflexiones y pensamientos, antes sí, claro, ahora preciso de roces y manoseos y, a veces, ni así. No, me refiero a levantamiento de mi autoestima considerando el tiempo que llevamos "aguantándonos" mutuamente la Peque y servidor de ustedes. Aún reconociéndole a ella mucho más mérito que a mí -las cosas como son- alguna parte pequeña, aunque no alícuota, de ese merecimiento debe de corresponderme. De la misma manera que el vino es mucho más sabroso que el agua, algo tendrá el agua cuando se la bendice ¿no?
 
Pues este año he cogido una buena, vaya que sí, una señora gripe con todos sus avíos. Lo veía venir. Hace unos días subí a la planta de respiratorio a tratar un asunto con un compañero de allí, bueno, Curro Muñoz. Estaba el tío resfriadísimo -seguro que éste tampoco se ha vacunado- y lo achacaba al hecho de tener ingresados a su cargo varios pacientes con gripe "de las malas". Y Curro es de estas personas que te hablan muy encima, como le pasa al Benítez. Y yo reculando y él avanzando sobre mí... Total, lo que tenía que pasar. Gripazo.

¡Ah, la fiebre, la tiritera, la tos, el dolor del pechito...! ¡Qué sensaciones tan extrañas ya para mí, y qué agradables! Me devuelven a mis seis años con mis anginas, fieles amigas y compañeras de infancia, me recuerdan, sí -con un pelín de repelús-, los temibles pinchazos de aquella penicilina blanca-lechosa de la época y la salvaje operación de las mismas maniatado a una silla en una clínica de Cabra, sí, es verdad, pero también me traen los cariños y desvelos de mi padre y mi abuela y los atracones de carne membrillo y turrolate con los que me compensaba mi madre. ¡Ah, la fiebre, la tiritona, la tos... sed bienvenidas a este cuerpo añoso y tanto tiempo privado  de mimos infantiles!

Porque yo no soy como Jaime, un ogro insufrible a la hora de enfermar, que quiere apañárselas sólo, que rehúsa las atenciones de su Paqui y de su novio, no. A mi me gusta que me anden alrededor. "Papi -se me pone mi Meli muy en su papel de mujer ya de su casa-, estarías mejor arropadito en tu cama, hombre". Y yo, tiritando en el sofá, con dos chaquetones enfundados y con el infiernillo eléctrico de doble potencia -pa que luego me tachen de rácano-, le respondo entrecortado por la tiritera: "De eso nada, si me acuesto ¿quién se va a enterar de que estoy malo? A mi me gusta quejarme y que me escuche la gente". Digo, para una vez que uno se pone malo...

Es una gozada, claro, la poca costumbre. La Meli me tira besitos desde lejos no sea que la contagie, me manda wassappt de ésos estando en mi propia casa, a cinco metros de distancia, diciéndome que soy su papito preferido y que me quiere mucho, "Papi, ¿te hago un sumito?", ¿cuándo se ha visto tal cosa, mi hija ofreciéndose a hacerme un zumo? Estoy delirando, seguro, la fiebre me hace delirar, mi hija ha recogido el fregadero y colocado el lavavajillas, no me lo creo, tienen que llevarme a la cocina para darle satisfacción a mis ojos. La Peque me atiborra de Couldinas y de Nolotiles, le pasa como a su madre que se toma los antibióticos del día todos juntos para así curarse antes, dice. El propio Pepe, por darme compañía, se ha quedado toda la  tarde sentadito a mi lado perdonando, incluso, su hora de gimnasio, ya ves tú un tío más maniático que yo del deporte. En los ratos de más lucidez he cogido el teléfono y he llamado a todos mis amigos cercanos, que se enteren de que estoy malo, coño, no siempre van a ser ellos los afortunados. "Vamos pallá a verte ahora mismo, no queremos perdernos el espectáculo" -los muy mariconasos. "No -los prevengo-, esta gripe es muy contagiosa, así que mejor que no".

He pasado un par de días fantásticos, lástima que, siendo uno médico,  esto se cure tan pronto.

¡Feliz año nuevo a todos! 
 
  

martes, 10 de diciembre de 2013

Sobre la trascendencia del mear sentado

Conste, antes que nada, que un servidor de ustedes mea sentado desde hace tiempo. A lo primero, por imperativo doméstico -en mi casa ha habido, de siempre, más rajitas que columnas, más grietas que pilares (la Peque, la Miki, la Rocío, la Miri, la Inma, la Meli y mis dos perritas), así me tienen, medio "amariconao"-, de manera que por una suerte de norma femenina no escrita y, sobre todo, por no escuchar los gruñidos de mi mujer por cuatro gotas de nada en la tapa del wáter, me he acostumbrado, vaya. Y a lo segundo, ya por imperativo anatómico. O fisiológico. O como queráis, que me chorreo encima. Solamente lo hago de pie cuando meo en los arriates de mi patio a escondidas de la Peque, y si me pilla in fraganti, "Mira... si no lo veo no lo creo", me salgo siempre por la tangente del "¿No ves que las plantas están pidiendo urea, mujer?"

Pues este hombre que veo hoy en la consulta no está dispuesto a pasar por ahí. Por lo de mear sentado. Es un antisistema de la medicina, una cosa parecida al Palanco, pero más en bruto. "Si por mí fuera os moríais de hambre los médicos, pero es que ésta -señalando a su mujer- me obliga a venir". Es un tío gracioso, así calvete como yo y más o menos de mi edad. Cada vez que viene me cuenta un chiste.  El último fue el de la gitana que va al médico y éste le receta unas pastillas de hierro. ¿Jierro, pa qué?, protesta la gitana. Y el médico le contesta que porque tiene la lengua sucia. Y se pone ahora la gitana: bueno... la lengua... pues si me viera usted los pies me mandaría comerme los cerrojos. Y se harta de reír solo.

Hoy, sin embargo, lo noto con cierto recelo, no está tan dicharachero.

-¿Qué pasa Miguel? Porque algo pasa ¿verdad?
-Psss... No sé. Lo de siempre, no me gusta venir obligao.
-No, no, a mí no me la cuelas, hay algo más. Desembucha.
-Na, mire usted -interviene ahora la mujer-, que no hace caso de nadie. ¡Que le cuente lo del otro día con el urólogo!
-Ah, eso, el problema de ahí abajo, dime, ¿en qué ha quedado?

No se le ve con muchas ganas. Me mira varias veces, duda, mira a los estudiantes... Y por fin se lanza.

-¡Pos no que me dice el pichólogo ése (urólogo) que me la tiene que cortar, que no hay otra solución...!
-A ver, explícate mejor.
- Eso, que primero me ve un muchacho de éstos nuevesillos, miró en el ordenador lo de la biopsia y salió en busca de otro médico mayor. Na, y éste me mira así por encima la verruguita  de la picha y, ni corto ni perezoso, me dice eso, que hay que cortarla. Y yo quise entender que solamente sería la verruga; pero no, hay que cortar el pene entero, pero además dicho con mucha soberbia y sin ninguna delicadeza, joer, ¿usted se cree que se le puede decir eso a un hombre, así de sopetón, me cago en la leche? 
-Bueno Miguel, de sopetón... no del todo. Yo te había advertido que podía pasar algo así. Pero vaya, que comprendo tu reacción primera, claro. En casos como éste tuyo tendríamos que tener los médicos un poquito más de sensibilidad. Bueno, ¿y qué le dijiste?
-Que ahí no se toca. De cortar... ni mijita. Y se acabó lo que se daba.
-Es natural. Yo hubiera dicho lo mismo -respondo con toda serenidad ante las caras incrédulas de la mujer y la hija-. Ya luego, en mi casa, con más tranquilidad, hubiese reflexionado un poco más, quizás me hubiese puesto en el lugar de las mujeres que tienen que sufrir la amputación de una mama y lo llevan con tanta dignidad. Que más vale vivir sin un pecho o sin pene que morirse tan nuevo... En fin, que no me hubiese cerrado en banda.
-No, si yo no estoy cerrado, me parece que tengo otra cita para después de Reyes, que el urólogo, después de todo, se ha portado bien, podía haberme mandado a freír espárragos, pero no, quiere verme pronto a ver si yo lo reconsidero.
-Eso me gusta más. Naturalmente, Miguel, mi consejo es que te operes. Ya lo sabes, tienes un cáncer en el pene, o en la picha, como tú dices. Tarde o temprano vas a terminar sin pilila, bien porque te la corten por lo sano, bien porque se convierta en una coliflor. Tú mismo. Si esperas a lo segundo, el tumor te lleva palante. Estás advertido.
-Ya, ya... Muchas gracias por la claridad.

Y ahora, pasado el peor trago, intento meter un poco de guasa al asunto.
-Además, Miguel, a nuestra edad... ya sólo nos sirve para mear hombre, tampoco se pierde tanto.
-Pos si ésa es la cosa, me cachis ya, que yo no quiero mear sentado como las mujeres.
-Pero hombre de Dios, si sentado se mea mucho mejor. Yo mismo, llevo años, ni me acuerdo ya cuántos, meando sentado. Por orden de mi mujer, claro está.

Aquella ocurrencia tan espontánea disipó por completo la tensión del ambiente. La mujer y la hija, sonrojadas al principio, soltaron luego sus carcajadas y el consabido "Ay Dios mío, qué hombre", y nos quedamos todos mucho más relajados.

-Además -se atreve ahora la hija a meter baza-, él va a estar perfectamente cuidado y atendido, nos tiene a otra hija y a mí con él en casa, a su disposición, mi madre, siempre encima...

Y me sale ya lo de meter la pata definitiva. No lo puedo remediar.

-Oye, oye -aparento seriedad galénica-, un momento Miguel, ¿qué es eso de que tu mujer siempre encima? Póntela debajo alguna vez, hombre, antes de que te la corten.

Me los tengo ganados. Se operará, se salvará y meará sentado. Como yo. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

¡Gracias!

Ayer, en el hospital, me encontraba completamente "guarnío". En mi pueblo, esta expresión indica cansancio extremo, estar uno "reventao" por dentro. Su etimología viene -supongo- de desguarnecido, sin defensas, inerme. En fin, que estaba hecho polvo: sueño, ojeras, abrideros de boca... "Qué le pasa a usted hoy?" -hasta mis pacientes me lo notaban, claro. "No, nada... es que anoche estuve en una fiesta y no he dormido bien". "Ah, bueno -me contesta Matilde, vieja picarona-, sarna con gusto no pica".
 
Es verdad, sí. Pero uno no está ya para estos ajetreos. La presentación del próximo libro que se me ocurra se hará un día festivo y con luz del día. Ya me conocéis, soy animal diurno, me acobarda la noche, atavismo de mi infancia, culpa de mi abuela que me atemorizaba con el cuento de los "entripaores" (hombres malos y de negro, venidos desde Cuevas Bajas, que, al amparo de la oscuridad, destripaban con largos cuchillos a los niños que encontraban solos por la calle).
 
Hubo sarna por eso, sí. Por haber sido, el de anteayer, un día intenso, muy intenso para un hombre de sesenta y un años recién cumplidos. Levántate a las seis de la madrugada, echa la mañana en la consulta un poquito más acelerado de la cuenta, para qué tanta ansia si al final no vas a terminar antes, ve a tu casa a toda leche a recoger el discurso y a despedirte de la Pelusa, ya vas tarde, tío, son las tres menos veinte y has quedado con Jaime y demás viajeros a las dos y media, sal pitando para su casa y vuélvete apenas un kilómetro porque no llevas ni un euro encima, no te vas a poner en carretera sin dinero, joer, cágate en la puta que parió y pierde en ello otros diez minutejos, come sin asiento, a la carrera, espinacas con garbanzos en un bar de carretera, aguanta con gallardía el retortijón pasajero, no por los chícharos, ése ya llegará en el momento más inoportuno, sino por tener que ser el primero en sacar la tarjeta e invitar a diez hambrones, para eso eres el homenajeado, olvídate de tu siestecita, date cuatro cabezadas sobresaltadas por los apremios de tu amigo al volante, llega al pueblo con el tiempo casi justo, saluda a la familia, al personal... vamos, que es tarde. Y empieza el acto. Y luego, a firmar y a dedicar los libros. Nada de dedicatoria estándar, no. Párrafos individualizados. Y por fin, sobre las once de la madrugada, ponte en camino a Sevilla para llegar a tu casa rondando las dos. A las dos, tío. Menos mal que condujo Jaime, yo iba muerto. Una vez más, mi amigo rompió la baraja. Sin ninguna licencia carnal de por medio ¿de qué me aprovecha tener un novio platónico si no fuera por servicios como éste? Natural. Hoy por mí y mañana... también.

El gusto, sin embargo, superó a la sarna. Claro. Nunca antes había experimentado una manifestación pública de apoyo, de afecto y de miramiento tan cálida y emotiva como la de esa noche. Debo confesaros que me encontré, por momentos, algo aturdido, abrumado por haberos exigido tanto, por no estar seguro de mi capacidad de reciprocidad, de si, llegado el caso, yo me hubiera desplazado a Bubión, a Marbella o a la misma Córdoba para acompañar al Luna, a Luis Enrique, a Paco Sánchez, a Pepín o a Francisco Castro, por ejemplo, en una celebración particular de este estilo. Me reconforté pensando que sí, mi espíritu es fuerte, pero ¡ay! la carne... la carne es débil.

El acto fue tremendamente emotivo para mí. Desde arriba, sentado en la tarima y con los focos apuntando a mis ojos, no os veía, pero sentía las presencias: los venidos de fuera, la Peque, mi Meli y su Pepe, mis hermanos, mis cuñados, sobrinos, primos y otra gente cercana y querida del pueblo. Y también notaba las ausencias allí presentes. Me acordé, mucho, de Pepe Ramírez, de Blanca, de Agustín, de mi Carmen y de mi Frasco y la Dolos... obligados por enfermedad, familia o trabajo. Sabía que en la primera fila se encontraban mi padre, mis suegros y los abuelos de Pepe, tuertos de oído por la edad, para no perderse ni jota. La alcaldesa, con un discurso breve, sentido y muy palencianero dio   el pistoletazo de salida.

Resulta embarazoso ser el receptor público de alabanzas. Os lo digo yo si es que no lo habéis experimentado. A uno le gustaría intervenir, interrumpir al orador y rectificarlo, "Oye, que no es para tanto, que uno es gente normal, con más miserias que virtudes, que parece que estemos en mi funeral donde sólo salen las excelencias". Llegado mi turno, contraataqué afirmando que tantos halagos no sólo eran sinceros sino también merecidos, ea.

Manolo Gutiérrez y Frasqui estuvieron sobresalientes. El uno dibujó con clarividencia mi perfil personal tal como se me ve, tal como me veis, que no es tal como soy, todos escondemos algo, lo que pasa es que a mí se me sale por los bolsillos rotos y parece que no oculto nada, pero algo queda en algún pliegue. Preguntádselo, si no, a la Peque. Manolo me quiere, esto es algo que salta a la vista. Nos quiere a todos los que hemos sido seminaristas. Más que ninguno de nosotros, creo, conserva una imagen idealizada de nuestra etapa en el santo cenobio. Y de los que fuimos sus moradores. Algo de esto nos pasa a todos, eh! Y es un sentimiento que engorda con la edad. Como el peso. Frasqui destripó el libro y a su autor con un verbo cuidado, cercano y diáfano. Se aprovechó para ello de su condición de corrector y, por tanto, del conocimiento del libro más completo aún que el mío propio; y también sacó partida de ser una de las personas, allí presentes, que mejor y más hondamente ha rebuscado en los bolsillos de mi personalidad.

Lo que de ninguna manera me esperaba era lo del vídeo. Idea ¿cómo no? de la Peque. Me emocioné. Muchos de vosotros, allí, hablándome en la pantalla sobre las cualidades y virtudes del libro. No me digáis que no tuvo arte Antonio Estepa proclamando que él me daría el premio del ajo de oro de Montalbán. Genial y entrañable. O el montaje de la Dolos y la Maria José disputándose el i pad para leerme. Gracioso de verdad.

Muchas gracias a todos por estar conmigo, en cuerpo o en espíritu, presencial o virtualmente, por haberme brindado esa noche tan cargada de emoción... y de sueño atrasado.

Y ya, sin libro que presentar, a seguir leyendo el blog.

Un abrazo para todos.



 
 
 

domingo, 17 de noviembre de 2013

El doctor Min

Es ésta una de esas historias que mi hermano Juan cree inventos míos. Por increíble. No concibe que puedan pasar cosas así. Sin embargo, quienes vivimos el hospital sabemos que sí, que ocurren, que hay gente para todo, que la realidad es más rica aún que la ficción.
Hago constar, en primer lugar, que en mi hospital no hay médicos chinos, ninguno, que yo sepa. Tenemos un médico italiano, nuestro residente Francesco Deodati, uno sirio, Eissa Jaloud y ya está. Lo más parecido que tenemos a un oriental es un enfermero sevillano -chino auténtico en sus rasgos-, hijo de padres chinos pero nacido y criado en Triana, que te suelta un "mi arma" saleroso a las primeras de cambio y te baila unas sevillanas con más arte incluso que la Peque. El resto, todos nacionales.
-¡Concepción Molinos Blanco! -salgo a la sala de espera a reclamar a mi primer paciente del día. Nadie contesta.
-Buenos días -repito a la escasa concurrencia-, Concepción Molinos Blanco -y vuelvo a dirigir en derredor la mirada a las tres o cuatro criaturas que, sentadas y comedidas, esperan su turno para mi consulta o para la de enfrente, de Hematología.
-A ésa se le han pegado las sábanas hoy -sonríe una de las mujeres presentes.
-No creo -le contesto-. Lo más probable es que ande por ahí buscando el número de la consulta.
Es uno de los problemas irresolubles, un misterio, la difícil localización de las consultas por parte de los usuarios, se tiran media mañana preguntando a cualquier bata blanca o en los distintos mostradores de enfermería por dónde (coño) cae su consulta. Hay que reconocer que el recinto de las consultas externas es un verdadero laberinto donde nosotros mismos nos despistamos con frecuencia. Entre eso y la saturación de los aparcamientos, no pocos pacientes llegan con mucho retraso. Ya estamos acostumbrados. Ya llegará Concepción.
Y voy pasando a otros pacientes. Y cada vez que salgo a la puerta a llamar al siguiente me aseguro de llamar a Concepción. Nada, no aparece. Como es la primera visita, no la conozco, tengo que llamarla a voz pelada: Concepción Molinos Blanco. Ni rastro. Son ya las doce del mediodía. Su cita era a las nueve. Empiezo a darla por perdida. Tampoco es tan raro. Hay gente que no viene a la consulta, bien por olvido -las demoras de más de un mes propician que se te pase-, bien porque ya te has puesto bueno a fuerza de esperar, o porque te has venido a Urgencias... o, quizás -no lo permita Dios-,  porque la has espichado.
A la siguiente vez que salgo a la sala veo una cara nueva que, de pie y con claras muestras de impaciencia, parece querer abordarme. Me adelanto.
-¡No será usted Concepción Molinos!
-¡Vaya! Sí señor. ¿Cómo lo ha  adivinado?
-Muy fácil. Es la única que me falta en mi lista de hoy. Y llevo toda la santa mañana llamándola.
Todo esto ahí, en la misma puerta de la consulta, ni dentro ni fuera, a vista de todo el mundo allí presente.
-Si usted supiera... -se pone la buena mujer a disculparse-. He perdido la cuenta del tiempo  que llevo buscándolo. Desde las diez, me parece.
-¿Y qué ha pasado, tan difícil es encontrar la consulta número 12?
-Es que... verá usted, yo no la he buscado por su número.
-¿Entonces...?
La mujer ahora baja un poco el tono de su voz como si, avergonzada, quisiera esquivar oídos chismosos.
-He estado preguntando por la consulta de un doctor chino que debe de haber aquí, y nadie me ha sabido dar norte.
-¡Como que no hay ningún médico chino en todo el hospital!
-Ya, ya me lo ha aclarado, por fin, la enfermera de aquí.
-¿Pero por qué eso de un médico chino, a cuento de qué? -le pregunto por mera curiosidad.
-No, verá usted... -y ahora se sonroja un poquito y todo mostrándome el informe de otro médico- es que, ¿lo ve usted?, en esta carta pone  mi reumatólogo que me envía al doctor Min. Y, claro, yo he supuesto que ese doctor sería chino ¿no? Con ese nombre...

De estas veces que no sabes si se están quedando contigo o no. La cosa es tan disparatada que es imposible que sea una broma. La mujer creía venir a un médico chino, de verdad. Porque ella no sabía -ni nadie se lo había aclarado- que Min o MIN o M. Interna, significan Medicina Interna. El reumatólogo la deriva a medicina interna, no al doctor Min. Me dio tal tentación de risa que no pude reprimirme. Ante la sorpresa de los curiosos presentes me eché a reír sobre sus hombros para no caerme de la risa. Y así, de esta manera tan jovial, entramos ambos, por fin, en la consulta.

Me gusta lo del doctor Min, oye.