sábado, 28 de junio de 2014

¡Hoy he ligado!

La travesía del bulevar de Bellavista hasta el hospital es de apenas un kilómetro. Sin embargo, tiene catorce semáforos y tres rotondas. Los he contado a conciencia. Una barbaridad. Medio adormilado y distraído por las mañanas con las cosas de Javier Cárdenas en la radio, no echo cuentas. Hoy -lo que son las cosas- me han parecido pocos. Los semáforos.
 
Parado en el primero de ellos, miro con cierto disimulo hacia mi flanco izquierdo para asegurarme privacidad en este gesto tan nuestro y a la vez tan clandestino de hurgarse las narices. En el coche de al lado van dos jovencitas, la una, la chofer, la otra, su acompañante. Abandono enseguida mi napia para centrarme en ellas. Ese primer semáforo me garantiza un minuto largo.

Estaréis conmigo en que a estas horas, las siete y cuarto de la madrugada -bueno, y a cualquiera otra-, es más agradable a la vista toparse con dos nenas guapas que, por poner un ejemplo corriente, con el Benítez o con Grilo, compañeros tan madrugadores como un servidor. Salta a la vista enseguida que las chicas vienen de marcha y seguramente más tomadas de la cuenta. Sueltas de manos en sus asientos bailotean y se contornean de manera graciosa, gitana y pelín provocativa. Y más entusiasta aún cuando advierten mi sorpresa. Están bonitas las puñeteras y muy bien arregladas para ir de recogida, claro que sólo les veo la cara y el pelo, recogido en ambas dos en sendas colas que se mantienen tan sujetas y elegantes como anoche al salir de sus casas. Me hacen señas para que baja la ventanilla. Y obedezco.

-¿Dónde vas tan temprano? -me suelta desvergonzadamente la copiloto.
-Po a trabajar ¿dónde voy a ir? Y vosotras ¿de dónde venís tan marchosas?
-De una despedida de soltera.
-Vale -les digo paternal-. Cuidado con la carretera.

Me las compuse para que nadie me adelantara y así asegurarme una paradita con ellas en cada uno de los siguientes trece semáforos. Seguían a lo suyo, canturreando, bailando y ya a lo último hasta tirándome besitos virtuales, de ésos que se soplan desde la palma de la mano.

"Esto tiene que ser ligar" -me ufano engreído. Yo, que nunca he ligado, que no sé lo que sea ligar, que solamente he tenido una relación espiritual, digámoslo así, con una amiga muy especial hasta que un día me arrimé a la Peque para dejarme recoger por ella y ya está.

Y entra uno en el hospital de otra manera, con más ganas, oye, convencido de que le han alegrado el día, con un subidón de autoestima.
Decidme, por favor, la tropa masculina que no soy el único, que comulgáis conmigo, que formo parte de una gran mancomunidad hormonal que se vanagloria con fútiles halagos provenientes de la parte contraria... 

¡Seremos tontos los tíos! 

miércoles, 18 de junio de 2014

El cielo puede esperar

Hoy quiero contaros una historia tierna. De ésas que tanto me gustan.
 
Hará cosa de un mes, más o menos, que tropecé en los pasillos de las urgencias con la hija de una paciente mía. Una clásica. Juana Ruiz Gómez para más señas. Fue ella, la hija, quien me abordó. Hago el recorrido a diario, al final de la mañana, pero paso por allí, por las urgencias, mirando al infinito, sin posar la vista en nadie, temiendo ser reconocido y abordado por tanto familiar sufriente que, seguro, va a demandar mi ayuda. Y entonces habría de entretenerme más de la cuenta. Ya se sabe, los médicos vamos siempre de prisa.
 
-Doctor Rivera, un momento... haga usted el favor -se detiene enfrente mía mesma.
-¡Anda, Juanita! ¡Qué haces aquí? -me quedo sorprendido.
-Mi madre -se pone a gimotear-. La han ingresado aquí en observación.
-¿Qué ha pasado?
-Se ha caído y se ha roto algo, nos han dicho. Yo la veo muy mal. Entre usted, haga el favor.
 
Los compañeros de la observación me cuentan lo ocurrido. Ha tenido una hemorragia cerebral y está casi en coma.
 
Juana tiene 88 años muy bien llevados. Su corazón tiene unas paredes de papel de fumar y bombea menos que el motor de mi piscina, siempre gripado, y sus riñones filtran lo mismo de malamente que mi depuradora. Y es una mujer muy miedica, siempre pensando en morirse, "No me alargue mucho la cita, vayamos que me muera antes". Pero aguanta, digo que si aguanta.
No me reconoce. Está despierta, con los ojos abiertos, chapurrea algo pero no responde a mis preguntas ni dirige la mirada. Respira con dificultad. Está muriéndose de una hemorragia cerebral. "Éste sí que es el fin, Juana" -le digo. Le doy dos besos en la frente y me despido de ella.
-La vamos a ingresar en el Tomillar, que muera allí con más y tranquilidad -me comentan mis colegas-. ¿Te parece?
-Vale.
 
Ya en el pasillo, vuelvo a la familia. En el rato que he permanecido en observación se han juntado siete u ocho más, después nos quejamos de los gitanos, nosotros somos lo mismo. Casi.
 
-Mal, la cosa está  muy mal. Fijaros cómo estará que ni siquiera me ha reconocido -les voy poniendo sobre aviso.
-A nosotros tampoco -me responden. Y entonces saco mi guasa particular para distender.
-Bueno, que no os reconozca a vosotros tiene un pase, pero que no me reconozca a mí...
Y se tienen que reír llorando y todo.
-Se va a morir -sigo ya serio-. La van a trasladar al hospital del Tomillar para que podáis estar con ella todos. Allí hay más espacio y más tranquilidad. Yo ya me he despedido de ella.
 
Hace un mes de todo esto.
 
Ayer me tocó ir al Tomillar a recuperar una de esas tardes tontas de Rajoy, lo del exceso de horas. Voy dos tardes al mes. Distraído por la planta, me aborda sorprendida una chica joven.
 
-Doctor Rivera, ¿qué hace usted aquí?
-Trabajando, ¿qué quieres que haga?
-¡Usted no sabe quién soy yo?
-No, perdona, no caigo.
-¡Soy una nieta de Juana!
Por un momento y medio atontolinado por falta de mi siestecita habitual me cuesta reconstruir el momento.
-¡Juana, Juana Ruiz Gómez?
-¡¡¡Sííííí!!!, ¡la  misma! ¡Que nos la llevamos hoy a casa!
-No es posible. Pero si estaba muerta hace un mes...
-Pos ha resucitao -se pone con todo el desparpajo.
-¡Dónde está, que no me lo creo.
-En la 218.
 
Y me encuentro a Juana sentada en un sillón charlando con locuacidad con su vecina de cama. Sus dos hijas ponen el grito en el cielo al verme entrar "¡Ay Dios mío, quién ha venido a verte, momá!" Cuando Juana se da cuenta casi le da un patatús. Me extiende sus brazos para que yo me incline hacia ella y le dé un abrazo apretado "Ayyyyyy, doctor Rivera, yo no me esperaba esto, qué alegría..." "Ni yo tampoco, Juana, ni yo tampoco".
Una vez recuperados de nuestras emociones respectivas empiezo con mis bromas.
 
-Pa mí, Juana, que te habías muerto aquel día, el mismo día que te trajeron aquí. Fíjate. ¿Y por qué no me habéis dicho ná? -les espeto a las hijas.
-Porque queríamos darle una sorpresa cuando fuera  a su cita normal de la consulta.
-¿Y usted creyó de verdad que yo me iba a morir? -se pone la paciente.
-Seguro. Me despedí de ti y todo, mira, te hice con mi dedo gordo la señal de la cruz en tu frente y luego te di dos besos.
-Pues entonces, si el doctor Rivera dice que me he muerto es que estoy muerta y esto es el cielo.
-Calla mujer, no inventes ruinas ¿qué quieres llevarnos a todos contigo?
 
Está claro, la gente se muere cuando le llega su hora, no cuando lo dice el médico. Por muy doctor Rivera que uno sea.

miércoles, 4 de junio de 2014

El árbol del Bien

La Peque está que trina. El coche arrancado, la Pelusa y ella dentro ya preparadas y yo que, a ultimísima hora, me acuerdo de algo, abandono el volante, entro en la casa, salgo raudo con una bolsa en la mano y, ante la atónita mirada de ambas, Peque y perrita, trepo a mi ciruelo a llenar la bolsa de fruta tan melosa.
 
-¡Es que no me lo puedo creer! ¿No has tenido tiempo en toa la mañana, joer ya tío!
-Perdona Peque, es que queriéndolo dejar pa lo último se me ha pasao.
-¿Y por qué pa lo último?
-Pa que vayan más fresquitas.
 
Ciruelas para mi padre.
 
La Peque, aún conociéndome mejor que nadie, no alcanza a comprender gestos míos como éste. "Te pasas media tarde encaramao en el ciruelo, tío" -refunfuña. Quizás no pueda. Solamente quien haya vivido de niño una experiencia tan particular sepa encajarlo. En nuestra infancia tres años eran mucho tiempo. Ella, tres años más nueva, tuvo al alcance de dos perras gordas pipas, martillos de caramelo, chupa chups y chicles de sabores. Mi hermana Josefa y yo, en nuestros años más tiernos, no conocimos más chucherías que las ciruelas. Y las brevas. El ciruelo y la higuera son nuestros árboles sagrados, los bíblicos, árboles del Bien.

Por este tiempo de primavera, cada jueves por la tarde nos dábamos un festín. Sólo los jueves. Nos apostábamos en las Eras Bajas a esperar a mi padre y a mi abuelo Manolo, jinetes cada cual en su jumento, que venían del cortijo a vestirse de limpio. Desde lo alto de sus monturas nos aupaban, mi hermana, con mi padre, yo, con mi abuelo. Arrecife arriba. Con nuestras zancas al aire ni siquiera nos lastimaba el roce áspero con el esparto de los  serones. "Ahí llegan Juanillo y Manolo "el Pensaor" -decían las mujeres sentadas ya al fresco-. Lo bien que se llevan, oye". Y nosotros dos, la mar de anchos. A la altura de nuestra casa nos apeaban junto con sus capachas y ellos dos seguían hasta la casa de Carreira para dejar los borricos en las cuadras. Luego, mientras estos dos hombres recios y esforzados se lavaban en el patio a gafadas en un lebrillo de cinc, nosotros dos y mis primos "los Polis", más chicos, nos disputábamos las ciruelas de las capachas. ¡Qué delicia de manjar! ¡Qué poquito hace falta para llevar la felicidad a un niño! Cariño y ciruelas. Mi abuelo, más ordenado, las traía colocadas en lo alto, sobre un papel grande de estraza para que se mantuvieran más o menos enteras. Pero mi padre era un desastre, las echaba al tum tum, donde cayeran, y luego teníamos que rebuscarlas por entre la hortera, la botella del aceite y el pan sobrado. Nos las comíamos despachurradas y rebozadas en migajas. Mejor sabían.

Hasta ahora, mi ciruelo se había comportado como un árbol florero, sólo de adorno. Mucha flor, mucho cortejo de insecto volador, mucho perfume dulzón en las tardes tan cortas de febrero. Pero a la hora de la verdad, diez ciruelas. Como mucho. La mitad, la parte alícuota para los pájaros milanos, esos pajarracos negros que cualquier día habrá que invitarlos a la mesa, de tanto como se acercan. Pero este año se ha desquitado. Miles de ciruelas, ramilletes enteros de ciruelas colorás, un árbol rojo en lugar de verde. Ha habido ciruelas para todos los amigos. El que más las ha disfrutado, lógico, Agustín. Y luego, los pájaros negros.

-Papa, mira el regalo que te traigo -le digo enseñándole la bolsa.
-¿Qué son, dulces? -responde el muy glotón.

Abre la bolsa y se le ponen los ojos como platos:
-¡¡¡Ciruelaaasss!
- Pa que veas, papa, los papeles cambiaos. Ahora soy yo quien te las trae a ti. Pero limpitas y curiosas, no como tú, so adán.
-Siempre me pasaba lo mismo, nene. A la carrera. Algunas tardes me tenía que volver desde "Saballo" para echarte las ciruelas en la capacha. A tu abuelo se lo llevaban los demonios. "Pero Juanillo, por los clavos de Cristo, ¿no has tenido to el santo día?"

¿Os suena? Bendito quien a los suyos se parece.

 

sábado, 24 de mayo de 2014

¡Qué ricura de hijo!

Dos hombres solos en la consulta me sigue resultando lioso. Mucho más acostumbrado, dos mujeres: madre e hija, hermanas, incluso vecinas. Es... bueno, más normal. O bien un hombre y una mujer, el matrimonio de toda la vida. Me resulta más fácil adivinar la relación entre dos mujeres que entre dos hombres, ya está. ¡Qué cotilla!, diréis, a ti qué más te da. Pues sí da.
 
La manera de comportarse estos dos me huele a pareja de hecho. Pero como son tantas las veces de metedura de pata me callo. Por ahora. El que hace de paciente rondará los sesenta, de mi edad, más o menos. Es chiquitete, recortao y de contenta barriga cervecera, de éstos que se abrochan en cinto en el primer agujero. Pero lo que más destaca en él es su cabellera cana y espesa -envidia de quien escribe- recogida toda en una graciosa cola de caballo a lo Steven Segal. O mejor y de más actualidad, a lo Pablo Iglesias. Un hombre añoso pero moderno. El otro, el que viene de acompañante, es bastante más joven, pongamos que treinta como mucho. Y ya va uno pensando "Qué viciosillo, a éste le gustan jovencitos..." No me juzguéis mal todavía. Si, invisibles por magia, pudierais entrar en mi consulta -una cosa parecida a cuando de chaveas  deseábamos la invisibilidad para colarnos de balde en el cine- comprobaríais lo que digo.
 
Todo el rato riñendo, media hora provocando, recomendando y reprochando. Ése era el jovencito. El paciente -fidelísimo al nombre-, paciente. Circunspecto, como si no fuera con él. A lo más, una sonrisa de disculpa.
"Doctor, dígale usted que tiene que andar más, que no puede picotear tanto, que la sal es mala y la cerveza también, que tiene que ponerse la mascarilla del oxígeno para dormir, que no sabe usted la manera de roncar que tiene... un animal, doctor, dígaselo, por favor, que no puede estar toda la tarde sobando en el sofá, que se tome la tensión de vez en cuando, que ya le ha dao un aviso, un amago de trombosis el año pasado, pero, mire usted, ni caso, hace lo que le sale de sus... pelotas, en fin, doctor, que luego soy yo quien carga con las consecuencias, quien tiene que aguantarlo si se queda pa echarle azúcar a los dulces... Dígaselo, por favor."
 
Anda, valientes, ya no está tan clara la cosa, eh. ¿Quién coño es éste tío coñazo? Con mi guasa habitual me dejo caer:
 
-Amigo -me dirijo al paciente, al hombre mayor-, ¿éste quién es?
-Mi hijo -responde con toda naturalidad-. Mi hijo mayor.
-Ah, na, que yo pensaba que sería su mujer.
 
El hijo se quedó sorprendido, normal, pero al paciente le pude ver hasta la muela del juicio. De la carcajada que pegó.

jueves, 15 de mayo de 2014

La auténtica enfermedad primaveral

Por expresa y multitudinaria petición popular, transcribo -sé que cuento con el permiso de su autor- el escrito ganador de Antonio Estepa Romero, nuestro querido y entrañable Bronco Ley.
 
 
 
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En aquel tiempo, hace cincuenta años, yo era como Platero, "pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no llevaba huesos". Ahora podéis observar que "todo cambia, nada es", como decía Heráclito de Éfeso.
 
Mi vida transcurría en un ambiente de sosiego y de levitación interior. Era un ser etéreo, frágil, transparente como las alas de una libélula. Poco a poco esa transparencia se fue sombreando al contacto con estos merluzos. Junto a ellos, fui cambiando inexorablemente hacia una adolescencia convulsa. Dejé atrás la pubertad para entrar de lleno en una amalgama de sentimientos, deseos y actos que me atormentaban de continuo.
 
Me acuerdo de aquel día. Había estallado la primavera y estos parajes se llenaron de color, aromas e insectos. Yo me encontraba enfermo en la camarilla. La camarilla era un cuarto de 3 x 2 con una cama individual y armarito empotrado. Entró una de las chicas a limpiarla. No me acuerdo de su nombre. Tenía otra hermana. Yo creo que eran gitanas, dada su piel aceitunada y sus carnes prietas como melones de Montalbán. Decidme plebeyos, ¿las recordáis? Todavía se fregaba el suelo cuerpo a tierra. Me hice el dormido, lo que facilitó a la trabajadora su tarea. Busqué un ángulo óptimo con la precisión de un artillero y, ávido y sudoroso, enfoqué la mirada hacia aquella ninfa que se movía como una barca en la bahía de Cádiz con viento de poniente. Yo parecía una leona entre los matorrales esperando paciente la llegada a la charca de una grácil cervatilla. La respiración era de taquicardia sinusal. La joven se alarmó al observar mi extrema sudoración. Creí tener una hiperpirexia. Como un oblato benedictino me puse en oración y luego de una ardua lucha interior conseguí que todo mi cuerpo alcanzara su estado natural de reposo. Una buena confesión hizo el resto.
 
Me resisto a omitir que a partir de aquel día el concepto que tenía sobre la mujer alcanzó una inmejorable puntuación, porque aquélla me hizo ver que no todo se basaba en ora et labora.
 
Gracias hermanos por vuestra generosa atención.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Mal de amores a los ochenta

Hoy os voy a contar una historia increíble. Y tierna también.
 
En la consulta tienes que andar muy listo y rápido de reflejos. El tiempo es finito y debes exprimirlo hasta la última gota. Un gesto, una mirada, un lapsus, un acto fallido... pueden darte la clave de lo que buscas. ¡Ni que fuera tu consulta una sala de interrogatorio policial!, pensaréis. Pues, casi. La mayoría de las veces el motivo de consulta o estudio es claro y explícito: hay gente que viene por anemia, por hipertensión, porque le ha salido un bulto aquí o allí o porque está perdiendo peso sin proponérselo. Pero hay otras situaciones menos claras, digamos que los motivos son más difusos, nada concretos. Esta mujer.

Esta mujer ha pasado ya de los ochenta pero se le ve la mar de pizpireta. Al pronto, extraña el motivo por el que la manda su médico: "cansancio extremo", pone en el volante.

-Amos a ver señora, ¿por qué viene usted a mi consulta?
-¿Por qué va a ser? -responde con cierta altivez-, porque me ha mandao mi médico...
Mal empezamos, me río por dentro.
-Ya, vale. Me refiero a que qué es lo que le pasa.
-Ah. Bueno... pues es que llevo como un año más o menos que me siento muy cansada. Un poner, estoy fregando los platos ¿no?, pues tengo que dejarlo, voy por la calle paseando con mi marido, me tengo que parar... en fin que no vale una pa ná.
-¿Y tendiendo la ropa? -le pregunto no porque eso tenga algún valor clínico añadido sino porque para mí es la tarea más penosa de las casas, la que más esfuerzo requiere, agáchate a coger los calcetines o las bragas del barreño de plástico -¿cómo es posible que una mujer sola gaste tantas bragas?-, levanta los brazos hasta el tendedero, ponle las pinzas, corretea un rato detrás de la perrita que se lleva en la boca un calzoncillo, repítelo todo treinta veces... ¡qué hartura!
-No, en eso no me he fijado, yo creo que no, que eso no me cansa.
Buena pista.
Repaso su historial en el ordenador, la exploro a conciencia, veo su analítica, un poquito de falta de hierro, la radiografía, la última ecocardio que le ha realizado su cardiólogo, los tratamientos que toma... La verdad, no encuentro el motivo de este raro cansancio que no le permite fregar los platos pero sí tender la ropa. Rendido, me vuelvo a dirigir a ella:

-Señora, yo no encuentro la causa de lo que le pasa. Mire que llevamos media hora, que he repasado todo lo suyo, que la he registrado de arriba abajo... -Y ya uno tiene que echar mano de experiencia-. A usted le pasa algo que no me ha contado -le espeto de pronto, como tirándome un farol-. ¿A que sí?
La mujer cambia de color, mira a su hija como diciendo ya me ha pillado, me vuelve a mirar a mí extrañándose de mi atrevimiento y de mi perspicacia, al fin suspira. Un largo suspiro.

-Mamá, no pasa nada. Estamos aquí para eso. Desahógate de una vez, mujer -es la hija quien toma ahora la palabra, una mujer serena y apacible.
La señora se ha derrumbado, dos chorreras de lágrimas brotan de pronto, casi a borbotones, de sus ojos, antes vivos, ahora melancólicos. El nudo de su garganta no le permite articular palabra.
-Mamá, por favor...
-Déjala -corrijo a la hija.
La mujer llora largamente. Le cojo sus manos con las mías. Al cabo, se enjuga con su pañuelito, se rehace y se disculpa. Pero no habla.
-Cuéntemelo usted -le digo a la hija-, a ver.

¡Qué cosas le pasan a las criaturas del Señor! ¡Con lo simple que es la vida en mi casa! Hará un año, más o menos, que regresó al pueblo una anciana viuda de la edad de esta mujer que en su día emigró a Cataluña. Y resultó que esa anciana fue la primera novia de su marido allá por los años cincuenta. Y que su marido -¡qué calientes y salidos los hombres, todos- se ha encaprichado con ella y ella con él -¡anda que también la señora catalana...!-. Pero, nada de nada, nada pecaminoso, sólo charlar, verse un poco a escondidas, llamarse por el móvil, algún beso -sin lengua desde luego- de despedida o de saludo y ya está.
-Y está bien, y a mí no me hubiera importado -salta al fin desgarrada la anciana mujer-, lo hubiera comprendido. Lo que me ha matado es la mentira, la ocultación, "Oye Manuel, aquí hay una llamada de Angelines", "No, no, ése será un número equivocado", "Oye niño, ten cuidado que me han dicho que ayer te vieron con Angelines, ya sabes cómo es la gente", "No, qué va, ayer estuve toa la tarde en el hogar de los viejos jugando al dominó", eso es lo que no he podido soportar. Y me ha acarreado, es verdad, una depresión.
-Lleva usted razón. Yo creo que la base de una relación de pareja debe ser la sinceridad y la lealtad. Ni siquiera la fidelidad, sino la lealtad. Así que la comprendo a usted perfectamente. Pero ya está todo aclarado. Su marido le ha pedido perdón. Pelillos a la mar.
-Sí, pero cuesta.

Puede creer erróneamente la gente nueva que este tema del desamor sólo les atañe a los jóvenes. La vida nos va enseñando cosas, cosas impensables a ciertas edades, cosas como que el amor no entiende de años ni de arrugas. Quien bien te quiere te hará llorar. A cualquier edad.

Y entonces se me viene al pensamiento cómo se puede enterar el médico de cabecera de todas estas historias si sólo dispone de diez minutos por paciente. Imposible. A mí me ha costado casi una hora. Y son historias relevantes, que te dan la clave del diagnóstico en muchos casos, que de su conocimiento, a la postre, se deriva el ahorro de pruebas molestas, caras e innecesarias. Sin la última confesión, esta mujer posiblemente se hubiese ganado dos endoscopias y un TAC. Por lo menos.


Saber escuchar, ese arte que debe poseer todo médico, que nunca podemos perder. 

domingo, 11 de mayo de 2014

Enfermedad primaveral

Amanece fresquita y soleada esta mañana de domingo, la mar de tranquila. ¡Todo el santo día por delante para descansar! Falta hace.
 
Ayer fue un día intenso. Siempre lo son los días -una vez al año- en que nos reunimos en familia los antiguos seminaristas. Ayer, más. No en vano celebrábamos los 50 años desde las primeras pisadas en aquellos otrora sagrados lugares. El seminario nos sigue reclamando algo, oye, va a ser verdad lo de la vocación, lo de la llamada; la magia de los Ángeles nos imanta al terreno y entre nosotros mismos. Siempre acudimos más gente cuando la reunión se organiza en Hornachuelos. Por algo será. Lo sé, es la enfermedad primaveral, esa mezcla embriagante de color, fragancia salvaje y naturaleza que, por este tiempo, nos trastorna el sensorio y nos impele a nuestros orígenes. 
 
Cada año reclutamos tropa nueva. Ayer nos sorprendieron con su fresca presencia aquellos chaveas de Palma del Río que formaron parte del mítico grupo de los "Pigmeos", de inagotable resonancia, otro chaval del curso del 63, Rafael Raya, acompañado por Elena, su simpática y dicharachera esposa ucraniana, y mi antiguo amigo de Dos Torres, Manuel Muñoz Medrán. El resto, los habituales de todos los años. Cincuenta y cinco criaturas conté, así a ojo. Bastantes más hubiéramos sido de no ser mayo, mal mes para estas cosas por mor de compromisos otros tan vinculantes e influyentes en nuestra sociedad como son las comuniones. Y este año, además, feria en Sevilla.
 
Os traigo este artículo porque para mí todo lo que tiene que ver con el seminario es algo muy especial, me siento heredero de una suerte de privilegio exclusivo para unos pocos elegidos. Un estigma positivo. Quizás este sentimiento de pertenencia, de "clase", no pueda comprenderlo del todo nadie que no haya sido seminarista. Vosotros, sin embargo, conocedores afortunados de mi pensamiento transparente "como alas de libélula" (sic), os estáis acercando bastante al calor del mismo y compartiréis conmigo esta emoción de hoy.
 
Porque es algo admirable ¡verdad? que alguien se encuentre con otro alguien a quien no ve desde hace cincuenta años, que si se cruzan por la calle no se reconocerían, un tercero les miente sus nombres respectivos y se fundan en un abrazo sentido tal como si se conociesen de toda la vida. Y no sólo eso, sino que a continuación, repasándose de arriba abajo, se mientan cariñosamente "Pues estás igualito... si no fuera por la barriguita cervecera", y el otro "Y tú lo mismo, pero dónde ha ido a parar tu famoso flequillo?" ¿Por qué a nuestra edad importa tanto aquello que nos unió en tiempos tan pretéritos? No lo sé. Será nostalgia, será chocheo, será preludio de vejez... Es bonito, sea lo que sea.
 
El grueso del grupo prefirió lo cómodo -tenemos ya una edad- y se embarcó con un capitán de mentirijilla en un catamarán de gasoil pestoso para llegar, río arriba, a la altura del seminario. Y vuelta "patrás" sin pisar tierra. Dicho personaje no sólo dice ser capitán retirado, sino que es, además, el dueño del bar, del embarcadero y el guía turístico de la travesía. Les relató a todos su historieta de siempre, los orígenes del monasterio, las visitas reales que tuvo, las divertidas y deslizantes vidas de la "Penitenta" y su compadre el "Fraile santo", cada uno en su cueva, haciendo de confesores y proveyendo alivio a las necesidades espirituales y carnales, pongamos énfasis en estas últimas, de su respectiva clientela, la trágica muerte por precipitación del Fraile, arrepentido de tan ardua provisión, las contingencias finales de los monjes, el apostolado de los mismos en California, el transporte famoso de cepellones de naranjos desde el seminario hasta tierras indígenas y salvajes cruzando el Atlántico, el presunto gentilicio de la ciudad de los Ángeles y de las naranjas de California como originario de nuestro seminario... Aunque sea ficción casi todo, nos gusta creérnoslo. Yo lo cuento como verdad bíblica.
 
Otros pocos fuimos más esforzados. Por un sendero ribereño de cuento alcanzamos el seminario tras una larga hora de paradas, fotos, disparates y charlas animosas. No comprendo bien el gozo de la Iglesia de Córdoba porque la justicia le haya devuelto la titularidad del seminario y su terreno. La letra menuda del testamento de la duquesa de Peñaflor, al parecer, le ha favorecido. ¿Para qué? Aquello es un enorme edificio en ruinas, todo comido por maleza, sicomoros, escombros, crías de almezos y algarrobos. ¡Qué lástima! Lo que fuera en su día nuestro glorioso seminario devorado hoy por la montaña, convertido, casi, en un accidente del monte. Fortaleza rendida a la devastación, al saqueo y al abandono más absoluto. Como si fuésemos una pandilla de rateros saltamos la gran cancela de abajo. Aquello es nuestro, nos pertenece por historia, por memoria, por devoción y por insistencia. Nosotros y sólo nosotros le damos consistencia. Y sin embargo nos vemos obligados a comportarnos como salteadores de caminos. Al pasar por la sala de juegos me acuerdo siempre de mi paisano Manuel Gámez Rivera, un as en el ping-pong. Fue luego todo muy divertido porque Ginés, uno de los "pigmeos", a la vuelta del "Salto del Fraile", nos enseñó caminos y vericuetos próximos que ellos frecuentaban y que nos eran totalmente desconocidos para el resto. Lo más llamativo fue cuando nos condujo a una cueva secreta, descubierta por ellos mismos, en pleno precipicio, donde escondían su armamento de lanzas, navajas y demás enseres bélicos y de caza e, incluso, nos decía, manjares perecederos provenientes de la talega de la ropa limpia para ponerlos a salvo de la posible requisa de los curas, que la humedad del sitio los protegía. Ginés es un tío gracioso, conserva su cara de pillo, su genio vivo y su sentido del humor. Nos contó que, siendo sus padres analfabetos, al recibir las primeras notas del trimestre su madre se pavoneaba ante las vecinas del pueblo pregonando que su niño era el número uno en matemáticas... porque había sacado eso, un uno.
 
Luego, en la casona que alquilamos para el evento, el cortijo de "Las Piedrecitas", tuvo lugar el macro encuentro y el ágape-comilona. La sobremesa fue muy entrañable. Muchos de nosotros leímos en público unas breves cuartillas relatando algún episodio, vivencia u anécdota curiosa de aquellos tiempos. Y así nos enteramos todos que el Luna había sido presentador de una especie de escala en hifi que se hacía en el entorno de la piscina, y que un día le llamó hijo puta al médico del pueblo como acto reflejo al recibir el pinchazo de éste en su rodilla inflamada; o que Manolo Cosano fue cesado ipso facto como sacristán de la capilla por haber hurtado algunas magdalenas del comedor de los curas; o del  jueguecito sensual que se traía el Jaime  con la leche condensada en tubo; o del acto de insubordinación, rebeldía y soberbia que protagonizaron Montes Santiago y otros de su curso entregando en blanco un examen como forma de protesta; o del estómago de camello que debía de tener Paco Moreno Osuna, capaz de tomarse una sopera entera de sopa de estrellitas en la cena; de la desdichada e inmerecida fama de vago que los curas atribuyeron al bueno de Luis Enrique; de la gripe tan rara y delirante de Miguel Estepa, o de los intentos virtuales de escarceos eróticos de José Pablo, el Barona y el Fili con la Isabelita.

Sin que de ninguna manera fuera ése el propósito, el caso es que se estableció de una forma espontánea una especie de concurso, de manera que parecía que el relato que más aplausos y risas consiguiera fuera el ganador. No hizo falta la mano alzada. De corrida ganó la redacción de Antonio Estepa. ¡Que tío más gracioso! ¡Y lo fino y certero de su pluma! Tituló el relato como la enfermedad primaveral. Se describió a sí mismo, por aquellos entonces, como un ser blando, peludo... como Platero, y transparente como alas de libélula y que fue el contacto con nosotros, sus compañeros, el que lo volvió opaco y adiposo. De eso nada, ya nos lo entregaron gordo desde Montalbán. El estallido de la primavera embriagada de colores, olores e insectos le pilló a él encamado en la enfermería. Y cuenta con una gracia insuperable sus artimañas de enfermo para enfocar, con precisión de artillero, el ángulo más favorable de visión de la muchacha que fregaba el suelo cuerpo a tierra. Un figura.

Entramos en los Ángeles con once años, tenemos ya sesenta y uno. Hemos sufrido, sí, algunas bajas irreparables. Es la vida. Los demás, ahí seguimos. Y cada año sumamos gente. Se dice pronto.