domingo, 13 de julio de 2014

Un picha brava

Este hombre es un caso. Me cuenta una historia bastante inverosímil para mis conocimientos médicos. Que desde hace dos meses tiene unos mareos rarísimos, ¡coño! tan raros que se tira media hora o más inconsciente y luego se despierta como si tal cosa. Y sigue a lo suyo como si nada hubiera pasado. Tienen estos mareos otra curiosidad: siempre le dan en su parcela, solo, sin testigos. Y otra más: nunca se ha hecho ni un rasguño. Todo muy extraño. Cuando una criatura tiene un síncope, una lipotimia o una pérdida de conciencia más prolongada lo normal es que alguna vez haya testigos que nos ayuden a recomponer la escena, que alguna vez el sujeto se lastime, un coscorrón, un hematoma, una herida en la frente... un algo, que alguna vez se produzca un poco de mal cuerpo, quizás un vómito, una mala cara, un morderse la lengua o escapársele el pipí... Nada, este hombre, nada.
 
Hay que ahondar. Cuando una cosa no cuadra con la lógica ni con el conocimiento de uno es necesario escarbar un poco en el terreno del paciente: irse con él, meterse en su cuerpo. Y eso es lo que hago. "Venga, Manuel, vámonos a tu parcela que yo vea lo que haces". Y el pobre Manuel se queda atónito creyendo que nos vamos de verdad. "Pero ahora?" "Ahora mismo"-insisto yo-. "¿Y deja usted la consulta abandonada?"
 
Manuel es un labriego tosco e inocente de esta marisma estancada en el siglo pasado o más allá, casi sacado de alguna de las películas de Berlanga. "No, hombre, que no, que lo que quiero es que me cuentes al por menor tu vida, desde que te levantas hasta que te acuestas, qué desayunas, qué comes, qué haces en el trabajo, con quién te juntas, con quién vives, qué problemas tienes... joer, que en cinco minutos me pongas al corriente de toda tu vida, como si yo fuera un antiguo amigo tuyo que ha se ha ido a Cataluña y ha venido de vacaciones".
 
¡Amigo, cómo cambia la cosa! Desde hace tres meses este hombre no vive. Ha perdido unos cuantos de kilos de peso y unas pocas arrobas de ilusión. Y ha ganado toneladas de disgustos.
 
Tiene Manuel 46 años mal llevados por el sol y el salitre de los humedales, parece de mi edad, bueno, yo estoy bastante más esclarecido. Vive solo y se las apaña solo, ya os podéis imaginar la calidad de sus comidas y de su manejo personal, como si me pasara a mí, no hay que ir más lejos. Todo esto desde hace tres meses. Antes no, antes vivía con su novia.
Lleva Manuel diecisiete años separado de su mujer, y se llevan bien. Tienen un hijo de dieciséis y, en fin, que entre ellos tres no hay problemas. Hace unos diez años tuvo una relación prolongada con una novia, de la que fructificó un niño que ahora cumple diez años pero a quien el padre, Manuel, no conoce porque la madre se fue del pueblo con el niño recién nacido. Cree que viven en Madrid pero él nunca ha hecho nada por encontrarse con ellos porque teme la reacción de la madre. "Pero Manuel, por qué huyó esa mujer de ti" "Porque tengo mucho torrente, dice la gente. Pero luego no soy naiden". Y más tarde, se echó otra novia que llegó al pueblo desde Alicante cargada con tres hijos para trabajar en el arroz. Y con esta novia ha estado viviendo más mal que bien hasta hace tres meses en que se han peleado con juicio de por medio y todo.
 
Y en este contexto ocurren los episodios referidos. No creo que sean síncopes histéricos, éstos suelen ocurrir en presencia de público para llamar la atención. No. Tampoco se trata de un manipulador, lo mismo, el manipulador necesita escenario. Creo que se trata de somatizaciones por la ansiedad y el estrés actual. Eso creo.
 
-De manera Manuel que en diecisiete años has tenido relaciones con tres mujeres, bueno, eso que sepamos, has tenido dos hijos y otros tres postizos.
-Vaya -se pone orgulloso.
-Ya sé lo que te pasa.
-¿El qué?
-Tú lo que eres es un picha brava -Y se ríe azorado como quitándose importancia.
- No hombre... la vida, que viene como viene y ya está. Yo hubiera seguido con mi primera mujer tan requetebién pero... en fin, cosas que pasan.

Me parece que no debo insistir. Hay estudios por ahí que sostienen que los hombres que viven solos duran menos tiempo, están expuestos a un mayor riesgo de accidentes, de enfermedades cardiovasculares, de demencia y de depresión. Conforme vamos cumpliendo años vemos más creíbles estos datos ¿verdad?

De todas formas, por la trayectoria de Manuel hasta ahora lo más probable es que pronto encuentre otra novia. "Parece que este año van a venir mucha gente del Este para la campaña del algodón, igual cae algo" -me guiña el ojo al despedirse. 
 
 
Ya veremos en qué queda todo.

sábado, 5 de julio de 2014

Al rescate de nuestra esencia

Ayer tarde, saliendo del hospital, me topé con Manolo Castro, un compañero digestólogo de la vieja guardia. Lo diré así, vieja guardia, en vez de la vieja casta, por las actuales connotaciones políticamente negativas, pero a mí me gusta lo de casta. En sentido positivo de pertenencia, de implicación con el trabajo y con la empresa y no de sentimiento de privilegio o de élite. Vale, pues.
 
Médicos como éste fuimos los primeros en llegar a ocupar nuestras plazas por oposición en el hospital de Valme allá por enero-febrero del 86, fijaros si hace tiempo, la edad de mi Meli, médicos con quienes he compartido media vida de sesiones, discusiones, reuniones, guardias, peleas por los turnos de vacaciones, asistencias a congresos, mesa y mantel... e incluso dormitorio. Recién llegado de Córdoba y de Pozoblanco, donde dormíamos separados médicos y médicas de guardia, recuerdo la mal disimulada vergüenza que pasé mi primera noche de guardia aquí en Valme con Inmaculada Alfageme, a quien yo veía tan fina, por una parte, y tan suelta y liberal, por otra. Desde luego que yo no me desnudé -ni ella tampoco, menos mal-, pero temía no poder controlar medio dormido esa debilidad tan mía del ventoseo porculero. Ése era mi problema pero cada cual tenía el suyo, que si fulanito ronca, que si a perenganito le jieden los pinreles, que si el otro sueña a  voces, que si mal aliento... Por comparación a su extremada prudencia, a Paco Lozano le hacía mucha gracia mi insólita desvergüenza gaseosa y cada vez que, durmiendo juntos en la guardia, escuchaba algún ruido sospechoso proveniente de mi lado sentenciaba con alegre contundencia: "Toma follón" y se jartaba de reír solo.
 
-¿Qué llevas ahí? -me pregunta señalando la cosa enorme que transporto en mi mano derecha-. ¡No será un regalo!
-No te lo vas a creer Manolo. Sí, es un regalo pero no te imaginas qué.
-Parece como si fuera un cuadro...
-Así es, un cuadro.
 
Resulta que una paciente mía es artista, como la Peque, y hace tiempo que me tenía prometido pintarme un cuadro. Ea, y hoy se ha presentado con él acuestas. Lo trae, es verdad, muy bien preparado, con su marco y envuelto todo él, primero con ese plástico de burbujitas y luego, por fuera, con papel grueso. No he querido descubrirlo para no ir paseando el cuadro por todo el vestíbulo así en crudo y, además, por compartir la sorpresa con la Peque una vez en casa. Uno, como marido de artista, ya va entendiendo algo, a mí me ha gustado mucho. Es un paisaje urbano de Lebrija, un viejo caserón medio derruido con un patio de palmeras tan altas que parece que le hagan cosquillas a las panzas de las nubes. A mi mujer,  más perita, le ha encantado. Dice que tiene trazos de impresionismo moderno, vete tú a saber.
 
-Siento nostalgia de antes -me dice Manolo-, cuando regalar a los médicos era una cosa como de costumbre. Eso se ha perdido.
-A mí me siguen regalando -respondo con toda naturalidad-. Y cosas más normalitas que esto, hombre. Se ha corrido la voz de que soy un goloso y me regalan dulces, pastas, aceitunas, tomates de Los Palacios...
-Bueno... tú... -se queda dubitativo-, tú porque todavía eres de los que te mantienes cercano a la gente ¿verdad?
-¿Tú no, Manolo?
-Psss, no sé qué decirte. Yo me encuentro cómodo haciendo endoscopias con el paciente medio adormilado, lo hago bien, eso creo al menos, emito mi informe mientras las auxiliares lo despabilan... y al siguiente. En la consulta, en cambio, no. Yo puedo tener citados veinticinco pacientes por día, ¿tú te crees que así puede uno intimar lo más mínimo?
-Es una verdadera pena, Manolo. Los de nuestra edad hemos aprendido una medicina distinta a ésta de hoy, primaba mucho más el buen trato, el roce, la relación humana. Hoy son todo prisas y técnicas. Vosotros, los especialistas de órgano, corréis el riesgo de convertiros en técnicos super cualificados. Y dejaréis de ser médicos.
-Desde luego, por ese camino vamos.
-Yo gestiono mi propia consulta. Nunca me pongo más de quince o dieciséis pacientes, y ya me están pareciendo muchos.
-Claro, pero a nosotros no nos dejan. Tienen que cuadrar los números. Además que también es cierto que la consulta del internista es mucho más compleja que la de cualquier otro especialista. Es normal que le echéis más tiempo.
- En fin, Manolo, hasta mañana.
 
Y para despedirse me suelta una de las suyas. Este Manolo es un hombre de seria apariencia, alto, corpulento, hosco el gesto, de negrísima y cerrada barba, de estas barbas que pretenden avanzar, si se les dejara, hasta las mismas cuencas de los ojos de sus dueños. Echa patrás a la gente que no lo conoce. De tan circunspecto que parece. Pero luego es cachondo. Y me dice:
 
-De todas maneras a mí, como me ven tan serio, ¿quién me va a regalar? Dirán: a este hombre le llevamos tomates y es capaz de tirárnoslos a la cara.
 
Y nos vamos  riéndonos a los coches.
 
Lo vengo advirtiendo desde hace tiempo. Tenemos una medicina de vanguardia, unos medios técnicos de primer orden, unos especialistas cojonudos, un aparataje y unos quirófanos de lujo, unos cirujanos robotizados, unas resonancias de última generación... pero estamos perdiendo la esencia. Deben de ocuparnos elementos nuevos que han irrumpido con fuerza en nuestro quehacer diario, tales como las estancias, los pactos de consumo, el gasto farmacéutico, los tiempos de demora, la historia clínica informatizada... La gestión clínica lo requiere. Pero no hasta el punto de perder el norte médico que no es otro que atender e intentar solucionar los problemas de salud de tus pacientes. Mi impresión al respecto es que el macro sistema sanitario  nos chantajea a los médicos pretendiendo que cada uno de nosotros considere en su práctica diaria no sólo los problemas de este paciente concreto sino de la globalidad de sus posibles pacientes potenciales, es decir, el sistema se deja suplantar, relaja sus propias responsabilidades sobre las espaldas de los médicos de a pie. Quizás por ello, sólo quizás, quizás por la modernidad y los derechos laborales y el estigma negativo del funcionariado que persigue la igualdad falsaria de todos sus componentes, tal vez por comodidad, el caso es que el médico de vocación, el hombre bueno experto en curar (vir bonus melendi peritus), el que sabe escuchar y consolar se nos está yendo, no encuentra aquella antigua condición de mago, de chamán, forma parte de una especie amenazada, en peligro de extinción. Como el lince ibérico. Me temo.

sábado, 28 de junio de 2014

¡Hoy he ligado!

La travesía del bulevar de Bellavista hasta el hospital es de apenas un kilómetro. Sin embargo, tiene catorce semáforos y tres rotondas. Los he contado a conciencia. Una barbaridad. Medio adormilado y distraído por las mañanas con las cosas de Javier Cárdenas en la radio, no echo cuentas. Hoy -lo que son las cosas- me han parecido pocos. Los semáforos.
 
Parado en el primero de ellos, miro con cierto disimulo hacia mi flanco izquierdo para asegurarme privacidad en este gesto tan nuestro y a la vez tan clandestino de hurgarse las narices. En el coche de al lado van dos jovencitas, la una, la chofer, la otra, su acompañante. Abandono enseguida mi napia para centrarme en ellas. Ese primer semáforo me garantiza un minuto largo.

Estaréis conmigo en que a estas horas, las siete y cuarto de la madrugada -bueno, y a cualquiera otra-, es más agradable a la vista toparse con dos nenas guapas que, por poner un ejemplo corriente, con el Benítez o con Grilo, compañeros tan madrugadores como un servidor. Salta a la vista enseguida que las chicas vienen de marcha y seguramente más tomadas de la cuenta. Sueltas de manos en sus asientos bailotean y se contornean de manera graciosa, gitana y pelín provocativa. Y más entusiasta aún cuando advierten mi sorpresa. Están bonitas las puñeteras y muy bien arregladas para ir de recogida, claro que sólo les veo la cara y el pelo, recogido en ambas dos en sendas colas que se mantienen tan sujetas y elegantes como anoche al salir de sus casas. Me hacen señas para que baja la ventanilla. Y obedezco.

-¿Dónde vas tan temprano? -me suelta desvergonzadamente la copiloto.
-Po a trabajar ¿dónde voy a ir? Y vosotras ¿de dónde venís tan marchosas?
-De una despedida de soltera.
-Vale -les digo paternal-. Cuidado con la carretera.

Me las compuse para que nadie me adelantara y así asegurarme una paradita con ellas en cada uno de los siguientes trece semáforos. Seguían a lo suyo, canturreando, bailando y ya a lo último hasta tirándome besitos virtuales, de ésos que se soplan desde la palma de la mano.

"Esto tiene que ser ligar" -me ufano engreído. Yo, que nunca he ligado, que no sé lo que sea ligar, que solamente he tenido una relación espiritual, digámoslo así, con una amiga muy especial hasta que un día me arrimé a la Peque para dejarme recoger por ella y ya está.

Y entra uno en el hospital de otra manera, con más ganas, oye, convencido de que le han alegrado el día, con un subidón de autoestima.
Decidme, por favor, la tropa masculina que no soy el único, que comulgáis conmigo, que formo parte de una gran mancomunidad hormonal que se vanagloria con fútiles halagos provenientes de la parte contraria... 

¡Seremos tontos los tíos! 

miércoles, 18 de junio de 2014

El cielo puede esperar

Hoy quiero contaros una historia tierna. De ésas que tanto me gustan.
 
Hará cosa de un mes, más o menos, que tropecé en los pasillos de las urgencias con la hija de una paciente mía. Una clásica. Juana Ruiz Gómez para más señas. Fue ella, la hija, quien me abordó. Hago el recorrido a diario, al final de la mañana, pero paso por allí, por las urgencias, mirando al infinito, sin posar la vista en nadie, temiendo ser reconocido y abordado por tanto familiar sufriente que, seguro, va a demandar mi ayuda. Y entonces habría de entretenerme más de la cuenta. Ya se sabe, los médicos vamos siempre de prisa.
 
-Doctor Rivera, un momento... haga usted el favor -se detiene enfrente mía mesma.
-¡Anda, Juanita! ¡Qué haces aquí? -me quedo sorprendido.
-Mi madre -se pone a gimotear-. La han ingresado aquí en observación.
-¿Qué ha pasado?
-Se ha caído y se ha roto algo, nos han dicho. Yo la veo muy mal. Entre usted, haga el favor.
 
Los compañeros de la observación me cuentan lo ocurrido. Ha tenido una hemorragia cerebral y está casi en coma.
 
Juana tiene 88 años muy bien llevados. Su corazón tiene unas paredes de papel de fumar y bombea menos que el motor de mi piscina, siempre gripado, y sus riñones filtran lo mismo de malamente que mi depuradora. Y es una mujer muy miedica, siempre pensando en morirse, "No me alargue mucho la cita, vayamos que me muera antes". Pero aguanta, digo que si aguanta.
No me reconoce. Está despierta, con los ojos abiertos, chapurrea algo pero no responde a mis preguntas ni dirige la mirada. Respira con dificultad. Está muriéndose de una hemorragia cerebral. "Éste sí que es el fin, Juana" -le digo. Le doy dos besos en la frente y me despido de ella.
-La vamos a ingresar en el Tomillar, que muera allí con más y tranquilidad -me comentan mis colegas-. ¿Te parece?
-Vale.
 
Ya en el pasillo, vuelvo a la familia. En el rato que he permanecido en observación se han juntado siete u ocho más, después nos quejamos de los gitanos, nosotros somos lo mismo. Casi.
 
-Mal, la cosa está  muy mal. Fijaros cómo estará que ni siquiera me ha reconocido -les voy poniendo sobre aviso.
-A nosotros tampoco -me responden. Y entonces saco mi guasa particular para distender.
-Bueno, que no os reconozca a vosotros tiene un pase, pero que no me reconozca a mí...
Y se tienen que reír llorando y todo.
-Se va a morir -sigo ya serio-. La van a trasladar al hospital del Tomillar para que podáis estar con ella todos. Allí hay más espacio y más tranquilidad. Yo ya me he despedido de ella.
 
Hace un mes de todo esto.
 
Ayer me tocó ir al Tomillar a recuperar una de esas tardes tontas de Rajoy, lo del exceso de horas. Voy dos tardes al mes. Distraído por la planta, me aborda sorprendida una chica joven.
 
-Doctor Rivera, ¿qué hace usted aquí?
-Trabajando, ¿qué quieres que haga?
-¡Usted no sabe quién soy yo?
-No, perdona, no caigo.
-¡Soy una nieta de Juana!
Por un momento y medio atontolinado por falta de mi siestecita habitual me cuesta reconstruir el momento.
-¡Juana, Juana Ruiz Gómez?
-¡¡¡Sííííí!!!, ¡la  misma! ¡Que nos la llevamos hoy a casa!
-No es posible. Pero si estaba muerta hace un mes...
-Pos ha resucitao -se pone con todo el desparpajo.
-¡Dónde está, que no me lo creo.
-En la 218.
 
Y me encuentro a Juana sentada en un sillón charlando con locuacidad con su vecina de cama. Sus dos hijas ponen el grito en el cielo al verme entrar "¡Ay Dios mío, quién ha venido a verte, momá!" Cuando Juana se da cuenta casi le da un patatús. Me extiende sus brazos para que yo me incline hacia ella y le dé un abrazo apretado "Ayyyyyy, doctor Rivera, yo no me esperaba esto, qué alegría..." "Ni yo tampoco, Juana, ni yo tampoco".
Una vez recuperados de nuestras emociones respectivas empiezo con mis bromas.
 
-Pa mí, Juana, que te habías muerto aquel día, el mismo día que te trajeron aquí. Fíjate. ¿Y por qué no me habéis dicho ná? -les espeto a las hijas.
-Porque queríamos darle una sorpresa cuando fuera  a su cita normal de la consulta.
-¿Y usted creyó de verdad que yo me iba a morir? -se pone la paciente.
-Seguro. Me despedí de ti y todo, mira, te hice con mi dedo gordo la señal de la cruz en tu frente y luego te di dos besos.
-Pues entonces, si el doctor Rivera dice que me he muerto es que estoy muerta y esto es el cielo.
-Calla mujer, no inventes ruinas ¿qué quieres llevarnos a todos contigo?
 
Está claro, la gente se muere cuando le llega su hora, no cuando lo dice el médico. Por muy doctor Rivera que uno sea.

miércoles, 4 de junio de 2014

El árbol del Bien

La Peque está que trina. El coche arrancado, la Pelusa y ella dentro ya preparadas y yo que, a ultimísima hora, me acuerdo de algo, abandono el volante, entro en la casa, salgo raudo con una bolsa en la mano y, ante la atónita mirada de ambas, Peque y perrita, trepo a mi ciruelo a llenar la bolsa de fruta tan melosa.
 
-¡Es que no me lo puedo creer! ¿No has tenido tiempo en toa la mañana, joer ya tío!
-Perdona Peque, es que queriéndolo dejar pa lo último se me ha pasao.
-¿Y por qué pa lo último?
-Pa que vayan más fresquitas.
 
Ciruelas para mi padre.
 
La Peque, aún conociéndome mejor que nadie, no alcanza a comprender gestos míos como éste. "Te pasas media tarde encaramao en el ciruelo, tío" -refunfuña. Quizás no pueda. Solamente quien haya vivido de niño una experiencia tan particular sepa encajarlo. En nuestra infancia tres años eran mucho tiempo. Ella, tres años más nueva, tuvo al alcance de dos perras gordas pipas, martillos de caramelo, chupa chups y chicles de sabores. Mi hermana Josefa y yo, en nuestros años más tiernos, no conocimos más chucherías que las ciruelas. Y las brevas. El ciruelo y la higuera son nuestros árboles sagrados, los bíblicos, árboles del Bien.

Por este tiempo de primavera, cada jueves por la tarde nos dábamos un festín. Sólo los jueves. Nos apostábamos en las Eras Bajas a esperar a mi padre y a mi abuelo Manolo, jinetes cada cual en su jumento, que venían del cortijo a vestirse de limpio. Desde lo alto de sus monturas nos aupaban, mi hermana, con mi padre, yo, con mi abuelo. Arrecife arriba. Con nuestras zancas al aire ni siquiera nos lastimaba el roce áspero con el esparto de los  serones. "Ahí llegan Juanillo y Manolo "el Pensaor" -decían las mujeres sentadas ya al fresco-. Lo bien que se llevan, oye". Y nosotros dos, la mar de anchos. A la altura de nuestra casa nos apeaban junto con sus capachas y ellos dos seguían hasta la casa de Carreira para dejar los borricos en las cuadras. Luego, mientras estos dos hombres recios y esforzados se lavaban en el patio a gafadas en un lebrillo de cinc, nosotros dos y mis primos "los Polis", más chicos, nos disputábamos las ciruelas de las capachas. ¡Qué delicia de manjar! ¡Qué poquito hace falta para llevar la felicidad a un niño! Cariño y ciruelas. Mi abuelo, más ordenado, las traía colocadas en lo alto, sobre un papel grande de estraza para que se mantuvieran más o menos enteras. Pero mi padre era un desastre, las echaba al tum tum, donde cayeran, y luego teníamos que rebuscarlas por entre la hortera, la botella del aceite y el pan sobrado. Nos las comíamos despachurradas y rebozadas en migajas. Mejor sabían.

Hasta ahora, mi ciruelo se había comportado como un árbol florero, sólo de adorno. Mucha flor, mucho cortejo de insecto volador, mucho perfume dulzón en las tardes tan cortas de febrero. Pero a la hora de la verdad, diez ciruelas. Como mucho. La mitad, la parte alícuota para los pájaros milanos, esos pajarracos negros que cualquier día habrá que invitarlos a la mesa, de tanto como se acercan. Pero este año se ha desquitado. Miles de ciruelas, ramilletes enteros de ciruelas colorás, un árbol rojo en lugar de verde. Ha habido ciruelas para todos los amigos. El que más las ha disfrutado, lógico, Agustín. Y luego, los pájaros negros.

-Papa, mira el regalo que te traigo -le digo enseñándole la bolsa.
-¿Qué son, dulces? -responde el muy glotón.

Abre la bolsa y se le ponen los ojos como platos:
-¡¡¡Ciruelaaasss!
- Pa que veas, papa, los papeles cambiaos. Ahora soy yo quien te las trae a ti. Pero limpitas y curiosas, no como tú, so adán.
-Siempre me pasaba lo mismo, nene. A la carrera. Algunas tardes me tenía que volver desde "Saballo" para echarte las ciruelas en la capacha. A tu abuelo se lo llevaban los demonios. "Pero Juanillo, por los clavos de Cristo, ¿no has tenido to el santo día?"

¿Os suena? Bendito quien a los suyos se parece.

 

sábado, 24 de mayo de 2014

¡Qué ricura de hijo!

Dos hombres solos en la consulta me sigue resultando lioso. Mucho más acostumbrado, dos mujeres: madre e hija, hermanas, incluso vecinas. Es... bueno, más normal. O bien un hombre y una mujer, el matrimonio de toda la vida. Me resulta más fácil adivinar la relación entre dos mujeres que entre dos hombres, ya está. ¡Qué cotilla!, diréis, a ti qué más te da. Pues sí da.
 
La manera de comportarse estos dos me huele a pareja de hecho. Pero como son tantas las veces de metedura de pata me callo. Por ahora. El que hace de paciente rondará los sesenta, de mi edad, más o menos. Es chiquitete, recortao y de contenta barriga cervecera, de éstos que se abrochan en cinto en el primer agujero. Pero lo que más destaca en él es su cabellera cana y espesa -envidia de quien escribe- recogida toda en una graciosa cola de caballo a lo Steven Segal. O mejor y de más actualidad, a lo Pablo Iglesias. Un hombre añoso pero moderno. El otro, el que viene de acompañante, es bastante más joven, pongamos que treinta como mucho. Y ya va uno pensando "Qué viciosillo, a éste le gustan jovencitos..." No me juzguéis mal todavía. Si, invisibles por magia, pudierais entrar en mi consulta -una cosa parecida a cuando de chaveas  deseábamos la invisibilidad para colarnos de balde en el cine- comprobaríais lo que digo.
 
Todo el rato riñendo, media hora provocando, recomendando y reprochando. Ése era el jovencito. El paciente -fidelísimo al nombre-, paciente. Circunspecto, como si no fuera con él. A lo más, una sonrisa de disculpa.
"Doctor, dígale usted que tiene que andar más, que no puede picotear tanto, que la sal es mala y la cerveza también, que tiene que ponerse la mascarilla del oxígeno para dormir, que no sabe usted la manera de roncar que tiene... un animal, doctor, dígaselo, por favor, que no puede estar toda la tarde sobando en el sofá, que se tome la tensión de vez en cuando, que ya le ha dao un aviso, un amago de trombosis el año pasado, pero, mire usted, ni caso, hace lo que le sale de sus... pelotas, en fin, doctor, que luego soy yo quien carga con las consecuencias, quien tiene que aguantarlo si se queda pa echarle azúcar a los dulces... Dígaselo, por favor."
 
Anda, valientes, ya no está tan clara la cosa, eh. ¿Quién coño es éste tío coñazo? Con mi guasa habitual me dejo caer:
 
-Amigo -me dirijo al paciente, al hombre mayor-, ¿éste quién es?
-Mi hijo -responde con toda naturalidad-. Mi hijo mayor.
-Ah, na, que yo pensaba que sería su mujer.
 
El hijo se quedó sorprendido, normal, pero al paciente le pude ver hasta la muela del juicio. De la carcajada que pegó.

jueves, 15 de mayo de 2014

La auténtica enfermedad primaveral

Por expresa y multitudinaria petición popular, transcribo -sé que cuento con el permiso de su autor- el escrito ganador de Antonio Estepa Romero, nuestro querido y entrañable Bronco Ley.
 
 
 
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En aquel tiempo, hace cincuenta años, yo era como Platero, "pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no llevaba huesos". Ahora podéis observar que "todo cambia, nada es", como decía Heráclito de Éfeso.
 
Mi vida transcurría en un ambiente de sosiego y de levitación interior. Era un ser etéreo, frágil, transparente como las alas de una libélula. Poco a poco esa transparencia se fue sombreando al contacto con estos merluzos. Junto a ellos, fui cambiando inexorablemente hacia una adolescencia convulsa. Dejé atrás la pubertad para entrar de lleno en una amalgama de sentimientos, deseos y actos que me atormentaban de continuo.
 
Me acuerdo de aquel día. Había estallado la primavera y estos parajes se llenaron de color, aromas e insectos. Yo me encontraba enfermo en la camarilla. La camarilla era un cuarto de 3 x 2 con una cama individual y armarito empotrado. Entró una de las chicas a limpiarla. No me acuerdo de su nombre. Tenía otra hermana. Yo creo que eran gitanas, dada su piel aceitunada y sus carnes prietas como melones de Montalbán. Decidme plebeyos, ¿las recordáis? Todavía se fregaba el suelo cuerpo a tierra. Me hice el dormido, lo que facilitó a la trabajadora su tarea. Busqué un ángulo óptimo con la precisión de un artillero y, ávido y sudoroso, enfoqué la mirada hacia aquella ninfa que se movía como una barca en la bahía de Cádiz con viento de poniente. Yo parecía una leona entre los matorrales esperando paciente la llegada a la charca de una grácil cervatilla. La respiración era de taquicardia sinusal. La joven se alarmó al observar mi extrema sudoración. Creí tener una hiperpirexia. Como un oblato benedictino me puse en oración y luego de una ardua lucha interior conseguí que todo mi cuerpo alcanzara su estado natural de reposo. Una buena confesión hizo el resto.
 
Me resisto a omitir que a partir de aquel día el concepto que tenía sobre la mujer alcanzó una inmejorable puntuación, porque aquélla me hizo ver que no todo se basaba en ora et labora.
 
Gracias hermanos por vuestra generosa atención.