domingo, 28 de diciembre de 2014

Cuento de Epifanía

Marina es una jovencita de 18 años, jovial y ensoñadora, de esas niñas que encandilan con su mirada inocente y a la vez audaz. Y digo niña a conciencia porque su síndrome de Down no le permite pensar -ni actuar- aún como adulta del todo. Aunque ella no opina lo mismo. Ella pretende actuar para según qué cosas como cualquier chica de su edad. Conoce su enfermedad pero nunca se ha rendido a sus eventuales limitaciones.
Hace pocas fechas su madre ha recibido una carta de la Diputación referente a cierta ayuda por la discapacidad de la chica. Leída por ella, inquiere a su madre:

-Mamá, ¿por qué nos ofrecen esa ayuda?
-Mujer -le responde la madre con toda la ternura posible cogiéndole la cara con sus dos manos-, es por lo de tu pequeña discapacidad.
-¿Y desde cuándo tengo ya esa cosa? -pregunta con incredulidad.
-Pues... verás Marina... en realidad desde siempre, de nacimiento. Ya sabes, lo del síndrome.
-Pues ¿sabes, mamá, lo que te digo? La única dificultad que yo noto es el resfriado este que no me deja desde hace un mes.

Marina no padece de ninguna patología en especial. Hace unos años tuvo una neumonía grave. Se curó, pero desde entonces coge catarros muy frecuentes. No, no es paciente mía. Conozco la vida y milagros de este pequeño diablillo por cuestiones de familia.
Es lista, mucho. Y la mar de despabilada. Ha terminado la EGB y luego ha completado dos módulos, uno de encuadernación y otro de serigrafía. Su tardía pubertad se ha llevado por delante las ganas de estudiar y, por contra, le ha despertado un apetito sexual  bastante desinhibido. Cosa muy frecuente ésta de la desinhibición sexual.

Hace pocos días la he visto en el pueblo. Alegre y sonriente como de costumbre. Me cuenta que este año espera un regalo muy, pero que muy, especial de sus Majestades los Reyes Magos.

-A mí me lo puedes confiar -la camelo con lisonjas-, yo soy como tu confesor, secreto, secretísimo. Ten en cuenta que soy médico.
Como si estuviera deseándolo se me acerca al oído:
-Un novio!!!! -me dice con apenas un hilo de voz.
Y antes de que yo pudiera expresar cualquier sorpresa dice ya en alto, sin importarle ser oída por su madre o por mis suegros:
-Mu guapo. ¡¡¡Guapísimo!!!!
-¡Toma ya, qué bien! -me río y nos reímos todos de la ocurrencia tan espontánea.

Más tarde, la madre me cuenta esta historia más propia de un verdadero cuento de Navidad. Sólo que a la moderna.

Días atrás una vecina previene a la madre acerca de la conducta poco adecuada de Marina. Según cuenta, ella misma ha presenciado una escena muy poco edificante entre Marina y su "novio" en el autobús. "Se estaban morreando de mu mala manera -había explicado a la madre con detalle-, casi metiéndose mano en público, ya me entiendes". Esta acongojada madre llama al orden a la pequeña. Que debe tener más precaución, ser más prudente, que hay cosas que deben reservarse para la vida privada, que la ha defraudado un poco... aunque por dentro le reviente la discriminación y la doble moral que nuestra hipócrita sociedad emplea para con estas personas, tal conducta en el autobús hubiese sido considerada como "normal" entre dos jóvenes "normales". No hay derecho. Marina ha pasado unos días muy apesadumbrada y cariacontecida. "Mamá, siento una pena mu grande", "Hija, por favor, no hay para tanto", "Sí mamá, porque pienso que te he fallado". Tanto, que ya la madre se puso seria:

-Vamos a ver Marina, ya está bien. Todos hemos sido jóvenes y hemos pasado por esto. A tu edad, también mi madre me tuvo que llamar a capítulo en más de una ocasión. Yo no tuve un novio fijo sino que mariposeaba con unos y con otros enrabietando a mis amigas porque me veían más coqueta que ellas. Y mi madre me lo advirtió: "Inmaculada, cuando menos acuerdes te vas a quedar sin novio y sin amigas". Para eso estamos los padres, para aconsejar... Y se acabó. Te has dado cuenta de que hay que ser más prudente para ciertas cosas, ya está. Olvidado por mi parte.
-¿De verdad, mami?
-De verdad, te lo prometo.
-Vale, mami, me quedo tranquila. Ten por seguro que nunca más tendrás que avergonzarte por mi culpa -y esa mujer esforzada y acostumbrada a pasarlas canutas en todos estos años de crecimiento de su hijita no sabe cómo tragarse el nudo y ocultar las lágrimas.
-De eso nada. No me avergüenzo ni me avergonzaré de ti nunca, ¿lo oyes?. Nunca. Ahora, eso sí, te llamaré la atención en cosas que yo crea que debes de corregir. Y ya está.
-Mu bien, mami, así me gusta. Pero... prométeme sólo una cosa más.
-¿El qué?
Marina baja la mirada, se achucha a la madre y balbucea, ahora sí que avergonzada:
-Que no le dirás nada de esto a los Reyes Magos.
 
¿Cabe más inocencia?



miércoles, 17 de diciembre de 2014

Van llegando los relevos

Decíamos ayer... que la vida sigue.
Todavía falta un mes para poder disfrutar de nuestra nueva casa pero he encontrado un atajo, si no para acortar ese tiempo, sí al menos para disponer de Internet y retomar así nuestro perdido contacto. Nuestro rollito. Como muy bien ha definido mi amigo Pepín, ya podréis volver al buen dormir con vuestro "Orfidal literario". He conseguido montar mi viejo ordenador en la casa de mi cuñada Miki donde pienso acudir casi a diario para satisfacer el "mono" de la escribanía, entre otras cuestiones.
 
La vida sigue, vaya que sí... Y tanto. Lo más sobresaliente que ha acaecido en la mía desde la última vez que nos escribimos ha sido el nacimiento de mi primer nieto, Lucas que se llama.
No me pondré ñoño ni baboso. Muchos de vosotros ya sois abuelos y, por ende, conocedores de la desmesurada ternura que estas pequeñas criaturas son capaces de despertar en nuestros ya viejos y remendados corazones. Todos conocemos de amigos sesudos, fríos de pecho y ásperos de trato que se han ablandado como gachas con el primer mohín de su nietecillo. Es la vida. Es la edad. Así ha de ser.

Consideraré, sin embargo, con vosotros una dimensión distinta de la puramente emotiva acerca de nuestros nietos. La llegada de mi Lucas a este nuestro mundo me lleva a una reflexión digamos que filosófica. Desde este punto de vista, el objetivo prioritario de las distintas clases de vida sobre la Tierra es la supervivencia, no ya de las criaturas individuales, que también, cuanto que de la especie. Es más que plausible la idea de que en un mundo de recursos finitos no quepan expectativas de vida infinita. Para que unos vivan otros han de morir. Es así en todas las especies. Y además de necesario es hasta bonito. Nos aburriríamos de contemplar siempre los mismos árboles en idéntico estado en Cazorla y, por contra, nos emocionan con sus increíbles tonos otoñales. Lo mismo ocurre en Doñana con las sucesivas generaciones de flamencos o de patos de agua, cada año los mismos, pero cada año distintos. O aquello otro más poético si queréis, lo de las oscuras golondrinas que cada primavera alegraban las plazas y calles de nuestros pueblos con sus renovadas algarabías o inspiraban los poemas de Gustavo Adolfo. Abedules, flamencos o golondrinas que han de morir para dejar paso a sus retoños, idénticos a ellos pero distintos. Lo mismo de bellos, pero diferentes.

Entendida desde este prisma ontológico, la muerte tiene sentido. No necesito la vida eterna de los creyentes para comprender mi vida finita ni  mi muerte segura. No espero nada después de ésta, nada que no sea la felicidad de mi nieto Lucas, herencia dichosa de la que han disfrutado sus abuelos en este valle de más alegrías que lágrimas.
Los abuelos somos de utilidad biológica solamente en los primeros años de las vidas de nuestros nietos, les proporcionamos ese plus de cariño y ternura que quizás echen en falta en unos padres agobiados por quehaceres domésticos y laborales, o celosamente preocupados por los cuidados higiénicos y sanitarios de la prole. La incorporación de la mujer a la vida laboral activa ha acarreado como efecto colateral la utilidad social imprescindible de los abuelos como "cuidadores". Esa es otra historia.
¿Cuántas veces hemos oído esto en boca de padres y de abuelos? "Dios mío, lo que sea, que me pase a mí, pero preserva a mis hijos (nietos) de todo mal". Es lo natural.
Uno se da por satisfecho sabiendo que la vida va a continuar en su nieto, que de alguna manera uno mismo va a seguir viviendo, que mi Lucas sorberá mocos como yo -espero que no tenga que pasar el tifus-, quizás se opere de las anginas fastidiosas, tendrá sus amiguitos en la escuela, se topará con alguien parecido a mi amigo Agundo que le enseñará a pelear y a defenderse y juntos serán los amos de la calle, se saltará a piola mi fase de monaguillo -lástima que así haya de ser-, en lugar de espadas de madera y trampas para los gorriones los Reyes Magos le echarán una play station y un Samsumg de ésos, no irá a ningún seminario ni internado -eso sí que se lo va a perder, muy a mi pesar-, pero intimará con un Antoñillo, un Frasqui, un Jaime, un Luna, un Pintor... estudiará Medicina o Historia del Arte y en la universidad conocerá a su Peque particular y se enamorará perdida y fatalmente...
Decidme, ¿no vale la pena morir por esa causa? Yo digo que sí, aunque sin prisa, claro está.

Ya van llegando nuestros relevos. Bienvenidos sean. Hay que ir preparándose.

sábado, 4 de octubre de 2014

A nuestros años

A nuestros años la Peque y un servidor estamos viviendo de alquiler. Ya sabéis, hemos comprado un pisito en Triana que va a necesitar dos meses de reformas. Hemos calculado que hasta la Navidad no nos mudaremos. Vivimos, como digo, en un pequeño apartamento a las afueras de Bormujos. En la gloria, oye. Hace falta -tiene cojones la cosa- que pasen 62 años y que vivas desposeido de bienes superfluos para darse uno cuenta de lo poquito que se necesita para vivir digna y sencillamente. No recuerdo haber vivido de adulto una vida tan "libre" como la de estos días pobres -que no pobres días-. Apenas una buena cama, un baño aseado, un sofá, una miniatura de cocina, un angosto armario donde ha de caber todo... bueno, y mi televisión, claro está, ¿quién puede vivir hoy sin televisión? Tan a gusto me hallo que no he dudado en confesarle a mi mujer -quizás con la boca chica- que no me importaría vivir así para los restos.

Pero... -qué imperfecta la vida- me he quedado sin línea telefónica y sin Internet. De ahí el descuido al que os tengo sometidos. Puedo leer mi correo medio a hurtadillas en minutos sueltos del hospital. Y poco más.

Hoy, de fin de semana en la casa de nuestra hija, mientras las mujeres gastan en Ikea y yo me quedo cuidando de las perritas, os escribo precipitadamente estas líneas para daros cuenta de mis últimas cuitas. No tengo mucho tiempo, los animalitos han de salir a sus necesidades y luego "a las once y media tienen cita en la peluquería, no se te vaya a olvidar con la cosa de la escribanía" -me han sentenciado.

Mientras, la vida pasa y también la consulta. Se me están acumulando casos y cosas. Ya os los contaré cuando escampe.

Un abrazo a todos.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Calle Alfarería, 77

En Sevilla ha hecho mucha calor estos últimos días pasados de agosto. No descubro nada. Pongo énfasis en ello porque la Peque y un servidor nos la hemos comida toda. Enterita para nosotros dos. "¿Cómo estás tan moreno si todavía no te has ido de vacaciones?" -se extrañan mis colegas en el hospital-. Será de mis tardes placenteras en la piscina de mi patio -pensaréis vosotros-. Ni hablar. De la calor que he pasado aperreado por esas calles de Triana. 
 
Hemos vendido nuestra casa. Después de veintinueve años en ella se nos ha quedado grande. O nosotros chicos para ella. Mucha casa para dos criaturas añosas, mucho trabajo de jardín, excesivo gasto de mantenimiento. Y sólo para dos. No.  Nuestra casa ha sido siempre generosa  posada para hermanos, sobrinos y amigos. Y ahora... casi desierta. Los nuevos moradores van a ser una pareja joven con sus cinco hijos. Es lo suyo. Es lo que su duende desea. Gente. La Peque, por otra parte, añora ahora conocer la ciudad, vivir Sevilla, sentir el pálpito de sus calles, perderse en sus rincones, tener a mano sus talleres y escuelas de arte, visitar exposiciones, "culturizarse" un poco luego de tantos años de sana rusticidad, relacionarse con la gente en plan pueblo. Y, sobre todo, anhela liberarse del pesado fardo del coche para todo. Y yo le sigo la corriente. Porque en el fondo -y pese a la lástima que infundo entre mis hermanos y amigos que creen que me voy a disgusto- me interesa el cambio. "A nuestra edad -sentencia Juan Francisco Ojeda- todo cambio es revitalizador". Estoy de acuerdo. Por lo pronto esta tentativa ya ha conseguido dos cosas positivas en mi persona: la una, sentir en carne propia y de cerca algo que tenía medio olvidado, esto es, la liberadora sensación del desapego a lo material. Siento que no me importa abandonar mi casa. Y la otra, romper con mi rutina.
 
El plazo acaba el 30 de septiembre. La nueva familia necesita la casa en esa fecha para poder iniciar el curso escolar ya instalada en ella. Lógico. La Peque y un servidor hemos tenido un mes para buscar piso. El mes de agosto. Este hecho tan singular explica, por una parte, el aparente abandono de mi blog y, por otra, mi llamativo bronceado craneal y facial. Bueno, tranquilidad. Gracias a la incansable y agotadora colaboración de mi cuñada Miki que se ha pateado toda Sevilla por Internet y a nuestras siestas callejeras hemos encontrado piso en Triana. No creáis que nos hemos hecho ricos. Lo comido por lo servido. Parece mentira que un caserón tan hermoso como el nuestro valga, más o menos, lo mismo que un pisito de 85 metros en Sevilla. Da lo mismo.
 
Una de esas tórridas tardes de agosto me tocó ir solo a visitar un piso porque la Peque estaba trabajando. La casa en cuestión no pertenecía a ninguna inmobiliaria sino que era una operación privada de particular a particular. Mi mujer había obtenido la información por Internet y yo me encargaría de acordar con el dueño una cita. Hablamos por teléfono. Tal día, a las seis de la tarde nos veríamos en la puerta de la casa en venta, calle Alfarería,77. Muy bien. A las cinco y media y cuarenta grados a la sombra puedo aparcar el coche en lo hondo de la calle Castilla, más allá aún de la iglesia del Cachorro, un kilómetro de cansina caminata hasta el destino. Llego bien, incluso dándome lugar a entretenerme a ratos en las sombras de los naranjos, apartando mis ojos adrede de los anuncios de venta colgados de algunos balcones, tal es el hastío. A la altura del número 77 la calle Alfarería es todo sombra. Menos mal. Me hago el distraído dando pasos para allá y para acá, como haciendo tiempo. Las seis. Ni un alma en la calle. Natural. Las seis y diez. Nadie, naiden opá, diría un gitano. A las seis y cuarto pasa un paisano. "Perdone, ¿usted es Miguel Torrico?" -lo abordo. "No, ni sé quién es". "Es que he quedado con él aquí mismo. Por lo que me ha dicho vive aquí". "Yo llevo veinte años viviendo en este bloque y aquí, le puedo asegurar, no vive ningún Miguel Torrico". "Y no sabrá usted si hay aquí algún piso en venta"? "Seguro que no, yo soy el presidente de la comunidad y le digo que no". Busco en el registro de mi móvil el número del teléfono  de este hombre tan informal.
 
-Sí, dígame.
-¿Es usted Miguel Torrico?
-El mismo.
-Ya, verá, ¿no quedamos aquí a las seis de la tarde? Es que llevo ya un rato esperándole.
-Anda, pues yo digo lo mismo. Aquí estoy en la puerta de mi casa esperando.
-Pero... -me doy la vuelta mirando en todas direcciones-. Pero si no lo veo.
-Ni yo a usted tampoco. ¿Qué cachondeo me trae usted?
-Qué va, ninguno, pero es que no lo entiendo. He preguntado a un vecino y no lo conoce a usted, que dice que usted no vive aquí...
-Pero vamos a ver, ¿usted dónde está?
-Pues donde quedamos, calle alfarería, 77.
-Ea, bien, aquí en Pilas, ¿no?
-¿Cómo que en Pilas? Yo estoy en Triana.
-Me cachis en la mar salá! Yo vivo en Pilas y la casa que vendo está en Pilas, calle alfarería. Yo creo que en el portal de Internet lo pone, que es en Pilas y no en Triana.
-¡Vaya por Dios! Usted perdone hombre, yo entendí que era en Sevilla.
 
¿Cómo se le queda a uno el cuerpo? Pues nada, me lo tomé a guasa, me jarté de reírme de mí mismo y me faltó tiempo para contárselo a la Peque y a la Paqui de Jaime.
 
Esto sí que es salir de la rutina. ¡Con dos cojones! 

domingo, 3 de agosto de 2014

El péndulo escatológico

Sabéis que soy de la opinión de que las cosas que pasan son para contarlas, que para nosotros, criaturas del Señor, la realidad es tal en cuanto que puede ser compartida, que no existe aquello que no se pueda relatar. Y a mí, en particular, me gusta contar lo de divertido y gracioso que tienen nuestros pasos por este valle donde me siento bien intentando cambiar lágrimas por alegrías. De unos o de otros escucharéis lo que mis amigos han escrito en sus cuadernillos de diario o lo que pregonarán por ahí: que si la iglesia rupestre de Mave o de Olleros del Pisuerga, que si la iglesia de san Martín, en  Frómista, considerada como el Vaticano del Románico, que si la villa romana de la Olmeda, en Saldaña... que si otros muchos ignotos encantos que guarda celosa la montaña palentina. Pero solamente de mi puño y letra podréis ser afortunados conocedores de algo realmente singular, una historia breve y desenfadada, quizás frisando lo indecente, lo incontable, tal vez retando vuestra capacidad digestiva y -seguro- enfrentándome a la censura castradora de mi mujer. Va por vosotros.
 
Estamos de regreso por la Ruta de la plata. Aún vamos frescos. A media mañana paramos en un bar de carretera -ahora con el eufemismo de área de servicio- para que las mujeres alivien sus impertinentes vejigas por tercera vez y los hombres estiremos las piernas y  rotemos en el volante. Jaime y yo, los chóferes, por delante; Paqui y la Peque, en los asientos de atrás. En el otro coche, los Palancos y María Jesús, nuestra viuda alegre. Los Ojeda y los Pozuelo han preferido bajar por Madrid. No necesitamos la radio para mantenernos alerta, nuestras mujeres se bastan. Ya sabemos todos qué es conducir con una mujer al lado, mucho peor con dos por detrás. La una es temerosa de la carretera, un pelín más de lo justo; la otra, una hipocondríaca del coche que visualiza mentalmente todo mal antes de que ocurra, que maximiza los riesgos, que ve inminente la colisión cuando aún tenemos cincuenta metros para frenar, que vive el supuesto peligro con una intensidad cuasi patológica convirtiendo en real y patente un riesgo fútil. "Jaime, el cruce; Jaime, no te pegues tanto; Jaime, deja los botones de la radio; Jaime, por aquí no corras tanto..." Se conoce que yo conduzco mejor porque a mí no me dedican tantas precauciones. "¿Josemari vas bien?, tienes sueño?" -es lo más que me dicen. Jaime dispersa su atención al volante porque tiene que llevarlo todo palante, desde la mosca que se ha colado por una rendija de la ventanilla hasta mira, cuál será aquel pueblo de la izquierda a lo lejísimos, y yo qué sé, tío, será Hervás o Baños de Montemayor. Mi problema es que si hablo levanto el pie del acelerador y me tachan de lento. No combino bien la conversación con la conducción. Lo tengo casi conseguido con el invento éste del automático de velocidad, pongo el botoncito a 120 y ya está. Casi. La mar de distraídos, ya os digo.

Entro en el wáter y saco la churra por si sale algo, más vale prevenir, la próstata te la juega si te tiras más de tres horas sin orinar.  En esto que siento ganas de dar de cuerpo, de estas veces que se te viene la carga atrás de momento, casi sin aviso. Menos mal que me ha pillado aquí, pienso. Entro en el habitáculo mientras escucho medio avergonzado el sermón de Mercedes en el pasillo de las féminas: "Qué pestazo a orina, qué vergüenza, esto es para denunciarlo..." Y me río por dentro pensando que lo normal es que un urinario jieda a orín, no a perfume. Quizás distraído en ese pensamiento y en la intensidad del torrente  de mi amiga no eche nada en falta y me siente cómodo a defecar. Ha estado bien. Creo que una buena almorzada. Me he entretenido jugueteando con la luz porque era de estos sistemas automáticos que obedecen al movimiento: si estás quieto un rato se apaga sola, si te mueves vuelve a encenderse. Me quedaba quietecito y se apagaba, levantaba un brazo y se encendía... Así, todo el rato.

Echo mano al papel higiénico. El expendedor está vacío. Frente a mí, una papelera medio llena de papeles usados. Ha habido papel pero ya no hay. No sería un gran problema si la caca hubiese salido, como en otras ocasiones, dura y enteriza, ésa apenas mancha, ésa limpia por donde pasa; o si hubiese sido -caso frecuente en mi padre- en forma de pequeñas "cocletitas". Pero no ha sido el caso. No. Ha sido caquita pegajosa. Y mucha. Muncha caca. Todavía no estoy preocupado. Acostumbro a llevar en el bolsillo del pantalón trozos sueltos de papel higiénico del que me sobra cuando salgo a pasear con mi perrita, muchas veces lo confundo con billetes y me llevo la sorpresa desagradable de que no son tales sino papel higiénico. Esta vez ha sido al revés, en vez de papel lo que llevo en el bolsillo son billetes de cincuenta euros, qué putada oye. Todavía si fuesen de cinco o de diez euros... pero tampoco, porque necesitaría varios para una toillete completa. Empiezo a agobiarme. Ya no se escucha a Mercedes ni a ninguna otra de nuestras mujeres. Entreabro un centímetro la puerta por ver si Jaime, el Palanco o alguno de sus hijos andan meando por ahí... pero nada, nadie. Tampoco le voy a pedir a un extraño que me traiga papel, digo yo, pero quizás lo hubiese hecho. Nadie. En una ocasión parecida, hace ya muchos años, me limpié con los calzoncillos y los dejé asquerosos en la papelera. Lo he pensado, pero me he echado atrás porque me escocería luego las ingles yendo sentado tantos kilómetros sin calzoncillos y porque se me notaría de todas formas el lamparón en el trasero del pantalón. Aunque os repugne la idea, me rozó el pensamiento de usar los papeles tirados en la papelera, algunos se veían aprovechables, hay gente que se rebanea tanto el ojete que los últimos papeles apenas se manchan. No, no puede ser, cuando se lo cuente luego a la Peque se tira una semana sin tocarme.

Como siempre, las soluciones están en la cabeza. Me echo mano  a la mía y descubro que llevo la gorra encima, que no la he dejado en el coche sino que la llevo puesta. Mi gorra, la que ha sufrido conmigo los avatares de tan dura travesía por las "Tuerces", cinco horas de caminata errática al sol de los pinos, muerta de frío la gente en las playas nuestras y nosotros abrasados de sol en el norte de Palencia; mi gorra, la que ha soportado con dignidad el chaparrón de granizos de la otra tarde, la que me ha acompañado extasiada en los variados y fértiles valles que traza el Pisuerga o en el sendero del cañón de la "Horadada", la que se ha descubierto tan educadamente en las visitas a la catedral de Santander y al resto de las iglesias románicas; mi gorra, que ni siquiera es mía sino que me la prestó para siempre Jaimillo viéndome tan desprotegido de sesera... Mi gorra va a ser mi solución, mi salvación. Cada refregón, un doblez; y así hasta cuatro veces. Y toda empercudida, a la papelera. No creáis, hay que ser un poco manitas para aprovecharla al completo sin mácula delatora para los dedos. Ya, con lo más gordo retirado, pude vestirme sin ajustar mucho los calzoncillos, ir al bar, recoger un montón de servilletas de papel y regresar al lugar del crimen para rematar la faena.

Sin daros cuenta acabáis de asistir a un péndulo escatológico: de lo sublime a lo abyecto. De las visitas a iglesias románicas a los wáteres asquerosos de los bares de carretera que apestan a orín y carecen de papel higiénico. De casi tocar la divinidad con los dedos a tenerlos tan cerca de la porquería. Es nuestra condición de humanos, capaces de lo mejor y de lo peor, preparados para la espiritualidad y para la obscenidad. En el propio arte románico se da esa paradoja. Hemos visto iglesias en cuyos capiteles exteriores aparecen escenas de sexo explícito, hombres masturbándose con unos falos de envidia o parejas haciendo la felación-cunilingus, el clásico 69. Y en el interior, capiteles adornados con pasos del vía crucis o de la vida de nuestro Señor. Como queriendo dar a entender que fuera de la Iglesia está el pecado y dentro la virtud.

He descubierto en este viaje que mi personalidad, mi perfil personal, se asemeja mucho al arte románico. No soy barroco, desde luego que no, no me gustan los adornos ni los perifollos. No soy clásico, la elegancia y el porte no son lo mío. Tampoco soy gótico, tan alto ni tan espiritual ni tan fino. Desde luego, no soy modernista, me parece un arte ñoño. En adelante voy a considerarme románico porque me atrae la idea del contraste, la de hacer bonito lo rústico, la de embellecer lo feo, la de dignificar incluso lo abyecto, la de acercarse a Dios desde lo humilde, la de engrandecer lo sencillo, la de combinar de manera proporcionada y justa la materia y el espíritu. Me gusta eso, vaya que sí. Va conmigo.

Soy un románico y un romántico. Ea. Y también un poco guarrillo, vaya.

domingo, 13 de julio de 2014

Un picha brava

Este hombre es un caso. Me cuenta una historia bastante inverosímil para mis conocimientos médicos. Que desde hace dos meses tiene unos mareos rarísimos, ¡coño! tan raros que se tira media hora o más inconsciente y luego se despierta como si tal cosa. Y sigue a lo suyo como si nada hubiera pasado. Tienen estos mareos otra curiosidad: siempre le dan en su parcela, solo, sin testigos. Y otra más: nunca se ha hecho ni un rasguño. Todo muy extraño. Cuando una criatura tiene un síncope, una lipotimia o una pérdida de conciencia más prolongada lo normal es que alguna vez haya testigos que nos ayuden a recomponer la escena, que alguna vez el sujeto se lastime, un coscorrón, un hematoma, una herida en la frente... un algo, que alguna vez se produzca un poco de mal cuerpo, quizás un vómito, una mala cara, un morderse la lengua o escapársele el pipí... Nada, este hombre, nada.
 
Hay que ahondar. Cuando una cosa no cuadra con la lógica ni con el conocimiento de uno es necesario escarbar un poco en el terreno del paciente: irse con él, meterse en su cuerpo. Y eso es lo que hago. "Venga, Manuel, vámonos a tu parcela que yo vea lo que haces". Y el pobre Manuel se queda atónito creyendo que nos vamos de verdad. "Pero ahora?" "Ahora mismo"-insisto yo-. "¿Y deja usted la consulta abandonada?"
 
Manuel es un labriego tosco e inocente de esta marisma estancada en el siglo pasado o más allá, casi sacado de alguna de las películas de Berlanga. "No, hombre, que no, que lo que quiero es que me cuentes al por menor tu vida, desde que te levantas hasta que te acuestas, qué desayunas, qué comes, qué haces en el trabajo, con quién te juntas, con quién vives, qué problemas tienes... joer, que en cinco minutos me pongas al corriente de toda tu vida, como si yo fuera un antiguo amigo tuyo que ha se ha ido a Cataluña y ha venido de vacaciones".
 
¡Amigo, cómo cambia la cosa! Desde hace tres meses este hombre no vive. Ha perdido unos cuantos de kilos de peso y unas pocas arrobas de ilusión. Y ha ganado toneladas de disgustos.
 
Tiene Manuel 46 años mal llevados por el sol y el salitre de los humedales, parece de mi edad, bueno, yo estoy bastante más esclarecido. Vive solo y se las apaña solo, ya os podéis imaginar la calidad de sus comidas y de su manejo personal, como si me pasara a mí, no hay que ir más lejos. Todo esto desde hace tres meses. Antes no, antes vivía con su novia.
Lleva Manuel diecisiete años separado de su mujer, y se llevan bien. Tienen un hijo de dieciséis y, en fin, que entre ellos tres no hay problemas. Hace unos diez años tuvo una relación prolongada con una novia, de la que fructificó un niño que ahora cumple diez años pero a quien el padre, Manuel, no conoce porque la madre se fue del pueblo con el niño recién nacido. Cree que viven en Madrid pero él nunca ha hecho nada por encontrarse con ellos porque teme la reacción de la madre. "Pero Manuel, por qué huyó esa mujer de ti" "Porque tengo mucho torrente, dice la gente. Pero luego no soy naiden". Y más tarde, se echó otra novia que llegó al pueblo desde Alicante cargada con tres hijos para trabajar en el arroz. Y con esta novia ha estado viviendo más mal que bien hasta hace tres meses en que se han peleado con juicio de por medio y todo.
 
Y en este contexto ocurren los episodios referidos. No creo que sean síncopes histéricos, éstos suelen ocurrir en presencia de público para llamar la atención. No. Tampoco se trata de un manipulador, lo mismo, el manipulador necesita escenario. Creo que se trata de somatizaciones por la ansiedad y el estrés actual. Eso creo.
 
-De manera Manuel que en diecisiete años has tenido relaciones con tres mujeres, bueno, eso que sepamos, has tenido dos hijos y otros tres postizos.
-Vaya -se pone orgulloso.
-Ya sé lo que te pasa.
-¿El qué?
-Tú lo que eres es un picha brava -Y se ríe azorado como quitándose importancia.
- No hombre... la vida, que viene como viene y ya está. Yo hubiera seguido con mi primera mujer tan requetebién pero... en fin, cosas que pasan.

Me parece que no debo insistir. Hay estudios por ahí que sostienen que los hombres que viven solos duran menos tiempo, están expuestos a un mayor riesgo de accidentes, de enfermedades cardiovasculares, de demencia y de depresión. Conforme vamos cumpliendo años vemos más creíbles estos datos ¿verdad?

De todas formas, por la trayectoria de Manuel hasta ahora lo más probable es que pronto encuentre otra novia. "Parece que este año van a venir mucha gente del Este para la campaña del algodón, igual cae algo" -me guiña el ojo al despedirse. 
 
 
Ya veremos en qué queda todo.

sábado, 5 de julio de 2014

Al rescate de nuestra esencia

Ayer tarde, saliendo del hospital, me topé con Manolo Castro, un compañero digestólogo de la vieja guardia. Lo diré así, vieja guardia, en vez de la vieja casta, por las actuales connotaciones políticamente negativas, pero a mí me gusta lo de casta. En sentido positivo de pertenencia, de implicación con el trabajo y con la empresa y no de sentimiento de privilegio o de élite. Vale, pues.
 
Médicos como éste fuimos los primeros en llegar a ocupar nuestras plazas por oposición en el hospital de Valme allá por enero-febrero del 86, fijaros si hace tiempo, la edad de mi Meli, médicos con quienes he compartido media vida de sesiones, discusiones, reuniones, guardias, peleas por los turnos de vacaciones, asistencias a congresos, mesa y mantel... e incluso dormitorio. Recién llegado de Córdoba y de Pozoblanco, donde dormíamos separados médicos y médicas de guardia, recuerdo la mal disimulada vergüenza que pasé mi primera noche de guardia aquí en Valme con Inmaculada Alfageme, a quien yo veía tan fina, por una parte, y tan suelta y liberal, por otra. Desde luego que yo no me desnudé -ni ella tampoco, menos mal-, pero temía no poder controlar medio dormido esa debilidad tan mía del ventoseo porculero. Ése era mi problema pero cada cual tenía el suyo, que si fulanito ronca, que si a perenganito le jieden los pinreles, que si el otro sueña a  voces, que si mal aliento... Por comparación a su extremada prudencia, a Paco Lozano le hacía mucha gracia mi insólita desvergüenza gaseosa y cada vez que, durmiendo juntos en la guardia, escuchaba algún ruido sospechoso proveniente de mi lado sentenciaba con alegre contundencia: "Toma follón" y se jartaba de reír solo.
 
-¿Qué llevas ahí? -me pregunta señalando la cosa enorme que transporto en mi mano derecha-. ¡No será un regalo!
-No te lo vas a creer Manolo. Sí, es un regalo pero no te imaginas qué.
-Parece como si fuera un cuadro...
-Así es, un cuadro.
 
Resulta que una paciente mía es artista, como la Peque, y hace tiempo que me tenía prometido pintarme un cuadro. Ea, y hoy se ha presentado con él acuestas. Lo trae, es verdad, muy bien preparado, con su marco y envuelto todo él, primero con ese plástico de burbujitas y luego, por fuera, con papel grueso. No he querido descubrirlo para no ir paseando el cuadro por todo el vestíbulo así en crudo y, además, por compartir la sorpresa con la Peque una vez en casa. Uno, como marido de artista, ya va entendiendo algo, a mí me ha gustado mucho. Es un paisaje urbano de Lebrija, un viejo caserón medio derruido con un patio de palmeras tan altas que parece que le hagan cosquillas a las panzas de las nubes. A mi mujer,  más perita, le ha encantado. Dice que tiene trazos de impresionismo moderno, vete tú a saber.
 
-Siento nostalgia de antes -me dice Manolo-, cuando regalar a los médicos era una cosa como de costumbre. Eso se ha perdido.
-A mí me siguen regalando -respondo con toda naturalidad-. Y cosas más normalitas que esto, hombre. Se ha corrido la voz de que soy un goloso y me regalan dulces, pastas, aceitunas, tomates de Los Palacios...
-Bueno... tú... -se queda dubitativo-, tú porque todavía eres de los que te mantienes cercano a la gente ¿verdad?
-¿Tú no, Manolo?
-Psss, no sé qué decirte. Yo me encuentro cómodo haciendo endoscopias con el paciente medio adormilado, lo hago bien, eso creo al menos, emito mi informe mientras las auxiliares lo despabilan... y al siguiente. En la consulta, en cambio, no. Yo puedo tener citados veinticinco pacientes por día, ¿tú te crees que así puede uno intimar lo más mínimo?
-Es una verdadera pena, Manolo. Los de nuestra edad hemos aprendido una medicina distinta a ésta de hoy, primaba mucho más el buen trato, el roce, la relación humana. Hoy son todo prisas y técnicas. Vosotros, los especialistas de órgano, corréis el riesgo de convertiros en técnicos super cualificados. Y dejaréis de ser médicos.
-Desde luego, por ese camino vamos.
-Yo gestiono mi propia consulta. Nunca me pongo más de quince o dieciséis pacientes, y ya me están pareciendo muchos.
-Claro, pero a nosotros no nos dejan. Tienen que cuadrar los números. Además que también es cierto que la consulta del internista es mucho más compleja que la de cualquier otro especialista. Es normal que le echéis más tiempo.
- En fin, Manolo, hasta mañana.
 
Y para despedirse me suelta una de las suyas. Este Manolo es un hombre de seria apariencia, alto, corpulento, hosco el gesto, de negrísima y cerrada barba, de estas barbas que pretenden avanzar, si se les dejara, hasta las mismas cuencas de los ojos de sus dueños. Echa patrás a la gente que no lo conoce. De tan circunspecto que parece. Pero luego es cachondo. Y me dice:
 
-De todas maneras a mí, como me ven tan serio, ¿quién me va a regalar? Dirán: a este hombre le llevamos tomates y es capaz de tirárnoslos a la cara.
 
Y nos vamos  riéndonos a los coches.
 
Lo vengo advirtiendo desde hace tiempo. Tenemos una medicina de vanguardia, unos medios técnicos de primer orden, unos especialistas cojonudos, un aparataje y unos quirófanos de lujo, unos cirujanos robotizados, unas resonancias de última generación... pero estamos perdiendo la esencia. Deben de ocuparnos elementos nuevos que han irrumpido con fuerza en nuestro quehacer diario, tales como las estancias, los pactos de consumo, el gasto farmacéutico, los tiempos de demora, la historia clínica informatizada... La gestión clínica lo requiere. Pero no hasta el punto de perder el norte médico que no es otro que atender e intentar solucionar los problemas de salud de tus pacientes. Mi impresión al respecto es que el macro sistema sanitario  nos chantajea a los médicos pretendiendo que cada uno de nosotros considere en su práctica diaria no sólo los problemas de este paciente concreto sino de la globalidad de sus posibles pacientes potenciales, es decir, el sistema se deja suplantar, relaja sus propias responsabilidades sobre las espaldas de los médicos de a pie. Quizás por ello, sólo quizás, quizás por la modernidad y los derechos laborales y el estigma negativo del funcionariado que persigue la igualdad falsaria de todos sus componentes, tal vez por comodidad, el caso es que el médico de vocación, el hombre bueno experto en curar (vir bonus melendi peritus), el que sabe escuchar y consolar se nos está yendo, no encuentra aquella antigua condición de mago, de chamán, forma parte de una especie amenazada, en peligro de extinción. Como el lince ibérico. Me temo.