sábado, 7 de mayo de 2016

Las apariencias engañan

Ahora que estoy ya metido en años comprendo mejor la resistencia de mi padre a sentirse viejo, a ser considerado como un anciano. "Papa, vamos a tener que ponerte un pañal por la noches, que se te escapa un poquito la orina" -le recomienda con mucha sutileza mi hermana-. "Ni hablar -replica guasón-, ni que yo fuera un viejo caucón".

Nos cuesta admitir la evidencia ante los demás, o incluso ante nosotros mismos, de nuestro propio deterioro. Creo.

Sin embargo, considero que éste no es exactamente mi caso, al menos hasta ahora. He aceptado con gallardía las limitaciones que mi cuerpo y mi edad me han ido señalando. En su momento dejé las guardias médicas cuando advertí que superaban mi capacidad de aguante; cambié el tenis por el carril bici cuando lo de la primera taquicardia; he superado sin trauma alguno la merma sexual, el quedarme sin hueso en el pinganillo; y ahora estoy dispuesto a jubilarme un año antes de la edad reglamentaria. Soy de la opinión -posiblemente interesada- de que uno de los factores para un envejecimiento saludable es éste, el de la serena aceptación de motor y carrocería tal cual, sin tuneos ni remiendos excesivos.

Aún  pensando así, no es menos cierto que, por otra parte, la imagen que ofrecemos al mundo importa mucho a nuestra propia estima. Uno no es como cree ser sino como lo ven los demás. O como decía Heidegger, la realidad es un ejercicio de interpretación subjetiva. En ese sentido me considero una persona afortunada. Antes y también ahora. Mis días de hospital -para hacer entrega de los partes y, de paso, visitar mi consulta y a mis compañeros- me colman de optimismo. "Qué bien lo vemos", "Qué bien está usted", "Qué relajao se te ve hijoputa", "Estás como más guapo y esclarecío"... son algunos de los piropos que recibo de la gente, enfermeras, auxiliares, celadores, médicos y hasta algún que otro paciente que me reconoce al paso.

Eso es por fuera, la carrocería, que, como digo, es importante. Pero no sabemos cómo andamos de motor, bielas y engranajes hasta que no nos examinan por dentro. Mejor no saberlo. Uno de esos días de hospital fui a Rayos a hacerme una radiografía de caderas porque llevo más de un año renqueando con tendinitis, cojeras intermitentes, bastante rigidez y dificultad creciente para flexionarlas y abrocharme los zapatos. Con la cosa cardíaca, bastante más seria, he ido dejando lo otro para mejor ocasión. Y la ocasión se presentó el otro día, como digo. Cuando vi la radiografía en el ordenador no podía creer que fuese mía. Fui a la consulta de traumatología y el compañero que la vio creyó que la radiografía sería de mi padre. No daba crédito cuando lo saqué de su error, que era mía. Me explicó que tengo una artrosis demasiado avanzada de ambas caderas y que, tarde o temprano, acabaré con sendas prótesis. ¡La madre que parió!...

Y otras cosas que el traumatólogo no vio, pero que a mí no se me escapan: las arterias femorales superficiales, las pudendas y parte de las iliacas externas con todas sus paredes calcificadas, como cañerías viejas.

Momentos éstos inesperados y algo abrumadores en los que piensas, "Joer, la edad se me ha echao encima de pronto".

Es lo que hay. Las apariencias son muy importantes, sí señor. Pero ya sabemos que engañan. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Decíamos ayer...

Decíamos ayer... que estoy saliendo del pozo. Lentamente, pero es que esto es así. Hace dos meses ya de la intervención y no ha habido incidencias de importancia desde entonces. Es poco tiempo. Los primeros tres meses son clave en la predicción de eventos futuros. Os parecerá que exagero y quizás sea así, pero yo necesito ganar confianza y seguridad. Y para ello nada mejor que el tiempo.

Y en eso me hallo, en pasar el tiempo. Reconozco que nunca había disfrutado de tanto tiempo libre ni de la liberación espiritual que significa la ausencia de obligaciones laborales, la ausencia de disciplina. Uno, que no ha hecho en su vida otra cosa que trabajar, madrugar, comerse el coco, comer a la carrera, estudiar... y volver a madrugar, se encuentra extrañamente contento por desocupación. Curiosamente, y contra pronóstico, no echo en falta el hospital ni a mis pacientes. Es algo que me ha sorprendido gratamente. Descubrir que hay vida más allá del hospital, que se puede vivir sin agobios y sin trabajo, que, incluso, se vive mejor así. Cierto que recibo correos lacrimosos que también a mí me hacen sorber para dentro, pero los pacientes entienden la situación y la aceptan. Es ley de vida, y alguna vez tenía que llegar nuestra separación. Por otra parte, Ester, la médico que me ha sustituido, es persona de garantía, muy bien formada y, sobre todo, cariñosa con ellos.

Pero también extraño la provisionalidad de mi situación. Tanto desde el punto de vista clínico como del laboral. No estoy seguro de si estoy curado o si sigo siendo un enfermo. No lo sé. Cuesta despojarse del rol. Ya os digo que hace falta más tiempo. Quizás cuando deje tanta pastilla me sienta un nuevo hombre, un hombre sano como antes. Puede ser. Por otra parte, no soy un jubilado sino un rebajado -como dicen en mi pueblo-. Estoy aún de baja laboral -mi primera baja en treinta y seis años de oficio-. Y me siento algo incómodo pensando que puedo ser un parásito del sistema, yo que tanto he desdeñado a los absentistas. En fin... La Peque me consuela piadosamente, claro, amontonando en mi conciencia merecimientos que ni yo mismo recordaba. Es muy de agradecer.

Sea como fuere, el caso es que os tengo abandonados. En este transitar en busca de la salud y de la estabilidad emocional y laboral no me siento hábil para contaros otras cosas. Y tampoco deseo ser un Jeremías, lamiéndose constantemente sus heridas.

Sé que lo comprendéis. Poco a poco iremos retomando el terreno.

Bueno, hasta más ver. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Revisión ITV

No sin ciertas dificultades mi vieja carrocería ha pasado al fin la revisión técnica.

Como sabéis, la Peque y yo hemos pasado una mala racha por mor de la arritmia cardíaca que me amenazaba de continuo. Sin duda, de haber sido yo profano en la materia e ignorante de los potenciales peligros de la patología, lo habríamos sobrellevado mucho mejor, con otro distinto temple. Para según qué cosas, la ignorancia da seguridad y el conocimiento solo te ofrece dudas.

En fin... Gracias a Dios ya ha pasado todo, y con bien.

Aunque soy un crítico, educado y razonable, de la excesiva atomización de la asistencia clínica, y he apostado siempre -y así seguiré- por un poquito de troncalidad, que primero se es médico y luego se puede ser cardiólogo o cirujano o cualquier otro especialista, no tengo más remedio que reconocer la excelencia de estos profesionales en lo tocante a la materia que dominan.

Lo que han hecho con mi pobre corazón, sin más herida que un pinchazo en la ingle, es una obra de arte, en serio. Son artistas, nuevos artistas, gente que se ha hecho médico por tradición familiar, por gusto, por faldar o por verdadera vocación, pero que han descubierto luego, dentro de la medicina, un campo nuevo e inesperado donde explayar su verdadera afición. Es un nuevo concepto del arte médico, no ya del viejo y eterno arte de la interrelación afectuosa y empática con el paciente, sino de "manipularlo" por dentro -o por fuera, fijaros si no en los cirujanos estéticos- con la sola y sabia intención de curarlo, mejorarlo o ponerlo a punto.

Para que lo entendáis mejor, podemos decir que a mi corazón le han hecho como una especie de cambio de bujías. O del delco, que yo entiendo poco de eso, pero con el motor en marcha, a ver qué mecánico es capaz de hacer eso en un coche.

Es la Medicina que nos espera, la de la tecnología de cables, muelles y  microchips. Sin apenas darnos cuenta estamos entrando en el futuro, en la ciencia ficción que se hace realidad.

Bienvenidos seamos todos.

Un abrazo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Desde la frontera

Ningún otro paisaje resulta más atractivo y seductor para un geógrafo que los llamados territorios fronterizos. Los estudiosos descubren en ellos verdaderos tesoros inmateriales, ocultos para la ceguera profana pero muy evidentes  para el ojo perito. Mi amigo Juan Francisco, experto entre expertos de Geografía Humana, y nuestro guía en los viajes de senderismo, nos tiene ya bastante amaestrados sobre el tema. Las tierras limítrofes y sus gentes, durante siglos, se han ido enriqueciendo de las interrelaciones de culturas, creencias, ritos, costumbres, usos civiles, agrarios, religiosos y militares... Y ello, con el poso del tiempo, ha repercutido no sólo en la idiosincracia de las gentes del lugar sino también en la fisonomía especial de sus terrenos: castillos derruidos, torres vigías, murallas vencidas y otros elementos de alarma y defensa.

Vivir en la frontera ha sido, de siempre, un ejercicio arriesgado pero también muy enriquecedor. Aunque sólo fuese por el hecho de comprender que el mundo, nuestro mundo, no es unívoco, ni dogmático, ni único, sino que es muy plural y donde los unos no somos ni más ni menos que los otros, donde el desconocimiento mutuo nos lleva a reacciones tribales, a sectarismos, independentismos y otras gaitas. Vivir en la frontera requiere un ejercicio de valentía y desposesión, un ejercicio de apertura de ideas y de pensamiento.

Pasando el testigo a mi mundo cercano, he tenido la ocasión de pasar solo unos días en un territorio fronterizo. No físico, sino intelectual y vivencial. He vivido dos días en mi hospital como paciente, como hombre enfermo. Y ello me ha permitido ver y experimentar ambos lados del campo sanitario: el del paciente y el del médico. La mar de interesante.

Para empezar, lo primero que debéis saber es que soy tan mal paciente como buen médico. Creo que lo comprendéis. Lo siguiente que he aprendido es que un médico, si quiere y se lo propone, puede y debe intentar ponerse en el lugar del paciente, pero es que muy difícil, casi imposible, que consiga penetrar en su alma, en su angustia, en su soledad, en su sufrimiento, en definitiva. Yo, actuando como médico, he creído hasta ahora que sí, que era posible; pero cuando me he visto de paciente con una enfermedad seria, de verdad, he comprobado en carne propia que no, que no es posible. Las únicas personas que han comprendido el sentimiento profundo de mi sufrimiento y miedo en toda su extensión han sido mi Peque y el doctor Beltrán, precisamente porque este compañero tiene la misma enfermedad que un servidor. Ni siquiera los amigos más allegados. Es lógico. Lo veo lógico. No os lo toméis a mal, por favor. Cuento con todo el apoyo y toda la energía positiva que recibo de todos vosotros. Pero el afecto íntimo de soledad interior , desesperanza y miedo es de de cada uno. Ha habido dos sentimientos que me han sorprendido en mi enfermedad actual: la soledad y la sensación de debilidad, de decadencia. Y creo que esto es algo tan profundo, tan recóndito y protegido que nadie puede llegar hasta ellos salvo la persona que te conoce mejor que tú mismo.  Te ves extraño, no parece que seas tú, no te encuentras a gusto en ninguna parte, no disfrutas ni del desayuno con dulces, fíjate cómo será la cosa, te ves "obligado" a disimular que estás bien. Ahora puedo entender mejor cómo habrán sufrido en silencio amigos míos muy íntimos que han padecido dolencias mucho peores que esto que me ataca a mí ahora. He percibido, como paciente, que los médicos tendemos a banalizar las distintas situaciones, restar importancia a síntomas sin gran repercusión fisiopatológica, quizás, pero muy fastidiosos para el enfermo. Seguro que con la mejor de las intenciones, esto es, quitar presión y dar tranquilidad. Pero no siempre resulta esto lo más adecuado. Como médico, he comprendido y asumido algunas deficiencias de personas y del sistema porque lo vivo a diario y entiendo nuestras limitaciones humanas, profesionales, técnicas y motivacionales.

La noche de autos, sobre las diez de la noche, me sentí mal. Ya llevaba dos días barruntando que algo así iba a suceder. Tenía una taquicardia arrítmica muy acelerada, me tomé el pulso, 130 por minuto. Empezó a dolerme el pecho. "Toñi, vámonos pal hospital". La Peque, nada más verme, lo comprendió. Deberíamos haber llamado al 112 y que me hubiese atendido una ambulancia de urgencia, eso hubiese sido lo suyo, pero yo, médico, no pienso en eso, sino en llegar lo antes posible. Es comprensible, pero erróneo. A esa hora, la avenida de la Palmera estaba congestionada de tráfico, lógico. Viendo mi estado, cada vez más angustiado, la Peque conducía a todo trapo, con un ojo pal frente y otro pa mí, saltándose semáforos casi como en las películas. Como pude, llamé con mi móvil al hospital para advertirles a los médicos de guardia de la UCI mi estado, y que iba para allá. "Estamos cenando -me respondieron con parsimonia- pero preparados". Nada más aparcar en Urgencias, la Peque cogió la primera camilla que vio y ordenó, manu militari, a la primera celadora que pilló al paso que me subiera a la UCI, "pero ya". "¿Pero sin pasar primero por triaje? "Te he dicho que ya, ¿no ves cómo viene?". "Mujer es que estoy sola, no puedo dejar la puerta sin nadie..." Yo no lo pude ver pero la mirada de la Toñi debió se más convincente que cualquiera otra consideración. El caso es que la celadora lo dejó todo y entre ambas empujaron mi camilla hasta los ascensores, y luego, hasta las dependencias de la UCI. Yo llegué muy nervioso e hiperventilando. Notaba un intenso dolor opresivo en el pecho, me costaba respirar y tenía todo el cuerpo entumecido y adormilado por la hiperventilación. Todo el personal se volcó sobre mí; en un periquete las auxiliares y los enfermeros me asignaron un box, me llevaron en volandas a una cama, me desnudaron -teniendo la consideración de mantenerme los calzoncillos para no exponer mi pollilla, en ese momento lo más parecido al nudo de un globo-, me cogieron una vía venosa... Y sin embargo, eché de menos a los médicos. Nada, quizás dos minutos, pero a mí me parecieron muchos más. Llegados a mí y observando el monitor bromearon conmigo. "No te asustes, tío, que no es pa tanto". "Ya -les dije-, pero esta vez lo estoy sintiendo mucho más fuerte". "Venga, tranquilidad, que empezamos". Y ya, sintiéndome seguro y en buenas manos, saqué mi dosis de humor: "Me ponéis un cuarto de fentanilo, y 30 mg de propofol. Y para el choque eléctrico, con 100 julios será suficiente, no me vayáis a achicharrar". "Duérmete de una vez" -fue lo último que sentí decir riéndose a mi colega mientras me endilgaban los narcóticos.

La mañana siguiente la pasé en la UCI, pero ya sin cables ni sueros. Sólo de vigilancia. Pasaron a visitarme mis compañeros e, incluso, algunos médicos de la UCI, no sé si de broma o en serio, me plantearon preguntas acerca del manejo de otros enfermos que ellos llevaban allí, y creo que mis respuestas les fueron de ayuda. De manera que actué de médico incluso siendo un enfermo.

Por la tarde me pasaron a la planta de cardiología. Ahí sí que me pude explayar tal como soy yo: conocía a todo el personal, pasé de toda norma, rechacé la monitorización y el oxígeno, me coloqué mi bata de casa, paseé por el pasillo, por entre los ascensores, recibí visitas de mis amigos y me los llevé a donde me pareció estar más cómodo, me metí en los despachos de otros médicos y husmeé, aprovechando mi clave personal de ordenador, lo que los intensivistas y cardiólogos habían escrito sobre mi caso, repasé mi propio tratamiento por si algo se les hubiese pasado por alto... Y no rectifiqué nada porque no fue necesario. Pero no me gustó algo que vengo criticando desde hace tiempo entre mi gente: todos los informes sobre la actuación conmigo estaban escritos y firmados por el residente. No me gusta eso. Debe firmar también el adjunto. En fin, me comporté como un mal paciente, como un mal médico que no se fía más que de sí mismo.

Mi compañero de habitación -un hombre algo mayor que yo- se tiró toda la tarde tosiendo. De esas toses perrunas y molestosas que no dejan descansar a nadie empezando por el propio paciente.
-Amigo, ¿desde cuando tiene esa tos? -le pregunto un poco por cortesía y un mucho por curiosidad médica.
-¡Bueno!... -contesta con espíritu de desahuciado- meses y meses, ni me acuerdo.
-¿Y qué te dicen tus médicos?
- Que es una especie de asma rara. Llevo tomados de antibióticos y de ventolines... Pero nada.
-¿Recuerda usted si toma entre su tratamiento una pastilla que se llama Ramipril? -le pregunto con toda intención.
-Claro, aquí la tengo, todas las mañanas, una.
-Pues que sepa usted que la culpa de esa tos es del Ramipril. Usted deja el Ramipril y dentro de una semana está limpio.
La Peque, a mi lado, se reía de mis cosas, y el hombre y su mujer no sabían si dar crédito a mis imprudentes palabras.
-¿Qué médico lo ve a usted aquí?
-El doctor Beltrán -me contesta sin dudarlo un segundo. Un hombre bueno, bueno de verdad.
-Pues mañana mismo le dice usted al doctor Beltrán que le retire el Ramipril.
-Pero -balbucea el hombre-, yo... ¿cómo voy a decirle algo así?...
-Pues entonces, se lo digo yo, ea.

Casualidades de la vida. Estábamos en ésas cuando me llama alguien al móvil. No identifico el número y lo abro. Es Juan Beltrán, el cardiólogo responsable de ese paciente y de mí mismo a partir de mañana, que se ha enterado de mi ingreso y que me llama para interesarse por mí.
-Oye Juan, que estoy bien, que mañana tienes que venir dispuesto a darme el alta, eh.
-Pero si todavía no te he visto, hombre -me responde con su bonhomia habitual-, deja que me entere de tu historia por lo menos.
-Bueno, verás que es muy fácil. Y otra cosa tío -le digo ya en plan cachondo-, haz el favor de quitarle a este hombre de al lado el Ramipril, joer, que lo tenéis tosiendo tó el santo día.

El compañero de habitación y su mujer alucinan y no saben para donde mirar, avergonzados.
-Es verdad, oye. Ya hoy le hemos dado media dosis, pero es cierto, mi intención es retirárselo.
-Pues eso.

Ya de noche, el pasillo se alborotaba algo con cada gol del Sevilla al Celta. No me dio tiempo a mucho más. De la cena, insípida, nos comimos la Peque y yo sólo el arroz con leche. Luego, tratamiento obliga, me tuve que tomar un hipnótico y pasé la noche de un solo tirón.

A la mañana siguiente, naturalmente, mi amigo y compañero Juan Beltrán, me dio el alta.

Y ya está bien de lloriqueos. Ahora toca hacer caso al médico y superar todo esto con bien. Y jubilarse, coño.



sábado, 6 de febrero de 2016

Cierre temporal por descanso del personal

Muchachos, como veis, llevo un tiempo perezoso. Con mal ánimo nada me sale. Los que me conocéis sabéis lo cagueta que siempre he sido para esto del enfermar. ¡Parece mentira!, siendo uno médico, ¿verdad?

Este Enero pasado, tan tibio y reconfortante para la gente del campo -¿qué ha sido del "Aceituneros del pío pío, cuántas fanegas habéis cogido, fanega y media porque ha llovido"-, conmigo, sin embargo, se ha empleado dura y fríamente. He reproducido antiguos, ya casi olvidados, ataques de arritmia, me han vuelto a visitar viejos fantasmas, tan malvados que me han metido en la UCI por dos veces y ha habido que expulsarlos a base de candela, esos chispazos eléctricos que queman el pecho por dentro.

Ya llevo dos días en casa y me encuentro bien. Con más susto que vergüenza, pero bien. Esto mío es un poco impredecible. Lo mismo te tiras dos años sin nada, que luego te dan varios ataques seguidos. Lo que os decía: todavía no tengo la suficiente presencia de ánimo para escribiros las cosas que he vivido en el hospital como médico impaciente o como paciente médico. Esperad a que me recupere.

Un abrazo para todos.

miércoles, 27 de enero de 2016

Miedo a la oscuridad

Seguramente yo tendría la misma cara de alelado por aquel entonces. Si no la misma, parecida. También yo, con catorce años, era un muchacho despistado y tímido, como parece éste que tengo delante.
Acompañado por su madre, apenas levanta la vista de la mesa un mozarrón largo y encorvado de ojos tristes y caídos, bigotillo de pelusilla, flequillo de cortina (como el mío de antes) y voz corta y aflautada. Me he visto a mí mismo con esa edad.

Su médico del pueblo cree que le falta vitamina K porque le salen cardenales con mucha frecuencia. Su analítica, sin embargo, lo desmiente. Es un chaval que, como servidor antaño, combate su timidez jugando al fútbol a lo bestia, sin reparar en carreras alocadas, tropezones, golpetazos, rodillazos o saltos de cabeza acrobáticos. Y así está su cuerpo, como estaba el mío: hecho un Ecce Homo -un "seomo", se dice en mi pueblo.

Leyendo su historial me entero de que está siendo tratado, además, en la unidad de salud mental infantil. Pienso en un Asperger, una especie de autismo menor, síndrome éste más frecuente de lo que parece entre la población escolar. La madre, solícita a mi pregunta, lo niega. No, no se trata de eso. Al parecer, el chaval padece de un trastorno que consiste básicamente en miedo a la oscuridad y a la noche. No puede dormir solo ni a oscuras. 

¡Joder, igualito que yo! -pienso, sorprendido por tantas semejanzas.

Siendo, como era, un vicioso empedernido de la calle, adicto a la pelota, a los sables y a las flechas, me recogía el primero de todos mis amigos en cuanto venía la luz a las casas, al filo del anochecer. Llegado a la casa de mi abuela con el corazón en el gaznate, no me atrevía a entrar si no estaba la luz encendida, y aún así, si nadie me respondía desde dentro. "¿Mama?... ¿abuela?... ¿chacha Bibi?... ¿niña? (mi hermana mayor)..." Y permanecía en la gradilla esperando respuesta. Si no había nadie en mi casa o, si habiendo, se hacía el remolón por ver mi cobardía simplemente no entraba. Y esto siendo ya grandecito, vaya, para irme al seminario. Hasta los trece o catorce años me acostaba con mi abuela, y con la luz encendida. Ya dormido a base de un centenar de letanías y jaculatorias, mi abuela apagaba la bombilla y alumbraba el cuarto con la llama mortecina de una mariposa de aceite al pie de un cuadro siniestro y tenebrista del Señor con la Cruz ayudado por el Cirineo. Mi primera polución nocturna me avergonzó tanto que ya desistí de compartir sábanas con ella. Asimismo, una de mis grandes zozobras en los primeros meses de los Ángeles fue precisamente tener que dormir a oscuras. Ya sabéis, nunca me ha gustado la noche.

Sólo que yo no precisé de terapias psicológicas ni de otras gaitas, como sucede ahora. Este chico lleva cinco o seis años de psicólogos, de charlas y de medicamentos ansiolíticos, cuando a un servidor el seminario lo curó de todo. O por lo menos, me proporcionó el hervor que me faltaba. 

Mi primer dormitorio en los Ángeles fue el de san Tarscicio, el más alto de todos cuyas ventanas daban a la huerta de naranjos y al salto del Fraile, por el Este, y al Bembézar, por el Sur. Tal como lo pinto yo ahora. ¡Menuda diferencia con el cuarto de mi abuela! La lluvia, el viento y la tormenta, cual jinetes malvados del Apocalipsis, se afanaban allí más que en ningún otro sitio, sabedores de la indefensión y el canguelo de aquellas pequeñas e inocentes criaturas. Ahora pienso que las cosas que me salvaron del pánico en las primeras noches fueron el miedo visceral a la figura hierática y enérgica de don Antonio Jiménez -el cuarto jinete-, más poderoso aún que mi pavor a la noche, y la tierna cercanía tan gratificante como salvadora de mis primeros vecinos de cama, amigos ya para siempre.

No voy a hacer, desde luego, una apología de los internados, y menos en el siglo en que vivimos. Pero sí considero que una adecuada terapia para las fobias de este chaval, posiblemente las mismas que las de cualquier adolescente imberbe en cualquier tiempo, será siempre la compañía, la camaradería, la amistad en definitiva, junto a la necesidad de solventar los asuntos propios por imperativo personal.

Ésta es la cuestión, creo. Gran parte de la devoción nostálgica que profesamos al seminario -Los Ángeles, san Pelagio, san Telmo- todos los que allí hemos vivido y crecido no es tan deudora del cuidado de nuestros curas ni de la bondad de nuestra formación académica o espiritual, cuanto de los hondos sentimientos de solidaridad y amistad brotados de la absoluta necesidad de afecto. Eso creo.  

lunes, 11 de enero de 2016

Una noche en el hospital

No había más candidatos que yo. Hasta última hora estuve esperando con cierto anhelo a que se presentase algún otro. Sin suerte. Lógico, por otra parte. Todos mis hermanos y cuñados trabajaban al día siguiente; la Ana María se había quedado la noche pasada; mi sobrina María José, la de antes; la Peque, con un brazo escayolado, y yo, sin embargo, disfrutaba aún de mis vacaciones. El único candidato posible. Lo acepté, es más, me ofrecí al no ver ninguna otra alternativa. Esa noche, sin remedio, había que pasarla en el hospital cuidando de mi padre, ingresado de nuevo con otra pancreatitis.

La noche se ha hecho para dormir. Eso dice mi mujer, y eso mismo digo yo.
En mis lejanos tiempos de estudiante, ni en el seminario ni en la universidad, nunca he trasnochado para estudiar. En san Pelagio me quedaba como mucho hasta las doce, haciendo como que estudiaba, pero en realidad lo hacía para poder compartir con mis amigos las trepidantes e inocentes aventuras de entrar en la cocina a oscuras, sustraer de las neveras unos pocos de filetes de cerdo para  achicharrarlos sobre un infiernillo que tenía Pedro Soldado en su cuarto, y darnos luego nuestro pequeño festín con el añadido aliciente de la transgresión, no ya dietética sino disciplinaria. Siempre he considerado que el día tiene suficientes horas para todo. Estudiar sí, pero de día y con sol. En los distintos pisos de estudiante en los que he sobrevivido era el primero en irse a la piltra. Ni que decir tiene que una de las cosas que he sobrellevado mal de nuestras guardias de médico en el hospital ha sido ésa, la de pernoctar fuera de mi casa, la de no dormir en condiciones o no dormir nada. Y mis amigos son conocedores de que cualquier reunión doméstica, cena casera o festolín callejero toca a su fin a las doce, cual Cenicienta.

Con semejante espíritu, la noche entera en el hospital se me presenta larga, muy larga y penosa. Me había preparado una siesta preventiva que duró hasta donde mi nieto Lucas propuso: paseando por el pasillo a voces con su particular jerga de cabrero, eeehhhh, eehhhh... me despertó enseguida. Alargué la tarde en Antequera todo lo que pude, hasta me compré pantalones en las rebajas, como si haciéndome el remolón pudiese despertar sentimientos lastimeros en mi Juan, mismamente, que ya se paseaba nervioso por la habitación esperando mi relevo. A las ocho de la noche partía, por fin, hacia el hospital de Cabra, y a las nueve menos cuarto estaba listo y preparado para afrontar este formidable reto.

Como nos sucede a los cobardes tantas veces en la vida que imaginamos más peligros y precauciones de los que realmente son, luego la cosa no fue tan insufrible. Para empezar, la cama vecina se encontraba vacía, desocupada. Me faltó tiempo para poner un wassapt al grupo de mi familia para darles envidia de la cómoda noche que me esperaba, dando por hecho que yo iba a hacer un buen uso de esa cama. Tonterías, al cabo de media hora se ocupó la cama con un hombre de Rute, acompañado por su mujer.

Hasta las doce de la noche hay vida en los pasillos del hospital, y el tiempo pasa rápido. A las nueve, la cena; en el caso de mi padre un zumo de pajita chupada y un caldito aguado sin estrellitas. Para el vecino de Rute, sueros, dieta absoluta le llamamos. Mi padre se queja: "¡Qué ganas tengo ya de menear la barba!" -protesta exagerando el gesto de masticar con esa boca suya tan cómica y desdentada. A continuación, un paseíto y ponerlo a sus necesidades. Tengo que entrar con él al wáter, claro. Con mi mano izquierda sujeto el suero en alto para que no refluya la sangre por la gomilla, cosa intrascendente pero que asusta mucho al personal; con la derecha lo sujeto a él. Primero, de pié, como hacen los hombres, orina en la taza; rebusca entre la portañuela del pijama y se saca la churra; orina dentro y gotea fuera, como Dios manda. Luego, se la esconde, se da la vuelta y se sienta a dar de cuerpo. "Joer, papa, ¿no lo puedes hacer tó junto?" -le reclamo. "No, niño, cá cosa requiere lo suyo". Luego, sobre las once, viene la auxiliar de enfermería a ponerle el pañal. Tumbado en la cama en pelotas se deja hacer. Es muy buen paciente. Hay que ver, me dice la chica, con lo mayor que es y lo bien que está de su cabeza. En un santiamén lo tiene envuelto y arropado. A las doce pasa la enfermera, les cambia el suero a ambos pacientes, regula el ritmo de paso calculando que dure toda la noche, y se va. "Señorita, no me ha traído la pastilla de dormir", lugar común en todos los hospitales. "No se la tiene puesta el médico, dígaselo usted mañana". 

A partir de ahora el hospital dormita. Las habitaciones quedan silenciosas y alumbradas solamente por una bombillita enrejada en lo hondo de la pared de entrada, la luz de alarma. Como por arte de magia se hace el silencio en los pasillos a medida que se van ahogando las últimas toses, cada vez más espaciadas. Mi padre se ha dormido sin dar tiempo a que le traigan su lorazepam, y va a resultar ahora que es el hombre de Rute, Francisco, quien me va a fastidiar la noche con sus sonoros ronquidos y gorgorteos. Su mujer, Antonia, se extraña del sueño plácido de mi padre "Con lo mayor que es y ni un ruido, oye". Aún es pronto para sentarme en el sillón de escay. Me asomo al ventanal que da al sur para ver las luces de la urbanización cercana, para adivinar en la noche oscura la Fuente del Río, otrora famoso y concurrido parque donde los forasteros que venían al médico se reunían a almorzar con sus horteras y sus hules extendidos sobre mesas de piedra, para vislumbrar en cercana lontananza la cumbre iluminada de la vecina ermita de Lucena, esta noche arropada su desnudez por una nube lenticular que promete tormenta para mañana. Pese a la tranquilidad que se respira en la habitación, estoy temeroso, queda toda la noche, y he sido advertido por mis hermanos de lo farruco que se pone mi padre cuando se desorienta.

Mientras, el gota a gota del suero se me antoja un reloj de agua en lugar de arena, cada gota un segundo, más o menos, click, click, click... Mirando el goteo tan rítmico me da sueño. Coloco el sillón paralelo a la cama de mi padre para poder cogerle la mano útil, la mano con la que acostumbra a arrancarse la vía venosa en sus delirios oníricos. Aún dormido, enseguida lo nota, abre los ojos y me sonríe. Son ásperas las manos de mi padre. Ásperas y lisas como leña de encina aserrada, como tronco de olivo desmochado. Y fuertes, más fuertes que las mías. Hace tiempo que no echamos un pulso, pero siempre me lo ha ganado. Recuerdo ahora esas manos empuñando el hacha para la tala, arañando el frío y duro suelo para amontonar las aceitunas, escarbando más hondo que lo hiciera un almocafre para arrancarle al campo patatas o remolacha, batiendo con fuerza inusitada pero también con delicadeza la vara sobre el olivo, agarrando con firmeza y pericia la hoz, el hocino o la guadaña... No ha habido apero o instrumento de labranza en el que mi padre no haya sido el mejor, el más intenso, el más afanoso, Juanillo afán, le llamaban en el cortijo. Las mismas manos con las que ahora es incapaz de teclear sin equivocarse los números de su móvil, demasiado dedo para tan poco número, le sobra dedo o le falta número.

Francisco, el vecino de Rute, se despierta varias veces, cada cierto tiempo, pidiendo la botella para mear. Su mujer, siempre solícita, se levanta una y otra vez, le coloca el artilugio de plástico sobre el aparato, espera a que termine y luego se va al cuarto de aseo para verter la orina en un bote más grande donde debe recolectarse toda la orina de veinticuatro horas. No sé para qué querrán los médicos tanto orín. Mi padre, no. Él se orina libremente en el pañal. O, al menos, eso es lo que se espera que haga, porque en su casa, pese al pañal, amanece empapado cada día. Él y las sábanas. Y me admiro, de verdad, de ver la entrega abnegada de tantas mujeres, de tantas esposas añosas y desvencijadas, como esta Antonia, que, sin poder, sacando energía de donde no hay más que huesos hueros, grasa apelotonada y piernas varicosas, pasan tantas malas noches en los hospitales cuidando de sus maridos. Es curioso que cuando el paciente es un hombre mayor, su cuidadora en el hospital es su mujer, y si la paciente es ella, entonces son las hijas o los hijos los que se quedan de noche, nunca el marido. Otra lección de las muchas que recibimos a diario del sexo débil, fijaros qué incongruencia. Y fijaros también en el ahorro de recursos y de trabajo que tiene nuestro sistema público con la labor gratuita y generosa de estas mujeres en todos nuestros hospitales.

Lenta avanza la noche aunque sin sobresaltos. Algún quejido aislado a lo lejos, quizás en las primeras habitaciones. Se perciben los pasos rápidos de las enfermeras llevando algún alivio, un Nolotil pinchado o algo parecido. Mi padre no se despierta, menos mal. De vez en cuando intenta zafarse de mi mano para rodearse y cambiarse de lado, algo que tanto acostumbra. Lo dejo, pero enseguida vuelvo a cogérsela. Sueña, sueña mucho y habla en sueños. Y gesticula. Hay ruidos que no se entienden pero otros sí, perfectamente: "Niño, esta tarde partimos un plato jamón y nos lo comemos". Y se ríe solo. "¿De qué te ríes, papa?" Y se despierta un poco. "¿Qué estabas soñando?". "No me acuerdo, quiero mear". "Tienes puesto el pañal, méate encima". "Vale". Pero se mete la mano por dentro del pañal como queriendo sacarse la pinga. "¿Dónde vas con esa mano, hombre?". Lo sujeto y se queda tranquilo. Y vuelve a dormirse.

Ya recuerdo poco más. Desde las cinco a las siete de la madrugada me dormí yo también. Con su mano cogida, como él hacía conmigo en las noches de tormenta y en las de anginas.

A las siete, el hospital se despereza, se encienden las luces, las enfermeras arrastran los carritos de las curas, se cambian los sueros, se les saca sangre a los enfermos... Se da por terminada la temida y penosa noche.

Como veis, al final no ha sido para tanto.