lunes, 14 de octubre de 2019

Rayeando

Desde el hostalito "La Curri", en Tomares, donde hemos pernoctado la Peque y yo, alojamiento muy recomendable para parejas tiesas por su excelente relación calidad/ precio con todo incluido, un grupo de amigos partimos a las 8 horas dirección noroeste. Advertiros que lo que menos me ha gustado del hostal -por si os encarta alojaros en él- ha sido que, de vez en vez, saltaba el automático y se iba la luz, y que el cuarto de baño estaba atiborrado de mejunjes femeninos. Ah, y que no tiene Internet por obras en la fibra óptica. 

Llegados que fuimos al pueblo de santa Olaya del Cala sobre el horario previsto, las 9 horas, tomamos nuestro desayuno en un bar de la plazuela del ayuntamiento de la villa, frente por frente de un kiosko de churros. Somos nueve criaturas del Señor repartidos en dos coches. Y nos disponemos a recorrer eso que en Extremadura llaman "La Raya", zona fronteriza con Portugal. Y nada más empezar, dos contratiempos en la misma persona: a María Jesús le ha  atacado por sorpresa un virus de la garganta que la ha dejado afónica, y, además, se ha olvidado en su casa la cartera con los dineros y los documentos. Un día se deja lo que yo me sé... Es lo que tiene tanto viajar. 

Ya lo sabéis: soy un hombre cómodo; me cuesta moverme de mi zona de confort, y parece que con la edad esta debilidad mía engorda, como lo hacen la papada o la barriguita. Pienso que para pasar unos días con mis amigos no necesito molestarme con tanto desplazamiento; pueden venir a casa o ir nosotros a Sevilla o a Córdoba. Llevo muy mal adaptarme a las incomodidades inherentes a todo viaje en grupo: comidas a deshoras -o mejor, a cualquier hora-; las ansias de Jaime porque nada se quede sin ver; la privación de mi siesta, una cosa casi sagrada para mí, un asunto de estado; las manías normales de unos y otros, y las mías mismas; el estar to el santo día tirados en las calles, sueltos como perros sin amo, como los guiris que vemos en Sevilla o en Antequera mismo, en plena siesta, y uno piensa en viéndolos tan arrastrados aquello de "Con lo a gustito que estarían en sus casas"...  En cada viaje, el primer día es el peor. Luego, en días sucesivos me voy haciendo el cuerpo hasta llegar incluso al verdadero disfrute y a alegrarme de haberme embarcado. Pero cuando ya me hallo en el nuevo ambiente resulta que empiezo a echar de menos mi casa, mi tele de 65 pulgadas, mi ordenador, mi cama... No tengo remedio. Antes, hace ya de esto muchos años, cualquier viaje tenía el aliciente añadido de dormir y solazarme con mi señora en hoteles. Era como una especie de fetiche. Ahora, ni eso, con la consabida desgana de mi santa, deshormonada por la menopausia y por las pastillas, que quiere habitación con dos camitas.

Pese a todo ello, este viaje que me dispongo a relataros ha sido bien manejado, creo yo. Siempre que no salgamos de España y no haya necesidad de aviones lo sobrellevo mucho mejor. Me encuentro más seguro. La amistosa compañía de tantos años como nos tenemos, la vistosidad y hermosura de los territorios explorados, la singularidad de estos pueblecitos... han propiciado unos días relajados y muy agradables. Llevar a Juan Francisco de guía turístico-geográfico es un plus difícil de igualar, porque no es lo mismo ver las cosas y verlas pasar que que un erudito te explique los por qués de esas cosas, de esas costumbres, incluso, de esos paisajes. Con las oportunas correcciones de Mariki, claro está. Sucesiones de castillos formidables -uno en cada pueblo-, tierras de fronteras, tierras graníticas en toda la franja occidental, dehesas infinitas de alcornocales, minería rica y minería pobre de Huelva... Seguro que no sabéis mucho de todo esto.Y para ellos, llevarme a mí de médico -manque sea un "cagón"- supone también una tranquilidad y una garantía. De médico, y de bufón.

Una cosa que nos ha llamado la atención ha sido el cuidado y esmero de los portugueses con su turismo. Es cierto, también, que la mayor parte de lo visto han sido pueblecitos "reinventados" para su exposición turística: Monsaraz, Monsanto o Marvao son unos lugares espectaculares, monumentos rocosos a la pericia y estrategia en tiempos de guerra, que hoy serían totalmente obsoletos, si no fuera porque han sido "resucitados" para disfrute del turista. Les falta autenticidad, claro, apenas hay en ellos moradores que no sean los trabajadores de bares y hoteles, son parques temáticos, pero todo ello no les exime de la indescriptible belleza que acaparan. Monsaraz es una especie de castillo de sant Mitchel, una ciudad fortaleza en lo alto de un cerro en medio de un Guadiana de cien brazos que ha conocido mejores aguas, es verdad. Será aún más vistoso cuando arranque a llover un poco. Marvao es otra fortaleza aún más altiva e imponente. Izado en el pimpollo de una colina pétrea, se alza, bravo y potente, sobre unas aldeas circundantes vasallas de su poderío, y sobre una vastísima llanura con tan suaves ondulaciones en su terreno que parecen olas marinas. De noche, la vista desde las almenas nos brinda unas imágenes idílicas de portalitos de belén iluminados. Por la mañana, sus hermosas callejuelas se ven inundadas de turistas orientales y argentinos, y el sitio pierde entonces un poco el encanto de la ciudadela pulcra y silenciosa que te cautiva en la mortecina luz del ocaso. ¿Y qué decir de Monsanto? Es un pueblo increíble, impensable. Es un lugar en ninguna parte donde la roca misma se hace pueblo. Moles impresionantes de un grandor bíblico parecen amenazar de continuo a los visitantes impresionados por semejantes composiciones naturales. No es un pueblo construido de piedras, es un roquedal imponente convertido en pueblo. Y no vimos a ningún oriental. Aquí no llegan ni los buitres. Pero no solo en estos pueblos mimados se nota la mano protectora de la República. En Elvas o en Castelo de vide, pequeñas ciudades corrientes con una vida propia y no estrictamente turística, disfrutamos así mismo de unos espacios, tanto modernos como antiguos, muy bien conservados y preparados. El centro histórico de Elvas o el barrio judío de Castelo de vide son ejemplos de cómo preservar y mejorar el patrimonio cultural de una ciudad. El Palanco, érase un hombre pegado a una cámara, se nos perdió en Castelo, engatusado por la fantasía floral de sus calles empinadas hasta la sinagoga, o distraído hasta la desorientación intentando hallar el secreto mejor guardado de la arquitectura rural portuguesa: la belleza de lo asimétrico. Mercedes, su santa, tiene el cielo ganado con tanto despiste de este hombre.

En comparación, los sitios españoles vecinos, salvo Olivenza, adolecen de esa exquisitez en los cuidados de mantenimiento. Alburquerque, Alcántara o Coria no tienen mucho en común con lo visto en Portugal en ese sentido. Lástima lo del Tajo bajo el puente de Alcántara, quizás el más afamado puente de la península ibérica, desde luego, el de más rancio abolengo, construido en el siglo II de nuestra Era, en tiempos de Trajano. Mucho puente para tan poco río. El embalse de Alcántara, doscientos metros más arriba, lo ha dejado esquilmado. El Tajo, visto desde la altura de la calzada romana vecina, es un lumpen dentro de los ríos pobres. Lástima. Lo de Olivenza es un punto y aparte. Se reconoce en ella su singladura portuguesa hasta 1801 en que pasó a ser definitivamente ciudad española. La arquitectura popular y la sacra, la amplitud de los espacios públicos, la limpieza de las calles, la esmerada conservación del castillo y hasta el nombre en portugués de sus calles evocan necesariamente su pasado lusitano. Mención especial para su magnífico museo etnográfico. No creo que me alcancen años suficientes para ver cosa parecida. Tres plantas de exposición acerca de las tareas, costumbres, enseres... de cualquier aspecto de la vida corriente de los años de la postguerra: mobiliario doméstico, en pobre y en rico, aperos del campo, consulta médica, escuela, barbería, zapatería, destilería... Y hasta un poco de arqueología local y regional. Magnífico.

Otra cuestión no menor es la restauración, la comida, vaya. Uno cree que en España es donde mejor se come del mundo entero. Pero cuando visito Portugal me entran las dudas. Es posible que ya nos supere. En calidad, pero sobre todo en cantidad. Sobre todo en la repostería. Uuhhmmm, los dulces, mi perdición. Ya no es solo el bacalao, o los arroces; también la carne ibérica, las tortillas, el pan, el aceite, las ensaladas...

Con todo, Portugal sigue siendo un país de gente triste. No amargada ni compungida; simplemente estreñida, triste. No hay alboroto en la calle. No parece Portugal un país latino. Más bien anglosajón. Mucho cuidado en lo público, mucho respeto en la ciudadanía republicana, mucha educación cívica, cosa que tanta falta nos hace a los españoles, sí. Pero les falta algo que a nosotros nos rebosa: alegría de vivir. Por contraste, cuando hemos pernoctado en Alcántara o en Coria, o visitado largamente san Martín de Trevejo, todo está más descuidado, no digo que no; pero da gusto y le levanta a uno el ánimo ver la calle bulliciosa y alborotada, las terrazas repletas, las risotadas y el vocerío. Las caras felices de las gentes. En eso semos únicos.

Ya de vuelta, en el coche, le digo a Jaime que nosotros, la Peque y yo, hemos arrasado con todos los geles y champuces sobrantes en los distintos hoteles por los que hemos transitado. Y él, muy circunspecto -como siempre de recién levantado- me contesta con un escueto "Nosotros, no". Y yo me parto de la risa por dentro pensando "So sioputa, cómo te los vas a traer si en tu cuarto de baño no cabe ni un alfiler". No se lo expreso verbalmente, aunque intuyo que él lo adivina. Paki me tiene sentenciado que no le comente estas cosas, que le da mucho coraje no encontrar nada para ducharse en medio de tantísimo bote.

Y colorín, colorado...


lunes, 7 de octubre de 2019

Érase una vez el Internista

Cuando dentro de unos años le cuente a mis nietos el médico que fui y los compañeros con los que trabajé, no os recordaré a ninguno de vosotros por vuestros respectivos curriculum, sino por vuestra forma de ser y de actuar, por cómo habéis sido para con nuestros enfermos y para con nosotros mismos. Y de Antonio Grilo, en concreto, tendré mucho y bueno de qué acordarme.

Octubre de 1979. Apenas dos meses después de obtener mi licenciatura me presento a una oposición para cubrir plazas de los servicios de Urgencias de varios ambulatorios en la provincia de Córdoba. Y Grilo, también, dos o tres asientos por delante. Al salir del examen me aborda: "¿Qué has puesto en la de la manchas de Koplic?" Y le contesto lo que todos sabíamos: que son signo patognomónico del sarampión. "Pues no -me vacila el tío-. Está mal la respuesta; pueden ocurrir también en otras virosis tales como la Mononucleosis infecciosa". ¡La madre que lo parió! 

Así ha sido siempre, un ratón de biblioteca, un detractor de lo admitido, un crítico contumaz de lo convencional, un poco cascarrabias, la verdad. Un virtuoso sabelotodo sin llegar a lo engreído. Para más abundancia, su fisonomía, mezcla de judía y bereber, le confiere un aspecto de moro camuflado y taciturno que confunde a cualquiera, y más a la Guardia Civil de tráfico que lo para cada dos por tres en los controles de carretera. "A ver, usted, la documentación". Y les enseña a los agentes, muy a su pesar, su cartera abierta para que vean en primer plano su antiguo carnet de alférez de complemento. "A las órdenes de usted, mi alférez", se le cuadran luego.

Salvando mis cortas experiencias en Villaharta, Peñarroya y Pozoblanco, el resto de mi vida laboral, en Valme, ha girado en torno a él. Antonio, el Sol que alumbra y vivifica a todo aquel que se le arrima.
Destacaré su obsesión por la buena historia clínica y la minuciosidad en la solicitud de pruebas, su rechazo de plano a la nueva medicina hipertrofiada y defensiva, su inquebrantable devoción por los pacientes y las familias, sus fértiles coqueteos con una investigación básica -la de los metales pesados- tan difícil en nuestro entorno de sobrecarga y escasez, su pasión por la iconografía médica, y su entrega sin reservas a la docencia, la hija pequeña, la más esperada, a la que más se quiere.
Nada de ello, sin embargo, sería importante en la ponderación personal y profesional de Antonio si su persona no hubiese sido adornada por otro gran atributo. No me seáis brutos, no me refiero a ese atributo. Antonio es un hombre inteligente, talentoso, sagaz y quisquilloso. Y un gourmet muy exigente a la altura de su genio culinario. Un hombre de la tierra del vino, pero embelesado también por su mar gaditano. Pero sobre todas esas cosas, Grilo es un hombre bueno. Severo, a veces, no digo que no; exigente, desde luego, pero bueno. La inteligencia y el talento sin bondad generan conocimiento, pero no sabiduría.  La sabiduría necesita de ese plus. Sin bondad el mundo se vuelve indecente, perverso e impío. Y necio.

Si ahora que se jubila nosotros, los que de él tanto hemos aprendido, mantenemos en práctica su buen hacer y lo perpetuamos en las enseñanzas a los residentes y estudiantes, entonces esos mensajes suyos, a veces tan lapidarios, en ocasiones incompletos, a la manera de genes espirituales, acabarán siendo transmisores de eternidad.

Ayer mismo, paseando con mi hija y mis nietos por Antequera, nos tropezamos con otra familia. "Mira papi -me dice mi hija-, este hombre es internista en el hospital de aquí". Cuando le extiendo la mano para saludarlo, se me queda mirando perplejo: "No me lo puedo creer -se pone el tío-. Usted es... ¡Rivera!, ¡¡el doctor Rivera"!! "Sí, yo soy" -le contesto tan asombrado como él mismo. Y muy emocionado explica al corrillo que allí estábamos que yo había sido profesor suyo en Valme, que le había dado clases de Nefro y de Geriatría... Y que gracias a ello y, sobre todo, al tiempo de prácticas que estuvo con  Grilo se ha hecho internista. Antonio lo engatusó.
Y esto es a lo que me refiero. Que nuestro querido Antonio no solo es una persona entrañable y un médico ejemplar, sino que, además, ha creado escuela médica: la medicina basada en la historia clínica y en la empatía. Es el mejor ejemplo que ahora se me ocurre para definir al médico en palabras de Cicerón: vir bonus medendi peritus. Hombre bueno experto en curar.

Gracias, Antonio. Gracias por tu labor tan entregada, tan decente, tan fructífera. Gracias por tu amor a nuestro sagrado oficio. Gracias por haberte dejado conocer y aprender. Y ojalá que tu nueva etapa de jubileta sea tan afortunada y ejemplar como la que abandonas de profesional.

Ah, y una última cosa, que por poco se me queda en el tintero: después de casi cuarenta años de ser y actuar como internista, y de conoceros a vosotros, mis compañeros de fatigas, he llegado a la sabia conclusión de que cuanto mejor internista eres... más santa es tu mujer. Un guiño a Esperanza y, de paso, a todas nuestras abnegadas sufridoras.

Sed felices.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Lo simple,lo complicado y el sentido común

A Juan Francisco Ojeda le gusta recordarnos con cierta frecuencia a sus amigos más cercanos una frase de algún sabio que reza así como que una realidad compleja analizada por una mente simple desemboca siempre en una realidad complicada. Bueno, él dispone de un arsenal de ejemplos paradigmáticos de esta sentencia verdadera, pero yo os voy a relatar otro mucho más prosaico de mi propia cosecha.

¡Qué bonita Sevilla de visita! Un amigo vasco, poeta él, compuso hace un par de años una estrofa espontánea un día de toros en la feria: "Qué bonita está Sevilla, en sus tardes estelares, en la barra manzanilla; en la arena, Manzanares". Pues eso.

La Peque, nuestro amigo Palanco y yo hemos bicheao un poco por los interiores de la famosa torre Pelli, y luego hemos disfrutado de los exteriores, ese nuevo parque peri fluvial tan refrescante y acogedor. La Peque se nos escabulle y se va por ahí de compras al centro, y Palanco y yo paseamos tranquilamente sin rumbo fijo. Miento: nuestra intención es ir a la Casa de la Provincia para ver una exposición que hay de alguna cosa que ahora ya no me acuerdo. Estamos alojados en la casa de Jaime y Paqui a donde nos hemos venido con dos días de adelanto para asistir mañana a la despedida académica, la última lectio, de nuestro amigo Juan Francisco que, tras cuarenta y dos años de docencia universitaria, por fin se nos unirá a nuestro club de jubiletas.

Y aun siendo hoy lunes, está la ciudad la mar de animada y de vistosa. "Qué de tías güenas por tos laos, coño -suelto yo-. Mira ésa, Antonio, le rebosan los cachetes por los perniles". "Es que semos mu calientes, Manué" -me replica mi amigo. En la plaza del triunfo serpentea una gran cola para entrar en la catedral, casi toda ella de orientales; lo mismo en la plaza de la Virgen para visitar los Reales Alcázares. Turismo a reventar.
Antonio y yo alcanzamos ya la Casa de la Provincia. Y nos encontramos con el cartel de marras que anuncia que el museo cierra los lunes. ¡Vaya por Dios! Así y todo, entro para preguntarle al guardia jurado que defiende el sitio con su uniforme, su barba a lo hipster y su barriguita cervecera. Y me confirma lo evidente, que la exposición está cerrada.

-Perdone -me dirijo de nuevo al hombretón, un joven primitivo y achaparrado y algo cejijunto-. Me estoy orinando, ¿podría pasar un momento a los servicios?
-No es posible -me contesta muy en su papel-. Como es lunes está todo cerrado, la exposición, los servicios... en fin, todo.
-Bueno está -respondo resignado, y me dispongo a salir hacia la calle, cuando el buen hombre me espeta:
-Pero si usted quiere puede pasar al servicio y llenar la botellita del agua, que veo que la lleva casi vacía.
Y ahí ya no pude más:
-Le voy a decir una cosa, caballero -me pongo en plan como serio-: ¿usted cree de verdad de la buena que si entro a llenar la botella no voy a orinar, meándome vivo como estoy?
Y al hombre le hizo gracia la cosa y ya me dejó pasar. Aunque quién sabe si lo hizo a propósito, como buscando una salida "creíble" para dejarme desbarrigar.
-Es que si pasa uno la mano, esto se me llena de chinos -se excusa finalmente.
Nadie en la calle se percató, creo. Pero imaginaos que algún otro prostático como servidor hubiese presenciado la escena. Al momento se le hubiera llenado la sala de meones menesterosos, orientales y nacionales. Se hubiese encontrado, sin pensarlo, ante una realidad complicada.

  

jueves, 19 de septiembre de 2019

Desde pequeñito igual que su agüelico.

Muy cercano a los cinco años, mi nieto mayor, Lucas, es capaz de mantener una charla más o menos entretenida con cualquiera. Y más con su abuelo. En general, pienso que los niños se hallan más sueltos de lengua, de gestos y de actos con los abuelos que con los padres, siempre éstos con la censura y la amenaza por delante.
Mientras mi hija está con el pequeño Daniel en la piscina de niños, Lucas y yo hacemos tiempo paseando por el parque. Un reventaero, porque no para: que si en el tobogán grande, que si en este columpio, que si una carrera con su amigo Javi... Enfilando ya para la piscina al encuentro con su madre nos topamos con una pareja que llevaba tres cachorros de pastor alemán en la reata. Tan animalista como mi hija, Lucas se pone a juguetear con ellos, y los perritos se vuelven locos de contentos con saltos y cabriolas a su alrededor. "¡Venga ya, Lucas, que no llegamos"! Y con toda la inocencia del mundo, le pregunto una vez tranquilizado:

-¿Lucas, te acuerdas de los cachorritos que tuvo la Pelu?
-Sí -me responde pero con poca convicción, como por salir del paso.
-Fueron ocho perritos la mar de graciosos ¿te acuerdas?
-Y jugaban mucho, ya me acuerdo. Y la abuela les reñía porque se cagaban por toas las partes... -Y se pone a reírse, el tío.
-Y la Pegui, sí, sí, la Pegui, tu perrita, también se hacía la niña para poder jugar con ellos, qué cosas, eh, Lucas...

Se queda mi nieto como un poco pensativo antes de decirlo:
-Abuelo, y la Pegui por qué no ha tenido perritos?
-Puuuff, ¿Yo qué sé? La Pegui es una perrita muy especial, muy rara. Date cuenta de lo arisca que es, le ladra a to dios.
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Pues sí tiene que ver. Porque nunca se ha dejado montar por un perrito -le digo yo, a ver cómo cuela eso.
-¿Qué es montar, abuelo, que se suben los dos perritos en un coche?
Y me tengo que reír, a ver... Y es que, además, se me está reproduciendo mentalmente una escena casi idéntica que tuve con su madre, cuando tenía ella la edad de Lucas, al observar mi hija a su perrita Candy holgando con otro perro en el césped de nuestro patio. Y con todo tipo de subterfugios y artimañas le tuve que explicar, a tan tierna edad, el secreto de la vida. Pues ahora, lo mismo.
-No, Lucas. Montar un perrito a una perrita es una cosa que hacen los perros para poder tener hijitos. Verás, el perro se pone por detrás de la perrita, le echa las patas encima, se juntan los culos... y ya está... Y así la perrita se queda embarazada.
-¡Aahhh! -Se queda dubitativo-. ¿Y por qué no lo intentamos con la Pegui?
-Buahh, lo hemos intentado muchas veces. Pero no hay manera, que no se deja, que no quiere. Se pone a ladrarle al perrito hasta que lo aburre. Y te digo una cosa, Lucas: si una perrita no quiere, no hay ná que hacer. Tiene que ser que ella quiera, si no, nanai -y ahora es cuando sin querer meto yo la gamba, sin querer, eh-. Pasa lo mismo que con las mujeres: si una mujer dice no, es que no. No hay más que hablar.
-Abuelo, ¿pero las mujeres también se montan?
A ver cómo salgo de esta. La madre que me parió...
-Sí, claro -intento aparentar serenidad y seguridad-. Para tener hijitos todos los animales y también las personas tienen que hacer eso de montarse.
Y ahora, la repanocha:
-¿Y la abuela también se monta? -me pregunta el tío mirándome con una sonrisita provocadora.
-Poco, Lucas, muy poco. Es dura de pelar, como la Pegui.

Y dí gracias a Dios de que de repente el chaval se distrajera con otro amigo y dejara de interesarse por tan escabroso tema.

lunes, 12 de agosto de 2019

Amor en agosto

Deseamos todos creer que el amor prevalece sobre la muerte. Y debe ser así. A fin de cuentas, la muerte no es tan fiera como la pintan, toda vez que nunca consigue quitarnos de en medio del todo porque los genes nos sobreviven en nuestra descendencia. Y en este proceso de supervivencia casi siempre anda rondando el amor en alguna de sus muchas maneras.

Me he vuelto de repente tan filosófico porque cada agosto supone para mí una reflexión serena acerca de la exaltación del amor como motor de la vida, por una parte, y de la resignación de la muerte como culmen de nuestra existencia, por otra. Me explico: un doce de agosto de 1973 -tal día como hoy- me declaré a mi Peque a la sombra de unos tarajes en la orilla del Genil, ambos en bañador y emborrizados en arena, mirad qué escena más romántica; y un dieciséis de agosto de 1995 moría mi madre, con la satisfacción de haber visto al más pequeño de sus varones Hermano Mayor de la Virgen del Carmen. 
Pero, así como el amor mutuo de la Peque y el mío persiste, y persistirá in seculorum sécula, mi madre tampoco se ha ido del todo: los hijos nos hemos quedado con su napia; mi hermana pequeña, además, con su cara; mi Manolo, con su barriga; y yo con su cadera y sus andares; su nieta Carmelilla, con su bondad, pero también con su firmeza de carácter; y su bisnieta Natalia, con su expresión dulce y su fina inteligencia de Cívico.

En mis años jóvenes, agosto ha sido el catar  melones tempranillos, la calor asfixiante en las calles de piedras quemantes, siestas tórridas en el río, tomar el fresco en la gradilla de la puerta, columpios de barquillas en las Eras Altas, y la procesión nocturna de la Virgen. Ahora, en el otoño dorado de mi vida, agosto es el disfrute agotador de mis nietos, la piscina de mi pueblo, los melones de Ponferrá, los tejeringos de la Feria... el recuerdo imperecedero de mi madre y el embeleso renovado por mi Peque. Ea.


martes, 6 de agosto de 2019

Darle a la sin hueso

En agosto mi pueblo adquiere otra vidilla. Me gusta. Parte de su estival atractivo consiste en el regreso, para la Feria, de tantos paisanos que en su día se catalanizaron por perentoria necesidad. Me alegra ver gente distinta por la calle; adivinar, por sus trazas y andares, si fulanito es de "Los Miguelillos", o si perenganito es de "Los Romualdos o de "Los Mediauvas". A mi primo Paco "Porrera" la gente de Palenciana lo confunde con el mismísimo Puigdemont, de tanto como se le parece. También disfruto de hacer la compra de melones, sandías y tomates a pie de obra, en el campo abierto, en el melonar de Frasquito Ponferrá. Me recuerda, mutatis mutandis, mis años jóvenes de melonero en La Capilla. Pero, sobre todo, es para mí un auténtico gustazo, disponer a mis anchas del lujo de piscina municipal que tenemos: hora y media de deleite acuático cada día. Desde Antequera, la Peque me manda a revisar la obra de nuestra casa, y yo aprovecho para lo mío antes de volver para la hora de comer. Y todos contentos.

En la piscina, por la mañana, aparte de cuatro chaveas, siempre los mismos: la Bárbara, Manolo el de Carmencita, Antonio Arjona (Gallino, por mal nombre), El Yondy, la tita Ani, el mellizo de Gloria, La  Conchi, una hija catalana de La Guilina y un servidor. Como las chicas van a lucirse y no se bañan -salvo la Ani-, toda la piscina para nosotros. ¡Qué gozada!

Una de estas últimas mañanas -se va notando ya la llegada escalonada de catalinos- habían concurrido unas cuantas mujeres más. Y, cosa común entre el gineceo, se han sentado todas enfiladas, una al lado de otra, a lo largo de uno de los bordes de la piscina, por donde más cubre: posaderas aplastadas contra el borde rasposo, y los pies pataleando en el agua. Todas en fila, con el sol del medio día afligiendo inclemente sus molleras. Como una bandada de golondrinas que se posa sobre los cables de la luz. Y, naturalmente, charloteando de sus cosas. En esto que llego yo buceando desde la profundidad y, a falta de mejor agarradera, me sujeto a conciencia de las piernas de la tita Ani. Ella, acostumbrada a mis bromas, ni se inmuta. Y me encaro con todas:

-Oye, ¿vosotras a qué venís aquí, a bañarse o a pillar un tabardillo?
-A ponernos morenas pa la feria -salta una.
-A lucir figura y modelito -se pone otra.
-Estas solo vienen aquí a darle a la sin hueso -se suma Manolo al convite.
-¡Vaya que sí! -responden casi al unísono.
-¿Y cuántas sin hueso tenéis? -se me ocurre preguntar con toda la intención.
-Pues una, ¿cuántas quieres que tengamos? -me contesta Carmen Navarro.
Y entonces, se entabla una lucha entretenida entre mi ángel de la guarda y el pequeño demonio que todos llevamos dentro. Mi ángel, que no conteste, que no diga nada, que lo deje estar; mi demonio, que qué tontería, que conteste, que estamos aquí para pasárnoslo bien, para reírnos, que no haga caso al quisquilloso y aburrido de mi ángel... Total, que gana el demonio, claro.
-Pues yo, desde hace unos años para acá... -hago una pausa intencionada para atraerlas a mi discurso-. Yo tengo dos sin hueso.

Las más atrevidas dan un gritito ahogado de sorpresa y se ríen tapándose la boca con sus manos, y algunas, más lentas, se quedan dubitativas, hasta que las otras les cuchichean el secreto inconfesable de algunos hombres añosos que, de tanto uso, sustituimos el hueso por ternilla esponjosa en la parte más innoble y gustosa que tenemos, en esa cabecita calvorota de un solo ojo donde concentramos -los hombres mu calientes, me refiero- la mayor parte de nuestras neuronas pensantes.

Y así, unos días con otros, vamos echando el verano.




martes, 30 de julio de 2019

Momentos confesables de una madre

Debería estar contenta, radiante, feliz. Y es de verdad que lo estoy. ¿Entonces?... Pues esa es la cosa: que me hallo contenta por fuera, pero me gustaría sentir mi alegría a borbotones, no sé, como más auténtica. Y no sé si es así del todo. En fin, hecha un lío es lo que estoy. Ni yo misma me entiendo. Las que sois madres me comprenderéis mejor. Creo yo, vaya. 

Mi marido -los hombres llevan estas cosas de otra forma- se ha multiplicado por cuatro estos días últimos, más que nada en los preparativos para atender de manera exquisita a la gente que nos ha llegado de fuera entre amigos y familia, ya sabéis. Lo otro, toda la parafernalia con que hoy en día se adorna y complementa la esencia de una boda, ha estado a cargo de los novios, sus amigos y mi Paula, como se lleva ahora. "Papá, mamá: vosotros solo tenéis que encargaros de nuestra familia de Córdoba. Nada más". Y él, él solito, él, que es un santo, una suerte del destino, un regalo del cielo, un... qué sé yo... Él, mi Manolo de mi alma, se ha partido la suya en esta tarea. Su familia es sagrada.

En mi descargo, quizá, sería piadoso considerar que una no está ya para muchos cohetes. Mi naturaleza física me está maltratando de manera cruel desde hace ya demasiados años. Apenas piso la calle. Hasta para hablar necesito llevar enganchados a mi nariz los cables del oxígeno. Desde hace mucho forman parte de mi atuendo facial. Ni siquiera pude anoche asistir, como hubiera sido mi deseo, al ágape de bienvenida que mi Manolo ofreció a los invitados de fuera y a los amigos de los novios. No valgo un real, es la pura verdad.

Ha sido muy emotivo, pero también muy duro, alcanzar el altar de la mano de mi hijo como madrina comiéndome el aire ante el silencio emocionado de toda la parroquia. Muy duro. Se agradece, desde luego, escuchar algún gritito apagado de "Madrina... ¡guapa!". Claro que sí. 

Pero ha podido más mi orgullo de madre. He aguantado toda la ceremonia con altiva dignidad luciendo tipo, sayal y tocado como la más moderna de las madrinas, sí señor. Y luego, en la suntuosa carpa del restaurante he señoreado con encantador disimulo mi cansado cuerpo riojano, mesa por mesa, saludando y departiendo con todo el mundo, como si tal cosa. Arropada en todo momento por mi hermana mayor, he estado pendiente de mi madre, ya tan anciana y desmemoriada; he llorado de emoción viendo los detalles tan elaborados y festivos de los amigos para con los novios; he tenido un profundo sentimiento de nostalgia y de pena cuando alguien ha mentado a los abuelos cordobeses de mis hijos; he aplaudido a rabiar el cante flamenco y el baile por sevillanas de los espontáneos del sur; me he reído a carcajadas, hasta la tos, con los vítores de los comensales hacia el Tío Manolo, un primo hermano de mi marido, animador infatigable de la fiesta.  Y, desde luego, no he sido ajena  a ciertas miradas babosas de algunos viejos verdes a los escotes de las mocitas... y de las casadas. Bailar, no. No me pidáis lo imposible. Pero he resistido todo el tirón hasta las dos de la madrugada, hasta que se cerró el chiringuito de los más jóvenes. ¡Toma ya! A ver luego cuántos días voy a necesitar para recomponer mi desguace...

Nada de ello, sin embargo, afecta tanto a mi espíritu como la sensación angustiosa de pérdida. Se me va mi Alejandro, Alex, le nombran sus amigos. Para mí siempre será mi Alejandro. Y mirad que se lo lleva Eva, la chica más despabilada, simpática y cariñosa de toda la Rioja. Sin exagerar. No nos vamos a engañar: las jóvenes de por aquí no tienen la gracia, la frescura, ni siquiera la belleza de la gente del sur, las cosas como son. Pero Eva es la excepción. Eva, sí. Tantos años llevan juntos que para nosotros, para Manolo y para mí, es ya una hija más, la hermana mayor de nuestra Paula. Alejandro y Paula son sureños, no hay más que verlos. Se conoce que la herencia andalusí es más poderosa que la vascona. Todo en ellos evoca a Córdoba. Paula es un retrato de la morena de Julio Romero, con los ojos azabache y profundos, alegres y vivos, los mismos de su abuela Josefa. Y Alejandro es todito su padre: en lo bueno, en lo cariñoso, en lo guapo, en lo..., en fin, en todo. Es normal que Manolo esté más encariñado con Paula, y que yo esté embelesada con mi Alejandro. Los que sois padres y madres lo veréis como yo. No se trata de complejos raros de Edipo ni de Electra. No. Es una realidad diaria y doméstica. Y cuando Paula se case, seguramente Manolo padecerá su ausencia más que yo. Así es la vida.

Y esta es, y no otra, mi angustia de hoy. Me importan un rábano mis pulmones. Ahora mismo solo pienso en que mi hijo vuela hacia Vietnam, fijaros qué pedazo de viaje de novios, igualito que el nuestro que no pasamos de Madrid, y que en adelante no lo tendré para mí como hasta ahora, aunque solo sea un ratito por las tardes. Tengo miedo de no saber sobrellevar bien su ausencia. Aunque, bien pensado, no debería quejarme: Paula vive y trabaja fuera, en Burgos, pero me llama cuarenta veces al día, una cansina es lo que es, de lo que se desvive por mí, y viene cada fin de semana. Y Alejandro llena mi casa a diario con solo media hora, con cinco minutos... Ya sé que es un sentimiento egoísta. Me da igual. Una madre es una madre, y tiene derecho a desahogarse gritando para sus adentros que no quiere separarse de sus hijos nunca jamás, aunque luego comprenda y acepte la realidad de la vida.

Mi madre, en una residencia; mi Paula, en Burgos; y, ahora, mi Alejandro, en su casa. Sin embargo, os aseguro que nuestro nido no ha de quedar vacío: mi Manolo, mi tesoro, ya se encargará de colmarlo con su entrega, su cariño y su dedicación. Como ha hecho siempre. Y ya estoy suspirando por mis futuros nietos, la penúltima ilusión de cualquier madre de mi edad.

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Querida Almudena: ahora yo me invisto del cura que pude haber sido, y que nunca fui, y te digo con solemnidad: Ego te absolvo a pecatis tuis in nómine patris... Tu egoísmo de madre te es perdonado. Amén.