martes, 7 de enero de 2020

Cuento de Epifanía

Hace ya tantos años que casi ni me acuerdo, vivía en un pueblito humilde de los nuestros una niña inquieta, algo díscola e independiente, pero también muy dichosa. La mayor de sus otras dos hermanitas, desatendía más de la cuenta los cuidados encomendados por su madre para con ellas, y se abandonaba a los juegos de la calle con sus amiguitas. Era una niña pobre, pero a ella eso le daba lo mismo, ni siquiera lo notaba porque en el pueblo, salvo dos o tres familias adineradas, todo el mundo era igual. Una niña pobre y feliz como era lo normal en aquellos remotos años. Le cabía la satisfacción de ser la primera, como mayor, en estrenar la ropita y los juguetes que, luego, heredarían de segunda puesta sus hermanas pequeñas. Cuando el tiempo igualó sus respectivas tallas, sin embargo, la cosa se torció para ella, y ya las hermanas escarmentadas le disputaban hasta la largura en la onza del chocolate.

En los primeros años que ella recuerda, los Reyes Magos se habían abonado a los mismos regalos: zambombitas y guitarritas de caramelo, algunos mantecados despachurrados y una cuerda para saltar la comba. Pero una cuerda muy costeada y resistente, con sus mangos de plástico duro y graciosamente coloreada, de aquéllas que al rozarse con el suelo desprendían un zumbido fuerte y varonil, zás, zás, zás... Y se convirtió en una verdadera artista de la comba, la más saltarina de sus amigas, ahora para adelante, luego para atrás, a pie cojito, sola o en tandem... Hasta el punto de salir a la calle a hacer los mandados saltando la cuerda. Aunque le cueste reconocerlo -porque es muy suya-, miraba con cierta envidia la muñeca de pelo natural de su prima Inma o el juego de palillé de su primo Juanma, un niño al que ella admiraba por su manera tan ordenada de mantener sus juguetes: el trompo, la tolda, los paquetes de "santos", el aro y su gancho... No como ella, que todo lo perdía. O lo regalaba. "Mardesía -le reprochaba su abuela Cándida-, te cortaba las manos, nada te dura, lo das todo, so puñetera". Tuvo que esperar a que su madre pusiese una tienda de comida para recibir como regalo de Reyes sus primeras muñecas que venían como premio oculto en una de las tabletas de chocolate, y que la buena de Antonia, su madre, se las arreglaba para averiguar la premiada y apartarla para las niñas.

Ya de medio mozuela nació el niño, el único hermano, y los tiempos eran otros: las pistolitas de mixtos, los tambores y las bicicletas fueron para el niño, claro está. Para las niñas, ropa. Pasión por los trapos, oye.

La cosa es que esa niña se hace mujer, y aun habiendo gozado de una vida desahogada ha sabido mantener un prudente equilibrio entre necesidades y gustos, con sentido del gasto, sin llegar, desde luego, a la racanería de su marido, ni a extravagancias fuera de lugar, salvo en lo tocante a trapitos y zapatos, que la superan. Y ha seguido también con su política de manos desprendidas que todo lo dan o todo lo pierden.

Y ahora, en su otoño dorado y esperanzado, con todo el cariño y ternura acrisolados durante sus luengos años, debe de tolerar con mucha resignación los reproches más que "razonables" de su única hija que no alcanza a comprender -porque aun no le ha llegado la hora- el corazón abierto de esta abuela para con sus nietos, para quienes todo le parece poco, para los que a todas horas está dispuesta a comprarles algo antes, incluso, de que ellos lo pidan. Y entiende en su fuero interno que eso no puede ser; que debe aguantar las ganas y contenerse como lo hizo cuando le tocó ser madre y Reina Maga; que los niños de hoy no disfrutan de sus juguetes como lo hacía ella con su cuerda saltarina porque están sobresaturados; que en las casas ya no cabe un alfiler más; que es necesario huir del gasto superfluo; que hay que educar en moderación y responsabilidad... Pero, a pesar de todo eso, el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y más que ningún otro, el corazón de la abuela. De cualquier abuela.


Feliz año 2020 para todos.


lunes, 11 de noviembre de 2019

Anatema sit

Esta vez saltaré. Tengo necesidad de escribir sobre este asunto, aunque solo sea para mí mismo, para desahogarme. Y bien es verdad, sin embargo, lo que me gustaría que esta reflexión que os hago pudiera llegar a mucha gente. No; no creáis que se trata de mi cabreo por los resultados electorales, ¡Qué le vamos a hacer? Esperemos mejores tiempos. Es otro asunto. 
Conocía los hechos por facebook. He leído también la noticia en dos periódicos. Pero ya el colmo ha sido que días atrás, en los desayunos de la primera, han llevado a la madre del joven fallecido para que explique al público lo acontecido con su hijo, y todos al unísono, madre y contertulios, han denunciado con nula piedad y escasa empatía al médico "responsable". Y todo esto, por algo que ocurrió un maldito día de enero de 2018, hace casi dos años. Y no sé a cuento de qué lo sacan ahora.

He podido leer la conversación telefónica entre la madre, el hijo y el médico. Y he escuchado un audio de la misma. Y no me cuesta el más mínimo trabajo ponerme en el lugar de los tres. Veamos:

La madre, angustiadísima, como es natural, llama al 112 porque su hijo de veintitantos años ha perdido el conocimiento al levantarse de la cama, y luego, al despertar, estaba empapado en sudor y no podía respirar bien. Lo hizo perfectamente: avisó a emergencias y explicó muy bien los síntomas del chaval. Pese a las reticencias que escuchaba en la otra punta del hilo telefónico por parte del médico, en ningún momento perdió la compostura, y se limitó a pedir ayuda para su hijo. ¡Chapeau!

El hijo fue requerido por el médico para que, por teléfono, le explicara los síntomas. El médico insistió en hablar con él, pese a los intentos de la madre por evitarlo ya que "mi hijo no puede, está en la cama y no puede hablar". El muchacho, muy agobiado, dijo que no podía respirar bien y que se encontraba muy mal. Preguntado por el médico a este respecto, negó haber consumido ningún tipo de droga ni ningún medicamento.

El médico. Lo reconozco: es más difícil ponerse en su lugar. Pero hay que intentarlo. Creo que no estuvo acertado. Insistió demasiado en la toma de fármacos, como si se hubiese empestiñado en que todo hubiese sido debido al consumo de algo. "Creo que su hijo está tocao" -se le escapó en un momento de la charla-En su descargo, la voz del joven sugería que estuviera colocado. "Su hijo puede decir que no respira bien -le contestó a la madre-, pero yo lo oigo hablar y respirar con normalidad". Se le notó disconforme y poco convencido de la gravedad del caso. Pero finalmente concedió: "Bueno, le voy a mandar un médico". 

Bien. El chaval estaba grave de verdad. La ambulancia medicalizada lo encontró ya en situación de parada cardio respiratoria, fue reanimado y llevado a un hospital y, según parece, murió tres o cuatro días más tarde. Y se confirmó que la causa de la muerte había sido un tromboembolismo pulmonar masivo.

Estos son los hechos tal como a mí me han llegado.

Nada que objetar a la conducta de la madre. Hizo lo que debió. En cuanto al hijo, bastante hizo con responder a las preguntas del médico. Necesariamente, tenemos que centrarnos en el comportamiento del médico.

No creo que haya ningún puesto médico más comprometedor y difícil que éste del que ha de atender llamadas telefónicas y filtrarlas y priorizarlas según la gravedad supuesta. Podéis imaginar cuántas llamadas recibirá el 112 en Madrid diariamente: ¿quinientas, mil tal vez?... Muchísimas. Y, afortunadamente, la mayor parte de ellas no corresponde a casos críticos. Los recursos de helicópteros y UCI móviles, por muchos que puedan ser, son limitados. Ha de existir necesariamente un control, un filtro, para poder tener la eficiencia adecuada y no desperdiciar unos elementos tan útiles y ajustados en casos menores que no los precisen. Y ese filtro, ese triaje, lo hace un médico. Un médico muy preparado, con suficiente experiencia. No es un R1, como ocurre en las urgencias de los hospitales, no. Es un médico muy bien formado para las emergencias. Un médico que ha soportado críticas de arriba y de abajo, de superiores y de usuarios, unas veces por no llegar, y otras por pasarse de frenada. Un médico con sus problemas personales, laborales o familiares, como cualquier otra criatura, pero que cuando se mete en la bata se inviste de divino, de infalible..., o eso queremos.Y en realidad, eso es lo que pasa, un milagro. Porque milagroso es acertar en la mayor parte de las ocasiones. No podemos pretender que con una conversación telefónica de dos minutos alguien pueda llegar a un diagnóstico. Nos conformaremos con que ese alguien pueda discernir entre algo banal y corriente, algo grave o una verdadera emergencia. Y estos héroes del teléfono lo consiguen. Y este médico, tan vituperado hoy por los medios, también lo logra cada día. No es noticiable que la semana pasada, pongo por caso, taponara con éxito una arteria femoral de alguien roto en la carretera, o que hace un mes desengollipara a un niño atragantado, o que... ¡Ay, pero los aciertos no cuentan! Para eso está, para eso le pagamos... Pero resulta que no es así, que alguna vez se equivoca gravemente. Y eso sí que no tiene perdón de Dios. Y más, si la víctima de su error acaba muriendo. ¡Joder, joder y joder! Nos equivocamos los médicos mirándoles la cara y explorando con nuestras manos a los pacientes. Se equivocan los radiólogos aún cuando pueden repasar las imágenes cuantas veces quieran. Se equivocan los cirujanos... Nos equivocamos todos. ¡Cuanto más un médico que tiene que decidir en cuestión de minutos, y por medio de una conversación telefónica! La sociedad ha de admitir sencillamente el error médico. No hablamos de negligencia, eso es otra cosa. Errare humanum est. Y en este caso, por lo que yo puedo entender, ha habido error, que no negligencia.

No entiendo a la tele. Ea, a machacar al médico: Anatema sit. Se equivocó. De acuerdo. Una persona que sufre un síncope y al despertar tiene un gran cortejo vegetativo y disnea progresiva es algo serio. Vale. Planteado en la teoría, yo hubiese dicho que, tratándose de un chico joven, podría ser un pneumotórax. De entrada, ningún médico espera diagnosticar un embolismo pulmonar en un chaval sin otros antecedentes. E incluso cualquiera puede entender que acostumbrado el médico a falsas alarmas, tan frecuentes, una vez pueda sorprenderle el lobo de verdad. El error de la gente, en general, a mi juicio, está en creer que de haber enviado enseguida un helicóptero el chaval se hubiese salvado. Yo creo que el desenlace pudiese haber sido el mismo. Pero tampoco puedo asegurar que no hubiese sido distinto. El padre del muchacho ha dicho que él lo que siente es que se perdió una oportunidad de salvación. Eso es verdad. A lo mejor mínima, pero alguna. Un tromboembolismo pulmonar masivo mata igual de fulminante que puede hacerlo un infarto de miocardio o una hemorragia cerebral. Algunas personas consiguen salvarse, sí. Y desde luego, cuanto antes puedan ser atendidas en los hospitales, mucho mejor, claro. Pero no existe esa relación tan lineal y automática como piensa mucha gente, esto es, que en el hospital todo se puede. No es así.

Y yo digo que el caso de este joven desafortunado ha sido una fatalidad. La fatalidad existe y existirá. Y no siempre podemos evitarla. He escuchado decir a la madre en la tele que acude a este medio para pedir que se revisen los protocolos y así evitar muertes como la de su hijo. La sociedad hoy no acepta la fatalidad. Un joven sano de 24 años no puede morir súbitamente. Algo falla en el sistema si ello ocurre. Por excelentes que sean los protocolos estamos sujetos al fallo humano. Y eventualmente, a la fatalidad. Nada como el amor de una madre a su pequeño, y, sin embargo, un buen día el chico se le escapa de la mano y es atropellado fatalmente por un vehículo. Es así.Y la tele no debería regocijarse en la fatalidad, ni ser tan alegre en salpicar la mierda. Hay cosas que no me entran. No las comprendo. Puedo comprender, desde luego, el dolor transfixivo de esa madre, su frustración por creerse mal atendida por el médico del teléfono (ella no tiene por qué saber nada del embolismo pulmonar), su necesidad visceral de reclamación y de denuncia... Pero ir a al tele..., que el señor me perdone, pero ya suena a mercantileo. Y bueno, de la tele, mejor no meneallo: sacar una noticia así, dos años más tarde, sin el más mínimo análisis de lo ocurrido, poniendo en solfa al médico. No. No somos gente seria. Y todavía tengo que agradecer que el obligado trabalenguas post electoral haya desplazado cualquier interés por la noticia. Menos mal.  

Lo de este pobre médico ha sido un error grave, un accidente, algo puntual con una consecuencia fatal, de acuerdo. Pero si la gente de la tele estuviese interesada como debiera en denunciar las debilidades de nuestro sistema de salud -que son muchas-, en vez de airear calamidades aisladas pintiparadas para reclamar audiencia, pondría cualquier día su foco en la sala de sillones de mi hospital, por ejemplo, un habitáculo destartalado donde los pacientes aguardan horas, a veces días, a tener una cama disponible en la planta. Y lo que verían esas cámaras no sería nada puntual o accidental. No. Sería la catástrofe diaria del hacinamiento, la falta flagrante de intimidad y la nula confortabilidad. Pero, claro, lo cotidiano no vende. En fin...

Sed buenos. Y hacedme el favor de votar a los míos la próxima vez.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Los hombres, y nuestra neurona pensante

Si muchos de vosotros en ocasiones me echáis en cara mi insolente imprudencia en lo tocante a la picardía, tendríais que conocer a mi amigo Joaquín Franquelo para disfrutar de su improvisado ingenio en estos temas calenturientos. Esta misma tarde, apenas hará un par de horas.

Lo he acompañado hasta Puente Genil porque tenía que hacerse una ecografía de abdomen, que en Antequera la lista de espera de Muface es más larga, y le han propuesto una clínica radiológica en el pueblo de la carne membrillo. Allá que vamos. Me ha privado de mi sagrada siesta pero ha valido la pena por la compaña que le he proporcionado y por la seguridad que da ir a estos sitios con un médico. Sigue siendo un buen conductor, pero me inquieta su tendencia recalcitrante a irse para el centro de la carretera, incluso pisando la raya divisoria. Se lo corrijo: "Joaquín, coño, que te vas"... " Ya lo sé, José María, es sin querer, es que me puede la izquierda, siempre pa la izquierda". "Déjate de política y céntrate, joío Dios". Y nos reímos.

Entregado en la entrada de la clínica el papeleo de la solicitud, pasamos pronto a la consulta. No nos recibe el radiólogo, sino una auxiliar de enfermería la mar de tiposa y guapetona. Supongo que él también lo haría, pero ahora hablo por mí: enseguida el ojo clínico tasador que repasa, por este orden, cara, teticas y culo. Con cierto disimulo, que mi Peque me tiene sentenciado que se me nota demasiado. Y estamos a la espera de instrucciones. Y la señorita, todo amabilidad:

-Joaquín, ¿es usted Joaquín, verdad?
-Sí, señorita.
-Pues, mire: quítese usted la camisa y la cuelga aquí, se desabrocha el pantalón y la portañuela, y se tumba boca arriba en la cama, que ya mismo está aquí el doctor y empezamos el trabajito.
-Señorita -se pone Joaquín aparentando seriedad-, que sepa usted que lo que acaba de proponerme hace muchísimo tiempo que no me lo ha dicho ninguna mujer. ¡No vea usted el subidón para una persona de mi edad!...
La chica, entonces, titubea y balbucea algo, sin entender muy bien el sentido de las palabras de mi amigo. Hasta que al fin cae en la cuenta y se ríe de buena gana.
-¡Hay que ver, qué hombre, qué cosas tiene! Es lo que le digo a todo el mundo...
Claro, esta chica es aun demasiado joven para comprender que muchos hombres de nuestro siglo encarados ante una mujer jaquetona concentramos toda nuestra atención en una sola neurona: la del deseo bobalicón.

Una vez en la calle se me pone en plan constrictivo. "¿José María, tú crees que me he sobrepasado? Es que me sale así el impulso, y luego me arrepiento. Menos mal que la chica se lo ha tomado bien, ¡verdad?" "Pues claro, hombre que no se ha molestado. Date cuenta de lo aburrida que sería la vida sin momentos como ese. Has estado genial y ocurrente, como tú eres".

Hay gente capaz de decir grandes barbaridades con la habilidad y el ingenio necesarios para no molestar. Y mi amigo Joaquín es de esa clase. Y yo, también.

Quedad con Dios.  

lunes, 14 de octubre de 2019

Rayeando

Desde el hostalito "La Curri", en Tomares, donde hemos pernoctado la Peque y yo, alojamiento muy recomendable para parejas tiesas por su excelente relación calidad/ precio con todo incluido, un grupo de amigos partimos a las 8 horas dirección noroeste. Advertiros que lo que menos me ha gustado del hostal -por si os encarta alojaros en él- ha sido que, de vez en vez, saltaba el automático y se iba la luz, y que el cuarto de baño estaba atiborrado de mejunjes femeninos. Ah, y que no tiene Internet por obras en la fibra óptica. 

Llegados que fuimos al pueblo de santa Olaya del Cala sobre el horario previsto, las 9 horas, tomamos nuestro desayuno en un bar de la plazuela del ayuntamiento de la villa, frente por frente de un kiosko de churros. Somos nueve criaturas del Señor repartidos en dos coches. Y nos disponemos a recorrer eso que en Extremadura llaman "La Raya", zona fronteriza con Portugal. Y nada más empezar, dos contratiempos en la misma persona: a María Jesús le ha  atacado por sorpresa un virus de la garganta que la ha dejado afónica, y, además, se ha olvidado en su casa la cartera con los dineros y los documentos. Un día se deja lo que yo me sé... Es lo que tiene tanto viajar. 

Ya lo sabéis: soy un hombre cómodo; me cuesta moverme de mi zona de confort, y parece que con la edad esta debilidad mía engorda, como lo hacen la papada o la barriguita. Pienso que para pasar unos días con mis amigos no necesito molestarme con tanto desplazamiento; pueden venir a casa o ir nosotros a Sevilla o a Córdoba. Llevo muy mal adaptarme a las incomodidades inherentes a todo viaje en grupo: comidas a deshoras -o mejor, a cualquier hora-; las ansias de Jaime porque nada se quede sin ver; la privación de mi siesta, una cosa casi sagrada para mí, un asunto de estado; las manías normales de unos y otros, y las mías mismas; el estar to el santo día tirados en las calles, sueltos como perros sin amo, como los guiris que vemos en Sevilla o en Antequera mismo, en plena siesta, y uno piensa en viéndolos tan arrastrados aquello de "Con lo a gustito que estarían en sus casas"...  En cada viaje, el primer día es el peor. Luego, en días sucesivos me voy haciendo el cuerpo hasta llegar incluso al verdadero disfrute y a alegrarme de haberme embarcado. Pero cuando ya me hallo en el nuevo ambiente resulta que empiezo a echar de menos mi casa, mi tele de 65 pulgadas, mi ordenador, mi cama... No tengo remedio. Antes, hace ya de esto muchos años, cualquier viaje tenía el aliciente añadido de dormir y solazarme con mi señora en hoteles. Era como una especie de fetiche. Ahora, ni eso, con la consabida desgana de mi santa, deshormonada por la menopausia y por las pastillas, que quiere habitación con dos camitas.

Pese a todo ello, este viaje que me dispongo a relataros ha sido bien manejado, creo yo. Siempre que no salgamos de España y no haya necesidad de aviones lo sobrellevo mucho mejor. Me encuentro más seguro. La amistosa compañía de tantos años como nos tenemos, la vistosidad y hermosura de los territorios explorados, la singularidad de estos pueblecitos... han propiciado unos días relajados y muy agradables. Llevar a Juan Francisco de guía turístico-geográfico es un plus difícil de igualar, porque no es lo mismo ver las cosas y verlas pasar que que un erudito te explique los por qués de esas cosas, de esas costumbres, incluso, de esos paisajes. Con las oportunas correcciones de Mariki, claro está. Sucesiones de castillos formidables -uno en cada pueblo-, tierras de fronteras, tierras graníticas en toda la franja occidental, dehesas infinitas de alcornocales, minería rica y minería pobre de Huelva... Seguro que no sabéis mucho de todo esto.Y para ellos, llevarme a mí de médico -manque sea un "cagón"- supone también una tranquilidad y una garantía. De médico, y de bufón.

Una cosa que nos ha llamado la atención ha sido el cuidado y esmero de los portugueses con su turismo. Es cierto, también, que la mayor parte de lo visto han sido pueblecitos "reinventados" para su exposición turística: Monsaraz, Monsanto o Marvao son unos lugares espectaculares, monumentos rocosos a la pericia y estrategia en tiempos de guerra, que hoy serían totalmente obsoletos, si no fuera porque han sido "resucitados" para disfrute del turista. Les falta autenticidad, claro, apenas hay en ellos moradores que no sean los trabajadores de bares y hoteles, son parques temáticos, pero todo ello no les exime de la indescriptible belleza que acaparan. Monsaraz es una especie de castillo de sant Mitchel, una ciudad fortaleza en lo alto de un cerro en medio de un Guadiana de cien brazos que ha conocido mejores aguas, es verdad. Será aún más vistoso cuando arranque a llover un poco. Marvao es otra fortaleza aún más altiva e imponente. Izado en el pimpollo de una colina pétrea, se alza, bravo y potente, sobre unas aldeas circundantes vasallas de su poderío, y sobre una vastísima llanura con tan suaves ondulaciones en su terreno que parecen olas marinas. De noche, la vista desde las almenas nos brinda unas imágenes idílicas de portalitos de belén iluminados. Por la mañana, sus hermosas callejuelas se ven inundadas de turistas orientales y argentinos, y el sitio pierde entonces un poco el encanto de la ciudadela pulcra y silenciosa que te cautiva en la mortecina luz del ocaso. ¿Y qué decir de Monsanto? Es un pueblo increíble, impensable. Es un lugar en ninguna parte donde la roca misma se hace pueblo. Moles impresionantes de un grandor bíblico parecen amenazar de continuo a los visitantes impresionados por semejantes composiciones naturales. No es un pueblo construido de piedras, es un roquedal imponente convertido en pueblo. Y no vimos a ningún oriental. Aquí no llegan ni los buitres. Pero no solo en estos pueblos mimados se nota la mano protectora de la República. En Elvas o en Castelo de vide, pequeñas ciudades corrientes con una vida propia y no estrictamente turística, disfrutamos así mismo de unos espacios, tanto modernos como antiguos, muy bien conservados y preparados. El centro histórico de Elvas o el barrio judío de Castelo de vide son ejemplos de cómo preservar y mejorar el patrimonio cultural de una ciudad. El Palanco, érase un hombre pegado a una cámara, se nos perdió en Castelo, engatusado por la fantasía floral de sus calles empinadas hasta la sinagoga, o distraído hasta la desorientación intentando hallar el secreto mejor guardado de la arquitectura rural portuguesa: la belleza de lo asimétrico. Mercedes, su santa, tiene el cielo ganado con tanto despiste de este hombre.

En comparación, los sitios españoles vecinos, salvo Olivenza, adolecen de esa exquisitez en los cuidados de mantenimiento. Alburquerque, Alcántara o Coria no tienen mucho en común con lo visto en Portugal en ese sentido. Lástima lo del Tajo bajo el puente de Alcántara, quizás el más afamado puente de la península ibérica, desde luego, el de más rancio abolengo, construido en el siglo II de nuestra Era, en tiempos de Trajano. Mucho puente para tan poco río. El embalse de Alcántara, doscientos metros más arriba, lo ha dejado esquilmado. El Tajo, visto desde la altura de la calzada romana vecina, es un lumpen dentro de los ríos pobres. Lástima. Lo de Olivenza es un punto y aparte. Se reconoce en ella su singladura portuguesa hasta 1801 en que pasó a ser definitivamente ciudad española. La arquitectura popular y la sacra, la amplitud de los espacios públicos, la limpieza de las calles, la esmerada conservación del castillo y hasta el nombre en portugués de sus calles evocan necesariamente su pasado lusitano. Mención especial para su magnífico museo etnográfico. No creo que me alcancen años suficientes para ver cosa parecida. Tres plantas de exposición acerca de las tareas, costumbres, enseres... de cualquier aspecto de la vida corriente de los años de la postguerra: mobiliario doméstico, en pobre y en rico, aperos del campo, consulta médica, escuela, barbería, zapatería, destilería... Y hasta un poco de arqueología local y regional. Magnífico.

Otra cuestión no menor es la restauración, la comida, vaya. Uno cree que en España es donde mejor se come del mundo entero. Pero cuando visito Portugal me entran las dudas. Es posible que ya nos supere. En calidad, pero sobre todo en cantidad. Sobre todo en la repostería. Uuhhmmm, los dulces, mi perdición. Ya no es solo el bacalao, o los arroces; también la carne ibérica, las tortillas, el pan, el aceite, las ensaladas...

Con todo, Portugal sigue siendo un país de gente triste. No amargada ni compungida; simplemente estreñida, triste. No hay alboroto en la calle. No parece Portugal un país latino. Más bien anglosajón. Mucho cuidado en lo público, mucho respeto en la ciudadanía republicana, mucha educación cívica, cosa que tanta falta nos hace a los españoles, sí. Pero les falta algo que a nosotros nos rebosa: alegría de vivir. Por contraste, cuando hemos pernoctado en Alcántara o en Coria, o visitado largamente san Martín de Trevejo, todo está más descuidado, no digo que no; pero da gusto y le levanta a uno el ánimo ver la calle bulliciosa y alborotada, las terrazas repletas, las risotadas y el vocerío. Las caras felices de las gentes. En eso semos únicos.

Ya de vuelta, en el coche, le digo a Jaime que nosotros, la Peque y yo, hemos arrasado con todos los geles y champuces sobrantes en los distintos hoteles por los que hemos transitado. Y él, muy circunspecto -como siempre de recién levantado- me contesta con un escueto "Nosotros, no". Y yo me parto de la risa por dentro pensando "So sioputa, cómo te los vas a traer si en tu cuarto de baño no cabe ni un alfiler". No se lo expreso verbalmente, aunque intuyo que él lo adivina. Paki me tiene sentenciado que no le comente estas cosas, que le da mucho coraje no encontrar nada para ducharse en medio de tantísimo bote.

Y colorín, colorado...


lunes, 7 de octubre de 2019

Érase una vez el Internista

Cuando dentro de unos años le cuente a mis nietos el médico que fui y los compañeros con los que trabajé, no os recordaré a ninguno de vosotros por vuestros respectivos curriculum, sino por vuestra forma de ser y de actuar, por cómo habéis sido para con nuestros enfermos y para con nosotros mismos. Y de Antonio Grilo, en concreto, tendré mucho y bueno de qué acordarme.

Octubre de 1979. Apenas dos meses después de obtener mi licenciatura me presento a una oposición para cubrir plazas de los servicios de Urgencias de varios ambulatorios en la provincia de Córdoba. Y Grilo, también, dos o tres asientos por delante. Al salir del examen me aborda: "¿Qué has puesto en la de la manchas de Koplic?" Y le contesto lo que todos sabíamos: que son signo patognomónico del sarampión. "Pues no -me vacila el tío-. Está mal la respuesta; pueden ocurrir también en otras virosis tales como la Mononucleosis infecciosa". ¡La madre que lo parió! 

Así ha sido siempre, un ratón de biblioteca, un detractor de lo admitido, un crítico contumaz de lo convencional, un poco cascarrabias, la verdad. Un virtuoso sabelotodo sin llegar a lo engreído. Para más abundancia, su fisonomía, mezcla de judía y bereber, le confiere un aspecto de moro camuflado y taciturno que confunde a cualquiera, y más a la Guardia Civil de tráfico que lo para cada dos por tres en los controles de carretera. "A ver, usted, la documentación". Y les enseña a los agentes, muy a su pesar, su cartera abierta para que vean en primer plano su antiguo carnet de alférez de complemento. "A las órdenes de usted, mi alférez", se le cuadran luego.

Salvando mis cortas experiencias en Villaharta, Peñarroya y Pozoblanco, el resto de mi vida laboral, en Valme, ha girado en torno a él. Antonio, el Sol que alumbra y vivifica a todo aquel que se le arrima.
Destacaré su obsesión por la buena historia clínica y la minuciosidad en la solicitud de pruebas, su rechazo de plano a la nueva medicina hipertrofiada y defensiva, su inquebrantable devoción por los pacientes y las familias, sus fértiles coqueteos con una investigación básica -la de los metales pesados- tan difícil en nuestro entorno de sobrecarga y escasez, su pasión por la iconografía médica, y su entrega sin reservas a la docencia, la hija pequeña, la más esperada, a la que más se quiere.
Nada de ello, sin embargo, sería importante en la ponderación personal y profesional de Antonio si su persona no hubiese sido adornada por otro gran atributo. No me seáis brutos, no me refiero a ese atributo. Antonio es un hombre inteligente, talentoso, sagaz y quisquilloso. Y un gourmet muy exigente a la altura de su genio culinario. Un hombre de la tierra del vino, pero embelesado también por su mar gaditano. Pero sobre todas esas cosas, Grilo es un hombre bueno. Severo, a veces, no digo que no; exigente, desde luego, pero bueno. La inteligencia y el talento sin bondad generan conocimiento, pero no sabiduría.  La sabiduría necesita de ese plus. Sin bondad el mundo se vuelve indecente, perverso e impío. Y necio.

Si ahora que se jubila nosotros, los que de él tanto hemos aprendido, mantenemos en práctica su buen hacer y lo perpetuamos en las enseñanzas a los residentes y estudiantes, entonces esos mensajes suyos, a veces tan lapidarios, en ocasiones incompletos, a la manera de genes espirituales, acabarán siendo transmisores de eternidad.

Ayer mismo, paseando con mi hija y mis nietos por Antequera, nos tropezamos con otra familia. "Mira papi -me dice mi hija-, este hombre es internista en el hospital de aquí". Cuando le extiendo la mano para saludarlo, se me queda mirando perplejo: "No me lo puedo creer -se pone el tío-. Usted es... ¡Rivera!, ¡¡el doctor Rivera"!! "Sí, yo soy" -le contesto tan asombrado como él mismo. Y muy emocionado explica al corrillo que allí estábamos que yo había sido profesor suyo en Valme, que le había dado clases de Nefro y de Geriatría... Y que gracias a ello y, sobre todo, al tiempo de prácticas que estuvo con  Grilo se ha hecho internista. Antonio lo engatusó.
Y esto es a lo que me refiero. Que nuestro querido Antonio no solo es una persona entrañable y un médico ejemplar, sino que, además, ha creado escuela médica: la medicina basada en la historia clínica y en la empatía. Es el mejor ejemplo que ahora se me ocurre para definir al médico en palabras de Cicerón: vir bonus medendi peritus. Hombre bueno experto en curar.

Gracias, Antonio. Gracias por tu labor tan entregada, tan decente, tan fructífera. Gracias por tu amor a nuestro sagrado oficio. Gracias por haberte dejado conocer y aprender. Y ojalá que tu nueva etapa de jubileta sea tan afortunada y ejemplar como la que abandonas de profesional.

Ah, y una última cosa, que por poco se me queda en el tintero: después de casi cuarenta años de ser y actuar como internista, y de conoceros a vosotros, mis compañeros de fatigas, he llegado a la sabia conclusión de que cuanto mejor internista eres... más santa es tu mujer. Un guiño a Esperanza y, de paso, a todas nuestras abnegadas sufridoras.

Sed felices.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Lo simple,lo complicado y el sentido común

A Juan Francisco Ojeda le gusta recordarnos con cierta frecuencia a sus amigos más cercanos una frase de algún sabio que reza así como que una realidad compleja analizada por una mente simple desemboca siempre en una realidad complicada. Bueno, él dispone de un arsenal de ejemplos paradigmáticos de esta sentencia verdadera, pero yo os voy a relatar otro mucho más prosaico de mi propia cosecha.

¡Qué bonita Sevilla de visita! Un amigo vasco, poeta él, compuso hace un par de años una estrofa espontánea un día de toros en la feria: "Qué bonita está Sevilla, en sus tardes estelares, en la barra manzanilla; en la arena, Manzanares". Pues eso.

La Peque, nuestro amigo Palanco y yo hemos bicheao un poco por los interiores de la famosa torre Pelli, y luego hemos disfrutado de los exteriores, ese nuevo parque peri fluvial tan refrescante y acogedor. La Peque se nos escabulle y se va por ahí de compras al centro, y Palanco y yo paseamos tranquilamente sin rumbo fijo. Miento: nuestra intención es ir a la Casa de la Provincia para ver una exposición que hay de alguna cosa que ahora ya no me acuerdo. Estamos alojados en la casa de Jaime y Paqui a donde nos hemos venido con dos días de adelanto para asistir mañana a la despedida académica, la última lectio, de nuestro amigo Juan Francisco que, tras cuarenta y dos años de docencia universitaria, por fin se nos unirá a nuestro club de jubiletas.

Y aun siendo hoy lunes, está la ciudad la mar de animada y de vistosa. "Qué de tías güenas por tos laos, coño -suelto yo-. Mira ésa, Antonio, le rebosan los cachetes por los perniles". "Es que semos mu calientes, Manué" -me replica mi amigo. En la plaza del triunfo serpentea una gran cola para entrar en la catedral, casi toda ella de orientales; lo mismo en la plaza de la Virgen para visitar los Reales Alcázares. Turismo a reventar.
Antonio y yo alcanzamos ya la Casa de la Provincia. Y nos encontramos con el cartel de marras que anuncia que el museo cierra los lunes. ¡Vaya por Dios! Así y todo, entro para preguntarle al guardia jurado que defiende el sitio con su uniforme, su barba a lo hipster y su barriguita cervecera. Y me confirma lo evidente, que la exposición está cerrada.

-Perdone -me dirijo de nuevo al hombretón, un joven primitivo y achaparrado y algo cejijunto-. Me estoy orinando, ¿podría pasar un momento a los servicios?
-No es posible -me contesta muy en su papel-. Como es lunes está todo cerrado, la exposición, los servicios... en fin, todo.
-Bueno está -respondo resignado, y me dispongo a salir hacia la calle, cuando el buen hombre me espeta:
-Pero si usted quiere puede pasar al servicio y llenar la botellita del agua, que veo que la lleva casi vacía.
Y ahí ya no pude más:
-Le voy a decir una cosa, caballero -me pongo en plan como serio-: ¿usted cree de verdad de la buena que si entro a llenar la botella no voy a orinar, meándome vivo como estoy?
Y al hombre le hizo gracia la cosa y ya me dejó pasar. Aunque quién sabe si lo hizo a propósito, como buscando una salida "creíble" para dejarme desbarrigar.
-Es que si pasa uno la mano, esto se me llena de chinos -se excusa finalmente.
Nadie en la calle se percató, creo. Pero imaginaos que algún otro prostático como servidor hubiese presenciado la escena. Al momento se le hubiera llenado la sala de meones menesterosos, orientales y nacionales. Se hubiese encontrado, sin pensarlo, ante una realidad complicada.

  

jueves, 19 de septiembre de 2019

Desde pequeñito igual que su agüelico.

Muy cercano a los cinco años, mi nieto mayor, Lucas, es capaz de mantener una charla más o menos entretenida con cualquiera. Y más con su abuelo. En general, pienso que los niños se hallan más sueltos de lengua, de gestos y de actos con los abuelos que con los padres, siempre éstos con la censura y la amenaza por delante.
Mientras mi hija está con el pequeño Daniel en la piscina de niños, Lucas y yo hacemos tiempo paseando por el parque. Un reventaero, porque no para: que si en el tobogán grande, que si en este columpio, que si una carrera con su amigo Javi... Enfilando ya para la piscina al encuentro con su madre nos topamos con una pareja que llevaba tres cachorros de pastor alemán en la reata. Tan animalista como mi hija, Lucas se pone a juguetear con ellos, y los perritos se vuelven locos de contentos con saltos y cabriolas a su alrededor. "¡Venga ya, Lucas, que no llegamos"! Y con toda la inocencia del mundo, le pregunto una vez tranquilizado:

-¿Lucas, te acuerdas de los cachorritos que tuvo la Pelu?
-Sí -me responde pero con poca convicción, como por salir del paso.
-Fueron ocho perritos la mar de graciosos ¿te acuerdas?
-Y jugaban mucho, ya me acuerdo. Y la abuela les reñía porque se cagaban por toas las partes... -Y se pone a reírse, el tío.
-Y la Pegui, sí, sí, la Pegui, tu perrita, también se hacía la niña para poder jugar con ellos, qué cosas, eh, Lucas...

Se queda mi nieto como un poco pensativo antes de decirlo:
-Abuelo, y la Pegui por qué no ha tenido perritos?
-Puuuff, ¿Yo qué sé? La Pegui es una perrita muy especial, muy rara. Date cuenta de lo arisca que es, le ladra a to dios.
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Pues sí tiene que ver. Porque nunca se ha dejado montar por un perrito -le digo yo, a ver cómo cuela eso.
-¿Qué es montar, abuelo, que se suben los dos perritos en un coche?
Y me tengo que reír, a ver... Y es que, además, se me está reproduciendo mentalmente una escena casi idéntica que tuve con su madre, cuando tenía ella la edad de Lucas, al observar mi hija a su perrita Candy holgando con otro perro en el césped de nuestro patio. Y con todo tipo de subterfugios y artimañas le tuve que explicar, a tan tierna edad, el secreto de la vida. Pues ahora, lo mismo.
-No, Lucas. Montar un perrito a una perrita es una cosa que hacen los perros para poder tener hijitos. Verás, el perro se pone por detrás de la perrita, le echa las patas encima, se juntan los culos... y ya está... Y así la perrita se queda embarazada.
-¡Aahhh! -Se queda dubitativo-. ¿Y por qué no lo intentamos con la Pegui?
-Buahh, lo hemos intentado muchas veces. Pero no hay manera, que no se deja, que no quiere. Se pone a ladrarle al perrito hasta que lo aburre. Y te digo una cosa, Lucas: si una perrita no quiere, no hay ná que hacer. Tiene que ser que ella quiera, si no, nanai -y ahora es cuando sin querer meto yo la gamba, sin querer, eh-. Pasa lo mismo que con las mujeres: si una mujer dice no, es que no. No hay más que hablar.
-Abuelo, ¿pero las mujeres también se montan?
A ver cómo salgo de esta. La madre que me parió...
-Sí, claro -intento aparentar serenidad y seguridad-. Para tener hijitos todos los animales y también las personas tienen que hacer eso de montarse.
Y ahora, la repanocha:
-¿Y la abuela también se monta? -me pregunta el tío mirándome con una sonrisita provocadora.
-Poco, Lucas, muy poco. Es dura de pelar, como la Pegui.

Y dí gracias a Dios de que de repente el chaval se distrajera con otro amigo y dejara de interesarse por tan escabroso tema.