domingo, 30 de agosto de 2020

Un ogro

Me estoy convirtiendo en ogro a la vista de mis cercanos. Mis sobrinas -una madrileña y otra catalana- están algo quejosas de mi espantada a Antequera en cuanto han puesto el pie en el pueblo. Ellas se sienten seguras porque son prudentes en sus hábitos de vida actual y no creen justificado tanto miedo por mi parte. A un sobrino que trabaja en la hostelería en Málaga ni lo veo cuando viene a su casa de visita. Lo mismo que a mis sobrinos de Almería o de Córdoba. Ni verlos. Cuando alguien entra en mi casa desemboscado le invito a la mascarilla. La otra tarde le eché una bronca áspera a mi cuñado porque se apalancó una hora entera sentado en el salón charlando con mi mujer -separados, sí- sin mascarilla ¡Coño! Ni siquiera he tenido cojones de asistir a la boda de mi ahijada, ayer noche mismo, teniendo que digerir mis propios reproches contra mí mismo. Procuro evitar las reuniones. Es como si viera a los bichitos salir esparcidos de las bocas de las gentes. En busca mía. Y entiendo la procesión interior de mi Peque, mil veces más valiente y razonable que yo, que me sigue en casi todas mis decisiones, muy a su pesar.

Y, sin embargo, cuando analizo fríamente mi comportamiento, creo que actúo según la letra y el espíritu de las recomendaciones sanitarias. A lo mejor me paso un pelín, no sé... 

Resulta sorprendente que siendo España uno de los países en que más mascarillas se ven por las calles, sea, a su vez, el que más contagios "produce" en esta nueva oleada de casos. Nadie conoce exactamente el por qué de esta aparente paradoja, nadie, salvo mucha gente de derechas que lo tiene clarísimo desde el primer día: la culpa es del gobierno, ¿de quién, si no? Yo aporto mi visión del fenómeno: usamos mascarillas allí donde menos falta hace, en la calle. Sabemos que en espacios abiertos el riesgo de contagio es mucho menor, aún sin mascarilla. A no ser que te pongas a charlar cinco minutos con Samuel, el hermano que me sigue, que no sabe hablar más que a voces. En los espacios cerrados, y concretamente, en la seguridad supuesta de nuestras casas nos relajamos. Es algo natural. Los convivientes habituales de un domicilio no van a usarla, lógico. Pero ante cualquier visita, mucho más si es de alguien de fuera, todo el mundo debería ponérsela. Y la visita debe ser consciente de que contri más breve la estancia, mucho mejor. A este respecto, cabe destacar que los contagios domésticos y en fiestas cerradas y bares son la segunda causa después de los laborales.

Y me preocupa saber que ya hay gente que se ha entregado, no es que sea negacionista, no, sino que piensa que es cuestión de tiempo que todos caigamos, más pronto o más tarde. Y se relajan las maneras. La vida tiene que seguir -dicen-. No podemos vivir acojonaos todo el tiempo. Y se cancelan feria y festejos veraniegos, pero no renunciamos a reuniones caseras de familia, y fiestas de cumpleaños y de aniversario, y ... "Es que eso es lo normal todos los años por el verano"... Sí, pero este año no es todos los años. Este año es un poquito especial. Y no deberíamos convertirlo tan precipitadamente en un año "normal". No es normal. Aún somos vírgenes, pero en nuestros pueblos cercanos los brotes han tenido este origen festivo y doméstico. Porque pasados diez días de esos eventos "relajados" aparecen padres, tíos y abuelos con fiebres y toses, y entonces rezamos a santa Bárbara bendita.

Con mis debilidades -que también las tengo- siempre me ha gustado predicar con el ejemplo: en el seminario, en el hospital y en mi vida privada. Lo seguiré haciendo aunque tenga que pasar por un ogro irredento. 

Y un saludo especial a todos los docentes por asumir el reto tan formidable que les espera. 

sábado, 15 de agosto de 2020

Un día extraño

Hoy, 15 de agosto, el día más grande en mi pueblo, se me está haciendo rarísimo. 

Parecido al de Navidad, ha sido siempre un día de encuentros, abrazos, jolgorio y devoción. Pero con mucho calor de por medio. Este año, sin embargo, va para un día largo, tedioso y nostálgico. Ni siquiera hemos ido al pueblo a comer con la familia. Nos hemos enterado por los wassapts de los tres turnos de misa, a las 10, 11 y 12 de la mañana, para evitar aglomeraciones en la iglesia. Pero ni la Peque ni yo somos capillitas, aunque queramos -siendo ateos y todo- a nuestra Patrona como símbolo identitario de nuestro pueblo porque así lo hemos mamado desde chicuelos. Y desde mi ateísmo convencido grito sin rubor el "Viva la Virgen del Carmen", que una cosa es el cerebro y otra distinta, el corazón. Pero me cuesta aceptar que muchos creyentes no se resignen a rezar a la Virgen desde sus casas, sino que se afanen en plena siesta en los preparativos y logística necesarios para acometer esta noche un acto de veneración  pública hacia  nuestra Patrona en la plaza, garantizando todas las medidas normativas de seguridad. Desde mi visión de antiguo creyente y seminarista, admiro a esta gente, y no tengo más remedio que reconocer que la fe no mueve montañas, pero sí voluntades y almas.

Por otra parte, agradezco también que estas circunstancias extraordinarias me hayan eximido del hartazgo de "parrandos" callejeros, cantina bochornosa al mediodía y tostonazo de música moderna y flamenca toda la madrugada. Me hubiese gustado escuchar anoche el pregón de Manolo Pedrosa, un paisano con un duende en la garganta que entreteje las palabras como el esparto en la pleita, y un enamorado de su tierra. Me lo perdono. Me he confinado para evitar asistir a eventos sociales o litúrgicos. Me resignaré -¡qué remedio!- a perderme el espectáculo de fuegos artificiales tan esplendorosos desde la terraza de mi Juan, bueno, otro año será. Echaré de menos, sí, mi chocolate con churros de las tres de la mañana. Lo perdono. Noche de encuentro y cháchara con Rafael, Fraski, Sebas, Araceli, Nati y Pili. Lo perdono, hablo con ellos cada dos por tres. ¿Y entonces? Pues nada. Me he hecho a la idea de que este año extraño hay que vivirlo así. Desperdiciar un agosto de los noventa y tantos que tengo programados tampoco es para quejarse ¿verdad? Así lo entiendo. Quien no se conforma es porque no quiere.

No todo, sin embargo, van a ser quejas. Anoche mismo, para compensar, viví con cierto alborozo vergonzante la humillante derrota del Barsa. Es cierto que yo quiero que el Barsa pierda siempre en todo, ¿a qué negarlo? Pero me pareció excesivo tanto castigo. Con los lustros, uno va ganando en empatía, creo yo. Y me pongo en el lugar de los culés, y me da penilla, la verdad. Mis hermanos, sin embargo, mucho más jóvenes que yo, me dicen que de penilla, ni mijita. La poca edad.

En fin... Deseando que amanezca mañana.

martes, 11 de agosto de 2020

Los caprichos del Campechano

Entre Corinna, Corona y Coronado, las redes sociales nos entretienen estos días con viñetas de mofa -memes los llaman ahora- sobre los gustos lujosos de nuestro emérito. Los otros, los rijosos, ya eran sobradamente conocidos. Y la verdad, no le falta paladar al gachó. No me impresiona nada su pasión por los relojes caros -yo no uso ninguno- ni por las escopetas de caza ni siquiera por el oro y los maletines que pueda atesorar. Lo que me ha hecho flipar ha sido el que tenga en su despacho una máquina de contar billetes. ¡Macho!, eso me ha dejado pillado. Uno de mis más recordados sueños infantiles era el poseer una máquina de hacer billetes. Contarlos ya lo haría yo mojándome los dedos con salivita. Y parece que con la edad le crecen al viejo borbón los caprichos más que a Podemos las causas judiciales sin causa.

¡Oye!, al contrario que a mí, que contri más provecto, más desocupado de líos y de afanes me hallo.

Fueraparte de mi secular desapego por la indumentaria que tanto irrita a la Peque ("te querrás parecer a tu novio" -me embiste a veces para provocarme), sin duda, lo más llamativo para mí ha sido comprobar la indiferencia que ahora me produce el disfrute de una estancia hotelera. Y mira que hasta hace bien poco me ilusionaba un montón el sólo pensar en ello: imaginarme con la Peque en un hotel de lujo, de esos de pulserita, con sus amplios salones, su mobiliario tan selecto, su restaurante y sus desayunos de buffet libre, sus piscinas de formas caprichosas con vistas y salida a la playa... Una cena romántica en la terraza fresquita y en penumbra, una noche de amor con cierto desenfreno -tampoco hay que pasarse- en una habitación coqueta y con espejos en el techo eran fantasía hecha realidad, una especie de travesura cómplice y pecaminosa. Un lujo para la concupiscencia que, por esporádico y exótico, resultaba tan excitante. Ahora, sin embargo, he perdido esa ilusión, como que ni fú ni fá. Es tontería pagar un dineral cuando a lo peor esos días no toca matrimoniar, que es lo más probable. Cuando compruebo la comodidad de mi casa, el servicio del todo incluido gratis y las circunstancias actuales que invitan a la prudencia, resulta que disfrutar de un hotel no me sale a cuenta.

Y he aquí que a nuestro Campechano, sí. A él sí que le apetece ese lujo. Y no un hotel cualquiera. El hotel más caro del mundo. Un hotel en el que todo lo que reluce es oro. Un hotel de once mil euros la noche. Con todo, de querer, yo podría ir, no creáis. He calculado, así por encima, que rejuntando todos nuestros ahorros bancarios después de cuarenta años de trabajo, más los mil euros que debe tener la Peque escondidos en algún sitio de nuestra casa, nos darían para... dos noches y media. Tres, si abandonamos el hotel de madrugada. Lo que pasa es que no me sale a cuenta, no. No necesito tanto. 

En realidad, no le envidio nada a nuestro antiguo rey. Bueno... quizá me quedaría con la máquina de los billetes, sí, me hace ilusión. Sacaría del banco dos mil euros en billetes de cincuenta y los contaría todos los días, una y otra vez. Me pone ese ruidito del claquear. Ya en serio, creo que una persona que necesita de tanto lujo para vivir no puede ser feliz del todo. Porque cada vez querrá más, nunca estará contento con lo que tiene. Y en este sentido, siento un pelín de lástima por este hombre, ya mayor, que en su retirada condición de emérito podría disfrutar de un tranquilo anonimato en un piso elegante y amplio en Chamberí, por ejemplo, con su administrador, ama de llaves y doncellas de cofia y delantal;  de sus lecturas reposadas al atardecer; sus paseos con escolta, si queréis, por El Retiro; sus visitas frecuentes a los hijos y nietos repartiéndoles, vale, billetes de doscientos euros en vez de la calderilla que nosotros damos a los nuestros; en fin, de una vida relajada, de un "beatus ille" al estilo de lo de Anguita -otro picha brava, pero en decente-. Una vida sencilla. Pero no. Le ha podido su maldición de "bon vivant" por encima del ejercicio debido de ejemplaridad y decencia inherente a cualquier cargo público, doblemente obligado en él por asumir la Jefatura del Estado. Una lástima. Porque un solo pecado capital -la avaricia- le ha descompuesto en trizas el saco de su honorabilidad y respeto del que ha gozado ante la ciudadanía hasta hace bien poco. Yo creo que el otro pecado -la lujuria- se lo perdonamos todos. Semos así de calientes los españoles, ea. No, no le ha ido la vida sencilla.

Quizá pudiera haber sido así si hubiese disfrutado de una infancia limpia y pueblerina -como tantos de nosotros- y no la suya artificial y regalada de hoteles y palacios en Roma o Estoril. Tal vez, entonces, no tuviese esa necesidad de refugiarse en una jaula dorada. Porque, vamos a ver, ¿para qué los bolsillos llenos y el corazón solitario? Pero, claro, no a todo el mundo, ni siquiera a un rey, le es dada la suerte nuestra de conocer la necesidad y la contingencia, de vivir de niños la felicidad que proporciona el disfrute de  lo justo, ni una pizca más, de sentir en el pecho el inmenso gozo de una noche de verano al relente en la era al cobijo de la parva; de aprender a vivir con humildad, incluso con pobreza, pero con la felicidad chorreando por los ojos. No es más feliz quien más tiene, sino quien sabe gozar de lo que tiene. Esos somos nosotros que sabemos mucho de la vida porque ya vamos para viejos. Y que atesoramos un valor que ninguna máquina de billetes puede producir ni contar: el goce de lo sencillo, el calor de la familia y de los amigos.

Y seguimos a la espera de la vacuna.




martes, 28 de julio de 2020

Regreso a casa

En la última fase de la famosa desescalada, anhelando por ello desde semanas antes, nos mudamos al pueblo. Casi, casi, a estrenar la casa nueva recién restaurada. Algo más de un mes hará de la mudanza. Y lo tomé como una especie de sucedáneo de las vacaciones estivales: como este año no podemos irnos al norte, nos vamos al pueblo. Muy bien. Y con mi barba Covid y todo.

Aparte de la novedad, uno de los alicientes de nuestra nueva vida-quizás el principal para mí- iba a ser, sin duda, dar satisfacción plena a la ilusión de la Peque por disfrutar por fin de su flamante casa, el hogar de su familia hasta hace bien poco, la herencia de sus padres. Y lo hemos hecho: disfrutar. Creo que sí.

Un mes intensivo. Ansioso, diría yo. La Peque ha exprimido el tiempo disponible hasta lo indecible: tres sesiones diarias de ejercicio físico, a saber, senderismo a las siete de la madrugada; aquagym a media mañana y una sesión extra de senderos más cortos sobre las ocho de la tarde. Con su hermana Conchi, su prima Ani y su sobrino Juanma. Yo, solo el aquagym, muy divertido por otra parte al ser el único hombre a tiempo completo en un grupo de diez féminas casi tan fieras como la Peque. Bromeo con ellas recurriendo a tópicos micromachistas u homófobos, lo reconozco, que tan difícil nos resulta a los hombres rancios despojarnos de ellos. Los movimientos tan sinuosos y gráciles en el agua a que nos obliga nuestra bella monitora me empujan a gritar que me voy a descoñar o que de ésta voy a romper en maricón.
Pero fuera aparte (se dice así en Sevilla, han sido muchos años allí) del aquagym, he seguido fiel a mi María Martínez, la del canal de gimnasia del Youtube, y además he amortizado de sobra una piscina de estas de plástico duro que tanta gente ha comprado este año, en el campito que mi cuñado Sepli tiene a las afueras del pueblo. "Niño, estás achicharrao" -me regaña una vecina muy parlanchina que tenemos.

Mis miedos de siempre, sin embargo, me han traicionado, es verdad. En el pueblo es prácticamente imposible hacer un medio confinamiento. Son diarios los contactos cercanos con familiares, muy frecuentes las visitas de hermanos y sobrinos, gente mucho más joven que nosotros y que se mueven por el mundo; incluso, de algunos pacientes que me consultan; inevitables algunas salidas a bares muy saturados; alguna que otra comida en casa o en el campo con familia y amigos... Y me asusto. Cuando nos enteramos del caso positivo del cura, anduve dos días acojonao porque aunque yo no sea capillita me relaciono con todo el pueblo. Y, para más inri, mi hermano Manolo (Samuel para nosotros) había estado en los preparativos de vestir a la Virgen para el día 16. En esta enfermedad tan silenciosa donde menos lo esperas puede saltar la sorpresa. Ni en la iglesia está uno tranquilo. Hasta que salieron todas las PCR negativas lo pasé regular. Total, que la Peque, conocedora de mis desvelos, dice hoy que hasta aquí hemos llegado. Que pa la casa. Y nos hemos venido a Antequera. ¡Toma ya! De un plumazo.

Y me encuentro ahora más relajado. Porque puedo hacer lo que me plazca. Como muchos de vosotros, amigos míos, que os habéis confinado en el campo, en la playa o en vuestra casa de manera voluntaria. Es la sensación de haber estado un mes fuera de casa, muy a gusto y haciendo muchas cosas, sí, pero sabiendo que no estás en tu sitio, que es una situación transitoria, que algún día volverás a la tranquilidad de tu hogar. Como lo que me ha pasado con mi barba, que no me he hallado del todo con ella. Y ayer mismo, como presagio de lo que estaba por venir, me la afeité. Un tío nuevo. Aún no me he hecho a la idea de que aquella casa del pueblo también es mi casa. No creo haber tenido en todo el mes la sensación placentera de autonomía, intimidad y relajación que disfruto aquí en Antequera. Será que necesitaré más tiempo y, sobre todo, más seguridad. Necesito la vacuna. En fin... Todo se andará.

sábado, 27 de junio de 2020

A septiembre

A propósito del tema de ayer, el de asignaturas pendientes, me recuerda un amigo lector que ayer mismo fue el día de san Pelagio, día en que finalizaba el curso académico en el seminario, y que hoy daban comienzo nuestras vacaciones de verano. Yo desconocía este extremo. Lo cual me coloca en una situación muy embarazosa: sin posibilidad de recuperar, algunas asignaturas del grado doméstico y el trabajo de fin de grado se me van a septiembre sin remisión. ¡Manda güevos! Ni un solo suspenso en toda mi vida académica, ni en la escuela, el seminario o la facultad de medicina, y ahora me suspende mi señora, y me deja sin casa rural y sin feria del pueblo. El programa veraniego va a consistir en prácticas de manejo casero: fregar el suelo sin pisar lo fregado, colocar el lavavajillas empezando por la bandeja de abajo, no volver a usar papel higiénico para limpiar las manchas del espejo, que se queda luego lleno de virutas, recoger la ropa tendida sin amontonarla en el sofá como un amasijo... Cosas así, tan repelentes para un intelectual. Y lo malo será que con tan poca actitud vuelva  a suspender en septiembre... No quiero ni pensarlo: ¡repetir curso a mis años!

viernes, 26 de junio de 2020

Asignaturas pendientes

Tan largo confinamiento en Antequera había logrado borrar de mi conciencia las obligaciones domésticas de un hombre corriente en la Nueva Normalidad. Allí, constreñidos en el piso -por espacioso que fuera-, la Peque entretenía su encierro haciéndose cargo de manera desenvuelta de toda la logística doméstica, ejerciendo graciosamente de colaboradora necesaria para que un servidor pudiera dar justo cumplimiento a su débito literario con vosotros, mis queridos lectores. Pero todo de buen rollo, pareciera como si a ella le sobrara día, y se encontrara complacida viéndose ocupada. Porque ella, al contrario que yo, lo que no puede de ninguna manera es permanecer de brazos cruzados, "sin hacer nada".
-¿Qué haces, Sema?
-Nada. Aquí me ando, pensando en mis cosas...
-¿¿¿Cómo puedes estar sin hacer nada???? -. Y pilla un cabreo...

La cosa ha cambiado, radical, aquí en el pueblo. Ahora le falta día. La casa grande en estado de revista permanente para las visitas, las escaleras, las habitaciones de invitados, la de los niños, las macetas del patio..., las compras, la plancha, la cocina, los paseos crepusculares por el campo -amanecida y anochecida- con su hermana Conchi y su prima Ani... requieren de un colaborador activo y dispuesto. Y ahí estoy yo en justa reciprocidad a su total entrega en Antequera.
-Manda lo que quieras, a tu entera disposición -me ofrezco gallardo.
-Mira, casi me conformo con que no estorbes, fíjate lo que te digo...
Pero luego, ya en frío, se me queja con razón de mi pobre disposición para la casa. Y me escuece un poco que me compare con Fraski o con Jaime, gente tan mañosa para la cocina o el jardín, o tan manitas para la casa. O tan rumbosa a la hora de salir de compras, por ejemplo. Pero es que yo tengo otras cualidades, me indulto a mí mismo. ¿Cúales son?, me pregunto a continuación. Y cada vez me cuesta más encontrarlas.

Me temo que nunca terminaré por hacerme con todos los cabos de  la gestión de una casa corriente. Ha habido momentos puntuales en que me he creído poseedor de esa alquimia inalcanzable para el hispano común, la de dar satisfacción completa a cualquier cuita al gusto de las señoras, nuestras santas. He llegado, incluso, al sumun, esto es,  hacer cosas por mi cuenta sin que ella me lo mandase. Recuerdo un día memorable en que vino a nuestra casa Cristóbal el fontanero a arreglar una cisterna del water, dejando al final del trabajo un pequeño charquito de agua en un rincón. Y yo, por mi cuenta, agarré la fregona y  dejé el aseo como el jaspe. Son detalles puntuales, me falta continuidad. Soy un hombre bien mandado, es verdad, pero reconozco que carezco de iniciativa. Cree uno haber acabado con notable todos los créditos del grado doméstico, pero siempre te queda algún máster suelto por ahí.

Y es que a uno se le escapan cosas que para ellas saltan a la vista. He llegado a pensar que se trate de una cuestión genética, cerebral, antropológica. En serio: abrimos el frigo buscando la sandía y no la encontramos... y llega mi mujer, "Ahí enfrente la tienes, que te va a comer"... Los hombres estamos genéticamente preparados para la vista larga, de cuando teníamos que vérnoslas con lobos, jabalíes y bisontes en la caza de supervivencia, mientras las mujeres se ocupaban de la casa y la recolección de verduras y bayas, cosas a la mano. Por eso son tan ordenadas y meticulosas con lo cercano. Por ejemplo, el último suceso acaecido en mi casa y de tan oscuro origen: "Sema, llevo unos días viendo unos refregonazos y  salpicaduras en el espejo del cuarto de baño. Las limpio y al día siguiente vuelven a aparecer. ¿Tú de qué crees que serán?" Ella ya lo sabe de antemano, pero le gusta hacerme recapacitar, "coño, que pienses en las cosas, que no vives solo, que lo que tú no hagas alguien tiene que hacerlo"... Y a mí, la verdad, no se me ocurre nada. Antes, en situaciones parecidas, le echaba la culpa a la perrita, pero ya no me atrevo, que se cabrea más mi mujer por tomármelo todo a cachondeo.
-Piensa... A ver de qué puede ser. Aquí no entramos más que tú y yo...
-No sé, Peque. Como no sea al lavarme la cara...
Pues no era la respuesta correcta. Me hace ver que mi postura al cepillarme los dientes mirando al espejo produce esas salpicaduras de agua y pasta dentrífica, cual gotitas cargadas de Covid. Ea, una cosa tan elemental, para que veáis... Otra asignatura aprobada: agacho la cabeza contra el lavabo y ni se me ocurre mirarme al espejo mientras me cepillo.

Ansioso estoy esperando las notas finales.

miércoles, 3 de junio de 2020

El Graduado

Ayer noche pusieron en la segunda cadena la película "El Graduado". 

Es la cuarta vez que la veo. Creo. Y la seguiré viendo si me entero que la echan de nuevo. No sé... La tengo muy dentro de mi. Como cosa mía de siempre. La vi por primera vez en el cine Cabrera de Córdoba, en el 69 o 70, a mis dieciséis años, siendo seminarista. Y fue de esas cosas que impactan necesariamente a un adolescente. Y creo que para bien. ¡Por fin un cuerpo de mujer desnudo! ¡Aunque solo fuese de espaldas! ¡Al fin, escenas de cama, muy ligeras y piadosas para lo que hoy se estila, pero tan necesarias para nuestra atormentada concupiscencia! Para mi forma de concebir el sexo entonces como macho superhormonado y reprimido, me parecía impensable que un joven de veinte años pudiera estar acostado con una mujer guenísima -Anne Bancroft insuperable como señora Robinson seductora-, y hablando tranquilamente de cualquier cosa, en lugar de chingar y chingar sin parar. Naturalmente, la segunda parte de la película, la del noviazgo con Elaine, ahora lo más preciado a mi vista, me pareció entonces mucho menos interesante. Uno sólo tenía ojos para la carne. ¡El ansia viva!!!

El Graduado no es una película universal ni atemporal. No. Tuvo su tiempo, su momento, sus personajes y su público. Un impacto limitado. Y se acabó. Su temática (la vida adinerada y aburrida de universitarios hijos de padres ricachones, en una sociedad decadente que cuestiona ya el modelo de familia tradicional, heredada después por  American Pye) es algo ya muy superado. A nadie le extraña, le afecta ni le importa. ¿Qué posee, entonces, que sigue gustando verla? Bueno... En mi caso particular, la nostalgia de un pasado muy querido, el imaginarme en aquella Córdoba cercana y amigable, y luego, las escenas tan bien rodadas y encuadradas de ese amor juvenil limpio de sexo, tan alocado, tan desesperado, que me evocan los amores románticos de nuestros tiempos, en los que una mirada, una sonrisa, una lágrima, un roce de manos eran el éxtasis, el embeleso, el no va más... De ese malhumorado "¿Por qué has venido a verme?"... Al "No te vayas todavía hasta que tengamos un plan"... Embeleso en los gestos y en la mirada de una Catherine Ross deslumbrante y desconcertada ante la avalancha de pasión de su novio prohibido, un Dustin Hoffmann que jamás ha corrido tanto y tan deprisa como al final de la película, para llegar a tiempo a la iglesia presbiteriana de santa Bárbara a desbaratar la ceremonia del casamiento de su Elaine con otro. Bueno, y desde luego, la banda sonora de Simon y Garfunkel, mis ídolos indiscutibles de aquellos años.
Further | 5 razones por las que ver 'El graduado' hoy

Avisadme si os enteráis de que la ponen otra vez. Que la veo.