miércoles, 14 de mayo de 2014

Mal de amores a los ochenta

Hoy os voy a contar una historia increíble. Y tierna también.
 
En la consulta tienes que andar muy listo y rápido de reflejos. El tiempo es finito y debes exprimirlo hasta la última gota. Un gesto, una mirada, un lapsus, un acto fallido... pueden darte la clave de lo que buscas. ¡Ni que fuera tu consulta una sala de interrogatorio policial!, pensaréis. Pues, casi. La mayoría de las veces el motivo de consulta o estudio es claro y explícito: hay gente que viene por anemia, por hipertensión, porque le ha salido un bulto aquí o allí o porque está perdiendo peso sin proponérselo. Pero hay otras situaciones menos claras, digamos que los motivos son más difusos, nada concretos. Esta mujer.

Esta mujer ha pasado ya de los ochenta pero se le ve la mar de pizpireta. Al pronto, extraña el motivo por el que la manda su médico: "cansancio extremo", pone en el volante.

-Amos a ver señora, ¿por qué viene usted a mi consulta?
-¿Por qué va a ser? -responde con cierta altivez-, porque me ha mandao mi médico...
Mal empezamos, me río por dentro.
-Ya, vale. Me refiero a que qué es lo que le pasa.
-Ah. Bueno... pues es que llevo como un año más o menos que me siento muy cansada. Un poner, estoy fregando los platos ¿no?, pues tengo que dejarlo, voy por la calle paseando con mi marido, me tengo que parar... en fin que no vale una pa ná.
-¿Y tendiendo la ropa? -le pregunto no porque eso tenga algún valor clínico añadido sino porque para mí es la tarea más penosa de las casas, la que más esfuerzo requiere, agáchate a coger los calcetines o las bragas del barreño de plástico -¿cómo es posible que una mujer sola gaste tantas bragas?-, levanta los brazos hasta el tendedero, ponle las pinzas, corretea un rato detrás de la perrita que se lleva en la boca un calzoncillo, repítelo todo treinta veces... ¡qué hartura!
-No, en eso no me he fijado, yo creo que no, que eso no me cansa.
Buena pista.
Repaso su historial en el ordenador, la exploro a conciencia, veo su analítica, un poquito de falta de hierro, la radiografía, la última ecocardio que le ha realizado su cardiólogo, los tratamientos que toma... La verdad, no encuentro el motivo de este raro cansancio que no le permite fregar los platos pero sí tender la ropa. Rendido, me vuelvo a dirigir a ella:

-Señora, yo no encuentro la causa de lo que le pasa. Mire que llevamos media hora, que he repasado todo lo suyo, que la he registrado de arriba abajo... -Y ya uno tiene que echar mano de experiencia-. A usted le pasa algo que no me ha contado -le espeto de pronto, como tirándome un farol-. ¿A que sí?
La mujer cambia de color, mira a su hija como diciendo ya me ha pillado, me vuelve a mirar a mí extrañándose de mi atrevimiento y de mi perspicacia, al fin suspira. Un largo suspiro.

-Mamá, no pasa nada. Estamos aquí para eso. Desahógate de una vez, mujer -es la hija quien toma ahora la palabra, una mujer serena y apacible.
La señora se ha derrumbado, dos chorreras de lágrimas brotan de pronto, casi a borbotones, de sus ojos, antes vivos, ahora melancólicos. El nudo de su garganta no le permite articular palabra.
-Mamá, por favor...
-Déjala -corrijo a la hija.
La mujer llora largamente. Le cojo sus manos con las mías. Al cabo, se enjuga con su pañuelito, se rehace y se disculpa. Pero no habla.
-Cuéntemelo usted -le digo a la hija-, a ver.

¡Qué cosas le pasan a las criaturas del Señor! ¡Con lo simple que es la vida en mi casa! Hará un año, más o menos, que regresó al pueblo una anciana viuda de la edad de esta mujer que en su día emigró a Cataluña. Y resultó que esa anciana fue la primera novia de su marido allá por los años cincuenta. Y que su marido -¡qué calientes y salidos los hombres, todos- se ha encaprichado con ella y ella con él -¡anda que también la señora catalana...!-. Pero, nada de nada, nada pecaminoso, sólo charlar, verse un poco a escondidas, llamarse por el móvil, algún beso -sin lengua desde luego- de despedida o de saludo y ya está.
-Y está bien, y a mí no me hubiera importado -salta al fin desgarrada la anciana mujer-, lo hubiera comprendido. Lo que me ha matado es la mentira, la ocultación, "Oye Manuel, aquí hay una llamada de Angelines", "No, no, ése será un número equivocado", "Oye niño, ten cuidado que me han dicho que ayer te vieron con Angelines, ya sabes cómo es la gente", "No, qué va, ayer estuve toa la tarde en el hogar de los viejos jugando al dominó", eso es lo que no he podido soportar. Y me ha acarreado, es verdad, una depresión.
-Lleva usted razón. Yo creo que la base de una relación de pareja debe ser la sinceridad y la lealtad. Ni siquiera la fidelidad, sino la lealtad. Así que la comprendo a usted perfectamente. Pero ya está todo aclarado. Su marido le ha pedido perdón. Pelillos a la mar.
-Sí, pero cuesta.

Puede creer erróneamente la gente nueva que este tema del desamor sólo les atañe a los jóvenes. La vida nos va enseñando cosas, cosas impensables a ciertas edades, cosas como que el amor no entiende de años ni de arrugas. Quien bien te quiere te hará llorar. A cualquier edad.

Y entonces se me viene al pensamiento cómo se puede enterar el médico de cabecera de todas estas historias si sólo dispone de diez minutos por paciente. Imposible. A mí me ha costado casi una hora. Y son historias relevantes, que te dan la clave del diagnóstico en muchos casos, que de su conocimiento, a la postre, se deriva el ahorro de pruebas molestas, caras e innecesarias. Sin la última confesión, esta mujer posiblemente se hubiese ganado dos endoscopias y un TAC. Por lo menos.


Saber escuchar, ese arte que debe poseer todo médico, que nunca podemos perder. 

domingo, 11 de mayo de 2014

Enfermedad primaveral

Amanece fresquita y soleada esta mañana de domingo, la mar de tranquila. ¡Todo el santo día por delante para descansar! Falta hace.
 
Ayer fue un día intenso. Siempre lo son los días -una vez al año- en que nos reunimos en familia los antiguos seminaristas. Ayer, más. No en vano celebrábamos los 50 años desde las primeras pisadas en aquellos otrora sagrados lugares. El seminario nos sigue reclamando algo, oye, va a ser verdad lo de la vocación, lo de la llamada; la magia de los Ángeles nos imanta al terreno y entre nosotros mismos. Siempre acudimos más gente cuando la reunión se organiza en Hornachuelos. Por algo será. Lo sé, es la enfermedad primaveral, esa mezcla embriagante de color, fragancia salvaje y naturaleza que, por este tiempo, nos trastorna el sensorio y nos impele a nuestros orígenes. 
 
Cada año reclutamos tropa nueva. Ayer nos sorprendieron con su fresca presencia aquellos chaveas de Palma del Río que formaron parte del mítico grupo de los "Pigmeos", de inagotable resonancia, otro chaval del curso del 63, Rafael Raya, acompañado por Elena, su simpática y dicharachera esposa ucraniana, y mi antiguo amigo de Dos Torres, Manuel Muñoz Medrán. El resto, los habituales de todos los años. Cincuenta y cinco criaturas conté, así a ojo. Bastantes más hubiéramos sido de no ser mayo, mal mes para estas cosas por mor de compromisos otros tan vinculantes e influyentes en nuestra sociedad como son las comuniones. Y este año, además, feria en Sevilla.
 
Os traigo este artículo porque para mí todo lo que tiene que ver con el seminario es algo muy especial, me siento heredero de una suerte de privilegio exclusivo para unos pocos elegidos. Un estigma positivo. Quizás este sentimiento de pertenencia, de "clase", no pueda comprenderlo del todo nadie que no haya sido seminarista. Vosotros, sin embargo, conocedores afortunados de mi pensamiento transparente "como alas de libélula" (sic), os estáis acercando bastante al calor del mismo y compartiréis conmigo esta emoción de hoy.
 
Porque es algo admirable ¡verdad? que alguien se encuentre con otro alguien a quien no ve desde hace cincuenta años, que si se cruzan por la calle no se reconocerían, un tercero les miente sus nombres respectivos y se fundan en un abrazo sentido tal como si se conociesen de toda la vida. Y no sólo eso, sino que a continuación, repasándose de arriba abajo, se mientan cariñosamente "Pues estás igualito... si no fuera por la barriguita cervecera", y el otro "Y tú lo mismo, pero dónde ha ido a parar tu famoso flequillo?" ¿Por qué a nuestra edad importa tanto aquello que nos unió en tiempos tan pretéritos? No lo sé. Será nostalgia, será chocheo, será preludio de vejez... Es bonito, sea lo que sea.
 
El grueso del grupo prefirió lo cómodo -tenemos ya una edad- y se embarcó con un capitán de mentirijilla en un catamarán de gasoil pestoso para llegar, río arriba, a la altura del seminario. Y vuelta "patrás" sin pisar tierra. Dicho personaje no sólo dice ser capitán retirado, sino que es, además, el dueño del bar, del embarcadero y el guía turístico de la travesía. Les relató a todos su historieta de siempre, los orígenes del monasterio, las visitas reales que tuvo, las divertidas y deslizantes vidas de la "Penitenta" y su compadre el "Fraile santo", cada uno en su cueva, haciendo de confesores y proveyendo alivio a las necesidades espirituales y carnales, pongamos énfasis en estas últimas, de su respectiva clientela, la trágica muerte por precipitación del Fraile, arrepentido de tan ardua provisión, las contingencias finales de los monjes, el apostolado de los mismos en California, el transporte famoso de cepellones de naranjos desde el seminario hasta tierras indígenas y salvajes cruzando el Atlántico, el presunto gentilicio de la ciudad de los Ángeles y de las naranjas de California como originario de nuestro seminario... Aunque sea ficción casi todo, nos gusta creérnoslo. Yo lo cuento como verdad bíblica.
 
Otros pocos fuimos más esforzados. Por un sendero ribereño de cuento alcanzamos el seminario tras una larga hora de paradas, fotos, disparates y charlas animosas. No comprendo bien el gozo de la Iglesia de Córdoba porque la justicia le haya devuelto la titularidad del seminario y su terreno. La letra menuda del testamento de la duquesa de Peñaflor, al parecer, le ha favorecido. ¿Para qué? Aquello es un enorme edificio en ruinas, todo comido por maleza, sicomoros, escombros, crías de almezos y algarrobos. ¡Qué lástima! Lo que fuera en su día nuestro glorioso seminario devorado hoy por la montaña, convertido, casi, en un accidente del monte. Fortaleza rendida a la devastación, al saqueo y al abandono más absoluto. Como si fuésemos una pandilla de rateros saltamos la gran cancela de abajo. Aquello es nuestro, nos pertenece por historia, por memoria, por devoción y por insistencia. Nosotros y sólo nosotros le damos consistencia. Y sin embargo nos vemos obligados a comportarnos como salteadores de caminos. Al pasar por la sala de juegos me acuerdo siempre de mi paisano Manuel Gámez Rivera, un as en el ping-pong. Fue luego todo muy divertido porque Ginés, uno de los "pigmeos", a la vuelta del "Salto del Fraile", nos enseñó caminos y vericuetos próximos que ellos frecuentaban y que nos eran totalmente desconocidos para el resto. Lo más llamativo fue cuando nos condujo a una cueva secreta, descubierta por ellos mismos, en pleno precipicio, donde escondían su armamento de lanzas, navajas y demás enseres bélicos y de caza e, incluso, nos decía, manjares perecederos provenientes de la talega de la ropa limpia para ponerlos a salvo de la posible requisa de los curas, que la humedad del sitio los protegía. Ginés es un tío gracioso, conserva su cara de pillo, su genio vivo y su sentido del humor. Nos contó que, siendo sus padres analfabetos, al recibir las primeras notas del trimestre su madre se pavoneaba ante las vecinas del pueblo pregonando que su niño era el número uno en matemáticas... porque había sacado eso, un uno.
 
Luego, en la casona que alquilamos para el evento, el cortijo de "Las Piedrecitas", tuvo lugar el macro encuentro y el ágape-comilona. La sobremesa fue muy entrañable. Muchos de nosotros leímos en público unas breves cuartillas relatando algún episodio, vivencia u anécdota curiosa de aquellos tiempos. Y así nos enteramos todos que el Luna había sido presentador de una especie de escala en hifi que se hacía en el entorno de la piscina, y que un día le llamó hijo puta al médico del pueblo como acto reflejo al recibir el pinchazo de éste en su rodilla inflamada; o que Manolo Cosano fue cesado ipso facto como sacristán de la capilla por haber hurtado algunas magdalenas del comedor de los curas; o del  jueguecito sensual que se traía el Jaime  con la leche condensada en tubo; o del acto de insubordinación, rebeldía y soberbia que protagonizaron Montes Santiago y otros de su curso entregando en blanco un examen como forma de protesta; o del estómago de camello que debía de tener Paco Moreno Osuna, capaz de tomarse una sopera entera de sopa de estrellitas en la cena; de la desdichada e inmerecida fama de vago que los curas atribuyeron al bueno de Luis Enrique; de la gripe tan rara y delirante de Miguel Estepa, o de los intentos virtuales de escarceos eróticos de José Pablo, el Barona y el Fili con la Isabelita.

Sin que de ninguna manera fuera ése el propósito, el caso es que se estableció de una forma espontánea una especie de concurso, de manera que parecía que el relato que más aplausos y risas consiguiera fuera el ganador. No hizo falta la mano alzada. De corrida ganó la redacción de Antonio Estepa. ¡Que tío más gracioso! ¡Y lo fino y certero de su pluma! Tituló el relato como la enfermedad primaveral. Se describió a sí mismo, por aquellos entonces, como un ser blando, peludo... como Platero, y transparente como alas de libélula y que fue el contacto con nosotros, sus compañeros, el que lo volvió opaco y adiposo. De eso nada, ya nos lo entregaron gordo desde Montalbán. El estallido de la primavera embriagada de colores, olores e insectos le pilló a él encamado en la enfermería. Y cuenta con una gracia insuperable sus artimañas de enfermo para enfocar, con precisión de artillero, el ángulo más favorable de visión de la muchacha que fregaba el suelo cuerpo a tierra. Un figura.

Entramos en los Ángeles con once años, tenemos ya sesenta y uno. Hemos sufrido, sí, algunas bajas irreparables. Es la vida. Los demás, ahí seguimos. Y cada año sumamos gente. Se dice pronto. 
 
 

martes, 29 de abril de 2014

Esto era una vez una gallega y una andaluza

Juzguen ustedes mismos: dos situaciones idénticas, dos respuestas distintas.
 
Esta mujer debe de ser gallega, los apellidos la delatan, más todavía sus gestos, su pose, sus respuestas secas, sobrias, cortantes y ásperas.
-Usted es gallega, eh señora -me adelanto nada más sentarse delante mía.
-Sí, de Porriño, en Pontevedra; pero llevo más de veinte años aquí, en Alcalá.
-Pero no ha perdido usted ni acento ni carácter, por lo que veo.
-Así será.
 
Viene acompañada por una mujer joven, su hija. A ninguna de las dos la imagino con traje de farándula ni con castañuelas. Frías y serias. Y aún así, me atrevo a meter la pata.
 
El problema que la trae a mi consulta es que ella cree ser alérgica -o al menos intolerante- a algunos medicamentos, en concreto a uno que le tienen mandado como necesario e imprescindible. "Lo será, pero yo llevo ya dos meses sin tomarlo" -sentencia con cierta insolencia.
-Pues muy bien, bueno... muy mal, pero vamos a ver cuál es ese dichoso medicamento -y me quedo expectante esperando su respuesta. Ella se ruboriza un poco, mira a su hija, rebusca en el bolso, se vuelve hacia mí...
-El caso es que... me parece que no me lo he traído, yo juraría que lo había echado al bolso... -está claramente azorada-, bueno pero a lo mejor puede usted verlo en el ordenador.
-Si estuviera prescrito en el ordenador no tendría necesidad de preguntárselo, pero no lo está.
-Pues... entonces, es que no lo sé.
-¿Ni se acuerda usted del nombre?
-No, la verdad.
 
No me altero ni me irrito, podéis creerme. Antes, sí. Abroncaba a los pacientes olvidadizos afeándoles su conducta indolente. Las canas me han vuelto más comprensivo e indulgente. Y más todavía, la próxima abuelidad.  Pero le hago ver el sinsentido de esta consulta si no sabemos contra qué fármaco nos enfrentamos.
-Vamos a ver: esta cita conmigo la conoce usted desde hace un mes. No ha sido de un día para otro ¡verdad que no? Tiempo sobrado para que usted se hubiese acordado de meter la pastillita en el bolso.
-Es verdad, no sé cómo he estado, le pido disculpas doctor.
 
Al final, juntando cabos, uno lo averigua todo. Me imagino cuando yo voy a un taller de coches y le cuento al dueño la de tironazos o chirridos que le noto al coche de la Peque, una birria de coche, y él enseguida se va derecho a las bujías, a la correa de distribución o al radiador sin necesitar de mis torpes explicaciones. Pues lo mismo. Pero no puedo dejar de caer alguna de mis perlas, a modo de desahogo.
-Usted señora, lo que tiene es un coño que se lo pisa, vaya.
 
No estuvo bien, ya lo sé. Primero porque no y segundo porque tampoco. La mujer es un extraña para mí, no hay confianza ni feeling para una estolidez como ésa, pudo pensar, con razón, en que vaya médico con menos educación, esas no son formas de comportarse.
Se produce un silencio eterno en la pequeña salita.
-Ésas no son palabras propias de un doctor. Está muy feo -responde lacónica la señora.
-Es verdad, he pretendido hacer una broma rápida y alegrar un poco el ambiente, pero lleva usted razón, me he pasado; le pido disculpas.
La mujer, menos mal, reaccionó bien.
-Vale, olvidado, empecemos de nuevo...
 
 
Una muchacha de 30 años, de Morón, viene con su pareja porque su médico le ha dicho que presenta una calcificación en el tiroides, que la ha visto en una radiografía. A ver qué opino yo.
-Muy bien, ¿dónde está la radiografía? No la encuentro en el ordenador.
-¡Ay qué tonta...! Me la he dejado en casa.
 
Advertido por la experiencia anterior, me lo pienso antes de lanzarme. Pero esta chica es andaluza, entiende mucho mejor nuestras formas y nuestras bromas.
-Perdóname, pero tú lo que tienes no es una calcificación en el tiroides, sino un coño que te lo pisas.
 
Y ambos dos se partían de la risa.
 
De todas formas, lo admito: me paso en muchas ocasiones.
Total, para un año que me queda... ¡para jubilarme! 

sábado, 19 de abril de 2014

El milagro de san Lucas

Las once de la noche, san Lucas en la calle y yo agazapado y acobardado en la casa de mis suegros, a punto de irme a la piltra. Todo, por aislarme al máximo, por no tener noticia alguna del partido, como tantas otras veces del Madrid-Barsa. Al final, me acuesto sin saber si hemos ganado o hemos perdido, que pase la mala (o la buena) hora, mañana será otro día, o dentro de un rato, cuando la Peque, piadosa o malvada, según se dé el caso, cambie de canal sólo para enterarse del resultado y se meta en el tálamo. Me haré el dormido. Si me susurra cosas bonitas al oído y la veo con ganas de guerra es buena señal. Si, por el contrario, no pía y me echa el culo, mala cosa.

En esta ocasión, sin embargo, he sido yo quien he sorprendido a mi mujer esperándola bien despierto y debidamente preparado para un eventual ataque.
 
-¡Qué haces despierto?
-Ea... esperándote -le contesto sonriente-. Por si hay batalla.
-Tú te has enterao ya de algo, eh.
-Será que he escuchado cohetes.
-Pero podían ser del Capi o de Lorenzo o de cualquiera del Barsa.
-Sí, pero ha habido también una musiquilla...
 
Entre la zozobra por el partido y los tambores y trompetas de la procesión no había conseguido aún adormilarme. De pronto, algo me alarma. Entremezclados con los sonidos propios de la banda de música de san Lucas oigo, además, un estribillo trompetero inequívoco de himno madridista: "ta, ta, tatatá, tatatata, tatá," Hemos ganado, no puede ser otra cosa, todo coincide: la hora, los cohetes, las trompetas merengues... Los del Barsa, cuando ganan, dan pitorrazos con sus coches pero sin ritmo ni gracia algunos.

Y muchos de vosotros, leales lectores, os preguntaréis algo descolocados cómo es posible que un afamado doctor, un hombre a quien se le supone todo inteligencia y virtud, pueda tener un comportamiento tan extraño e irracional. Es la pasión, nada que ver con la razón, lo opuesto, quizás. La pasión anida en el árbol oscuro de las emociones y los instintos, en el paleoencéfalo o cerebro primitivo, la hemos heredado de nuestros ancestros antiquísimos neandertales y se alimenta de vivencias y sentimientos. Y es más poderosa que la propia razón. Si tuviéramos la curiosidad de analizar con un poquito de profundidad nuestros actos cotidianos nos daríamos cuenta de lo mucho que influye la emoción en ellos, más que la razón. En la película -estupenda- "El secreto de sus ojos" le dice un amigo a Ricardo Darín: "Un hombre puede cambiar de todo, puede cambiar de trabajo, de mujer, de casa y de ciudad, de amigos y de política... hasta de religión. Pero hay algo de lo que no cambiará jamás: de pasión." Y se estaba refiriendo al fútbol, a su equipo. Pues eso.
 
Es ésta de san Lucas una procesión muy singular en mi pueblo. No es reconocida oficialmente por la Iglesia de Córdoba. Ermita, Santo, ropajes, banda de música y demás pertrechos procesionales corren al cargo de su dueño, José "El Bolo", y de sus socios a fuerza de sacrificios personales, rifas, cuotas y algunos donativos. Y así, sobrevive por más de diez años ya. Y va a más y a mejor. A lo primero la tomábamos con un poquito de cachondeo, la verdad. Pero todos, eh, su dueño incluido. Quizás porque se corrió la voz de que san Lucas era el patrón de los borrachos, falacia seguramente malintencionada y extraída de una información de Wikipedia barata. Que yo sepa, san Lucas es el patrón de los médicos, mi patrón. El de los borrachos es un tal san Urbano I, papa de la Edad Antigua. Recuerdo tambores hechos de latas grandes de tomates en conserva o de atún en aceite, o un trono de parihuelas de palés de las obras, algo de irreverencia, es verdad, una cierta indisciplina en las filas al estilo semanasantero de Puente Genil... Pero con los años, la cosa se ha formalizado hasta el punto de convertirse en una procesión más, seria y ordenada, y cada año más acompañada. Es cierto, creo yo, que la mayoría de sus acólitos son, o somos, gente descreída, que no frecuenta mucho la iglesia, lo justo, y que desea de verdad que se la equipare  a las otras procesiones "oficiales".
 
A la mañana siguiente, Jueves Santo, me he enterado del milagro de san Lucas, artífice, sin duda, más que el propio Bale, de la sufrida victoria madridista. Resultó que yendo la procesión por la esquina que tuerce desde la calle Estepa hacia la calle Donantes de sangre y llegando a oídos de los costaleros y los músicos los "huy" y los "ay" procedentes del bar cercano del "Gorri", prolongaron un poquito el descansillo habitual de descarga  para dejar plantado al santo y salir en estampida hacia el bar para ver los postreros y agónicos momentos del partido. Fue en ese instante cuando san Lucas, agradecido por el descanso inesperado y poder echar un cigarrillo, hizo que el balón envenenado de Neymar tropezara con el poste y volviera, manso, a las manos de Casillas. Un milagro, no me digáis que no.
 
Se conoce que san Lucas es del Madrid.

miércoles, 9 de abril de 2014

Vida nueva

Hoy, 9 de abril, mi nieto Lucas ha dado las primeras señales de vida. Nos cuenta la Meli que se ha notado un cosquilleo muy agradable por su bajos, como si una manecilla minúscula le estuviera rascando por dentro. ¡Qué cosa más tierna! Ya estoy babeando. ¡No me queda ná...!
 
El caso es que yo tenía ilusión en que fuera una niña y que se iba a llamar Angelitas, o Laura, Ana quizás, pero resulta que no. Todavía no tenemos la ecografía de rigor, pero mi cuñado Antonio trazó una vertical con un hilo y una plomada imantada paralela a la barriga de mi hija y aquello empezó a moverse enseguida de izquierda a derecha. Niño, seguro. Las niñas, a lo que parece, hacen girar el dichoso hilo en círculo. Mercedes, nuestra bruja particular, ha dado su plácet. Niño, Lucas. Pos vale. A su casa viene.
 
Mi Meli recibe cada semana información on line sobre la evolución del embrión. Le han dicho que  ya es del tamaño de un higo y que han empezado a crecerle las uñas. ¡Ya está, por eso le rasca! Para limárselas, oye. Modernuras. Hace nada, escasas tres semanas, tenía un tamaño de milímetros y ahora, cuatro o cinco centímetros de diámetro. Un higo.
 
Hasta nuevas noticias sobre tamaños, salgo a mi patio, veo las brevas pequeñas de mi higuera y me acuerdo de mi nieto. Las alcachofas esperan y luego, las coles. Tengo hortalizas de todo tamaño.

martes, 8 de abril de 2014

Urgencias de pago

La asistencia sanitaria gratuita y universal ha sido uno de los grandes logros sociales de nuestra historia más reciente. Y bien orgullosos que estamos los españoles de ello. No me gusta, sin embargo, que se pretenda sacar provecho del tal logro por parte de los diferentes partidos políticos actuales. Siendo yo estudiante de medicina, antes incluso de la muerte de Franco, ya existía la gratuidad y universalidad en la asistencia sanitaria. Que no me vengan ahora con las excelencias de la autonomía. Por lo menos en Sanidad.
Y es posible que podamos perder la joya de la Corona. Cada vez somos más entre nacionales e inmigrantes  -lo cual no es necesariamente malo, puede que sea hasta bueno-, cada vez la Medicina es más cara, o la hacemos más cara -y esto sí que es realmente nefasto- y cada vez hay menos dinero o el que hay no alcanza para tanto.
Estaréis conmigo en que se trata de problemas serios y difíciles. Sinceramente, no me veo capacitado para vislumbrar una solución válida para la inmigración. Sin embargo, tengo bastante diáfano cómo abaratar el gasto médico y cómo conseguir más dinero para las arcas públicas, incrementando los ingresos mediante una más acertada política fiscal y evitando despilfarro, fraude, hurto y mangoneo. Pero lo mío es lo sanitario y ahí es donde debo centrarme.
Es de actualidad el tema del copago. Lo noto en la consulta. Mis pacientes son como esos niños que, inocentes, sueltan a las visitas secretillos indiscretos que han oído de tapadillo a sus padres. Todo lo que escuchan en la tele tiene para ellos una enorme trascendencia. Y me lo zampan. Y al revés, lo que no sale en la tele, simplemente no existe. Y uno piensa entonces en el gran desperdicio de la tele, en cómo en lugar de programas de dimes, diretes, amoríos y otras basuras no ponen  más programas de índole cultural y educacional.

-Han dicho en la tele que los que vengamos a Urgencias sin motivos vamos a tener que pagar...
Me lo cuentan dos abuelos de Morón prudentes como ellos solos.
-Os tengo dicho que no le echéis cuenta a la tele, que, salvo los sucesos y los partidos de fútbol, todo lo demás es mentira.
-Menos mal, porque con lo que ya nos cuesta el autobús o la gasolina pal coche de nuestro hijo, si encima tenemos que pagar porque nos atiendan íbamos a estar apañaos.

Viene a cuento el tema por unas declaraciones, a mi entender poco afortunadas, del presidente nacional de Colegios de Médicos en las que rechazaba el copago sanitario pero entendería un pago verdadero en aquellos casos en los que se hiciera un mal uso de los servicios de urgencias hospitalarias. ¡Menuda cuestión!

Procedamos por partes, dijo el forense.

Lo primero que conviene dejar muy clarito es que es cierto que, por regla general, abusamos de  aquello que no cuesta dinero. Dos céntimos, dos,  es lo que cuesta un bolsa del Mercadona. Y, sin embargo, por no comprarla llevamos el maletero lleno de bolsas para cuando tengamos que ir. Por dos céntimos, o por cuatro. Cuando las cosas cuestan lo pensamos.

Con todos mis respetos a ese médico presidente del Colegio Nacional de Médicos y con riesgo de meter yo mucho la pata, diré que me gustaría que quien opinara desde la cátedra acerca de los problemas de los servicios de Urgencias conociera in situ tales problemas, que no hablara de memoria, que no repitiera ese tópico tan manido del mal uso que hacen los ciudadanos de las urgencias, que fuese alguien que haya sido cocinero antes que fraile. A lo mejor es el caso, en siendo así, punto en boca.

¿Quién usa mal los servicios de urgencias hospitalarios? Damos por hecho que los ciudadanos, los usuarios, los pacientes. Pues sí y pues no. ¿Qué parámetros tenemos para medir el uso inadecuado de las urgencias? Ninguno que sea válido.

Según la OMS urgencia es cualquier síntoma que el paciente o su entorno familiar entienda que requiere una asistencia inmediata, da lo mismo que se trate al final de una banalidad que de una embolia pulmonar. Por tanto, no somos los médicos quienes definimos ni fijamos los límites de lo urgente con respecto a lo banal sino los propios pacientes. En este contexto, el usuario tiene todo su derecho -y bien que se lo aplica- a acudir a Urgencias cuando lo crea necesario. ¿Entonces son ciudadanos ejemplares todos los usuarios? No. Somos todos más bien egoístas. Y hay gente, quizás bastante, que, a sabiendas de que lo suyo no es urgente -entre otras cosas porque lleva ya un mes con tal o cual dolencia-, acude al hospital con la sola intención -legítima por otra parte- de saltarse la lista de espera. Estas personas, sí, de acuerdo, hacen un uso inapropiado de las urgencias. Vale. Pero ¿qué podemos esperar, si no es eso, de un sistema tan sobrepasado que hasta para el médico de cabecera existe una demora de una semana? Si corrigiésemos esa tardanza en la asistencia y acortáramos un poco la demora para el especialista quizás entonces se aliviara en algo la olla a presión de las urgencias. Naturalmente que no podemos sustraernos -al menos por ahora- de nuestra condición de latinos y más concretamente de españoles, pícaros, astutos y taimados, según convenga -un español es aquél que hace siempre lo que le da la real gana-, para conseguir irte a casa con todas las pruebas hechas en sólo unas horas, pongamos que un día de excursión en el hospital. Sin bocata ni Coca Cola, pero siempre pilla uno algo, aunque sea un yogourt caducado. Ésta, sólo ésta, es una conducta reprobable. Para mi modo de ver.

Una vez más cargo las tintas contra nosotros los médicos. Usa mal las urgencias hospitalarias el médico de cabecera que deriva lo que no debe. Éste sí que tiene la obligación de saber lo que es y lo que no es. Pero ante la duda, enseguida funciona el mecanismo de defensa, el miedo a equivocarse... mejor que se equivoque otro. Es humano y yo lo comprendo. También yo lo haría  así, creo. Estás solo en un pueblo, sin medios, sin ayuda... no te vas a arriesgar más de la cuenta, lo primero es la seguridad del paciente aunque me tomen en la capital por miedica. Vale. En otras ocasiones ni siquiera hay dudas, simplemente no me complico la vida. O lo que es peor, se hace rutina de una conducta inapropiada y ya, en lo sucesivo, ni te planteas si está bien o no, si pudieran existir otras alternativas, haces siempre lo mismo, mandar al hospital al abuelo demente y encamado porque ha tosido un poco más, porque tiene fiebre o porque lleva tres días sin obrar.

Usa mal las urgencias hospitalarias el propio médico de urgencias, el de a pié que se desloma día y noche en ellas, que le hace a un paciente más pruebas de las que realmente precisa por su patología. Para asegurarse mejor. O por no entrar en pelea, que bastante viene ya cargada la guardia. Por una parte, malgasta los recursos, por otra, echa carnaza al apetito desaforado de algunos usuarios y, en fin, potencia sin darse cuenta el efecto llamada. Conozco de primera mano el caso de un chaval de Lebrija que, no contento con el tratamiento prescrito por su médico para una simple amigdalitis, se alargó por su cuenta a las Urgencias del hospital. Le hicieron análisis, una Rx de tórax y hasta una tanda de hemocultivos, cosas todas ellas improcedentes. ¿Qué mensaje recibe el usuario? Que su médico de cabecera es un incompetente y que hay que venir al hospital hasta para tratarse unas simples anginas. Lo suyo sería, en estos casos no urgentes, atender con sumo tacto al paciente, tranquilizarlo en cuanto a la ausencia de gravedad y hacerle comprender que su problema de salud debe de ser atendido en otro nivel asistencial, no en el hospitalario porque, afortunadamente para él, no lo precisa. Y nos volvemos a topar con lo de siempre. Un residente de primer año no tiene capacidad -no puede tenerla- para ejercer función tan delicada.

En teoría, todo perfecto ¿verdad? Pero, en la práctica no es tan fácil, más bien complicado aunque éste que os escribe le ha tenido que poner muchas veces el cascabel al gato. Y se deja, ya lo creo que se deja. También en eso ha de notarse el arte médico. Y los años.

De manera que, al final, todos somos pecadores. Demasiada gente para pagar. Dejémoslo tal cual. Invirtamos mejor en educación sanitaria y en mejorar las condiciones laborales de los  servicios de urgencias. No comparto que la sanidad sea un pozo sin fondo, lo que falta es un mejor control y supervisión del gasto sanitario por parte de jefes y gestores, una total afección del personal laboral al sistema y un poquito de conciencia cívica en la población. Mirad que cosa más fácil, eh. 

martes, 1 de abril de 2014

In Memoriam

Ha muerto, de manera inesperada, Manuel Cortés Nieto. Su hijo me ha telefoneado esta mañana para decírmelo. No es ningún amigo ni persona conocida por vosotros, es un paciente mío.
 
No me ha sorprendido tanto, la verdad; en el último ingreso hospitalario de hace dos semanas la cosa se puso feílla. Tenía una insuficiencia respiratoria crónica por una fibrosis pulmonar y había llegado ya a una fase de no retorno. Según me cuenta el hijo, no ha sufrido, no ha sido una muerte dramática asfixiado vivo queriéndose comer el aire, no. De pronto se sintió indispuesto, pidió ir al servicio y... se quedó pajarito. Seguramente, una embolia en unos pulmones achicharrados del puñetero tabaco.
 
Lo traigo a vuestra consideración y respeto porque ha sido un paciente muy especial. Sobre todo lo demás, un hombre optimista que nada más que tenía ojos para lo bueno, ciego para la maldad, capaz de encontrar algo positivo en sus dolencias, de estas personas a quienes jamás escuchas una queja, "Si no hubiera sido por esta enfermedad no lo hubiese conocido a usted", me dice el tío, y otro día me soltó una perla de ésas que te acompañan mientras vivas: "Con usted da gusto ponerse malo".
 
 
Ha muerto en la creencia absoluta de mi aprecio inestimable por las aceitunas que él mismo aliñaba y preparaba para mí. Nunca me he atrevido a confesarle la verdad, que yo no puedo comerlas, que no me gustan, que me dan asco... y que es mi señora esposa quien las disfruta de lo lindo. Y mis amigos. Le hacía tal ilusión regalármelas que le he seguido siempre la corriente. "¿A usted le gustan las aceitunas?" -me preguntó la primera vez. Ahí tenía que haber estado yo más despabilado. "Me gustan más los dulces -le dije con poca convicción- pero, vaya, que sí, que me las como".
 
Os digo la verdad, uno tiene ya ganas de jubilarse, en serio, despojarse del pesado fardo de tanta responsabilidad, han sido muchos años y la vida no puede ser sólo trabajo, pero ante personas como este Manuel se te hace muy difícil.
 
Y hay muchos manueles en la consulta... y en la vida.