lunes, 6 de abril de 2015

Lucas

Sería incontrolable pecado de abuelidad si  yo dijera que mi nieto, Lucas, es el bebé más guapo del mundo, el pepón más hermoso, el niño más simpático. Aún así -sabiendo que es pasión perdonable-, hoy me voy a permitir saltarme a la piola la debida prudencia, el justiprecio, la cordura y la templanza para proclamar a los cuatro vientos que mi Lucas es la preciosidad más preciosa del Universo.
Sólo tiene 5 meses y medio. Ya conoce a las personas, mira con intención y viveza, se ríe a carcajadas, sabe su nombre, parlotea a su manera, agarra las cosas con fuerza inusitada, llora sin lágrimas cuando quiere conseguir algo... En fin, no me voy a poner meloso. Muchos de vosotros sois abuelos.
Me ocurre en ocasiones que -impostando la función paterna- me imagino tiempos próximos en los que deberé educarlo en los valores en que nosotros, los de nuestra generación, hemos crecido: el aprecio por la amistad, la solidaridad, la filantropía, la decencia y la honestidad; el esfuerzo por conseguir objetivos por encima de la comodidad y el lucro; la importancia de una vida sana -nuestro mens sana in córpore sano-; el menosprecio por la ostentación y la opulencia; el alejamiento de cualquier tipo de fanatismo... Tonterías, luego, cuando lo veo, sólo tengo sentidos para disfrutarlo.

Miradlo y decidme si me falta razón.



miércoles, 1 de abril de 2015

Murria


"La historia personal no es lo que pasó sino como uno lo recuerda"

(Creo que es de García Márquez, pero me lo apunto también yo)






Fue ésta, la murria, una de las palabras más comunes que podíamos escuchar en el patio durante los recreos. Nunca supe su significado académico pero entendía perfectamente lo que quería significar. "Se te nota con murria", "Tienes murria, eh", "¡Venga ya con la murria!"... Eran expresiones muy corrientes entre nosotros. Incluso los curas predicaban contra ella: "No es bueno que os dejéis vencer por la murria" -bromeaba y nos animaba don Pedro Antonio-. Todos teníamos murria.
Según el diccionario, murria es tristeza, nostalgia. Así de simple. Sin embargo, nuestra murria era algo mucho más complicado, más complejo, algo que no se puede definir en dos palabras. Yo creo que la murria no se define, hay que vivirla. Y cuando se vive ya es muy fácil comprenderla.
Murria es que un día de octubre del 1964, a las cuatro de la tarde, con el sol vencido por detrás de unos montes ignotos, tus padres te dan un largo y lloroso abrazo de despedida y de pronto, sin creértelo del todo, a tus 11 añitos, te encuentras solo, rodeado de desconocidos en medio de la nada. Murria es que el cura de guardia apague las luces y acudan enseguida las lágrimas a tus ojos sin más motivos que acordarte mucho de tu hermanito de cinco meses, el último de la saga por el momento; también es murria el dejarse finalmente vencer por el sueño imaginándote en la cama con tu abuela rezándoles jaculatorias a las Ánimas Benditas del Purgatorio. Murria era sentarse delante del triste plato de queso de cerdo con pelos, incomestible -repugnante, ajjj, todavía me da asco-  y no tener a tu mama que te ofrezca una sopita de maimones con un huevo duro troceado.
Vivamos en directo un pasaje medio real de murria.


Don Manuel Cuenca, profesor de música y de educación física, anda buscando gente para el coro. Ya tiene medio armada la rondalla, diez o doce chaveas que, de un día para otro, puntean las bandurrias como si no hubieran hecho otra cosa en sus vidas. Admirable. Entre ellos, Paco Carrillo, Paco Contreras y José Castro Navas, unos prendas de cuidado. José María –aún no le ha llegado la hora del Filiberto- se ha apuntado al casting. No al de la rondalla, sus manazas lo hacen incompatible con sostener algo tan delicado. Se ha apuntado al coro. Eso es otra cosa. Se gusta a sí mismo cantando, cree que lo hace bien y está animado. No va a tener problema alguno, piensa para sus adentros. De monaguillo cantaba divinamente el Tantum ergo y el Pange lingua. Le encanta la voz de Rafael Vilas, un niño del curso anterior, el solista. Hay que apuntarse a las cosas, alistarse en algo, si no, te aburres y nadie te conoce. En un sitio tan perdido donde conviven doscientas criaturitas tienes que hacerte notar, destacar en alguna cosa. Y más él, un niño acobardado y acomplejado por sentirse más cateto de pueblo que ninguno otro, y por sus piernas enclenques, de alambre.  Su paisano Manuel Gámez Rivera, por ejemplo,  ya es un as en el ping-pong. Y lo nombran y todo en los corrillos del recreo.

Hay cola.  Desde la capilla hasta el patio principal, casi hasta la sala de procura. Por lo menos, veinte chaveas, calcula. Hace frío y puede llover, los críos se pegan unos a otros con lo que la cola se acorta. Todos ellos igualados por el babi color canela si no fuera por el larguirucho de Pablo Márquez que les saca dos cuartas. Según avanza la cola, va escuchando la prueba en otros niños, parece fácil. Don Manuel, sentado al piano de la iglesia, da unas notas y el aspirante las repite cantando. Do, re, mi, do; mi, do, do, mi, do; re, mi, fa, re; fa, re, re… Y, sobre la marcha, lo aprueba o lo catea. Jaime va tres o cuatro por delante de él. No lo pierde de vista, tiene muy buena voz, lo ha oído ya varias veces en el Salve Regina del final de las misas. Y le parece un niño bueno. Hasta ahora ha sido de los pocos que ha mostrado cercanía con él. Tendrán que pasar muchos años, muchos, y aún así no olvidará el calor humano de la primera noche. No hace tanto, tres semanas quizás. Se siente reconfortado cuando ve que su amigo se vuelve hacia él y aprieta el puño como dándole ánimo. Ya le va a tocar el turno a Jaime. Lo ha hecho muy bien, seguro que entra. Ha carraspeado a lo primero, un poquito, los nervios. De vuelta, pasa a su vera.
-¿Cómo se ha escuchao?
-Bien, bastante bien.
-Ánimo, te espero en el patio.

Pudo haber un algo de crueldad espartana en la primera noche de estos muchachos. Todavía colea en muchos de ellos la amarga sensación de abandono. La murria le llaman. No es para menos. Como la mayoría, niños de once años, José María no ha salido de su casa hasta ahora. De muy niño, recuerda un viaje a la casa de su chacha Josefa en Córdoba capital y luego, ya con seis añitos, claro, dos días de estancia en una posada de Cabra, cuando se operó de anginas. Y ahora, de pronto, de un momento a otro, la soledad más absoluta. Rodeado de críos por todas partes, sí, pero solo. Todos solos. Desde la gran explanada de la entrada van desapareciendo todos los coches, uno tras otro, detrás de la primera curva de la carretera, a escasos veinte metros. Mientras tus padres hablan y se despiden de don Gaspar estás ahí, asido con fuerza a la mano de tu padre, todavía no se van a ir –piensas-, es muy de día… Pero cuando pierdes de vista el último coche… Es una sensación rara, nunca antes experimentada, de frío interior, de desamparo, de miedo, de… ¿y ahora, qué? Ni siquiera estás en un pueblo, donde ves gente diversa por la calle. Estás en medio de la nada. Todo lo que te rodea es monte, riscos y precipicios. Y los árboles, en vez de olivos acostumbrados, son algarrobos, acebuches y chaparros. Amargura desoladora. Muchos buscan amparo en sus propios paisanos, se forman corrillos en el patio, otros se pegan a don Gaspar, a don Eduardo o a don Moisés, curas estos dos últimos que, entraditos en carnes, parecen hacer mejor el papel de padres. Otros, sollozan en solitario. Hasta la hora de la cena. Pero ¡quién va a tener ganas de cenar esta noche? Nadie. Sin embargo, a José María la inseguridad le abre el estómago. Se trincó su plato de sopa de estrellitas y una tortilla francesa inflada artificialmente con maicena, le faltó pan y se lo distrajo a otro niño de al lado.
-Me da igual –le dice el otro-, no tengo hambre.
-¿Tú de dónde eres? –se decide José María.
-De Cabra –responde el niño.
-¡Anda, de Cabra! Ahí van los niños de mi pueblo a examinarse de Ingreso al instituto.
-Ya, claro, de muchos pueblos vienen. ¿Cuál es tu pueblo?
-Palennssiana.
-¿Y eso por dónde cae? No lo había escuchao nunca.
-¿Tú has ido a Málaga alguna vez?
-Sí, un par de veces, con mis padres.
-Pos cuando pasas por el Tejar…  ¿tú sabes dónde está el Tejar?
-Me parece que sí, un sitio que tiene un bar en la misma carretera que se come mu bien.
-Eso es, el bar de Reina. Pues de ahí mismo sale una carreterilla que lleva a mi pueblo.
-Tan cerca y no lo conocía, oyes.
-Ya, pero es que es mu chico mi pueblo.
-Yo me llamo Jaime –zanja ya el tema y muy educadamente le alarga la mano. José María entonces, notándose la suya pringosa de haber rebañado con los dedos el plato de la tortilla, se la seca rápido con su servilleta y le devuelve, cortés, el saludo.
-¡Ah, cucha, es verdad, y yo José María.

Luego, en el dormitorio de san Tarsicio, sus camas resultan ser vecinas. No es casualidad. O sí. Los curas han distribuido a los chaveas en razón de la primera letra de sus primeros apellidos. Jaime es Pérez y José María es Rivera. Los de la P y los de la R caen juntos en el refectorio, en las clases, en el estudio y en los dormitorios. Su madre le ha dejado el armario lo mejor ordenado que ha podido a sabiendas de su desdén por todo lo que significa decoro y limpieza, “Mira José María, atiende hombre, las perchas, para las camisas, los babis y la sotana; en el primer cajón, los calcetines, las camisetas y los calzoncillos, no vayas a estar una semana entera sin cambiarte, que te conozco; en el segundo, los pantalones, en un lado, los cortos, en el otro, los largos, no los rejuntes; y en el de abajo, los saquitos; mira, hal favor hombre, éste de color celeste, más bonito, lo reservas pa los domingos, eh…” Se siente raro teniéndose que desnudar delante de tantos niños en ese dormitorio de camas corridas. Aunque parezca que cada uno va a lo suyo y que nadie se fija en nadie, él se siente observado. Jaime por abajo y otro niño por arriba, sus vecinos que lo flanquean, tienen unos muslos la mar de robustos. A él le da vergüenza enseñar sus canillas de nada. Casualidad o no, el caso es que Jaime y el otro niño de al lado abrieron las portezuelas de su armarios al mismo tiempo, con lo que José María se vio algo protegido de sus miradas. Y así fue como este muchacho se enfundó de pijama la primera vez en su vida.
-¿No te duermes? A lo mejor te da miedo la oscuridad… –le cuchichea Jaime notándolo suspiroso.

Hace ya un buen rato que don Antonio Jiménez Carrillo, el prefecto, se ha paseado por el dormitorio, parece haber ido contando, uno a uno, cada mochuelo en su olivo, a los chaveas, les ha advertido con voz firme la necesidad de guardar silencio, les ha dado las buenas noches y ha dejado la habitación completamente a oscuras. José María temía helarse de frío en el piso más alto del seminario pero no, los radiadores de agua caliente mantienen un ambiente incluso cálido. Se tiene que desarropar por momentos.
-No, ¡qué va! –miente sin convicción-, es que… me acuerdo mucho de mi casa.

Por probar a quedarse dormido ha ido repasando mentalmente las letanías nocturnas acostumbradas de su abuela Josefa, iba ya por la R cuando Jaime lo ha interrumpido, regina angelorum, refugium pecatorum, salus infirmorum… Pero la Virgen, esta primera noche, no se apiada de su miedo.
-Mira tú, claro. Y yo de la mía. Normal.

Y sin proponérselo, de una manera natural, se animaron contándose cosas, casi cuchicheando.
Así, José María se enteró de que Jaime tenía un porte de hermanos, más que él aún, siete, y que el más chico había nacido enfermo. Y pensó en qué suerte tenía él porque de los suyos, todos estaban buenos, hasta el Frasquito, el último, un renacuajo chorlón de sólo cinco meses.

-Haced el favor de dormirse ya, hombre, que ya mismo nos tocan diana por los altavoces. Y dejarse de sentimentalismos, joer.

Era una voz ronca y áspera, impropia de la garganta de un niño. Pero era él, el niño del otro lado.
-Perdona, hombre. Ya lo dejamos.

Por la mañana, aprovechó la primera ocasión, mientras ese niño se aseaba en el lavabo para ver su nombre en la taquilla: José Pablo Pérez Pareja. Un niño hosco y mal encarado. Por ahora.

Distraído con ese recuerdo de su primera noche en san Tarsicio, se le echa su turno de examen encima sin apenas darse cuenta. Cuando quiere acordar tiene ya a don Manuel tecleándole las notas.

Don Manuel es un cura muy apreciado por la chavalería. Parece un muchacho grande y alto, de cara chupada y ojos muy expresivos, algo saltones, que suele ocultar con sus gafas de sol casi perennes. Está muy delgado, tanto que pareciera que le guste la comida del seminario menos aún que a los alumnos, que ya es decir. Juega con ellos al fútbol en el patio de cemento arremangándose la sotana hasta por encima de las rodillas, cosa que les hace mucha gracia. Hace poco, en uno de los recreos, se trastabilló y se dio un cachiporrazo, qué cosa más extraña, un cura por los suelos. Pero no se hizo nada.
-Venga José María, tú eres José María ¡no?
-Sí.
-Pues venga.

Sin que él se diera cuenta, hace ya un rato que don Manuel ha cambiado las notas musicales. Ya no son do,re,mi,do, mi,do,do,mi,do… Ahora le suenan como las de “Los remeros del Volga”: sol,mi,la,mi; sol, mi,la,la, mi; sol, do,si,do,si,la;sol,mi,la,mi.  Titubea, tose un par de veces antes de arrancar, le sale un gallo en el primer “sol”… luego consigue entonarse pero con una voz quebrada por su propia inseguridad. Sabe ya que no pasa, seguro que no.
-Me ha dicho don Eduardo que lo tuyo es el Latín –intenta consolarlo el cura-. No te preocupes. Lo haces bien, pero ya me sobran bajos.
Y, sin embargo, él se tenía por alto. De estatura. “Me apuntaré al fútbol”, se anima enseguida.  Fuera ha empezado a llover. Jaime se ha quedado en la salida al patio a esperarlo.
-¿Qué tal?
-Psss… Mal. Hasta me ha salido un gallo. Me ha cateao, ya está.
-No pasa ná, cantas desde abajo, en la capilla.
-Oye, dime, ¿tú me ves bajo? Yo siempre me he tenido por alto y delgao ¿no?
-Eres de los más altos del curso. ¿Por qué?
-Es que le estoy dando vueltas… Me ha dicho don Manuel que le sobran bajos y que por eso me catea.
-Ja,ja, ja, ja… -Jaime no puede parar de reír, de esa risa floja y tonta.
-¿Pero qué es lo que he dicho, hombre? –se pone José María casi mosqueado.

Cuando ya puede parar, le contesta.

-Amos a ver, cateto, que eres todavía más cateto de lo que yo creía: bajo es un tipo de voz, no sólo la estatura de alguien. Hay distintos modos de voces en la música: bajo, alto, tenor, barítono… Y don Manuel, por lo que te ha dicho, ya tiene muchos bajos, habrá visto que tu tono de cantar se corresponde con los bajos. ¿Te enteras?
-Ahhh… ¡Era eso! –Y se queda un momento pensativo, como si estuviera armando un contraataque-. Vale, pero de cateto, nada, que cada uno sabe de lo suyo, ¿a que tú no sabes las clases de aceitunas que hay, eh? –Y en viéndolo dubitativo, se anima a seguir-. Ni cuál espiga tiene las raspas más largas, la del trigo o la de la sebá. Ea, pa que veas. Y además que sepas que no todos podemos tener  una madre profesora de música, so enteraíllo.

Y se quedó sorprendido de sí mismo, pero muy satisfecho también por haber sabido defenderse sin ofender ni molestar.
El patio está desconocidamente vacío. Se ha acabado la cola para la música. De cuando en cuando, algún valiente, cubriéndose con los brazos la cabeza, lo cruza desde los soportales para alcanzar los wáteres en la pared de enfrente. Escasos seis o siete metros y llega pingando. Llueve a mares en la sierra y los chaveas se entretienen apelotonados en los pasillos de las clases apostando quién será el siguiente en empaparse, empujándose unos a otros, haciendo el ganso, como es su obligación. Empieza a rugir el monte de por arriba, la enorme piedra siempre amenazante, y en el suelo hierven saltarinas y juguetonas las burbujas de los chuzos de agua. Es noviembre, el mes de las primeras lluvias.








domingo, 29 de marzo de 2015

Pretérito perfecto

El ilustre profesor don Carlos Castilla del Pino, de imborrable recuerdo para mí y para todos quienes lo disfrutamos en la Facultad de Medicina de Córdoba, escribió en su día sus Memorias. En el tomo I, al que tituló como Pretérito imperfecto, narra las muchas imperfecciones vitales con las que se crió y creció, desde la vivencia en directo de la matanza de parte de su familia por "los rojos", a continuación la sangrienta ocupación de su pueblo, san Roque, por los moros, su experiencia como niño requeté, su conversión al otro bando, sus estudios en Ronda y luego en Madrid, su vida universitaria... hasta la amarga decepción de la traición por parte de su maestro a la hora del "reparto" de las cátedras de Psiquiatría. En el segundo tomo, La casa del olivo, relata su vida desde que se apeó en la estación de Córdoba, allá por primeros de los 50.
 
Y resulta que cada vez que intento encontrar un título para escribir sobre mi infancia y mis vivencias del seminario tropiezo siempre en el mismo nombre: Pretérito perfecto. Perfecto, sí. No imperfecto como el de don Carlos.  Perfecto. Porque, aún pudiendo parecer pedante o incluso estúpido, pienso, de verdad, que hasta el presente mi vida ha sido perfecta. Admito opiniones contrarias, desde luego. Admito errores, defectos e imperfecciones, meteduras de pata de índole diversa. Admito haber hecho daño a personas concretas, daños directos y otros colaterales, posiblemente daños no intencionados. Admito sufrimientos corrosivos y auto inculpatorios por las muertes de mi madre y de mi hermana Josefa... Admito cuanto queráis. Pero la emoción interna y reflexiva que surge cuando analizo mi vida es de haber sido un afortunado. Desde la cuna hasta el primer púlpito. Desde el seminario a la Facultad. Desde La Capilla a Triana.

No pretendo escribir mis Memorias, no soy hombre de relevancia social alguna. Simplemente tengo el gusanillo de escribir sobre nuestra vida en el seminario.
Si os parece, voy a ir entremetiendo en el blog, entre casos de la consulta, relatos sueltos, posiblemente inconexos,  sobre determinados aspectos de aquella adolescencia tan peculiar.

Empezaría así, más o menos:

A lo largo de los años sesenta del pasado siglo sucesivas camadas de niños cordobeses, la mayoría de origen humilde, ingresaron en el seminario de Hornachuelos para proveerse de un futuro mejor, quitarse del campo y, quién sabe, hacerse curas y así, de paso, poner contentas a sus abuelas. Sin que ellos -ni siquiera sus padres- lo llegaran a sospechar esa decisión tan arriesgada como audaz será determinante en su vidas.

En la actualidad, la mayoría de ellos ha pasado de los sesenta -nacidos entre 1951-1955-. Y muy pocos son curas, se pueden contar con los dedos de una mano. Algunos son amigos de a diario. Hay camarillas en Córdoba, en Sevilla, en Málaga, en Madrid... Muchos se reúnen una vez al año, por primavera, para comer, recordar y reírse una jornada juntos. Con sus santas respectivas.

A fin de meterse mejor en el relato sería muy interesante que usted, desconocido lector, se llegase a visitar lo que hoy queda del antiguo seminario un sábado por la mañana. Si lo hace, hágase acompañar por su pareja y por sus hijos. Echen una mochila con un táper de tortilla y chorizo -el agua sobra por allí-, disfruten del paseo de ribera por la orilla derecha del Bembézar hasta subir a la fortaleza derrotada. De una manera aséptica, sólo verán ripios y maleza. Los que vivimos allí cuatro preciosos y tiernos años de nuestra adolescencia vemos mucho más. Y esto, oculto e ignoto para los demás, es lo que pretendo mostrarles con estos relatos. A la vuelta, quédense a almorzar en la Fuente de los tres caños. Aparte de una jornada muy sana y agradable en familia comprenderán un poquito mejor el valor o la necesidad de aquellos padres para dejar a sus inocentes criaturas en sitio tan inhóspito.

Bueno, más o menos.

 

Carta abierta al Pintor y a María Victoria

Mis queridos Antonio y Victoria: Hoy, Domingo de Ramos, os supongo en el campo disfrutando de un día tan soleado y radiante. Y hoy mismo, Domingo de Ramos, a las seis de la tarde, yo os echo de menos. Me gustaría teneros a mi lado esta tarde tan festiva y bulliciosa aquí en Sevilla, quizás la más bullanguera del año.
 
He salido a la calle. Solo. Mi Meli y mi nieto Lucas partieron al mediodía hacia Antequera. La Peque está en el currelo -alguna cosa no hemos hecho bien del todo cuando una mujer como ella, a sus cincuenta y... muchos años, tiene que trabajar en un día como el de hoy-. En fin... He dejado a mi Pelusa dando teta a sus cachorritos y me he echado a la calle. "Voy a ver a La Estrella pasar por el puente de Triana" -he pensado para mí, total, está aquí mismo, desde mi casa oigo los tambores-. ¡Que te lo crees tú!
 
Tú, Antonio, ya conoces algo las calles próximas a la nuestra. He cortado por Pelay Correa, donde comimos el otro día. Abarrotá. He retrocedido por Luca de Tena para salir a la calle Betis. Petado todo de gente. Vuelta patrás. Lo he intentado por Pureza, he conseguido avanzar hasta casi, casi el Altozano. Pero a la altura de la pastelería Marujana me he quedado atrapado entre la muchedumbre. Y ya no me he vuelto sino que me he puesto a observar y analizar, eso que tanto te divierte a ti.
 
Ya te lo dije el otro día, Antonio. La Semana Santa tendrá todas las connotaciones religiosas, fundamentalistas, sectarias, tendenciosas, alienantes, iconólatras... que queramos. De acuerdo. Pero, para mi forma de ver, posee unas cualidades que también vale la pena resaltar. La primera que se me viene al pensamiento es que no es exclusivista, sino universal. En la calle hay cabida para todo quisqui que se arme de paciencia. Por contra, la famosa feria de Sevilla es muy exclusiva. Unida a ésta, otra cualidad sería la de intentar comprender la verdadera y sentida devoción de los creyentes. Otra de esas cualidades es la fiesta pura en la calle, lo puramente lúdico, algo que tanto gusta a los sevillanos en particular y a los andaluces en general. La tercera, sería la admiración del arte escultórico al aire libre, la salida a la calle de los Museos eclesiásticos. Y otra, la última y para mí la más importante, la emoción de contemplar un espectáculo de una estética global sin igual, difícilmente superable en cualquier teatro de alto cartel. La conjunción armoniosa de un arte escultórico ad hoc, la música acompasada, ahora suave y apagada, ahora fuerte y estridente, que lo mismo te amansa el alma que te retumba en el estómago, el colorido y virtuosismo del paso, el contraste con la sobriedad y oscuridad en las calles, el olor penetrante a azahar que todo lo impregna, el rumor apagado del bullicio... todo ello crea un ambiente y una estampa de un barroquismo tremendamente emotivo. Yo creo que eso precisamente, la estética emocional, es lo que nos cautiva a los andaluces. Y yo, defensor absoluto del laicismo, sigo fiel, sin embargo, a ese gusto popular.
 
A lo que vamos, queridos míos: lo que yo he visto esta tarde en el Altozano es lo más parecido a una boda de dimensiones estratosféricas. Sabéis cuánto disfruto en las bodas cuando asisto a ellas de puro espectador, sin pagar, vaya. Más que nada por la vista de tanta mujer joven y tan bien ataviada. Pues lo mismo. Con barba de dos días y con ropa corriente y mal averiguada -camisa de verano y pantalones de pana-, desentonaba en medio de un bullicio tan selecto. Me fijo, naturalmente, en las tías; los hombres -incluso los chaveas- van de traje azul marino riguroso. No he visto aún transparencias en los vestidos -lo que más me atrae-, pero sí escotes más que generosos, dadivosos, cachas de todo perímetro, cachas gordas que se rozan, cachas delgadas y de a kilómetro, cachas bien contorneadas y prietas, cachas que no acaban nunca, cachas  de culos regordetes y bajos, cachas embutidas en seda, cachas de carne fresca...
 
Pero hasta el jamón cansa, dice el refrán. Después de media hora de pié y la Virgen sin pasar me he vuelto a mi casa para escribirles esta carta a mis amigos Antonio y Victoria y para todos vosotros. No es mi deseo, desde luego que no, trivializar los sentimientos religiosos de nadie. Mi respeto por los creyentes es máximo. Yo mismo, ateo confeso, me emociono contemplando el Nazareno de mi pueblo. Hay cosas tan metidas en la fibra última del Paleoencéfalo que no es posible erradicar. Pues muy bien que está.
 
Y termino con una sentencia del Molleto, (q.p.d), un hombretón basto de mi pueblo que en su día fue a Pedrera a ver si veía a la Virgen que por aquellas fechas se le aparecía a las gentes de bien. Cuando volvió, y preguntado por sus amigos en el bar del Mellizo, dijo: "Yo a la Virgen no la he visto, pero he visto un porte de nalgas... "
 
Esta tarde yo puedo decir lo mismo.

lunes, 23 de marzo de 2015

Fiebre trianera

Casi un mes alejado de vosotros, mis fieles lectores. No tengo perdón de Dios. Y ahora sin excusas. Antes me era casi imposible escribir con cierto sosiego viviendo en un recinto de 40 metros cuadrados y sin ordenador. Lógico. Pero ya llevo un mes largo viviendo en nuestro pisito de Triana. Y con todos mis aperos disponibles.
 
Cierto que aún estamos de mudanza y nos falta asentarnos en la nueva casa; más cierto que andamos mangas por hombro sin el asiento necesario para la meditación y la reflexión, yo tan obsesivo del orden desordenado de mis cosas... Pero no pudo engañaros ni engañarme: la verdadera razón de mi abandono literario es, simplemente, la calle.
 
Parece que hubiese regresado a la infancia, "este niño está soseído con la calle" -refunfuñaban nuestras abuelas. Se me van las horas cadenciosas de estas tardes ya luengas reconociendo a pie mi nuevo barrio, escudriñando rincones ocultos, afanado en el feliz y casual encuentro con tantas pastelerías que abundan por doquier, a ver cual huele mejor, "Qué le pongo, dígame" -se ofrece rápida la dependienta-. "Ah perdone -balbuceo yo-, no, nada, sólo quiero ver y oler..." Acortijado en el Aljarafe durante treinta años, ahora todo me parece nuevo, toda una ciudad por descubrir, me da igual el tiempo, si amenaza lluvia salgo con mi paraguas, preciosa la vista del río lluvioso y neblinoso desde el puente al atardecer, "Toñi, la casa que compremos tiene que estar cerca del río" -fue quizás el único requisito que yo había interpuesto a la hora de las prioridades-, si hace bueno paseo a mi perrita Pelusa conmigo, me la llevo por el mismísimo borde del Guadalquivir a pique de resbalarnos, nos reconforta el colorido del agua profunda y el de los piragüistas que surcan solos o en comparsa el cauce, pasamos por praderitas verdes salpicadas de turistas y vecinos ávidos de sol que ya en marzo se tuestan en bikini delante nuestra mesma para mayor regocijo de nuestros ojos; de grupos grandes y pequeños de gente menuda que se trae la merendola y la esparcen en manteles en el suelo; de parejitas acarameladas que se meten mano de la manera más natural; de perritos como ella y otros perros más grandotes que corretean y juegan al pilla pilla y que en viendo a mi Pelusa se aprestan enseguida a olisquearle el culo, ella los incita con movimientos sensuales y cuando se ve agobiada me echa las patas; de magnolios, sauces y acacias que guardan la ribera, árboles  majestuosos de espesísimo plumaje y de troncos tan vencidos que sus hojas y ramas parecen beber del río, árboles en alguno de cuyos cobijos furtivos urde su camastro un mendigo que perdió su portal... Y continuamos luego por un carril bici, siempre fieles y pegaditos al río hasta llegar al puente  del Alamillo. Y regresamos.
 
Ha sido un acierto el cambio. Difícil, como toda tarea gloriosa, pero ha valido el esfuerzo. En mí, ya lo veis, es notorio. La Peque aún no lo ha saboreado del todo entre sus tardes de trabajo y los afanes de preparar y decorar la casa, lástima para ella que yo no sea un Frasqui o un Sebastián o mi hermano Juan mismo, gente que se entretiene y anima con los pasos sucesivos e indescifrables necesarios para el montaje de los muebles de Ikea, cosa imposible del todo para mí. No olvidemos que yo soy un intelectual. Cuenta, no obstante, con la ayuda bendita de su hermana Miki, un manitas en mujer. Pero es hambre que espera hartura. Y sin el más mínimo sentimiento de nostalgia de nuestra antigua casa. Nada. Se diría, con toda propiedad, que para nosotros ha sido una liberación todo este proceso de venta y compra. El chalet nos venía grande. En el mantenimiento y en lo económico. Y para dos criaturas solas y prácticamente aisladas del mundo. Hemos sido muy felices allí, allí hemos criado a nuestra hija y a nuestras dos sobrinas, treinta años hermosos y productivos. Pero la vida va por ciclos. Ese tiempo ya pasó. Ahora toca un tiempo nuevo. Cada edad requiere su cosa. Y ahora, al atardecer  de nuestra vida, la cosa es la ciudad, la cercanía con la gente, la bulla, los bares llenos en la misma plazuela, los despertares de los domingos con las campanadas de la iglesia de santa Ana, el asomarse a la misa de doce, el jolgorio lúdico-erótico de las bodas de los sábados y ahora, en Cuaresma, los tambores, las trompetas y las procesiones. Vamos, en tó el bebe.
 
De manera que perdonadme esta licencia. Prometo que en cuanto se me pase algo esta fiebre trianera vuelvo a frecuentaros con la misma prestancia de siempre.
 
Un abrazo para todos.

jueves, 26 de febrero de 2015

Compañeras de piso

-Pero vamos a ver: ¿vosotras sois pareja sentimental?
-No -me contesta mi paciente-, simplemente amigas.
-Simplemente -me dejo yo caer con cierto retintín.
-Eso es.
Es muy curioso y edificante el caso de estas dos mujeres, de estas anécdotas que te animan la mañana. Y se agradece que ocurran a primera hora, te estimulan.
No las conozco de nada. Es la primera vez que vienen a mi consulta. Nada más verlas entrar las consideré como hermanas solteronas. La una, mi paciente, con 81 años; la otra, su acompañante, con 83. Y tan pimpollitas ambas.
Su médico la envía a mi consulta porque últimamente se encuentra muy floja y decaída. Las abuelas en mis tiempos se tomaban un buche de quina san Clemente o un tazón de café de cebada migado y no se les ocurría ir al médico por tan poca cosa, pero, ya se sabe, hoy las expectativas de la gente no conocen límites.
-Mujer, será la edad - me adelanto al ver por su cara y sus maneras lo sana que debe de estar.
-Será -me responde con una languidez preparada.
Luego, cuando entramos en harina, me doy cuenta que no. La mujer está pasando una depresión más o menos encubierta, más o menos ahogada, porque su amiga está atravesando un calvario con un aneurisma cerebral recién diagnosticado. Tan mal les han puesto las cosas en el Virgen del Rocío que andan ambas apuradas estos días arreglando cosas de testamentos, papeles del Registro, notarías y demás sacaperras. Es entonces cuando aprecio que la relación de estas dos ancianas es tan  especial que me atrevo a preguntarles por si son novias. "No, simplemente amigas". Vale.
-¿Pero ninguna tenéis más familia?
-No, somos solteras, no nos queda más familia. Nos tenemos la una a la otra.
-¿Y cuando falte una...?
-Esa es la cuestión que nos trae ahora entre manos, que le hemos visto las orejas al lobo.
Han sido amigas desde niñas. Vecinas de casa arriba casa abajo, se han criado juntas, prácticamente como hermanas. Se dedicaron en sus días mozos a la costura, tuvieron sus noviazgos, más de dos, todos fugaces... y cuando quisieron acordar se van muriendo los padres y los hermanos y se quedan solas. Y deciden vender una de sus casa paternas y vivir juntas en la otra.
-O sea, como dos estudiantes universitarios que comparten piso -echo yo por medio para quitar dramatismo.
-Sí, pero con más orden y decoro que en esos pisos de estudiantes. Que nosotras somos muy limpias, muy antiguas, vaya.
Es bonito, ¡verdad? En la consulta se ven situaciones vivenciales muy variopintas relacionadas con las distintas estrategias de las familias para cuidar de los ancianos, desde la vieja gruñona que no consiente irse a una Residencia y tacha a los hijos de "comodones que sólo quieren libertad",  hermanos que se pelean de por vida por no ponerse de acuerdo en el cuidado de los padres, ancianos itinerantes que cambian de domicilio cada dos por tres repartidos entre los hijos por cuotas temporales milimétricas, familias enteras que se mudan a la casa de los padres una semana al mes, o lo más al uso actual, la muchacha ucraniana o sudamericana, o la temida Residencia. Pero esto de estas dos mujeres me ha gustado.

A estas edades -bueno, a cualquier edad- las mujeres son mucho más apañadas que los hombres para este tipo de convivencia. O para vivir solas. Yo no me imagino -o mejor, no quiero imaginarme- convivir  con Jaime en mi piso de Triana cuando nuestras sargentas casquen.

miércoles, 4 de febrero de 2015

¡Salvada!

Esta chica guapísima de 22 años se encontraba haciendo cinta en un gimnasio de Brigthon (Inglaterra) el día 22 de noviembre del 2014 sobre las cinco de la tarde. Reside en esa ciudad desde hace dos años. Antes lo ha hecho en Pekín, Nueva Delhi o Londres. Estudia una de esas carreras nuevas, Negocios Internacionales, creo que se llama. Vive allí con un novio húngaro. ¡Qué complicado se nos hace a nosotros, sesentones, comprender la dinámica vital de esta gente nueva! Podría haberse quedado aquí con su gente, en Dos Hermanas, echarse un novio nazareno, estudiar en la Pablo de Olavide... lo normal. Pues no. Lleva cinco años fuera de su casa y ha recorrido medio mundo. Es lo que hay.
 
De pronto y sin previo aviso de nada, la chica cae derrumbada en el suelo del gimnasio. Los demás acuden a ayudarla creyendo que ha dado un traspiés. Pero la chica sigue desplomada, se ha hecho una brecha en la cabeza... y no responde. Empieza a cundir el pánico. La gente, en corro, no sabe qué hacer.
 
Un chaval se agacha, le coge el pulso en el cuello, le pone la mano cerca de la boca... no respira, no tiene pulso, pasan los segundos, tic,tac,tic,tac... está muerta. Se arma de valor y da un grito: "Que alguien llame al 999 (el 112 de aquí). Pero ya". Acto seguido pone a la chica boca arriba y empieza a golpearle el pecho de manera violenta. Lo ha aprendido en algún sitio, lo recuerda. Sólo hay que avisar a los servicios de emergencia y comenzar lo antes posible las maniobras de reanimación. Y se pone a ello. Pimpan, pin pan, pin pan... treinta masajes seguidos, enérgicos, con fuerza, como queriendo hacer daño en el centro del pecho de la víctima, un pequeño descanso, un boca a boca profundo, un buen soplido en la boca cerrando la nariz de la muchacha. Y otra vez el pimponeo, treinta veces seguidas, es agotador pero le da fuerza el saber que está salvando una vida... Y así hasta que al cabo de veinte minutos llega el servicio de emergencias. La chica no se ha despertado pero al ponerle el médico el monitor portátil ha recuperado el ritmo cardíaco. ¡Medio salvada! El chaval queda hecho polvo, pero ha salvado una vida.
 
Al cabo de diecinueve días, la chica sale de alta del hospital de Brigthon por su propio pie. Atrás quedan días lúgubres en la UCI, las molestias traqueales del respirador, el cateterismo cardíaco, los TAC de pulmón, la fibrinolisis de la embolia... Está fuera de peligro. ¡Salvada del todo!
 
Hoy, día 4 de febrero del 2015, la chica acude a mi consulta. Han pasado dos meses y medio desde el accidente mortal. Y está radiante. Como si tal cosa. Técnicamente ha tenido lo que llamamos muerte súbita resucitada. Y sigue aquí, entre nosotros, gracias a un chaval desconocido que supo lo que tenía que hacer en ese momento crítico.
 
¿Qué hubiera pasado si la chica, en vez de irse a Inglaterra, se hubiese quedado en Dos Hermanas, como era mi deseo inicial? Seguramente habría muerto. ¿Es acaso la medicina inglesa mejor que la nuestra? Seguramente no. Pero es casi seguro que el nivel educacional y de conocimiento de la población aquella sí que sea mejor que el nuestro.
 
Una parada cardiaca requiere el inicio de maniobras de resucitación en los primeros tres o cuatro minutos. Más allá de cinco minutos sin riego cerebral, muerte segura o parálisis cerebral. En estas situaciones no hay tiempo que perder. Si una persona se desploma delante tuya en la calle, en el gimnasio, en la carretera o en el mismísimo Corte Inglés el primer día de las Rebajas, se asegura uno de que no respira y que no responde, se la tiende boca arriba, se pide ayuda al 061 o al 112 y se pone uno a machacarle el pecho. Aunque se oigan crujir las costillas o el esternón. Mejor. No importa, siquiera, no hacer el boca a boca, hay gente muy escrupulosa, vale, no se hace. El cerebro se conforma con que le llegue algo de sangre aunque venga sólo con migajas de oxígeno. Por eso hay que seguir con el masaje cardíaco hasta que lleguen los servicios médicos.
 
Esto es algo elemental. Hay que enseñarlo en las escuelas, perder el miedo a intervenir, dejar de decir lo de las películas. "Un médico, un médico". NO. El médico va a tardar veinte minutos en llegar. Es necesario actuar ya. Y si son dos los actuantes, mejor que uno. Una persona sola se puede agotar de tanto masaje. Todo el mundo ha de saber esto, no hace falta ser profesional de la medicina.
 
La muerte súbita, inesperada, es un hecho frecuente. Muchas de las personas afectadas se salvarían si la gente común supiera actuar como es debido. Y así de sencillo, una persona llama al 061 y otra empieza el masaje.
 
Hubiese sido una auténtica pena que esta chica se hubiese malogrado en tierras infieles.
 
-Oye Sonia ¿volviste al gimnasio?
-Lo primero que hice al salir del hospital. Encontrar a mi salvador y agradecérselo.
 
Los viejos de Dos Hermanas dirán: "No era llegado su día". Y yo digo lo mismo. La vida es un milagro, una suerte, un azar.