martes, 26 de marzo de 2019

Los mocos

A pesar de lo bien que me encuentro, de lo joven que me conservo y de los piropos de que soy objeto -mi suegra se me quedaba mirando muy atenta y protestaba al mundo como contrariada: "Muchachos, ¡es que no tiene ni una sola arruga!..."-, he descubierto estos días en mi persona un signo más de envejecimiento. Contábamos ya con algunos otros: el parecerme a mi padre en las imprudencias, en los apetitos y en las cojetás; el emitir ruidos raros y silbantes en el sueño; bueno... y eso tan penoso de haber cambiado hueso por ternilla en el colgajo. Pues ahora, otro: los mocos. Tengo mocos perennes, como cuando era un chavea.

Será acaso eso que dicen que los viejos nos vamos pareciendo cada vez más a los niños, no lo sé. El caso es que tengo mocos. Todos los días. Siempre. Y no son mocos de resfriado ni de alergia, como no lo eran entonces. Simplemente mocos. Como el que tiene una verruga en la frente. Pues yo, mocos. Cierto que hay alguna diferencia con los mocos infantiles. No son los de ahora aquellos mocos húmedos y verdes, inagotables, saladitos y apetitosos, fuente gratuita de mucopolisacáridos y de proteínas -a falta de carne, mocos-; mocos aquéllos gloriosos en forma de velas que yo sorbía en lo alto del púlpito, dirigiendo el rosario, en los siete segundos del "Dios te salve María"... del turno de las beatas, y si me sobraban me los refregaba en las mangas del roquete. No. Mis mocos de viejo son mermelada de pera por las mañanas, y cortezas secas y duras por las tardes, ya sabéis, de esas que se apergaminan en las paredes de las narices; de esas que nos gusta a todos sacarnos a escondidas, examinarlas y hacer pelotillas con ellas, y tirarlas luego por la ventanilla del coche, o pegarlas debajo de la silla. ¿O soy yo el único guarro irredento que hace esas cosas? 

Al final, mi ardua investigación médica concluye que no; que mis mocos no son signo de vejez, o no solo eso. Es que tengo dos nietos chicos, y entre los tres, ellos dos y yo, nos los vamos intercambiando como antes cambiábamos tebeos o cromos entre los chaveas. Sí, eso debe ser.

Benditos mocos míos.

jueves, 21 de marzo de 2019

Una mañana de piropos

La verdad es que voy con cierta aprehensión. No me gusta ir a los sitios obligado por nada ni por nadie. Hasta ahora, vivo mi jubilación a mi libre albedrío, sin más obligaciones que mis visitas vespertinas a mi hija y mis nietos. Bueno... y los mandados de la Peque, la lista para el Mercadona. Y esta mañana me he propuesto una obligación nueva: ir a la piscina cubierta. Que sí, que reconozco que me viene muy bien para mejorar mi estado de forma, para enderezarme esta espalda mía tan encorvada, para aliviar mi rigidez de caderas... Que sí, que de acuerdo, pero que no me atrae, que no me tira, que siempre encuentro alguna excusa. Pues nada. Hoy es el día.

-Buenos días, señora -me dirijo atento a la mujer del mostrador.
-Buenos días. Usted dirá - me responde amable ella. 
Digamos que es una mujer de mediana edad, bien parecida, pequeña de talla, una cosa así como la Peque, pero más joven.
-Bueno... yo venía a por un bono de piscina, de esos que hay más baratos para personas mayores.
-Muy bien. Necesito el carnet de identidad de la persona que sea... su padre, su suegro... en fin, del que vaya a venir a bañarse.
Me quedo perplejo, porque no sé si es una broma o es de veras lo que estoy oyendo... Al fin, reacciono:
-Que no, mujer, ¡que es para mí!
La señora entonces levanta la vista por encima de sus gafillas, y se ruboriza riéndose:
-¿Para usted? Venga y no me vacile, hombre, ¿qué edad tiene usted?
-Pues sesenta y seis cumplidos. Aquí tiene usted mi carnet.
-¡Por Dios! No aparenta usted ni cincuenta.
-Pues muchas gracias. Uno que tiene una mujer que lo cuida muy bien.
Y nos reímos un momento. Y servidor más ancho que largo.

Entro en el vestuario y aquello parece un laberinto de taquillas, bancos para sentarse, duchas... en un suelo mojado y resbaladizo. En esto que se me acerca un hombre bastante mayor, enjuto y la mar de despabilado.
-Buenos días -me interpela-, parece usted nuevo por aquí ¿no?
-Pues sí, es mi primer día.
Y el hombre, todo solícito, me pasea por toda la dependencia, me explica el funcionamiento y el itinerario con todos los pormenores. "Tenga usted mucho cuidado, porque desde aquí donde estamos ahora, en estas taquillas, es zona común de hombres y mujeres, no vaya usted a desnudarse aquí".
-Muchas gracias, hombre, por tanta explicación. Ya nos veremos.
-Muy bien -se despide de mí con este piropo-: se agradece que venga gente joven por las mañanas, aquí somos todos unos carcamales.

El monitor de la piscina tiene conmigo la deferencia de ponerme en una calle para mí solito. "Ea, por ser el primer día". En las otras calles hay dos o tres personas. Al cabo de un rato, veo entrar en el recinto a dos gachises rollizas y bien apretás, de estas que parece que el bañador les rechina. Y yo, medio embobado haciendo tiempo en el borde de mi calle. Cuchichean algo entre ellas, se ríen juntas mientras se dan la ducha de rigor antes de entrar, y luego se dirigen a mi calle.
-Caballero -me dice una de ellas- ¿le importa a usted que compartamos la calle?
¡Joer!, yo me emocioné y todo. Seguramente han elegido mi calle porque es la menos concurrida, pero uno enseguida se imagina otra razón: "Claro, me ven el más cachas de to esta gente".
-¡Pues claro que no me importa! Al contrario, ¡encantado de la vida!


Pa que veáis, en una mañana, tres piropos. Y es que a los hombres no nos importa que nos piropeen.

jueves, 28 de febrero de 2019

Manuel, ¡qué calientes semos!...

Esto que os cuento hoy no es una fantochada ni una historia tergiversada para mi beneficio. Es el evangelio. Es, en suma, la verificación de algo ya conocido: cuanto más viejo, más caliente. Más verde.

Paseando a mis dos perritas -la mía propia y la de mi hija- por el parque, presiento que estos tres jóvenes con carpetas en sus manos me van a abordar para que me suscriba a una ONG muy de moda. Es un lugar común aquí y en cualquier ciudad. Chavales y chavalitas muy presentables acechan en los paseos a los jubiletas de aspecto bondadoso (como es mi caso) para llevarles al huerto. Recuerdo que, viviendo en Sevilla, había mañanas en que me planteaba seriamente no salir a la calle por el agobio moral ejercido por pedigüeños y activistas de oenegés diversas.

Me tranquilizo al comprobar en sus papeles que son gente de Acnur, organización a la que pertenezco desde hace años. Son dos chicos y una chica. Lógicamente, a mí se dirige la chica: una chavala muy linda, morena y menuda.

-Buenas tardes, caballero, ¿me concedería usted un minuto?
-Sí señorita; y hasta dos, si fuera menester -le contesto ya un poco zalamero.
-Muchas gracias. Verá, es que estamos aquí promocionando esta ONG. ¿Conoce usted Acnur?

Como ya sé de qué va la cosa, tengo la respuesta preparadísima. Pero que es verdad, eh. No lo digo para quitarme a la muchacha de encima.
- Mire, señorita: en mi casa, mi hija, mi mujer y yo somos de Acnur desde hace ya varios años. Nos hicimos socios en Sevilla. Y a las perritas no las he inscrito todavía porque no tienen las pobres conocimiento.
-¡Habéis oído? -reclama la joven a sus compañeros-. Mirad qué hombre más saleroso. ¡Toda su familia es de Acnur! 
Y se me queda mirando fijamente con una intensidad que me asusta. Y sigue:
-Le voy a comer toa... -y se queda dos segundos en suspense, y yo, con cara de lelo, anhelando un algo imposible- toa la cara entera se la voy a comer, por grasioso, ea.
-Bueno, guapa, venga, hasta luego - me despido con un poquito de vergüenza.

Y me alejo de ella cavilando cómo es esta gente nueva. De espontánea y natural. Como debe ser. Y no como yo, que enseguida me sale la vena de viejo verde, y me río por dentro pensando que qué desilusión: ¡comerme la cara!...¡Bah! La cara me la come todos los días mi nieto Daniel, y me la llena de mocos. Yo, en mi retorcido y lascivo pensamiento, me regodeo considerando la afortunada a otra parte mínima de mi cuerpo, otrora pepino de cabeza acharolada, y hoy bellota embebida en sebo. En fin, no me hagáis caso, cosas de viejo verde.

sábado, 23 de febrero de 2019

Una proposición disparatada

Bien sabe Dios lo a gusto que me encuentro en mi consolidada condición de jubilado, el mejor de los estados posibles si la salud acompaña. En contra de la opinión de algunos bienintencionados amigos y colegas que sostenían como un error mi jubilación anticipada, yo, sin embargo, presentía entonces lo que hoy es una realidad aplastante: sigo siendo una persona feliz. Eso es lo importante.

Pero..., en fin, cuando por otra parte me entero de una novedad tan sustanciosa como la que me contó anteayer mi amigo Paco Lozano, entonces... joer, entonces sí que echo de menos mi consulta de Valme. Claro, como ya no estoy en activo no puedo relataros  -como era mi costumbre- casos curiosos ni anécdotas divertidas de mis pacientes. Pero hoy no puedo sustraerme de hacer vuestra esta historia que no es mía, que es prestada, acontecimiento único y posiblemente irrepetible en la vida de un médico; historia que conmueve a la compasión y a la ternura, pero también aderezada con su toque de desvergüenza y de simpática locura. Vamos allá.


-Buenos días, ¿da usted su permiso? -Y aparece tras la puerta una paciente nueva, de gesto atrevido, con un cierto aire de frescura y altivez que deja al médico, así de pronto, incapaz de encajarla... 
-Pase, pase. Y tome usted asiento, por favor. 

Es una señora ya mayor, pero rara. Diferente. No sé, por su aspecto, por su atuendo tan juvenil para su edad, por el timbre de su voz, desde luego no es de por aquí, por sus tacones, por sus labios reventones, por su forma de caminar hasta la mesa del médico, por su elegancia natural... En fin, que no está el doctor Grilo acostumbrado a tanta finura.
-¿Es usted Consolación Ramírez? -pregunta Grilo mosqueado y señalando el siguiente nombre en su lista de pacientes del día.
-Ah, perdón, doctor; no, no lo soy. Verá usted, no... Yo no estoy en su lista. La verdad es que no estoy citada. Es que querría hablar con usted de un asunto, he visto que no había nadie en la sala de espera, y me he colado. Disculpe usted.
-Bueno, pues muy bien. Normalmente la gente que acude fuera de lista se espera al final de la consulta, pero bueno, ya está usted aquí. No hay problema. Cuénteme.

Y la señora relata una historia ciertamente curiosa, no es, desde luego, la clase de relato clínico a que estamos acostumbrados: Que resulta que la mujer es francesa, nacida en París, de padres catalanes exiliados, en 1939, pero residente en España desde hace muchos años; que es profesora de piano de cierto renombre, y ha vivido en distintas ciudades de nuestro país; que ha llevado una vida tan ajetreada y laboriosa que apenas ha podido disfrutar de casi nada; que ha viajado mucho por el mundo, sí, que ha tenido múltiples experiencias artísticas y culturales, vale, pero que ni siquiera se ha casado ni le queda ya familia alguna. Y que ahora, retirada a sus ochenta años, ha querido refugiarse en Sevilla, se ha encaprichado, ea. "De Sevilla al cielo", como suele decirse.

En este preciso momento procesal, usted, mi querido  y desocupado lector, acostumbrado a mil y una historias mías de fuerte enjundia clínica, se estará preguntando qué coño tiene que ver esto que cuenta esta señora con un historial médico ni con ninguna entidad clínica conocida, a qué puñetas ha ido esta mujer a molestar al prudente y condescendiente doctor Grilo, que no da abasto, el pobre, a tanto problema de verdad en sus pacientes tan complicados. Eso mismo, exactamente eso, está pensando en estos momentos el buen médico: "¿A dónde querrá ir a para esta mujer tan estrafalaria, pero tan interesante?" Peor aún, lo que pasa por la cabeza juvenil de Inma, la estudiante de sexto curso, sentada al lado de Grilo: "Vaya coñazo de tía petulante".

-Señora -se pone serio Grilo, pero sin perder un ápice de su amabilidad-, abrevie usted por favor que, en fin... tengo un montón de pacientes por ver.

Conocedor de historias inverosímiles y perito contrastado en  casos imposibles, al médico no sólo no le disgusta la pomposidad de esta señora sino que está empezando a picarle el gusanillo de su curiosidad médica. "Verás tú si me va a salir ahora por una enfermedad rara del trópico o por algún alto secreto venéreo, o qué sé yo en mujer de semejantes ínfulas..." Tendríais que conocer a Grilo, un médico total, internista no solo de vocación sino de devoción, profesor severo pero también amigable, y hombre bueno y justo. En su fisionomía se mezclan singularmente nuestras tres culturas ancestrales: barba y sabiduría judías; mirada astuta de bereber, y lo mejor del corazón cristiano. La Guardia Civil de tráfico, sin embargo, solo aprecia en él su pinta de moro, y lo para cada dos por tres en controles de rutina. Y tiene que enseñarles a los agentes, a su pesar, su antiguo carnet de alférez de complemento. "A las órdenes de usted, mi alférez", se cuadran luego, para sonrojo del buen hombre. Ha sido uno de mis maestros, jefe, compañero y amigo. No seáis tan adelantadillos: sí, es mayor que yo, pero no está aún jubilado porque es catedrático.

Y la señora continúa "Pero... mire usted -y por primera vez titubea y duda-, a mis años resulta que me he quedado no solamente soltera... sino también entera" -confiesa con un poco de rubor.

-¿Cómo dice usted, señora? -pregunta un Grilo totalmente incrédulo ante lo que acaba de escuchar.
-Lo que oye, señor: que soy... virgen, vaya. Y vengo a usted para poder remediar eso.

Inma, la estudiante, no puede reprimir un gritito de sorpresa ante tal dislate, y se tapa la boca con sus manos para evitar la carcajada. Al médico de gesto adusto y formal le pueden ahora, sin embargo, su genio y su arte jerezanos.
-Pero bueno, señora, ¡lo que me faltaba!... ¿Y qué quiere usted que yo le diga? ¡Vaya usted a Juanymedio, mujer!
-Comprendo su sorpresa, pero aún no he acabado. Verá usted, me va a tachar de mujer melindres y veleidosa, lo sé. Pero he tomado una determinación firme: no estoy dispuesta a dejar este mundo sin haber experimentado todo eso del sexo.
Inma no puede aguantar más la vergüenza y se excusa en que tiene que ir al baño para abandonar la consulta. Y el pobre médico desearía ahora haberse jubilado mucho ha, cuando yo se lo dije.
-Pero bueno, bueno... Esto será una broma ¿no?, quizás una cámara oculta o algo así ¿verdad?
-Nada de bromas, totalmente en serio. Y le diré más: no voy a tener relaciones con un hombre cualquiera.
-Ah, no? -responde Grilo ya sin saber cómo actuar.
-No. Precisamente para eso he venido a su consulta, doctor. He decidido que me entregaré sólo a un catedrático de medicina. Y soltero, además.
-Pero... pero esto qué es, una encerrona? ¿Por qué acude a mí para esto, si no me conoce de nada?
-He estado mirando en Internet. Usted es el catedrático ideal. Me ha convencido todo de usted, desde su físico, reconozca que no está nada mal para su edad, su curriculum académico y su perfil humano. Lo tengo decidido. Usted va a ser mi hombre.
-Pero, oiga, que yo soy un hombre casado... y muy formal. Con nietos y todo. En fin que yo no me presto a este disparate. 
-Ah, vaya por Dios. Eso cambia las cosas. Lo tenía a usted por mocito viejo, por solterón. En tal caso, le pido disculpas. Pero, si no le es molestia, me gustaría dejarle mi tarjeta. Si más tarde cae usted en la cuenta de algún colega catedrático que sea soltero puede llamarme. Adiós, doctor, que tenga usted un buen día.


Esto no es broma, ocurrió hace dos semanas en la consulta de mi amigo Grilo. Hay en el escrito bastantes licencias e inventos del autor, que soy yo, pero en esencia así fue como sucedió. No voy a regodearme en la ocurrencia tan disparatada de esta señora porque estoy seguro de que padece algún tipo de trastorno de personalidad. Lo escribo, con permiso del doctor Grilo, solo para que toméis conciencia de esa parte oscura y desconocida del mundo de la mente a la que solamente a los médicos nos es dado el derecho de admisión. 

sábado, 2 de febrero de 2019

Médicos sin MIR



Hoy, día del examen MIR, y aprovechando el debate de actualidad sobre la legalidad del trabajo en lo público de médicos sin especialidad, deseo romper una lanza en favor de estos médicos que durante años y de manera edificante han sacado las castañas del fuego a nuestro sistema sanitario público.

A mi amigo Antonio Pintor, médico sin MIR, excelente médico y hombre decente.
A tantos otros médicos rurales que, al igual que Antonio, no pudieron o no quisieron sacar el MIR, pero que con su abnegada dedicación y autoaprendizaje, dispersos y perdidos en las diásporas ingratas de nuestra España profunda, han hecho de sus vidas un ejercicio dignificante del oficio más bonito del mundo: el nuestro.
Para mí, héroes sin nombre.


Peñarroya, una noche cualquiera de octubre de 1979



Antonio y yo estamos acostados en la misma sala, un cuartito con dos medias camas, un aseo y una taquilla, en el piso de arriba. Intentando dormir. No nos desvelan sus ronquidos, no; todavía es un joven enjuto y de sueño placentero. Simplemente, no podemos ni amodorrarnos porque estamos acojonados. Y lo disimulamos cerrando los ojos y haciendo como que dormimos. En el silencio de la penumbra, retumba más de la cuenta un pequeño cuesco de los míos. "¿No te duermes, José María?" "¡Qué va! Me come este saltaero de susto en el estómago". "Pero hombre... si lo llevamos todo muy bien..." "Sí, hasta que nos caiga una urgencia gorda de verdad cualquier noche de estas". En la planta de abajo dormita acurrucado en su sofá nuestro enfermero, Rafael, hombre sabio y curtido, que hace también de chófer con su propio coche. Esta debe ser la cuarta guardia médica que hacemos en este ambulatorio. Desde las ocho de la noche a las ocho de la mañana. Supongo que Antonio lo sabe. Su compañía es un respiro para mí. En teoría yo soy el listillo, el que más sabe de medicina, el primero de nuestra promoción, el titular de la plaza conseguida por oposición hace apenas quince días. Él se viene conmigo para aprender, eso dice, pero a mí me da media vida. En nuestra actual condición de diletantes, la angustia compartida vale mucho más que la última edición del Harrison

Ya en este agosto pasado, estrenando título, se vino con la Peque y conmigo a Villaharta, trayendo consigo a su mujer y a su hija Sonia, y juntos hicimos la sustitución de verano del médico de allí, don Ascisclo. Una experiencia inolvidable. Entre ayuntamiento y parroquia nos proporcionaron un chalet gratuito en las afueras del pueblo. ¡Hasta con piscina y todo! No solo no tuvimos ni un solo percance, sino que realizamos una labor muy digna y hasta alcanzamos cierto renombre en la zona y en Córdoba capital por haber diagnosticado, sin más medios que nuestros sentidos, un caso muy farragoso de fiebre botonosa que se le había pasado por alto a algunos residentes de las urgencias del "Reina Sofía". El sueldo nos lo repartimos a partes iguales, cosa que yo ni me acuerdo, pero que él jamás olvidará en aquel tiempo de tanta precariedad para un médico recién cocido, casado y con una hija pequeña. Sueldo, por lo demás, íntegro y limpio, porque nos mantuvimos las dos familias todo el mes con las "propinas" de los parroquianos.

Pero estamos ahora en la noche de autos. Sobre las dos de la madrugada, dando acaso el primer coscorrón, nos llama Rafael: un aviso muy urgente. El corazón se nos sale por la boca. Como estamos vestidos de calle, solo tenemos que echarnos la bata. "¿Adónde vamos?" -pregunto impostando un falso aplomo. "A un bar -me contesta el enfermero-. Han telefoneado desde allí advirtiéndonos de una pelea con navajas entre un gitano y uno de aquí". Me río ahora, desde la distancia de casi medio siglo, de los jóvenes que buscan adrenalina tirándose desde un puente atados por la cintura. Miseria de hormonas comparado con el aluvión de cortisol y de catecolaminas con que nosotros dos inundamos nuestra sangre y nuestra bilis durante aquel trayecto en coche hasta el bar. Hormonas del miedo, del estrés, de la angustia... "Tranquilidad -nos advierte Rafael, ducho en mil trances-, vosotros dejadme a mí hasta que me haga con la situación". Nadie que no haya pasado por semejante tormenta emocional podrá comprender el sustento espiritual que los practicantes de entonces nos han prestado a los médicos primerizos de la forma más natural. Por su sabiduría casera y por su sencillez.

Llegados al bar, Rafael se abre paso entre los curiosos que merodean por la entrada. Y nosotros, detrás suyo, con nuestros maletines de médicos. En una de las mesas, un hombretón rubiasco, que no alcanza los cuarenta años, yace tendido boca arriba a todo lo largo. A primera vista parece que está vivo porque se le mueve el pecho con la respiración y porque le he visto parpadear. Le habían desabrochado la camisa para hacernos visible la herida. "¿Qué es lo que ha pasado aquí" -inquiere, autoritario, Rafael. Y el dueño del bar aclara los pormenores: Que los cubatas de más han encendido una discusión por un asunto menor entre este paisano nuestro y un gitano muy conocido por aquí y de toda confianza, hasta el punto de haber llegado primero a las manos y luego a las navajas. La peor parte, como podéis ver, se la ha llevado este, con un pinchazo en tó el corazón. "¿Y el gitano?" -pregunta Rafael. "Cuando se dio cuenta del percal, pilló las de Villadiego, pero iba con un ojo medio salido de su cuenca" -responde el tabernero. Como dándome permiso, Rafael se hace a un lado para que yo, el médico de guardia, examine al paciente. Mi primera impresión es que la cosa no está tan mal: al hombre se le ve asustado, es verdad, está temblando, no sé si de frío o de miedo. Balbucea ante mis preguntas para decir que no le duele nada. El pulso es rítmico pero débil. Le tomo la tensión arterial: 100/50. No me parece mal. La piel se mantiene tibia, no está frío ni sudoroso, como sería de esperar con más gravedad. La herida es ridícula a mi modo de ver: debajo de la tetilla izquierda, un agujerito de apenas un centímetro de anchura. Le pido a Rafael que le coja una vía venosa y le coloque un suero fisiológico que lleva en su maletín. Casi sin darme cuenta, pongo voz a mis pensamientos y digo: Vamos a llevarlo al ambulatorio y le damos dos puntos a la herida. Los parroquianos presentes guardan un silencio sepulcral. Tengo la terrible impresión de haber metido la pata. En esto que, al instante, Rafael me susurra como sin darle importancia: Déjate de puntos; a Córdoba rápido. ¡Ya! Y sin más, ordené el traslado urgente al hospital. Algunos amigos del paciente, presentes en el bar, lo trasladan en un coche particular. Pasadas unas dos horas, telefoneé desde el ambulatorio a las Urgencias del Reina Sofía: el paciente había fallecido a la entrada en Córdoba. Llegó muerto al hospital.

Rafael, verdadero artista de lo empático y nuestro maestro en aquellos primeros días, nos tranquilizó asegurándonos que ese hombre no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir; que la herida que yo consideré como insignificante por lo reducido de su orificio debía de ser lo suficientemente profunda para llegar hasta el corazón; en fin, que siendo unos novatos comprendía nuestro pavor, y que sentía mucho que tan pronto hubiésemos tenido este baño de cruda realidad, pero que esto es lo que tiene esta profesión, y que no nos queda otra que apechugar. ¡Qué hombre más sabio! Para mí, este acontecimiento supuso la primera de las tantas curas de humildad que me he tragado a lo largo de mi vida de médico.

La especial situación familiar de Antonio no le permitió prepararse ni presentarse al MIR. Tenía que trabajar. En los meses siguientes, él se hizo cargo de mis guardias en Peñarroya, total, peor ya no iba a ser. Y yo me preparé y me presenté al MIR. Trabajó luego en Pozoblanco como ayudante de Pepe Osuna, hasta que obtuvo una plaza de APD en Conquista. Por mi parte, yo saqué el MIR y realicé, como sabéis, la especialidad de Medicina Interna en el hospital "Reina Sofía" de Córdoba.

Con la serenidad que proporciona la distancia temporal y emotiva, uno se plantea cómo se manejaría hoy una situación similar a la vivida por nosotros hace cuarenta años. En primer lugar, seríamos Antonio y yo especialistas en Urgencias o en Medicina Familiar y Comunitaria. Pero este hecho, la verdad, no me parece tan relevante para la evolución del paciente en este caso concreto de gravedad extrema. Hubiese servido, sí, para minimizar nuestra angustia y darnos mucha más seguridad en lo que hacer. De todas formas, es consustancial con el oficio médico padecer inseguridad, angustia y abatimiento en todo momento, pero sobre todo en los inicios de tan singular profesión, sean estos en el pueblo o en el hospital más puntero. El mismo miedo de esa noche en Peñarroya, si no más, pasé siendo R1 en "Reina Sofía", un año después, ante mi primer caso de sepsis meningocócica en una jovencita de quince años que se salvó porque mi ángel de la guarda de esa noche, Paco Dios, intensivista de desbordante humanidad, acudió en mi auxilio. Más abatimiento aún me produjo la muerte injusta de Yolanda, una paciente mía en la flor de su madurez, por mor de un linfoma que jugó conmigo al escondite durante unos amargos seis meses hasta que se salió con la suya. Y ya no era residente, sino un médico bien bragado y experimentado. A fin de cuentas, un navajazo en el corazón era, y es, una sentencia de muerte; no así un linfoma. Hoy, a las dos de la madrugada, no funcionaría el helicóptero, pero dispondríamos de una ambulancia medicalizada que transportaría al paciente debidamente atendido, con suero a chorro, oxígeno a toda mecha y personal sanitario a bordo para las maniobras de resucitación si fuesen precisas. En aquel tiempo usábamos nuestros coches particulares para esos menesteres. Con mucha mejor carretera, en una hora hubiésemos alcanzado el hospital, y quién sabe, si llegado a tiempo para una intervención quirúrgica sobre la marcha ante un corazón roto. En definitiva, está claro que hoy aquel paciente desgraciado hubiese tenido una oportunidad. Y no tanto, en este caso, por los avances de la ciencia médica, que bueno, que también, cuanto por los logros en las infraestructuras sanitarias y estructurales.

Quedad con Dios.

lunes, 21 de enero de 2019

Ir de compras

Lo reconozco: me mata ir de compras. En las únicas tiendas que entro gustoso es en las confiterías. Aunque no compre nada, sólo por ver y oler. Soy así de goloso, ea. Al Ikea y al Leroy Merlín van ellas solas, la Peque y mi hija. A mí me dejan con los nietos, y atento al móvil a ver cuántas pitadas de alerta me envía por cada tarjetazo superior a 50 euros. Más nervios que cuando escuchábamos en el transistor la cantinela de los goles en el carrusel deportivo de José María García. Pero ir de compras, lo que se dice ir con tu señora a por pantalones, que es que los que te pones son del siglo pasado y ya están raídos de viejos, o a por camisas nuevas, que las viejas tienen los cuellos desollados... No. Que no, que no me gusta. Todavía, las chaquetas, los saquitos o las cazadoras tienen un pase porque me las pruebo encima de mi ropa, a la vista de todo el mundo, ¡pero los pantalones!... Lo de meterme enjaulado en un probador de cortinita me supera. Para empezar, es que yo no quepo en un habitáculo de un metro cuadrado, necesito amplitud, le doy codazos a las paredes, se me sale el culo por la cortinilla... Y luego, que por mi rigidez natural heredada de mi madre y acrecentada por mi artrosis y por mi prótesis no me agacho lo suficiente para desabrocharme los zapatos, y cuando al fin lo consigo tropezando con todo no encuentro dónde colgar los calzones, y los dejo por el suelo hechos un guiñapo. Sudores me entran y todo. Y por si faltara algo, la censura de la Peque: "No, estos no, que tienen el tiro mu largo". Cada muda, un suplicio. "No, esos menos todavía, joer, es que tienes un cuerpo mu dificultoso". Vaya por Dios, vamos a por otros. "No, estos tampoco, que se te meten por el culo y te pareces al cura Gálvez" (Paco, no eres tú, es un cura que hubo en Palenciana hace años, y que gustaba de subirse mucho los pantalones). Unas veces me parezco a ese cura, otras, a Julián Muñoz. En fin... Un sinvivir, vaya.

Con la edad, uno va añorando cosas de antaño, de cuando éramos niños: los borrachuelos de miel de mi abuela, las magdalenas panzonas que rebosaban por fuera del molde de papel, el hoyo de aceite con la onza de chocolate, las rebanadas de pan fritas en el molino... y probarse los pantalones en la propia casa. Mi madre iba a la Tienda Nueva, se traía varios pantalones o camisas o cualquier otra prenda para mi padre o para mí, y nos las probábamos sin prisa y sin agobios. Y luego mi madre devolvía lo desechado. Mira tú qué requetebién. Eso es una de las cosas que yo tanto echo en falta ahora.

Y para colmo de males, no puedo comprar pantalones por internet, como hacen ellas, porque con mi cuerpo tan dificultoso de cintura para abajo necesito probármelos antes. De manera que nada, condenado al probador para siempre. Menos mal que es una vez cada diez años. Más o menos. Pero lo malo es que creo que ya toca.

lunes, 14 de enero de 2019

¡Que Dios te lo pague!

Ocurrió ayer mismo, en la mañana más gélida de lo que llevamos de enero. En el velatorio de su marido de cuerpo presente, en su casa y rodeada de todos los dolientes, la recién viuda me obsequió con un agradecimiento antiguo, de cuando éramos niños. Llorosa y compungida se levantó de su silla, y según yo la consolaba con sendos besos en sus mejillas me soltó un "Que Dios te lo pague" que me reconfortó el estómago mejor que lo hubiera hecho un caldito caliente de la olla, vaya. No sé, de esas cosas que sin saber uno bien por qué te ponen en paz con el mundo.

"Que Dios se lo pague", "Quedad con Dios", "A la paz de Dios"... fueron expresiones muy populares de gratitud, despedida o saludo que en nuestros años mozos escuchábamos decir a nuestros padres y abuelos, y me temo que, como tantas otras, van camino del cementerio de las palabras caídas en desuso. Lástima. Y me alegra toparme con ellas en boca de las personas mayores de los pueblos chicos. A mi modo de ver, los pueblos pequeños deberían ser los santuarios de estas expresiones inmortales, los museos vivientes de un tiempo tan fructífero que, sin embargo, se nos va sin premio. Y creo también que somos los abuelos de ahora, junto con los maestros de escuela, quienes tenemos la responsabilidad de preservar y prolongar este acervo espiritual del lenguaje antiguo, tan rico y expresivo.

Porque más allá de las connotaciones religiosas, y superadas las barreras de un laicismo exagerado, el "Que Dios se lo pague" es mucho más y dice mucho más que un soso y frío "Muchas gracias", ¿dónde va a a parar?

Para mí, ese "Que Dios te lo pague" de esta mujer en su estreno de viuda, encierra un montón de cosas: es una manera de desearte que tengas suerte en la vida, que la sigas teniendo; que disfrutes de tu jubilación junto a la Peque; que veas crecer felices a tus nietos hasta que lleguen a la universidad por lo menos; que mantengas la unidad y la armonía entre tu familia, tan prolija, de hermanos y sobrinos; que te esmeres en el cuidado de tus amigos como hasta ahora; que seas un hombre justo y decente, manque te hayas convertido en un podemita descreído habiendo sido seminarista y todo; y que, aunque vayamos ahora quintos en la Liga, nuestro Real Madrid será otra vez este año campeón de Europa. Todo eso. A ver si un "Muchas gracias" puede igualarlo.

En fin amigos: quedad con Dios, y hasta otra.