sábado, 3 de noviembre de 2012

En la ópera con mi novio

Al final la cosa se fastidió un poco, no salió del todo como yo había previsto. Pero bueno, no estuvo mal. Ya habrá mejor ocasión para lo nuestro.

El caso es que Paqui no iba a poder ir con Jaime a la ópera porque el día en cuestión (el pasado sábado) le tocaba Lebrija, lo mismo que a nosotros, a la Peque y a un servidor, nos toca Palenciana un finde al mes. Obligaciones filiales para con los padres. "Oye", me  llama Jaime el viernes, "que si la Peque quiere venir conmigo a la ópera, que Paqui no puede". "Claro que sí, cuenta con ello", le respondo seguro del sí de mi mujer. Estaréis conmigo en lo difícil que resulta para un hombre corriente acertar alguna vez cuando decide por su mujer lo que cree mejor. Un sábado por la noche, en el Maestranza, grandioso escaparate para la pijería sevillana, en una pieza de ópera tan bella como lo es la de Thaïs, acompañada de un tío guapetón, incluso con la maldad, nada desdeñable para una mujer, de alimentar comidillas sobre infidelidades entre algunos conocidos con los que se cruzarán en el vestíbulo... En fin, todos los alicientes para una noche agradable y entretenida. Pues no.

-Sema, que no tengo gana, de verdad.
-Pero Peque ya le dicho que sí a Jaime, le vamos a dejar colgada la entrada, mujer.
-Ve tú con él -me suelta risueña-, para eso eres su novio.

Para nuestros más allegados, Jaime y yo somos novios desde hace ya tiempo. Lo tenemos asumido. Cuando suena el teléfono pasadas las diez de la noche nadie en mi casa le echa cuenta, "cógelo tú, papi", me decía mi Meli, "será tu novio". Y era. Hasta ahora, nos vale con lo platónico, nunca hemos concretado. A mí no me importaría y creo que a él tampoco, pero se hace el remolón porque sabiéndose el guapo de la pareja le tocaría siempre hacer de tía. Y por ahí no pasa. Y yo tampoco, claro, ¿dónde se ha visto una tía calva y tan mal hecha como yo? No quisiera, de ninguna de las maneras, llevar el escándalo a vuestros corazones. Es algo natural. Cuando ya de mayor te reencuentras y vives  cerca de una persona con la que has compartido tantos años de penurias, alegrías, emociones y vivencias de todo tipo te sientes tan a gusto a su vera que parece que estuvieras enamorado de ella. Es un sentimiento muy profundo mezcla de gratitud, hermandad y cariño. Igual me hubiese pasado con Frasqui, con Antoñillo, con Rafael, con José Pablo, con Salva, con el Luna..., por nombrar algunos con los que he intimado desde chico. Con Luís Enrique no, que es del Atlético.

-Jaime, mira -lo llamo al móvil-, que no, que la Peque dice que vayamos tú y yo.
-¿Te das cuenta? Luego nos tachan de sarasas, pero no pierden ocasión de provocarnos.
-Pa que veas. Bueno, es igual, que vamos juntos, ya está.
-Vale.

Pero no; como es tan considerado con todo el mundo me vuelve a llamar dándome la matraca.
-Niño, que por mí no lo hagas, que yo puedo vender la entrada, en serio.
-Joer tío, ¡qué pesao!
-Pero ¿te apetece de verdad?
-Que sí, a ver si te enteras, que sí, que me apetece, que quiero oír al Plácido Domingo. Además que ¿cómo te voy a dejar que vayas solo?
-Que no voy solo, que viene también mi cuñado Paco.
-Amos hombre, ¡tú me vas a comparar a mí con tu cuñado..! Que nada, que voy contigo y nos dejamos ver mariconeando por ahí.
-Bueeeeenooo.

El mismo sábado por la mañana vuelve el borrico al trigo:

-Mira, que mi hermana Lourdes tampoco viene; así que puede venir la Peque.
-No te prometo nada; déjame que hable con ella. -Con el teléfono en la mano, la llamo a voces creyéndola más lejos.
-¡Que no estoy sorda! -me increpa saliendo de la cocina-, ¡qué pasa ahora?
-Que hay una entrada de más, que si quieres venir.
-¿Yooo? -se me pone en jarras en plan guasón- ¿Para hacer de canasta? Ni hablar. Decírselo al Palanco. -Testigos sois, si alguna vez Jaime y yo nos decidimos a salir del armario la culpa no habrá sido sólo nuestra, sino también de nuestras mujeres respectivas que no sólo no han sabido evitar situaciones comprometidas, sino que las han propiciado.

El Palanco tampoco podía porque estaba de boda, creo. De manera que, al final, la Peque se avino melosa a acompañarnos. Estuvo bien la cosa. Muy bien. Nos gustó muchísimo la ópera, sobre todo la música y los escenarios. Vale la pena. Aunque el Maestranza me sigue pareciendo un teatro muy impersonal, poco acogedor, nada que ver con el Lope de Vega. Además, cincuenta y cuatro euros por entrada me parece excesivo para los tiempos que corren. Claro que la Peque y yo, como invitados, íbamos de gorra, ¡qué cara! Ella se sentó entre Jaime y yo; Paco al lado de Jaime; quien evita la tentación evita el peligro. Ea, a disfrutar de la obra.

Atanahel (Plácido Domingo), un cenobita obstinado y carca que se martiriza en el desierto, que predica la felicidad a través del dolor, a quien nadie hace ni puñetero caso, se ha impuesto la penitencia de convertir para la buena causa a la bella Thaïs, la puta más puta de toda Alejandría. Tan pelmazo y cansino es el tío, tanta carga y tan seguida le echa que, ¡coño!, la convence. La famosa ramera, anteayer mismo lujuriosa y fatal, se aferra al sacrificio para alcanzar el cielo porque el pesado de Atanahel ha sabido mostrarle la inútil fatuidad de su vida. En la penosa travesía del desierto hacia el cenobio, exhaustos, descalzos y medio en cueros, ¡oh fatal poder del maligno!, el santo se enamora perdidamente de la puta. Se veía venir, no os creáis. Tanto rezo juntos, tanto amor divino, un desierto tan largo, la calor que hace, tú, una tía tan güena...En fin, lo que pasa. Cuchicheo con la Peque:  "¿ a qué te apuestas que se la tira ahí mismo, debajo del primer sicomoro que encuentren?" En la media oscuridad del entresuelo adivino esa mirada intensa de mi mujer que dice sin mover los labios: tú estás tonto o te lo haces? Se cambian las tornas, ella sigue impertérrita su camino hacia el cielo y él se maldice mil veces por haber sido tan estúpido. En su lecho de muerte, ya en el convento, Thaïs se acerca a Dios a quien ya casi toca con las puntas de sus dedos, mientras él, Atanahel, reniega de todo y escandaliza a los monjes colegas con un discurso mundano y ateo. "El cazador cazado", dice Jaime. "El asunto de la jodienda...", respondo yo. "Dos tontos y yo enmedio", remata la Peque. Y mientras el Paco, sentado en el asiento que da al pasillo, sin dejarnos salir enloquecido en aplausos.

Vosotros os reiréis pensando que todo esto del Jaime y mío es de broma; y es verdad, es de broma. Pero, si no fuera por lo mucho que me gustan las tías,  así, a lo tonto, a lo tonto, el día menos pensado rompería en maricón. ¡Ajú qué cachondeo!

viernes, 2 de noviembre de 2012

Felicidades Peque

Aviso legal: éste va a ser el primer artículo que salga a la nube virtual sin haber sido supervisado por la Peque. Ella es la censura, el nihil obstat. Sin su tijera certera e insobornable hubiérais tenido que aguantar algunas meteduras de pata dadas mi ingenuidad y mi gusto pervertido por lo sórdido y lo libidinoso. Aprovecho mi soledad por estar ella trabajando de noche para escribir sin coacción. Espero no cometer hoy ninguna inconveniencia.

El día 2 de noviembre de 1977, día de los difuntos, no fue puente como hoy. Fue un día normal. Quizás miércoles. Lo recuerdo porque ese día fui a clase en la facultad y mis compañeros no me dejaron entrar. Me abuchearon y tuve que volverme a mi casa. No, no estaban enfadados conmigo porque yo fuera un empollón y no los dejara copiarse ni porque fuese un esquirol, no había huelga que yo recuerde. No; simplemente me había casado el día de antes y mis compañeros no daban crédito a lo que veían: que después de la misma noche de bodas, al amanecer, yo estuviera en clase. Me echaron. Pero ya no me acosté sino que seguí estudiando en mi casa. Y la Peque, recién casada, retozando en las primeras sábanas del ajuar...aún sin lamparones.

Hace ya treinta y cinco años de esto, que se dice pronto. Y ayer, día primero de noviembre, maldita sea, ni siquiera me he acordado de felicitarla. A las siete de la tarde, cuando ya se iba para el hospital, me dice seria: hoy podías haberme pedido que cambiara mi turno para estar esta noche juntos. ¿Y por qué hoy?, le respondo ignorante de mí. Porque es el día de nuestro aniversario. Se me cayó el mundo encima. ¿Cuándo se ha visto que a mí se me olvide algo así?. Seré malísimo para escoger regalos, de acuerdo, pero olvidárseme la fecha del uno de noviembre...¡Jamás! Pues ahí lo tienes tío. Cómete el marrón.

No he sabido reaccionar a tiempo, me he quedado "pillao", como dice mi Meli, balbuceo torpemente un perdona Peque no sé cómo se me ha podido pasar. Esto es fuerte, dice ella. Sí que lo es, digo yo. Te pasa porque estás absorto por la escribanía. Sí, es posible, perdona Peque. Y se ha ido.

Y me hace pensar. Anteanoche ví una película interesante "el ladrón de palabras", en la que los dos proganonistas pierden a sus mujeres respectivas por culpa de la "escribanía". Lo mío no va a llegar a tanto, claro que no, y ni siquiera creo que esto haya sido la razón de mi imperdonable olvido. Simplemente relajación. Está uno tan saturado de hospital, de pacientes, de problemas que un día de descanso entre semana me aleja de la vida real, me aisla en mi mundo meditativo, me entretiene en simplezas. Y así, de esta manera tan tonta, recargo pilas. Pero no es excusa. Tampoco quiero pensar que sea ya el deterioro de memoria  asociado a la edad. Mi memoria es el principal bastión de mis capacidades intelectuales. Como la pierda, estoy perdido.

Reflexionando a solas, me sonrojo ante lo  que pensarán el Frasqui, que se casó dos días antes que yo, verás tú como a éste no se le olvida felicitar a su "leona", o el Pinedo, tan exquisito con las mujeres. No lo entenderán. Como tampoco yo lo entiendo.

La llamé por teléfono a Observación de Urgencias:
-¿Se puede poner la Peque?
-Un momento que la llamo -me responde una de sus compañeras. 
-Dime. Y rápido que aquí hay tarea esta noche.
-Felicidades Peque.
-Anda, anda, felicidades, ahora vienes con ésas.
-Mañana te voy a compensar el descuido, pa que veas.
-¿Y qué es lo que piensas hacerme?
-Me da corte decírtelo por teléfono.
-Si es una guarrería, vas apañao.
-Bueno, una guarrería y algo más.
-Ve preparándote porque tendrás que estar  toda la semana dorándome la píldora.
-Estoy en ello.

Ya me pareció más tranquila. Pero ¡hay que ver! es que no me lo creo. Por la noche, durmiendo solo, he dado un montón de vuelcos, hasta he tenido pesadillas. Esta mañana, ya día de los difuntos, continúo con mi tema. Ahora que no me oye os confesaré algo que todos comprenderéis: después de nacer, la cosa más importante que he hecho en mi vida es casarme con la Peque. ¿Y la Meli, qué? La Meli también, pero si no me caso con mi mujer no hubiese existido la Meli, se hubiese quedado en el limbo.

A mi mujer la conozco desde que éramos niños. En la escuela era Antoñita "la araílla", luego Antoñita Villalba, cuando se fue a Antequera ya era Toñi Villalba. Y así se mantuvo hasta que se casó en que pasó a ser la Peque. No fuí yo quien así la bautizara, fue una amiga nuestra, Pilar Bustos, que vivió tres años con nosotros en nuestro piso de Pintor Zurbarán. La pequeña, le decía. Y de ahí, la Peque. Estos cambios en su nombre también se aparejaron con una metamorfosis en su personalidad. "La araílla" era un niña chica, regordeta y de pelo rizado y negro zahino. Muy dominante con sus amigas, o se jugaba a lo que ella quería o rompía la baraja. Genio y figura. Antoñita Villalba era una preadolescente minifaldera de piernas indecentes para su edad. Enviciada por la calle, traía locos a sus padres por sus malas notas y a los niños de su pandilla por sus cachas, su trapío y su desenvoltura. Siempre valiente. Toñi Villalba fue una bachiller acomplejada por vivir en un entorno hostil de monjas y de niñas pijas, por no encajar bien los cambios puberales en su cuerpo de cría  y por el talante tan exigente de su padre. Hasta que nos conocimos más a fondo. Ésa fue su suerte (¿o fue la mía?). Mi novia siguió llamándose Toñi, pero, poco a poco, su carácter volvió a ser el de la Antoñita antigua: tiposa, menuda, apretada y con nervio. Mucho nervio. Bueno, y a la Peque ya la conocéis de sobra.

Detrás de sus prontos y de sus arranques, se esconde una mujer increíble; energía desbordante, ambición sin límite por aprender y hacer cosas nuevas y desprendimiento son  principales virtudes, un pedazo de pan. Algo duro, no vamos a decir que no, pero comestible. El único defecto que yo le encuentro es su tozudez. Si ella piensa una cosa no hay Dios que la saque de ahí. "Por mucho que digas, a mí no me vas a convencer", es una de sus frases favoritas. Igualito que la Meli. Pero ¿qué sería de mí sin mis dos mujeres? Me lo imagino, pero no os lo voy a decir, que luego me regaña.

Soy, desde luego que sí, un hombre de suerte.

¡Muchas felicidades Peque!

miércoles, 31 de octubre de 2012

Precocidad

Hoy he visto en la consulta a un jovencito de quince años, imberbe, de ésos que aparentan menos edad, casi un niño, vaya. Viene acompañado de su madre, mujer joven y de buen ver. Ya sabéis, lo de siempre, que le han salido unos bultitos en las ingles. Me imagino que son ganglios (adenopatías en nuestro argot). Antes de explorarlo le hago unas preguntas de rigor. Que sí, que tiene novia y que mantienen relaciones sexuales, aunque siempre, eso sí, con preservativo. Esta gente nueva de la generación del póntelo, pónselo no pierde el tiempo, vaya que no. Pero no fuma, algo es algo.

En la camilla boca arriba me encuentro lo que ya barruntaba: todo el pubis rasurado. Ya no me extraño, pero qué cosa más fea. De tanta porfía con la cuchilla o con la cera se ha provocado  folículitis en varios puntos de irritación local. Ésa es la causa de la pequeña inflamación en los ganglios. Así se lo explico a ambos, madre e hijo, y ya está. Problema resuelto.

Este caso me hace reflexionar sobre dos cuestiones recurrentes en mi pensamiento. La primera es que vivimos en una sociedad asustada, miedica, temerosa no de Dios, como antes, sino de la enfermedad y  de la muerte. Ni mentalla. Una sociedad tan absurdamente medicalizada que la gente va al médico por auténticas minucias. Y lo malo no es sólo eso, sino que  el propio médico, incluso el especialista, contagiado de ese miedo, se ve, en ocasiones, inseguro para resolver por sí solo cuestiones relativamente simples y corrientes, como lo es, por ejemplo, el caso de este chaval.

La segunda reflexión es más jocosa, no lo puedo remediar, ya me conocéis. Se trata de cómo han cambiado tanto las cosas en sólo cuarenta años. Este chaval, casi un niño, a sus quince años ya tiene relaciones con toda naturalidad. Mi amiga Mercedes cuenta que las estadísticas al respecto afirman que la edad media con que los jóvenes inician sus escarceos íntimos es de trece años. Y que nuestra legislación permite el matrimonio a partir de los catorce. ¿Será buena tanta precocidad? ¿No nos estaremos pasando de modernos? Mira tú que yo para estas cosas soy de lo más tolerante porque, de siempre, me han gustado mucho, pero me inquieta tanta libertad sexual en niños. Porque mentalmente son niños por mucha tranca que armen. "Nosotros éramos igual, se ríe mi amigo Pintor, unos salidos; lo que pasa es que no teníamos tantas oportunidades como ahora". No, no lo creo. Con trece años yo dormía aún con mi abuela y con quince me tenían acojonado con el fuego eterno y el reblandecimiento medular; temía a los curas, a la Guardia Civil y a mis padres. Miedo e ignorancia. Lo único que sabíamos hacer por entonces era meneárnosla. Eso sí se me daba bien, ¿ves tú? 

Con todo, prefiero que los muchachos de hoy se gasten el poco dinero que tienen en condones antes que en tabaco, alcohol o drogas. O que en móviles. Desde luego.
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domingo, 28 de octubre de 2012

Aquí va a pasar algo.

¿Qué queréis que os diga?, que es verdad; que trabajé la mar de relajado el día éste de la huelga. A falta de  sesión clínica matinal llego a la consulta a mi hora, antes incluso, sin prisa; nadie te entretiene por los pasillos, hoy extrañamente anchos y expeditos; te cruzas con cuatro despistados como tú o con uno de estos compañeros cabreados por estar de mínimos que, torva la mirada, te suelta unos engañosos "buenos días, ¿qué, de esquirol, no?" "Más o menos", contesta uno. Y a lo mío. A las enfermeras y auxiliares de la consulta, sin apenas trabajo, se las ve más contentas, más pendientes de uno, hasta más graciosas, si no es mucho decir. Piensas que con la cosa de la huelga te vas a librar de algunos pacientes, quizás no venga ésta, la pobre, tan pesadita; pero ¡coño!, ese día no falla uno. "¿Cómo te atreves a venir sabiendo que hay huelga?, te arriesgas a volverte de vacío", le regaño a Petrola. "He llamado antes por teléfono para asegurarme de si estaba usted aquí", me contesta con cierto recochineo. Estas viejas pécoras se las saben todas. 

Pero no me gustan las huelgas. No creo que a nadie le gusten. He sido siempre un acérrimo detractor de las mismas. "¿Tú por qué no vas a la huelga?", me preguntan algunos colegas bien intencionados. "No he ido cuando tenía veinte años, ¿voy a ir ahora a los sesenta?" La huelga es el fracaso del diálogo, del entendimiento racional entre las personas. No llego a entender bien por qué sea necesario tomar medidas de presión para conseguir cualquier tipo de reivindicación. Si tal exigencia es razonable y posible de alcanzar, ¡por qué tienen que perder algo las partes en litigio? Parece de tontos ¿no? El empresario sufre en la producción y el obrero en su jornal. Y al final, se avienen. ¿Por qué al final y no al principio? Y si, por otra parte, la reclamación, por muy razonable que sea, no es alcanzable ¿para qué perder tiempo y dinero? Y no digo nada de las huelgas generales, en las que nadie gana absolutamente nada, todos perdemos. Ah!, pero manifestamos nuestro descontento. ¡Como si no lo supieran!, ¡como si les importara mucho! Se necesitaría algo mucho más contundente que una huelga para amedrentar a una clase política y financiera tan corrupta. No, no soy hombre de huelgas.

Las huelgas del personal sanitario (y en general de cualquier empresa de servicios) no afectan solamente a empleado y empleador, implican además a un tercer actor, aunque pasivo y sufridor: el ciudadano. La huelga médica, en este sentido, está mal vista, tiene mala prensa, como suele decirse. La gente nos tiene por peseteros, por algo será. Nosotros mismos confesamos en las reuniones previas con los sindicatos que no nos sentimos cómodos, que no queremos la huelga, pero que no nos dejan otra alternativa. Y nos tiramos de cabeza a una piscina sin agua. Salta a la vista que nuestros planteamientos son más que razonables, que nuestras exigencias son legítimas, que nos sentimos maltratados por una administración farisea que de puertas adentro nos adula con que somos el activo más importante de la empresa, mientras de puertas afuera nos tacha de egoístas y de desafectos. Seguro que es así, que nuestros alegatos son de peso. Pero tan cierto como eso es que no vamos a conseguir nada con la huelga, sencillamente porque lo que pretendemos no es alcanzable. "El tema de la especial distribución horaria para los médicos es inamovible", acababa de sentenciar nuestra prócer Montero con esa su pose tan atractiva como prepotente. No hay nada que "arrascar", dicen en mi pueblo.

Ha sido ésta, la de los médicos, una huelga totalmente asimétrica en nuestra contra. Se espera conseguir algo a sabiendas de que algo nos va a costar, pero que también la empresa sufrirá algunas inconveniencias. Nada de eso. En este caso la empresa ha estado encantada. No sólo se sale con la suya sino que lo hace de forma gananciosa. Se ha ahorrado los jornales de todos y cada uno de los huelguistas y no ha perdido absolutamente nada. Para los directivos el día se programa como si fuese domingo, bueno, dirán, un festivo más; se atienden las urgencias y los problemas inaplazables  y mañana será otro día. ¡Vengan muchas huelgas como ésta!, brindarán los gerentes la mar de zalameros con la Montero.

No obstante, quisiera también intentar un pequeño ejercicio de autocrítica. Me rebelo contra la costumbre tan común de echar a los otros la culpa de todo lo que nos pasa: la culpa siempre es de los políticos, de los bancarios, de los empresarios, de los gestores, de los jefes. Nosotros, el resto del mundo, somos santos inocentes de impoluto comportamiento. El último detonante de esta huelga médica ha sido la manera tan sobrada con la que nuestra bella consejera ha decidido sobre el exceso horario. Los médicos computaremos diez horas mensuales repartidas en dos tardes de cinco horas. De esta manera se ahorra un buen pellizco en el pago de las tardes. Es verdad.  Pero solamente a costa de los médicos. A los demás funcionarios se les permite ampliar la jornada en media hora, sin más merma de su ya escuálido sueldo. Y encima, supone el tercer recorte en dos años. Vale, nos asiste la razón. Sin embargo, me debato en cavilaciones: ¿no hemos quedado que con esto de la crisis debería pagar más quien más gana? ¿Quiénes son los funcionarios que más ganan? A mí me parece que somos nosotros, los médicos. No es lo mismo que a mí me distraigan quinientos euros al mes que lo hagan con una enfermera, auxiliar o administrativa, muchas de ellas mileuristas. Todos admitimos la realidad de la crisis, sí, pero que no nos toquen el bolsillo. A nosotros que no nos registren. Que cierren empresas públicas, que despidan al personal excedente, a los enchufados, que manden al paro a tanto político inepto, que la Iglesia pague como todo quisqui, que clausuren el senado, que enchironen al Rato, al Botín, al Castillejo y a otros compinches y le hagan devolver lo amasado..., pero a mí que no me miren, yo soy un ciudadano ejemplar que vive honradamente de su trabajo, que paga religiosamente su hipoteca, que no defrauda a hacienda porque no puede  y que no tiene ninguna culpa ni responsabilidad en todo lo que está pasando. No tanto, Villalba, le dijo el señorito de la Capilla a José Villalba, el casero, con ocasión de que éste, en un encendido arrebato de lisonja, le dijera quererlo como a su propio padre. Pues eso, no tanto Villalba. Desde luego que  deberían ejecutarse muchas de esas cosas que denunciamos, claro que sí, pero yo, por ejemplo, pago las reparaciones de mis coches o las pequeñas obras de mi casa sin factura; o sorteo la normativa fiscal mediante una argucia de dudosa legalidad para desgravarme mi apartamento de Benalmádena en la declaración de la renta. Por ejemplo. De manera que, en la medida de mis posibilidades, soy un pequeño corrupto. Por tanto, si ahora  tengo que apechugar, apechugo.

¿Quiénes sino nosotros, la clase media, va a sacar esto para adelante? Confiar en los magnates y ricachones es de ilusos. ¿De cuándo se ha visto que la clase alta se ensucie las manos sin provecho? En lugar de donar veinte millones de euros a Cáritas (que está muy bien, no digo que no), el amo de Zara bien podría dar más y mejor trabajo, no explotar a los niños del tercer mundo, cumplir con hacienda en razón de su patrimonio y no acumular dinero en paraisos fiscales. De esta manera se hace patria o, mejor para ellos, se gana el cielo, no repartiendo migajas. Creer en la capacidad e intención de los políticos para sacarnos de la crisis es de tontos. A los buenos, como mi amigo Manolo Gutiérrez, no los dejan subir. Si los políticos tuvieran verdadera voluntad de buscar el bien común harían (o dejarían de hacer) muchas de las cosas que todo el mundo ve como evidentes, entre otras recortarnos el sueldo, sí, pero también al mismo tiempo reducir la jornada, en vez de ampliarla, y así poder contratar a gente joven. Estoy convencido de que muchos médicos renunciarían resignados a esos quinientos euros si ello redundara en trabajo para otros compañeros. Lo que nadie quiere, lógicamente, es que su ofrenda sólo sirva para engordar al monstruo, para pagar intereses de la Deuda. Y los pobres, la clase baja creciente, ¿qué pueden hacer?, bastante tienen con intentar eludir el desahucio de sus casas o con buscar un buen cordel con el que ahorcarse. Nosotros, los que aún podemos vivir con cierto desahogo, estamos llamados a tirar del carro. Nos ha tocado este momento histórico tan singular. A nuestros padres y abuelos les tocó la guerra, fíjate tú, y la penosa postguerra, y afrontaron airosos la miseria.  Si lo nuestro tiene que llegar a tanto, entonces doy mi conformidad en ceder solidariamente parte de mi sueldo y abrazo gustoso la religión del Anguita, vivir sencillamente para que otros puedan, sencillamente, vivir.

No, decidídamente, no me gustan las huelgas; y menos en el hospital. Por muy tranquilo que trabaje. Pero comprendo y  comparto las razones que nos animan, no sólo a los médicos, sino a todos los ciudadanos, a sentirnos indignados, ninguneados y maltratados por unas castas política, empresarial y financiera envilecidas. No, esto no se arregla con huelgas. Me temo que no. Aquí va a pasar algo.

domingo, 21 de octubre de 2012

Addendum del conejo

Queridos míos: al escribir el artículo sobre el conejo no he calculado bien el berenjenal donde me iba a meter. Tendría que haber caído en la cuenta de que muchos de vosotros sois gotosos. Más de uno ya me ha escrito quejándose del tema; no pueden disfrutar del conejo de campo por mor de la gota, qué le vamos a hacer; pero es que tampoco pueden hacerlo con el de ciudad; y no por no ser comestible, que sí lo es, y muy sabroso por cierto, sino porque no se deja comer. Es una lástima, es verdad. Si lo pienso antes no lo hubiera escrito. Pero ya, a lo hecho, pecho. Lo que haré será arengar a las propietarias de esos animalitos tan tiernos y peludos para que sean desprendidas ofreciendo comida al hambriento que, además de dar satisfacción al instinto más básico de nosotros, los hombres, es una obra de caridad. 
 
A ver si cuela.

sábado, 20 de octubre de 2012

Conejo de ciudad

Andaba yo en la falsa creencia de ser el último de los inocentes; que entre la gente nueva, con tanto i phone, i pad, twiter y facebook, no habría ya ingenuos como fuímos muchos de nosotros en nuestra primera juventud. A mí cualquiera me podía tomar el pelo tan tranquilamente, todo me lo creía. En la escuela me tocaba casi siempre borrar la pizarra o ir a por el cafelito de don José, en la Capilla me engañaban los ganapanes con recados mentirosos de "tráeme la llave del cigüeñal" o "niño, dónde has puesto el costal de los gamucinos", y luego, en los Ángeles, no sé cómo me las arreglaba, pero me veía, una vez sí y la siguiente también, bajando a por la pelota a lo hondo de la huerta o hasta el mismo Bembézar. Mis amigos del seminario, los de hoy, aún queriendo, poco hubieran podido hacer por sacarme del letargo, bastante tenían ellos con salir de  su propio plomazo. El único que podía haber socorrido algo mi tontuna era "el Cuatro Mitras", un muchacho de Fuente Tójar, bragado y aguerrido, pero como se salió tan pronto...Yo no despabilé hasta bien tarde, a mí me despabiló la Peque. Creo.

 El otro día, sin embargo, descubrí mi error. No soy el último. Aún quedan jóvenes cándidos. Y me resultó reconfortante. Encontrar gente sencilla enmedio de tanto sabihondo.

Ocurrió en la consulta. Un paciente gotoso me pidió consejos dietéticos para el ácido úrico, como dicen ellos. En lugar de darle un folleto al uso me dirigí a mis estudiantes y les dejé esa prueba, esa especie de exámen práctico en vivo y en directo. Y empezaron: debe usted evitar los mariscos, dice una de las chicas; y el tomate, dice la otra; y las vísceras y las legumbres y las carnes...Se tropezaban la una con la otra a ver quién decía más cosas. A todo esto, el estudiante varón, muy calladito. Oye, Pablo, dí tú algo, que estas fierecillas te apabullan, le animo. Lleva poco tiempo de prácticas pero promete. Uno enseguida se da cuenta de por dónde respira la criatura. Vosotros, la mayoría docentes, estaréis conmigo en que bastan pocas horas de contacto con los alumnos para que el profesor descubra las bondades de  cada uno, al igual que mi cuñado Frasco reconoce al mejor melón sin necesidad de calarlo. Se huele. ¿Hay algún otro alimento que no hayan dicho?, le pregunto directamente a él. El conejo, me responde lacónicamente.

Ya váis conociéndome. No me puedo resistir. Es que me lo ponen a huevo.
-El conejo, muy bien. Supongo que te refieres al conejo de campo, claro está.
-¿Es que hay otros conejos? -se pone el chaval. -A mí me entra esa risa floja y viciosa que no puedes detener y que cuanto más lo intentas más te ríes. Me duelen las sienes de la risa. El propio paciente se contagia y lo mismo; y las chicas se tapan la boca sin poder salir de su asombro. Cuando consigo controlarme me dirijo a él de nuevo.
-Vamos a ver Pablo, no me digas que no sabes los distintos significados del término conejo.
-No, un conejo es un conejo.
-Sí, es verdad.  Pero existe el conejo de campo y el conejo de ciudad ¿no?
-No lo sé, yo solo conozco el conejo de campo. -Este tío está más alelado que yo, pienso para mí.
-¿Tú de dónde eres, Pablo?
-De los Palacios.
-Y en los Palacios no se sabe qué es un conejo de ciudad?
-Yo no. Ah, bueno, sí, el conejo de granja ¿no?
-¡La madre que te parió! Chicas, ¿vosotras lo sabéis? -Se miran la una a la otra, como avergonzadas del cachondeo que estoy liando.
-Sí, claro...

El paciente no puede disimular la risa, las niñas tampoco y yo no acabo de creerme del todo lo de este chico; llego a pensar que se está quedando con todos. Pero no, nada más verle su expresión de despiste y de sorpresa me recuerda mucho a su profesor de hoy cuando tenía veinte años: listo y aplicado en los estudios, pero completamente tímido y candoroso. Y entonces tuve que escenificar allí delante de todos cuál es la diferencia entre ambos, el conejo de campo y el de ciudad. Ya sabéis. Pablo, mira, le dije, el conejo de campo se coge así (hice el ademán de coger algo, con la mano hacia abajo) y el de ciudad se coge así (y volví la mano hacia arriba). Todo el mundo allí presente se partía de risa, pero el chaval no se enteraba. Una pista más le dí: le tarareé la cancioncilla de la Loles tenía un conejo chiquitito y juguetón... Ni por ésas.

-Pablo, menos mal que tienes aprobada la Anatomía, que si no te ibas a llevar un rosco como un donut de grande.

Todavía tuve la templanza de aguantarme y no aclararle la verdad del conejo, por ver si caía en la cuenta. A lo mejor resulta que en los Palacios no se sabe algo tan conocido, no sé, pero me extraña. Consideré conveniente averiguarlo. Tengo por costumbre intentar adivinar de qué pueblo es cada paciente que entra en la consulta. La mayor parte de las veces acierto, bien sea por la antigüedad del sujeto bajo mis cuidados, bien por los apellidos; por ejemplo quien se apellide Alcón, Falcón, Caro, Dorantes, Bertholet, Bellido, Ganfornina o Vidal no puede ser más que de Lebrija o, como mucho, de El Cuervo. Pero este día, lo que son las cosas, no aparecía nadie de Los Palacios, me cachis ya. Que te crees tú eso. La última de la lista se apedilla Mulero Reyes. De los Palacios, seguro. En efecto, es María Fernanda, acompañada por su marido.  Hay confianza.

-Buenas tardes, sentaros por favor.
-Muy buenas.
-Un poco tarde ¿no?
-No me hable, Rivera -salta el hombre-, la culpa ha sido del Gordillo ése y de la gente de Marinaleda, que tienen cortada la autopista, oye.
-Es cierto, todos los que venís de por ese lado habéis llegado tarde.
-Claro, hombre, no hay derecho.
-Bueno, no pasa nada. Vamos a ver María Fernanda, esto que te voy a preguntar tiene mucha guasa, no te lo tomes mal, eh.
-Veremos a ver con lo que me sale usted esta vez.
-Mira, ¿en los Palacios sabéis lo que es un conejo de ciudad? -le suelto riéndome. Pero esta mujer tiene correa.
-¡Qué cosas se le ocurren a este hombre, en mi vida he visto cosa igual! Pues claro que sí.

Y me vuelvo hacia Pablo.
-¿Te das cuenta?
-Ya, pero bueno...ya me entararé -dice algo agobiado. No insisto más, no quiero avergonzarlo de nuevo.

Ahora bien, cuando terminó la consulta, los cuatro a solas, me faltó tiempo.

-Pablo, me voy a cagar ya en la leche, el conejo de ciudad es la parte noble de las tías. La de aquí abajo, joer.

Y nos hartamos de reír. ¡Qué bonito y qué edificante!, diréis con cierta ironía algunos de vosotros, el profesor de coleguilla, haciéndose el gracioso con los estudiantes, para luego acribillarlos con escarnio a la hora de las notas. Podéis salir de vuestro error. No es que uno sea  Teresa de Calcuta, no; pero tampoco soy Jiménez Collado ni Peinado ni el Velasco, profesores estrictos y severísimos. Mis alumnos saben mis exigencias: quien estudia aprueba. Así de simple. Aunque no sepa de conejos.

Lo que pasa es que no todo lo que enseñamos a los estudiantes va a ser medicina, hombre. Cultura general.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El roce hace el cariño

Mi Meli y Pepe se han extrañado un montón cuando me han visto saludar con cierta efusividad al portero del teatro "Lope de Vega". Es natural, no estaban avisados. ¿De qué va a conocer mi padre a este hombre fofo de carnes, de aspecto bonachón y con cara de Pedro Picapiedra?, pensará en ese instante. "Pero papi, ¡si lo has saludado como si fuera un amigo del seminario, oye!". "Vaya, eso parece ¡verdad?", me hago el interesante. Ellos, Pepe y la Meli, no conocen la historia. Ni vosotros.

Aprovechando su estancia en nuestra casa  este largo fin de semana del Pilar, la Peque los ha convidado al teatro. Ella es así; cuando tenemos invitados, y más si son nuestra propia hija y su novio, pierde el culo por agasajarlos; no se contenta con preparar boquerones en vinagre, su tortilla de papas tan solicitada, las varias fuentes de natillas con galletas y limón (de rechupete) o sus flamenquines de fama nacional. No es suficiente con que luego, a la vuelta, les cargue en el maletero (medio a escondidas mías) una cesta grande, de esas verdes del Mercadona, atestada de sobres de mi jamón envasado, de mi trenza de hojaldre favorita o  de croquetas congeladas. Hay que hacer algo más. Bueno Sema, los llevamos a almorzar al "Sevruga", tan elegante, mirando al Guadalquivir, y por la noche vamos al "Lope de Vega". Pero qué ponen, preguntaré yo. Da igual, me responderá, si es más que nada para que vean lo bonito que está...Pero Peque, que son ochenta euros los cuatro, tía. Chiquillo, y ya se me pone al borde de los nervios, ¿ni con tu hija te vas a estirar..? Y entonces me callo, claro.

Y aquí estamos, entrando en el teatro. Me quedo el último; ellos ya han pasado y me esperan dentro del hall a escasos metros de mí. Desde que estamos en la cola he observado al portero, al que pellizca las entradas. Es el mismo de siempre. Mi amigo. Algo más rechoncho. Ya ni me acuerdo de la última vez, quizás dos años o más. Pero seguro que me reconoce, verás tú.

-Buenas noches -le digo mientras le muestro mi entrada. -Se me queda mirando un segundo-. ¿Usted no se jubila? -le suelto enseguida.
-¡Hombreeee! ¡Me cachis en la mar! Me alegro mucho de verlo. -Y me tiende su ancha mano para estrechar la mía sacudiéndola varias veces de arriba abajo-. Hacía ya mucho que no lo veía por aquí.
-La crisis será, digo yo.
-¿Y su mujer? ¿Viene usted solo esta vez?
-No, no; ha pasado antes, por ahí debe andar.
-Vaya, no me he dado cuenta.
-Claro, es que con ella no llegaste a intimar.
-Verdad, verdad.
-Bueno, hasta otra, que estamos alargando la cola.
-Me alegro mucho, eh. -Y me deja ir, soltándome por fin la mano.

-Papi, ¿de qué conoces al portero? ¿Es paciente tuyo?
-No me digas Meli que nadie te ha contado mi rollito con ese hombre.
-Venga ya y larga de una vez, antes de que dé comienzo esto.
Y les conté a ambos la pequeña historia de mi amistad efímera e intermitente con este hombre, un perfecto desconocido.
Ni me acuerdo ya cuánto hará de la primera vez. Seguramente en el siglo pasado. Era el tiempo en el que la Peque se apuntaba a todos los torneos de tenis de toda la provincia. Dineros ganó pocos, pero trofeos, copas y placas suplantan a mis libros de las estanterias. Me da cosa tirarlos, son bonitos y, además, me trasladan a aquellos años no tan lejanos de nuestros partidos de entrenamiento en los que mi mujer presumía de piernas con sus modelitos de faldas cortitas y ligeras. "Pos tú ni eso, ni piernas ni premios, con tos los años que te tiraste jugando", me refriega enseguida. Ahora ya no le gusta enseñar las cachas, se ha inventado la teoría de que a su edad resulta patético. Pues a mí no me lo resulta, ni a mis amigos tampoco.
Un sábado de aquéllos fuímos al "Lope de Vega" a ver no sé qué obra. La Paqui, Jaime y yo nos iríamos en un mismo coche con tiempo para esperarla a ella, a la Peque, que, en el suyo, se había ido a Alcalá de Guadaira a jugar la final de dobles de un torneo. El teatro era a las 20,30 horas y el partido debió comenzar a las 16 horas. Tiempo sobrado para acabar y llegar al teatro. Por supuesto. De eso nada. A las 20,25 horas no había un alma en la cola. Todo el mundo dentro menos nosotros tres esperando a la Peque. No eran tiempos de móviles y aunque lo hubieran sido, el móvil es un trasto inútil en el fondo del bolso de mi mujer; las más de las veces sin batería; y las otras, cuando suena, no le da tiempo a encontrarlo. ¿Qué hacemos?, nos dicen nuestras miradas respectivas. El portero, sin otro asunto más importante que atender y estando al loro,  interviene felizmente:
-Entren ustedes dos -señala a mis amigos- y que el marido se quede esperando a la rezagada. -Muy finolis él, el portero. Y así se hizo-. Caballero -se dirige a mí- la función va a dar comienzo y debo cerrar la puerta, lo entiende usted, ¿verdad?
-Claro, hombre, por supuesto. Cierre usted. -Pero al momento rectifica.
-No, no puede ser.
-¿Y eso?
-Es que si cierro no podrán entrar cuando llegue su mujer.
-Ah, vaya, es verdad.
-Verá usted lo que voy a hacer: encajo la puerta sin cerrarla del todo; cuando llegue su mujer me sisea bajito y ya les dejo.
-Vale. Se me está ocurriendo -le digo viendo la buena disposición del buen hombre- llamar al club de tenis y preguntar qué habrá podido pasar, vayamos a que haya tenido un accidente, quién sabe.
-¿Un accidente? ¡Ande hombre! Parece mentira que con su edad no conozca usted a las mujeres. Ésas se han quedado por ahí después del partido. Tomándose sus cervecitas.
-¿A estas horas?
-¡Coño, las propias!
-De todas formas yo me quedo más tranquilo llamando. Tienen ustedes teléfono aquí dentro, en el hall?
-Sí, pero ahora, con la función ya iniciada no vamos a poder. Mire, ahí enfrente, en ese restaurante, hay un teléfono público.
Voy al sitio y me entretengo un buen rato, más que nada para hacer tiempo. Al cabo, entre preocupado de veras y aburrido me dirijo de nuevo a la puerta del teatro, por si llegara la Peque. Y el portero, ya podemos decirle mi amigo, allí esperándome.
-¡Qué!
-Nada, no contestan.
-Claro, hombre, lo que yo le he dicho, a su mujer se le ha ido el santo al cielo y está por ahí de cachondeo. Eso es señal de que ha ganado el partido.
-Bueno, hombre, muchas gracias por la  ayuda. Pero no quisiera ser más molestia para usted. Haga lo que tenga que hacer.
-No, no se preocupe; tengo que permanecer dentro hasta que termine la obra. Con usted, aquí fuera, estoy más distraído. Además, que ya me ha picado la curiosidad y estoy deseando ver en qué termina todo esto. Aparte de conocer a su mujer, ¡buena tiene que ser!
-No se lo creerá usted, pero ahora, cuando llegue, si es que llega, ni siquiera le puedo regañar.
-Por supuesto que no. Sería empeorar las cosas. Las mujeres son así. No pasa nada cariño, ya me lo explicarás luego en casa. Y a tragar. Eso es lo que hay, amigo.

Con la cháchara entretenida ya se ha pasado más de media función. Ni rastro de la Peque. Cansados de estar de pie, mi amigo el portero y yo nos sentamos en la escalinata de la entrada para seguir nuestras cuitas más cómodos. Como si fuéramos dos colegas que se conocen desde la mili en Artillería. A las nueve y media de la noche y por sitio tan escondido y sombrío no pasan ni los grajos. Nosotros dos solos en amistosa conversación.

-De todas maneras, aunque llegara ahora su mujer, cosa que ya dudo mucho, no valdría la pena que entraran, ¡si ya está acabando!
-Ya no me preocupa tanto eso, sino que le haya pasado algo.
-Que no hombre, no me sea usted pesimista. Mire, si le hubiera pasado algo grave ya lo sabríamos. Tranquilo. ¡Si habré visto yo cosas aquí!
-Bueno, pues paciencia, a ver. De todas formas tengo que decirle que antes, cuando fui al restaurante, telefoneé tambien a la Policia y al Valme, por si las moscas. Mi mujer y yo es que trabajamos allí, en el Valme, ¿sabe? Me tranquilicé mucho, me dijeron que no había ningún accidente registrado hasta esa hora. 
-¿Lo ve?
-Sí ya, pero no se me acaba la inquietud.

Hubo un tiempo, por entonces, en el que me hice, no sé a cuento de qué, más cagueta que nunca. Cada vez que la Peque o mi Meli se retrasaban media hora más de lo previsto me ponía nerviosísimo, me atacaba, me daba por llamar al hospital y a la Policia, "No señor Rivera, esta tarde tampoco ha habido ningún siniestrado con ese nombre", me conformaban desde la centralita.

-Estoy pensando que usted se quede con las dos entradas -tercia de nuevo, como para sacarme de la murria.
-¿Y para qué?
-¿Para qué va a ser?, pues para que no las desaprovechen. El día que a ustedes les venga bien no tienen más que ponerse aquí en la cola; como yo lo reconoceré ya les buscaré una localidad lo más parecido a la suya, o mejor todavía. Y así pueden ver la función completa y más relajados, claro.
-¡Vaya! Muchas gracias, hombre.

En esto estábamos cuando se presenta la Peque toda presurosa, tan guapa y esclarecida que a ver quién es el bonito que le dice algo. Nos levantamos del suelo para recibirla. Ya sentía el culo aplastado.
-Peque, por Dios, ¿qué ha pasado?
-Me cachis ya, perdona Sema. Es que el partido ha durado tres horas y media. Increíble.
-Pues haberte venido, mujer.
-Eso, y dejo a mi compañera sin pareja...
- Bueeeeno, por lo menos habréis ganado ¿no?
-Muy apurado, pero sí.
-A todo esto, ya medio amigos y sin conocernos. Yo soy José María, ¿cómo se llama usted? -le pregunto a mi amigo.
-Sebastián, para servirles.
-Sebastián, le presento a usted a mi mujer, tan chiquitilla pero tan intensa.
-Pues ha valido la pena esperarla ¿verdad? -se pone el tío guasón.

Mira el reloj, es la hora, la función va acabar en breve. Nuestro amigo se despide muy cariñosamente y abre los portones. Al momento, ese edificio grandioso, oscuro y medio oculto por la arboleda y por el gran Casino de la Exposición, empieza a echar muchedumbre afuera, transformando en un momento un rincón solitario y umbrío en una plazuela animada por gente guapa que, en corrillos, se ríe y hace comentarios de la obra vedada hoy para nosotros. Vemos a Paqui y a Jaime a lo lejos. Nos encontramos al fin.
-Habéis podido entrar?
-¿Entrar? Dos horas aquí sentado charlando con el portero.
-Pero...
-Nada, aquí la Peque que acaba de llegar.

Y les relaté a los tres mi lance con este buen hombre.

Desde entonces, cada vez que vamos al teatro, de Pascuas a Santiago, nos saludamos como amigos cercanos. Por mucha gente que haya, por mucho bullicio en la cola, siempre me reconoce. En esta ocasión, yo mismo me he extrañado porque hacía mucho tiempo que no íbamos al "Lope de Vega". Pues nada, tan amigos.

Es que fue mucho el roce. Y muy intenso.