martes, 13 de septiembre de 2016

En la piscina

Bueno, pues ya de vuelta de mis vacaciones os contaré una de éstas mis primeras anécdotas de jubilado. Por cierto, he descubierto que en el status de jubilado las vacaciones -al uso de antes- se hacen más duras y sufridas que cuando estaba uno en activo. Será que ahora ya no se cogen con las mismas ganas, claro, como estamos siempre tan descansados...

Como todo buen jubilado que se precie, por las mañanas tengo gimnasio, programado y ordenado por mi señora. No hay más que hablar: gimnasio. Incluye bici estática, pilates, aquayim y piscina, que se ha enterado ella que esas cosas son lo mejor para mis caderas. Creo que lo más adecuado en este nuevo estado de vida es dejarse hacer, dejarse llevar. Y yo así lo vengo haciendo.

En la sala de máquinas está uno más entretenido. Mientras pedaleas a tu ritmo te pierdes un poco y te distraes entre las noticias de las pantallas televisivas y los culos apretaos de las gachises -y señoras, eh- que se te ponen por delante.

La piscina es más aburrida. En mi hora no hay más que tullidos, calvorotas renqueantes (como servidor) y mujeres mayores acartonadas, amojamadas. Con todo, muchas de estas personas aparentemente limitadas nadan bastante más aprisa que yo. Naturalmente, me pongo siempre en el carril de lentos para no molestar. Allí tengo un rinconcito donde me refugio para realizar mis ejercicios en solitario: saltitos, flexiones de caderas, extensiones y abducciones, bicicletas... en fin, todo lo que me dicen.

Hoy, mientras me encontraba afanado en ello, una mujer, de éstas que digo mayores, me pide permiso para pasar a mi calle.
-¿Puedo pasar?
-Por favor, claro que sí, adelante -le respondo yo todo solícito y amable.
-No, lo decía -se pone la pobre- por si usted se pusiese a nadar, que no me pillara por medio.
-Ah, ¿por eso? No, mujer. Ya no es como antes. Aunque me tirara a nadar y le cayera encima hace tiempo que dejé de ser un hombre peligroso.

Y la mujer se echó a reír.
-Nunca se sabe - me decía mientras se iba para el Aquagym-. Con los hombres nunca se sabe.

domingo, 31 de julio de 2016

De vacaciones

Amigos: me despido de todos vosotros hasta septiembre.

Entre Sevilla, Palenciana y Benalmádena pasaré el tórrido agosto. Triana me ofrecerá tranquilidad y calor, muncho calor; el pueblo me va a dar familia y bullicio de feria; y en la costa me aguarda el don más preciado: mi Lucas con su media lengua.

Felices vacaciones a todos.

jueves, 21 de julio de 2016

... Y Yolanda

Lo de Yolanda es punto y aparte. 
Nunca he vivido una situación parecida: aguantar ocho largos meses sin poder aclararme con una enfermedad desconocida y tener el diagnóstico a una semana vista de la muerte de la paciente, cuando ya nada era posible. Puedo decir sin tapujos que mi querida Yolanda ha sido el fracaso más estrepitoso de mi vida profesional. Y también diré que, por contra, su marido me tiene en los altares, me wassaptsea y me felicita por Navidad.

Y ha tenido que tocarle a una mujer que era un ángel. Sí; una mujer joven (no llegaría a los cuarenta), tiposa, elegante y de trato agradable; de estas personas que no saben quejarse, que todo es agradecimiento y dulzura. Confiaba en mí por encima de todos y de todo, y eso duele más todavía. Durante uno de sus muchos ingresos, en octubre del 14, coincidió el nacimiento de mi Lucas. Me tenía preparado un pelele de punto que se había trabajado en las largas tardes de hospital. Agonizante, en los primeros días de enero del 15, aún sacaba fuerzas para sonreírme. Sinceramente, no creo ser merecedor de tanta confianza ni de tanto cariño por parte de alguien a quien has fallado. Y su marido otro hombre santo de los que pocos han de quedar en la faz de la tierra. Eran, ellos dos y un hijo de doce años, una familia feliz, como tantas otras. Hasta que sobrevino la desgracia.

Su enfermedad comenzó por mayo del 2014. Desde el primer momento de la primera consulta aquello olía a algo serio. Y, a fin de no perder tiempo, acordé con ella y con su marido ingresarla. Desde ese momento hasta su muerte, ocho meses más tarde, la pobre permaneció muchos más días en el hospital que en su casa, a lo mejor dos meses ingresada y dos semanas en casa, una proporción así. Yo podía explayarme con ella solamente cuando venía a la consulta; mientras estaba ingresada era seguida por otro compañero de planta con quien me reunía muy frecuentemente para consensuar juntos las actuaciones. Estábamos fritos. Achicharrados. Desde el principio sospechábamos ambos que Yolanda padecía un Linfoma gástrico muy agresivo y raro. Pero no podíamos demostrarlo. A lo largo de su enfermedad fue intervenida en dos ocasiones para manejar in situ el estómago y los intestinos: las biopsias fueron negativas. Se realizaron en ella tres endoscopias gástricas: las biopsias, negativas para tumor. Se sospecha más bien una forma rara de vasculitis sistémica. Se le realizaron sendas biopsias de ganglios linfáticos en el cuello: negativas para tumor y para linfoma. Tuvimos sesiones clínicas con los cirujanos -con nuestra intención de volver a operarla- y con los patólogos -a fin de que revisasen otra vez las distintas biopsias. Nada. Los cirujanos, con toda lógica, no creyeron oportuno someter a la paciente al riesgo de una tercera intervención cuando al parecer ya podíamos tener un diagnóstico alternativo, el de la vasculitis sistémica. Los patólogos revisaron las muestras, y no sólo éso, sino que las enviaron al departamento de Anatomía Patológica del Virgen del Rocío, por si allí veían algo más. Nada. Negativo para Linfoma. Desesperados por la ausencia de diagnóstico y por la mala evolución de la paciente, Carlos Alonso y yo decidimos poner tratamiento como si fuese una vasculitis sistémica, lo único que teníamos. Todos salimos contentos. Yolanda empezaba a mejorar. Eso le permitió estar al menos dos meses seguidos en su casa: Julio y Agosto. Respiramos todos, ojalá sea eso, una vasculitis; grave, pero curable. Falsa ilusión: volvió a ingresar en septiembre y ya no salió del hospital hasta el día 4 de enero del 2015, con los pies por delante. A últimos de diciembre presentó una hemorragia digestiva alta -una más-, y esta vez la endoscopia mostró un gran tumor cuyo diagnóstico fue terrible: Linfoma gástrico de muy alto grado.
Se nos vino el alma al suelo. ¿Cómo es posible que este hijoputa de tumor nos haya engañado todo el tiempo, que no haya salido antes en las distintas biopsias, que no se haya dejado ver en los TAC realizados...? Ya qué más daba; el daño estaba hecho. A la carrera, los hematólogos empezaron un tratamiento con quimioterapia muy agresiva, de perdidos al río. Pero ya no fue posible. Su estómago estaba destrozado y vimos, por primera vez, metástasis en el hígado. Alea jacta erat.

Y uno se pregunta luego una y otra vez qué podíamos haber hecho que no hiciésemos. Y se te ocurren barbaridades nacidas desde la frustración más absoluta: que tendríamos que haberla operado antes por tercera vez, o que hubiéramos iniciado tratamiento quimioterápico aún sin diagnóstico certero de linfoma, o que... qué sé yo. Eso desde el punto de vista médico-científico. Desde el punto de vista humano no tengo la más mínima queja de nuestro comportamiento con ella y con su marido. Todo fueron atenciones, mimos, consejos, información al detalle cada día haciendo partícipe al esposo de nuestras dudas y cuitas, y siendo él mismo consciente y testigo de nuestras dificultades y problemas en el manejo de su mujer, una mujer, como digo, única. Muchos días, muchos, casi todos, al terminar mi consulta subía a planta a ver a Yolanda. Yo sabía que solo con verme se le cambiaba la cara. Y solía canturrearle esa canción antigua de Luis Eduardo Aute que dice: Yolanda, Yolaandaaa... Eternamenteee Yolanda.

Yolanda querida: nunca olvidaré tus manos finas y cariñosas ni tu mirada azul esperanza.

Otras muescas...

Matilde fue la primera paciente de Valme cuyo diagnóstico y manejo se me resistieron largamente. 
Yo tenía entonces treinta y tres años, me encontraba pletórico de ganas, de energía, de autoestima profesional. Mis historias clínicas y mis diagnósticos producían admiración no sólo entre los miembros de mi servicio sino en todo el hospital. Un peldaño por debajo de Nicolás Peña, número uno indiscutible, me consideraba el médico más intuitivo y talentoso de Valme. Dicho sea con toda franqueza y humildad. Y me rebelaba contra la enfermedad de Matilde que se me escabullía una y otra vez.
Matilde era una mujer de unos cincuenta años por entonces, jovial, dicharachera y picante en cuya cara y ojos tan expresivos quedaban aún rescoldos de una belleza gitana muy sensual. Era viuda -su marido había muerto años antes de un cáncer de hígado- y tenía dos hijas y un varón.
Su enfermedad estaba siendo un auténtico rompecabezas para todo médico que se le acercara. Había visitado ya a otros internistas del Virgen del Rocío, del Macarena y a otros privados. No había diagnóstico. A lo más que se había llegado era a que tuviese una enfermedad auto inmune llamada síndrome seco. Pero eso no explicaba todo el complejo sintomático que ella presentaba. Necesariamente debería haber algo más que se nos ocultaba. Por aquellos tiempos todo lo raro acababa cayendo en mis manos. Y así fue con Matilde. Descubrí que tenía lo que entonces se denominaba una hepatitis crónica activa, posiblemente autoinmune, hepatitis lupoide (el virus de la hepatitis C, que era el suyo, no se descubriría hasta dos años más tarde, en 1988). Una vez que los clínicos, pasados varios años, nos familiarizamos con las distintas patologías que podía producir el dichoso virus de la hepatitis C pude terminar felizmente el diagnóstico definitivo: una infección crónica por el virus C que, además de hepatitis, se complicaba con una vasculitis crioglobulinémica afectando a la piel y a los riñones. Hasta hace muy poco, este síndrome era muy penoso de tratar.
Mi relación con Matilde se prolongó al menos diez años, éramos casi familia, sus hijos me trataban con total camaradería. Pero el curso de su enfermedad tan inexorable como impío nos iba agotando a todos. No había tratamiento eficaz. Empleaba corticoides e Interferón, lo protocolizado entonces. Desarrolló muchos efectos secundarios del Interferón, todos los posibles, de manera que fue necesario interrumpir el tratamiento en muchas ocasiones. Cogió una depresión de caballo y presentó crisis epilépticas. Las largas temporadas sin tratamiento le activaban la enfermedad en los riñones y en la piel...Volvíamos al Interferón... regresaban las complicaciones... Un sin vivir. Hasta que finalmente, hastiada ella misma de enfermedad y de hospital, le convino una hemorragia cerebral que resultó fatal.

Pobre vida y mala muerte la de Matilde. Para que veáis cómo son las cosas: años más tarde de su muerte he tenido a otra paciente, Rosa S.D., con la misma enfermedad. Durante mucho tiempo, Rosa rechazó el tratamiento por miedo a los efectos secundarios. Y la enfermedad fue progresando, en este caso, con afectación del sistema nervioso central, de manera que se estaba quedando paralítica, parecido a la esclerosis múltiple. Para Rosa y para tantas otras personas el descubrimiento del nuevo antiviral contra el virus C ha supuesto la salvación que a Matilde se le negó. Rosa está curada. Algo milagroso.
La ciencia, que avanza una barbaridad, tardó dos siglos en controlar la Tuberculosis. Y sólo treinta años en erradicar al hijoputa del virus C de la hepatitis. ¡Viva la Ciencia!



Luego vino Jerónimo Lozano, aquel hombre bondadoso y valiente cuya enfermedad evasiva y mortal os describí en el capítulo de "Arma virumque cano". Y luego Dolores Sánchez, una mujer a quien resucitamos de una parada cardíaca para que luego siguiera una vida de sufrimiento propio y de sus cercanos por mor de una enfermedad intratable. Y Rosario, una verdadera pena, una chica de apenas 19 años, guapísima, monísima, que tiene una enfermedad genética pero muy benigna. Y sin embargo, ella se empeña en seguir mala y mala, todos los días mala, sin que ni otros compañeros ni yo le encontremos nada. Es muy posible que tenga fibromialgia, esa enfermedad penosa y puñetera que fastidia tanto a algunas mujeres jóvenes y que tanto rechazo produce en el cuerpo médico, no se bien por qué.

Y luego, ya a lo último, Yolanda... eternamente Yolanda.

martes, 19 de julio de 2016

Algunas muescas en mi revólver

Es un hecho contrastado que la edad -la mucha edad- invita a fantasear con la historia propia. Normalmente, en positivo. La gente provecta gusta de contar triunfos, vamos, las famosas batallitas de la mili que todavía repite mi padre como si fuese la primera vez que nos las cuenta. Y los médicos no sólo no somos una excepción al respecto sino que probablemente seamos de los principales exponentes de tal costumbre. He tenido de pacientes a varios médicos ya mayorcitos que en cada visita nos amenizaban la consulta a mis estudiantes y a mí con sus historias de magia médica. Don Manuel Quintana, pediatra de toda la vida de la gente de Peñarroya, nos impresionaba a su hijo Paco y a mí, ávidos aprendices de tercero de medicina, todo el tiempo que hiciese falta con relatos épicos de niños salvados in extremis y otras heroicidades como requisito previo e insoslayable antes de soltarle a su hijo único y consentido la sustanciosa paga mensual, de la que yo -dicho sea en su desagravio- también me beneficiaba. Ni siquiera el gran don Ricardo López Laguna, mi primer gran maestro médico, podía sustraerse al poder de la autofantasía y la autoafirmación. Debe ser, pues, cosa de humana natura.

No debo ser yo viejo del todo aún, puesto que las "batallas" que se me vienen ahora a la memoria de una manera espontánea no son las bonitas ni las triunfales, que haberlas las ha habido, sino aquéllas otras malogradas. Es curioso. Me retiro del ruedo médico satisfecho con la labor realizada a lo largo de treinta y siete años muy productivos. He sabido, creo, manejar el capote para disuadir, la muleta para orientar y el estoque para convencer. Con una sabiduría muy particular, la mía. Mi parte, mi misión, la tengo por bien cumplida. La mayor parte de las veces mi revólver ha disparado con acierto abatiendo el dolor, el sufrimiento, la angustia y la incertidumbre de muchas personas. Ese don me acompañará hasta la tumba. Sin embargo, ahora, en esta transición larga a la jubilación, se me hacen muy presentes las muescas que veo en mi revólver por cada paciente en quien no supe o no pude conseguir el objetivo deseado, por cada uno de los enfermos que se me torcieron, por cada bala que se perdió fallida... Y os traigo a colación sólo aquellas muescas más significativas. No se trata de pacientes que acabaran falleciendo. La muerte natural por enfermedad avanzada o incurable es algo totalmente asumido por mí. No; se trata de enfermos a quienes, independientemente del desenlace final -algunos siguen vivos-, no he sabido darles con la tecla, no he podido diagnosticarlos adecuadamente o tratarlos con acierto. Y por ello han sufrido más de la cuenta. O han muerto antes de que les tocara.

Algunos pocos casos malogrados en toda una vida profesional no es ná, diréis algunos. Bueno, se agradece. Pero seguro que son más. Nuestro cerebro posee una habilidad protectora de nuestra autoestima para silenciar, esconder o justificar aquello que considera de difícil digestión. Pero aún siendo "solamente" ésos, siguen pareciéndome muchos. Se trata de vidas truncadas, de familias desgraciadas, de personas desheredadas de la fortuna, en las que yo he sido parte activa de su infortunio. Es inevitable, va en el oficio, ya lo sé; todo médico esconde más de un muerto en el armario de su conciencia. Todo eso es verdad. Pero pesa.






No puedo recordar su nombre. Era un hombre de mediana edad, congestivo y triponcete. Entra en mi consulta de urgencias en una camilla de ruedas empujada por un celador. Son las cuatro de la mañana. El hombre viene asfixiado vivo; Lucy, una enfermera lucentina la mar de despabilá, la que más trucos médicos nos enseñaba a los residentes primerizos, ya le tiene puestas las gafas nasales con oxígeno y le está cogiendo una vía venosa. Rápido, José Maria, me espeta, este hombre viene en edema agudo de pulmón, quizás deberías llamar a la UCI. Uno, residente de segundo año que ya se ha ganado una cierta vitola de médico resolutivo y eficaz, se resiste a pedir ayuda tan pronto. Para más inri, acababa de enviar a la UCI, minutos antes, a una chica joven con una meningitis de las graves, de ésas que cubren el cuerpo de moratones en nada de tiempo. Y no deseaba importunar otra vez, tan seguido, a Paco Dios, el intensivista de guardia. La chica se salvó, en parte por mi perspicacia clínica y haber iniciado de inmediato la administración de antibióticos. Pero este hombre las pasó canutas, quizás por mi demora en la petición de auxilio. A pesar del oxígeno, la morfina, el Seguril a chorros y la Nitroglicerina en perfusión, el paciente no mejoraba. Se nos moría en la consulta. Llamé entonces, urgente, al cardiólogo de guardia, a la sazón Suárez de Lezo. Éste, totalmente solícito conmigo, se encargó de meter al paciente en la UCI. Luego, vino a verme Paco Dios, a decirme que ambos pacientes, la chica y el hombre, iban evolucionando bien, y que en adelante no tuviera ningún reparo en pedir ayuda aunque fuera de madrugada y tan seguido, que las guardias son así, que las hay que no das palo al agua, y otras en que no paras.
Este caso me enseñó muchísimo. Hasta entonces yo me creía autosuficiente para resolver todo lo que cayera en mis manos. Comprendí de sopetón que la seguridad del paciente está por encima de mi pedantería o de mi bienquedar. Aprendí a aprender los consejos de las enfermeras viejas -no necesariamente de edad, sino de experiencia-, cosa a la que todavía hoy se siguen resistiendo los residentes de primer año, serán tontos! Y me empapé de la sabiduria reposada de aquellos médicos del Reina Sofía de los años ochenta.




Tampoco puedo recordar el nombre de este otro hombre de Alcaracejos que acudió por su propio pie a las Urgencias recién estrenadas del hospital de Pozoblanco para morir al poco rato. Uno de estos casos desgraciados que te impactan para toda la vida.
Hablamos del verano de 1985. Mi Meli aún no había cumplido un añito. Desde abril de ese mismo año un grupo compuesto por ocho médicos especialistas recién terminados y otras tantas enfermeras del Reina Sofía fue destinado a Pozoblanco con el objetivo de poner en marcha el hospital y que estuviera en pleno funcionamiento antes de las fiestas de septiembre, no fuera a repetirse lo de Paquirri un año antes. Aquello era una verdadera familia. El Director, mi amigo y compañero Laín; la Directora de enfermería... ¡la Peque! Hacíamos todos de todo, desembalamos mobiliario, habilitamos las consultas, transportábamos camas y enseres de habitaciones, ayudábamos a los carpinteros, fontaneros y electricistas... Como aún no había enfermos nuestra misión consistía en ayudar en todo lo que hiciese falta y en orientar en los aspectos decorativos y funcionales de consultas, Urgencias y plantas de hospitalización. Comíamos todos juntos en la fonda Damián, y, aunque teníamos pisos o apartamentos alquilados, en más de una ocasión nos quedábamos a dormir en el hospital. Unos meses maravillosos. Con treinta años uno puede con todo.
Por junio se abrieron las consultas externas y las Urgencias. Al segundo día de la apertura me tocó guardia. Para ser mi primera guardia resultó la mar de movida. Por la mañana vino un hombre con una hemorragia digestiva alta en muy malas condiciones. Antonio Naranjo, especialista de Digestivo, acudió enseguida a mi llamada, le hizo una endoscopia, le quemó cuanto pudo de sitios que sangraban en el estómago, y lo derivamos en ambulancia al Reina Sofía para que lo operaran. Nos enteramos luego de que todo fue bien.
El hombre del que os hablo llegaría sobre las cinco de la tarde. Entró en la sala por su pie, como perico por su casa. Aportaba un EKG y venía diciendo algo así como que me manda mi médico porque llevo tres o cuatro días con un dolor en el pecho, algo de destemplanza y tos. Me ha hecho este EKG y quiere que lo veáis. Veo el electro y me parece claramente una pericarditis aguda. José Miguel Laín, que aún andaba por allí, lo corroboró conmigo. Exploré al paciente y no encontrando nada que me llamase la atención lo derivé a la sala de rayos con un celador para que le hiciesen una RX de tórax. Estando en dicha sala desarrolló una parada cardíaca y se murió, el tío. Traído en volandas hasta las Urgencias, José Miguel, el personal de enfermería y yo nos empleamos hasta quedar exhaustos en las tareas de reanimación. No fue posible. Nuestra desesperación fue aún mayor porque tardamos más de lo debido en poner en marcha un desfibrilador nuevo, llegado el día de antes, cuyo funcionamiento aún desconocíamos. Fue un mazazo terrible. Segundo día de Urgencias y un muerto. Lo más probable sería que el paciente hubiese tenido un infarto de miocardio. En ocasiones es difícil distinguir en el EKG una cosa de otra. Otras veces, aún, se puede producir una pericarditis post infarto (se denomina síndrome de Dressler), o incluso, más raro, un derrame pericárdico por rotura del ventrículo.
Aunque impresionados por cómo ocurrió todo, este caso no hizo mella en nuestra estima profesional. Éramos conscientes de que en cualquier otro sitio en que hubiese sido atendido el desenlace hubiese sido idéntico. La familia así lo entendió e incluso nos expresó su agradecimiento por ver nuestro empeño y por considerar que al menos el paciente había muerto bien atendido. Si hubiesen decidido tirar para Córdoba hubiese muerto en el camino. Esa idea les consolaba algo.


Lo dejo aquí para no cansaros mucho. Seguiré más adelante con las otras muescas.








lunes, 6 de junio de 2016

Jubilación anticipada

Las reflexiones que siguen, mis queridos amigos, tienen en quien las escribe, un servidor, su primer y principal destinatario. Las comparto con vosotros con mucho gusto. Pero, insisto, necesito repensarlas y escribirlas para mí.

¿Por qué adelanta su jubilación el doctor Rivera?

La respuesta rápida -y quizás acertada- es: se ha acojonado tanto después de sus brotes de arritmia que no quiere someter a su corazón a la tensión que imprime a su trabajo ni echar más cal a la dureza de sus coronarias Otra, no menos cierta: sin deudas ni hipotecas y con su única hija trabajando y cobrando de la "Olla grande" no tiene necesidad de más dinero. Aún otra más: desea dedicar su tiempo a malcriar a su nieto Lucas.

Pues sí. Podríamos quedarnos ahí y ya está. Pero me gusta profundizar en las cosas. Antes que médico fui seminarista y estudiante de filosofía. Me gusta hurgar y rehurgar hasta llegar al tuétanos de los asuntos. Y aún a sabiendas que en nuestra conducta habitual y en la toma de decisiones manda más el sentimiento que la razón, el corazón que el cerebro, voy a intentar ordenar de una manera razonable mis criterios al respecto.

Hasta hace tres años la anterior pregunta carecería de sentido. Me sentía completamente identificado con mi hospital, mis pacientes y mi trabajo. A través de este blog vosotros habéis sido fidedignos testigos de lo que afirmo. Cansado, es verdad, me costaba echar abajo la jornada, pero contento y satisfecho. Cansado, es cierto, pero con tiempo vespertino para la recuperación completa. Cansado, no voy a negarlo, pero con ganas renovadas cada nuevo día. Quizás coincidiendo con la ampliación de jornada laboral -la maldita media hora de Rajoy- por la que debíamos trabajar una tarde a la semana, quizás porque los años no pasan en balde, quizás por... desde entonces, el cansancio, creo, ha ido pudiendo, hasta derrotarlos, con los otros factores compensatorios.

Por lo tanto, creo de verdad que el cansancio acumulado de tantos años de oficio ha podido ser un elemento de primer orden a la hora de hacer balance, de repasar los pros y los contra. De manera que antes del comienzo de la tormenta de arritmias acaecida en febrero de este año ya estaba barajando la posibilidad de jubilarme de forma anticipada. Esto último, lo de las arritmias, no ha hecho otra cosa que precipitar una decisión que venía madurando de un tiempo a esta parte.
Quiero entender que en la génesis de mi cansancio han influido diversos factores. Voy a intentar exponerlos con la mayor claridad que pueda.

La dedicación a mi trabajo ha sido absoluta. Desde chico, cuando abandoné Palenciana para irme a los Ángeles, no he hecho otra cosa que estudiar y trabajar. Alumno brillante y aventajado tanto daba en el seminario como en la Facultad, he ido ascendiendo por todo el escalafón médico posible -estudiante, alumno interno, médico general, residente, médico adjunto, jefe de sección, jefe de servicio y profesor universitario- sin otro aval que mi esfuerzo y, quizás, mi talento; he vivido el hospital como algo propio, me ha dolido, me duele mi hospital; me he implicado en cualquier nuevo proyecto de una manera personal, directa y ejemplarizante, esto es, dando yo el primer paso... y el segundo y el tercero; he tutorizado a muchas hornadas sucesivas de estudiantes de medicina y de residentes médicos que, ya hoy personas de bien, me alivian cuando me los encuentro por la calle recordándome casi de carrerilla mis cansinas recomendaciones de siempre, esto es, que no nos hacemos médicos para ganar dinero, hacer negocio, conseguir prestigio o posición social, ni siquiera tampoco para aprender mucho y ser unos cracks en determinada materia, sino justamente para servir y entregarnos a nuestros pacientes; he... qué sé yo. Echando ahora la vista atrás veo que mi vida de adulto ha pivotado sobre estos dos factores que la han impregnado de una manera transversal: estudio y trabajo.

No ha sido menos la implicación con mis pacientes. Mis propios compañeros me tachan de tratar a mis pacientes como si fuesen familiares míos. Es cierto. Siempre he perseguido ofrecer a los usuarios de nuestro sistema público una atención personal y personalizada, a decir de ellos mismos, como si fuesen a mi consulta privada, cosa que nunca he tenido. Es mi forma de vivir este bendito oficio. Hace unos días, estando en una de mis revisiones en el hospital, me tropecé en el pasillo con una paciente antigua. Estaba enterada de lo mío y de que me iba a jubilar. Después de darme un abrazo me suelta una frase que resume lo que quiero deciros: "Es que usted, doctor, se toma demasiado a pecho nuestras cosas". Tomarse a los pacientes demasiado a pecho. Siempre me ha pasado. No sé trabajar de otra manera. No sería capaz de ser un poco pasotilla, de dejar las cosas que sigan su curso natural, de pasarle el mochuelo a otro compañero, de hacer como quien no ha visto ná. Y no siempre el esfuerzo y el trabajo por denodados que sean garantizan el éxito. No todo son flores. Y menos en mi oficio. He tenido errores y sufrido grandes fracasos, como cualquier médico. Naturalmente, los que más me han afectado han sido las muertes de mi madre y de mi hermana Josefa, la una, natural por edad y enfermedad; la otra, inaceptable por injusta y precipitada. Pero soy un convencido de que cualquier trabajo realizado con dedicación y entrega engrandece a quien lo cumple. Si yo soy un tío grande sin duda alguna se lo debo a mi trabajo. Mi trabajo me engrandece, mis pacientes me engrandecen.

Y me siento cansado, más que cansado, exprimido. En estos meses que llevo de baja he tenido esa impresión: haber quedado exprimido, no poder dar más de mí. Han sido treinta y siete años a tope. Sí.

Luego están las circunstancias, que diría Ortega. A los que ya tenemos una edad el actual entorno laboral sanitario se nos atraganta. Ya hemos hablado en otras ocasiones de este tema. La gente nueva no ha conocido otra cosa que esto y, además, se encuentra presionada y obligada por la precariedad de los contratos. No tiene más remedio que aguantar. Y no sólo eso: posee mucho más dominio que nosotros sobre la tecnología, los medios audiovisuales y la informática que son los pilares, al parecer, de la medicina moderna y del conocimiento científico en general. Nosotros, los viejos, echamos de menos muchas cosas de la medicina que conocimos en nuestro esplendor. No aceptamos de buen grado pasar mucho más tiempo delante de un ordenador que a la cabecera del enfermo, aún reconociendo lo valioso de la historia clínica informatizada; nos sonrojamos de vergüenza ajena cuando el paradigma sagrado de la calidad se ha reducido a objetivos exclusivamente contables; nos rebelamos -aunque inútilmente- ante imposiciones, sinsentidos y arbitrariedades diversas; protestamos -para nada- cuando nos vemos obligados a realizar tareas administrativas o de otra índole no médica; denunciamos en los despachos de los gestores -sin éxito, naturalmente- la ampliación unilateral de la cartera de servicios sin el consiguiente aumento en el recurso correspondiente... Nada, al final entramos por todas. Muy lejos de lo que piensa la gente de a pie, los médicos somos muy poco corporativistas. Cada uno a lo suyo. Pero es preocupante esta situación. Los hospitales públicos mantienen en nómina a un montón de personas de mi edad que ya se encuentran, como servidor, agotadas, exprimidas. Contando los meses para la jubilación anticipada. Como en la mili. Y, por lo que yo conozco, quien aguanta hasta los sesenta y cinco o, incluso, pide prórroga -que los hay-, no lo hace, como uno quisiera imaginar, por amor al arte o a la profesión, sino por necesidad. Pura necesidad económica.

Por otra parte, está la visión optimista y positiva, que también la tengo. Esto es, se acaba un ciclo y empieza otro nuevo. Con los años uno aprende que es verdad esto de los ciclos. Y en mi caso yo encuentro que la época más productiva ha sido desde los treinta a los sesenta años. Y si el cuerpo no aguanta más al nivel acostumbrado, lo juicioso es abandonar. Nuestro cuerpo nos envía señales de una manera periódica, avisos en formatos diversos, que si mareos, dolor de cabeza, de espalda, desánimos, tristezas, malhumor, desgana, inapetencia... El caso es que, sometidos a la vorágine de nuestra vida hiperactiva, en muchas ocasiones no sabemos leerlas o no nos paramos a interpretarlas. Yo mismo me he mostrado ciego y sordo ante muchos de estos signos corporales. Y ha tenido que ser la Peque, cual fiel y sagaz Lazarillo, quien haya sabido guiarme en la toma decisiones muy difíciles para mi cerebro de piñón fijo, decisiones que, con el paso del tiempo, resultaron totalmente acertadas. Así ocurrió cuando dejé de hacer guardias, o cuando dimití de mi puesto de jefe de sección, o cuando, más reciente, hemos cambiado de residencia, por poner sólo ejemplos muy significativos. La señal de ahora, la de las arritmias, ha sido demasiado enérgica y clamorosa como para no escucharla.

Sí, se acaba mi ciclo de médico. Por agotamiento. Lo acepto. Sin mal rollo ni nostalgia. Creo haber cumplido mi doble misión, la de ser un buen médico y la de enseñar a otros a serlo. Me encuentro completamente satisfecho, sin petulancia. Y preparado y dispuesto a disfrutar de este nuevo y apasionante ciclo vital que me espera.

Un abrazo a todos.

sábado, 7 de mayo de 2016

Las apariencias engañan

Ahora que estoy ya metido en años comprendo mejor la resistencia de mi padre a sentirse viejo, a ser considerado como un anciano. "Papa, vamos a tener que ponerte un pañal por la noches, que se te escapa un poquito la orina" -le recomienda con mucha sutileza mi hermana-. "Ni hablar -replica guasón-, ni que yo fuera un viejo caucón".

Nos cuesta admitir la evidencia ante los demás, o incluso ante nosotros mismos, de nuestro propio deterioro. Creo.

Sin embargo, considero que éste no es exactamente mi caso, al menos hasta ahora. He aceptado con gallardía las limitaciones que mi cuerpo y mi edad me han ido señalando. En su momento dejé las guardias médicas cuando advertí que superaban mi capacidad de aguante; cambié el tenis por el carril bici cuando lo de la primera taquicardia; he superado sin trauma alguno la merma sexual, el quedarme sin hueso en el pinganillo; y ahora estoy dispuesto a jubilarme un año antes de la edad reglamentaria. Soy de la opinión -posiblemente interesada- de que uno de los factores para un envejecimiento saludable es éste, el de la serena aceptación de motor y carrocería tal cual, sin tuneos ni remiendos excesivos.

Aún  pensando así, no es menos cierto que, por otra parte, la imagen que ofrecemos al mundo importa mucho a nuestra propia estima. Uno no es como cree ser sino como lo ven los demás. O como decía Heidegger, la realidad es un ejercicio de interpretación subjetiva. En ese sentido me considero una persona afortunada. Antes y también ahora. Mis días de hospital -para hacer entrega de los partes y, de paso, visitar mi consulta y a mis compañeros- me colman de optimismo. "Qué bien lo vemos", "Qué bien está usted", "Qué relajao se te ve hijoputa", "Estás como más guapo y esclarecío"... son algunos de los piropos que recibo de la gente, enfermeras, auxiliares, celadores, médicos y hasta algún que otro paciente que me reconoce al paso.

Eso es por fuera, la carrocería, que, como digo, es importante. Pero no sabemos cómo andamos de motor, bielas y engranajes hasta que no nos examinan por dentro. Mejor no saberlo. Uno de esos días de hospital fui a Rayos a hacerme una radiografía de caderas porque llevo más de un año renqueando con tendinitis, cojeras intermitentes, bastante rigidez y dificultad creciente para flexionarlas y abrocharme los zapatos. Con la cosa cardíaca, bastante más seria, he ido dejando lo otro para mejor ocasión. Y la ocasión se presentó el otro día, como digo. Cuando vi la radiografía en el ordenador no podía creer que fuese mía. Fui a la consulta de traumatología y el compañero que la vio creyó que la radiografía sería de mi padre. No daba crédito cuando lo saqué de su error, que era mía. Me explicó que tengo una artrosis demasiado avanzada de ambas caderas y que, tarde o temprano, acabaré con sendas prótesis. ¡La madre que parió!...

Y otras cosas que el traumatólogo no vio, pero que a mí no se me escapan: las arterias femorales superficiales, las pudendas y parte de las iliacas externas con todas sus paredes calcificadas, como cañerías viejas.

Momentos éstos inesperados y algo abrumadores en los que piensas, "Joer, la edad se me ha echao encima de pronto".

Es lo que hay. Las apariencias son muy importantes, sí señor. Pero ya sabemos que engañan.