domingo, 12 de marzo de 2017

Como las alúas

Como ocurre en el campo con las alúas, al primer sol de marzo las mocitas sevillanas se echan a la calle despendoladas. Y despelotás del tó. Para regocijo de los hormigos machos, vaya por delante. "Pero chiquilla, si pa mañana mismo dan agua en la tele"... Da igual, jóvenes y maduritas que hasta ayer mismo se embutían en leotardos hasta los sobacos lucen hoy modelitos de faldas menguantes, patorras emancipadas, dorsos de nadadoras y ombligos aireados. Y a uno, la verdad, lo pillan desprevenido.

Cuatro días de primavera llevamos y Sevilla parece Sodoma. No sé qué más arcanos secretos nos van a enseñar estas mujeres cuando llegue el tórrido julio. De todas formas, la calle es un espectáculo de sol luminoso, barquitas en el río, "garbanzada" en la Plazuela, "La Estrella" por san Jacinto y animado mujerío. "Manuel, qué calientes semos"...

Ni siquiera puede uno, como antaño, "refugiarse" en los sagrados sitios. Casi peor que la calle, se diría. Las mujeres van a misa de domingo como si fueran a una boda, joer. Esta misma mañana, en Santa Ana -adonde acudo raudo al señuelo de la música de banda municipal-, el exorno del gineceo es tan barroco como el retablo principal de la iglesia, si no más. No me atrevo a entrar con mi perrita -pintas menos que un perro en misa, dice el refrán-. Me quedo en la puerta aguardando el final apoteósico de revuelo de campanas, marchas de música militar y semanasantera, y, sobre todo, la salida a borbotones de gentío guapo y bien vestido. La salida de misa de doce de toda la vida en los pueblos, vaya. Una cosa parecida, pero a lo grande, a lo sevillano.

Entiendo a los guiris. Cada vez más. Después de treinta años acortijado en el Aljarafe yo mismo me siento un poco extranjero en Triana, y voy paseando por ella explorándola, haciendo, como hacen ellos -pero yo sin cámara de fotos-, paradas en cualquier rincón o recoveco de la calle Castilla, en el mercado, en el callejón de la Inquisición o sentándome con mi perrita en los bordes greñudos del río. La primavera sevillana -y andaluza- es una delicia para los sentidos. "Tomás, hombre, vente de la Granjuela, que Sevilla está que chisporretea"... "Y pa qué -me responde al móvil-, si uno ya no puede hacer ná". "Aunque solo sea pa bichear, vente Tomás". Y luego, cuando por fin se encierra la procesión, este ritual dominical admonitorio de lo que nos queda por llegar, las calles se convierten en terrazas de bar sin solución de continuidad. Y atestadas.

En fin, muchachos, lo que os digo: con buena salud ¡qué bien se vive de jubileta!!

miércoles, 8 de marzo de 2017

Señales externas

A nuestra edad -bueno, me refiero a los sesentones- nos pasa que empezamos a detectar una suerte de achaques y de limitaciones que nunca habíamos considerado que nos llegaría. Nosotros, que nos hemos comido el mundo; nosotros, que hemos sobrevivido con éxito a una infancia y juventud de privaciones; nosotros, que hemos hecho una dieta mediterránea obligada, no había otra; nosotros, que somos herederos del Capitán Trueno y luego de los Beatles; nosotros, que comíamos gamboas apretadas y fatigosas en los recreos; que nunca nos hemos emporrado; que, a lo sumo, fumábamos cigarrillos de matalauva; que no usábamos condones porque no hacía falta, total para qué, si no había ocasión; que hemos abusado del "cascábitum est"... Nosotros, que nos creíamos inmunes a la enfermedad,  poco menos que inmortales, comprobamos ahora en carne propia nuestra inesperada, nuestra inoportuna, decadencia.

A estos nuevos síntomas que nos aquejan los vamos a denominar señales internas, alertas que nuestro propio organismo nos envía para que tomemos nota de la cercanía del invierno. El radiante sol de la juventud se ha ido haciendo tibio con los años, y ahora, en nuestro particular mapa del tiempo, solo aparecen las estrechas isobaras que nos amenazan con la lluvia de la artrosis en las caderas, las rodillas o las lumbares, el granizo de la sal y el azúcar, dañinos para la hipertensión o la diabetes, la ventisca de colesterol en el corazón fatigado o, lo que es peor, la tormenta perfecta del cáncer. En algunos afortunados serán solo pequeños chubascos de intensidad variable y de distribución irregular, y en otros más aciagos serán inundaciones mortíferas como no se recordaban. Señales internas.

No diré que peores, no; pero tampoco me hacen ninguna gracia las que llamaremos señales externas del envejecimiento. Señales digamos que sociales. Ya conocíamos una, acordaros, aquélla de la ignorancia que nos tienen los guardias de tráfico a la hora de soplar el alcoholímetro. "Siga usted, caballero, continúe". Claro, los civiles nos ven vejestorios y ni se dignan a que soplemos. ¡Con la ilusión que me hace!... Hoy mismo, esta misma mañana, he podido apreciar otra de esas señales. Una señal de la calle.

En una mañana de sol espléndido, la calle Asunción lucía su bullicio de gente desocupada y tiendas caras para mujeres de taco -¡viva la mujer! que hoy es su día-. Para más exorno, un grupo de muchachas en flor, uniformadas con traje azul y montadas en esos cacharros modernos motorizados de dos ruedas que parecen patinetes gigantes, se iba desplazando graciosamente, cada moza en su vehículo, calle arriba, calle abajo, ahora me cruzo por aquí, ahora me descruzo por allá, ofreciendo a la avenida, tan concurrida, un colorido y una viveza dignas de verse. Y compruebo que la misión de las chicas es abordar con su gracia y lozanía a determinados transeúntes para ofrecerles los servicios de una empresa que se dedica al examen y reparación de oídos torpes y viejos. GAES, se llama la empresa, la conocéis. Y ya podéis imaginar qué es lo que pasó: que una de esas chicas se me viene encima. ¡Qué bochorno! Solo se acercan a viejos, y ésta se ha venido contra mí. Disimulo mi sorpresa, la atiendo con amabilidad y rechazo la oferta alegando que soy médico y que, por el momento, mi oído es de lo mejor que tengo. Le doy las gracias y la chica se aleja en busca de otro anciano. Pero en el interim, se lleva un repaso visual global, desde su cola de caballo hasta las corvas, ya que uno no está para otras cosas al menos se alegra la vista.

Una diáfana señal externa. Otra más. Ya sabéis, cuando un guardia de tráfico os exima de soplar en una madrugada de bodorrio, o si una chica guapa os ofrece en plena calle un servicio de GAES... estáis advertidos: sois unos viejos.

Muy bien. Pero hemos llegado hasta aquí. Con gallardía.

lunes, 6 de marzo de 2017

Mi prima Josefina

Mi prima Josefina -lo digo ya de entrada- era la mocita más bonita de toda Córdoba. Capital y provincia. Y mirad que mi hermana Josefa era guapa, un espécimen extraño de pecas y de caoba, pero una hermana no es lo mismo, la tienes siempre al lado, te peleas con ella, la ves en paños menores como si nada... en fin, uno no se enamora de su hermana. Pero mi prima...

En los tiempos de los que os hablo, ella era la prima mayor, la prima por excelencia; otras primas mías aún no habían nacido o eran muy chicas por entonces.

Mi prima Josefina vivía en Córdoba. Cinco o seis años mayor que yo, cuando venía al pueblo con motivo de la Navidad, la Semana Santa o la feria era toda una mocita a mi vera, que tendría yo unos nueve o diez años. Y siendo tan bonita y presumida, en mi casa, sin embargo, se comportaba de una manera sencilla y familiar. Y en las demás casas de sus otros primos. Así la recuerdo. Era mi prima una de las pocas cosas que uno tenía entonces para enorgullecerse delante de los amigos incrédulos. "Vaya nene con tu prima, no está güena, ni ná" -me envidiaba Agundo. Todos los demás primos en edad nos creíamos sus favoritos, lo he sabido después, muchos años más tarde, cuando Frasqui, Blas, Manuel Velasco o Manuel Rivera me lo han confirmado, que ellos se sentían también los más privilegiados, los escogidos por aquella muchacha angelical y linda. Yo mismo me creía especial para ella porque siempre que venía al pueblo, sabiéndome ella tan goloso, me traía a hurtadillas y con nocturnidad, una bolsa repleta de caramelos y golosinas. "Todo para ti. Para ti sólo". Ese para ti solo me hacía sentir único. Lo que pasaba es que esa misma maniobra la repetía con los demás primos. Y así, nos tenía a todos encandilados. ¡Argucias de mujer! 

Para lo que mi edad y mis luces daban de sí, yo estaba enamorado de mi prima. Sin haber salido nunca del pueblo, no había visto jamás a una mocita tan espectacular. Parecía una muñeca, pero no una barbi escuálida de las actuales, no; una muñeca muy bien conformada, con sus carnes en sus sitios, sus rizos morunos, sus piernas altas y contorneadas, su falda festoneada, su talle apretado, su pechera justa, su culo respingón... y sus ojos chispeantes. Lo que más llamaba mi atención eran, desde luego, sus ojos y su mirada. Mi hermana Josefa o su prima Luisa le sostenían el espejo de mano para que ella se acicalara y se izara las cejas hasta el infinito. Era lo más expresivo de su cara bonita, sus cejas empinadas. Encima, gozaba de una voz muy femenina, que no ñoña, cantarina y rotunda. De ciudad, se expresaba ante nosotros con una prosodia inusual para nuestro uso rústico, y nos quedábamos embobados. Cuando se volvía a ir para Córdoba yo sentía un cierto vacío en el estómago, una especie de síndrome de abstinencia que combatía contemplando largos ratos una fotografía de primera comunión que mis padres tenían de ella en el aparador. Más de una vez he besado esa foto de manera furtiva. Ya, cuando me fui al seminario, la cosa se enfrió, lógicamente. Estando en san Pelagio iba muchos domingos a comer con ellos, mis tíos y mis primos, a su casa del cuartel, pero ella ya tenía veintitantos años, seguía preciosa, tenía su novio, un tío guapo y formal, y a mí, naturalmente, se me habían pasado aquellas ínfulas de niñez.

Pero aún así, jamás he perdido esa admiración juvenil, inocente y primitiva por mi prima Josefina.

Desde aquí, un beso muy grande para ella. Que sepa que hace ya muchos años cumplió con sobresaliente una misión muy importante, quizás la más importante de nuestras vidas: hacer felices a los demás. Y un deseo, que se tome un respiro de tanto Inserso, que nunca está en su casa cuando mi padre -otro silente admirador- la llama.

lunes, 27 de febrero de 2017

Solo en casa

Juan Romualdo Sarabia, "El Enclenque", fue, sin  duda, un personaje muy peculiar en mi pueblo. Por sus bastas  trazas y otras sonadas desaplicaciones domésticas, iba para legendario. Pero, sobre todo, por sus "hazañas" carnales. Los de mi edad lo conocimos. Un maldito cáncer de pulmón segó su vida pero no pudo con su leyenda. Presumía sin recato alguno de vigor pudendo, bravuconeaba de levantar una bota de las de la mili o, peor aún, sostener un cubo de cal con su "arma" presentada, y se jactaba públicamente de que en estado de flacidez sus genitales colgones parecían una liebre muerta, de esas que los cazadores se amarran a la cintura a modo de trofeo. Todavía soltero, su hermana mayor era muy severa con él. De estas mujeres obsesionadas con el orden y la limpieza en la casa, lo mantenía a raya. Y había dos cosas que, por escrupulosamente vigiladas y prohibidas bajo amenaza de fuego eterno en las calderas de Pedro Botero, le eran especialmente apetecibles, sensuales deseos inalcanzables: entrar en la casa con las botas embarradas y beber a barba regada de la jarra que adornaba la mesa del cuerpo de casa, con su pañito de crochet por encima y todo. Aquello era el árbol del bien y del mal. Es ya de público dominio la primera carta que JuanRo escribió a su hermana cuando ésta se fue a trabajar a los hoteles en Cataluña: "Mira Encarna, has de saber que momá y yo nos encontramos mu bien, a Dios gracias"... Y luego, poco más adelante, el párrafo para la eternidad: "Encarni, lo primero que hago cuando llego del campo es restregarme las botas contra el suelo de la casa, pa limpiármelas; y aluego me avanzo sobre la jarra, le quito el pañito, me la trinco casi enterita, le casco un regordío gordo, y después le hago: aaaahhhhh, le echo el vahío encima, ea". Seguramente, nada de eso sería capaz de hacer, pero se lo escribía así para fastidiarla. Cosas de hermanos. Más tarde, ya casado con Rosarito, su buena mujer, aquel ímpetu de juventud y de libertad se iría domesticando, ¡qué remedio!

"El Enclenque" representa para muchos hombres de mi pueblo un icono, un símbolo de la libertad que uno quisiera tener en su propia casa, hostigada siempre por el fastidio de la otra parte contratante, llámese esposa, hermana o madre. ¡Mujeres! Yo mismo he padecido en propia carne los rigores escamondados de mi hermana Josefa, otra Encarna de cuidado, capaz de tenerme en la calle un cuarto de hora sin poder entrar en casa hasta que el suelo se secase. "Pero, niña, que me estoy meando"... Ni caso.

La Peque no es la Encarna ni yo soy JuanRo (por más que en ocasiones haya intentado inútilmente emular sus logros armamentísticos), pero es verdad que existe un punto de fricción, algo que chirría con cierta frecuencia en las relaciones del trinomio constituido por casa, Peque, yo mismo. Y supongo que, en mayor o menor grado, esto que cuento ocurre en cada casa de vecino, no sé.

A mi manera de entender, hay cosas domésticas para las que los hombres -hablamos en general- somos unos adanes y que serían objeto de nuestra atención y mejora. Se trataría solamente de centrarse uno un poco más en lo que está haciendo, de considerar seriamente que si estamos dos en casa aquello que uno no haga se lo cargará irremediablemente el otro, de conceder la importancia debida a los deberes compartidos, de priorizar las cosas de la casa en su justa ponderación. "Peque, por favor, no te cabrees por eso; eso no es importante"... Y se cabrea aún más: "Importante no es nada; para ti, nada es importante"... Y lleva razón. Por ejemplo, "Sema, cuando recojas el hule procura no ir desparramando migajas por el pasillo... cuando metas los platos en el fregadero échales un poco de agua, si no, se quedan el tomate y el huevo pegados al culo... la servilleta es para la boca, no para los mocos... no le eches comida en el suelo a la perrita... no levantes las persianas tan temprano... sigo viendo ramalazos marrones en la toalla de baño"... Sin embargo, existen otras cuestiones, otras categorías de orden y limpieza, a las que no podemos aspirar los hombres de una manera primaria o intuitiva. Solamente están preservadas al cerebro femenino. Si ella no te lo advierte es del todo imposible que tú mismo, por ti mismo, caigas en la cuenta de la bondad o maldad de determinados actos inocentes o, al menos, neutros. Por ejemplo: " Sema, cuando saques los vasos limpios del lavavajillas me los colocas boca arriba". "¿Y eso?" -pregunta uno, curioso. "Eso es pa que los bordes de beber no cojan suciedad". "Aaahhh, mira tú, no había caído yo"... "Sema, esto no es regañar, es pa que lo sepas, los cuchillos y tenedores los metes en el lavavajillas con los pinchos parriba, no pabajo como tú haces". Ante mi cara de estupefacción, me lo aclara: "Si los pones pabajo entonces la última gotita de agua se queda pendiente de los pinchos, y así, una vez y otra, llegan a oxidarse". "Vaya, mujer, si sabes cosas"... Estoy tan tranquilo en la cocina y, de pronto, suena mi móvil. Cojo una silla y me siento para atender la llamada. Al cabo me levanto y me dispongo a hacer cualquier otra cosa. "¿Ya está?" -me pregunta en tono recriminatorio. "¿El qué?" -me giro sin entender su queja. "¿Qué va a ser? La silla... ¡que la dejes puesta como estaba"!

Reíros si queréis, pero a vosotros os pasa igual. Por eso, cuando ayer recibí su primera llamada al móvil desde Nueva York respiré aliviado. ¡Ahora sí que estás lejos de verdad, puñetera! Mi hija y ella han aprovechado la semana blanca de los profesores y se han ido a NY. "Sema -la escucho mu malamente por el móvil-, si supieras lo que me acuerdo de ti, lo bonito que es esto, lo que te hubiera gustado"... Y yo le contesto que no sufra por mí, que yo me encuentro en la gloria, solito en casa, a mi libre albedrío, con mi perrita que ni ladra ni ná, comiendo de sobras congeladas, sin afeitarme, duchándome cada tres días... si es que encarta, jugando con la pelota en el patio y entablillando luego las plantas doblegadas, viendo el canal Real Madrid cada vez que se me antoja, yendo al cine a ver esa de las sombras oscuras, que con ella no hay manera... En fin, a mi bola primitiva, realizándome como hombre libre de nuevo, entrando en casa, como hiciera "El Enclenque", con las botas sucias y bebiendo y echando el vahído para empañar la jarra refulgente...

La soledad impuesta debe de ser algo terrible. Pero la soledad consentida es una bendición, tiene su punto, no creáis. Al menos eso, una semanita.


Es broma. Sed buenos.


martes, 14 de febrero de 2017

Judiones con todos sus avíos

Hoy, queridos amigos, toca nostalgia. 

Resulta que teníamos ya ganas de visitar a Bego y a Jesús, amigos nuestros y residentes en Écija. Y nosotros mismos nos auto invitamos. Yo mismo cogí el teléfono el pasado viernes por la noche y le avisé a Jesús que el lunes nos preparase algo de comer, que nos íbamos a encalomar en su casa. Y que se estudiara una visita guiada, que queríamos conocer palacios y conventos que en esa ciudad decadente se cuentan por cientos. "Pero chiquillo -protesta tímidamente Jesús-, si faltan dos días"... "Pues tú verás cómo te las arreglas" -le dije riéndome. "Bueno, dime, ¿y qué os hago, arroz, garbanzos con langostinos, judiones?..." "Judiones -me lanzo yo, valiente-, de esos de a dos por cuchara". "Ele ahí los tíos - se guasea el otro-, judiones...¡con dos cojones!" "Y con tos sus avíos" -remacho yo. 

Así que dicho y hecho. Naturalmente, siendo lunes, solamente fuimos los jubiletas, la Peque, Paqui, Jaime, Palanco y servidor. Y echamos una jornada muy agradable, la verdad. 

Lo de menos fueron los conventos y palacios, muchos de ellos vacíos y abandonados, testigos agotados de pretéritos esplendores; otros, rehechos y transformados en casas de vecinos al estilo andaluz, con sus espaciosos patios centrales, donde echamos en falta la típica fuente cantarina y juguetona. Mención aparte merecen por su buen estado de conservación el palacio de los marqueses de Benamejí y la iglesia de Santiago, al César lo del César. Y pudimos observar con detalle -fieles a la norma del buen jubilado- las obras de restauración que se están llevando a cabo en el palacio de los marqueses de Peñaflor. Como era de esperar, pronto nos cansamos del trajín y buscamos reposo en uno de los abrevaderos de la plaza del ayuntamiento. Un par de cervecitas. "No pedimos tapas, que nos esperan los judiones" -me adelanto yo haciendo gala de mi consabida racanería. "Bien dicho -corrobora Jesús-, que al buen cocinero le fastidia mucho que no se le haga mérito a su obra". Y lo aclaró muy bien argumentando que si uno va a la mesa con hambre engulle cualquier cosa, pero si ya va completito desdeña hasta el manjar más exquisito.

Lo más gratificante fueron las reconfortantes horas de almuerzo y sobremesa en la hermosa y acogedora casa de indiano que se ha hecho esta gente en un céntrico rincón de la villa. Y con una marca muy personal que nuestras mujeres ya han bautizado como estilo "Bego". Aparte de buenos amigos, son, Begoña y Jesús, unos anfitriones fuera de lo común. Tienen la virtud de cuidarlo todo al detalle para nuestro mejor acomodo sin que notemos para nada la rigidez molesta del protocolo. Naturalidad. Lo que no fue nada natural fueron los dos platos de judiones que me zampé sin considerar -inmisericorde de mí- los posteriores daños colaterales que iban a padecer los sufridos ocupantes del coche de regreso a casa. No fueron solo los judiones, también aportaron lo suyo a los venideros efluvios la nata de la tarta y las sultanas, tan vaporosas ellas. Charlamos, ¡cómo no? de los tiempos del seminario, aún recuerda Jesús los partidos de ping pong con mi paisano Manuel Gámez, su adversario más enconado; de la Comandancia de la Guardia Civil de Córdoba, donde vivía y donde coincidí con él los domingos que yo iba a comer a casa de mis tíos, civileros también; del año de Preu en el Séneca; de su carrera de veterinario; de sus años de zozobra en San Sebastián, aquellos años terribles en los que ETA golpeó con más fiereza..., de cómo conoció allí a Begoña y de cómo cambió su vida desde entonces... Y hablamos y discutimos del futuro de las pensiones, de los políticos, de Podemos; y de médicos y de hospitales; de arritmias y de la puta madre que las parió... Una tarde completa y a gusto.

Lo de la nostalgia viene un poco porque a la salida para Sevilla pasamos por delante de san Fulgencio, el instituto de enseñanza media donde nos examinamos por libre en los cursos tercero a sexto de bachillerato; y por delante del bar Pirula, al lado mismo del instituto, donde esta gente mía se tomaba algún vinito al medio día, antes de los exámenes de la tarde. Yo, no; yo solo tomaba un vaso de casera de limón con una tapa de calamares fritos. Hasta que la Peque me despabiló he sido siempre así de tontorrón. El Tifus, decía mi madre. Para nosotros, san Fulgencio es una referencia inolvidable. Supuso nuestra primera salida al mundo exterior, nuestro primer contacto con muchachos como nosotros, de nuestra edad y de nuestro curso; nuestra primera relación con profesores seglares; nuestra primera ocasión de independencia y libertad, podías perderte en solitario por aquellas calles desconocidas como cualquier joven de trece o catorce años, meterte en un bar y pedirte un bocata de tortilla con mayonesa, o fumarte un cigarrillo, a lo primero a escondidas, y luego, más mayorcitos, abiertamente.

En quinto de bachiller fui cojo a los exámenes de junio (bueno, os aclararé que yo jamás me he examinado en septiembre. Jamás de los jamases). Jugando al fútbol en el patio de cemento de san Pelagio me había roto la rótula de mi rodilla derecha unos quince días antes. Iba con toda la pierna escayolada y con el pantalón rajado para que cupiera la escayola. Me sentaron en un pupitre para mí solo, con un silla enfrente para que apoyara en ella la pierna tiesa. En los descansos, mis amigos me transportaban de un lado a otro por turnos, que yo ya había dejado de ser aquel chavea enclenque y huesudo. Un curso, un año, unos exámenes... Inolvidables. Obtuve, cojo y todo, cinco matrículas de honor. "Joer con el cojo!" -decían los profesores a nuestros curas. "Claro, esta gente no hace otra cosa que estudiar y jugar al fútbol, no tiene otro desgaste". ¡Qué tontos! Se creerían ellos que nosotros, por muy seminaristas que fuéramos no nos la cascábamos como cualquier otro muchacho de nuestra edad.

En fin, una jornada muy bien aprovechada. ¡Hay que ver!... ¡Cómo vivimos los pensionistas!...

viernes, 10 de febrero de 2017

Vuelva usted mañana... O pasado

Parece mentira que en nuestros tiempos no haya perdido vigencia aquella imperecedera queja de Mariano José de Larra, la del vuelva usted mañana. Como veréis a continuación, aún hoy tenemos instituciones que siguen viviendo en el siglo XIX.

Visto lo visto, me pensaré muy mucho si volver a solicitar un permiso de obras con ocasión de alguna reparación doméstica. Por lo menos en Sevilla la cosa es lo más parecido a una gincana. Y conste que es para recaudar. 

Un ejemplo en positivo: te llega una multa de tráfico por correo certificado. Vale. En cinco minutos recorres todas las fases del duelo: primero, la negación; no te lo crees, esto ha sido mi mujer, seguro, "Peque, te acuerdas que te lo advertí, no corras tanto que por aquí multan". Luego, la aceptación; compruebas que no, que no ha sido la Peque, que lo pone clarito, que fuiste tú en el kilómetro 105 sentido Priego con limitación a 60 y tú ibas a 68. "Ya está, cuando fuimos a ver a tu madre ingresada en el hospital". Y por fin, la resignación; "Bueno Peque, no pasa nada, si pagamos pronto nos reducen la multa a la mitad". Coges el teléfono, marcas un número que te indican en el documento, te atiende una voz femenina muy delicada -mira tú, en tráfico-, pagas tu multa... Y a otra cosa. Es un trago amargo, de acuerdo, pero lo pasas en un momento.

El ejemplo en negativo os lo cuento ahora. Como soy presidente de mi comunidad de vecinos, he recibido el encargo de hacer reparar unos desperfectos en los balcones del edificio y, de paso, pintar la fachada que ya ofrece a la vista algunos signos de edad en forma de desconchones y abofados. Ya tengo apalabrado al albañil que me aconseja sacar un permiso de obra puesto que la ejecución de la misma va a ser en plena calle y a la luz del día, todavía si fuera por endentro... Empiezo a dar los pasos pertinentes. Desde el Distrito de Triana me informan que eso allí no es, que debo ir a la oficina de Urbanismo. "¿Y por dónde cae eso?" "En la Cartuja" -me dicen. Llego a mi casa y abro el ordenador. Quizás podría haberlo visto desde el móvil pero me pasa, quizás por la edad, que me gusta ver las cosas en pantalla grande. Según el Google Maps, desde mi ubicación a esa dichosa oficina hay tres kilómetros. Bueno, no pasa ná, tres pallá y otros tres pacá son los seis que debo caminar a diario. Me echo los pies al hombro y vámonos que nos vamos. En Urbanismo -esto sí que es moderno y de mi agrado- saco mi número y me siento frente a la pantalla que regula el tráfico de personas para los distintos puestos. Suena mi número y me atiende una señorita muy amable. Yo hago como que me entero aunque en realidad estoy más pendiente de sus gestos y posturas que de sus palabras. ¡Madre mía, la de papeleo para una simple pintura de fachada! Fotocopias del carnet, del acta de la comunidad, del plano de la calle, de la anchura del acerado, un impreso con tropecientos items, el presupuesto del albañil... Qué sé yo... "¿Se ha enterado usted bien?" "Perfectamente" -miento con total impunidad. "Pues cuando lo tenga usted todo vuelve a venir para pagar las tasas correspondientes".

Una semana y catorce documentos después me vuelvo a presentar. Entrego los papeles y pago la tasa. Ea, a tomar por culo -pienso, inocente de mí. "Ahora -me dice la señorita- tiene usted que ir a la oficina de recaudación del ayuntamiento para pagar el permiso. Tiene un mes de plazo". "¿Pero no acabo de pagar aquí?" "Esto son las tasas, lo otro es el permiso de obras". "Ya" -dice uno por decir algo.

A los pocos días me llego a dicha oficina -anteayer mismo-. Otro par de kilómetros. El mismo procedimiento de número y pantalla. Otra señorita lo mismo de amable. Le entrego el papel de las tasas pagadas, teclea algo en su ordenador y sale lo que debo: 132 euros. Ea, muy bien, hago el ademán de sacar los billetes que llevo preparados pero ella se me adelanta: "No, aquí no, hombre. Con este documento que le entrego va usted a cualquier banco y lo paga allí. Tiene un mes de plazo".

Y aquí me tenéis con la obra y la pintura terminadas y el permiso de obras aún por pagar.

¿Tiene güevos la cosa o no los tiene?

Vamos a ver: yo no llamo a la desobediencia civil, claro que no. Soy un convencido de la necesidad de que todos seamos buenos ciudadanos y contribuyamos con la Hacienda Pública, y huyamos de la economía sumergida. Pero hombre... Que nos lo pongan facilito, por Dios bendito. Cinco visitas a cuatro sitios distintos separados por kilómetros ¿Cómo una persona que no sea un jubilado hubiera podido realizar tales empresas y travesías? ¿Por qué no acercan las oficinas unas a otras? O mejor ¿Por qué no se centraliza todo en una? Sinceramente, es algo difícil de comprender y de asumir en nuestro siglo.

Pero bueno, dice Susana que Andalucía es imparable. Se conoce que ella no paga permisos de obras.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Por la calle

Aunque haya cerrado mi consulta por jubilación sigo igual de imprudente.
Aprovechando la mañana soleada me he alargado hasta unas oficinas municipales para arreglar los papeles de un permiso de obras de mi comunidad de vecinos. Soy el presidente. Y voy de buen humor. No; no es eso; ni anoche ni esta mañana ha habido movida caliente bajo las sábanas, que sois unos mal pensados. Simplemente, me siento bien. Voy pensando en cómo ha cambiado mi vida desde que estoy jubilado. Los madrugones, los atascos en el puente del centenario, los amaneceres frustrados, los desayunos atragantados... son recuerdos lejanos que me producen repelús. Todavía me asaltan sueños en los que llego tarde a la sesión de la mañana o me atranco con un familiar pesado y exigente o -peor aún- me reengancho al trabajo y me veo a mí mismo descolocado pasando planta como alma en pena. Y entonces, un despertar taquicárdico me devuelve a la paz y al regodeo. Mañanas de gimnasio -gym, se llama ahora- y mandados, y tardes de siesta y escribanía ocupan la jornada de este jubilado feliz. Solo inquieta mi espíritu si no debiera estar más pendiente de los cuidados que mi padre precisa allá en el pueblo. Y esta mañana me da por pensar que si la salud acompaña, un jubilado con una pensión más que decente -como es mi caso- tiene por delante un verdadero otoño dorado, otra magnífica etapa de su vida.

En esos y otros lúcidos pensamientos me hallaba cuando me percato que llevo un ratito caminando paralelo a un chica que, móvil en su oreja derecha, se ve que va contándole sus cuitas a alguna amiga. Casi sin querer me acoplo a su cadencia de paso por ver de qué cotillean. Yo no soy mucho de vigilar obras, me gusta más observar a las personas. Y dice la chica al móvil: "No, no es que sea mi novio, llevamos mu poquito saliendo; novio es cuando ya tienes una relación más estrecha"... Y entonces me sobrevino uno de esos instantes tan míos de imprudente inspiración. Y la abordo en plena calle y le digo: "Perdone usted señorita, quisiera hacerle una apreciación". La chica se me para atenta, me mira raro, baja el móvil de su oreja y me dice que qué quiero. "Verá, voy aquí al lado suya y no he podido evitar escuchar su conversación. Yo creo que está usted equivocada. Su amigo y usted son novios, por eso, porque están empezando. Cuando una relación ya es más estrecha, como usted dice, ya son pareja, ¿no?" La chica se queda con la cara a cuadros y, mientras, escucho lejana la voz de su amiga al otro lado del móvil que pregunta que qué es lo que pasa. Y se pone ésta, ya repuesta: "Ná, un señor mayor que me ha preguntado por una calle". Ea, bien empleado, pa que no te metas donde no te llaman.