jueves, 19 de abril de 2018

Creedme, la Feria es un tostonazo

Hoy, jueves de feria, teníamos la Peque y un servidor una cita en el Real con nuestros amigos sevillanos. Pero no vamos a ir. Ellos ya lo saben y no les ha pillado de sorpresa conociéndome como me conocen. Aunque esta vez se equivocan... Bueno, a medias. Dan por hecho que el renegado soy yo, el comodón, el aburrido, el cortarrollos, el aguafiestas que cohíbe y alicorta las ganas flamencas de su explosiva y feriante esposa... Todo eso es verdad. Pero no es menos cierto que la Peque ya no es la que era, tiene su edad y su tratamiento hormonal para la mama, y ambas cosas la han apaciguado bastante. No aguanta de buen talante tantísimas horas de vagabundeo. Ha sido ella quien ha vetado el viaje a Sevilla. Ni que decir tiene que a mí me ha venido... Iba a decir como agua de mayo, pero este año no es apropiado el refrán. Más agua no, por favor; tengamos un mayo florido y hermoso. Me ha venido como las uvas al queso.

Este año he tenido la suficiente dosis de feria con la ración del sábado pasado, la del pescaíto. Lo de cenar todos los amigos en un bar, los sevillanos y los vascongados -que María José y Ramiro se apuntan a todo-, estuvo fenomenal. Lo malo fue que esta gente del norte no tiene jartura ni la Peque -una vez metida en harina-, tampoco. Reconozco, de todas formas, que la caseta de Tomás y Beni estaba la mar de animada con un tablao flamenco casero que tenía al público encandilado, la verdad. Pero yo me caía de sueño y de cansancio. Las dos de la noche, tú, acostumbrado mi body a acostarse a las once... Solamente me despabilé un ratito, el tiempo que duraron las sevillanas que bailó una morena rellenita ataviada con un pantalón corto y apretujado, y un chaleco de sisa laxa por donde en cada revolandeta se le salía media teta por cada lado. A las tres de la aurora caímos en la cama. Por fin. Y a las cinco, derechos al hospital con otra -una más- de mis taquicardias. La madre que...

Ni acordarme quiero de las fatigas de otros años, de otras tantas ferias de obligada visita solo por vivir allí. ¡Coño, vives en Sevilla y no vas a ir a la Feria!... No estaba ni bien visto. Y mucho más cuando hemos vivido en Triana, a tiro de piedra. ¡Qué de sin razón!, como canta Sabina. 

Mirad, si no. Son las cinco y media de la tarde. Acabo de levantarme de mi siesta reglamentaria y me meto en mi cuarto a escribiros con toda tranquilidad y sosiego. De haber ido a Sevilla ya estaría inquieto, ya me sobraría media feria. Tanto jamón y tanta fritanga exigen más y más rebujito, y este dichoso brebaje aumenta exageradamente la diuresis. Ponte en cola pa mear, anda. Eso si las papas con chocos no te pegan un retortijón de los míos. Entonces ni te cuento. Yo no soy exquisito, soy capaz de mear en cualquier sitio por manchado y encharcado que esté, ancha es mi experiencia en estas lides, como ya sabéis. Lo que no puedo es mear con prisas, la próstata. Contri más prisa, menos sale. Y menos, con la puerta del wáter pegándote en la espalda por los achuchones de la gente. Y pienso: "Menos mal que he nacido tío, no puedo imaginarme cómo se las arreglarán las tías para trajinarse las meadas en estos sitios tan cutres, tan estrechos, tan puercos... y con sus trajes de flamenca y sus abalorios". Por lo que me cuenta la Peque, ella no se sienta en la tapa, sino que se sube encima y se agacha en cuclillas. ¡Qué equilibrio, macho! 

Dentro de una hora, sobre las siete de la tarde, ya me estorba todo, me sobra la feria entera. Empieza el mareo. Caminatas lentas y eternas bajo un sol inclemente, con interrupciones continuas por encontrarse alguien con otro alguien, o por perderse la María Jesús o el Jaime, y todo para alcanzar a llegar a la caseta de fulanito. Y el fulanito que ha salido hace un rato y que no está. O que sí está, que no sabe uno qué sea peor, pero no hay sitio dentro. Y aguantas en la puerta con una copita de fino en una mano y con un plato de calamares en la otra para que vayan picando los colegas. Y nadie se queda con el plato. Y ya no sabes en qué pierna apoyarte. Ni de qué hablar. Y cuando parece que una mesa se va a quedar libre va y dice alguien que no, que ahora toca a la caseta de perenganito... Y así todo el rato. Y entre caseta y caseta, kilómetros de arena, de sudor, de peste a mojones o a zotal, de humana marabunta... 

El punto de no retorno, la hora crítica en que ya no aguanto más, lo marca el momento en que ya ni siquiera me interesan las gachises, cuando ya no atiendo al paso de tórtolas. Estoy hundido. Eso solía ocurrir sobre las nueve de la noche. "Peque, vámonos a los buñuelos". "Pero si son las nueve na más" -se revolvía furiosa. De ahí en adelante era todo un suplicio para mí, aguantando la fiesta de los demás casi sin sentir, anestesiado por el cansancio, como un sonámbulo.

No me considero un hombre aburrido, ni mucho menos. Lo que pasa es que mi cuerpo, tan disfrutón como el de cualquiera, me pone límites. Celebro mucho más las pequeñas reuniones domésticas con los amigos que estos esperpentos multitudinarios que agobian mi espíritu tan sensible. No puedo estar doce horas seguidas en pie derecho. Imposible. No puedo comer, beber y deambular sin hora como perro sin amo. Las cosas tienen su tiempo. Seis o siete horas de feria es algo muy razonable para mí. No más. Eso es todo.  Lo demás, un tostonazo.

Dado que una imagen vale más que mil palabras, mirad la diferencia en las sensaciones que os transmiten estas dos fotos. En la primera, mis amigos Juan Francisco y Palanco departiendo en un chiringuito de playa, plácida y saludablemente, ayer mismo.

En la siguiente, mi amigo Pozuelo se lo está pasando genial esta misma tarde en su caseta de Feria.

Vosotros mismos.

miércoles, 18 de abril de 2018

El asunto de la jodienda...

A mis años, me he echado unos nuevos amigos aquí en Antequera. Tenía para mí que el cupo estaba más que completo, tantos amigos tiene uno que sinceramente no doy abasto para poder tenerlos contentos a todos. No exagero ni me pongo moñas. Como dice mi amigo Juan Francisco, el patrimonio de los que no tenemos patrimonio son nuestros amigos.

Bueno, pues ha querido la casualidad que dos buenos hombres de aquí se hayan encontrado con mi blog y con mi libro, y se hayan prendado de su autor, hasta el punto de haberme localizado. Hemos quedado a tomarnos una cervecita, y oye... tan amigos. Naturalmente, tengo que conocerlos mejor, pero la primera impresión es prometedora.

Diego es odontólogo y rondará los cincuenta y cinco, por ahí por ahí. Dice que en su casa son cuatro: la mujer, la hija, la perrita y él mismo. Y ya más tarde se acaba de confesar: "y además tengo un yerno negro". Cubano. Que es atleta. Vive en pecado con su hija pero aún no le han dado un nietecito mulato. Ya va teniendo ganas. La hija es podóloga, lo cual me va a venir de perlas, habida cuenta de mis uñas almejeras. Las de los pies. Aunque diez años más nuevo, Diego y yo hemos compartido muchas cosas de nuestra Córdoba juvenil aunque en tiempos diferentes: el instituto Séneca con don Rogelio "El Chino"; "El Bocadi"; la taberna del fifty-fifty; los paseos furtivos por la judería tras las nenas; la bajada desde las Tendillas al Séneca por la calle Céspedes, el seminario y la travesía de san Basilio; los sótanos del hospital provincial y luego la flamante facultad de medicina; las clases imperecederas de don Pedro Montilla y su flequillo beodo, de don Pedro Sánchez Guijo y, por encima de todas, las de don Carlos Castilla del Pino, su verdadero ídolo. Hizo medicina, quiso ser médico de familia, de aquéllos que iban a las casas de los enfermos con su cartera recolgada, pero su destino eran los piños. Un cuñado lo convenció para matricularse en odontología y se hizo dentista. Y se forró en aquellos tiempos. Diego es natural de Espejo donde ha heredado de su padre una tierra fértil de olivos y de pistachos, mira tú qué cosa. Debe andar sobrado y trabaja solo tres días en semana. Los lunes se los coge para su campo, y los viernes para su cuerpo serrano. Hace bien.

Joaquín es un maestro jubilado que va a cumplir pronto setenta y uno. Pero parece un chaval. Es enjuto y pequeño. Dos cuartas más y parecería enteramente don Quijote. De hecho, posee la mística y la fantasía del hidalgo manchego. Es muy gracioso. Y muy rutinario. Se levanta antes de que claree el día, a las cinco de la mañana; a las seis, ya está andando por la sierra. Se cronometra los pasos y los kilómetros con uno de esos modernos artefactos, una pulsera electrónica. "Hoy ya llevo 11 kilómetros" -me dice a las doce del medio día. "Pero chiquillo ¿por qué te mueves tanto, dónde vas tan temprano si tienes todo el día por delante?" Y me contesta con solemnidad: "Mira joven, a mi edad un viejo que se quede sentado en su casa media hora más de la cuenta, ya huele a muerto". Nunca ha ingresado en un hospital, no toma ninguna medicina, come de todo -"lo que más me gusta de los bares son los calamares fritos, me gusta entrar en mi casa oliendo a calamares fritos"-, desde luego no fuma y muy ufanamente se considera un picha brava. "Aunque he de reconocer que últimamente solo puedo usarla con fines domésticos -se pone el tío-, ya no da para otras faenillas". ¡Cojones con Joaquín! Lo que más le ha impresionado de mí, de lo poco que conoce mío a través de las lecturas del libro y del blog, es la apología que hago de mi pasado seminarista, de mis maestros y amigos, que no solo no reniegue de mi pasado, sino que lo ensalce de esa manera. "Joaquín, ¿cuándo vamos a quedar con nuestras mujeres?" -le pregunto. "Tranquilidad, muchacho. Primero nosotros. Las mujeres tienen otro bioritmo". Ayer recibí un wassapt suyo anunciándome que se va unos día al monasterio de El Parral, en Segovia, a convivir con cuatro o cinco jerónimos que quedan. Un místico, ya os digo.

Y ya en confianza, Diego nos cuenta una anécdota reciente en su clínica dental. Resulta que tiene un paciente con una enfermedad neurológica muy avanzada, tanto que lo imposibilita ya hasta para caminar. Que no responde a los fármacos y que hace poco lo han operado en el "Carlos Haya" de Málaga como último recurso. Le han colocado unos electrodos, unos neuro estimuladores dentro del cerebro, en una zona denominada "Sustancia Nigra". Y ha mejorado una barbaridad. ¡Lo que hacemos los artistas! Bueno, pues entra este hombre todo ufano en la consulta de Diego para una revisión bucal y le cuenta los pormenores de la operación. La cirugía de cerebro se hace con el paciente despierto y alerta. El cerebro no posee receptores sensitivos y, por tanto, no duele. Además, el cirujano necesita tener al paciente despierto para que éste le indique qué sensaciones o qué dificultades va notando.

-Me operaron dos chicas jóvenes, guapísimas, Diego. No veas cómo estaban...
-Anda hombre, estarías tú como para fijarte en eso...
-Como te lo digo. Estaba la mar de tranquilo. A lo mejor me pusieron algo. No lo sé. Mira, mientras me trasteaban por dentro yo veía mis sesos por un monitor enfrente mío. Y la cirujana cada ratito: "¿Manolo, cómo va?" Y yo: "Bien, bien, por mí sigan hurgando por ahí." Y ya a lo último, mucho más animado, va y le digo, "Doctora, escarbe usted un poquito más, a ver si consigue dar con el núcleo de la erección y me pone ahí un par de electrodos de esos". Mira, Diego, las pobres doctoras por poco si se asfixian al no poder reírse tanto por mor de sus mascarillas. Qué pechá de reír se dieron todos en el quirófano... Y la doctora más jovencita, la ayudante, va y me dice: "Manolo, si diéramos con ese núcleo nos hacíamos de oro".
-¡Qué cosas se te ocurren, y en un momento tan delicado, tío!
-Es verdad, pero es que los tíos somos todos unos salíos en esto del sexo, ¿o no es así?


Estoy con Manolo. El sexo es la vida. Y ya se sabe, el asunto de la jodienda...




miércoles, 11 de abril de 2018

Rectificación

De sabios es rectificar. Eso dicen. Yo creo que no es necesario ser sabio para eso sino simplemente decente.

Va y resulta que nada más publicar mi último artículo, el de hace dos días, sobre cómo era mi padre, me envía un wassapt mi sobrino Juan en su habitual tono cachondo para advertirme que la anécdota de su abuelo con Diego el dentista no debe ser atribuida a  mi padre sino a su otro abuelo, Manuel Cabeo. ¡La hemos liado! Me cachis en la mar. Desde luego que no ha habido por mi parte intención alguna de ensalzar a mi padre en detrimento del bueno de Cabeo, eso está fuera de toda duda. Simplemente que Diego me lo contó tal como yo os lo he referido y creyendo él también que Manuel Cabeo sería mi padre, porque no se acordaba del nombre, claro. Bueno, todos los males sean esos. No pasa nada. Es lo que tiene a veces la transmisión oral, que se pueden tergiversar sin malicia hechos y personas.

La verdad es que ahora que ya lo sabe uno, se me hacía difícil pensar que mi padre se dejase engatusar para ir al dentista.

Lo demás, lo de las multas, los pequeños siniestros y los pitos de los otros conductores, es todo suyo, ahí no hay tu tía.

De manera que al César lo del César. Sus dos abuelos, ambos ya fallecidos, se han desvivido de una manera muy parecida por ver colocado a mi sobrino Juan. Porfiaban en misas y plegarias convencidos de que la estabilidad laboral del nieto vendría de la mano divina. Pero, llegado el momento, Manuel no pudo desperdiciar la ocasión de agarrarse a la mano humana. Con mucho mérito además dado su carácter mucho más tímido e introvertido que mi padre. Bravo por Manuel Cabeo. Por un nieto, lo que haga falta.

martes, 10 de abril de 2018

Abuelos de antes

En el trayecto desde La Capilla a Antequera, y desde luego ya dentro de la ciudad, son célebres entre nosotros las variadas barrabasadas que mi padre desencadenó al volante. Es lo que tiene conceder el carnet de conducir a gente mayor. Mi madre, mi hermana Josefa y yo -los demás eran muy pequeños- no lo aprobábamos, pero ¡bonito era mi padre!... "Pues mi primo Blas es de mi edad y lleva su coche... ¡Y poco ancho que va!"...  En fin, tuvo también la suerte de que su amigo Manuel Pedrosa fuera guardia civil en el cuartel de Antequera y le facilitara las cosas, que si no... Fuera de lo que es el campo y sus laboreos, mi padre era un desastre; como yo , más o menos, para qué vamos a decir otra cosa. En el cielo estarán ajustando cuentas ambos, Manuel y mi padre, sobre la cantidad de multas que ese guardia civil tuvo que desactivar desde su despacho. "Pero, coño Juanillo, cómo te las arreglas, que me pones en evidencia delante del capitán"...

Mi madre, la pobre, le temía venir a Antequera con él. "Con lo tranquilita que voy yo en la Empresa -se quejaba-, y no que tengo que ir con este basturrón que va siempre distraído y chiflando". Se metía por direcciones prohibidas, a contra mano, aparcaba donde le venía bien, le hacía el caballito a aquel viejo cuatro latas cada dos por tres, se le calaba en mitad la calle... Y la gente, claro, le pitaba. "Niño, por qué te pita tanto la gente" -le preguntaba mi madre. "Ah, nada, mujer, eso es que me conocen y me saludan". Y se quedaba tan pancho.

Eran otros tiempos, también es verdad.

Y ahora, hace un mes, a título póstumo, me entero de una de sus últimas anécdotas vividas aquí, en Antequera.

Acaban de extraerme una muela picada. Ha sido todo muy rápido, pese a mi miedo ancestral apenas si me he enterado. Fernando, el odontólogo, me distrae un ratito hasta asegurar la hemostasia. Y hace venir a otro compañero.
-Mira Diego -le dice al otro-, mira a Juan Rivera cuando se haga mayor -por lo visto, me encuentran mucho parecido con mi sobrino Juan, que ha trabajado de odontólogo con ellos.
-Vaya que sí -se pone Diego- es clavadito.
Y va Diego y me cuenta una historia de mi padre que yo no conocía.
Resulta que hace ya unos dos o tres años, estando ya mi sobrino Juan con un contrato temporal de dentista en esa clínica, llevó a mi padre a que le tomaran medidas de la boca para intentar por enésima vez encasquetarle una dentadura postiza, que es que no había forma. "A ver si con Juan allí consiente". Bueno, pues mi sobrino le presenta a Diego, que va  a ser el encargado del trabajito. Mi padre, muy dócil ante las indicaciones del dentista, permanece casi todo el rato callado y solícito; él sabe muy bien cuándo hay que guardar las formas y cuándo no. Con su nieto allí, buscándose las habichuelas, no podía dar la nota. Entra por todas. "Juan, abra usted la boca, Juan póngase de este lado, Juan, saque la lengua, Juan"... A todo que sí. En otras ocasiones, a la segunda molestia se había largado. Una vez Diego hubo terminado las medidas, mientras realizaba los cálculos oportunos, lo agarra mi padre por el brazo -mi padre no coge las cosas, las agarra- lo hace agacharse hacia sí, y como en secreto le susurra: "Hombre, haga usted el favor, quédense con mi nieto, que es mu formal. Aunque solo sea por la comida". Diego, que es hombre sencillo y también de campo, hace años que no ha escuchado una expresión parecida, tan auténtica, tan antigua, tan genuina, tan nuestra. Y se jartó de reír. Pero también se emocionó -me confiesa ahora- ante la única preocupación que llevó a este anciano a la clínica, que no fue, desde luego, para ponerse piños artificiales, sino para intentar buscarle trabajo a su nieto.

Cuanto más lo recuerdo, más me emociono, más siento el privilegio de haber gozado de un padre como éste nuestro. Un hombre único. Que el Señor lo tenga en su gloria.

jueves, 5 de abril de 2018

La fonda



Fraski y un servidor teníamos nuestras dudas sobre si entrar o no en la Cueva de Ardales por una supuesta claustrofobia que entre ambos nos habíamos auto contagiado. El magisterio de nuestro amigo Sebas sobre estos temas nos había convencido a entrar: se trata de una cueva única en España, donde se encuentran las pinturas rupestres más antiguas, datadas de la época del homo Antecesor y de Neardhental. El guía nos animaba también asegurándonos la altura y grandiosidad de la cueva que no dan pie a la claustrofobia. Yo iba con mi miedo, no os mentiré, pero, en fin, ya me había decidido. No quería ni pensar en la última cueva que visité, la de Sorbas, en Almería, en la que había que reptar por algunos tramos, y en la que sufrí un ataque de pánico que obligó a todo el mundo a retroceder para que yo pudiera escapar. Mis cosas. El guía fue, sin querer, nuestra salvación. En el centro de interpretación nos conminó a que pasásemos todos por el baño toda vez que la visita dura dos horas y dentro de la cueva no se puede soltar aguas, ni menores ni, mucho menos, mayores. Fraski enseguida adujo que él toma un diurético para su tensión y que por las mañanas orina cada media hora, de manera que vio el cielo abierto. Y yo no desaproveché un tren que pasaba tan cerca: "Yo me quedo contigo, no vas a estar dos horas solo por estos mundos". 

Mientras nuestros amigos y la Peque se unieron a unos navarricos para adentrarse en la famosa cueva, Fraski y yo decidimos en buena hora ir a visitar el vecino pueblo de Carratraca. Este precioso pueblo alberga un hotel de lujo con unas termas de aguas sulfurosas de singular fama y tradición, y tiene unos limoneros en las aceras que, en vez de limones, dan naranjas. En serio. Paseando por una de sus calles más altas, en busca de un sendero para caminar por el campo, dimos con un cartelito discreto y perjudicado por la edad que ponía "fonda casa Pepa". Sentí curiosidad y quise entrar. "Vamos a entrar, Fraski". Y entramos. Y quedamos prendados. Es una casa grande y antigua, con suelo irregular y tosco por culpa de las lozas de barro. En la planta baja se distribuyen varias estancias de distintos tamaños convertidas en comedores, pero con sus paredes adornadas de santos, de fotos familiares y alacenas, como si estuviésemos de niños en la casa de nuestra abuela; no me gustaron, sin embargo, una tele moderna, de esas planas, que claramente no tiene cabida en ese ambiente, ni el reclamo de fotos de famosos que han comido allí. "Esto le encanta a mi Peque -le dije a Fraski-. Aquí reservamos".

Aunque de nuestra misma edad, Fraski es un tío mucho más moderno que yo. Quizás por deformación profesional no ha tenido otra que el aprendizaje "forzoso" de toda la armamentística informática juvenil, y, así, domina el móvil como un jovenzuelo (menos el teclado, claro está, con esos dedos tan porrudos), todo lo consulta a su teléfono, cuántos habitantes tiene Pizarra, qué distancia hasta Málaga, qué tal la carretera hasta el Valle de Abdalajís, qué valoración posee la fonda de Pepa, donde vamos a reservar una vez vea las puntuaciones, si lloverá o no en Priego pasado mañana... Me hace gracia y a la vez me admiro de cómo funcionamos hoy, del enorme adelanto de Internet, que es que en el campo médico yo hago lo mismo, preguntarle a la señorita, la tal Ciri, esa sabelotodo.

Con su móvil, Fraski ya le ha dado aviso a los demás de dónde comeremos hoy y les ha enviado la localización. Para mayor sorpresa, una vez que han llegado les hemos advertido de que vamos a comer en un restaurante de diseño, de ésos de comidas minimalistas. Las mujeres han dado el visto bueno, pero Sebas está que trina por dentro porque él es de comer.

Tenemos que remontarnos la Peque y yo a nuestros años mozos de Pozoblanco para rememorar la última vez que comimos en una fonda. La fonda Damián era un referente gastronómico de primer orden en todo el Valle de los Pedroches. Recuerdo que era regentada por dos venerables ancianos, creo que hermanos mocitos viejos, y era enteramente una casa antigua de pueblo cuya intimidad invadíamos discretamente los comensales. Lo más característico de la misma era que el menú lo constituían no dos, sino tres platos, y que uno de los hermanos vigilaba las mesas para que nadie dejase ningún plato a medias: te obligaba a apurarlo todo, no te servían un plato hasta no haber rebañado el anterior. Nos resultaba extrañamente gracioso, pero nosotros cumplíamos la norma. Con treinta años, uno arrasa con todo. Mis amigos el "Pintor" y el "Laín", y mis compañeros que a la sazón poníamos en marcha el hospital de Pozoblanco, pueden dar fe de lo que digo. Comíamos allí, en familia, casi a diario.

El evento fue apoteósico. Las mujeres alucinaron cuando se percataron del engaño y vieron el "antro" donde las metimos. Un día de entre semana, un miércoles cualquiera, y todas las salas estaban atiborradas de turistas deseosos y expectantes de probar nuestras comidas de siempre. Y nosotros, también. "Peque, no te impacientes, ya nos tocará". No hay carta ni menú del día. Tú vas allí a lo que te pongan. No hay aperitivos. De pronto, aparece una señorita de culo respingón y mallas apretujás y te coloca una sopera de cocido de coles, uhmmm, sabores de antes que nuestro paladar ya había olvidado, qué cosa más rica, con su pringá y todo; enseguida, otra sopera con gazpachuelo de huevo, aquel guiso de tantas reminiscencias infantiles, el único que me gustaba de niño en la casa de mi abuela; pero es que a continuación, otra sopera, ésta de lentejas. Ya no pudimos con ellas. "Señorita, imposible". Y ahora vienen los segundos: un plato con seis huevos fritos y chorizitos; otro plato de carne de ternera con tomate, y otro postrero de albóndigas en salsa con patatas fritas. A ver quién tiene cojones. Pues dimos cuenta de casi todo. Casi. ¡Qué satisfacción comer en una casa!, nada que ver con la frialdad de un restaurante; un entorno tan agradable y cálido, los adornos y las fotos de las paredes, los ventanales dando al patio central donde crecen a su amor  lirios, gitanillas y aspidistras...


Yo tenía las fondas por extinguidas, reliquias de algo que se nos fue con las sucesivas modernidades. Normalmente no te aparecen fondas en las búsquedas de Airbnb, Booking o Trip Advisor. Pues parece que no, que aún perviven algunas escondidas como arcanos tesoros en algunos de nuestros pueblos profundos. Ayer mismo nos topamos con una fonda. De pura chiripa. Y bien que supimos aprovecharla.

Ea, sed buenos.



lunes, 2 de abril de 2018

La rumana y el pollo

Tengo fichados a tres pedigüeños que se apostan diariamente y a jornada completa en determinados sitios estratégicos de la calle Infante don Fernando -vulgo calle Estepa-. Y yo, casi religiosamente y de manera rotatoria, les abono mi diezmo, un euro. Ya nos conocemos, claro está. Los tengo fichados, me ufano ante la Peque. Ellos son quienes te tienen fichado a ti, so inocente, me responde enseguida. Mujeres.

Son dos hombre y una mujer. Ellos son muy correctos y discretos, nunca piden de manera llamativa, simplemente están sentados frente a su platillo, uno le echa la moneda y ellos te devuelven un "gracias señor" y ya está. Pero ella, la mujer, es mucho más tentona. Desde diez metros antes de que uno llegue a su puesto ya está componiendo los gestos lastimeros e inventando el pretexto oportuno: "Deme algo, por favor, para las medicinas de mi nieto", por ejemplo.

Me hace gracia, qué queréis que os diga, me cae bien esta mujer añosa y agitanada. Acostumbrada a su euro cada tres días, según tocas, si en alguna ocasión le entrego calderilla -la pettite monnaie de los franceses- me afea la conducta meneando negativamente la cabeza delante mía mesma, como diciendo "esto no es lo acordado". 

Un día se sintió descubierta, creo yo. Paseando mi perrita por una de las calles señeras de Antequera, nos salió al paso otra perrita muy ladradora y perfectamente acicalada que venía suelta. Mientras yo tranquilizaba a la mía nos abordó por la espalda una mujer andrajosa que venía a por su perrita. "Qué susto, creía que se me escapaba -se me disculpa-, es que es la perrita de mi nieta". Al levantarse de recogerla me quedo mirándola y era mi pedigüeña, mi rumana de la calle Estepa. "¡Anda, pero si es usted!" -le dije sorprendido. Y ella, más sorprendida aún: "Ah, mire qué casualidad"... Y sin dejar de sonreírme se alejó hacia su casa, una casa de cierto postín. Y supuse que ella y su hija serían del servicio doméstico y vivirían allí, claro.

Últimamente parece haber cambiado de estrategia. Seguramente "despedida" por el dueño de la pastelería en cuya puerta se apoltronaba, ahora me la encuentro sentada a la salida del Mercadona que frecuento. Y ya no me pide dinero, o sí, pero sobre todo, comida. "Señor, cuando usted salga, a ver si me puede comprar una cajita de fresas... Para mis nietos, los pobres"... Y allí que salgo yo muy solícito y le entrego las fresas. A ver... Lo de hoy ha sido muy gracioso. "Señor, qué buena persona es usted, me haría falta un pollo". "¿Un pollo?" -le respondo casi mosqueado. "Sí, por favor, un pollo entero, que es que a mis nietecitos les gusta mucho, y no podemos". Ea, pues ahí está, un pollo entero, cinco euros del tirón. Joer con la vieja, me digo. Y cuando se lo estoy entregando en la misma puerta de la calle se me ocurre... Bueno, estas cosas que solo me pasan a mí. Se me ocurre preguntarle que por qué un pollo entero, si no sería mejor bandejas de piezas de pollo ya despellejadas y más fáciles luego para cocinarlas que no tener que andar desollando y cortando huesos... En fin, uno por ayudar. Y va y se pone la señora: "Pues es verdad, mañana me compra usted  bandejas de esas". La madre que la parió. 

La Peque ya me ha sentenciado: "Esa mujer te tiene cogido el pan bajo el brazo. Ya no vas más al Mercadona".

viernes, 30 de marzo de 2018

Ver para creer

La gente suele contar historias y anécdotas hospitalarias que nos parecen inverosímiles, pero resulta que son verdad, que la realidad vuelve a superar la ficción. Doy fe de ello. Porque esto que os cuento realmente parece increíble viniendo de mí. O a lo mejor es al revés, es creíble viniendo de mí.

Y es que uno, por muy curtido que esté en estas lides, va nervioso y pelín asustado. ¡Mira que habré visto yo a cientos de personas haciéndose una colonoscopia!... Pues, así y todo, ahora me toca a mí y voy cagándome vivo (literalmente).

-Señorita, necesito ir al servicio -imploro a la enfermera, una chavalita estirada y tiposa a quien no le pega su trato algo distante.
-Sí, sí, es lo habitual; ahora le indico -y me devuelve un esbozo de sonrisa. Mientras camino por detrás suya mi ojo perito no pierde detalle de la latitud y el penduleo de su bonito trasero. Hay cosas que ni el miedo puede aplacar.

Me introduce en un pequeño habitáculo donde hay un wáter, un lavabo, un banco de madera y un perchero. Apenas cabemos los dos juntos. Me entrega una bolsa grande y me da las instrucciones precisas: que dentro de la bolsa va una bata, que me desnude por completo, excepto los calcetines -menos mal, mis uñas no son presentables en sociedad, me temo-, que me ponga la bata, y que meta toda mi ropa y mis zapatos dentro de la bolsa. Y que le avise cuando esté preparado.

Me tomo mi tiempo. Mientras expulso las postreras mucosidades anales, más que nada fatuas ventosidades -mi colon debe de estar escamondado de tanto purgante-, voy pensando en la relativa "comodidad" de hacerse uno cualquier exploración médica en los sitios que uno conoce y donde es conocido y tratado con otro talante. Me hallo en el hospital de Marbella, donde soy uno más, un perfecto desconocido. Lo que van a hacerme es la extirpación de un pólipo plano, una mucosectomía se llama en términos médicos. En Valme no se hace esta técnica. Mi digestóloga de Antequera me ha recomendado Marbella. Y aquí estamos. La Peque y yo.


La Peque se ha quedado fuera, en una salita de estar. En Valme, seguro que me hubiera podido acompañar en todo momento. Ahora, en este instante, la echo de menos. Saco el contenido de la bolsa grande: una bata color verde quirófano, de ésas que te cubren por delante y te dejan el culo al aire; y dos gorritos, ¿para qué dos -me pregunto. Me desnudo, menos los calcetines, y meto todo dentro de la bolsa. Me coloco la bata procurando que me tape por detrás lo más posible, y me toqueteo la pichurra para que no se me arrugue más de la cuenta. Y ahora me cubro la cabeza con uno de los gorritos. No hay espejo, me gustaría ver mi propio esperpento. Entonces llaman a la puerta y es la enfermera. "Ea, ya estoy" -le digo envalentonado. Y ella, ante mi asombro, se echa la mano a la boca para apagar un poco el gritito de risa que se le escapa sin remedio. "¿Qué pasa?" -pregunto avergonzado pensando que ya he metido la pata. "Hombre de Dios, lo que se ha puesto de gorrito es un patuco para los pies, ¿no ha visto que vienen dos?" Nos reímos juntos, me metí para dentro y volví ya a salir hecho un pincel.

Os ruego discreción porque esto que os cuento no lo sabe ni siquiera la Peque. Porque parece mentira que le pasen estas cosas a un médico tan experimentado.