martes, 21 de mayo de 2019

Lo bonito del fútbol

Contrariamente a lo que van a pensar mis hermanos y mis amigos cuando se enteren de esta nueva temeridad mía, me encuentro completamente relajado. De estas veces en que uno parece estar en paz consigo mismo y con el mundo. Contento de la decisión tomada.

El estadio está... inconmensurable. Desde todo lo alto de la tribuna mi visión panorámica domina el ámbito entero. Resulta imponente la gran mole de bancales, hierros y cemento: el Bernabéu llenándose de gente. Por un precio módico estoy en el gallinero pero nada se me escapa. Falta aún media hora para el comienzo del partido, y me distraigo con el tropel humano que bulle por los pasillos en busca de sus asientos; examinando con mirada perita al personal de seguridad, todos gente guapa, gente nueva, ellos y ellas; mirando con veneración el sagrado rectángulo de juego acariciado apenas por el sol dubitativo de esta mañana incierta, y mimado por los operarios que van aplastando con sus aperos cualquier zona levantisca; admirando los arcos de agua en cortina que refrescan el césped y me recuerdan mis tiempos de maíz y remolacha en La Capilla... Poco a poco las figurillas lejanas de colores variados en los graderíos van rellenando los huecos, el aforo se completa y el estadio se convierte, ahora sí, en un palpitar de humanidad expectante. ¡Qué cosa más extraña y más grande es esto del fútbol!

Y, sin embargo, cada vez me atrae menos el fútbol. El de la tele. Hace años que no veo ningún partido. Los del Madrid, por miedo a mis nervios excesivos y a mi arritmia; los otros, por puro aburrimiento. Con todos los respetos para esos equipos y sus aficiones, ya me diréis qué emoción puede sentir uno viendo en la tele un Getafe-Alavés, pongo por caso. También puede ser que la edad haya apagado el ardor futbolero de antaño, como lo hace con otros ardores y afanes. Pero el fútbol en directo, a pie de césped, o doscientos metros más arriba, es otra cosa.

El caso es que me encuentro en Madrid este día de autos. Volvemos de un viaje a Croacia la Peque, Elena, "el Pintor", Victoria y un servidor. Nuestro AVE no sale para Córdoba hasta las cinco de la tarde. Y me entero, de oídas, que el Madrid, mi Madrid, juega a las doce contra el Betis güeno. Son las diez de la mañana. Las mujeres quieren irse por ahí de museos y tiendas; el Pintor, a lo suyo, a la cuesta de Moyano a olisquear libros. "Peque, pos yo me voy al fútbol" -me arranco con inesperada valentía. "¿A ver al Madrid? -me mira con asombro-. Allá tú, con tu taquicardia". La ocasión es pintiparada. Si no la aprovecho, luego me lo reprocharía. ¡Palante! ¡Con dos cojones!

Hay cola en las taquillas. Y fijaros que se trata de un partido del todo intrascendente, en el que ninguno de los dos equipos se juega nada. Pero el Bernabéu se llena siempre, y, además, es el último partido de esta puñetera y malhadada liga. La calle, aún tomada por los coches de la policía, es todo una fiesta: gente deambulando de aquí para allá, bufandas blancas y azules, gorros y camisetas verdiblancas, voces, cánticos, tenderetes ambulantes de fetiches futboleros, revendedores infiltrados y molestosos en las filas de la cola... ¡Qué cosa más extraña y más grande esto del fútbol!!!

"Suba usted por estas escaleras hasta todo lo alto, hasta que ya no pueda más" -me indica amable una chica ataviada con uniforme amarillo. Y subo, y subo, y subo... Voy dejando atrás a otras personas de mi edad, o aún mayores que yo, que precisan de un descanso para retomar el resuello. Yo no. De un tirón me planto en el techo del estadio y encuentro sin problemas mi localidad. Uno es de pueblo, pero también es estudiado. Saco el móvil y me hago un selfie de esos, más que nada para que mis hermanos y sobrinos se crean de verdad que estoy aquí. Y llamo a Jaime para lo mismo. Enseguida se me acerca una joven chinita ofreciéndose a hacerme ella una foto de frente, como Dios manda. Detrás mía, en la última fila de asientos, un grupo de muchachos se desgañita gritando los nombres de los futbolistas según aparecen sus fotos en la pantalla de enfrente. A mi izquierda, una pareja de novios acaramelados, de esas que van al fútbol a darse el lote como antiguamente iban al cine con el mismo propósito. Pero ahora, sin esconderse, a plena luz del día. A mi derecha, un hombre joven vestido de diario, y su hijo, un chaval de unos diez años. Serios y callados ambos, como concentrándose.

El partido, la verdad, fue lo de menos. El Madrid se ha transformado en un equipo irreconocible. Todo apatía y abulia. Todo juego horizontal o para atrás, sin chispa ninguna, sin ningún detalle de la calidad que se le supone a esta gente; ni un pase en profundidad. El primer disparo a puerta del Madrid se produjo a los 22 minutos de juego. Y fue fuera. Poco después, un balón suelto que se le queda en los pies a Benzemá, solo ante el portero, va y la tira al palo. Pero el público aplaudía todo, una afición entregada a su equipo, a un equipo que no se la merece ni de lejos. Esta afición, por lo que pude ver, está muy por encima de sus futbolistas. La gente solo empezó a silbar y a protestar después del segundo gol del Betis, cuando la cosa era ya bochornosa.

Y el hombre joven y su hijo me dan lástima. En otro tiempo, yo hubiera cogido un cabreo de narices ante un partido así. Ahora, casi me da lo mismo. Sigo siendo madridista, eso es algo indeleble, una especie de marca incrustada en el paleoencéfalo, pero ya sin pasión ante esta panda de mercenarios desvergonzados. Pero este hombre y su hijo se han pasado todo el tiempo serios, sin hablarse ni siquiera entre ellos, mordiéndose las uñas, encogidos sus estómagos que no han probado ni el bocadillo del descanso, sufriendo lo indecible. Y me los imagino de vuelta a casa en el metro igual de tristes, lo mismo de callados. 

Mientras, los futbolistas del banquillo fueron captados por las cámaras riéndose tras el segundo gol del Betis, y todos ellos muy probablemente se fueron luego a almorzar tan ricamente al asador donostiarra, que aquí no ha pasado nada. Que esto es solo fútbol y nosotros nos lo llevamos calentito.

Lo bonito del fútbol hoy sigue siendo la afición entregada. Lo demás, negocio y mercantileo. Un asco.





viernes, 29 de marzo de 2019

El Aquagym

Mirad que estoy contento del oficio que en su día me escogió, y satisfecho del desarrollo vocacional que he hecho del mismo. Lo sabéis. Bueno, pues aún así, ha habido un tiempo en el que he sentido que mi verdadera vocación frustrada era la de pastelero. Soy así de goloso. Pero no pastelero de trabajar en la cocina y en el horno, se requiere para ello una pulcritud y minuciosidad de las que carezco; tampoco pastelero de mostrador -con lo poco mañoso que soy estropearía el género al colocarlo con tan poca delicadeza en las bandejas-, no. Lo mío sería  de probador, de catador. Antes de exhibirse pinturero en las vitrinas de la pastelería, cualquier dulse debería haber pasado el exigente filtro de mi gusto, perito en paladares. ¡Uuuhhhmmm! Me pone solo el pensarlo.

Así ha sido hasta que hace unos días, desde que frecuento la piscina cubierta, he observado que no, que estaba equivocado: ahora resulta que mi verdadera pasión oculta es la de ser...: ¡¡monitor de Aquagym para chicas!!! ¡Joder, qué chollo!!

En nuestros tiempos no había estas modernuras, no hemos podido decirles a nuestros padres que queríamos ser entrenadores personales o monitores de Aquagym o gestores de Bolsa. Yo aprendí a nadar en el río de mi pueblo con mi amigo Agundo, y más tarde perfeccioné mi estilo en la piscina del seminario hasta donde me permitió mi pobre coordinación motora. Y cuando llegaron las piscinas a nuestros pueblos con la primera modernidad andaluza solo sabíamos tirarnos de cabeza, bracear, hacer el muerto... Y el ganso. Ni idea de monitores. Llegados a este punto, no puedo ignorar aquel tan sabio consejo que les daba el padre de Jaime a todos sus hijos a la hora de escoger profesión. Les decía: "Hijos míos, podéis hacer lo que a cada uno de vosotros más le apetezca, aquéllo para lo que sintáis verdadera vocación... Menos dos cosas". Los chiquillos, que eran siete u ocho chaveas -el hombre era cursillista-, se quedaban atentos y expectantes, a ver qué serían esas dos cosas prohibidas-. "No seáis nunca ni picador de toros ni linier de fútbol" -les sentenciaba. Y luego lo aclaraba: "Porque en esas profesiones dejarían en muy mal lugar a vuestra madre".

A lo que íbamos: Yo me quedo medio embobado en el borde de mi calle mirando las mudanzas y gimnasias de las chicas que hacen Aquagym, con el monitor al mando. Termino la calle exhausto, y con el pretexto de tomar un respiro, o dos, apoyo mis brazos sobre el borde y echo en ellos mi barbilla... Y a mirar. Si viniera mi mujer me lo reconvendría muy ásperamente: "Joer, Sema, que se te nota un montón; disimula, hijo". Pero como la Peque es hidrófoba y le teme al agua como gato escaldado, pues, tanto mejor. Yo solito sin nadie que me riña del disfrute de semejante espectáculo. Si las doce es la mejor hora porque hay menos gente, esta de las diez es la ideal para ver la algarabía del gineceo en el agua. Lo más atractivo, desde luego, es el calentamiento. Entiéndaseme: los ejercicios estrambóticos que realizan las gachises fuera de la piscina para ir cogiendo forma y soltura. Se ponen en fila enfrente mío. Ahora arrancan a saltar y a levantar alternativamente una pierna y la otra, como las chicas del Cancán. De pronto, a la orden del monitor se dan la vuelta y me echan el trasero. Y se ponen a hacer flexiones. Y el tío suertudo -me refiero al monitor-, por detrás de ellas, como haciendo que vigila las posturas, pero en realidad, bicheando... ¡Qué buen oficio, coño! ¡Qué envidia! Y uno creyendo que cuidar y atender con cariño a los enfermos era lo mejor del mundo... ¡Qué tarde me ha pillado todo esto! ¡Cuánta lozanía y yo tan viejo!... -se lamentaba con una prosodia más zafia el padre de un amigo en los primeros años del destape. Pues lo mismo.

En fin... No se enojen las mujeres porque mi mensaje parezca machista. Es posible que lo sea, pero los hombres normales de mi edad (abstenerse dementes, psicópatas y degenerados) somos unos viejos verdes. Hemos sido criados y educados en la cultura del sexo reprimido. Todos hemos sido protagonistas sin saberlo de "Edad prohibida", aquel famoso libro de juventud de Torcuato Luca de Tena. Cuando podíamos no nos dejaban el régimen ni el catecismo. Y ahora que nadie nos pone trabas no podemos. Y el deseo sexual, el más vitalista y regenerador de todos los deseos humanos, se nos escapa por los ojos y por la boca. Es verdad. Pero no es menos cierto el profundo y sentido sentimiento de cariño y de respeto que dispensamos hacia las mujeres. Ahora hablaré en primera persona del singular: la mujer es la persona que no solo da la vida, sino que da también sentido a la misma. "Solamente por ver a estos primores -decía hoy un viejo en el vestuario- vale la pena el euro que nos cuesta la entrada". Pues eso. En ocasiones, paseando por la calle fantaseo con que no hubiera mujeres en el mundo, que todas las personas con las que me cruzo o saludo fuesen hombres. ¡Qué aburrimiento! ¡Qué sinrazón! ¡Qué tristeza más grande! Todas las mujeres que son o han sido parte de mi vida son o han sido personas sencillamente ejemplares y maravillosas: desde mi abuela, mi madre o mis hermanas hasta la Peque o mi hija; desde mis amigas -tantas y tan buenas- hasta mis residentas y mis estudiantas .

Un beso muy fuerte para todas.

martes, 26 de marzo de 2019

Otra de piscina

He cogido con ganas esta rutinilla de la piscina, es verdad. Cuando me da por algo me pongo hasta maniático. Bueno, no importa; ya llegará el día en que me canse. Mientras dure...

Ya tengo comprobado que la mejor hora es entre las doce y la una del mediodía; es cuando menos gente hay. Además, termino sobre las dos, y llego a casa que lo devoro .
Hoy he ido a la una y cinco. El panorama no puede ser mejor: cuatro personas para siete calles. Una chica y tres hombres mayores. Naturalmente, escojo una de las calles vacías con el rótulo informativo de "Calle Lenta". Estupendo.

El caso es que empiezo a nadar y noto cierta incomodidad. Es como si me costara avanzar. Ya se sabe que voy por la calle lenta, y que uno no es Mark Spit (joer, qué antiguo), pero es que braceo como cuando sueñas que no sales del mismo sitio por mucho esfuerzo que hagas. Me pongo de pie, y me doy cuenta de que es porque me he puesto el bañador al revés: lo de atrás, delante; y lo de delante, atrás. Y así, los bolsillos laterales se abren para adelante, se me llenan de agua y me frenan como alerones. 

Así no puedo seguir, a paso de tortuga. Pero me da mucha pereza tener que salir del agua, volver a los vestuarios y ponerme bien el bañador. Y entonces es cuando se me ocurre una de esas ideas mías geniales: como somos tan pocos, nadie se va a dar cuenta si me cambio el bañador dentro del agua. Dicho y hecho.

De todas formas, en consideración al decoro aguardo a que los tres vecinos y la chica del fondo empiecen a nadar hacia el otro extremo de sus calles respectivas. Y así, mientras van y vuelven, me sobra tiempo para mi maniobra impúdica. Para darme ánimo, se me viene a la memoria cuando la Peque en sus mejores días era capaz de cambiarse el tampax mientras conducía por Sevilla en los veinte segundos del semáforo en rojo. 

Vamos allá: con toda decisión me desembarazo del bañador y me quedo en pelota picada, protegido, eso sí, por la masa del agua. Agarro el bañador y le doy la vuelta. Los otros nadadores aún no han llegado a la punta de sus calles. Vamos bien. Colocada la prenda en mis manos en posición correcta, bajo el bañador para meter la primera pierna. Imposible. Contra pronóstico, al puñetero calzón la da por flotar y se me viene arriba, ¡coño, que no puedo bajarlo! Y cuando consigo bajarlo algo resulta que la rigidez de mi cadera no me permite doblarla lo suficiente para ensartar el pie por el pernil... Aparecen los primeros nervios. Miro para atrás, y los vecinos ya vienen de vuelta. "¡A que me pillan en pelotas!"... Se me ocurre ponerme a bucear para arrastrar el bañador hasta el fondo, pero entonces se me sale el culo flotando libre. "¿Será posible?"... A pesar del agobio, me da por reírme y me imagino que soy mister Bean en alguna de sus disparatadas anécdotas. Uno de los vecinos ya ha llegado, y se me queda mirando raro, como diciendo qué le pasará a este. Los demás van llegando también. Yo me quedo quieto, sin movimiento alguno, como silbando y mirando al techo. Y ellos vuelven a lo suyo; ¡menos mal! La chica está más alejada y no se ha dado cuenta. Lo intento de nuevo, ahora con la otra cadera, la protésica. Doy un pequeño saltito con la otra para apoyarme mejor... ¡Y lo consigo!!! ¡Ha entrado, ha entrado!! ¡Por fin! Con la pierna libre puedo arrastrar el dichoso bañador hacia abajo y calzar ya ambas piernas. ¡Joder, vaya ratito de susto! Hubo un momento en que llegué a pensar que tendría que salir desnudo de la piscina. Hasta imaginé el mejor escenario: me quedo remoloneando cerca del borde, haciendo como que buceo, o simplemente caminando y haciendo ejercicios de pie, hasta que todos se vayan, porque a estas horas no es previsible que ya entre nadie nuevo hasta por la tarde. Así, solo se reiría de mí el vigilante desde su cuartito.

Y luego, ya sereno de camino a mi casa me pregunto: ¿Solamente a mí y a cuatro como yo nos pasan estas cosas? En fin...


Los mocos

A pesar de lo bien que me encuentro, de lo joven que me conservo y de los piropos de que soy objeto -mi suegra se me quedaba mirando muy atenta y protestaba al mundo como contrariada: "Muchachos, ¡es que no tiene ni una sola arruga!..."-, he descubierto estos días en mi persona un signo más de envejecimiento. Contábamos ya con algunos otros: el parecerme a mi padre en las imprudencias, en los apetitos y en las cojetás; el emitir ruidos raros y silbantes en el sueño; bueno... y eso tan penoso de haber cambiado hueso por ternilla en el colgajo. Pues ahora, otro: los mocos. Tengo mocos perennes, como cuando era un chavea.

Será acaso eso que dicen que los viejos nos vamos pareciendo cada vez más a los niños, no lo sé. El caso es que tengo mocos. Todos los días. Siempre. Y no son mocos de resfriado ni de alergia, como no lo eran entonces. Simplemente mocos. Como el que tiene una verruga en la frente. Pues yo, mocos. Cierto que hay alguna diferencia con los mocos infantiles. No son los de ahora aquellos mocos húmedos y verdes, inagotables, saladitos y apetitosos, fuente gratuita de mucopolisacáridos y de proteínas -a falta de carne, mocos-; mocos aquéllos gloriosos en forma de velas que yo sorbía en lo alto del púlpito, dirigiendo el rosario, en los siete segundos del "Dios te salve María"... del turno de las beatas, y si me sobraban me los refregaba en las mangas del roquete. No. Mis mocos de viejo son mermelada de pera por las mañanas, y cortezas secas y duras por las tardes, ya sabéis, de esas que se apergaminan en las paredes de las narices; de esas que nos gusta a todos sacarnos a escondidas, examinarlas y hacer pelotillas con ellas, y tirarlas luego por la ventanilla del coche, o pegarlas debajo de la silla. ¿O soy yo el único guarro irredento que hace esas cosas? 

Al final, mi ardua investigación médica concluye que no; que mis mocos no son signo de vejez, o no solo eso. Es que tengo dos nietos chicos, y entre los tres, ellos dos y yo, nos los vamos intercambiando como antes cambiábamos tebeos o cromos entre los chaveas. Sí, eso debe ser.

Benditos mocos míos.

jueves, 21 de marzo de 2019

Una mañana de piropos

La verdad es que voy con cierta aprehensión. No me gusta ir a los sitios obligado por nada ni por nadie. Hasta ahora, vivo mi jubilación a mi libre albedrío, sin más obligaciones que mis visitas vespertinas a mi hija y mis nietos. Bueno... y los mandados de la Peque, la lista para el Mercadona. Y esta mañana me he propuesto una obligación nueva: ir a la piscina cubierta. Que sí, que reconozco que me viene muy bien para mejorar mi estado de forma, para enderezarme esta espalda mía tan encorvada, para aliviar mi rigidez de caderas... Que sí, que de acuerdo, pero que no me atrae, que no me tira, que siempre encuentro alguna excusa. Pues nada. Hoy es el día.

-Buenos días, señora -me dirijo atento a la mujer del mostrador.
-Buenos días. Usted dirá - me responde amable ella. 
Digamos que es una mujer de mediana edad, bien parecida, pequeña de talla, una cosa así como la Peque, pero más joven.
-Bueno... yo venía a por un bono de piscina, de esos que hay más baratos para personas mayores.
-Muy bien. Necesito el carnet de identidad de la persona que sea... su padre, su suegro... en fin, del que vaya a venir a bañarse.
Me quedo perplejo, porque no sé si es una broma o es de veras lo que estoy oyendo... Al fin, reacciono:
-Que no, mujer, ¡que es para mí!
La señora entonces levanta la vista por encima de sus gafillas, y se ruboriza riéndose:
-¿Para usted? Venga y no me vacile, hombre, ¿qué edad tiene usted?
-Pues sesenta y seis cumplidos. Aquí tiene usted mi carnet.
-¡Por Dios! No aparenta usted ni cincuenta.
-Pues muchas gracias. Uno que tiene una mujer que lo cuida muy bien.
Y nos reímos un momento. Y servidor más ancho que largo.

Entro en el vestuario y aquello parece un laberinto de taquillas, bancos para sentarse, duchas... en un suelo mojado y resbaladizo. En esto que se me acerca un hombre bastante mayor, enjuto y la mar de despabilado.
-Buenos días -me interpela-, parece usted nuevo por aquí ¿no?
-Pues sí, es mi primer día.
Y el hombre, todo solícito, me pasea por toda la dependencia, me explica el funcionamiento y el itinerario con todos los pormenores. "Tenga usted mucho cuidado, porque desde aquí donde estamos ahora, en estas taquillas, es zona común de hombres y mujeres, no vaya usted a desnudarse aquí".
-Muchas gracias, hombre, por tanta explicación. Ya nos veremos.
-Muy bien -se despide de mí con este piropo-: se agradece que venga gente joven por las mañanas, aquí somos todos unos carcamales.

El monitor de la piscina tiene conmigo la deferencia de ponerme en una calle para mí solito. "Ea, por ser el primer día". En las otras calles hay dos o tres personas. Al cabo de un rato, veo entrar en el recinto a dos gachises rollizas y bien apretás, de estas que parece que el bañador les rechina. Y yo, medio embobado haciendo tiempo en el borde de mi calle. Cuchichean algo entre ellas, se ríen juntas mientras se dan la ducha de rigor antes de entrar, y luego se dirigen a mi calle.
-Caballero -me dice una de ellas- ¿le importa a usted que compartamos la calle?
¡Joer!, yo me emocioné y todo. Seguramente han elegido mi calle porque es la menos concurrida, pero uno enseguida se imagina otra razón: "Claro, me ven el más cachas de to esta gente".
-¡Pues claro que no me importa! Al contrario, ¡encantado de la vida!


Pa que veáis, en una mañana, tres piropos. Y es que a los hombres no nos importa que nos piropeen.

jueves, 28 de febrero de 2019

Manuel, ¡qué calientes semos!...

Esto que os cuento hoy no es una fantochada ni una historia tergiversada para mi beneficio. Es el evangelio. Es, en suma, la verificación de algo ya conocido: cuanto más viejo, más caliente. Más verde.

Paseando a mis dos perritas -la mía propia y la de mi hija- por el parque, presiento que estos tres jóvenes con carpetas en sus manos me van a abordar para que me suscriba a una ONG muy de moda. Es un lugar común aquí y en cualquier ciudad. Chavales y chavalitas muy presentables acechan en los paseos a los jubiletas de aspecto bondadoso (como es mi caso) para llevarles al huerto. Recuerdo que, viviendo en Sevilla, había mañanas en que me planteaba seriamente no salir a la calle por el agobio moral ejercido por pedigüeños y activistas de oenegés diversas.

Me tranquilizo al comprobar en sus papeles que son gente de Acnur, organización a la que pertenezco desde hace años. Son dos chicos y una chica. Lógicamente, a mí se dirige la chica: una chavala muy linda, morena y menuda.

-Buenas tardes, caballero, ¿me concedería usted un minuto?
-Sí señorita; y hasta dos, si fuera menester -le contesto ya un poco zalamero.
-Muchas gracias. Verá, es que estamos aquí promocionando esta ONG. ¿Conoce usted Acnur?

Como ya sé de qué va la cosa, tengo la respuesta preparadísima. Pero que es verdad, eh. No lo digo para quitarme a la muchacha de encima.
- Mire, señorita: en mi casa, mi hija, mi mujer y yo somos de Acnur desde hace ya varios años. Nos hicimos socios en Sevilla. Y a las perritas no las he inscrito todavía porque no tienen las pobres conocimiento.
-¡Habéis oído? -reclama la joven a sus compañeros-. Mirad qué hombre más saleroso. ¡Toda su familia es de Acnur! 
Y se me queda mirando fijamente con una intensidad que me asusta. Y sigue:
-Le voy a comer toa... -y se queda dos segundos en suspense, y yo, con cara de lelo, anhelando un algo imposible- toa la cara entera se la voy a comer, por grasioso, ea.
-Bueno, guapa, venga, hasta luego - me despido con un poquito de vergüenza.

Y me alejo de ella cavilando cómo es esta gente nueva. De espontánea y natural. Como debe ser. Y no como yo, que enseguida me sale la vena de viejo verde, y me río por dentro pensando que qué desilusión: ¡comerme la cara!...¡Bah! La cara me la come todos los días mi nieto Daniel, y me la llena de mocos. Yo, en mi retorcido y lascivo pensamiento, me regodeo considerando la afortunada a otra parte mínima de mi cuerpo, otrora pepino de cabeza acharolada, y hoy bellota embebida en sebo. En fin, no me hagáis caso, cosas de viejo verde.

sábado, 23 de febrero de 2019

Una proposición disparatada

Bien sabe Dios lo a gusto que me encuentro en mi consolidada condición de jubilado, el mejor de los estados posibles si la salud acompaña. En contra de la opinión de algunos bienintencionados amigos y colegas que sostenían como un error mi jubilación anticipada, yo, sin embargo, presentía entonces lo que hoy es una realidad aplastante: sigo siendo una persona feliz. Eso es lo importante.

Pero..., en fin, cuando por otra parte me entero de una novedad tan sustanciosa como la que me contó anteayer mi amigo Paco Lozano, entonces... joer, entonces sí que echo de menos mi consulta de Valme. Claro, como ya no estoy en activo no puedo relataros  -como era mi costumbre- casos curiosos ni anécdotas divertidas de mis pacientes. Pero hoy no puedo sustraerme de hacer vuestra esta historia que no es mía, que es prestada, acontecimiento único y posiblemente irrepetible en la vida de un médico; historia que conmueve a la compasión y a la ternura, pero también aderezada con su toque de desvergüenza y de simpática locura. Vamos allá.


-Buenos días, ¿da usted su permiso? -Y aparece tras la puerta una paciente nueva, de gesto atrevido, con un cierto aire de frescura y altivez que deja al médico, así de pronto, incapaz de encajarla... 
-Pase, pase. Y tome usted asiento, por favor. 

Es una señora ya mayor, pero rara. Diferente. No sé, por su aspecto, por su atuendo tan juvenil para su edad, por el timbre de su voz, desde luego no es de por aquí, por sus tacones, por sus labios reventones, por su forma de caminar hasta la mesa del médico, por su elegancia natural... En fin, que no está el doctor Grilo acostumbrado a tanta finura.
-¿Es usted Consolación Ramírez? -pregunta Grilo mosqueado y señalando el siguiente nombre en su lista de pacientes del día.
-Ah, perdón, doctor; no, no lo soy. Verá usted, no... Yo no estoy en su lista. La verdad es que no estoy citada. Es que querría hablar con usted de un asunto, he visto que no había nadie en la sala de espera, y me he colado. Disculpe usted.
-Bueno, pues muy bien. Normalmente la gente que acude fuera de lista se espera al final de la consulta, pero bueno, ya está usted aquí. No hay problema. Cuénteme.

Y la señora relata una historia ciertamente curiosa, no es, desde luego, la clase de relato clínico a que estamos acostumbrados: Que resulta que la mujer es francesa, nacida en París, de padres catalanes exiliados, en 1939, pero residente en España desde hace muchos años; que es profesora de piano de cierto renombre, y ha vivido en distintas ciudades de nuestro país; que ha llevado una vida tan ajetreada y laboriosa que apenas ha podido disfrutar de casi nada; que ha viajado mucho por el mundo, sí, que ha tenido múltiples experiencias artísticas y culturales, vale, pero que ni siquiera se ha casado ni le queda ya familia alguna. Y que ahora, retirada a sus ochenta años, ha querido refugiarse en Sevilla, se ha encaprichado, ea. "De Sevilla al cielo", como suele decirse.

En este preciso momento procesal, usted, mi querido  y desocupado lector, acostumbrado a mil y una historias mías de fuerte enjundia clínica, se estará preguntando qué coño tiene que ver esto que cuenta esta señora con un historial médico ni con ninguna entidad clínica conocida, a qué puñetas ha ido esta mujer a molestar al prudente y condescendiente doctor Grilo, que no da abasto, el pobre, a tanto problema de verdad en sus pacientes tan complicados. Eso mismo, exactamente eso, está pensando en estos momentos el buen médico: "¿A dónde querrá ir a para esta mujer tan estrafalaria, pero tan interesante?" Peor aún, lo que pasa por la cabeza juvenil de Inma, la estudiante de sexto curso, sentada al lado de Grilo: "Vaya coñazo de tía petulante".

-Señora -se pone serio Grilo, pero sin perder un ápice de su amabilidad-, abrevie usted por favor que, en fin... tengo un montón de pacientes por ver.

Conocedor de historias inverosímiles y perito contrastado en  casos imposibles, al médico no sólo no le disgusta la pomposidad de esta señora sino que está empezando a picarle el gusanillo de su curiosidad médica. "Verás tú si me va a salir ahora por una enfermedad rara del trópico o por algún alto secreto venéreo, o qué sé yo en mujer de semejantes ínfulas..." Tendríais que conocer a Grilo, un médico total, internista no solo de vocación sino de devoción, profesor severo pero también amigable, y hombre bueno y justo. En su fisionomía se mezclan singularmente nuestras tres culturas ancestrales: barba y sabiduría judías; mirada astuta de bereber, y lo mejor del corazón cristiano. La Guardia Civil de tráfico, sin embargo, solo aprecia en él su pinta de moro, y lo para cada dos por tres en controles de rutina. Y tiene que enseñarles a los agentes, a su pesar, su antiguo carnet de alférez de complemento. "A las órdenes de usted, mi alférez", se cuadran luego, para sonrojo del buen hombre. Ha sido uno de mis maestros, jefe, compañero y amigo. No seáis tan adelantadillos: sí, es mayor que yo, pero no está aún jubilado porque es catedrático.

Y la señora continúa "Pero... mire usted -y por primera vez titubea y duda-, a mis años resulta que me he quedado no solamente soltera... sino también entera" -confiesa con un poco de rubor.

-¿Cómo dice usted, señora? -pregunta un Grilo totalmente incrédulo ante lo que acaba de escuchar.
-Lo que oye, señor: que soy... virgen, vaya. Y vengo a usted para poder remediar eso.

Inma, la estudiante, no puede reprimir un gritito de sorpresa ante tal dislate, y se tapa la boca con sus manos para evitar la carcajada. Al médico de gesto adusto y formal le pueden ahora, sin embargo, su genio y su arte jerezanos.
-Pero bueno, señora, ¡lo que me faltaba!... ¿Y qué quiere usted que yo le diga? ¡Vaya usted a Juanymedio, mujer!
-Comprendo su sorpresa, pero aún no he acabado. Verá usted, me va a tachar de mujer melindres y veleidosa, lo sé. Pero he tomado una determinación firme: no estoy dispuesta a dejar este mundo sin haber experimentado todo eso del sexo.
Inma no puede aguantar más la vergüenza y se excusa en que tiene que ir al baño para abandonar la consulta. Y el pobre médico desearía ahora haberse jubilado mucho ha, cuando yo se lo dije.
-Pero bueno, bueno... Esto será una broma ¿no?, quizás una cámara oculta o algo así ¿verdad?
-Nada de bromas, totalmente en serio. Y le diré más: no voy a tener relaciones con un hombre cualquiera.
-Ah, no? -responde Grilo ya sin saber cómo actuar.
-No. Precisamente para eso he venido a su consulta, doctor. He decidido que me entregaré sólo a un catedrático de medicina. Y soltero, además.
-Pero... pero esto qué es, una encerrona? ¿Por qué acude a mí para esto, si no me conoce de nada?
-He estado mirando en Internet. Usted es el catedrático ideal. Me ha convencido todo de usted, desde su físico, reconozca que no está nada mal para su edad, su curriculum académico y su perfil humano. Lo tengo decidido. Usted va a ser mi hombre.
-Pero, oiga, que yo soy un hombre casado... y muy formal. Con nietos y todo. En fin que yo no me presto a este disparate. 
-Ah, vaya por Dios. Eso cambia las cosas. Lo tenía a usted por mocito viejo, por solterón. En tal caso, le pido disculpas. Pero, si no le es molestia, me gustaría dejarle mi tarjeta. Si más tarde cae usted en la cuenta de algún colega catedrático que sea soltero puede llamarme. Adiós, doctor, que tenga usted un buen día.


Esto no es broma, ocurrió hace dos semanas en la consulta de mi amigo Grilo. Hay en el escrito bastantes licencias e inventos del autor, que soy yo, pero en esencia así fue como sucedió. No voy a regodearme en la ocurrencia tan disparatada de esta señora porque estoy seguro de que padece algún tipo de trastorno de personalidad. Lo escribo, con permiso del doctor Grilo, solo para que toméis conciencia de esa parte oscura y desconocida del mundo de la mente a la que solamente a los médicos nos es dado el derecho de admisión.