viernes, 26 de marzo de 2021

La ciática

Calma, muchachos, aquí no pasa nada. 

Amigos preocupados por mi tardanza, 

por mi pereza -dicen-, por mi desgana... 

O quién sabe, si por el virus chulesco

o por algún mal de esos arteros

que ahora trastocan las almas. 

¡Necesitamos tus escritos! -me reclaman.


No hay tal. Ni pereza, ni tristeza me atenazan. Es algo mucho más vulgar, me temo. Que resulta que no me sale escribir con la moral baja. Necesito estar contento. Si algo me aflige me abandona el ánimo. Don Eduardo Mármol, mi cura predilecto en Los Ángeles, conversaba con mi madre en aquellos días de mayo en que cada año nos visitaban masivamente nuestros familiares (la fiesta de la familia). Y me alababa ante ella como un niño muy noble e inteligente, aunque demasiado pusilánime.

-¡Pusi...qué? -se esforzaba mi madre en entender aquella palabreja.

-Bueno... Asustadizo, tímido...

-¡Ah, ya! Cagueta, quiere usted decir, ¿verdad?

-Eso mismo, dicho con sus palabras -se reía el cura.

-Sí, mire usted, como yo. Mi José María tiene mu poca presencia de ánimo.

Pues eso. 

¿Y qué es eso, hombre de Dios, que nos está privando del maná de tus letras?

Pues veréis: que desde hace tres meses vengo arrastrando molestias progresivas en el culo, muslo y pierna derechos. Me he sometido a sesiones de rehabilitación, masajes, aparatos de magnetoterapia... En fin, todo lo que me han recomendado los traumatólogos. Hasta me han infiltrado Botox en los músculos glúteos. Y nada me ha sido de provecho. Finalmente, una resonancia ha puesto de manifiesto que padezco de una hernia discal lumbar con afectación de la raíz nerviosa S1, lo que me provoca una ciática puñetera. Dentro de dos semanas me van a realizar una infiltración epidural como último recurso para intentar evitar la cirugía. Ea. Eso es todo.

No he tenido ánimo ni disposición para enfrentarme a mi tarea literaria. Por otra parte, considerad que la molestia contumaz en el glúteo se acrecienta cuando llevo mucho rato sentado, con lo que apenas puedo entrar en el ordenador... En fin, que no, que no he tenido cuerpo. Cómo habrá sido la cosa de penosa para mí que ni siquiera he podido rebatirle a mi amigo Pedro Calle las fantásticas teorías conspiranoicas que desgrana en su blog. Espero que sepa perdonar mi desdén.

Estoy mejor. Quizá por la sugestión positiva de ver cercano el día de la inyección salvadora. Tal vez porque no hay mal que cien años dure, y esto vaya remitiendo de manera natural y espontánea. Puede ser.

De manera que tranquilidad. Volveremos a las andadas... Y vacunado. Jajaja. Eso espero.

 

martes, 23 de febrero de 2021

La noche más larga.

Aquel 23 de febrero del 81 se comportaba como un día más. Un lunes cualquiera. Un día menos, como se decía en el argot cuartelero. La Peque trabajaba en turno de tarde, y yo, solo en nuestro piso alquilado de Pintor Zurbarán, me alargué a un descampado del parque Cruz Conde a jugar al fútbol con la chavalería. Me faltaban sólo quince días para licenciarme y, de verdad, vivía muy contento desde mayo del 80, en que me concedieron el traslado desde Valencia, mi destino primero, hasta el hospital militar de Córdoba. Y ya todo fueron días de vino y rosas: pase de pernocta y a dormir todas las noches a mi casa con mi Peque. Durante las mañanas pasaba una consulta en el ambulatorio de la Fuensanta, cuyo titular, el coronel médico del hospital militar, siempre en Sevilla, había delegado el oficio en mi persona, acaso conocedor de mi meritorio examen MIR, y me desembolsaba cincuenta mil cucas por mes. Y por las tardes, a casa. ¡Esto sí era mili de verdad! Y en quince días... ¡La licencia! Mi gran ilusión entonces era comenzar por fin la residencia de medicina interna en el "Reina Sofía". 

A la vuelta del partido, ya anochecido, pongo la tele que me distraiga de mis labores de cocinilla, y me encuentro con aquel mazazo. Impresionante, y hasta vigorizante, el forcejeo de Gutiérrez Mellado con Tejero. Una imagen que jamás se borrará de nuestras retinas. Y los tiros al techo. Jóder... ¿Cómo iba uno a esperar nada de eso ahora que gozábamos de una deseada y joven democracia, precisamente ahora, a escasos días de poder desarrollar una vida civil normalizada...? ¡Qué angustia..! Y sin poder hablar con nadie... Soy un soldado español, pienso, igual tendría que presentarme en el hospital militar... ¡Qué dudas tan atosigantes! Bueno, ya vendrán a por mí, me decía para justificarme. Yo de aquí no me muevo, saben dónde vivo.

Se me chamuscó la tortilla de papas por el agobio, pero nos la comimos igual la Peque, Pilar y yo. Ellas traían del hospital noticias aún más preocupantes para mi seguridad: que en Valencia, de donde depende mi licencia, los tanques estaban en la calle, que esto iba pero que muy en serio. Y me acordé entonces de mis compañeros y amigos rojillos de la facultad, qué pensarían hacer el Pintor, Cabanillas, Clemen, Higinia... Y de mis hermanos, Juan y Manolo, ambos en la mili, como yo; el uno en Palma de Mallorca y el otro nada menos que en Fuerteventura, de legionario... ¡Dios mío! Y, naturalmente,  de mi madre: tres hijos en el ejército en este momento tan crítico. ¡Con lo cagona que era, la pobre! Y sin poder comunicarnos con ella. Me imagino a mis padres y a mis otros hermanos en el cortijo pegados a la radio, mi madre lloriqueando por sus hijos tan lejísimos... "No hay derecho -se quejaría-, a ver qué madre hay en España con tres hijos en la mili, como yo..." Mi Manolo, ni se acuerda, pero mi hermano Juan me contaba después que a ellos los sacaron de los dormitorios y los pusieron a formar en el patio sin que supiesen qué estaba pasando. Él y otros chóferes recibieron la orden de ir por Palma de Mallorca en busca de los mandos a sus domicilios para traerlos al Cuartel en los coches oficiales. Y sin saber por qué.

Ni pensar en acostarnos. La angustia crecía por momentos. Aurora, una amiga nuestra, y su pareja, Antonio Amaro, pertenecientes ambos al sindicato obrero, corrían verdadero peligro. Un enfermero de Fuerza Nueva -con su pistola y todo- les tenía ojeriza y podría señalarlos. Pilar propuso que fuésemos a buscarlos y que se refugiaran en nuestra casa. Nosotros éramos entonces personas de orden, nadie los buscaría aquí. Yo no estaba en condiciones de aceptar tal propuesta, de los mismos nervios. Ella, valiente como la Peque, dijo entonces de coger bártulos y tirar pitando para Portugal en nuestro Ford Fiesta. Sin pasaporte ni nada. Yo, tan cagueta como mi madre, no me atreví.

Aguantamos el chaparrón con mucho miedo en el cuerpo... Hasta que, por fin, llegó el mensaje del Rey. Acaso solamente por eso, por la paz que llevó a mi corazón tan atribulado y cobarde en esos momentos, estoy dispuesto a perdonarle sus tropiezos y ligerezas posteriores. ¡La que se pudo liar por culpa de unos salvapatrias...!

Pudimos, al fin, dormir unas horas. Y al día siguiente, en el hospital militar, normalidad democrática. Un día más; un día menos.


 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Ayuso me pone

La culpa de este artículo provocador la tienen, al alimón, mi hermano Frasco y mi amigo José Luis, ambos lectores devotos de este blog. El uno, por enviarme, hace unos días, un texto de facebook de autor desconocido adulando las bondades carnales de Ayuso; y el otro, porque anda sacando en sus escritos los colores de la vergüenza ante el mínimo desliz del denostado "Coletas". El último, tachándolo impíamente de besucón. Pues ahora, le doy caña con Ayuso, ea. Esta vez mi amigo Pedro Calle puede leer el artículo hasta el final sin sobresaltos. Prometo no mentar la vacuna.

Dejando al margen los eventuales aciertos y errores en su gestión como Presidenta de la Comunidad madrileña, cosa en la que no me hallo capacitado para un análisis mínimamente serio, el caso verídico, flagrante  e incontestable es que a mí, la Ayuso me pone. No lo puedo remediar. Y está feo en un hombre de izquierdas como yo el decir en público estas cosas. Pero es lo que hay. Creo que los hombres, mejor que las mujeres, sabemos separar, en estos casos de calenturas, el envoltorio de su contenido; lo accesorio de lo substancioso. La substancia. Lo cortés, de lo caliente. 

Antes de continuar, es perentoria una consideración previa, sobre todo para mis lectoras femeninas, que no se me amontonen y me tachen de machista. Ni mucho menos. Soy feminista de los buenos, esto es, deseo y apruebo la igualdad de derechos y oportunidades para ambos géneros, rechazo de plano la violencia machista, intento arrancar de mi conducta diaria los inadvertidos micromachismos tan propios en la gente de mi edad, soy un convencido de la superioridad biológica y adaptabilidad de la mujer sobre el hombre... Ahora, ningún feminismo mal entendido me va a desposeer de mi preciada facultad de efectuar un primer peritaje erótico ante las virtudes pecaminosas que advierto en una mujer. Permítaseme el oxímoron de virtudes pecaminosas. Y esto es justo lo que me acontece con la Ayuso. Me pone, oye.

Ni punto de comparación con ninguna de las demás "señorías" femeninas que se señorean por los medios: por favor... las Montero, la Calvo, la Espinosa de luengo cuello, Inesita Arrimadas, bonita ella, pero en plan muñeca... En sus mejores días, tal vez Teresa Rodríguez... Pero, no, no. Ninguna se le arrima. Verla en la tele, con ese pelazo azabache y ondulado, y ese manejo y viveza suyos, me transporta a la visión idílica de "La Garbo" en la película clásica de "Ninotchka", una espía rusa, pero morenaza. 

El primer impacto visual de Ayuso me transporta a un territorio cerebral muy quemante, mi amigo Pintor me aclarará a qué núcleo cerúleus o a qué zona oculta del rinencéfalo primitivo. No sé. Será el tifus, como decía mi madre sobre cualquier rareza de las mías. El caso es que a mí, en viéndola, me rebosa un extraño instinto del gusto por las mollitas embutidas, las discretas adiposidades y otras morbideces: un exagerado e insalubre apetito carnal. Parece fondona, pero es macicez; nada le sobra ni nada le falta. En su punto de pellizco. Sus ojos, criticados como de batracio por pelín saltones, le quedan pintiparados para expresar la viveza y el poderío que requiere un rostro tan retador y atractivo. Y su boca...¡Esos labios carnositos tan sensuales y mohínos...! Se me desliza la memoria picarona a mis tiempos de monaguillo, cuando se me subía el pavo a la cara al contemplar fugazmente -los ojos cerrados por la piedad- la lengua húmeda y receptiva y los labios entreabiertos de las mocitas que se acercaban a mi patena para recibir la sagrada forma. Desde el tifus, repito, he sido así de caliente.

Reconozco que puede parecer chulesca de aspecto. Y estirada. Otros la creen chochona. Yo, no. Lo que ocurre es que eso es algo que me gusta en una mujer: el atrevimiento. Quizá como contrapunto a mi cortedad de carácter, me atraen las mujeres valientes. Como la Peque, que no se ahoga ni el mar océano.

Algo que me preocupa de ella, sin embargo, es su innegable similitud con sus predecesoras en el cargo -no en lo físico, ¡por Dios!- en cuanto abre el pico. Mi desconfianza proviene de su troncalidad ideológica y -creo- personal con dichas arpías. Pero tengo confianza en que, aunque también de gatillo lingual fácil y expedito, una moza tiposa con el garbo propio de una castiza madrileña, mujer tan voluptuosa y sensual, no se deje albergar por una mente proterva ni por un alma diabólica como la de la barbie de los perfumes o la de la rubia frescales de torva mirada.

Que así sea y que el Señor me perdone.


lunes, 8 de febrero de 2021

La palabra

En mis últimos años en activo lo advertía con frecuencia a los residentes y a los estudiantes: el valor de la palabra en nuestro oficio. Tenemos una medicina de vanguardia, unos medios técnicos de primer orden, unos especialistas cojonudos, un aparataje y unos quirófanos de lujo, unos cirujanos robotizados, unas resonancias de última generación... pero, acaso, estemos perdiendo parte de nuestra esencia. Nos ocupan demasiado elementos nuevos que han irrumpido con fuerza en nuestro quehacer diario, tales como las estancias, los pactos de consumo, el gasto farmacéutico, los tiempos de demora, la historia clínica informatizada... La gestión clínica lo requiere. Pero no hasta el punto de perder el norte médico que no es otro que atender e intentar solucionar los problemas de salud de tus pacientes. Mi impresión al respecto es que de tan implicados en la burocracia del sistema o por la inercia mecanicista de tanta carga informática estemos dejando escapar al médico de vocación, mujeres y hombres buenos expertos en curar, que saben escuchar y consolar, que no conocen la prisa. Y con ellos, aquella antigua condición de mago, de chamán. Me temo.

Y, curiosamente, la pandemia terrible del Covid ha venido a poner en su sitio el poder y el valor de las palabras. Aislados en habitaciones y sin otro contacto con el exterior que no sea el móvil, los pacientes hospitalizados han recobrado el sentido tan profundo y de tanto calado que posee la palabra hablada, la voz cálida y humana del "otro". "Ahora es cuando uno se da verdaderamente cuenta de la excelencia de sanidad que tenemos -me decía mi amigo Agustín hace unos días desde su cama del hospital-. No sé, ni me importa, lo que me están dando. Mi curación me viene por las charlas breves con mi médica, mis enfermeras y las mujeres de la limpieza". 

El personal sanitario debe de poseer el don de la palabra. En general, enfermeras y auxiliares de clínica están mucho más hechas a una comunicación fluida con los pacientes que los médicos. Y para el internista resulta fundamental, toda vez que carecemos de aparataje y de otros aperos que no sean el fonendo, la linterna y el depresor de lengua. Una palabra tuya bastará para sanarme, le dijo una de las hermanas de Lázaro a Jesucristo. No llegamos a tanto, pero casi. He necesitado muchos años de oficio y muchas reprimendas de mi Peque para aceptar esa realidad: nuestras palabras tienen algo mágico, algo espiritual, algo capaz hasta de curar. Y nuestros gestos también. La palabra y la mirada. No sé si os he contado que una de las cosas que al final hizo que me decidiera por Medicina en vez de por Historia (que también me atraía) fue la palabra calmada y la mirada azul profunda de don Segismundo Menchero, un traumatólogo egabrense que me operó del menisco en el hospital de san Juan de Dios de Córdoba. Me cautivó. Quise ser, hablar y mirar como aquel hombre. Y confieso que lo he intentado. Pero, acaso seducidos por el conocimiento y la tecnología al uso, los propios médicos estamos menospreciando la palabra como vehículo de sanación. Casi sin darnos cuenta. Todo lo fiamos en informaciones técnicas ininteligibles para una persona, el paciente, temerosa e indefensa. En lugar de descender nuestra prosodia científica al terreno corriente de la gente hemos conseguido que el personal esté aprendiendo nuestra propia jerga médica traducida de aquella manera, sui géneris. Y, en ocasiones, ni eso. "¿Qué te ha dicho el médico?", preguntan los familiares al paciente. "Nada; ni me ha mirado". Esta conversación que parece un chiste es en ocasiones la pura verdad. Y es una lástima. Y una frivolidad. No tenemos derecho a desperdiciar algo gratuito y tan eficaz. Es nuestra obligación recuperar la palabra. El verbo cercano y amable. Palabras que curan.


Primero, la palabra; y después, la vacuna. Jajaja.

 


 

 

 

viernes, 29 de enero de 2021

Un grito insensato

El grito negacionista y lúgubre "Illa, Illa, Illa, fuera mascarillas" me ha traído a la memoria, en una especie de asociación de ideas, aquel otro grito necrófilo de ¡¡¡Viva la muerte!!!" de Millán Astray, personaje siniestro. O, si queréis, en un tono más piadoso, el verso machadiano de "el coro de los grillos que cantan a la luna"...

El día 9 de enero, salvada la Navidad, había en la Unidad de medicina interna de mi hospital once pacientes Covid. Hoy, día 29, hay la friolera de setenta y dos enfermos. Sólo en medicina interna. En todo el hospital, más de doscientos. Casi la mitad de todas las camas están ocupadas por enfermos Covid. Un compañero anestesista, de mi edad, ha muerto en la UCI hace una semana, y uno de mis amigos más entrañables y queridos, aislado en una cama hospitalaria, lucha en estos momentos contra el maldito virus. En Andalucía, a día de hoy, tenemos 130.000 casos activos de Covid. Parece como si nada hubiésemos aprendido después de un año de calamidades. Ni gobernantes ni ciudadanos. Comprenderéis mi desgana en estos días de oscuridad a la hora de sentarme a escribir con cierto sosiego y mi hastío de tanta gente que desafía su propia muerte y la de sus allegados con actitudes y conductas deleznables.

Y conste desde ya que, pese a no entender para nada el fenómeno del negacionismo, no lanzo mis dardos contra dicha horda, minoría poco significativa a fin de cuentas, sino precisamente contra nosotros, la gente corriente, los creyentes no practicantes, que no nos damos por enterados hasta que el bicho muerde cerca.

Estoy dispuesto a admitir la poca utilidad de las mascarillas en la calle solitaria. Por supuesto que ninguna en campo abierto. Los datos epidemiológicos nos hablan claramente de dos focos principales de contagio: las reuniones familiares y las relaciones personales en bares, restaurantes y fiestas de amigos. Los demás posibles focos (trabajo, colegios...) se muestran como algo marginal. Y estaréis conmigo en que estamos obrando justo al revés: en sitios despejados, al aire libre, todo quisque con su mascarilla; en sitios cerrados nos vemos con la garantía y la licencia de prescindir de ella. Lo hemos visto a diario: jóvenes sentados en terrazas charlando animosamente y con la mascarilla en la barbilla; gente madura en mostradores departiendo como si tal cosa; familias que se reúnen para la merienda o para un cumple...Y sin mascarilla. En este punto, tengo que expresar mi admiración por el ejemplo de los escolares y sus maestros. Hay un colegio en Antequera cuyas ventanas de la planta baja -abiertas o entornadas, según el día- dan a una avenida amplia y muy transitada. Me hago el distraído para observar  la disciplina de los niños, ajenos a la calle, aplicados en sus cuadernos y con sus mascarillas bien ajustadas. Y la compostura del docente, a pecho descubierto, escribiendo en la pizarra o impartiendo la clase en una suerte de ágora pública. Ésa debe ser la actitud. Parece que nos hemos creído que el virus respeta la intimidad de las viviendas y que vive danzando en la calle. Justo al revés de la realidad. Y así nos va.

A lo largo de este año de esperanza vamos a ser vacunados un alto porcentaje de la población, ojalá todo el mundo. Rezo porque seamos capaces de mantener la paciencia, la serenidad y el civismo necesarios para salir de esta tragedia con el menor daño posible. Que ya está bien... 

 

domingo, 17 de enero de 2021

Cambio de estrategia?

Quienes seáis futboleros comprenderéis mejor que los demás lo que está pasando por mi mente estos últimos días. Así como a nosotros, aficionados al fútbol, nos pirra hacer de entrenador y corregirle alineaciones y estrategias al míster de turno cuando nuestro equipo va perdiendo, a mí, como médico que soy, me ha dado por enmendarle la plana al ministro Illa y a todos los consejeros de salud de nuestras autonomías en materia del plan de vacunación. Porque parece que el virus nos golea de manera escandalosa. 

Veréis, yo he sido alguien como médico clínico, pero ni puta idea de gestión ni mucho menos de política sanitaria. Y algunas nociones de epidemiología de tercero de carrera. O sea, muy poco. Con todo, y preocupado por cómo van las cosas, he hablado con mi amigo Pintor para proponerle la realización conjunta de una especie de protocolo alternativo al plan de vacunación oficial. Como si jugáramos a epidemiólogos. Repito que nada más lejos de mi ánimo que ser presuntuoso ni caer en el ridículo espantoso de creerme perito en la materia. Ni mucho menos. Simplemente, entrenar la mente, en estos días de tedio, en un ejercicio de imaginación positiva.

Mi propuesta es muy simple. Al virus le encanta que la gente se mueva de un lado a otro. Le gusta viajar y saltar de aquí para allá. Y conocer en la intimidad a personas distintas, y casas, bares, calles, ciudades, países diferentes. Y sabe que no puede hacerlo solo. Tiene que ir siempre colgado de alguien, de polizón. Necesita un vehículo humano. Tememos, con razón, que las nuevas cepas mutantes se vayan a extender por el mundo mundial. Y que no van a ser precisamente los ancianos de las residencias los responsables de su expansión. Porque dichos ancianos no se mueven. Ni esos ancianos ni otros que vivan tranquila y reposadamente en sus casas. Ni otros, menos ancianos, como vosotros y como yo, que, asustados y preocupados, procuramos cumplir las recomendaciones sanitarias. Vacunar a un anciano frágil supone protegerlo a él. De acuerdo. Muy bien que está. Sin embargo, esa vacuna en un individuo joven y activo protege a muchas otras personas, todas las de su entorno y su familia. En este punto, me vais a permitir la licencia piadosa de creer que las personas vacunadas no pueden contagiar, cosa que aún no ha dado tiempo a comprobar. Abrazo con la fe de un monje oblato la hipótesis plausible de que a lo más que llegaría sería a transmitir la infección, que no la enfermedad. Infección silente sin enfermedad nos traerán de la mano la inmunidad de grupo o de rebaño. Tampoco conocemos del todo la respuesta inmunitaria de la vacuna en los ancianos, puesto que ellos no han estado representados en la fase de experimentación humana. Y es muy probable que la mejor manera de protegerlos fuese la aniquilación del virus mediante la vacunación masiva de los portadores potenciales más prevalentes: la población activa.  

Por tanto, y simplificando: la primera tanda para la gente entre los dieciocho y los sesenta años. Estos son los que contraen el virus y luego lo transmiten. El virus no se cuela por las ventanas de las residencias de ancianos, lo llevan encima los trabajadores y los familiares. Vacunando masivamente a esta franja de población protegemos a los demás, ancianos incluidos, claro está. Vacunando a esta gente activa protegeríamos a los sanitarios y los hospitales y adelantaríamos en la apertura de negocios, hoteles, vuelos... Y llegaría antes la tan ansiada normalidad. Eso creo.

Vuelvo a reconocer que parece que estuviera jugando yo a ser entrenador de fútbol, a convertirme de pronto en epidemiólogo experto, y, sin embargo, con toda seguridad se me escapan muchos detalles. Lo que propongo sería factible si, en efecto, contásemos ya con tantísimas dosis de vacunas necesarias para este plan. Cosa que no es así. Y comprendo que ahora, la prioridad se haya puesto en la protección "inmediata" de la población más vulnerable. Y también creo que en el ánimo de nuestros dirigentes en esta campaña de vacunación pesa mucho el sentimiento de "deuda" que hemos adquirido para con nuestros ancianos por todo lo que han dado a nuestra sociedad actual y por tanto sufrimiento como están padeciendo en esta maldita pandemia. Todo ello es muy comprensible.

De manera que la cosa seguirá tal cual. Y nos nos queda otra que volver a apelar a la responsabilidad individual del cumplimiento de las normas hasta que se despeje el temporal.

viernes, 8 de enero de 2021

Vamos a desmontar el Carpe Diem

La Pelu, mi perrita, vive al día. Creo que feliz y contenta de la familia que le ha tocado en suerte. Puede tirarse horas eternas en el sofá en una especie de letargo casi orgásmico, solo interrumpido para chupetearse el "toto" en cada cambio de postura. No sabe -ni le interesa- si hoy es Reyes o anteayer fue Navidad. Ajena a su cuna en una tienda de perros de Córdoba y despreocupada por completo de su fecha de caducidad, vive feliz la vida. Vive el presente. Interpreta como nadie su carpe diem perruno.

Pero nosotros, los humanos, tenemos algo llamado consciencia que nos habilita para vivir el presente con lo aprendido del pasado individual y ancestral, y con un proyecto de futuro. Sabemos que polvo fuimos y que en polvo nos convertiremos. Y en ese continuo temporal de nuestras vidas  encuentran todo su sentido el pasado y el futuro. No es cierto que sólo exista el presente. No. No deberíamos, por tanto, enfatizar el manido Carpe Diem como un abanderado de nuestra conducta, como un modelo de vida. No vivimos solamente hoy. Hay también un mañana. Y hubo un ayer. Es un slogan falso y pernicioso ése del vivir el presente de una manera despreocupada y frenética. Además de que en su intención original por el poeta romano Horacio, Carpe Diem recomienda aprovechar el día. Que no es lo mismo.

Sin embargo, este paradigma de disfrutar el presente ha calado en mucha gente. Metámonos todos: hemos creado una sociedad superficial, un modus vivendi facilón y egocéntrico, en la que lo prioritario es el disfrute del momento sin mucha ponderación sobre las consecuencias que puedan derivarse de nuestros actos para nosotros mismos y para los demás. Porque tengo para mí que un uso desaforado del Carpe Diem, en unos, y una apelación inopinada e irresponsable a la libertad individual, en otros, han impulsado a muchas personas (jóvenes y no tan jóvenes) a desafiar distancias, recomendaciones, multas y perimetrajes con tal de disfrutar de la Navidad en familia. Y hoy, 8 de enero, infectada media España y salvada la Navidad, llega el tío Perico con las rebajas. ¡A buenas horas! ¿Qué parte del "Yo me quedo en casa" no hemos entendido? 

Y así tenemos ahora el panorama: España entera invadida por el virus. Los hospitales, de nuevo, al límite. Los sanitarios agotados. Y la gente que aun no ha sido tocada por la calamidad, tan pancha, como si nada. Hay pueblos en Córdoba que se habían mantenido impolutos durante toda la pandemia: cero contagios. Y ahora, en la salida de Pascuas, encabezan el ranking de contagios. Muy posiblemente, paisanos desplazados desde otros confines para pasar las fiestas hayan dejado en las abarcas unos regalos envenenados.

Habrá quien siga apelando, pese a todo, a la libertad individual. Permitidme que me entristezca. La libertad individual de muchos va a llevar al crematorio a otros tantos. Y eso no es ético ni tolerable. ¿Y qué decir de la responsabilidad ciudadana? Pues más de lo mismo. Un centro comercial de Marbella atiborrado para ver a Kiko Rivera de Rey Melchor. ¡Te cagas las patas abajo!  Fiestas y botellones ilegales por doquier... En la tarde-noche del cinco de enero, he presenciado una cola kilométrica de coches en Antequera para ir al Carrefour a ultimar las postreras compras de Reyes. ¡Demasiado misericordioso me parece el virus!

No me gustó nada lo ocurrido en Agosto, pero pude llegar a comprenderlo porque nos pilló casi de nuevas. Habíamos salido de un durísimo confinamiento, y la gente tenía necesidad de desahogo. Vale. Pero, ahora... Todos sabíamos que esto iba a ocurrir, pero hemos ido a lo nuestro, al Carpe Diem. Y el que venga detrás, que arree.

Nunca pude pensar que llegaría un día en que yo deseara que, por fin, acabara la Navidad.