miércoles, 19 de junio de 2019

Crónica de una ausencia


-¿De qué te ríes? -me mira mi mujer extrañada-. El avión no está para risas, que digamos.
-Peque, me estoy acordando ahora de la noche en que despaché de nuestra casa de Córdoba a mis amigos, cuando el partido del Madrid con el Betis.
-¿Y eso a cuento de qué, después de cuarenta años?

Desde el aire, y bamboleado nuestro aparato por las turbulencias de una tormenta caprichosa, me obligo a distraer mis miedos pensando en cosas positivas. Es el consejo que tantas veces le he escuchado a mi amiga Mercedes, la bruja de nuestro grupo, para cuando uno tiene, como es mi caso ahora, pensamientos lúgubres. Volamos desde Malmo a Madrid, de regreso de una semana estupenda en los Fiordos, y estamos enconados en una borrasca de verano que juguetea con nuestro avión como lo hace el viento con un cometa de playa.

Bien podría, sin problema, detenerme en algunos de los muchos momentos recientemente vividos, tan emocionantes unos, tan agradables otros, tales como las impresionantes vistas de los glaciares, las del fiordo de Geiranger, el espectacular sitio de "El Púlpito" o la confortabilidad de nuestras cenas de amigos en el lujoso restaurante de este buque enorme... O incluso, regodearme - ¿por qué no?- en escenas de intimidad talámica, con el gran océano como bravo y rugidor testigo que se asoma por la ventana de nuestro camarote. Y sin embargo...

Y sin embargo, mis pensamientos vuelan más rápido que el avión, y me transportan hasta Córdoba, cuando apenas hace media hora que hemos despegado. ¿Por qué? ¿Qué pasa en Córdoba para tanta prisa? Mis compañeros de promoción de medicina están celebrando a esta hora una fiesta por el 40 aniversario de nuestra Licenciatura (1973-1979). Desde que se convocó dicho evento yo fui consciente de mi obligada ausencia por coincidir con este viaje a Noruega con nuestros amigos. ¡Mala pata! Y, aunque no me gustan demasiado las reuniones de más de cuatro criaturas, esta vez sí que me apetecía mucho juntarme con mis colegas. Al Pintor y a la Victoria les tengo manidos, a Juan Tormo y a Carlos Sánchez les vi hace un año, pero a todos los demás llevo una burrada de años sin verlos. Y con el tiempo, nos pica la nostalgia. Y, además, que al contrario que a las mujeres, a los hombres no nos importa tanto dar una imagen de arrugados, gordos y calvos, "Quien a nuestra edad no tiene buche es que es un triste" -sentencia mi amigo Jaime. Pues eso. Pero, en fin, no ha podido ser. Asistiré -lo prometo- a la celebración del 50 aniversario.

Como durante la travesía no puedo abrir wassapts para ver los vídeos que están grabando, me los imagino ahora saliendo de la facultad hacia "Bodegas Campos", donde se van a poner como obispos, mientras en estos mismos momentos, pasada ya la tormenta, la azafata del vuelo me está ofreciendo una bolsa de patatas fritas, un bocata de jamón serrano y de pan chicloso, y una botellita de agua. ¡Menuda diferencia! Luego, en la sobremesa, es posible que Graciliano, Mari Félix, Andrés Ruz o Pedro Pablo les entretengan a todos con unos discursitos breves preparados ad hoc. Y ya más tarde, llegará el desenfreno de bailes, postureos y fotos por doquier. Lo propio. No tengo ninguna esperanza, cuando ponga pie en Córdoba serán las ocho de la tarde y todo se habrá consumado.

Me hubiera gustado abrazarlos a todos. Ya sé que es imposible. Ni siquiera podría recordarlos. En primero habíamos cerca de quinientos alumnos matriculados. Al llegar a sexto curso, no llegaríamos a cincuenta los que sacamos todo limpio en junio: los empollones. Yo era un empollón, quizás el más empollón de todos, con permiso de Celia, Fernando Laguna y Buitrago. No solo no me avergüenza reconocerlo sino que me enorgullezco de ello. Pero no era desaborido como los empollones al uso, no. Yo era un tío simpático, abierto, campechano... que hasta me dejaba copiar y todo. Jugaba al fútbol con Ramón Guisado, González Ripoll, Martín Pinilla, Antonio Moreno, Manolo Ramírez, Sebastián Rufián... Jugaba al tenis con Manolo Baena en su club de la Fuensanta, y en ocasiones -muy pocas- me dejaba ganar para que él siguiese invitándome gratis. Cuando nos mudamos a jugar a la Arruzafa ya no perdí ni un solo partido. ¡Qué rabia, eh Manolo! Con Manolo Mesa frecuentaba en las anochecidas el paseíllo entre el hospital provincial y la escuela de enfermeras cortejando a nuestras respectivas novias. En mi piso de Pintor Zurbarán, 7, 1-A, siempre había invitados a la mesa, a la de comer, o a la del estudio. Gente como Juan Tormo, Pepe Morillo, Antonio García, Alejandro Rodríguez, Pepe Osuna, Paco Moya, el propio Andrés Ruz, por supuesto que Antonio Pintor... eran habituales en mi casa para intercambiar apuntes o preparar exámenes... O a lo mejor para intentar ligar con Pilar, una auxiliar de enfermería que vivía con nosotros y que estaba güenísima. Antes de casarme con mi Peque (estábamos empezando quinto curso) viví dos años en pisos de estudiantes con compañeros tan dispares como Eugenio Mateo, Pedro Olmo y Pepe Osuna. Muchos de ellos nos acompañaron a la Peque y a mí en nuestra boda, en Palenciana, el 1 de noviembre de 1977. Y al día siguiente, a clase. 

Una noche de aquéllas cenamos en mi casa el grupo de Puente Genil (Antonio García, Morillo y algún otro) y Andrés Ruz y alguno más de Cabra. En la tele ponían un Madrid-Betis. Ganaba plácidamente el Madrid por tres goles a cero. Y yo tan requetebién. Y van los mamones estos y empiezan a meterse con el árbitro diciendo que estaba favoreciendo al Madrid, que si qué vergüenza, que si partido robado... Esas cosas que decimos para cabrear al personal. Tanto me calentaron que acabé echándolos de mi casa. ¡A tomar por culo! 

Lo único que no hice en esos años que cualquier estudiante de entonces hiciera fue irme de juerga o de ligoteo por ahí. Yo tenía mi novia, y mi obsesión eran mi novia y mis estudios. Ir a la feria o de patios me parecía una estupidez, una pérdida de tiempo. Por todo ello se entiende mejor mi escasa relación con las chicas de nuestro curso. Recuerdo, sin embargo, una buena sintonía con Inmaculada Romero, Carmen Logroño, Higinia, Adela, Claudia Cabrera, Consuelo, Mari Carmen Jurado, Gloria Ysern...  

Me puede la emoción recordando aquellos tiempos. Yo venía de abandonar el seminario después de diez años de interno, y me abría por primera vez al mundo exterior. Dos años mayor que la mayoría de mis compañeros, y provisto de un bagaje humanístico encomiable proporcionado por el seminario y por mi bachiller de letras, destaqué demasiado pronto como un empollón raro. Tal vez desde mi incorporación casual al grupo de don Ricardo López Laguna, el primero de nuestros maestros. O quizás, desde el día en que don Pedro Montilla retó a la clase entera a averiguar el nombre de una fórmula química enrevesada que él mismo acababa de escribir en la pizarra. Y yo levanté la mano. "A ver, el caballerete, que hable"... Y fue aquello tan gracioso del Ciclopentano perhidrofrenanteno, la famosa fórmula genérica de todos los esteroides. "¿De dónde ha salido este tío larguirucho y destartalado?" -escuché en algunos corrillos por entonces. "Dicen que ha sido seminarista" -explicaba otro. Y yo me hacía el interesante.

Me duele decir que habiendo sido profesor asociado en la facultad de medicina de Sevilla durante veinte años, no he visto en el alumnado, en general, aquella vivencia tan nuestra de sentirnos especiales, distintos a otros universitarios. Los de medicina gozábamos una especie de vitola singular, nos considerábamos gente escogida para una misión poco menos que sagrada. Y ese algo tan distintivo no solo lo sentíamos nosotros sino que también era así ponderado por los estudiantes de otras carreras. Me encantaba que alguien me preguntara por la calle que qué era lo que estudiaba. Se me hinchaba el pecho al decir: "Yo, Medicina". Y os puedo asegurar que después de tantos años no he perdido ese sentimiento de haber sido "un escogido".

No recuerdo en qué curso, quizás en segundo. Los compañeros más "rojillos", con Manolo Cabanillas al frente, habían convocado una asamblea junto a los de la primera promoción. Allí, las arengas de Ortega Limón y Eduardo Rejón alentándonos a una huelga general de estudiantes por las mejoras de las condiciones estructurales en la Universidad de Córdoba. Muchos de nosotros, impresionados ante la altiva prestancia de los oradores. En esto que en un momento determinado, sale de entre la clase la figura pequeña pero bien erguida de Segundo Ruiz Gámez. Con decisión firme y gesto adusto, sube a la tarima y se baja el micrófono hasta su altura. Solo recordar esa imagen de un tío tan chico dirigiéndose con tal energía y cojones a una asamblea de quinientas criaturas me sigue emocionando. Lástima que no tuviéramos móviles para haberlo grabado. Yo no fui a la huelga impactado por sus palabras. Dijo cosas impropias de un joven salido de un pueblecito perdido en Jaén: hizo alusión al sacrificio de nuestros padres para ponernos en órbita, al sentido de nuestra responsabilidad para no defraudarlos, a nuestro sagrado deber de no desperdiciar ni un día, ni una hora, en nuestra formación como futuros doctores. "Nosotros no somos unos estudiantes cualesquiera, ¡¡vamos a ser médicos!!!" Y puso tal énfasis, se arrimó tanto al micrófono que esa palabra, médicos, retumbó durante preciosos e interminables segundos en todo el ámbito de la clase. Os parecerá una simpleza, pero os aseguro que ese espíritu de Segundo -al que bien podríamos traducir por vocación- me ha guiado en toda mi vida profesional.

Bueno... Con tanta cháchara hemos llegado sin novedad a Madrid, y ahora el AVE nos llevará hasta Córdoba. Es tontería ilusionarse. Llamo al Pintor y me dice que ya están todos de vuelta. Estamos pasando por Puertollano. Me acuerdo de Carlos Sánchez Estévez, nativo de estas sierras pizarrosas, seguro que también ha disfrutado de este día glorioso para ellos. Ya habrá otra ocasión para mí y para otros ilustres ausentes.

Paz y bien, amigos.

sábado, 25 de mayo de 2019

Un fraile en remojo

En esta ocasión viene muy al caso que empiece este relato al estilo de Saramago en "La Caverna": el hombre que se baña hoy a mi vera se llama Atilano Mejías, tiene ochenta y dos años, y es fraile carmelita. Jubilado. Fraile jubilado.

Es la primera vez que nos vemos, pero ya parece que nos conozcamos de toda la vida. Más que bañarnos, lo que hemos hecho ha sido charlotear en remojo en los bordes, echando amplios descansos después de cada largo. Tanto hemos charlado que, a la salida, bromeando, le hemos reclamado a la señorita de la portería la mitad de nuestra entrada a la piscina. "Nada de eso -nos contesta con su aspereza habitual-, aquí dentro, hablar también cuesta dinero". ¡Cieza!

Es un hombre mayor y bien metido en manteca. Aún no sé que sea fraile. Desde arriba, antes de meterse en el agua, me pide permiso para compartir calle conmigo, que estoy solo. "Es que usted se adapta mejor a mi velocidad de nado; los demás van demasiado rápidos" -se excusa. Naturalmente, le invito a que salte. "No, yo despacito; me siento y me dejo arrastrar. No estoy para saltos". Me cae en gracia. 

Él nada de espaldas y a brazadas, como nuestro Agustín, hay algo en su fisonomía que me recuerda al "añoro", quizás su habilidad parlanchina, su campechanía y, posiblemente, sus tragaderas. En el primero de nuestros descansos, agarrados a los bordes, me puede mi deformación profesional y le pregunto por unas lesiones rojizas e inflamadas que le afean la zona de su bigote. "Son cánceres de piel -me dice con toda normalidad-. Acabo de llegar del hospital, me los han quemado con frío".

Y ya, nos presentamos. Nunca hubiera esperado yo conocer a un fraile en una piscina municipal. Es lo bueno que tienen estos espacios públicos, conoces a gente de toda calaña. Me cuenta que está jubilado, pero que sigue viviendo con sus compañeros en el convento de los carmelitas, que comparte con ellos los rezos de maitines y vísperas, y el refectorio. El resto del día lo emplea a su libre albedrío. Cuando estaba en activo daba clases de latín y de filosofía. Ahora acude al centro educativo de mayores donde se ha matriculado de francés e inglés, pero, además, se ha inscrito también en una academia de idiomas, donde le imparten chino y alemán. "Pero, bueno... a tu edad, ¿para qué tanto?" -le reprendo. "Me gusta" -me responde con bondad. "¿Y no te vendría mejor algún lío de faldas con alguna monjita? -le achucho yo con mi proverbial imprudencia. Y me lo agradece con una de esas carcajadas tan típicas de Agustín, y que retumba en todo el hueco de la piscina. "Pero hombre de Dios... -consigue sobreponerse a la sorpresa-. Las monjas de al lado son las Descalzas, y son de clausura. ¡Hay que ver qué cosas tienes, José María!..."

Nacido en un pueblo de La Serranía, fue pastor de cabras por aquellos montes hasta los quince años que ingresó en el seminario carmelita de Hinojosa del Duque. Se ordenó sacerdote en 1964, "Coño, qué coincidencia -le digo-, el mismo año en que yo ingresé en Hornachuelos". Su singladura vital ha sido más propia de un diplomático de carrera que de un fraile. Debutó en Sudamérica: Colombia, Bolivia, Perú, Argentina y Brasil. Durante los primeros diez años de monje conoció de primera mano los entresijos políticos y sociales de todos esos países en un tiempo tan convulso de mafias, dictaduras y corruptelas a todos los niveles. Al cabo de ese tiempo, lo reclaman para España, y lo hacen prior de sucesivos colegios carmelitas en Antequera, en Córdoba y en Madrid. Seis años más tarde, lo trasladan a Canarias. Luego, de vuelta a Sudamérica. Más tarde, a Suiza, a Polonia y, finalmente, como broche a toda una vida de nómada, a Japón. "De los japoneses tenemos muchísimo que aprender, en cuanto a civismo" -me dice. Sus últimos años en activo ya han sido aquí en Antequera. "Ya está bien de tanto mundo" -le bromeo. Y ahora, a sus ochenta y dos años, continúa con una vida mucho más movida y retadora que la mía.

"Oye, Atilano, y de tantas experiencias por el mundo entero ¿cuáles te han resultado más impactantes?" -le pregunto, curioso. "Las vividas en Colombia, sin duda. No te puedes imaginar lo que es dar filosofía a muchachos guerrilleros que van a clase con su pistola en el bolsillo". Y sigue: "Recuerdo partidos de fútbol en los patios del colegio en los que alguien reclama un penalty no pitado disparando su arma al aire. Acojonante". Y para cambiar un poco de tercio, y siendo siempre fiel a mi mente viciada, va y le pregunto socarrón: "Oye, y en tanto tiempo por Sudamérica, ¿ningún escarceo amoroso con nativas, ningún caliqueño suelto por ahí? ". Y el pobre Atilano, vuelve a reírse de buena gana. "Pero, chico, tú estás obsesionado con el sexo, ¿no?" "No lo sabes tú bien" -le contesto. "Bueno, la verdad es que en América latina el sexo se vive de una manera muy diferente a como lo vivimos por aquí; se ve como más natural, sin tanto tabú. Y desde luego no está tan mal visto que sacerdotes y hombres y mujeres de Dios puedan tener algún tipo de relación íntima. Hasta ahí te puedo contar, jajaja".

Y uno piensa para sí lo interesante de la vida de algunas personas realmente excepcionales. Tendemos a creer que los frailes se pegan un pedazo de vida contemplativa aislados en monasterios de ensueño, en lugares idílicos, y fíjate tú éste. Siempre me he creído un hombre privilegiado y orgulloso de todo lo que he ofrecido y de lo que he obtenido. Pero cuando me comparo con personas como Atilano, con tanta energía, tanto compromiso, tanta capacidad, tanta iniciativa, tanta valentía... me siento como bañado en aguas de humildad y de prudencia. Sin el menor menoscabo de mi propia autoestima, admiro, sin embargo, a este tipo de personas. A su lado, la mayoría de nosotros nos hemos conformado con una existencia previsible, congruente con lo esperado, cómoda, plana.

¡Qué bonito y qué interesante conocer a gente nueva, verdad?

martes, 21 de mayo de 2019

Lo bonito del fútbol

Contrariamente a lo que van a pensar mis hermanos y mis amigos cuando se enteren de esta nueva temeridad mía, me encuentro completamente relajado. De estas veces en que uno parece estar en paz consigo mismo y con el mundo. Contento de la decisión tomada.

El estadio está... inconmensurable. Desde todo lo alto de la tribuna mi visión panorámica domina el ámbito entero. Resulta imponente la gran mole de bancales, hierros y cemento: el Bernabéu llenándose de gente. Por un precio módico estoy en el gallinero pero nada se me escapa. Falta aún media hora para el comienzo del partido, y me distraigo con el tropel humano que bulle por los pasillos en busca de sus asientos; examinando con mirada perita al personal de seguridad, todos gente guapa, gente nueva, ellos y ellas; mirando con veneración el sagrado rectángulo de juego acariciado apenas por el sol dubitativo de esta mañana incierta, y mimado por los operarios que van aplastando con sus aperos cualquier zona levantisca; admirando los arcos de agua en cortina que refrescan el césped y me recuerdan mis tiempos de maíz y remolacha en La Capilla... Poco a poco las figurillas lejanas de colores variados en los graderíos van rellenando los huecos, el aforo se completa y el estadio se convierte, ahora sí, en un palpitar de humanidad expectante. ¡Qué cosa más extraña y más grande es esto del fútbol!

Y, sin embargo, cada vez me atrae menos el fútbol. El de la tele. Hace años que no veo ningún partido. Los del Madrid, por miedo a mis nervios excesivos y a mi arritmia; los otros, por puro aburrimiento. Con todos los respetos para esos equipos y sus aficiones, ya me diréis qué emoción puede sentir uno viendo en la tele un Getafe-Alavés, pongo por caso. También puede ser que la edad haya apagado el ardor futbolero de antaño, como lo hace con otros ardores y afanes. Pero el fútbol en directo, a pie de césped, o doscientos metros más arriba, es otra cosa.

El caso es que me encuentro en Madrid este día de autos. Volvemos de un viaje a Croacia la Peque, Elena, "el Pintor", Victoria y un servidor. Nuestro AVE no sale para Córdoba hasta las cinco de la tarde. Y me entero, de oídas, que el Madrid, mi Madrid, juega a las doce contra el Betis güeno. Son las diez de la mañana. Las mujeres quieren irse por ahí de museos y tiendas; el Pintor, a lo suyo, a la cuesta de Moyano a olisquear libros. "Peque, pos yo me voy al fútbol" -me arranco con inesperada valentía. "¿A ver al Madrid? -me mira con asombro-. Allá tú, con tu taquicardia". La ocasión es pintiparada. Si no la aprovecho, luego me lo reprocharía. ¡Palante! ¡Con dos cojones!

Hay cola en las taquillas. Y fijaros que se trata de un partido del todo intrascendente, en el que ninguno de los dos equipos se juega nada. Pero el Bernabéu se llena siempre, y, además, es el último partido de esta puñetera y malhadada liga. La calle, aún tomada por los coches de la policía, es todo una fiesta: gente deambulando de aquí para allá, bufandas blancas y azules, gorros y camisetas verdiblancas, voces, cánticos, tenderetes ambulantes de fetiches futboleros, revendedores infiltrados y molestosos en las filas de la cola... ¡Qué cosa más extraña y más grande esto del fútbol!!!

"Suba usted por estas escaleras hasta todo lo alto, hasta que ya no pueda más" -me indica amable una chica ataviada con uniforme amarillo. Y subo, y subo, y subo... Voy dejando atrás a otras personas de mi edad, o aún mayores que yo, que precisan de un descanso para retomar el resuello. Yo no. De un tirón me planto en el techo del estadio y encuentro sin problemas mi localidad. Uno es de pueblo, pero también es estudiado. Saco el móvil y me hago un selfie de esos, más que nada para que mis hermanos y sobrinos se crean de verdad que estoy aquí. Y llamo a Jaime para lo mismo. Enseguida se me acerca una joven chinita ofreciéndose a hacerme ella una foto de frente, como Dios manda. Detrás mía, en la última fila de asientos, un grupo de muchachos se desgañita gritando los nombres de los futbolistas según aparecen sus fotos en la pantalla de enfrente. A mi izquierda, una pareja de novios acaramelados, de esas que van al fútbol a darse el lote como antiguamente iban al cine con el mismo propósito. Pero ahora, sin esconderse, a plena luz del día. A mi derecha, un hombre joven vestido de diario, y su hijo, un chaval de unos diez años. Serios y callados ambos, como concentrándose.

El partido, la verdad, fue lo de menos. El Madrid se ha transformado en un equipo irreconocible. Todo apatía y abulia. Todo juego horizontal o para atrás, sin chispa ninguna, sin ningún detalle de la calidad que se le supone a esta gente; ni un pase en profundidad. El primer disparo a puerta del Madrid se produjo a los 22 minutos de juego. Y fue fuera. Poco después, un balón suelto que se le queda en los pies a Benzemá, solo ante el portero, va y la tira al palo. Pero el público aplaudía todo, una afición entregada a su equipo, a un equipo que no se la merece ni de lejos. Esta afición, por lo que pude ver, está muy por encima de sus futbolistas. La gente solo empezó a silbar y a protestar después del segundo gol del Betis, cuando la cosa era ya bochornosa.

Y el hombre joven y su hijo me dan lástima. En otro tiempo, yo hubiera cogido un cabreo de narices ante un partido así. Ahora, casi me da lo mismo. Sigo siendo madridista, eso es algo indeleble, una especie de marca incrustada en el paleoencéfalo, pero ya sin pasión ante esta panda de mercenarios desvergonzados. Pero este hombre y su hijo se han pasado todo el tiempo serios, sin hablarse ni siquiera entre ellos, mordiéndose las uñas, encogidos sus estómagos que no han probado ni el bocadillo del descanso, sufriendo lo indecible. Y me los imagino de vuelta a casa en el metro igual de tristes, lo mismo de callados. 

Mientras, los futbolistas del banquillo fueron captados por las cámaras riéndose tras el segundo gol del Betis, y todos ellos muy probablemente se fueron luego a almorzar tan ricamente al asador donostiarra, que aquí no ha pasado nada. Que esto es solo fútbol y nosotros nos lo llevamos calentito.

Lo bonito del fútbol hoy sigue siendo la afición entregada. Lo demás, negocio y mercantileo. Un asco.





viernes, 29 de marzo de 2019

El Aquagym

Mirad que estoy contento del oficio que en su día me escogió, y satisfecho del desarrollo vocacional que he hecho del mismo. Lo sabéis. Bueno, pues aún así, ha habido un tiempo en el que he sentido que mi verdadera vocación frustrada era la de pastelero. Soy así de goloso. Pero no pastelero de trabajar en la cocina y en el horno, se requiere para ello una pulcritud y minuciosidad de las que carezco; tampoco pastelero de mostrador -con lo poco mañoso que soy estropearía el género al colocarlo con tan poca delicadeza en las bandejas-, no. Lo mío sería  de probador, de catador. Antes de exhibirse pinturero en las vitrinas de la pastelería, cualquier dulse debería haber pasado el exigente filtro de mi gusto, perito en paladares. ¡Uuuhhhmmm! Me pone solo el pensarlo.

Así ha sido hasta que hace unos días, desde que frecuento la piscina cubierta, he observado que no, que estaba equivocado: ahora resulta que mi verdadera pasión oculta es la de ser...: ¡¡monitor de Aquagym para chicas!!! ¡Joder, qué chollo!!

En nuestros tiempos no había estas modernuras, no hemos podido decirles a nuestros padres que queríamos ser entrenadores personales o monitores de Aquagym o gestores de Bolsa. Yo aprendí a nadar en el río de mi pueblo con mi amigo Agundo, y más tarde perfeccioné mi estilo en la piscina del seminario hasta donde me permitió mi pobre coordinación motora. Y cuando llegaron las piscinas a nuestros pueblos con la primera modernidad andaluza solo sabíamos tirarnos de cabeza, bracear, hacer el muerto... Y el ganso. Ni idea de monitores. Llegados a este punto, no puedo ignorar aquel tan sabio consejo que les daba el padre de Jaime a todos sus hijos a la hora de escoger profesión. Les decía: "Hijos míos, podéis hacer lo que a cada uno de vosotros más le apetezca, aquéllo para lo que sintáis verdadera vocación... Menos dos cosas". Los chiquillos, que eran siete u ocho chaveas -el hombre era cursillista-, se quedaban atentos y expectantes, a ver qué serían esas dos cosas prohibidas-. "No seáis nunca ni picador de toros ni linier de fútbol" -les sentenciaba. Y luego lo aclaraba: "Porque en esas profesiones dejarían en muy mal lugar a vuestra madre".

A lo que íbamos: Yo me quedo medio embobado en el borde de mi calle mirando las mudanzas y gimnasias de las chicas que hacen Aquagym, con el monitor al mando. Termino la calle exhausto, y con el pretexto de tomar un respiro, o dos, apoyo mis brazos sobre el borde y echo en ellos mi barbilla... Y a mirar. Si viniera mi mujer me lo reconvendría muy ásperamente: "Joer, Sema, que se te nota un montón; disimula, hijo". Pero como la Peque es hidrófoba y le teme al agua como gato escaldado, pues, tanto mejor. Yo solito sin nadie que me riña del disfrute de semejante espectáculo. Si las doce es la mejor hora porque hay menos gente, esta de las diez es la ideal para ver la algarabía del gineceo en el agua. Lo más atractivo, desde luego, es el calentamiento. Entiéndaseme: los ejercicios estrambóticos que realizan las gachises fuera de la piscina para ir cogiendo forma y soltura. Se ponen en fila enfrente mío. Ahora arrancan a saltar y a levantar alternativamente una pierna y la otra, como las chicas del Cancán. De pronto, a la orden del monitor se dan la vuelta y me echan el trasero. Y se ponen a hacer flexiones. Y el tío suertudo -me refiero al monitor-, por detrás de ellas, como haciendo que vigila las posturas, pero en realidad, bicheando... ¡Qué buen oficio, coño! ¡Qué envidia! Y uno creyendo que cuidar y atender con cariño a los enfermos era lo mejor del mundo... ¡Qué tarde me ha pillado todo esto! ¡Cuánta lozanía y yo tan viejo!... -se lamentaba con una prosodia más zafia el padre de un amigo en los primeros años del destape. Pues lo mismo.

En fin... No se enojen las mujeres porque mi mensaje parezca machista. Es posible que lo sea, pero los hombres normales de mi edad (abstenerse dementes, psicópatas y degenerados) somos unos viejos verdes. Hemos sido criados y educados en la cultura del sexo reprimido. Todos hemos sido protagonistas sin saberlo de "Edad prohibida", aquel famoso libro de juventud de Torcuato Luca de Tena. Cuando podíamos no nos dejaban el régimen ni el catecismo. Y ahora que nadie nos pone trabas no podemos. Y el deseo sexual, el más vitalista y regenerador de todos los deseos humanos, se nos escapa por los ojos y por la boca. Es verdad. Pero no es menos cierto el profundo y sentido sentimiento de cariño y de respeto que dispensamos hacia las mujeres. Ahora hablaré en primera persona del singular: la mujer es la persona que no solo da la vida, sino que da también sentido a la misma. "Solamente por ver a estos primores -decía hoy un viejo en el vestuario- vale la pena el euro que nos cuesta la entrada". Pues eso. En ocasiones, paseando por la calle fantaseo con que no hubiera mujeres en el mundo, que todas las personas con las que me cruzo o saludo fuesen hombres. ¡Qué aburrimiento! ¡Qué sinrazón! ¡Qué tristeza más grande! Todas las mujeres que son o han sido parte de mi vida son o han sido personas sencillamente ejemplares y maravillosas: desde mi abuela, mi madre o mis hermanas hasta la Peque o mi hija; desde mis amigas -tantas y tan buenas- hasta mis residentas y mis estudiantas .

Un beso muy fuerte para todas.

martes, 26 de marzo de 2019

Otra de piscina

He cogido con ganas esta rutinilla de la piscina, es verdad. Cuando me da por algo me pongo hasta maniático. Bueno, no importa; ya llegará el día en que me canse. Mientras dure...

Ya tengo comprobado que la mejor hora es entre las doce y la una del mediodía; es cuando menos gente hay. Además, termino sobre las dos, y llego a casa que lo devoro .
Hoy he ido a la una y cinco. El panorama no puede ser mejor: cuatro personas para siete calles. Una chica y tres hombres mayores. Naturalmente, escojo una de las calles vacías con el rótulo informativo de "Calle Lenta". Estupendo.

El caso es que empiezo a nadar y noto cierta incomodidad. Es como si me costara avanzar. Ya se sabe que voy por la calle lenta, y que uno no es Mark Spit (joer, qué antiguo), pero es que braceo como cuando sueñas que no sales del mismo sitio por mucho esfuerzo que hagas. Me pongo de pie, y me doy cuenta de que es porque me he puesto el bañador al revés: lo de atrás, delante; y lo de delante, atrás. Y así, los bolsillos laterales se abren para adelante, se me llenan de agua y me frenan como alerones. 

Así no puedo seguir, a paso de tortuga. Pero me da mucha pereza tener que salir del agua, volver a los vestuarios y ponerme bien el bañador. Y entonces es cuando se me ocurre una de esas ideas mías geniales: como somos tan pocos, nadie se va a dar cuenta si me cambio el bañador dentro del agua. Dicho y hecho.

De todas formas, en consideración al decoro aguardo a que los tres vecinos y la chica del fondo empiecen a nadar hacia el otro extremo de sus calles respectivas. Y así, mientras van y vuelven, me sobra tiempo para mi maniobra impúdica. Para darme ánimo, se me viene a la memoria cuando la Peque en sus mejores días era capaz de cambiarse el tampax mientras conducía por Sevilla en los veinte segundos del semáforo en rojo. 

Vamos allá: con toda decisión me desembarazo del bañador y me quedo en pelota picada, protegido, eso sí, por la masa del agua. Agarro el bañador y le doy la vuelta. Los otros nadadores aún no han llegado a la punta de sus calles. Vamos bien. Colocada la prenda en mis manos en posición correcta, bajo el bañador para meter la primera pierna. Imposible. Contra pronóstico, al puñetero calzón la da por flotar y se me viene arriba, ¡coño, que no puedo bajarlo! Y cuando consigo bajarlo algo resulta que la rigidez de mi cadera no me permite doblarla lo suficiente para ensartar el pie por el pernil... Aparecen los primeros nervios. Miro para atrás, y los vecinos ya vienen de vuelta. "¡A que me pillan en pelotas!"... Se me ocurre ponerme a bucear para arrastrar el bañador hasta el fondo, pero entonces se me sale el culo flotando libre. "¿Será posible?"... A pesar del agobio, me da por reírme y me imagino que soy mister Bean en alguna de sus disparatadas anécdotas. Uno de los vecinos ya ha llegado, y se me queda mirando raro, como diciendo qué le pasará a este. Los demás van llegando también. Yo me quedo quieto, sin movimiento alguno, como silbando y mirando al techo. Y ellos vuelven a lo suyo; ¡menos mal! La chica está más alejada y no se ha dado cuenta. Lo intento de nuevo, ahora con la otra cadera, la protésica. Doy un pequeño saltito con la otra para apoyarme mejor... ¡Y lo consigo!!! ¡Ha entrado, ha entrado!! ¡Por fin! Con la pierna libre puedo arrastrar el dichoso bañador hacia abajo y calzar ya ambas piernas. ¡Joder, vaya ratito de susto! Hubo un momento en que llegué a pensar que tendría que salir desnudo de la piscina. Hasta imaginé el mejor escenario: me quedo remoloneando cerca del borde, haciendo como que buceo, o simplemente caminando y haciendo ejercicios de pie, hasta que todos se vayan, porque a estas horas no es previsible que ya entre nadie nuevo hasta por la tarde. Así, solo se reiría de mí el vigilante desde su cuartito.

Y luego, ya sereno de camino a mi casa me pregunto: ¿Solamente a mí y a cuatro como yo nos pasan estas cosas? En fin...


Los mocos

A pesar de lo bien que me encuentro, de lo joven que me conservo y de los piropos de que soy objeto -mi suegra se me quedaba mirando muy atenta y protestaba al mundo como contrariada: "Muchachos, ¡es que no tiene ni una sola arruga!..."-, he descubierto estos días en mi persona un signo más de envejecimiento. Contábamos ya con algunos otros: el parecerme a mi padre en las imprudencias, en los apetitos y en las cojetás; el emitir ruidos raros y silbantes en el sueño; bueno... y eso tan penoso de haber cambiado hueso por ternilla en el colgajo. Pues ahora, otro: los mocos. Tengo mocos perennes, como cuando era un chavea.

Será acaso eso que dicen que los viejos nos vamos pareciendo cada vez más a los niños, no lo sé. El caso es que tengo mocos. Todos los días. Siempre. Y no son mocos de resfriado ni de alergia, como no lo eran entonces. Simplemente mocos. Como el que tiene una verruga en la frente. Pues yo, mocos. Cierto que hay alguna diferencia con los mocos infantiles. No son los de ahora aquellos mocos húmedos y verdes, inagotables, saladitos y apetitosos, fuente gratuita de mucopolisacáridos y de proteínas -a falta de carne, mocos-; mocos aquéllos gloriosos en forma de velas que yo sorbía en lo alto del púlpito, dirigiendo el rosario, en los siete segundos del "Dios te salve María"... del turno de las beatas, y si me sobraban me los refregaba en las mangas del roquete. No. Mis mocos de viejo son mermelada de pera por las mañanas, y cortezas secas y duras por las tardes, ya sabéis, de esas que se apergaminan en las paredes de las narices; de esas que nos gusta a todos sacarnos a escondidas, examinarlas y hacer pelotillas con ellas, y tirarlas luego por la ventanilla del coche, o pegarlas debajo de la silla. ¿O soy yo el único guarro irredento que hace esas cosas? 

Al final, mi ardua investigación médica concluye que no; que mis mocos no son signo de vejez, o no solo eso. Es que tengo dos nietos chicos, y entre los tres, ellos dos y yo, nos los vamos intercambiando como antes cambiábamos tebeos o cromos entre los chaveas. Sí, eso debe ser.

Benditos mocos míos.

jueves, 21 de marzo de 2019

Una mañana de piropos

La verdad es que voy con cierta aprehensión. No me gusta ir a los sitios obligado por nada ni por nadie. Hasta ahora, vivo mi jubilación a mi libre albedrío, sin más obligaciones que mis visitas vespertinas a mi hija y mis nietos. Bueno... y los mandados de la Peque, la lista para el Mercadona. Y esta mañana me he propuesto una obligación nueva: ir a la piscina cubierta. Que sí, que reconozco que me viene muy bien para mejorar mi estado de forma, para enderezarme esta espalda mía tan encorvada, para aliviar mi rigidez de caderas... Que sí, que de acuerdo, pero que no me atrae, que no me tira, que siempre encuentro alguna excusa. Pues nada. Hoy es el día.

-Buenos días, señora -me dirijo atento a la mujer del mostrador.
-Buenos días. Usted dirá - me responde amable ella. 
Digamos que es una mujer de mediana edad, bien parecida, pequeña de talla, una cosa así como la Peque, pero más joven.
-Bueno... yo venía a por un bono de piscina, de esos que hay más baratos para personas mayores.
-Muy bien. Necesito el carnet de identidad de la persona que sea... su padre, su suegro... en fin, del que vaya a venir a bañarse.
Me quedo perplejo, porque no sé si es una broma o es de veras lo que estoy oyendo... Al fin, reacciono:
-Que no, mujer, ¡que es para mí!
La señora entonces levanta la vista por encima de sus gafillas, y se ruboriza riéndose:
-¿Para usted? Venga y no me vacile, hombre, ¿qué edad tiene usted?
-Pues sesenta y seis cumplidos. Aquí tiene usted mi carnet.
-¡Por Dios! No aparenta usted ni cincuenta.
-Pues muchas gracias. Uno que tiene una mujer que lo cuida muy bien.
Y nos reímos un momento. Y servidor más ancho que largo.

Entro en el vestuario y aquello parece un laberinto de taquillas, bancos para sentarse, duchas... en un suelo mojado y resbaladizo. En esto que se me acerca un hombre bastante mayor, enjuto y la mar de despabilado.
-Buenos días -me interpela-, parece usted nuevo por aquí ¿no?
-Pues sí, es mi primer día.
Y el hombre, todo solícito, me pasea por toda la dependencia, me explica el funcionamiento y el itinerario con todos los pormenores. "Tenga usted mucho cuidado, porque desde aquí donde estamos ahora, en estas taquillas, es zona común de hombres y mujeres, no vaya usted a desnudarse aquí".
-Muchas gracias, hombre, por tanta explicación. Ya nos veremos.
-Muy bien -se despide de mí con este piropo-: se agradece que venga gente joven por las mañanas, aquí somos todos unos carcamales.

El monitor de la piscina tiene conmigo la deferencia de ponerme en una calle para mí solito. "Ea, por ser el primer día". En las otras calles hay dos o tres personas. Al cabo de un rato, veo entrar en el recinto a dos gachises rollizas y bien apretás, de estas que parece que el bañador les rechina. Y yo, medio embobado haciendo tiempo en el borde de mi calle. Cuchichean algo entre ellas, se ríen juntas mientras se dan la ducha de rigor antes de entrar, y luego se dirigen a mi calle.
-Caballero -me dice una de ellas- ¿le importa a usted que compartamos la calle?
¡Joer!, yo me emocioné y todo. Seguramente han elegido mi calle porque es la menos concurrida, pero uno enseguida se imagina otra razón: "Claro, me ven el más cachas de to esta gente".
-¡Pues claro que no me importa! Al contrario, ¡encantado de la vida!


Pa que veáis, en una mañana, tres piropos. Y es que a los hombres no nos importa que nos piropeen.