sábado, 21 de noviembre de 2020

Fuga de médicos

Se veía venir desde hace tiempo. Desde la crisis del 2008, con los recortes. No era normal que médicos rondando los sesenta años tuviésemos más carga de trabajo que cuando fuimos residentes. Así de claro. Tanto en los hospitales como en Atención Primaria. Desde entonces, la enorme sobrecarga para los profesionales de la salud ha corrido paralela a la racanería y precariedad en los contratos. Las administraciones públicas (en este caso, el SAS y Hacienda) no han visto más allá de sus propias narices y no han sido capaces de prevenir un futuro muy inmediato. O no han podido. 

Mucho antes de la irrupción del Covid, buena parte del colectivo médico andaluz padecía del burnout ése de los cojones. Achicharrados. Muchos médicos se han sentido maltratados por el sistema. Al cansancio de los veteranos se le añadió el desánimo de los bisoños, hasta los cataplines de contratos basura. Muchos especialistas primerizos han soportado contratos de miseria, de vergüenza. Primero, fueron contratos prolongados, pero del 75%; luego, del 50, del 25... Yo he vivido esa época. No en mis carnes, pero sí en la de otros. Y también en las mías, claro, porque las ausencias de compañeros había que cubrirlas, exigían al resto. Y he sido testigo de mala praxis médica por mor de esas ausencias. A un enfermo no puede verlo un médico distinto cada día. Al menos, a uno de medicina interna. Año tras año, la gerencia del SAS proponía un Contrato Programa cada vez más exigente; cada nuevo gerente de Área nos ilusionaba con proyectos innovadores la mar de ambiciosos, la mar de bonitos, pero sin pan bajo el brazo. "Lola, nos parece extraordinario tu proyecto, pero suponemos que con recursos añadidos, ¿no?". "Imposible. Hay que trabajar con lo que tenemos". Así siempre. Los médicos que ahora nos estamos jubilando hemos tenido la impresión de que la sanidad pública no ha sido nunca una prioridad para el gobierno eterno del PSOE. La ciudadanía no percibía tal cosa porque el trabajo iba saliendo, pero a costa de una vocación mal entendida que los gerentes tomaron por el sucedáneo de una moderna esclavitud. Y ya el colmo han sido los muy recientes contratos temporales por semanas, por días e incluso por horas. No es cachondeo, no. Insisto, todo esto mucho antes del Covid. Arrastramos los sanitarios penurias calladas y ahogadas desde mucho tiempo atrás.

Y ha sucedido lo que tenía que pasar. La gente ha buscado alternativas. Y mucho más, ahora, con el miedo al Covid. Lógico. El sistema público, aquel emblema que hemos defendido y admirado con orgullo, se nos viene abajo. Nos hemos quedado sin relevos. En el Córdoba de ayer, 20N, aparece en portada una noticia no por sabida, menos inquietante: "Fuga de médicos". De 24 residentes de Familia que han terminado este año la especialidad en la provincia, sólo 7 han permanecido en Andalucía. El resto se ha marchado fuera o se ha ido a la privada. Manda bemoles la cosa. Pero es lógico. Nos quedamos sin gente. La medicina hospitalaria enferma de gravedad, la Atención Primaria agoniza.

La respuesta miope del gobierno andaluz actual no se ha hecho esperar: igualar los honorarios de todos sus médicos, pero no al alza, sino concediendo el complemento de exclusividad a aquéllos que también trabajan en la privada. Insuficiente, a todas luces. Y, a mi criterio, una medida oportunista, pero inadecuada. Dicho complemento es un aditivo de quinientos y pico euros brutos mensuales que el SAS paga a los médicos que solo trabajan en lo público. Complemento que ha sido largamente criticado desde el otro bando, que ha entendido siempre este asunto como una medida injusta y discriminatoria. Sus proclamas han sido claras: "Al mismo trabajo, mismo sueldo"; o esta otra: "En mi tiempo libre puedo hacer lo que me plazca". Veamos:

Los médicos andaluces están mal pagados. Quizá, los últimos en el ranking de médicos españoles. Por lo tanto, todo lo que sea aumentar sus honorarios me parecerá bien. Con unos sueldos decentes y ajustados al trabajo y a la responsabilidad que conlleva nuestro oficio, sería posible que muchos más médicos optaran solo por lo público. Jamás me he quejado por mi sueldo, a lo mejor porque también he contado con el de la Peque. Pero si la mujer no trabaja, muchos médicos se agarran a las guardias como solución forzosa para poder tirar palante. Incluso en edades prohibitivas. No debería ser así. Con sueldos y condiciones laborales dignos, las cosas serían muy distintas.

Así mismo, considero que el SAS, como empresa, está en su derecho (y en el deber) de premiar a un determinado colectivo que le fidelice y cumpla determinados requisitos. Es verdad el eslogan de "al mismo trabajo, mismo sueldo". Y, en realidad, es así. Los sueldos son los mismos. La exclusividad es un complemento opcional. En cuanto a lo de que "en mi tiempo libre puedo hacer lo que me plazca", sí, pero no. La actividad privada puede generar -y de hecho genera- conflicto de intereses con lo público. Es algo parecido a como si alguien trabaja para una empresa concreta por la mañana, y para la competencia por las tardes. Si esa empresa permite tal cosa, también está en su derecho de premiar la fidelidad de los exclusivos.

Mi idea futurista de todo este asunto va por el camino de la disgregación absoluta. El médico debe elegir: medicina pública o privada. Y el SAS debería exigir exclusividad a todo el personal sanitario. Se acabó el problema. La actividad privada en un médico público puede vulnerar la equidad en cuanto a la accesibilidad por parte de los usuarios. Cierto que en los momentos actuales no estamos en condiciones de descapitalizar lo público, claro. No sería recomendable ni posible. Pero en un futuro sí creo que el sistema público de salud exigiera a las nuevas incorporaciones el compromiso de trabajar en exclusiva para lo público. Como dije antes, con unas condiciones laborales decentes y un sueldo apropiado se podría evitar la fuga de médicos hacia la sanidad privada o hacia otros lugares más favorables. 

Amén.


 

jueves, 19 de noviembre de 2020

El extraño caso de la prostituta diabética

Como se dice en las películas, esta historia está inspirada en hechos reales. Sólo que edulcorada al gusto del autor. Que para eso se ha molestado en recordarla para vosotros.

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Es una muchacha prenda. En el argot putero, la llaman "La Taruga", por ser natural de Pozoblanco. Alguien, con muy mala uva, le ha añadido el postizo de "Dulce", "Taruga la Dulce", porque, además de puta, es diabética. ¡Qué mala leche! Su verdadero nombre, sin embargo, es precioso (y sugerente, la verdad): Deseada Olmo Pedrajas. Desi, para los cercanos. ¡Penita de mujer! En el último año se le conocen al menos seis ingresos en el hospital por descompensaciones de su diabetes. Esta enfermedad precisa de una disciplina y unos hábitos demasiado alejados del oficio de la calle. Un desastre.

La han subido de Observación a la planta a instancias de Lucy, la enfermera, y de Ana Mari, la asistente social. Por ver si en unos días se acaba de controlar su dichosa diabetes, y, además, por darle un descanso del acoso sangrante de su chulo. Que, además de explotarla sexualmente, le zumba alguna que otra paliza.

A Carmelo le da mucha lástima. Es la primera vez que conoce de cerca a una mujer de la vida. Le ha sorprendido agradablemente que la muchacha está de buen ver. Aún con esa bata azul desvaído del seguro, que iguala a todo el mundo, ella destaca por su pose cuando se pasea por el pasillo de la 5ª-C. ¡Verás como la pille "el Moli" fumando! Morena y tostada, posee unos ojos bonitos, unas cejas empinadas y una mirada chispeante. Y un flequillo zaíno que le cubre toda la frente como si quisiera tapar con él su mala conciencia de vida, las calamidades de su mente. Es guapa. Nada que ver en ella con aquellas chicas tan desmejoradas que Carmelo recuerda de sus tiempos de seminario asomarse, tristes y envejecidas, por las calles Cardenal González o Feria. Y mucho menos con aquella otra que por las tardes-noches de primavera montaba su sombrajo al cobijo de la fronda ribereña, pegado a la gran noria. Una buscona lumpen para tiesos, que se rebañaba los bajos con una toalla al reclamo sonoro de: "¡el siguiente!"

-Carmelo, hazte cargo tú de la paciente de la cama 9 -le había encomendado Fernanda Torres, encargada del reparto de los ingresos del día.

Sentado con cierta prudencia a los pies de la cama, médico y paciente se disponen a sincerarse. Un médico que no se sienta a charlar con sus enfermos no se empapa de la calamidad que les aflige.

-Puedes acercarte un poco más, que yo no me como a la gente -le dice la mujer con toda su frescura.

En los días siguientes, el médico ha podido enterarse de las peripecias pasadas por esta joven desgraciada. Ana Mari, la asistente social, lo ha puesto al día de todas las diligencias llevadas a cabo en anteriores ingresos para intentar sacar a la muchacha del dominio de su hombre, su chulo. Todo infructuoso. El muy cabronazo nunca se ha presentado a las citas con el juez, y no saben muy bien cómo se las apaña para sacudirse las denuncias. Por su parte, la muchacha, avergonzada, no se atreve a decir nada en su casa del pueblo, y, sin dinero en el bolsillo, no puede escabullirse por su cuenta.

-Pero, Desi, ¿tú quieres seguir en esto? -le ha preguntado Carmelo, intrigado por tanto infortunio.

-¿Yo? ¡Qué va! ¡Ni mucho menos! -responde resignada-. Ojalá pudiera escaparme de las manos de ese tío; hasta sueño muchas noches que estoy en mi casa... Mis padres empiezan a estar mosqueados porque llevo más de seis meses sin ir por el pueblo... Que si trabajo en el bar Lepanto, que me he inventado, algún día tendré de descanso ¿no?, se me quejan en sus cartas... Lo que no me explico es cómo me dejé engañar de esta manera.

Carmelo ha llegado a pensar en alojarla en su propia casa unos días para despistar la vigilancia del chulo, y luego pagarle el billete de autobús hasta su pueblo. Pero tanto Ana Mari como su mujer lo han considerado una locura. "Meter en casa a una mujer como ésta... Para que se entere el otro, y nos metamos en problemas"... Pero le preocupaba la certeza de que en cuanto saliera de alta, el hombre la volvería a cazar.

-¿Y si le ponemos una ambulancia que la lleve directa desde el hospital a su pueblo? -pregunta el médico a Ana Mari?

-¡Qué gran idea! -se sorprende la asistente-. Magnífica, oye. Podría ser la solución. Pero tú sabes que la Dirección sólo autoriza ambulancias para los casos muy graves, terminales, y para los enfermos en diálisis.

-Tú podrías convencer a Mingorance como si Desi fuese una enferma en diálisis. Que haga la vista gorda y que firme.

-Ya, sí, quizás... Pero sería poner a don Miguel en un serio compromiso, con lo estricto que es para estas cosas del gasto...

Y en ese momento, a Ana Mari se le ilumina la cara:

-¡Lo tengo, lo tengo! -exclama alborozada cogiendo las manos de Carmelo-. Conozco muy bien al taxista que trae y lleva a un paciente de diálisis de Añora. Lo vamos a hacer por nuestra cuenta, sin comprometer a nadie. Metemos a la chica como polizón en el taxi, y que el chófer la alargue a su casa.

-¿Y el taxista entrará por ahí? -duda Carmelo.

-De ese me encargo yo. Me debe muchas. Por cierto, a todo esto, a lo mejor sería conveniente que informaras a tu adjunto de este asunto. Más que nada por ti, no sea que te metas en un lío.

-Soy ya un R3, tía. Voy un poco por libre. Pero vaya, que no hay problema. Hablo con Juan Molina o con Jiménez Alonso, y lo aclaro todo. Seguro que me apoyan.

Así se hizo. Y salió bien. Y entonces, a Carmelo se le inflama el pecho de la emoción de vivir este tiempo médico, el suyo, acaso ya irrepetible, en que los problemas, incluso los más complejos, se arreglan con mucha voluntad y un poquito de compadreo. Ya le llegará otro tiempo, saltando el siglo, en que el papeleo, los formalismos, los programas informáticos, los protocolos y consentimientos... pretendan -y a veces lo consigan- sustituir el trato humano y emotivo con los enfermos por el diálogo aburrido y obligado contra la cara sosa e insensible de un ordenador.

 


martes, 17 de noviembre de 2020

Pintor Zurbarán 7, 1º- A

Vivimos en ese piso durante seis años, desde 1977 a 1983. En los cuales puedo calcular un acumulativo de veinte días totales en que pudiéramos gozar de una absoluta intimidad de pareja. Aquello era una pensión. Juntos, o por periodos separados, allí vivieron con nosotros Pilar, mi Manolo, mi Frasco, la Miki... Y si, por una bendición divina o algún alineamiento planetario, coincidían todos fuera, siempre habría algún paisano acompañante de algún familiar ingresado en el hospital que viniera a nuestra casa a ducharse, a comer o a dormir. Ha sido siempre nuestra servidumbre. Y no precisamente gracias a mi hospitalidad, sino al enorme corazón de la Peque. (De alguna manera tengo que ir haciéndole la rosca para que luego no saque tan rápido las tijeras de su censura).

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Un domingo de noviembre del 77 invité a cenar en nuestro piso a unos amigos de la facultad. Tres de ellos, de Puente Genil, y el otro, de Cabra. Nada del otro jueves, nuestra casa fue pesebre para mucha gente. Cuando no era el Pintor, era Alejandro, Carmen Tirado, Antonio Fernández y Pepa, o Choni y Paco, mismamente. Esa noche, además -y era la excusa-, televisaban un Real Madrid-Betis, y el piso de mis amigos no tenía tele. "Vemos el partido en mi casa" -les había anunciado días antes. Naturalmente, yo los tenía por madridistas. La Peque estaba impresionante de guapa y de apañá, solícita y cariñosa con todos ellos. No recuerdo qué  preparó de cena, pero en aquellos tiempos del mal comer estudiantil les pareció a todos gloria bendita. Nos habíamos casado el día de los Santos, apenas veinte días antes, y el piso se encontraba escamondado de limpio y de ordenado. Mi hermano Manolo y nuestra amiga Pilar, inquilinos a perpetuidad, habían colaborado en la intendencia para impresionar aún más a mis amigos.

Todo perfecto. En la sobremesa, ya bien entrada la segunda parte del partido, el Madrid ganaba cómodamente por 3-0. Miel sobre hojuelas. En esto, que se produjo una jugada dudosa en el área, y los béticos piden penalty de Stielike sobre Hugo Cabeza. Y como quiera que el árbitro no lo concediera, empezó el cachondeito del personal, lo de siempre, que si favoritismo, que si así gana el Madrid... Y a mí, que los creía merengones, comenzó a agriárseme la sopa de marisco, tío.  "¿Pero no se dan cuenta de que faltan diez minutos escasos, y ya no hay ná que rascar?"... -me reconcomía por dentro. Inconscientes y socarrones, siguieron con la cantinela sin apercibirse de mi sangre rehervida. ¡Joder, es que ya hasta se cabreaban con cada falta que pitaba el trencilla contra el Betis! Y se levantaban y hacían de aspavientos y de llevarse las manos a la cabeza. "¡Atraco, un atraco"! -se quejaba el suavón de José Antonio Morillo, un muchacho noble que no piaba jamás.

Perdí los papeles. De pronto me entró por el cuerpo un ataque de los de mi padre: un ataque de genio. "¿Para esto os invito a mi casa?... ¿Pa cabrearme de mala manera?"... Y ya totalmente fuera de mí: "A la puta calle"... Y los despaché furibundo.

Mi Manolo, Pilar y la Peque ni intentaron apaciguarme porque me conocían y sabían que era mejor dejar los humos a mi bola. Son dos o tres minutos, y enseguida me arrepiento. Pero ya estaba hecho. Ni siquiera pude disfrutar del cuarto gol del Madrid, un cabezazo de Santillana. Una velada estropeada por el fútbol. Acaso desde entonces empezó mi aversión a ver los partidos del Madrid en directo. Para no perder el control. Quizás.

-¡Hay que ver lo singrasia que te pones cuando te enritas! -ha sido siempre una sentencia de la Peque.

-Pero, Peque, ¿se puede uno enritar con gracia? 


Hace cuarenta años que no he vuelto a ver a ninguno de estos amigos, pero sé que me siguen queriendo. 







 

domingo, 15 de noviembre de 2020

Los nietos, ¡qué ricura!

Me paso todo el rato de este escrito con interrupciones de risa floja, acordándome de lo acaecido.

Vivía en mi pueblo un hombre con una seria discapacidad mental de nacimiento. Hoy no está bien el decirlo, pero en aquellos torvos años se le llamaba el tonto del pueblo. Todo el mundo lo tenía asumido, y él mismo, más que nadie. "Yo soy el más tonto de Palenciana y Benamejí juntos", se ufanaba de su tontura como mérito que no todo el mundo pudiera alcanzar. No es ningún secreto. Todos los de mi edad lo saben: se llamaba Juan José, "Juahopita", en el argot popular. El caso fue que llegado el momento inevitable de la agonía de su madre, él se encontraba a los pies de su cama, ambos con las manos cogiditas. La madre sollozaba de pena, conocedora del desamparo en que dejaba al hijo una vez ella ausente. "¡Madre mía del Carmen! -rezaba con el escapulario entrelazado-, ¿qué va a ser ahora de este pobre hijo mío?" Y Juan José, murmurando por lo bajito: "Yo me voy a vivir con La Chorro, o con María Josefa, a La Capilla..." Y la madre: "Virgen del Carmelo, hazme un último favor: cuando yo me vaya, recoge también a este hijo, que se venga conmigo..." Y entonces, Juan José se suelta de su mano, la mira con aire desabrido y le dice a voz en grito delante de toda la concurrencia familiar: "Cállate, omá, esa boca puerca".


Esta mañana, sobre las once, me he visto en parecida tesitura que el pobre Juan José. Mis nietos están en casa desde ayer tarde, viernes. Han cenado con nosotros, se han peleado varias veces, han visto dos películas de dibujos, han hecho sus pipisitos, se han lavado los dientes y, por fin, sobre las once de la noche, los hemos acostado.  Si  a estas alturas de mi vida alguien me preguntara por un momento de felicidad total, yo diría: saber que mis nietos están bien... Y bien dormiditos. 

Esta mañana, sábado, sabadete, amanece lloviznando. Da igual. La abuela ordena que vaya por churros para los niños. Y chocolate. "A mí no usta chocolate", dice el chico. Vale, un chocolate. Probad un día a sostener con equilibrio el paraguas, el papelón de los churros, calentito, y el vaso del chocolate, hirviendo. A ver... Cuando vuelvo a casa, el chico sí quiere mojar el chocolate. Ya se armó. El chocolate desperdigado en el sofá...Y la abuela: "¿pero por qué no has traído dos?" En fin... El salón empercudido, juguetes por todos lados, piso dinosaurios, velocirraptors y vengadores... "Anda, iros un ratito los tres a la tienda de juguetes, que no hace orilla de estar en la calle -sentencia la abuela-. Mientras, yo recojo." Me da un montón de repelús la tienda, no porque esté mal acondicionada, sino porque mis nietos tocan y hacen funcionar  todo juguete que les guste; y lo manosean todo, y se tiran al suelo, y se refriegan la boca... Y uno piensa: "Dios santo, demasiado poco está pasando pa lo que podría..." Al final me da fatiga de la empleada y siempre termino comprándoles algún minio de esos, que, por chico que sea, cuesta de cinco euros parriba. En una tregua del agua volvemos a la casa. Todo recogido por la abuela. En cinco minutos, todo revuelto otra vez. Al chico, Daniel, se le ha escapado algo de orina y ha manchado los calzoncillos. La abuela: "Sema, quítaselos, le das con una toallita, y le pones estos nuevos, que yo estoy con la comida". Me siento en mi sillón orejero, pongo al niño en mi regazo, y, por ahorrar tiempo, pretendo sacarle los pantalones sin quitarle las zapatillas. Ya lo sé, son mis cosas. El niño que se apercibe de mi torpeza y que hace todo lo posible por no colaborar, y que, encima, se burla del abuelo: "Abelo no sabe". Sudores... En esto que suena el teléfono fijo. Siempre es mi hija, porque nadie más sabe mi número. "Anda, Lucas -le digo al mayor-, cógelo tú, que es mamá." "Mamá, mamá -le grita a la madre-. Por fa, por fa, no vengas por nosotros, que nos queremos quedar a comer y a la siesta..." Y entonces fue cuando se me ocurrió lo de Juan José. Y le dije, ya muerto de risa: "Niño, ¿te quieres callar esa boca puerca?"

Pues eso, los nietos, una bendición del cielo. Si en pequeñas dosis, mucho mejor.


 

viernes, 13 de noviembre de 2020

De lenguas y otros vicios

Me gusta nuestra lengua, el Español. No le encuentro parangón posible con ninguna otra. La única que se le acerca, a mi parecer, es el Francés, por su musicalidad y por su gramática tan parecida. Siento una merecida sensación de engreimiento por hablarla, más aun a nuestro modo andaluz, y cierto disgusto cuando no la encuentro en los carteles informativos en el extranjero.

Y no es mi orgullo de hispanoparlante por el hecho de ser el Español una lengua universal; porque la hablen millones de criaturas; porque haya sido el idioma de Cervantes, Pérez Galdós, García Márquez, Neruda o Federico; ni porque sea la lengua oficial del Estado. No. Amo el Español porque con él balbuceé mama y papa; y abuela; y caca, culo y picha; y luego dije huevos fritos, tortilla y chocolate; y tejeringos, juncos y río; y más tarde, caligrafía con don Luis y álgebra con don José... Con él, he aprendido a leer y a escribir, he estudiado y he sido medio cura y médico entero. En definitiva, amo nuestro idioma porque ha sido, es y será mi lengua materna. Lo amaría igual si solo se hablase Español en Palenciana. Porque mi mama y mi abuela lo hablaban. Ya está.

Ahora imaginemos por un momento que mi padre se hubiese llamado Joan Ribera i Velasc, y que mi madre hubiese sido Josepa Civic i Creu; y que, en lugar de en Palenciana, yo hubiese nacido y crecido en Castellfollit de la Roca, en la Girona más profunda. Hubiese sido, igualmente, monaguillo, seminarista y médico. La misma persona que soy, con mis cosas buenas y con las menos buenas... Y español y catalán. O catalán sólo (¡Ay!, sin la Peque).  Y madridista, eso seguro. Pero mi lengua amada sería el Catalán, la de mis padres y mis abuelos. Así de simple.

Creo que todo lo demás es política pendenciera. Política que lee la parte de la Constitución que interesa. Política que pretende hacer de un derecho (el uso del castellano) un deber. Un derecho otorga, no obliga. O al revés, en la otra parte, que quiera eludir el deber de conocerlo (el castellano). Si yo amo mi lengua, ¿qué me impide aceptar que otros amen la suya? ¿Por qué ese empeño tan nuestro de imponer a los demás nuestra verdad, la única posible? 

Intento explicarme a mí mismo el por qué de la aversión de tantos españoles hacia el catalán como idioma (y como catalán). Y veo que pueden ser varios los motivos: identificamos -mal hecho- el catalán con el nacionalismo. Devolvemos con nuestro desprecio la idea de supuesta supremacía que al parecer ellos se atribuyen como pueblo. Y -creo- aún permanece entre nosotros aquel rancio espíritu imperialista de "Una Nación, una Lengua". Supongamos ahora que el andaluz se postulara como lengua cooficial. Un poner. Seguramente no suscitaría rechazo entre el resto de los españoles, porque los andaluces, por lo general, no somos independentistas. Fueraparte de que no hay color entre la riqueza expresiva y la simpatía de lo nuestro. Perdón por la inmodestia.

Y también quisiera conocer el por qué del sentimiento antiespañol en muchos catalanes. Esto me parece más fácil: durante la dictadura, mimados en lo económico, se han sentido, sin embargo, machacados en lo social y cultural. Y esas vivencias de represión linguística se han ido transmitiendo de manera amplificada y tergiversada a las nuevas generaciones de catalanes.

Cataluña acaso sea la comunidad autónoma que más diversidad de españoles acoge como suyos y los convierte en catalanes. Muy bien. Buena parte de ellos, sin embargo, mantiene su lengua materna, el Español. Y ese hecho trascendente merece una respuesta adecuada, proporcional a la generosidad de sus gentes y sus pueblos. Y esa respuesta es posible. ¿Por qué no ha de ser viable la coexistencia pacífica y simbiótica de ambas lenguas? Se me ocurre algo tan sencillo como olvidarse de ideologías e ir a lo práctico. Doble idioma en documentación, papaleo y cartelería. "¿Cómo prefiere usted el informe médico en español o en catalán? Ahí lo tiene". Una cosa parecida a lo del libro de instrucciones de uso de cualquier electrodoméstico, que viene en catorce idiomas. ¿Y en la calle? Pues libertad absoluta, que cada cual hable como quiera. ¿Y en los comercios? Doble idioma. ¿Y en las escuelas? ¿Cuál será el famoso idioma vehicular? Pues mire usted, depende. Podrá variar según la prevalencia local o regional de la lengua. A lo mejor en grandes ciudades será el Español, y en los pueblos, el Catalán. No creo que sea tan complicado. Somos las criaturas las que complicamos las cosas con nuestros prejuicios y nuestro maldito sectarismo. Y los políticos, más. 

España posee un tesoro inigualable en patrimonio, que es su diversidad cultural e idiomática. Y a la cabeza, sin discusión posible para mi, el Español. Se trata de un bien universal. Un BIEN  con mayúsculas, intrínsecamente bueno. Bueno, en sí mismo. No necesita imposiciones, todo el mundo lo abraza. Y si hay grupos de personas que no lo hacen, habrá que darles tiempo, ya caerán; y habrá también que respetar lo suyo, lo que ellos consideran lo más valioso. La imposición genera rebeldía. El respeto produce respeto. 

 ¡Jóder, vaya manera de desahogarme!

Hoy, desde aquí, permitidme que apele a la libertad, la tolerancia y la empatía.

 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

En el mercadillo

El martes es día de mercadillo en Antequera. Salgo de paseo con mi perrita a media mañana. La Peque suele andar sola por el circuito periurbano de Matagrande despuntando el día. No acostumbro a acompañarla porque me cuesta seguir su ritmo y porque me gusta desayunar reposado. Hoy no sale, le falta un día de cuarentena. Mientras Trini, la mujer que nos limpia, pone la casa patas arriba, aprovecho para sacar a la Pelu.

Al pasar por la plaza de toros me acuerdo del mercadillo, por detrás del parque. He perdido mis dos gorras de invierno y he pensado, así de sopetón, en llegarme a comprar una. "Pa que vea la Peque que yo sé comprar sólo". Me anima el recuerdo de hace un año en que en un viaje relámpago a Sevilla a un asunto de Hacienda me metí solito en el Corte Inglés de San Juan de Aznalfarache y me compré tres pares de pantalones. Que es que me hacían mucha falta. En un plis plas. Oye, y acerté.

Al mercadillo -¡oh, sorpresa!- solo se puede acceder por un sitio. Veo que hay una pequeña cola y pido la vez. Compruebo con cierta curiosidad que hay un operario del ayuntamiento controlando a la gente que entra, y le toma la temperatura con un termómetro de pistola. Y me hace gracia, oye. Ya me toca. Cojo a mi perrita en brazos y le pregunto al buen hombre si esto de la temperatura es obligatorio.

-No, mire usted; es voluntario. Pero ya que ha hecho usted la cola y todo...

-Vale. Dispare -y le ofrezco mi frente despejada.

-Treinta y seis con dos -me dice el hombre.

-Estupendo -le respondo. Y ahora se me ocurre una de esas imprudencias temerarias que no puedo reprimir.

-¿Y a mi perrita no le pone la pistola? -yo muy serio, como si fuese de verdad. Algunas de las mujeres que venían detrás se echan a reír. Y el hombre que duda, que no sabe si estoy de cachondeo o si la cosa va en serio. En ese momento me arrepiento de estar poniendo al hombre en un aprieto. Pero ya está hecho.

-Bueno, enga -y le acerca el instrumento a la frente de la Pelu, sumisa en mis brazos.

-No -intervengo, perito-, a los perros se le mira en la oreja. -Y le enchufa el aparato.

-¡¡Treinta y ocho con tres!! -se pone nervioso el buen cancerbero-. La perrita no puede entrar, lo siento, pero no puede. -Y la gente, curiosa, que se arremolina a nuestro alrededor. "¡La madre que me parió!"...

-Perdone por esta broma, hombre. No se apure. Los perros tienen su temperatura normal dos grados más que las personas. Es como si tuviese treinta y seis con tres. Tranquilidad. No pasa nada.

Y, entre risas, nos ha dejado entrar, pero el mal trago lo he pasado yo por ser tan imprudente.

Al final, todo mal, porque la gorra no fue del gusto de la Peque. Que parezco un viejo.

Genio y figura.

 

lunes, 9 de noviembre de 2020

Otras malas influencias

En cuarto curso, le veo la punta a mi carrera. He superado lo peor. Lo tengo dominado. Hasta tengo sueños en que ya estoy de médico en un pueblo. El caso es que con las matrículas de honor pasa un poco como con los dineros: cuanto más tienes, más quieres. Y la mala influencia de Paco me tienta de continuo para conformarme con el notable y poder así disfrutar de juergas y salidas. Paco viene dos cursos por detrás, y lo que más nos une es la calentura. Somos muy amigos por mor de la amistad entre nuestras chicas respectivas: Toñi y Choni. Pero totalmente distintos por cuna y por gustos: él es hijo único y mimado de su papaíto, pediatra de zona en pueblo grande; tiene su piso propio, para él solito, su moto y su coche, un mini morris amarillo, super chulo. Y las llaves de un piso de sus padres en Sevilla, en Virgen de Luján, y de un apartamento en Cádiz, en la playa de la Victoria. Gusta de saraos y presume por el barrio dando cochazos de un lado a otro. No me explico cómo va sacando los cursos. Y a mí sólo me motivan el estudio y las notas. Me aburría en los Patios, en las Cruces, no digamos ya en la Feria. Me parecía una pérdida absurda de tiempo tanto bailoteo, tanto beber y fumar: una cosa de gente  sin haciendas.

-Antes, porque una era tonta, pero ahora me haces eso y te dejo tirado; digo, siempre con mala conciencia por salir a divertirme. Habrase visto... -la Peque, en sus soliloquios. 

Pero aún quedaba otra "malísima" influencia por llegar. En junio del 77, Toñi acaba sus estudios de enfermería y, a renglón seguido, la contratan en el "Reina Sofía". En la planta de Respiratorio. Y en dos días se hace íntima de una auxiliar sevillana tan viva y despabilá como ella. Inseparables. Dios los cría... Sí. ¡Vaya par de dos! Pilar era una muchacha fuera de lo común. En todos los sentidos: guapa, alegre y dicharachera, uña y carne con Toñi. De tanto rozarla, yo no era consciente de lo guenísima que estaba. Tiposa, morenaza y provocativa. Un bombón en mi propia casa, y yo embobado con mi novia. Desde que nos casamos, en noviembre de ese año y nos mudamos a Pintor Zurbarán, 7, 1ºA, Pilar vivía con nosotros, no sé para qué coño mantenía el alquiler de su piso, dos calles por detrás del nuestro.  

Masisa, tía güena!! -se la comían con los ojos los albañiles cuando pasaba ella de camino al hospital con aquellos pantalones blancos y apretados que le marcaban tan bien la bisectriz púbica y los gajos de los lados. ¡La madre que la parió!

Arrimaba a Toñi a su querencia natural, al vicio del tabaco, a las compras en Galerías Preciados, a tomarse unas copitas con sus tapas en el Adriano, en El Parque, o su vermut en El Cisne Verde. Y a mí me llevaban los demonios. Sin embargo, me chiflaban los modelitos de ropa interior, los bodies de entonces, que se compraba y se probaba en su habitación del piso para que se los viera la Toñi. Y yo, como que pasaba por allí, claro. Buena hembra, y mejor mujer.

-Chema -me decía provocativa-, la pequeña y yo nos vamos por ahí. Tú, quédate con tu Patología Médica -y me hacía su mohín y todo.

Nombraba a Toñi como la pequeña. Y de tanto pequeña, Paco la pasó a Peque, y ya, para la eternidad. Ea, ya sabéis de dónde le viene el nombre.

Hay dos cosas en mi vida de las que puedo presumir con la boca llena: la familia que me ha tocado y los amigos que me he buscado.

Amén.