miércoles, 4 de mayo de 2022

Jubilados de hoy, jubilados activos

No es que en tiempos de nuestros padres y abuelos no hubiese habido jubilados cultos e inquietos, que los hubo, claro está, pero me atrevería a apostar el pase del Madrid a la final de Champions esta noche, que nunca, como hoy, haya habido en España un censo tan crecido de personas jubiladas con tan alto grado de activismo en la cultura, la política o el simple ocio. Recuerdo a mi padre, a mi suegro, a mis tíos... jubilados cuando ya eran viejos de verdad, no sólo de edad, sino de espíritu, achicharrados, cuerpo y mente, por una vida de trabajo inclemente, exprimidos sus jugos energéticos y secas, como el esparto en verano, sus antiguas ilusiones, que ya se limitaban al disfrute de los nietos, al sosiego del hogar y a sus partiditas de dominó o de cartas en el hogar del pensionista. Y así, hasta que Dios tuviera a bien el recogerlos. Más pronto que tarde, porque ya les impelía el sentimiento de carga, de estorbo. Y lo mismo nuestras madres. O peor, porque ellas no se han jubilado nunca, siempre al frente de la cosa doméstica, perennes y eficaces administradoras de lo poco. Mujeres diligentes, mujeres para pobres. Y aquellas personas tocadas por la fortuna, o estudiadas, que también las había, solían emplear su tiempo jubilar leyendo el periódico, jugando al mus o arreglando el país con los colegas del casino. Era la costumbre.

Hoy, el panorama es bien distinto, afortunadamente. No solamente en las ciudades, sino también en el mundo rural. En los últimos cincuenta años, mi pueblo, Palenciana, ha producido más universitarios que en toda su historia previa, la mayor parte de ellos proveniente de familias humildes, funcionarios, pequeños autónomos, artesanos, empleados en la hostelería... El campo tecnificado casi se basta con el trabajo de sus propietarios -salvo en los casos de fincas extensas- para buena parte de sus necesidades y tareas agrícolas. Los escasos jornaleros quedan principalmente para labores estacionales ligadas a la recolección. Todo ello ha generado, corriendo el siglo, una legión de jubilados de nuevo cuño, personas añosas, pero no aplastadas por la esclavitud del trabajo, con ganas de seguir viviendo en una sociedad en la que se sienten no solamente útiles, sino necesarias. Y esto, en toda España. Lo cual es algo extraordinariamente bueno. Para nosotros, jubilados, y para la sociedad en general. La sociedad nos necesita. No tanto por lo que gastamos -el jubilado de hoy valora mucho más el disfrutar que el ahorrar-, sino también por lo que aportamos de experiencia y sentido de la mesura. Los jubilados de hoy disponemos de una abundancia de la que adolecían nuestros ancestros más recientes: tiempo libre, salud (imprescindible para las ganas) y conocimiento. Y lo sabemos aprovechar también en nuestro propio beneficio, por cuanto que una vida activa, participativa y productiva es siempre más saludable.

La inmensa mayoría de mis amigos y conocidos jubilados están involucrados en alguna forma de activismo: unos, con nostalgia de juventud, se han matriculado en cursos universitarios; otros se han hecho artistas o artesanos; los tengo también activistas sociales que siguen saliendo a las calles (como los jubilados de Bilbao) a reclamar mejoras o a denunciar abusos; no me faltan integrantes de ONGs variadas ni fundadores de asociaciones culturales; gente que se apunta a todo, gimnasio, aquagym, viajes, talleres de lo más variopinto, cursos y charlas... En este punto, debo de confesar ante vosotros mi desidia, mi pereza, si queréis. Recién jubilado, un amigo del pueblo me ofreció apuntarme como médico voluntario en una determinada asociación que se dedica a la atención y cuidados de personas con minusvalías. Le di largas con excusas. Estaba saliendo de una dolencia cardiaca que me fastidió mucho durante dos años y no tenía ilusión por ninguna cosa que no fuera mi propia recuperación. Luego, acaeció todo el tema de la pandemia... Aquello se enfrió. Ahora, como sabéis, escribo en mi blog para contento de vosotros, mis lectores, y eso es algo que me reconforta y congratula. Bueno, y me he enviciado con el golf. Entiendo que es algo bueno que un izquierdoso prudente y discreto como servidor se infiltre en terreno "pijo" para conocer nuevas experiencias y para comprobar in situ cómo de bien vive la gente "de orden". Bueno, ya en serio, me he hecho socio de una asociación cultural de mi pueblo, a las órdenes de dos mandos muy principales: la comandante en jefa, la Peque, y su sargenta ayudante, mi cuñada Conchi. Creo que este gesto de gallardía me redime de cualquiera otra displicencia del pasado.

Os dejo, que necesito concentrarme para el partido y  aislarme del mundo.


jueves, 28 de abril de 2022

La ética de la riqueza

Para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella.  (Montesquieu)


Algunas personas cercanas, contrincantes mías en Facebook, me tachan de comunista. A mí no me importa, pero sinceramente yo no me veo comunista. Y vosotros, quienes me conocéis más a fondo, tampoco. Cierto es que voto a Podemos, de alguna manera por costumbre, porque de siempre he votado a Izquierda Unida y porque me siento más cómodo e identificado con el mensaje que transmite. Pero nunca he sido devoto de Pablo Iglesias ni de sus bravuconadas y afán de protagonismo. Cierto también que he cultivado no diré tanto como amistad, pero sí un aprecio cariñoso con Anguita, y que admiro a Yolanda Díaz, eso está fuera de toda discusión. Y aún así, no me considero comunista. En una ocasión, mi amigo Pedro Calle me bautizó como un materialista humanitario. Oye, y eso me gustó. Quizás ese calificativo se ajuste mejor a mi pensamiento en asuntos políticos y sociales. Sí, me gusta.

Y desde esa condición de materialista humanitario, yo estaría dispuesto a considerar como aceptable la doctrina del capitalismo siempre y cuando dicho sistema económico y político se dotase a sí mismo de un imperativo ético, una especie de código de buena conducta, que evitase las desviaciones desorbitadas. ¿Y qué serían para mí tales desviaciones? Aquellas prácticas que se alejan de lo razonable, de lo justo y de lo decente hasta límites escandalosos, inaceptables. ¿Por ejemplo?, diréis...
Pues, por ejemplo, que un mortal pueda disponer en dinero líquido de cantidades tan disparatadas como cuarenta y tres mil millones de dólares. En estos días ha sido noticia la compra de la empresa twiter por parte de un magnate, hasta ahora totalmente desconocido para mí y supongo que para la mayoría de la gente corriente. La cosa no tendría más repercusión si no fuera por la ganga del precio que ha debido de pagar: cuarenta y tres mil millones de dólares, una cifra que a estas alturas de mi edad no me arriesgaría a escribir en números. Alucino. Desde la posición de cualquier criatura de vida sencilla, como creo que somos la mayoría de la gente, debería sorprendernos mucho el hecho de que alguna cosa material pudiera alcanzar un precio tan enormemente desorbitado, una cifra mareante, rayana en lo indescifrable. Pero, todavía más nos debiera de sorprender el hecho de que existan en el mundo personas que puedan pagar semejante precio. Y a toca teja, billete sobre billete. Increíble.

Traigo aquí y ahora este debate que, en mi opinión, no debería estar ligado  a ninguna ideología política, sino simplemente a la ética, a la filosofía y a la antropología. Todos los excesos son deletéreos no sólo para la salud física, también para para la salud mental y espiritual. La abuela de mi amigo Franquelo decía que, en exceso, hasta la gracia de Dios puede ser dañina. Fijaos: la gracia de Dios. Y conste que siento admiración por las personas talentosas; admiro a los empresarios que se han hecho a sí mismos; admiro a tanta gente que gracias a su iniciativa, empuje y trabajo alcanzan las más altas cotas de popularidad, ejemplaridad y riqueza. Creo necesarias a todas estas personas porque, entre otras cosas, son, en muchos casos, fuente de riqueza no sólo para ellas, sino también para el conjunto de la sociedad. Soy de la opinión de que personas que arriesgan y se comprometen en un negocio con el que crean empleo y riqueza deben tener el incentivo del dinero. Deben ganar mucho dinero. Ningún problema. Allá ellas si luego se pierden el don de entrar en el reino de los cielos. Vaya, por tanto, por delante mi sincero afecto y agradecimiento. Y, sin embargo, no concibo lo de los 43.000.000.000 de dólares de una tacada (espero haberlo escrito correctamente). Y no lo concibo porque me resulta inaceptable desde mi visión de la ética.

También en estos días hemos tenido conocimiento de las cuentas de nuestro rey. Por lo visto, acumula en su libreta de ahorros la bonita y redonda cifra de de dos millones y medio de euros. Podrá parecer normal, poco o mucho. Para gustos, colores. En cualquier caso, creo que es una cantidad razonable, entendible, leíble y escribible. Pero lo otro, lo del magnate en cuestión... Porque, creo, que tiene que haber límites. Todo en nuestra vida está sujeto a límites. El universo quizá sea infinito, pero en el planeta Tierra los recursos son limitados. Los límites no son sólo un constructo cultural, una convención social para canalizar la convivencia, que también, sino un imperativo natural inherente a nuestra condición animal y humana: nadie puede comer, dormir, estudiar, trabajar, amar, caminar, ganar o perder... sin límite. Creo en los límites como condición necesaria para una vida social amigable y sostenible. ¿Pero porqué razones habría que poner límites a las ganancias y a la riqueza? Pues yo diría que por justicia distributiva. Con todos sus millones, Elon Musk, que así se llama el buen hombre, podría morir un buen día de algo tan simple como una apendicitis aguda. Y resultará que el cirujano que ese día le opere y le salve la vida cobrará a fin de mes una cifra que oscilará entre tres mil y diez mil euros, dependiendo de si trabaja en la pública o en la privada. Ni en mil vidas que viviera ese médico podría acumular el dinero que este magnate ha ganado en una sola. Pero hay más: si todas las criaturas del mundo viviésemos con los recursos suficientes que permitan una vida digna poco me importarían las desigualdades por extremas que fuesen. Pero no es el caso. Conocido es el dato "vergonzante" acerca de que el 1% de la población posea más del 50% de la riqueza del mundo. Dicho de otro modo: la inmensa mayoría de la población mundial se tiene que repartir  la mitad de la riqueza del planeta, porque la otra mitad se la adjudican solamente unos pocos. No parece muy equitativo, la verdad.

"¡No seamos fariseos! -me contesta alguien-. Si cualquiera de nosotros se compara con un bosquimano encontrará la misma desigualdad que la que el señor Musk tiene con respecto a  nosotros". Pero no comparto esa reflexión. Primero, porque los bosquimanos viven en otra civilización, con un estilo de vida y unas maneras de satisfacer sus necesidades que tienen muy poco que ver con las nuestras. Y segundo, porque incluso comparándonos con ellos sale ganado la tremenda desigualdad de Musk con respecto a nosotros. He echado mis cuentas, y resulta que yo, si me comparo con un bosquimano que tenga 1 euro en su cuenta corriente, soy 50.000 veces más rico que él, en términos monetarios. Sin embargo, el señor Musk es al menos 860.000 veces más rico que yo. Y os digo una grandísima verdad: por excelente y grandiosa que haya sido la vida de este señor, os aseguro que no ha sido 860.000 veces mejor ni más servicial y productiva que la mía.

Posiblemente, esto no tenga arreglo. No parece viable que los grandes magnates, ésos a quienes admiro por su potencial de crecimiento, se vayan a avenir a repartir sus ganancias o a poner topes a las mismas. Es muy probable que el señor Musk, a quien hoy pongo en la picota, sea una bellísima persona, un hombre decente y justo que se ha hecho de oro gracias a su talento y a su trabajo, y que desea invertir sus ganancias en la compra de una empresa de red social para hacerla más libre e independiente. ¡Olé ahí sus güevos! Pero lo de la burrada de millones... Por eso, expreso mi deseo de que el propio mercado, el sistema capitalista -y no sólo las personas particulares-, encontrase la manera de prevenir tales excesos. 

Quizás el mundo deba tomarse una pausa, un cafecito en una terraza soleada, y meditar sobre el camino que llevamos. No parece, sin embargo, que nada nos detenga, ni calamidades como la del Covid ni guerras ni infortunios alteran nuestro objetivo pertinaz de ganar, ganar y ganar. Y quien venga detrás que arree. Necesitamos regresar al pensamiento de los antiguos. Echo mucho de menos los viejos textos de Epicuro, Xenón o Diógenes alentándonos a vivir en una sociedad solidaria donde todo el mundo es necesario, cada cual con su misión dentro de la "polis". Y también las recomendaciones de Sócrates acerca de la vida virtuosa como condición para alcanzar la felicidad. Y ¿cómo no?, quizá hoy más que nunca recordar y revivir las enseñanzas de Aristóteles sobre la ética y la felicidad en torno a las virtudes principales que deben adornar al hombre feliz: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Pues eso.

domingo, 20 de marzo de 2022

La guerra, la mili, los piojos, y mi madre.

"Nosotros, los pueblos, hemos resuelto preservar a las generaciones venideras del horror de una guerra". 

(Carta de las Naciones Unidas, firmada el 24 de junio de 1945, por 50 de los 51 países integrantes, por supuesto, Los Estados Unidos de Norteamérica, China y la URSS).

Papel mojado. Sólo hicieron falta dos meses (agosto del 45) para desmontar el nuevo paradigma de paz con el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki.  En fin, para qué seguir, incontables los conflictos bélicos que en el mundo han acaecido y acaecen desde la firma de aquella Carta tan buenista.

Y es que, por mucho que nos empeñemos, seguimos siendo Homo Sapiens, el mayor de los oxímoron posibles, porque en realidad estamos muy lejos de la sabiduría, es más, somos directamente estúpidos. 

Elevado por los japoneses a la categoría de superhéroe -la contraparte oriental del Superman americano- por haber sido el artífice del aplastante triunfo en Pearl Harbor, Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la Armada Imperial, lejos de toda pompa, sentenció: "Yo no soy un hombre brillanteUn hombre brillante habría encontrado el modo de no hacer la guerra" .

He ahí la cuestión. Solamente personas brillantes pueden evitar las guerras. Y al decir brillantes hemos de entender poseedores de virtudes como la bondad, la humildad, la justicia y la inteligencia. Y quizá por ese orden. Y está claro que los líderes que gobiernan el mundo no son brillantes. Uno, en su desconocimiento y buena voluntad, piensa que las capitulaciones de cualquier tratado de paz podrían haberse alcanzado de igual manera sin necesidad del horror de una guerra. Solamente hacen falta personas brillantes. Hombres y mujeres brillantes. ¡Casi na!

Escribe en su blog mi amigo y colega Fernando Madrazo que esta guerra en Ucrania y el consiguiente reclutamiento forzoso de varones le traen a su memoria los tiempos de la "mili". Historias de la puta mili, con sus luces y sus sombras. Estoy con Madrazo en que aquello era una puesta en escena de un militarismo cada vez más desfasado que solamente servía para que muchos muchachos perdieran su tiempo, su trabajo... Y hasta su novia. Puta mili, cierto. Pero, en su defensa, muchos jóvenes de extracción rural y humilde tuvieron la ocasión, gracias a ella, de salir del terruño,  conocer a otras gentes y ver el mar por primera vez. Puta mili, de acuerdo, pero servidor no sólo no perdió a su novia, sino que ganó un "sueldazo" mensual de 50.000 pesetas de entonces por pasarle la consulta al coronel médico, en el ambulatorio de la Fuensanta. Puta mili, vale, pero, salvo excepciones, todos aquellos que la hicimos guardamos recuerdos imborrables de ella. Y casi todos, agradables.

A mí, sin embargo, esta guerra en Ucrania me evoca unos recuerdos bastante disparatados, es así. Y me devuelve a mi niñez y a mis piojos. Y a mi madre. Qué cosa más extraña, diréis. Pues veréis: el animismo belicista que yo observo en la tele, en las redes, en la calle..., la exaltación de la resistencia épica ante el invasor..., no digo que esté mal, pero me transporta el pensamiento a otros tiempos que yo creía superados. Y me hace meditar de dónde venimos, qué hemos aprendido en la escuela y en nuestras casas familiares. De niño, mi madre me despiojaba una tarde sí y otra también. Hoy, los piojos en las escuelas son una anécdota pintoresca, algo que se cuenta en las meriendas de las mamás en las terrazas, pero en aquellos tiempos eran una señal inequívoca de pobreza. Mi madre me entretenía esa hora tediosa con cánticos guerreros: El soy valiente y leal legionario me lo sabía de memoria, pero me impresionaba más el "ardor guerrero vibre en nuestras voces, y de amor patrio henchido el corazón; entonemos el himno sacrosanto del Deber, de la Patria y del Honor...  Y que por verte temida y honrada (se refiere a la patria) contentos tus hijos irán a la muerte, si al caer en lucha fiera, ven flotar victoriosa la bandera... Y es que me parece estar viviendo hoy, entre muchas personas, estos sentimientos de exaltado patriotismo. Mis padres, las personas más buenas del mundo, enaltecían el valor de los caídos por Dios y por la Patria. Y el de los caídos en el Rif, en Cuba o en Filipinas. Caer en la guerra por España era un honor. Eran otros tiempos, de acuerdo, pero estas apreciaciones, estos valores de sacrificio y muerte por la patria, quedan en el imaginario colectivo y nos afectan todavía. Algo, o mucho, de esto está detrás del apoyo incondicional que la gran mayoría de los españoles -y yo me incluyo- prestamos a los ucranianos en su resistencia, posiblemente inútil.

 Y vuelvo a mi madre. Veinte años más tarde de mis piojos. Enterada de que la Peque y yo habíamos decidido inscribirnos en un programa de adopción, se interesó mucho por el tema y nos atosigó a preguntas. A regañadientes iba digiriendo aspectos muy novedosos para ella, como el hecho de que eventualmente podrían darnos no uno, sino dos bebés hermanitos, o que fuese un niño gitano, o incluso moro, "bueno, si es moro lo bautizamos enseguida y ya está" -decía resignada. "Niño ¿y os pueden dar un niño negro?" Pues claro, le dije con toda naturalidad. Y entonces, se levantó de la silla, toda alarmada, como ofendida. "Niño, eso sí que no puede ser... Negros, no, ¡que no puede ser, por Dios!" Pero, mama, por qué no va a poder ser, son criaturas del Señor, como nosotros... "Como nosotros, no, que cuando el Señor los hizo negros por algo sería." Ea.

Viene al caso, quizá, para tratar de entender el por qué de nuestra nada disimulada preferencia por según qué clase de refugiados. Ciertamente, contrasta la acogida tan generosa y mediática dispendiada a los ucranianos comparada con la ofrecida en anteriores ocasiones a sirios, libaneses, palestinos o magrebíes, por citar ejemplos no muy lejanos. Gran parte de nuestra educación y formación infantil y juvenil ha consistido en menospreciar cualquier cultura o país que no fuese cristiano. En nuestra infancia, lo moro y lo judío era lo más abyecto que pudiera existir. Y, como digo, estas cosas permanecen en nuestro subconsciente. Los ucranianos, sin embargo, son de los nuestros, son cristianos y europeos. Y encima, rubios, tiposos y guapos. 

Desde luego, hemos superado esa mentalidad racista y nacionalcatólica de nuestros padres, y creo que, por lo general, ya no somos patriotas tan aferrados como para entregarnos a la muerte por defender símbolos externos de La Patria, por respetables y sagrados que sean, ni por el interés de terceros. No veo que, invadida España por la "pérfida Albión", un suponer, nos prestáramos los españoles al sacrificio, la destrucción y la muerte a que se están exponiendo los ucranianos. Afortunadamente, creo. Pero tampoco podemos desprendernos fácilmente de todo el bagaje doctrinal que hemos mamado. Normal.

En estos pensamientos estaba, cuando la Peque me avisa que me deje de pancosás y que me tome las pastillas del riego, que vienen los niños... 




 

lunes, 28 de febrero de 2022

¡NO A LA GUERRA!!!!


"Malditas las guerras, y malditos aquéllos que las promueven"

(Julio Anguita)


Estaréis todos conmigo, creo yo, en que este grito mediático del "No a la guerra", hoy universal, es la frase de moda, la sentencia más leída y oída en cualquier medio. Salvo el descerebrado de Maduro, todo el mundo comparte esta gran proclama. Incluso muchos rusos de Rusia la invocan (mucho ruso en Rusia y mucho mantecado en La Estepa, que diría nuestro gran Eugenio).

Y sin embargo, me vais a permitir una reflexión muy particular al respecto. Creo que muchas palabras y frases mal usadas, de tanto repetirlas, han perdido su verdadero significado. "Se nos rompió el amor de tanto usarlo", decía nuestra tonadillera. Amor, libertad, odio, empatía, valentía, solidaridad... han perdido la fuerza y el rigor de antaño. Algo parecido puede estar ocurriendo ahora con este grito manido del "No a la guerra". Puede llegar a convertirse, si es que ya no lo ha hecho, en otro de las tantos brindis al sol que tanto nos gusta compartir.

Putin es una mala bestia, una mala persona. Un hombre megalómano que se cree descendiente del linaje de Gengis Kan, un zarista con sueños de imperialismo trasnochado. Me importa un rábano si es comunista o fascista. Me digual. Es un monstruo. No es concebible en una sociedad moderna y civilizada invadir por la fuerza un país vecino por mucha tirria que te dé que dicho país, amigo y confidente hasta hace veinte años, flirtee ahora con tus adversarios políticos. Te aguantas. Cada nación soberana tiene derecho a elegir libremente su destino y el futuro de sus ciudadanos. Si has tenido una novia muchos años y resulta que al final ella te deja y se lía con tu peor enemigo, tú rechinas los dientes, pero ya está, de ahí no se debe ni se puede pasar.

Por tanto, el grito adecuado de rechazo en las circunstancias actuales debería ser un rotundo NO A PUTIN.

Un NO A LA GUERRA nos compromete a mucho más. Y no estoy seguro de que fuésemos, como sociedad, capaces de asumir todas las consecuencias de un "no" verdadero a la guerra. A todas las guerras. Si de verdad deseásemos la paz no podríamos diferenciar entre guerras malas y otras "menos malas", casi buenas; no puede ser "no a Putin", pero sí a Bush, a Toni Blair, a Trump, a nuestro ínclito José Mari. No. Tendríamos la obligación de enterarnos y denunciar las provocaciones de nuestros propios aliados (los yankis) alentando de continuo a los países limítrofes con Rusia con el propósito de alistarlos en su nómina y aislar cada vez más a una nación poderosa aunque venida a menos. Un no a la guerra significa el rechazo a las armas y a la industria armamentística, y un SI poderoso a la desmilitarización progresiva en todo el mundo. Significa también una abolición de las alianzas y otros contubernios militares. China es el amo de medio mundo sin pegar un tiro. Se puede conquistar el mundo sin violencia. Se pueden establecer alianzas y tratados de índole cultural, comercial y social, claro que sí. Se puede todo, menos matar para robar, humillar y aplastar a los vecinos. Ningún país puede arrogarse el derecho de imponer a otros su estilo, su gobierno, sus costumbres o su moral pública.

Soy consciente de que estas reflexiones mías son mera utopía. El hombre es violento por naturaleza y es tribal por conveniencia y por supervivencia. Siempre habrá alianzas de defensa, ejércitos "bien intencionados" con la sola misión de persuadir (¿...?) o de restaurar la democracia y los derechos humanos en aquellos países con abundancia de recursos naturales; ansias de poder desmesurado en algunos dirigentes cuando no abiertamente trastornos mentales mayores; siempre habrá guerras... La NO GUERRA es una utopía.

Con todo, os animo a apuntaros al coro de "raritos" que proclamamos la utopía de NO A LA GUERRA. NO A PUTIN. NO A LA OTAN.


Con perdón.  

 

viernes, 18 de febrero de 2022

Obras son amores

Ha sucedido esta tarde en el parque. Caminando de prisa a la casa de  de mis nietos, por orearlos un poco tras su reciente confinamiento covideño, he adelantado a una niña que, atarragando, cargaba de mala manera con su pequeña bicicleta. Y me detengo algo inquieto porque tres muchachos marroquíes se van para la niña, que parece asustada, y le agarran la bici. De esos instantes en que no sabes qué hacer ni qué va a pasar. Ha visto uno tantas pelis de secuestros de niños...Uno de los jóvenes sube la bici encima de un banco y se aplica en recolocar la cadena que se había descarrilado, mientras los otros dos bromean con la chiquilla, ya más tranquila. "Ea, listo. Ya puedes seguir" -le dicen a la niña. Y yo me reprocho no haber estado a la altura: primero por no haberme percatado de la necesidad de la niña (aunque con lo manazas que soy poco hubiese sido mi socorro), y segundo por mal pensado, por racista. Obras son amores.

Como sucede en las películas de policías, cuando llegó el padre ya estaba todo consumado. "Ése es un padre separado que le tocaba hoy visita", sentenciaría luego la Peque, rotunda.

-¿Qué ha pajao? -se acerca cariñoso a la niña.

-Na, que je le ha jalío la cadena a la biji, y nojotros je la hemos arreglao -salta el mayor de los muchachos.

Y no tengo más remedio que sorprenderme ante lo bien que este joven marroquí ha aprendido la prosodia local. No como yo, que no acabo de soltarme. Y eso que tengo recién aprobado el B2 de antequerano. Pero nada: ahí metido en el armario sin atreverme a salir. Me entreno en mi casa, y tanto la Peque como mi hija me aprueban y me animan a que practique en la calle, que nadie va a notar nada extraño, ya que con la gorrilla campera, mi pataje y malas trazas parezco enteramente un mochano del barrio de san Pedro. De los de toda la vida. Ni por esas. 


Mis cosas.

viernes, 28 de enero de 2022

Crítica amistosa del negacionismo covidiano


"Todo aquello que el hombre ignora no existe para él. Por eso el universo de cada uno se reduce al tamaño de su saber". (Albert Einstein)


Como supongo que os sucede a todos, entre mis amigos y conocidos cercanos hay algún negacionista. Pocos, es cierto, pero alguno da mucha matraca. En algunas de estas personas predomina sobre todo el aspecto de anti vacuna, uno de los brazos colaterales más marcados en el negacionismo. Con todo, yo no veo asimilables ambos términos. Creo que hay personas antivacunas que no son negacionistas. No sé... Simplemente, no se fían de estas nuevas vacunas. Dicen que en cuanto salga al mercado la vacuna española, una vacuna de formato antiguo, de las de toda la vida, se la ponen. Bueno. Creo que son personas que ya de antemano se han posicionado, por lo general, en un situación de pensamiento que defiende la medicina natural y homeopática por encima de la medicina instrumental y agresiva. Consideran que es mejor protegerse con las defensas propias que inocularse sustancias extrañas, y se acogen a la desobediencia civil, al encontrar zonas de conflicto entre la legalidad vigente y la ética personal. Como veremos, la eficacia demostrada de las vacunas los deja con el culo al aire.

Los negacionistas "pata negra" que conozco son personas bien formadas y educadas que se encuentran firmes y seguras en sus convicciones. No sufren por sí, sino por los demás. Su gran problema existencial es comprobar que la mayoría de las criaturas nos comportamos como borregos asumiendo el relato oficial de los políticos y de los científicos, comprados por la industria farmacéutica. Creo que no es ofensa para ellos que yo los considere gente rara. Se posicionan de una manera inamovible en lo que vamos a llamar "La teoría general del negacionismo". Es como sigue: la pandemia (plandemia) tiene su origen en la creación de un virus artificial y maligno por parte de los poderes económicos y de la alta geopolítica, magnificado por la abusiva contaminación atmosférica de ondas electromagnéticas, con la intención clara de controlar y manipular la población mundial. Dichos poderes introducen de manera espuria sus tentáculos en los gobiernos de los distintos países y en los medios de "desinformación" de masas, principalmente las televisiones, para crear una alarma desproporcionada y así conseguir sus objetivos, esto es, nublar el conocimiento, adormecer conciencias y conducirnos al redil del sometimiento. No existe justificación real para ninguna de las restricciones impuestas a las libertades y derechos individuales. Todo es una farsa exagerada. El ala más extremista demuestra una ignorancia supina poniendo en cuestión incluso la existencia misma del virus, puesto que no se ha encontrado en el tejido pulmonar necrótico. Desconocen, pues, qué es entonces la PCR, sino una demostración del genoma viral, y que diagnosticamos, por ejemplo, una tuberculosis pulmonar solamente por la presencia del bacilo de Koch en el esputo sin necesidad de abrir los pulmones para encontrarlo. Las vacunas, claro está, no se libran de su feroz diatriba. Lejos de ser la solución, para los negacionistas son parte muy importante del problema. Las vacunas han producido incontable número de muertes y millones de casos de efectos secundarios muy graves. De estas cosas no nos enteramos porque es algo que no interesa a los poderes malignos que nos controlan.  Y no sólo eso: las vacunas son responsables de la supervivencia del virus entre nosotros. Sin ellas, la plandemia ya se habría diluido por sí misma. 

Desde la viruela hasta la actualidad, la mayoría de las vacunas conocidas han sido muy eficaces, han salvado millones de vidas y mejorado de manera evidente nuestra calidad de vida. Hasta ahora, yo creo que las vacunas tal vez hayan sido la herramienta más trascendental en la historia de la medicina. Y sin embargo, todas y cada una de ellas han tenido sus detractores, sus negacionistas de época. No creamos que es cosa nueva esto del negacionismo. A mediados del siglo XIX, cuando aún la viruela diezmaba la población mundial, surgió el primer movimiento antivacunas. Sus acólitos pintaban grandes carteles donde se ridiculizaba a los vacunados poniéndoles unos grandes cuernos en sus cabezas, como si la vacuna los fuese a convertir en vacas lecheras. Nihil novum sub sole. Ahora, algunos negacionistas creen que las vacunas de ARN mensajero portan unos microchips de control. Algo parecido a los chips subcutáneos de los canes. Otros van más allá y afirman sin pudor que en el ARNm han colocado material genético de extraterrestres para crear una especie híbrida entre humanos y seres celestes. Habemos gente pa to.

La realidad tozuda, sin embargo, nos muestra la falacia de estos alegatos. La Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios, en su último informe del 5 de enero de 2022 nos dice que en España llevamos inoculadas 91.000.000 dosis de vacunas. Se han registrado 55.455 casos de efectos secundarios, de los cuales, 11.048 han correspondido a reacciones vacunales severas, lo que supone el 0,013%. Y 375 casos de muertes (el 0,0004%). Nunca en nuestra corta historia un fármaco o una vacuna han sido sometidos a la estricta farmacovigilancia que tienen las vacunas Covid. Cualquier otra vacuna, incluso fármacos "inocentes", como el Paracetamol o la Amoxicilina podrían presentar similares guarismos que las vacunas Covid, si se contabilizaran con tanto esmero sus reacciones adversas. A día de hoy, la letalidad del virus es menor al 0,14%. Las referencias oficiales del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias informan que la mayoría de las estancias en las UCI y de las muertes por Covid se dan en personas no vacunadas. Las referencias próximas que poseo de los hospitales andaluces son similares. Es cierto que las vacunas sólo protegen de la infección en un 70%, pero no lo es menos que protegen de la enfermedad grave y de morir por ella en más del 90%.

Honestamente, no me veo capacitado para analizar el fenómeno del negacionismo desde la psicología o la ética. Simplemente lo considero desde la fenomenología. Negacionismo, en términos técnicos, es una creencia que niega determinadas realidades, hechos históricos o naturales relevantes, cambiando la realidad por una falsedad más cómoda o conveniente. Y digo creencia, a conciencia, en vez de conocimiento, puesto que, al contrario que el relato oficial, el negacionismo no aporta datos científicos en sus proclamas, sino opiniones, puntos de vista, juicios de valor o interpretaciones "a su medida" de los datos científicos. Negacionistas clásicos son los terraplanistas (unos ignorantes), o los que niegan el holocausto o el cambio climático. En estos últimos casos, con evidentes motivos ideológicos o económicos, respectivamente. Sin embargo, el negacionismo covidiano me intriga sobremanera, porque se sale un poco del guion habitual. Sus argumentos, tan rebuscados y obtusos, no parecen cómodos ni accesibles, se acercan mucho al fenómeno de la conspiración paranoica. Y, sobre todo, me pregunto cómo se puede negar una realidad tan aplastante como la pandemia.

Por otra parte, y aún siendo un hombre conciliador, no puedo -ni quiero- despojarme de mi pasado médico al analizar estas cuestiones. Y me asombro de que existan personas con esta mentalidad. Les debo un respeto como personas que son, les reconozco sus esfuerzos por documentarse para respaldar sus creencias, y me maravilla su tesón. Naturalmente, no puedo compartir nada de estas cosas con ellas. He sido un hombre de ciencia, he vivido para mi profesión, he creído en la bondad de la ciencia porque he podido experimentar sus logros en mis pacientes. Cualquier negacionista de esta nueva hornada ha agradecido a la Medicina algún gran servicio, casi milagroso, en sus propias carnes o en las de sus allegados en los últimos cuarenta años. No me cabe la menor duda. Todos ponderamos muy al alza los logros de la tecnología y los servicios médicos modernos. Y, sin embargo, ahora ya no vale. La Ciencia se ha corrompido en manos de la Industria. Pues va a ser que no. Los investigadores de todas las disciplinas biológicas jamás han trabajado con tanta intensidad y dedicación como lo hacen ahora. ¿Y qué decir de los médicos? Lo han dado todo, algunos, hasta la propia vida, los demás, exhaustos hasta el achicharramiento. No puede ser que los negacionistas obvien algo tan evidente. Y aún pudiendo ser cierto que la Industria Farmacéutica haya buscado su propio lucro por encima de la ayuda a la humanidad, hemos gozado de la feliz coincidencia de ambas cosas, lucro y eficacia. A día de hoy, con el conocimiento que tenemos del terrible impacto de la pandemia en el terreno sanitario, económico y social, con más de cinco millones de muertos en el mundo (alrededor de 100.000 en España), entiendo que haya gente que crea que persistir -mantenella y no enmendalla- en la teoría negacionista es, cuando menos, un ejercicio de frivolidad chocante. Muy chocante.

Y la mayoría de la gente se pregunta cómo es que haya personas tan obtusas y aferradas a ideas así de peregrinas. Incluso científicos y médicos se cuentan entre el movimiento negacionista, al que alimentan con sus aportaciones "científicas". ¿Cómo es ello posible? Aquí entra, creo, la complejidad del problema. Las personas poseemos cada una nuestra historia particular, nuestra trayectoria, vivencias, creencias, ideologías, percepción de la realidad y del mundo... Y estos elementos juegan un papel muy importante en la hora crítica de posicionarse ante situaciones límite o de emergencia. Por ejemplo, ninguna persona, incluso los científicos, está exenta por completo de ser abducida por una determinada ideología o creencia, sea de índole política o religiosa o de cualquier otro tipo. Y las creencias, todos lo sabemos, ejercen una influencia sobre la voluntad y el pensamiento mucho más poderosa que la razón. Sin ir muy lejos, los testigos de Jehová no admiten transfusiones de sangre, aún a riesgo de perder la vida. Quedan aún conciudadanos que no comen carne los viernes de Cuaresma y creen en la resurrección de los muertos. Incluso médicos y científicos. Respetable, no digo que no, pero cosa muy alejada de la razón. Quiero decir con esto que la creencia no es amiga de la razón. Al final, con las creencias hemos topado. Ciencia y creencia como realidades contrapuestas. Ambas tienen el noble objetivo de buscar la verdad, aunque por caminos bien distintos: la ciencia, por el método científico. Y siempre acompañada por la duda, la pregunta, la incertidumbre. Su medio de difusión, las revistas de prestigio reconocido. La creencia lo basa todo en la fe. Y sus acompañantes perennes, la certeza, el dogma. Y su medio de propaganda en el caso que nos ocupa, Discovery Salud, su libro del Apocalipsis. 

Tampoco yo me libro de la fe. Creo en la Ciencia. Pero no a ciegas, sino cuando aporta pruebas y evidencias. Creo en la honestidad de los investigadores científicos (aunque haya habido a  lo largo de los años algunas sombras muy dañinas y nada ejemplarizantes). Y, a pesar de los pingues beneficios económicos que se embolsa la industria farmacéutica, me reafirmo en la eficacia y la seguridad de las vacunas. Sería impensable el nivel de "normalidad" que disfrutamos hoy de no haber sido por ellas. Mucho contagio, sí, pero mucha menos  mordida que hace un año. La pandemia no ha expirado, pero ya da sus últimas bocanadas. Y deberíamos estar satisfechos de algunos éxitos parciales conseguidos hasta la fecha, entre los más importantes, la ejemplar respuesta de un sistema sanitario público, la mejora de la gobernanza nacional, con luces y sombras, claro está, y la gran confianza de la población española en la vacuna como elemento clave en la protección frente al virus. Ninguna creencia, sino sólo la Ciencia nos sacará de este atolladero. Estoy en la esperanza de que las vacunas serán el fin de la pandemia o convertirán al Covid en un virus familiar y estacional parecido al de la gripe.

¡Que así sea!

      

lunes, 24 de enero de 2022

¿Machismo o mala educación?

Hay personas cercanas a mí que critican la ley de Igualdad, uno de tantos chiringuitos inútiles, dicen. Alegan que no es necesaria tal ley puesto que nuestra constitución española ya deja claro el tema de dicha igualdad en todos su ámbitos. Y uno, de tanto oírlo, llega -casi- a convencerse de tal aseveración. Pero no. El movimiento se demuestra andando. La carta magna, como papel que es, aguanta todo lo que se le eche. La vida a pie de calle desmiente en muchos aspectos la buena intención de los derechos teóricos en las mujeres. Veamos.

Digamos que la Peque se engollipa con la informática. Si está leyendo unas determinadas instrucciones para rellenar una solicitud se le agolpan las palabras, se cabrea, y mucho más, si le recomiendan pinchar en tal o cual enlace. Se desespera. Ella es mujer de melón y tajada en mano. Nada de rodeos. En esta ocasión que nos ocupa, ni siquiera yo -algo más experto y paciente-, he podido ayudarle. Un galimatías de solicitud. De manera que decidió personarse directamente y sin cita previa en una oficina de la administración del Estado, aquí en Antequera, competente en la materia. Y fue un hombre el encargado de atenderla. Bueno... Es un decir. Más que atenderla, lo que hizo fue menospreciarla. Según me contó luego, se sintió humillada. Maltratada. Curiosamente, fue el conserje de esa oficina quien se comportó de una manera amable y empática con ella, comprendiendo las razones por las que se presentaba sin cita previa y facilitándole el acceso a consultas presenciales con el "superior". Superior en despacho, en sueldo, en porte y postureo, en chulería, pero muy inferior en categoría humana. "Ni siquiera permitió que me sentase; de pie todo el rato. Me trató con una mezcla de desprecio y lástima, con una falsa amabilidad, claramente impostada, como si yo fuese tonta, con una petulancia y prepotencia fuera de lugar, porque ni siquiera supo -o quiso- resolverme el asunto. Me hizo sentir muy mal".

Ninguna persona merece un trato así por parte de un empleado público. Ni hombre ni mujer. Nadie debe ser objeto de menosprecio por nadie; y menos por boca de un servidor del Estado. Y menos que nadie, la Peque. Ya quisiera ese hombre engolado poseer la categoría humana de ella. En su trabajo la Peque siempre se ha desvivido por los cuidados cariñosos a las personas a su cargo. Este individuo chulesco no conoce ni papa de la Peque. Tendría que haberla visto con sus bromas y cariños a los ancianos solitarios en las Urgencias o atendiendo a los familiares angustiados de pacientes muy graves o peinando y perfumando a viejitas sin visitas o alojando en su propia casa a la mujer y los niños pequeños de un marroquí que a su paso por Córdoba enfermó de gravedad y hubo de ingresar varios días en observación del Reina Sofía... Se le hubiera caído la cara de vergüenza de ver que hay personas dignas de ser llamadas como tales, personas empáticas, serviciales, honestas y generosas. No como él, escoria moral que mancha impune e injustamente la figura del buen funcionario. Porque un servidor público, como muchos de nosotros hemos sido, debe mostrar siempre su mejor talante, aún haciendo muchas veces de tripas corazón; debe manifestar cortesía en el trato. Es lo mínimo. 

Y el caso es que este hombre -y otros como él- menosprecia a las mujeres sólo por el hecho de ser mujeres. "¡Anda, hombre! -me diréis-, estás confundiendo machismo con falta de educación". Puede ser, os concedo. Pero yo creo que no. Con los varones su trato es diferente. La Peque vio cómo dos hombres que la precedieron fueron atendidos con mucha deferencia por parte de este mamarracho, quien los acompañó hasta la puerta. Como debiera ser siempre con cualquier persona. Pero resulta que no es así, que a las mujeres, en general, las tiene como seres inferiores. En algún sitio he leído una reflexión escrita por una mujer, alto cargo en política europea, que decía que cualquier mujer en la actualidad, sin importar su origen o su clase social, ha sufrido alguna vez en su vida acoso sexual o maltrato por parte de algún hombre. Y esto es terrible. Cuando lo comento entre mis amigas lo corroboran en sus propias carnes, y dicen que sí, que es verdad. Un primo cercano, un vecino amistoso, un compañero de trabajo, un maestro de los de antes, incluso un cura han sido capaces de acosarlas. Cualquier mujer que me lea puede reflexionar sobre esta afirmación y decidir si es verdad o no en su caso particular. Terrible. Terrible que haya hombres así.

Y estas cosas, estos comportamientos no los corrige ninguna constitución por moderna y progresista que sea. Este machismo engastado en nuestra cultura solamente puede ser abolido mediante la educación y la formación continuada sobre la igualdad y el respeto entre personas. Y más enfáticamente dirigida a los varones para que desde la escuela aprendan a no hacer distingo alguno a la hora de tratar por igual a chicos y chicas, hombres y mujeres. Para algunas personas cercanas parece tarea conseguida. A la vista está que no. Por tanto, bienvenido el chiringuito de la Igualdad, y cualquier otro que ayude a erradicar de una vez el machismo -latente o evidente- que aún pervive entre nosotros. Yo puedo imaginar un hospital, un hotel, un supermercado, un bloque de viviendas, las calles... solamente poblados de mujeres. Un mundo sin hombres. Pero me resulta del todo impensable un mundo sin mujeres. Para nosotros, los hombres, las mujeres son la sal y el azúcar de la vida. Cuidémoslas.