viernes, 10 de abril de 2015

Filiberto

"La amistad oportunista carece de cimientos, un castillo de arena de playa: falsa y efímera. La amistad desinteresada y nutrida de años es como nuestra Mezquita de Córdoba: verdadera y eterna."

(Yo mismo)


Nunca fui uno más entre los cerca de doscientos alumnos que habitábamos en el eremitorio de los Ángeles en el curso 64-65, nuestro primer año de seminaristas. En realidad, nunca he sido uno más en los casi diez años de permanencia lega.
Yo era Filiberto, no  José María Rivera Cívico, no. Filiberto Canoa a lo primero del todo, y luego, Fili, el Fili. Y está claro que con ese mote no se puede pasar desapercibido. Pero además era un empollón. Cercano y cariñoso, nada engreído y, desde luego, tímido y humilde, vamos que me dejaba copiar, virtudes todas ellas impropias para tal condición pero qué se le va a hacer, he sido siempre un tío muy atípico. Desde chico. Todavía hoy sigo siendo el Fili para muchos de mis amigos. El apodo trascendió los montes de Hornachuelos y llegó a Córdoba y a Palenciana, claro está. De la misma manera que triunfaron y aún perduran otros motes afamados de la época: "El Cuartillas", "Cuatro mitras", "Bronco ley", "El Matemático", "El Chivo", "El Birria", "El Añoro", "El Pollo"... Tener un mote era ser alguien, salir del anonimato. Y conste que yo no me lo propuse, ni de lejos. Fue pura casualidad, la buena estrella que siempre me ha perseguido.

Ya he contado cómo ocurrió. Lo repetiré para los rezagados: En las primeras semanas de seminario, azuzados por la murria, todos nos arrimábamos a don Moisés o a don Eduardo, los curas que, por su amabilidad y generosidad de carnes, más podrían pasar por padres. O a don Francisco Varo, tan velludo que desprendía calorcito sólo de verle el cuello y los brazos. Pero, claro está, los pobres no daban abasto. Tampoco yo deseaba señalarme tan pronto como "un pelotas blandengue" -aunque estuviera deseando serlo- y acordé entonces pegarme a mis vecinos de dormitorio, Jaime y José Pablo, con quienes ya había compartido algunas confidencias, a Pepe Montes, más canijo aún que yo, y a Pepín y Manolo Estepa, vecinos de pueblo y niños muy cariñosos conmigo. Uno de esos días, en el comedor, se me cayó un migajón al vaso del agua. Y, ni corto ni perezoso, metí los dedos para sacarlo. Siempre me han perseguido mis malos modales, por mor de ellos suspendí el ingreso en el seminario el curso anterior.
-Mía tú éste -se pone Jaime llamando la atención del resto de la mesa-. Hace lo mismo que Filiberto Canoa. -El tal Filiberto era un personaje de ficción, muy bruto, que aparecía en las lecturas piadosas del refectorio.
Aquello prosperó, oye. Y de la noche a la mañana me convertí en Filiberto. Nunca, sin embargo, fue un mote despectivo, al menos yo nunca lo viví así, sino amistoso y coloquial. Lo de Filiberto cayó en gracia, no me preguntéis por qué. Adquirí de pronto una popularidad fuera de lo común. Mi nombre desapareció del patio de recreo, del campo de fútbol, de las clases... Yo era Filiberto. Incluso para los curas, "Filiberto, estate firme en la fila, hombre, no te encojas" -me amenazaba don José Delgado con su cadenita cuando hacía el recuento nocturno-. En la lectura pública de las notas que se hacía al final de cada trimestre en el salón de estudios, al llegar mi turno don Antonio Jiménez decía: "José María Rivera Cívico -y aclaraba-, Filiberto," y ya cantaba mis notas.

El otro perfil de mi personalidad en ese primer año -algo que ya marcaría el resto de mi vida de estudiante- fue el de empollón, como ya dije. En todas y cada una de las instancias académicas por las que he pasado -los Ángeles, san Pelagio, Séneca, san Telmo, Facultad de Medicina, hospital Reina Sofía, Pozoblanco, hospital de Valme, he sido siempre el empollón, una de mis circunstancias vitales de las que hablaba Ortega y Gasset. Y no es fácil ser empollón. Se convierte en una especie de obligación, una carga pesada. Una condición que te exige a ti mismo más que los curas o que tus padres. De mi propio ser natural salía estudiar y aprovechar el tiempo, era algo que no me costaba mayor esfuerzo, he ido siempre a los exámenes con el gusanillo normal en el estómago pero seguro de mí mismo, con confianza plena en aprobarlos con nota. Siempre. Pero no era eso; el caso era que tenía que ser el número uno, siempre la mejor nota. Y no sólo en los exámenes finales o trimestrales, no. En cualquier prueba improvisada que se le ocurriera a cualquier cura, cualquier día, no importa en qué clase. Sacar un 8, por ejemplo, era un desastre para mí. Era necesario mantener el tipo, el listón en lo más alto. Más amigos que ruchos en el patio, pero en la clase la competencia interna con otros empollones como Pepe Ruz, José Luis Roldán, Antonio Beteta,  Pablo Márquez o Manuel Del Pino Morgádez era tremenda. Al final uno se acostumbra a vivir con esa presión añadida y la incorpora a su vida como algo normal.

El caso es que yo no tenía ni idea de que fuera a salir empollón, en serio. Mis expectativas nada más aterrizar en el seminario eran pobres. Nunca había salido de mi pueblo y aunque en la escuela y en las clases particulares que me daban los seminaristas mayores de Palenciana destacaba por encima de otros monaguillos más cultivados y finos pensé que no superaría el primer año en los Ángeles. Me veía el más cateto de todos -aunque me consolaba ver que Agustín Madrid, del curso anterior, un niño gordinflón y más rústico todavía que yo, era el empollón más grande jamás visto-, malabaristas mis esfuerzos para manejar el cubierto sin levantar los codos o  para mondar las naranjas con tenedor y cuchillo, hablaba con la boca llena, muy rápido, apenas me entendían, era demasiado delicado con las comidas... En fin, un pequeño desastre. Todo eso cambió con las notas del primer trimestre. En lectura pública cuando llegó la hora de Filiberto resultó que saqué un diez en Latín, otro diez en Literatura... y lo demás todo sobresaliente. Tanto, que sólo el Añoro (Agustín) mejoró mis notas. Don Eduardo se encargó del resto. Él fue el responsable de convertirme en empollón. Como una especie de premio, un día dijo en clase que lo de Filiberto le parecía un nombre demasiado largo para resultar coloquial, que lo íbamos a dejar en Fili. Y lo justificó así:

-Le diremos Fili porque además pega mucho con el anuncio de los televisores Philips, que mejores no hay.

Ese día de diciembre de 1964, poco antes de partir para nuestras primeras vacaciones de Navidad, fue el comienzo de mi andadura feliz como estudiante y del gustoso saboreo de mi autoestima, el primer momento de mi vida en que me haya sentido capaz de cualquier cosa. Para que veamos la capacidad que tiene un docente de potenciar hasta el infinito las posibilidades de un alumno, o de machacarlas para siempre, según los casos.

Durante el resto del curso -y ya para siempre- fui el Fili, objeto de admiración por parte de mis compañeros, un icono en lo académico, como se dice hoy. Me convertí en el referente para solventar dudas sobre declinaciones y verbos latinos. Importaban ya poco mis modales que -lo cortés no quita lo valiente- fui modulando con las clases de Urbanidad de don Gaspar. No llegué -o tal vez sí- a la altura del "Añoro", chorla la más vasta y fina que pasara por los Ángeles; ni fue, desde luego, la mía la fama intimidatoria de Nieto Vallín o de Guisado Rosas, niños atrevidos y montaraces, líderes naturales de su propia pandilla, "Los Pigmeos", que, al decir de sus aduladores, ensartaban víboras como espetos con sus lanzas de acebuche, construían sus cabañas entre los riscos, despreciaban el fútbol y disputaban su jerarquía a navajazos. Tampoco -seamos justos- alcancé el loor místico de los "Beatos", famoso grupo de penitencia abanderado por Juan Ortiz y secundado por Luna, Mariano, César y Zamorano. Lo mío fue, digamos, una especie de  liderazgo silencioso desde la sencillez y el trabajo. Sin pretensión alguna de nada. 

A nuestra edad uno puede permitirse ser un pelín indecoroso.

miércoles, 8 de abril de 2015

El hombre callado y su viceversa

Hay ocasiones, como en ésta que nos va a ocupar hoy, en que la consulta me sorprende con algún caso extraño. Uno se cree -de mentirijilla- que después de treinta y cinco años de oficio, nada nuevo bajo el sol. Y la cosa es que sabemos que no es verdad, que siempre se necesita estar al acecho de la sorpresa.
 
Este hombre es un tío raro en el sentido médico y en el sentido personal y social. Tiene 61 años, de nuestra edad más o menos, está felizmente casado, tiene dos hijos mayores y trabaja de albañil o haciendo de manitas para cualquier cosa que lo llamen en el pueblo. Hasta ahí, lo normal. Su aspecto externo no llama la atención, lo habitual en un hombre de pueblo nada instruido y alicortado delante del médico.
El caso no pasaría de ahí si no fuera porque, preguntado por mí sobre sus dolencias, el hombre se mostrara totalmente incapaz de expresarse de una manera más o menos precisa. No hilaba una sola frase entera, parecía trastabillarse cada dos o tres palabras, saltaba de asunto a ver si por otro camino hallaba solución a su negada fluidez, algo parecido a cualquiera de nosotros -que no sean Agustín o Paco Pinedo o mi hermano Frasco, claro está- cuando queremos contestar en inglés a algún guiri que nos pregunta en la calle por la catedral de Triana. Un hombre corto, demasiado corto. Quizás sea una de estas personas de quienes solemos decir que les falta un hervorcito, pero, ¡coño!, un médico debe de afinar un poco más.

-Déjeme usted que se lo cuente yo -salta al ratito la mujer dándose cuenta de mi perplejidad.
-Pero ¿por qué? -replico yo un poco contrariado-. Que me lo explique él mismo.
-Usted verá... Pero no se va a enterar de ná.
No tuve más remedio que aceptar la mediación de la esposa.
-Ha sido siempre así, mire usted. Yo lo conozco desde niños, de nuestra primera pandilla, novios desde siempre.
-Y se quedó usted con este prenda -me sale mi vena de imprudente.
-Vaya! -se ríe la mujer mientras le extiende, cariñosa, la mano sobre su hombro-. Y muy contenta que estoy.
-Pero si este hombre es un muermo, mujer.
Mientras converso con ella estoy maquinando en mis adentros qué trastorno será el que aqueja este hombre tan raro. Pienso si de niño habrá sido un autista o tendría un síndrome de Asperger, ahora tan de moda y antes totalmente desconocido, o algún tipo de encefalopatía connatal por un mal parto o una deshidratación neonatal... Pero las explicaciones de la mujer dan al trasto con mis elucubraciones.
-¡Qué va! A primera vista, sí. Pero es un hombre buenísimo. Pregunte usted por él en el pueblo. Tiene cantidad de amigos, se lleva bien con todo el mundo, es el primero a la hora de trabajar en lo que sea, es un manitas de verdad, mis hijos están encantados con el padre... Y yo... más todavía.
-Estoy confundido, de verdad señora. ¿Qué cree usted que le pasa entonces?
-Sinceramente, nada. Lo he traído por contentar a sus hermanos, que si vaya que tenga un Alzheimer o un tumor en la cabeza... ya sabe usted lo enterados que estamos hoy de todo. Pero yo digo cómo va a tener nada si ha sido así desde chico? Pa que usted se entere: él tiene solamente dos problemas, uno, que carece de iniciativa. Es el mejor mandado del mundo, pero se lo tienen que decir, haz esto, haz lo otro. En mi casa yo llevo las riendas, él se dedica a trabajar. El otro problema: su enorme dificultad para expresarse en  público. Nada más. Desde luego que no es tonto ni subnormal ni nada parecido. Es un hombre cabal.
Me quedo anonadado. Había ido trajinando si mandarlo a la consulta de Neurología o al psicólogo, pero ahora ya no sabía cual sería el mejor proceder.

-Manuel ¿tú te encuentras bien?
-Yo sí -responde el pobre, agobiado con tanta investigación sobre su persona.
-¿Tú te consideras contento y feliz con tu vida?
-Más contento que unas pascuas.

Y los dejé marchar en paz.


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Si os parece, ahora vamos a tratar la viceversa.

Jueves Santo en Palenciana. Las once y media de una mañana radiante. Estamos en la calle Sol viendo el desfile de los soldados romanos. Como cada año, la Centuria toca diana en la casa de mi vecino y pariente José Manuel Velasco, uno de los capitanes. Interrumpe la algarabía la llegada inoportuna de una grúa. Me acerco.
-Buenos días, ¿qué se le ha perdido a usted por aquí un día como hoy, buen hombre?
-¿Qué va a ser? Que me han llamado por un pinchazo.
-Ya! Ha sido el coche de mi amigo Frasqui, lo sé.
-Por dónde es?
-Allí en lo hondo. Mire ¿ve usted? Aquel hombre que está haciendo señales.

Bajé la calle por acompañar a Frasqui. Nada, en un periquete el hombre de la grúa cambió la rueda. Sólo el pequeño inconveniente de que la rueda de repuesto era una de éstas provisional, muy canija que nada más que sirve para un trayecto corto. Y mi amigo tenía que desplazarse al aeropuerto de Málaga a recoger a su Paco y luego tirar para Córdoba.
-Frasqui, seguro que en Benamejí hay abierto algún taller de neumáticos. Seguro.
-Pero hoy, Jueves Santo?
-Seguro. Ya sabes lo atestados que son la gente de Benamejí.

En efecto. Hizo una llamada y localizó un taller.
-Ven conmigo y charlamos.
-Pero Frasqui, ya mismo es la hora de la "Bandera".

"La Bandera" es una de las ceremonias lúdicas más celebradas por la gente de mi pueblo en todo el año. Es una suerte de Liturgia civil que vivimos con tanta emoción como si de la Procesión del Nazareno se tratase. Toda la Centuria al completo se concentra a lo largo del tramo horizontal de la calle Sol cercando la casa del Comandante en jefe para que éste, con gran solemnidad, saque la bandera al son del himno nacional. Emocionante. Hasta los catalanes emigrados que vuelven al pueblo para las fiestas se emocionan. Para que luego vengan con milongas independentistas.

-A esa hora estamos aquí de sobra. Falta más de una hora, hombre.

Vámonos pa Benamejí. Enseguida localizamos el taller. Un hombre menudo y mal averiguado nos estaba esperando. Resulta que se acordaba de Frasqui de cuando éste trabajaba de mocito en la gasolinera. Y además que este hombre hizo la mili con Blas, el hermano mayor de Frasqui. El mundo es un pañuelo. Por ahí empezó todo.
En mi vida (en mi puta vida, que diría el castizo) he visto a nadie charlar más, a más velocidad y más seguido, oye, sin parar. No había Dios que agotara a este hombre, no le faltaba nunca tema, saltaba de una cosa a otra, daba igual, nos dio explicaciones de los cien tipos de pinchazos, de reventones, de huellas, de ruedas... que si las originales, que si los recauchutados, que si la alineación manual es mejor que la automática, que si cuando vengas otro día te cambio ésta por otra original y te descuento el precio de hoy, que si encarga la rueda que sea para ponerla, no vaya a ser como un guardia civil que hace un tiempo le encargó una y luego se la dejó colgada, que si las procesiones en Benamejí son más sosas que en Palenciana, que hoy, aún siendo Jueves Santo, todavía, las horas que son, tiene que ir a reparar una rueda de un tractor que ha dejado tirado en el campo a un paisano, que si conoce muy bien a nuestro pariente Higinio, que es casi vecino suyo y no digamos a Antonio "El Maúro", pobrecita Rosario Bueno, su mujer de Antonio, que murió hace poco, que si agarra aquí un momento esta manguera de aire -y me endosa a mí un compresor de aire comprimido sin que yo sepa para qué- que era para un ciclista que venía a inflar la rueda de la bici... Con cierto disimulo Frasqui y yo intentábamos irnos a la acera de enfrente para librarnos del pelma y para que el hombre pudiera trabajar, pero nada, nos daba voces para que no nos perdiéramos nada, nos daba fatiga y volvíamos a acercarnos.
-No vamos a llegar a "La Bandera" -protestaba yo quedamente.
-Que sí hombre, esto está ya -se ponía el parlanchín.

Pero no estaba. Más de una hora para poner una simple rueda de coche. Naturalmente, no llegamos a "La Bandera".

Cuando luego se lo conté a mi suegro, le faltó tiempo para acertar el nombre de ese hombre tan singular.
-Ése es el "Licenciao", charla por los codos.

Y resulta que también mi padre, mi hermano Manolo, mi cuñado Jondy... todo Dios lo conoce en Palenciana... Menos Frasqui y yo.

Pero después de todo, agradecidos porque nos sacó de apuros en un día tan especial.


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Unos tanto y otros tan poco. 

lunes, 6 de abril de 2015

Lucas

Sería incontrolable pecado de abuelidad si  yo dijera que mi nieto, Lucas, es el bebé más guapo del mundo, el pepón más hermoso, el niño más simpático. Aún así -sabiendo que es pasión perdonable-, hoy me voy a permitir saltarme a la piola la debida prudencia, el justiprecio, la cordura y la templanza para proclamar a los cuatro vientos que mi Lucas es la preciosidad más preciosa del Universo.
Sólo tiene 5 meses y medio. Ya conoce a las personas, mira con intención y viveza, se ríe a carcajadas, sabe su nombre, parlotea a su manera, agarra las cosas con fuerza inusitada, llora sin lágrimas cuando quiere conseguir algo... En fin, no me voy a poner meloso. Muchos de vosotros sois abuelos.
Me ocurre en ocasiones que -impostando la función paterna- me imagino tiempos próximos en los que deberé educarlo en los valores en que nosotros, los de nuestra generación, hemos crecido: el aprecio por la amistad, la solidaridad, la filantropía, la decencia y la honestidad; el esfuerzo por conseguir objetivos por encima de la comodidad y el lucro; la importancia de una vida sana -nuestro mens sana in córpore sano-; el menosprecio por la ostentación y la opulencia; el alejamiento de cualquier tipo de fanatismo... Tonterías, luego, cuando lo veo, sólo tengo sentidos para disfrutarlo.

Miradlo y decidme si me falta razón.



miércoles, 1 de abril de 2015

Murria


"La historia personal no es lo que pasó sino como uno lo recuerda"

(Creo que es de García Márquez, pero me lo apunto también yo)






Fue ésta, la murria, una de las palabras más comunes que podíamos escuchar en el patio durante los recreos. Nunca supe su significado académico pero entendía perfectamente lo que quería significar. "Se te nota con murria", "Tienes murria, eh", "¡Venga ya con la murria!"... Eran expresiones muy corrientes entre nosotros. Incluso los curas predicaban contra ella: "No es bueno que os dejéis vencer por la murria" -bromeaba y nos animaba don Pedro Antonio-. Todos teníamos murria.
Según el diccionario, murria es tristeza, nostalgia. Así de simple. Sin embargo, nuestra murria era algo mucho más complicado, más complejo, algo que no se puede definir en dos palabras. Yo creo que la murria no se define, hay que vivirla. Y cuando se vive ya es muy fácil comprenderla.
Murria es que un día de octubre del 1964, a las cuatro de la tarde, con el sol vencido por detrás de unos montes ignotos, tus padres te dan un largo y lloroso abrazo de despedida y de pronto, sin creértelo del todo, a tus 11 añitos, te encuentras solo, rodeado de desconocidos en medio de la nada. Murria es que el cura de guardia apague las luces y acudan enseguida las lágrimas a tus ojos sin más motivos que acordarte mucho de tu hermanito de cinco meses, el último de la saga por el momento; también es murria el dejarse finalmente vencer por el sueño imaginándote en la cama con tu abuela rezándoles jaculatorias a las Ánimas Benditas del Purgatorio. Murria era sentarse delante del triste plato de queso de cerdo con pelos, incomestible -repugnante, ajjj, todavía me da asco-  y no tener a tu mama que te ofrezca una sopita de maimones con un huevo duro troceado.
Vivamos en directo un pasaje medio real de murria.


Don Manuel Cuenca, profesor de música y de educación física, anda buscando gente para el coro. Ya tiene medio armada la rondalla, diez o doce chaveas que, de un día para otro, puntean las bandurrias como si no hubieran hecho otra cosa en sus vidas. Admirable. Entre ellos, Paco Carrillo, Paco Contreras y José Castro Navas, unos prendas de cuidado. José María –aún no le ha llegado la hora del Filiberto- se ha apuntado al casting. No al de la rondalla, sus manazas lo hacen incompatible con sostener algo tan delicado. Se ha apuntado al coro. Eso es otra cosa. Se gusta a sí mismo cantando, cree que lo hace bien y está animado. No va a tener problema alguno, piensa para sus adentros. De monaguillo cantaba divinamente el Tantum ergo y el Pange lingua. Le encanta la voz de Rafael Vilas, un niño del curso anterior, el solista. Hay que apuntarse a las cosas, alistarse en algo, si no, te aburres y nadie te conoce. En un sitio tan perdido donde conviven doscientas criaturitas tienes que hacerte notar, destacar en alguna cosa. Y más él, un niño acobardado y acomplejado por sentirse más cateto de pueblo que ninguno otro, y por sus piernas enclenques, de alambre.  Su paisano Manuel Gámez Rivera, por ejemplo,  ya es un as en el ping-pong. Y lo nombran y todo en los corrillos del recreo.

Hay cola.  Desde la capilla hasta el patio principal, casi hasta la sala de procura. Por lo menos, veinte chaveas, calcula. Hace frío y puede llover, los críos se pegan unos a otros con lo que la cola se acorta. Todos ellos igualados por el babi color canela si no fuera por el larguirucho de Pablo Márquez que les saca dos cuartas. Según avanza la cola, va escuchando la prueba en otros niños, parece fácil. Don Manuel, sentado al piano de la iglesia, da unas notas y el aspirante las repite cantando. Do, re, mi, do; mi, do, do, mi, do; re, mi, fa, re; fa, re, re… Y, sobre la marcha, lo aprueba o lo catea. Jaime va tres o cuatro por delante de él. No lo pierde de vista, tiene muy buena voz, lo ha oído ya varias veces en el Salve Regina del final de las misas. Y le parece un niño bueno. Hasta ahora ha sido de los pocos que ha mostrado cercanía con él. Tendrán que pasar muchos años, muchos, y aún así no olvidará el calor humano de la primera noche. No hace tanto, tres semanas quizás. Se siente reconfortado cuando ve que su amigo se vuelve hacia él y aprieta el puño como dándole ánimo. Ya le va a tocar el turno a Jaime. Lo ha hecho muy bien, seguro que entra. Ha carraspeado a lo primero, un poquito, los nervios. De vuelta, pasa a su vera.
-¿Cómo se ha escuchao?
-Bien, bastante bien.
-Ánimo, te espero en el patio.

Pudo haber un algo de crueldad espartana en la primera noche de estos muchachos. Todavía colea en muchos de ellos la amarga sensación de abandono. La murria le llaman. No es para menos. Como la mayoría, niños de once años, José María no ha salido de su casa hasta ahora. De muy niño, recuerda un viaje a la casa de su chacha Josefa en Córdoba capital y luego, ya con seis añitos, claro, dos días de estancia en una posada de Cabra, cuando se operó de anginas. Y ahora, de pronto, de un momento a otro, la soledad más absoluta. Rodeado de críos por todas partes, sí, pero solo. Todos solos. Desde la gran explanada de la entrada van desapareciendo todos los coches, uno tras otro, detrás de la primera curva de la carretera, a escasos veinte metros. Mientras tus padres hablan y se despiden de don Gaspar estás ahí, asido con fuerza a la mano de tu padre, todavía no se van a ir –piensas-, es muy de día… Pero cuando pierdes de vista el último coche… Es una sensación rara, nunca antes experimentada, de frío interior, de desamparo, de miedo, de… ¿y ahora, qué? Ni siquiera estás en un pueblo, donde ves gente diversa por la calle. Estás en medio de la nada. Todo lo que te rodea es monte, riscos y precipicios. Y los árboles, en vez de olivos acostumbrados, son algarrobos, acebuches y chaparros. Amargura desoladora. Muchos buscan amparo en sus propios paisanos, se forman corrillos en el patio, otros se pegan a don Gaspar, a don Eduardo o a don Moisés, curas estos dos últimos que, entraditos en carnes, parecen hacer mejor el papel de padres. Otros, sollozan en solitario. Hasta la hora de la cena. Pero ¡quién va a tener ganas de cenar esta noche? Nadie. Sin embargo, a José María la inseguridad le abre el estómago. Se trincó su plato de sopa de estrellitas y una tortilla francesa inflada artificialmente con maicena, le faltó pan y se lo distrajo a otro niño de al lado.
-Me da igual –le dice el otro-, no tengo hambre.
-¿Tú de dónde eres? –se decide José María.
-De Cabra –responde el niño.
-¡Anda, de Cabra! Ahí van los niños de mi pueblo a examinarse de Ingreso al instituto.
-Ya, claro, de muchos pueblos vienen. ¿Cuál es tu pueblo?
-Palennssiana.
-¿Y eso por dónde cae? No lo había escuchao nunca.
-¿Tú has ido a Málaga alguna vez?
-Sí, un par de veces, con mis padres.
-Pos cuando pasas por el Tejar…  ¿tú sabes dónde está el Tejar?
-Me parece que sí, un sitio que tiene un bar en la misma carretera que se come mu bien.
-Eso es, el bar de Reina. Pues de ahí mismo sale una carreterilla que lleva a mi pueblo.
-Tan cerca y no lo conocía, oyes.
-Ya, pero es que es mu chico mi pueblo.
-Yo me llamo Jaime –zanja ya el tema y muy educadamente le alarga la mano. José María entonces, notándose la suya pringosa de haber rebañado con los dedos el plato de la tortilla, se la seca rápido con su servilleta y le devuelve, cortés, el saludo.
-¡Ah, cucha, es verdad, y yo José María.

Luego, en el dormitorio de san Tarsicio, sus camas resultan ser vecinas. No es casualidad. O sí. Los curas han distribuido a los chaveas en razón de la primera letra de sus primeros apellidos. Jaime es Pérez y José María es Rivera. Los de la P y los de la R caen juntos en el refectorio, en las clases, en el estudio y en los dormitorios. Su madre le ha dejado el armario lo mejor ordenado que ha podido a sabiendas de su desdén por todo lo que significa decoro y limpieza, “Mira José María, atiende hombre, las perchas, para las camisas, los babis y la sotana; en el primer cajón, los calcetines, las camisetas y los calzoncillos, no vayas a estar una semana entera sin cambiarte, que te conozco; en el segundo, los pantalones, en un lado, los cortos, en el otro, los largos, no los rejuntes; y en el de abajo, los saquitos; mira, hal favor hombre, éste de color celeste, más bonito, lo reservas pa los domingos, eh…” Se siente raro teniéndose que desnudar delante de tantos niños en ese dormitorio de camas corridas. Aunque parezca que cada uno va a lo suyo y que nadie se fija en nadie, él se siente observado. Jaime por abajo y otro niño por arriba, sus vecinos que lo flanquean, tienen unos muslos la mar de robustos. A él le da vergüenza enseñar sus canillas de nada. Casualidad o no, el caso es que Jaime y el otro niño de al lado abrieron las portezuelas de su armarios al mismo tiempo, con lo que José María se vio algo protegido de sus miradas. Y así fue como este muchacho se enfundó de pijama la primera vez en su vida.
-¿No te duermes? A lo mejor te da miedo la oscuridad… –le cuchichea Jaime notándolo suspiroso.

Hace ya un buen rato que don Antonio Jiménez Carrillo, el prefecto, se ha paseado por el dormitorio, parece haber ido contando, uno a uno, cada mochuelo en su olivo, a los chaveas, les ha advertido con voz firme la necesidad de guardar silencio, les ha dado las buenas noches y ha dejado la habitación completamente a oscuras. José María temía helarse de frío en el piso más alto del seminario pero no, los radiadores de agua caliente mantienen un ambiente incluso cálido. Se tiene que desarropar por momentos.
-No, ¡qué va! –miente sin convicción-, es que… me acuerdo mucho de mi casa.

Por probar a quedarse dormido ha ido repasando mentalmente las letanías nocturnas acostumbradas de su abuela Josefa, iba ya por la R cuando Jaime lo ha interrumpido, regina angelorum, refugium pecatorum, salus infirmorum… Pero la Virgen, esta primera noche, no se apiada de su miedo.
-Mira tú, claro. Y yo de la mía. Normal.

Y sin proponérselo, de una manera natural, se animaron contándose cosas, casi cuchicheando.
Así, José María se enteró de que Jaime tenía un porte de hermanos, más que él aún, siete, y que el más chico había nacido enfermo. Y pensó en qué suerte tenía él porque de los suyos, todos estaban buenos, hasta el Frasquito, el último, un renacuajo chorlón de sólo cinco meses.

-Haced el favor de dormirse ya, hombre, que ya mismo nos tocan diana por los altavoces. Y dejarse de sentimentalismos, joer.

Era una voz ronca y áspera, impropia de la garganta de un niño. Pero era él, el niño del otro lado.
-Perdona, hombre. Ya lo dejamos.

Por la mañana, aprovechó la primera ocasión, mientras ese niño se aseaba en el lavabo para ver su nombre en la taquilla: José Pablo Pérez Pareja. Un niño hosco y mal encarado. Por ahora.

Distraído con ese recuerdo de su primera noche en san Tarsicio, se le echa su turno de examen encima sin apenas darse cuenta. Cuando quiere acordar tiene ya a don Manuel tecleándole las notas.

Don Manuel es un cura muy apreciado por la chavalería. Parece un muchacho grande y alto, de cara chupada y ojos muy expresivos, algo saltones, que suele ocultar con sus gafas de sol casi perennes. Está muy delgado, tanto que pareciera que le guste la comida del seminario menos aún que a los alumnos, que ya es decir. Juega con ellos al fútbol en el patio de cemento arremangándose la sotana hasta por encima de las rodillas, cosa que les hace mucha gracia. Hace poco, en uno de los recreos, se trastabilló y se dio un cachiporrazo, qué cosa más extraña, un cura por los suelos. Pero no se hizo nada.
-Venga José María, tú eres José María ¡no?
-Sí.
-Pues venga.

Sin que él se diera cuenta, hace ya un rato que don Manuel ha cambiado las notas musicales. Ya no son do,re,mi,do, mi,do,do,mi,do… Ahora le suenan como las de “Los remeros del Volga”: sol,mi,la,mi; sol, mi,la,la, mi; sol, do,si,do,si,la;sol,mi,la,mi.  Titubea, tose un par de veces antes de arrancar, le sale un gallo en el primer “sol”… luego consigue entonarse pero con una voz quebrada por su propia inseguridad. Sabe ya que no pasa, seguro que no.
-Me ha dicho don Eduardo que lo tuyo es el Latín –intenta consolarlo el cura-. No te preocupes. Lo haces bien, pero ya me sobran bajos.
Y, sin embargo, él se tenía por alto. De estatura. “Me apuntaré al fútbol”, se anima enseguida.  Fuera ha empezado a llover. Jaime se ha quedado en la salida al patio a esperarlo.
-¿Qué tal?
-Psss… Mal. Hasta me ha salido un gallo. Me ha cateao, ya está.
-No pasa ná, cantas desde abajo, en la capilla.
-Oye, dime, ¿tú me ves bajo? Yo siempre me he tenido por alto y delgao ¿no?
-Eres de los más altos del curso. ¿Por qué?
-Es que le estoy dando vueltas… Me ha dicho don Manuel que le sobran bajos y que por eso me catea.
-Ja,ja, ja, ja… -Jaime no puede parar de reír, de esa risa floja y tonta.
-¿Pero qué es lo que he dicho, hombre? –se pone José María casi mosqueado.

Cuando ya puede parar, le contesta.

-Amos a ver, cateto, que eres todavía más cateto de lo que yo creía: bajo es un tipo de voz, no sólo la estatura de alguien. Hay distintos modos de voces en la música: bajo, alto, tenor, barítono… Y don Manuel, por lo que te ha dicho, ya tiene muchos bajos, habrá visto que tu tono de cantar se corresponde con los bajos. ¿Te enteras?
-Ahhh… ¡Era eso! –Y se queda un momento pensativo, como si estuviera armando un contraataque-. Vale, pero de cateto, nada, que cada uno sabe de lo suyo, ¿a que tú no sabes las clases de aceitunas que hay, eh? –Y en viéndolo dubitativo, se anima a seguir-. Ni cuál espiga tiene las raspas más largas, la del trigo o la de la sebá. Ea, pa que veas. Y además que sepas que no todos podemos tener  una madre profesora de música, so enteraíllo.

Y se quedó sorprendido de sí mismo, pero muy satisfecho también por haber sabido defenderse sin ofender ni molestar.
El patio está desconocidamente vacío. Se ha acabado la cola para la música. De cuando en cuando, algún valiente, cubriéndose con los brazos la cabeza, lo cruza desde los soportales para alcanzar los wáteres en la pared de enfrente. Escasos seis o siete metros y llega pingando. Llueve a mares en la sierra y los chaveas se entretienen apelotonados en los pasillos de las clases apostando quién será el siguiente en empaparse, empujándose unos a otros, haciendo el ganso, como es su obligación. Empieza a rugir el monte de por arriba, la enorme piedra siempre amenazante, y en el suelo hierven saltarinas y juguetonas las burbujas de los chuzos de agua. Es noviembre, el mes de las primeras lluvias.








domingo, 29 de marzo de 2015

Pretérito perfecto

El ilustre profesor don Carlos Castilla del Pino, de imborrable recuerdo para mí y para todos quienes lo disfrutamos en la Facultad de Medicina de Córdoba, escribió en su día sus Memorias. En el tomo I, al que tituló como Pretérito imperfecto, narra las muchas imperfecciones vitales con las que se crió y creció, desde la vivencia en directo de la matanza de parte de su familia por "los rojos", a continuación la sangrienta ocupación de su pueblo, san Roque, por los moros, su experiencia como niño requeté, su conversión al otro bando, sus estudios en Ronda y luego en Madrid, su vida universitaria... hasta la amarga decepción de la traición por parte de su maestro a la hora del "reparto" de las cátedras de Psiquiatría. En el segundo tomo, La casa del olivo, relata su vida desde que se apeó en la estación de Córdoba, allá por primeros de los 50.
 
Y resulta que cada vez que intento encontrar un título para escribir sobre mi infancia y mis vivencias del seminario tropiezo siempre en el mismo nombre: Pretérito perfecto. Perfecto, sí. No imperfecto como el de don Carlos.  Perfecto. Porque, aún pudiendo parecer pedante o incluso estúpido, pienso, de verdad, que hasta el presente mi vida ha sido perfecta. Admito opiniones contrarias, desde luego. Admito errores, defectos e imperfecciones, meteduras de pata de índole diversa. Admito haber hecho daño a personas concretas, daños directos y otros colaterales, posiblemente daños no intencionados. Admito sufrimientos corrosivos y auto inculpatorios por las muertes de mi madre y de mi hermana Josefa... Admito cuanto queráis. Pero la emoción interna y reflexiva que surge cuando analizo mi vida es de haber sido un afortunado. Desde la cuna hasta el primer púlpito. Desde el seminario a la Facultad. Desde La Capilla a Triana.

No pretendo escribir mis Memorias, no soy hombre de relevancia social alguna. Simplemente tengo el gusanillo de escribir sobre nuestra vida en el seminario.
Si os parece, voy a ir entremetiendo en el blog, entre casos de la consulta, relatos sueltos, posiblemente inconexos,  sobre determinados aspectos de aquella adolescencia tan peculiar.

Empezaría así, más o menos:

A lo largo de los años sesenta del pasado siglo sucesivas camadas de niños cordobeses, la mayoría de origen humilde, ingresaron en el seminario de Hornachuelos para proveerse de un futuro mejor, quitarse del campo y, quién sabe, hacerse curas y así, de paso, poner contentas a sus abuelas. Sin que ellos -ni siquiera sus padres- lo llegaran a sospechar esa decisión tan arriesgada como audaz será determinante en su vidas.

En la actualidad, la mayoría de ellos ha pasado de los sesenta -nacidos entre 1951-1955-. Y muy pocos son curas, se pueden contar con los dedos de una mano. Algunos son amigos de a diario. Hay camarillas en Córdoba, en Sevilla, en Málaga, en Madrid... Muchos se reúnen una vez al año, por primavera, para comer, recordar y reírse una jornada juntos. Con sus santas respectivas.

A fin de meterse mejor en el relato sería muy interesante que usted, desconocido lector, se llegase a visitar lo que hoy queda del antiguo seminario un sábado por la mañana. Si lo hace, hágase acompañar por su pareja y por sus hijos. Echen una mochila con un táper de tortilla y chorizo -el agua sobra por allí-, disfruten del paseo de ribera por la orilla derecha del Bembézar hasta subir a la fortaleza derrotada. De una manera aséptica, sólo verán ripios y maleza. Los que vivimos allí cuatro preciosos y tiernos años de nuestra adolescencia vemos mucho más. Y esto, oculto e ignoto para los demás, es lo que pretendo mostrarles con estos relatos. A la vuelta, quédense a almorzar en la Fuente de los tres caños. Aparte de una jornada muy sana y agradable en familia comprenderán un poquito mejor el valor o la necesidad de aquellos padres para dejar a sus inocentes criaturas en sitio tan inhóspito.

Bueno, más o menos.

 

Carta abierta al Pintor y a María Victoria

Mis queridos Antonio y Victoria: Hoy, Domingo de Ramos, os supongo en el campo disfrutando de un día tan soleado y radiante. Y hoy mismo, Domingo de Ramos, a las seis de la tarde, yo os echo de menos. Me gustaría teneros a mi lado esta tarde tan festiva y bulliciosa aquí en Sevilla, quizás la más bullanguera del año.
 
He salido a la calle. Solo. Mi Meli y mi nieto Lucas partieron al mediodía hacia Antequera. La Peque está en el currelo -alguna cosa no hemos hecho bien del todo cuando una mujer como ella, a sus cincuenta y... muchos años, tiene que trabajar en un día como el de hoy-. En fin... He dejado a mi Pelusa dando teta a sus cachorritos y me he echado a la calle. "Voy a ver a La Estrella pasar por el puente de Triana" -he pensado para mí, total, está aquí mismo, desde mi casa oigo los tambores-. ¡Que te lo crees tú!
 
Tú, Antonio, ya conoces algo las calles próximas a la nuestra. He cortado por Pelay Correa, donde comimos el otro día. Abarrotá. He retrocedido por Luca de Tena para salir a la calle Betis. Petado todo de gente. Vuelta patrás. Lo he intentado por Pureza, he conseguido avanzar hasta casi, casi el Altozano. Pero a la altura de la pastelería Marujana me he quedado atrapado entre la muchedumbre. Y ya no me he vuelto sino que me he puesto a observar y analizar, eso que tanto te divierte a ti.
 
Ya te lo dije el otro día, Antonio. La Semana Santa tendrá todas las connotaciones religiosas, fundamentalistas, sectarias, tendenciosas, alienantes, iconólatras... que queramos. De acuerdo. Pero, para mi forma de ver, posee unas cualidades que también vale la pena resaltar. La primera que se me viene al pensamiento es que no es exclusivista, sino universal. En la calle hay cabida para todo quisqui que se arme de paciencia. Por contra, la famosa feria de Sevilla es muy exclusiva. Unida a ésta, otra cualidad sería la de intentar comprender la verdadera y sentida devoción de los creyentes. Otra de esas cualidades es la fiesta pura en la calle, lo puramente lúdico, algo que tanto gusta a los sevillanos en particular y a los andaluces en general. La tercera, sería la admiración del arte escultórico al aire libre, la salida a la calle de los Museos eclesiásticos. Y otra, la última y para mí la más importante, la emoción de contemplar un espectáculo de una estética global sin igual, difícilmente superable en cualquier teatro de alto cartel. La conjunción armoniosa de un arte escultórico ad hoc, la música acompasada, ahora suave y apagada, ahora fuerte y estridente, que lo mismo te amansa el alma que te retumba en el estómago, el colorido y virtuosismo del paso, el contraste con la sobriedad y oscuridad en las calles, el olor penetrante a azahar que todo lo impregna, el rumor apagado del bullicio... todo ello crea un ambiente y una estampa de un barroquismo tremendamente emotivo. Yo creo que eso precisamente, la estética emocional, es lo que nos cautiva a los andaluces. Y yo, defensor absoluto del laicismo, sigo fiel, sin embargo, a ese gusto popular.
 
A lo que vamos, queridos míos: lo que yo he visto esta tarde en el Altozano es lo más parecido a una boda de dimensiones estratosféricas. Sabéis cuánto disfruto en las bodas cuando asisto a ellas de puro espectador, sin pagar, vaya. Más que nada por la vista de tanta mujer joven y tan bien ataviada. Pues lo mismo. Con barba de dos días y con ropa corriente y mal averiguada -camisa de verano y pantalones de pana-, desentonaba en medio de un bullicio tan selecto. Me fijo, naturalmente, en las tías; los hombres -incluso los chaveas- van de traje azul marino riguroso. No he visto aún transparencias en los vestidos -lo que más me atrae-, pero sí escotes más que generosos, dadivosos, cachas de todo perímetro, cachas gordas que se rozan, cachas delgadas y de a kilómetro, cachas bien contorneadas y prietas, cachas que no acaban nunca, cachas  de culos regordetes y bajos, cachas embutidas en seda, cachas de carne fresca...
 
Pero hasta el jamón cansa, dice el refrán. Después de media hora de pié y la Virgen sin pasar me he vuelto a mi casa para escribirles esta carta a mis amigos Antonio y Victoria y para todos vosotros. No es mi deseo, desde luego que no, trivializar los sentimientos religiosos de nadie. Mi respeto por los creyentes es máximo. Yo mismo, ateo confeso, me emociono contemplando el Nazareno de mi pueblo. Hay cosas tan metidas en la fibra última del Paleoencéfalo que no es posible erradicar. Pues muy bien que está.
 
Y termino con una sentencia del Molleto, (q.p.d), un hombretón basto de mi pueblo que en su día fue a Pedrera a ver si veía a la Virgen que por aquellas fechas se le aparecía a las gentes de bien. Cuando volvió, y preguntado por sus amigos en el bar del Mellizo, dijo: "Yo a la Virgen no la he visto, pero he visto un porte de nalgas... "
 
Esta tarde yo puedo decir lo mismo.

lunes, 23 de marzo de 2015

Fiebre trianera

Casi un mes alejado de vosotros, mis fieles lectores. No tengo perdón de Dios. Y ahora sin excusas. Antes me era casi imposible escribir con cierto sosiego viviendo en un recinto de 40 metros cuadrados y sin ordenador. Lógico. Pero ya llevo un mes largo viviendo en nuestro pisito de Triana. Y con todos mis aperos disponibles.
 
Cierto que aún estamos de mudanza y nos falta asentarnos en la nueva casa; más cierto que andamos mangas por hombro sin el asiento necesario para la meditación y la reflexión, yo tan obsesivo del orden desordenado de mis cosas... Pero no pudo engañaros ni engañarme: la verdadera razón de mi abandono literario es, simplemente, la calle.
 
Parece que hubiese regresado a la infancia, "este niño está soseído con la calle" -refunfuñaban nuestras abuelas. Se me van las horas cadenciosas de estas tardes ya luengas reconociendo a pie mi nuevo barrio, escudriñando rincones ocultos, afanado en el feliz y casual encuentro con tantas pastelerías que abundan por doquier, a ver cual huele mejor, "Qué le pongo, dígame" -se ofrece rápida la dependienta-. "Ah perdone -balbuceo yo-, no, nada, sólo quiero ver y oler..." Acortijado en el Aljarafe durante treinta años, ahora todo me parece nuevo, toda una ciudad por descubrir, me da igual el tiempo, si amenaza lluvia salgo con mi paraguas, preciosa la vista del río lluvioso y neblinoso desde el puente al atardecer, "Toñi, la casa que compremos tiene que estar cerca del río" -fue quizás el único requisito que yo había interpuesto a la hora de las prioridades-, si hace bueno paseo a mi perrita Pelusa conmigo, me la llevo por el mismísimo borde del Guadalquivir a pique de resbalarnos, nos reconforta el colorido del agua profunda y el de los piragüistas que surcan solos o en comparsa el cauce, pasamos por praderitas verdes salpicadas de turistas y vecinos ávidos de sol que ya en marzo se tuestan en bikini delante nuestra mesma para mayor regocijo de nuestros ojos; de grupos grandes y pequeños de gente menuda que se trae la merendola y la esparcen en manteles en el suelo; de parejitas acarameladas que se meten mano de la manera más natural; de perritos como ella y otros perros más grandotes que corretean y juegan al pilla pilla y que en viendo a mi Pelusa se aprestan enseguida a olisquearle el culo, ella los incita con movimientos sensuales y cuando se ve agobiada me echa las patas; de magnolios, sauces y acacias que guardan la ribera, árboles  majestuosos de espesísimo plumaje y de troncos tan vencidos que sus hojas y ramas parecen beber del río, árboles en alguno de cuyos cobijos furtivos urde su camastro un mendigo que perdió su portal... Y continuamos luego por un carril bici, siempre fieles y pegaditos al río hasta llegar al puente  del Alamillo. Y regresamos.
 
Ha sido un acierto el cambio. Difícil, como toda tarea gloriosa, pero ha valido el esfuerzo. En mí, ya lo veis, es notorio. La Peque aún no lo ha saboreado del todo entre sus tardes de trabajo y los afanes de preparar y decorar la casa, lástima para ella que yo no sea un Frasqui o un Sebastián o mi hermano Juan mismo, gente que se entretiene y anima con los pasos sucesivos e indescifrables necesarios para el montaje de los muebles de Ikea, cosa imposible del todo para mí. No olvidemos que yo soy un intelectual. Cuenta, no obstante, con la ayuda bendita de su hermana Miki, un manitas en mujer. Pero es hambre que espera hartura. Y sin el más mínimo sentimiento de nostalgia de nuestra antigua casa. Nada. Se diría, con toda propiedad, que para nosotros ha sido una liberación todo este proceso de venta y compra. El chalet nos venía grande. En el mantenimiento y en lo económico. Y para dos criaturas solas y prácticamente aisladas del mundo. Hemos sido muy felices allí, allí hemos criado a nuestra hija y a nuestras dos sobrinas, treinta años hermosos y productivos. Pero la vida va por ciclos. Ese tiempo ya pasó. Ahora toca un tiempo nuevo. Cada edad requiere su cosa. Y ahora, al atardecer  de nuestra vida, la cosa es la ciudad, la cercanía con la gente, la bulla, los bares llenos en la misma plazuela, los despertares de los domingos con las campanadas de la iglesia de santa Ana, el asomarse a la misa de doce, el jolgorio lúdico-erótico de las bodas de los sábados y ahora, en Cuaresma, los tambores, las trompetas y las procesiones. Vamos, en tó el bebe.
 
De manera que perdonadme esta licencia. Prometo que en cuanto se me pase algo esta fiebre trianera vuelvo a frecuentaros con la misma prestancia de siempre.
 
Un abrazo para todos.