martes, 17 de marzo de 2020

Quedaos en casa (Día 3)

Día 3.   Mi amigo Enrique.




Anoche, a última hora, me llegó la noticia del contagio por coronavirus de mi amigo Enrique. Como casi ninguno de vosotros mis lectores lo conocéis, no creo estar cayendo en imprudencia. Y lo traigo precisamente a colación aquí porque se trata de un compañero médico de esos que decía yo ayer que se encuentran en primera línea de fuego. Está en casa solo -es viudo y su único hijo vive fuera-, de manera que no puede contagiar a nadie y lleva estupendamente bien aquello de "perro solo bien se lame". Es un hombre la mar de apañao para sus cosas domésticas, y estoy seguro de que se las arregla estupendamente. No como me pasaría a mí en similares circunstancias. Siendo de mi edad y reenganchado, es motivo de orgullo para mí, pero también de un poquito de mala conciencia. Una noche de marzo de 1984, siendo residentes en el Reina Sofía, nos juntamos en su casa a cenar los de nuestra promoción de medicina interna. Quizá para celebrar que estábamos a puntito de terminar la residencia. En la sobremesa, y para mi sorpresa, Enrique y Rati, su mujer, empezaron a liar canutos, yo qué sé, por lo menos diez canutos, uno para cada uno, y nos los repartieron. La Peque y yo nunca habíamos probado nada de nada, y, desde luego, ella no iba a fumar de aquello estando embarazada de tres meses. Ellos y ellas, sí. Recuerdo a José Miguel, a Isabel, a Nini, a Pepe... riéndose de manera bobalicona y dándose de abrazos y de besos. Y viéndolos así, yo me animé. Como no sabía fumar -ni sé- el humo se me quedó en la boca y rápidamente lo expulsé, de manera que yo no sentí nada especial. Enrique, por el contrario, se fumó el suyo y el mío, y al cabo de un rato se echó a morir. Vomitó, aspiró, se cagó encima, perdió el conocimiento... qué sé yo. No lo llevamos a nuestras Urgencias por vergüenza. Allí en su casa lo mantuvimos despierto como pudimos hasta que pasó el efecto. Y creo que una y no más. Desde entonces, nada de canutos. Es un médico excelente, criado y enseñado en nuestra misma escuela de internistas del Reina Sofía, meticuloso y exigente, disciplinado y cariñoso. Después de cuarenta años de abnegado oficio más que el marrón de un virus monárquico es merecedor de una jubilación dichosa. Un abrazo muy fuerte para él.

Esta mañana, en la sesión de zumba, la gachís de la que os he hablado parece intimar conmigo: me ha llamado guapo. "Venga, guapo, más rápido, más abajo, así, así"... Y yo me pregunto que cómo se las apañará para verme. La Peque se parte de risa con mi ridícula coordinación motora. Cualquiera que me vea con estas trazas y estas posturas tan grotescas negaría rotundamente mi glorioso pasado de futbolista de postín. Me veo en el vídeo grabado por mi mujer y me avergüenzo de mi pobre figura de marioneta artrósica. Y encima luego, agujetas.

Por face time, mis nietos parecen niños de la posguerra, si no fuera por lo rollizos que están: les cuelgan perennes sendas velas de mocos asquerosamente verdes rutilantes. "Pero, mujer -le riño a mi hija-, límpiales esas narices, por Dios". "Se las limpio, ¿qué te crees? Pero doy media vuelta y estamos en las mismas. Son mocos inagotables, ahí dentro no hay virus que resista". Los mismos mocos que los míos cuando de monaguillo me los sorbía para adentro rezando el rosario para las viejas desde lo alto del púlpito, y cuando ya no daba abasto con el sorber me los limpiaba en la boca manga del roquete. Los echo mucho de menos, a mis nietos, no a los mocos, pero hay que aguantar. El no poder verlos ni jugar con ellos es lo que más me está pesando. La Peque y yo tenemos distracciones para todo el día. El Yotube nos devuelve a nuestros años mozos con temas musicales de los 80, y el Netflix nos ocupa la sobremesa con alguna serie y la noche con alguna película. El resto ya lo sabéis: lecturas, pinturas, escribanía... ¡Y zumba!

Ea, hasta mañana. Me voy al balcón.



lunes, 16 de marzo de 2020

Quedaos en casa (Día 2)

Día 2.   Hay que ser muy obtuso.





Sí, muy obtuso hay que ser para pretender ganar esta guerra contra el virus por su cuenta y riesgo. Es lo que parece derivarse de la actitud incomprensible del presidente de la Generalidad Catalana, el señor Joaquín de la Torre -Quim Torra en eufemismo-, quien se desvincula del apoyo general de todos los demás presidentes autonómicos al Estado de Alerta decretado por el Gobierno. Y tiene la desfachatez de argumentar que tal decreto solo busca sustraer competencias a Cataluña en favor del mando único. Obtuso... Y merluzo. Pero bueno, a media tarde me he enterado que ha dado positivo al coronavirus, y me da pena. Le deseo una rápida recuperación. De corazón.

No me puedo creer, por otra parte, una noticia escalofriante que he leído de corrido en la tele mientras me tomaba mi tazón mañanero de fruta, que por poco si me atraganto del susto, en la que el titular que se desliza por la parte inferior de la pantalla decía que los médicos italianos están valorando "dejar morir" a los ancianos infectados de más de 80 años ante el inminente peligro de colapso sanitario. Más merluzos todavía, ¿Cómo se puede permitir emitir una noticia así? Estamos perdiendo el norte. No os alarméis. Esto sí que es un bulo, o una nefasta interpretación de lo que llamamos Limitación de Esfuerzo Terapéutico (LET). Consiste en dejar de aplicar medidas salvadoras o mantenedoras en aquellos pacientes en que ya sabemos que de nada van a servir sino para prolongar la agonía. Este escenario está totalmente tipificado, admitido y es de todo punto ético.

Esta mañana hemos desayunado, la Peque y servidor, con la preocupante nueva de un amigo muy cercano y querido contagiado e ingresado en un hospital. Se trata de un caso leve, a Dios gracias. Pero produce inquietud. Como soy de natural tan "cagao", en ocasiones me asalta la certidumbre de estar aislado en casa esperando la hora fatídica de la primera tos o de las primeras décimas. Pero consigo controlar la ansiedad. Con la Peque al lado es difícil ensimismarse en uno. Siempre mandando cosas. La bronca mañanera de hoy ha sido por subir la persiana del cuarto de baño. "Pero Peque, si es para que se ventile bien". "Se ventila igual con las puertas abiertas pero la persiana corrida, que si no entran moscardones". Ea, otra lección aprendida: los moscardones.

Son ahora las doce de una mañana espléndida, soleada y fresquita. En otras circunstancias, perfecta para sacar a pasear a mi Pelu. Ella lo sabe, y se me acerca muy cerquita, olisqueando mis pantalones y meneando con ritmo el rabo, como queriéndome decir venga tío... Pero, lo que es la rutina, no me apetece, lo pronto que se acostumbra uno a esto de estar encerrado. Me acuerdo de una secuencia de la película de "La trinchera infinita", esa escena en que por fin Higinio puede ya salir de su escondite sin miedo a ser fusilado después de 30 años encerrado entre cuatro paredes, y va y le dice a Rosa, su mujer, que no, que no sale, "que es que aquí dentro tampoco se está tan malamente". El pobre... En lugar de salir con la perrita me pongo a charlar con mis nietos por face time. Juegan al fútbol con su padre en la amplia terraza de su casa. ¡Qué dicha verlos tan alegres y despreocupados! Hay que agradecerle a este dichoso virus que haya sido tan condescendiente con los más pequeños, lo más preciado que tenemos.

Pero está visto que hoy el día va de sustos: al levantarme de la siesta la Peque me vacila que en el telediario de las tres han dicho que el ministro de sanidad valora poder reclutar para la causa a médicos jubilados menores de setenta años. Lo entiendo, pero me acojono solo de pensarlo. A mí me pondrían en una consulta, digo yo, para poder liberar a otro médico más joven para las trincheras. Aún así, acojonao. Soy un cobarde. Siempre lo he sido. El miedo ha sido y lo sigue siendo un elemento constante -y en ocasiones perturbador- en mi vida. Y luego, pienso que ahí, en la línea del fuego, están mi hermano y mi sobrina y tantos buenos compañeros y amigos de mi hospital. Y para colmo, sale en la tele un reportaje con Spiriman desesperado y lloroso advirtiéndonos de la gran catástrofe que ellos, los sanitarios, están viviendo día a día. Y lo que les queda... Y entonces siento vergüenza de mi vida en la retaguardia acomodada de mi piso sin más obligaciones que quedarme en casa, hacer de comer, telefonear a los amigos, jugar con la perrita, las dos sesiones de zumba y discutir con la Peque por tonterías. Pues que me llamen cuando quieran. ¡Con dos cojones!

Pronto serán las ocho de la tarde. Acabamos de concluir la sesión de zumba. Me gusta, oye. La muchacha de la tele se me queda mirando y se ríe de buena gana cuando ve mis torpezas. Y me anima, "Venga, más arriba, más rápido... Y cuatro, tres, dos..." Parece como si estuviese pendiente solamente de mí. Y yo tropiezo los ritmos y las posturas embobado con su sonrisa, su figura efébica, su cola desbocada y sus piernas de mármol negro apretujadas en los leguis. No tengo remedio.

Bueno, me voy para el balcón.


domingo, 15 de marzo de 2020

Quedaos en casa

Día 1 de aislamiento.

¿Por qué hemos llegado hasta aquí?

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Estoy saturado de informaciones sombrías, casi todas ciertas. Para lo que uno podía esperar, pocos bulos. Estoy cansado de tanto chiste, ocurrencia y meme sobre una realidad tan seria, aunque el ingenio de la gente para estas cosas de fatalidad siempre consigue sacarme una sonrisa.

Hemos llegado a este extremo del aislamiento doméstico por culpa de este virus traicionero. En este momento, los ciudadanos desconocemos si se trata de un virus artificial, esto es, creado en un laboratorio virológico -pudiera ser así-, o se trata de una mutación extraña de uno previo que infectaba solamente a animales salvajes. En cualquiera de los casos, asumo la sospecha de que ha escapado del control humano. Y es un virus peligroso porque combina una alta tasa de contagiosidad y moderada letalidad. Podría haber sido peor. Esto es lo que creo que está pasando. 

Me fastidia que aun en circunstancias tan críticas haya gente empeñada en culpar a alguien de esto. Para algunos, las cosas malas son siempre culpa de alguien. Sin embargo, una pandemia de esta magnitud universal no puede ser achacada a determinadas acciones de gobierno. Tenemos en España epidemiólogos excelentes. ¿Por qué no habían previsto este ascenso brutal en la curva de contagios conociendo ya la experiencia en China y en Italia? No lo sé. El gobierno debe actuar en función de los informes epidemiológicos. ¿Qué ha pasado, pues? No lo sé. No creo que en otros países como Alemania o Reino Unido la cosa vaya mejor que en España por disponer de un gabinete de crisis mejor preparado o más eficaz. No lo creo. El virus no está en el aire, no lo respiramos paseando por las calles o por el campo. Lo adquirimos en el contacto cercano con personas infectadas, bien por medio de las gotitas de saliva que proyectamos al hablar o toser, bien porque nuestras manos contagiadas lo depositan involuntariamente en las barandillas de las escaleras, en los botones de los ascensores o en los asideros de los autobuses o de los trenes. La cultura mediterránea no puede cambiarse de un día para otro. Nosotros vivimos en la calle, charlamos a voces, reímos a carcajada limpia, cantamos echándonos el vahído, nos gusta tocarnos, apretarnos y darnos besos sonoros. Y sacarnos los mocos secos con los dedos. Y cogemos sin guantes la fruta del Mercadona. "Semos" así. Ahí está el quid. No todos los países tienen esta alegre y despreocupada conducta social y callejera.

Por eso, aplaudo la medida del aislamiento social. Mientras no dispongamos de vacuna es lo mejor que podemos hacer para detener y allanar la curva del contagio. Ha llegado tarde, es verdad. Y tampoco nosotros, la gente corriente, nos lo hemos tomado en serio hasta ahora. Metámonos todos y vayamos a una. 

Anoche me emocioné un montón al salir a mi balcón para aplaudir a los sanitarios. Ofú, es demasiado. Es difícil imaginar la sobrecarga brutal, tanto física como emocional, de estas criaturas benditas: médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, personal de limpieza... He oído comentarios escalofriantes del personal de mi hospital y de otros hospitales sobre cómo es el día a día de una guardia en Urgencias o en UCI. Heroicidad. Doy gracias a Dios por haberme librado de esta experiencia. Es curioso: mientras he estado en activo jamás he tenido aprehensión por "pillar" algún bicho raro. Siempre me he sentido inmune, pese a mi pobre disposición para todo lo que sea ponerme batas especiales o guantes. ¡Joer, si no sé ni ponerme los guantes de las gasolineras!... Pero ahora es distinto. Estoy un poco asustado, la verdad. Bromean conmigo mis más cercanos con la amenaza de que pronto las autoridades sanitarias echarán mano de los reservistas. Sinceramente, yo sería más estorbo que otra cosa, y además sería de los primeros en caer, habida cuenta de lo que he contado antes sobre la precariedad en mis precauciones. Que llamen a la Peque, ésta sí que puede con todo.

Es momento, pues, de ponderar en su justa medida el valor de nuestros servicios públicos. En estos días destaca sobre todo la grandeza de corazón de nuestro sistema sanitario público, pero tampoco olvido las fuerzas del orden ni al funcionariado al pie de los cañones. Espero que muchos descreídos de lo público sepan rectificar en vista de lo que está ocurriendo.

Por lo demás, este primer día de confinamiento ha resultado entretenido: tablas de zumba ante la tele en dos sesiones, mañana y tarde; ratos largos de lectura pausada; alguna trifulca entremezclada con la Peque porque se me olvida ponerme el delantal para freír el bacalao con tomate; siesta reparadora con mi perrita; sesiones intermitentes de face time con mis nietos y conversaciones telefónicas con los amigos para departirnos nuevas. No, sesiones de sexo despelotado, todavía no. No queramos hacerlo todo el primer día. 

Hasta mañana, amigos.

martes, 18 de febrero de 2020

Debate sobre la eutanasia

Muchachos: a petición de algunos de mis lectores interesados en el tema, voy a exponeros mi punto de vista sobre el asunto este tan delicado de la eutanasia. Desde luego que se trata de un debate serio, de gran calado e importancia. No vale aquí intentar convencer a nadie ni que nadie se moleste por mi posicionamiento. Yo respeto el criterio razonado de todo el mundo, y espero lo mismo de los demás. Veamos.


Casi todo lo que he leído y escuchado en estos últimos días acerca de la eutanasia me ha parecido razonable, alegatos favorables y otros contrarios. Casi todo. Sin embargo, ha habido algunos sapos incomestibles, algunas manifestaciones en los medios que a mi parecer quedan fuera de lugar, se autoexcluyen por impresentables: la primera, la del portavoz del PP en el Parlamento afirmando que la propuesta de eutanasia del Gobierno es una artimaña de recortes en pensiones y en gasto farmacéutico. ¡Hay que ser malaje! ¡Parece mentira lo zafio y ruin, tan alejado de lo que debería ser un prohombre! La segunda, las manifestaciones de algún obispo trasnochado, tan desfasadas e impías: "Los enfermos tienen que sufrir en la agonía, como lo hizo Cristo". No creo que se precisen más comentarios. Otra por el estilo es de un periodista de Libertad Digital, cuyo nombre omitiré, y que no tiene vergüenza ninguna en escribir: "Cabe sospechar que con la nueva ley el fisco se va ahorrar mucho dinero... Y que los nietos traten de acelerar todo lo posible el fallecimiento de los abuelos y así repartirse bonitamente la herencia... Cunde la terrible sospecha de que con los vejestorios la sanidad pública no debe derrochar más dinero" (LD 18-2-2020). Y se queda tan pancho, oye.

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En la actualidad, existen cinco escenarios que afectan a la ética médica y que se plantean al final de la vida: la eutanasia y el suicidio asistido, la sedación paliativa, la limitación del esfuerzo terapéutico, el rechazo del tratamiento y el abandono de acción médica por fallecimiento. Los cuatro últimos, con consenso legal y ético, y aplicados en mayor o menor medida en nuestros hospitales. La eutanasia y el suicidio asistido siguen siendo el centro de la discordia.

Y eso es así, creo, por el poso en la conciencia y las entrañas de nuestra sociedad de la cultura judeocristiana, del "No matarás", de nuestro antiguo catecismo católico, apostólico y romano. Y por el peso aun tan mediático de la Iglesia en nuestro país. Y, sin embargo, oh sorpresa, según las recientes encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) el 73,6% de los encuestados son favorables a la regulación de la eutanasia; y de aquellos que se consideran católicos practicantes, el 60% también la  aprueban.

Como ya es sabido, el parlamento español ha dado luz verde a un proyecto de ley propuesto por el gobierno de la nación para despenalizar la eutanasia y el suicidio asistido. Se trata de un proyecto bastante parecido al que ya funciona desde hace años en otros países como Holanda, Bélgica, Luxemburgo o Suiza. Los términos en que se explica dicha propuesta son bastante esclarecedores: acto médico que induce la muerte o ayuda al suicidio de aquellas personas que, sin encontrarse en una situación de muerte inminente, desean morir por padecer de alguna enfermedad letal, en estado de irreversibilidad y que denigra la integridad física o espiritual a juicio de la persona que la padece. Debe ser un deseo expresado de manera explícita y largamente requerido; debe haber capacidad mental contrastada para decidir; y hay lugar para la objeción de conciencia del profesional encargado.

La jerarquía eclesiástica no ha tardado en reaccionar: "Los obispos anuncian sus líneas rojas contra la legalización de la eutanasia" (El País, 29-01-2020). la Conferencia Episcopal, en boca de su portavoz, ha proclamado que causar la muerte de quien sufre es un atajo que deshumaniza. La realidad del sufrimiento requiere cuidados paliativos, amor y una genuina compasión. "Se procura presentar a los defensores de la vida como retrógrados, intransigentes y contrarios a la libertad individual y al progreso". Eso dice el portavoz, y yo me quedo anonadado porque tal como lo veo resulta que es así, que los obispos, en su mayoría son retrógrados, intransigentes y coartadores de la libertad individual. Con todos mis respetos para sus posturas que para nada comparto. Y me alegro de que la Conferencia Episcopal no hay proferido ninguna barbaridad de las que antes he comentado.

La oficialidad médica, representada por la Organización Médica Colegial (OMC) también se muestra contraria a la despenalización de la eutanasia. Se basa para ello en el Código Deontológico: La profesión médica está al servicio del ser humano y de la sociedad. Respetar la vida humana, la dignidad de la persona y el cuidado de la salud del individuo y de la comunidad son los deberes profesionales del médico (Art 5, apartado 1). Sostiene la OMC que la eutanasia va en contra del ser médico; que la sedación paliativa es lo último que podemos hacer por el bienestar del enfermo; que regular la eutanasia es hacer un chantaje moral a los más débiles, a las personas que se sienten un peso para la familia y la sociedad; que la medicina puede y debe ofrecer algo más que anticipar la muerte; y que la alternativa es la puesta en marcha de unos cuidados paliativos de calidad y universales que garanticen la bondad en el proceso del morir.

Como vemos, no son razones espurias. Uno puede asumirlas como decentes y bien intencionadas, creíbles. Algunos miembros de la OMC escriben cosas tan sensatas como éstas: "Para eliminar el sufrimiento de la persona no es necesario eliminar  a la persona que sufre...El verdadero fracaso del médico es tener que admitir la eutanasia como única solución al alivio del sufrimiento del enfermo"... O esto otro: "La eutanasia representa una práctica contraria a la ética médica. Los cuidados paliativos son la estrategia adecuada para aquellos pacientes aquejados por una enfermedad en fase terminal y tienen como objetivo fundamental conseguir el mayor bienestar posible para paciente y familia atendiendo a las necesidades físicas, espirituales y sociales".

Algunos compañeros de mi hospital con quienes he contactado se posicionan en este sentido. Médicos buenos, humanitarios, empáticos y comprometidos que merecen todo mi reconocimiento y respeto. No dicen barbaridades pepoides ni episcopales. Simplemente no admiten la bondad supuesta de la eutanasia, y son unos convencidos de que la mejora y expansión de los Cuidados Paliativos, Unidades del Dolor y Dependencia harían poco menos que invisible la cuestión de la eutanasia. Si evitamos el sufrimiento nadie va a querer morir, dicen.

Mi postura es favorable a la eutanasia y al suicidio asistido. Creo firmemente en la bondad de los cuidados paliativos. He trabajado en ello en el hospital  El Tomillar, y he tenido ocasión de ejercer la sedación paliativa en muchos pacientes terminales, incluidos mi padre y mi suegra, ambos en sus domicilios respectivos. Pero una cosa no quita la otra. Los cuidados paliativos no son la panacea. Nada lo es. Salvo con la sedación terminal, ninguna otra medida nos garantiza acabar con el sufrimiento físico o espiritual del enfermo. Y la sedación terminal es mantener al paciente en coma hasta que muera. No lo matamos, pero ponemos los medios para anticipar su muerte, para acortar la agonía. Nuestra intención no es matar, sino evitar el sufrimiento. El fenómeno del "doble efecto" nos pone a salvo jurídico. Con sedación terminal sé que mi paciente se va a morir en 48-72 horas de promedio. Y eso es ético y legal. Y sin embargo, si acorto la agonía para que el paciente muera en dos minutos ya no lo es, ni legal ni ético. No lo veo. Pero no solo es eso. Los cuidados paliativos y la sedación terminal se aplican a pacientes en fase muy terminal o directamente moribundos; se trata de una estrategia impuesta de urgencia, muchas veces involuntaria, con el consentimiento del familiar o representante legal. Es la muerte que se te viene encima y debemos ayudar a pasar el tránsito. En cambio, la eutanasia nos permite el derecho individual de decidir cuándo morir si nuestra situación vital ya no nos sale a cuenta. No hay por qué esperar al momento de la agonía que se presentará no sabemos cómo ni cuándo. La muerte programada, por decirlo de alguna manera, nos permite ordenar nuestros asuntos, conciliar nuestro miedo, despedirnos de nuestra gente, ejercer la autonomía sobre nuestra propia vida. La vida es un derecho, desde luego, pero no un deber. Nadie que no quiera vivir debería estar condenado a hacerlo por imperativo legal. Cuidados paliativos y eutanasia no son conceptos ni ideas antagónicas, como quieren pensar los contrarios, sino más bien realidades complementarias. La ley de eutanasia no obliga a nadie a morir ni es una amenaza para nadie, solo es un derecho individual que quien quiera lo puede ejercer. Y para los médicos acérrimos defensores de la vida y de nuestro código deontológico han de saber que en ética médica el principio de autonomía está por encima de todos los demás. "En el ámbito médico, el consentimiento informado es la máxima expresión del principio de autonomía, constituyendo un derecho del paciente y un deber para el médico, pues las preferencias y los valores del enfermo son primordiales desde el punto de vista ético, y suponen que el objetivo del médico es respetar esta autonomía".

Bueno, como veis, la cosa es peliaguda. 

lunes, 17 de febrero de 2020

El misterio del ladrillo

Son las diez de la noche, pero no puedo esperar a mañana. Mi amigo Joaquín Franquelo me ha llamado al móvil hará quince minutos para explicarme el tema del ladrillo de la muerte. Naturalmente que debe tratarse de una superstición, vale, pero es de esas que gusta contarlas, sobre todo a la gente de mi pueblo, todos -yo incluido- tan carmelitas.

Dice Joaquín que la Virgen del Carmen, patrona del mar y de los marineros, tiene prometido a sus devotos que no morirán en el agua, sino en tierra firme. Y esa tierra firme, en distintos lugares, se representa por un ladrillo, una piedra o simplemente tocar el suelo con los pies. El propio Joaquín y otros amigos que me han contestado por privado me aseguran haber presenciado escenas escalofriantes de personas moribundas con largas agonías que han pedido o gesticulado querer sentarse en la cama para tocar el suelo con sus pies, y así morir plácidamente. ¡Gran poder el de la mente!

Aun considerándola superstición es tierna y bella la historia.

Buenas noches.

El ladrillo de la buena muerte

La noticia no ha podido ser más oportuna. Enfrascado como estoy en un debate filosófico y ético con algunos de mis compañeros del hospital acerca de la inminente nueva ley de eutanasia, esta anécdota que me dispongo a contaros me ha sacado por unos momentos del agobio argumental y me ha devuelto a mi sonrisa habitual.

Celebrando san Valentín con la Peque, mis hermanos y cuñadas en un restaurante, alguno nos relata en los postres la historia de una mujer anciana de nuestro pueblo recién fallecida en el hospital de Antequera. Por lo visto, estaba teniendo una agonía muy prolongada. Aunque bien sedada y sin sufrimiento, no acababa de irse para más angustia del personal y de la propia familia. Una tarde, una visita resolvió el problema. La anciana moribunda exhibía con cierta ostentación un escapulario de la Virgen del Carmelo que le habían colocado sus allegados para facilitarle el paso por el Purgatorio, si es que ello fuera preciso para mujer tan piadosa. Pero ni por esas. Que no se moría. La visita, otra anciana amiga de la agonizante, les hizo la observación a los familiares de que los devotos verdaderos de la Virgen del Carmen no la espichan definitivamente hasta que no se les coloque un ladrillo entre las piernas. Y así sucedió que esa misma tarde uno de los familiares se alargó al pueblo a por un ladrillo. Debidamente colocado a los pies de la paciente, la devota anciana falleció en la paz del Señor pocas horas después.

Se acabó el debate. Nada de muerte digna ni de eutanasia. Un ladrillo en los pies, y a juir.

martes, 7 de enero de 2020

Cuento de Epifanía

Hace ya tantos años que casi ni me acuerdo, vivía en un pueblito humilde de los nuestros una niña inquieta, algo díscola e independiente, pero también muy dichosa. La mayor de sus otras dos hermanitas, desatendía más de la cuenta los cuidados encomendados por su madre para con ellas, y se abandonaba a los juegos de la calle con sus amiguitas. Era una niña pobre, pero a ella eso le daba lo mismo, ni siquiera lo notaba porque en el pueblo, salvo dos o tres familias adineradas, todo el mundo era igual. Una niña pobre y feliz como era lo normal en aquellos remotos años. Le cabía la satisfacción de ser la primera, como mayor, en estrenar la ropita y los juguetes que, luego, heredarían de segunda puesta sus hermanas pequeñas. Cuando el tiempo igualó sus respectivas tallas, sin embargo, la cosa se torció para ella, y ya las hermanas escarmentadas le disputaban hasta la largura en la onza del chocolate.

En los primeros años que ella recuerda, los Reyes Magos se habían abonado a los mismos regalos: zambombitas y guitarritas de caramelo, algunos mantecados despachurrados y una cuerda para saltar la comba. Pero una cuerda muy costeada y resistente, con sus mangos de plástico duro y graciosamente coloreada, de aquéllas que al rozarse con el suelo desprendían un zumbido fuerte y varonil, zás, zás, zás... Y se convirtió en una verdadera artista de la comba, la más saltarina de sus amigas, ahora para adelante, luego para atrás, a pie cojito, sola o en tandem... Hasta el punto de salir a la calle a hacer los mandados saltando la cuerda. Aunque le cueste reconocerlo -porque es muy suya-, miraba con cierta envidia la muñeca de pelo natural de su prima Inma o el juego de palillé de su primo Juanma, un niño al que ella admiraba por su manera tan ordenada de mantener sus juguetes: el trompo, la tolda, los paquetes de "santos", el aro y su gancho... No como ella, que todo lo perdía. O lo regalaba. "Mardesía -le reprochaba su abuela Cándida-, te cortaba las manos, nada te dura, lo das todo, so puñetera". Tuvo que esperar a que su madre pusiese una tienda de comida para recibir como regalo de Reyes sus primeras muñecas que venían como premio oculto en una de las tabletas de chocolate, y que la buena de Antonia, su madre, se las arreglaba para averiguar la premiada y apartarla para las niñas.

Ya de medio mozuela nació el niño, el único hermano, y los tiempos eran otros: las pistolitas de mixtos, los tambores y las bicicletas fueron para el niño, claro está. Para las niñas, ropa. Pasión por los trapos, oye.

La cosa es que esa niña se hace mujer, y aun habiendo gozado de una vida desahogada ha sabido mantener un prudente equilibrio entre necesidades y gustos, con sentido del gasto, sin llegar, desde luego, a la racanería de su marido, ni a extravagancias fuera de lugar, salvo en lo tocante a trapitos y zapatos, que la superan. Y ha seguido también con su política de manos desprendidas que todo lo dan o todo lo pierden.

Y ahora, en su otoño dorado y esperanzado, con todo el cariño y ternura acrisolados durante sus luengos años, debe de tolerar con mucha resignación los reproches más que "razonables" de su única hija que no alcanza a comprender -porque aun no le ha llegado la hora- el corazón abierto de esta abuela para con sus nietos, para quienes todo le parece poco, para los que a todas horas está dispuesta a comprarles algo antes, incluso, de que ellos lo pidan. Y entiende en su fuero interno que eso no puede ser; que debe aguantar las ganas y contenerse como lo hizo cuando le tocó ser madre y Reina Maga; que los niños de hoy no disfrutan de sus juguetes como lo hacía ella con su cuerda saltarina porque están sobresaturados; que en las casas ya no cabe un alfiler más; que es necesario huir del gasto superfluo; que hay que educar en moderación y responsabilidad... Pero, a pesar de todo eso, el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y más que ningún otro, el corazón de la abuela. De cualquier abuela.


Feliz año 2020 para todos.