sábado, 21 de marzo de 2020

Día 7 de cautiverio. ¡Aire libre!

Os confieso que cuando lo del decretazo del aislamiento yo me las prometía felices imaginando mis mañanas de solaz con la Peque por los cerros de Antequera, y las tardes de recogimiento en casa. Esa era mi idea que, además, recomendé a algunos amigos. Pero está visto que era una quimera. La realidad ha sido mucho más drástica, como sabemos. Y reconozco que debe ser así, al menos hasta que se comiencen a ver resultados halagüeños en la dichosa curva del contagio.

Traigo esto a vuestra consideración porque los gobiernos de Bélgica y de Holanda han hecho justo lo que yo quisiera para mí: confinar a la gente en sus casas, pero permitirle salir al campo y a los parques públicos en grupos familiares, los que conviven en la misma casa, sin entremezclarse. Veamos: dice el epidemiólogo Marc van Ranst de la Universidad católica de Lovaina que desde el punto de vista virológico el riesgo de esta permisividad es mínimo, puesto que la mayor parte de los contagios proviene de encuentros sociales de cercanía: reuniones, velatorios, bares, restaurantes, manifestaciones, supermercados... Argumenta que la cuarentena se va a prolongar más allá de abril, que hay muchas personas sin jardín y que el sol es un elemento de capital importancia para evitar el déficit de vitamina D y la depresión. Y el buen intencionado hombre acaba su intervención diciendo que le gustaría preguntar a los italianos y a los españoles que por qué creen que es peligroso salir al campo a correr.

"La naturaleza relaja -le comenta al periodista una jubilada belga que pasea con su marido por el campo-. Sienta muy bien caminar con un día tan bueno. En Bruselas, 16 grados al sol es la mejor medicina". He ahí la cuestión.

¡Qué más quisiera yo que esta medida pudiera ser aplicable entre nosotros! Pero hay que responder a la pregunta de doctor Marc van Ranst. La idiosincracia cultural y ciudadana de los países nórdicos poco tiene que ver con la nuestra. Para bien o para mal, el protestantismo y el calvinismo les ha conferido a estas gentes un modo especial de ser disciplinado, obediente con las normas hasta la rigidez, amante del orden y del cuidado de las cosas y de la naturaleza. Los católicos, históricamente, podemos permitirnos cualquier exceso o desaguisado porque tenemos la tabla de salvación de la confesión que todo lo perdona. Pedazo de ventaja. Y luego está el clima: los nórdicos viven agazapados en sus casas calentitas, adoran al sol y cuidan con mimo su naturaleza privilegiada y esquiva. Nosotros vivimos en las calles, hablamos a voces, nos relacionamos apretujados en los bares y restaurantes a pecho descubierto, nos gusta rozarnos, despreciamos el sol por cansino, y el campo por solitario, y nos imantan el cemento y las tiendas. Vamos a imaginar por un momento una norma legal que nos permitiera salir a pasear al campo en grupitos familiares. Al segundo día de buen tiempo nuestras playas serían hervidero de turistas, y en el Nacimiento de la Villa, aquí en Antequera, habría partidillos de fútbol, barbacoas de vecinos y botellonas. ¿O no?

Y, sin embargo, dejadme que yo prefiera soñar: en mi mundo onírico y enajenado de la mazmorra veo filas ordenadas de criaturas acudiendo de manera cívica y tranquila  hacia el parque del Alamillo, el enorme pulmón de la ciudad, u ocupando pausadamente los amplios espacios del parque de María Luisa, o correteando por la periferia del parque Alcosa, o paseando con placidez por el jardín americano junto al Guadalquivir, y luego, ya de retirada, todo el mundo recogiendo desperdicios e inmundicias y depositándolos en los contenedores. Por mentar a Sevilla, la ciudad que quizá mejor conozca. A fin de cuentas, desde Calderón, sabemos que la vida es sueño, y que los sueños, sueños son. ¡Ojalá!

Bueno, ¡vámonos pal balcón!

viernes, 20 de marzo de 2020

Día 6 de encierro. ¡Que abra ya la primavera!

Parece que no. El invierno se despide frío, desangelado, desapacible. Como debe ser. Mañana será otro día. Ya veremos cuando abre la primavera.

¡Lo que son capaces de inventar las mujeres! Esta mañana, a las ocho, la Peque, sus hermanas y las sobrinas, todas charloteando en el móvil al unísono y viéndose las caras, ojerosas y greñudas, por medio de una aplicación novedosa del wassapt. Y han quedado para repetir esta tarde antes de la balconada. La más necesitada de estas reuniones familiares telemáticas es mi sobrina Rocío, la pobre solita en Barcelona. Bueno, con David, su novio, un santo varón.

Pero vamos a temas serios. Asistimos ya a las primeras dudas acerca de la idoneidad de este aislamiento social a que nos obliga la ley de alarma. Circulan por las redes cartas e informes de algunos epidemiólogos  que opinan que nos faltan elementos importantes de decisión, en otras palabras, que quizás se hayan tomado determinadas decisiones muy trascendentales sin contar con datos fiables del todo. John Ionnidis, epidemiólogo investigador de la Universidad de Stanford, cree que "las consecuencias económicas y sociales del aislamiento a largo plazo son desconocidas, inquietantes y, hasta el momento, sin estadísticas fiables que lo justifiquen". Y pone un ejemplo ilustrativo: dice que parece como si un elefante, hostigado por un ratón que le cosquillea las patas, se tirase por un precipicio. Y es que, a su juicio, nos faltan datos. Uff, es difícil digerir todo eso con lo que tenemos encima. Lo primero es distinguir letalidad y mortalidad, términos que se usan indistintamente, y que, sin embargo, tienen sus diferencias importantes a la hora de aproximarnos a lo venidero. La mortalidad hace referencia al número de infectados que muere. La letalidad es el número de infectados confirmados que muere. No es lo mismo, aunque parezca parecido. En el caso del coronavirus podemos hablar de letalidad, no de mortalidad, puesto que desconocemos cuánta población está infectada y se mantiene sin síntomas. Si conociésemos este dato la letalidad, sin duda, bajaría muchísimo. Y se podría acceder a esa información realizando exámenes microbiológicos a determinadas muestras aleatorias de la población. En España, la letalidad actual es del 4,2%; en Italia, del 8,3%; en Corea del Sur, del 0,6%; en China, del 0,8%. En parte, este baile de cifras puede deberse al número de test que se hacen. Cuanto más extensa sea la población testada más bajará la tasa de letalidad. Esto es algo que parece obvio. Este tipo de exploración epidemiológica será el que pueda desvelar la verdadera dimensión de la pandemia. (El País de hoy). Otro dato: la gripe común causó 6.300 muertes en España en la campaña de 2018 entre 525.300 casos confirmados (letalidad de 1,2%). El problema actual del coronavirus, como sabemos, es que podamos dilatar en el tiempo la tasa y la curva de contagio para no saturar el sistema sanitario. Y centrarnos más en la población de más riesgo que ya conocemos: ancianos, inmunodeficientes y con patologías respiratorias crónicas. Con todo respeto a las doctas opiniones de éste y otros epidemiólogos, parece muy conveniente  la puesta en marcha del aislamiento social, pese a las graves pero transitorias dificultades económicas por las que habremos de pasar todos. No cabe duda de que la situación actual nos va a poner ante un reto imponente como personas sociales. Nos ha llegado la hora de la solidaridad, de la ayuda al necesitado cercano, de las bolsas de resistencia, del desprendimiento, de la generosidad. Por lo menos eso es lo que me enseña la Peque.

He hablado esta mañana por teléfono con compañeros veteranos de mi hospital. La gente responde: las plantas están mucho menos congestionadas que otros años en estas fechas, los internistas atienden a un número más adecuado de enfermos sin tanta sobrecarga, la UCI tiene camas disponibles, sin agobios; las consultas se hacen telemáticas siempre que es posible... En fin, se trabaja con cierto resquemor, es natural, pero con cierto desahogo también. Por ahora, Andalucía es zona blanca, de menos prevalencia del virus, pero la situación es cambiante y puede resultar engañosa. En el momento en que se realicen más test diagnósticos la cosa puede cambiar.

Y la primavera que ya está aquí nos va a traer buenas nuevas. Ya parecen estar abriendo algunos brotes verdes: nuevos fármacos contra el virus, la ansiada vacuna ya probada en chimpancés, el hallazgo de anticuerpos útiles, noticias de abuelos centenarios chinos que se han recuperado de la infección, el reclutamiento de médicos chinos, posiblemente inmunes, a Italia...

Y una anécdota entrañable de hoy mismo. Una compañera neuróloga, hija de un buen amigo, ha cogido esta mañana un taxi para ir a trabajar a su hospital. Y el taxista no le ha permitido pagar la carrera. "Señorita -le ha dicho- es lo menos que puedo hacer por contribuir de alguna manera".

¡Vámonos pal balcón!

jueves, 19 de marzo de 2020

Día 5.- Día de san José.

Las doce habían dado y aún no había podido hacer otra cosa que salir a por el pescado y responder al mogollón de felicitaciones por wassapt por mi santo. Me he perdido la sesión matinal de la zumba. A ver... Y encima, la Peque me dice que hoy toca limpieza general. "Peque, tengo compromiso de mi columna diaria para la gente" -intento escabullirme. "Y yo tengo toda la casa por delante, ya escribirás por la tarde. ¡Venga! Lo tuyo va a ser fácil: coloca el lavavajillas, pon las bolsas de basura en los wáteres y en el cubo de la cocina, haz la cama grande, recoge el cuarto de baño, dale con toallitas mojadas en lejía a las patas de la Pelu, ponme a cocer las habichuelillas verdes, y luego sube a la terraza a recoger los trapos." ¡Anda, qué!

Llevo bien el enclaustramiento. Ayer un amigo me llamó la atención porque, por lo visto, también está prohibido salir a los espacios comunes de las viviendas. Por lo que escribí de nuestros ratos de lectura en la terraza. En realidad, la terraza es casi un anejo de mi piso, y allí no sube nadie. Pero bueno, haremos caso. Decía que ya me he acostumbrado al encierro, y ahora resulta que me da repelús salir a la calle porque es que ya no sabe uno ni andar por ella. Esta mañana, la Peque se ha alargado al Mercadona portando doble mascarilla y guantes. A la vuelta, se ha dejado los zapatos en la puerta de la casa, se ha quitado toda la ropa, la ha echado a lavar, y luego se ha duchado. Yo no puedo, no tengo memoria ni coordinación para tanta cosa. He salido a la pescadería que está enfrente de mi casa, con mis guantes puestos. He ido primero a tirar la basura, mirando para abajo para no pisar ningún gargajo de algún desaprensivo, pero la correa de mi perrita va arrastrando por el suelo... Me cachis! Levanto la tapa del contenedor de basura con la tranquilidad de la protección del guante, y con la misma recojo la correa de la Pelu para que no arrastre. Me acuerdo de que me falta el Eliquis, y me llego a la farmacia. Ahora, si cojo la medicina con el guante puedo contaminar la cajita... ¡A tomar por culo! Me quité los guantes y los tiré a la basura. Cuando he llegado a casa, he dejado también los zapatos fuera y me he lavado muy bien las manos. Uno puede separarse del personal un metro o más, eso lo hago bien, pero no controlo lo que toco. Desde que sales de tu casa no dejas de tocar cosas: la puerta del ascensor, la de la calle, el mostrador de las tiendas... En fin. Sea lo que Dios quiera. Pero estoy llegando a un punto en que le estoy cogiendo miedo a salir.

Es hoy un día de san José raro. Con lo que nos traemos entre manos, yo creía que poca gente me iba a felicitar. ¡Tonterías! A las ocho de la madrugada ya estaban mi hermana Carmen y mi sobrina María José dando pitiditos al wassapt. Luego, el Franquelo, el que abre las calles en Antequera. Y desde ahí, legión de amigos y familiares. En vida de mis padres, el día de san José, día grande y rojo en el almanaque, era muy festejado en nuestra casa, una fiesta familiar por todo lo alto. Más aún, si cabe, que el día de san Juan. Celebrábamos la onomástica de mi madre, mi hermana (la niña grande), mi sobrina la mayor y la mía. Día de abrazos, alegría y comilona de arroz y gallo muerto en el Convento donde mi hermana y su marido eran unos anfitriones de lujo. Y si tiramos más para atrás, en La Capilla, donde don José, el amo, regalaba a mi padre algún incentivo en billetes verdes amén de un pavo de la huerta. Y más atrás todavía, cuando siendo seminarista los curas nos daban permiso para venir al pueblo, a nuestras casas respectivas, por ser éste, el 19 de marzo, el día del seminario, para que hiciésemos apostolado y, de paso, la colecta vendiendo estampitas sagradas. Y tuvo que ser, hace ahora dos años, en este día tan festivo para nosotros cuando hubimos de enterrar a mi cuñado Frasco, el casero del Convento, el mejor de los padres que yo haya conocido después del mío. Para mí, el día de san José ha sido siempre muy especial, casi tanto como el Jueves Santo de mi pueblo. ¡Tiempos! Y hoy se me antoja un día muy extraño. Tanto, que nos hemos comido, la Peque y yo, las lentejas sobradas de ayer.

Bueno, vámonos pal balcón.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Día 4. Se empieza a vislumbrar la luz...

Amanece fresquita la mañana y cargada de noticias cada vez más escabrosas. Está uno por no leer más. Ahora, un carta en el New England Journal..., la revista médica más prestigiosa del mundo, nos cuenta que el coronavirus puede permanecer en el aire ambiente durante tres horas, y por eso se recomienda usar mascarillas por la calle. ¡La madre que parió!... Ya hemos perdido la cuenta de tantas precauciones. Lo único que me he propuesto al respecto es hacer gárgaras varias veces al día con agua templada, sal y vinagre. Nauseabundo, es verdad, pero te deja la garganta la mar de despejada. 

No todo van a ser males. A nuestro amigo Antonio ingresado en un hospital le van a dar el alta hoy. Estupendo. Y he gozado de un subidón de autoestima al coronar con éxito una gestión delicada en el manejo de este amigo: desde el hospital hasta su domicilio hay dos horas largas y tediosas de camino. Evidentemente él no está en condiciones de conducir, y su mujer no conduce. Al parecer, según me comunica el internista de guardia, la consigna dada a los hospitales es que las altas de los pacientes por coronavirus se hagan por sus propios medios si ello es posible. Siempre ha de haber excepciones. Al final, como digo, la gestión ha resultado efectiva, y nuestro amigo se irá a casa en ambulancia. El jefe de Admisión se ha portado cordial y empático, y más aún cuando le dije que servidor lleva a mucha gala el haber sido uno de los médicos que, hace ya treinta y cinco años, inauguró ese hospital. Todo va a ir bien.

He telefoneado a Diego y Elena, amigos de aquí de Antequera, por ser los únicos que no han dado hasta el momento ninguna señal de vida en los wassapt. Ni pío han dicho. "¿Qué pasa, Diego, que no decís nada?" "¿Que qué pasa, dices? Pues que estoy ya deseando de pillar el virus de una vez y dejar de acojonarme". Es inevitable el tiroteo de noticias. Yo apenas abro ya ningún audio de esos de supuesta auto ayuda. Te deprimes.

Después de la sesión matinal de zumba, mi mujer y yo subimos a nuestra terraza a tomar la dosis diaria de vitamina D: media horita de lectura al solecito, sentados en nuestras hamacas, y la perrita enmedio. Hemos repartido la terraza con los vecinos por horas. A nosotros nos ha tocado a las 11. Pero, en realidad, podemos ir cuando queramos, somos seis vecinos y por allí no asoma nadie. La terraza no es excesiva, lo justo para hacer un poquito de footing, o de llevarme mi balón y regatear a las máquinas del aire acondicionado, bobas que son, sabiendo que salgo del regate siempre por el mismo lado ni se inmutan. Domino desde ella todos los puntos cardinales: al norte veo los tejados y terrazas de otros edificios; al este se impone la visión majestuosa del indio acostado; al sur, la sierra del torcal; y al oeste, casas y unas lomas con pinares graciosos. Pero encima, nuestra terraza cumple con los requisitos apropiados para poder rezar desde ella, siguiendo las instrucciones del obispo de Córdoba que opina que rezar es una necesidad básica. Pues muy bien: mi terraza invita a la oración ya que alcanza de cerca a dos torres excelsas (san Agustín y san Sebastián) y a dos ermitas (Las Recoletas y, algo más alejada, la de la Veracruz). Deporte, lectura, sol y espiritualidad: mens sana in córpore sano.

Otra dosis importante de tranquilidad: parece ser que el reclutamiento de médicos jubilados va a ser voluntario y para labores de apoyo a atención primaria. Bien. Y otra: los chinos ya tienen medio enjaretada una vacuna. Pronto se iniciarán los ensayos clínicos en humanos. Son tremendos. Si Gaudí hubiese contratado a chinos La Sagrada Familia estaría ya pendiente solo de colocar los rodapies.

Hoy, lentejas con chorizo y morcilla, pero en plato llano, que no ajonde. Y a las dos, almorzando, que si lo dejamos para más tarde, luego a las cinco me dan ardores con los ejercicios de abdominales.

Bueno chicos, esta tarde noche tenemos dos sesiones de balcón: a las 20 horas, aplausos para el personal sanitario; a las 21 horas, cacerolada para el bribón, digo el Borbón.

Sed buenos.

martes, 17 de marzo de 2020

Quedaos en casa (Día 3)

Día 3.   Mi amigo Enrique.




Anoche, a última hora, me llegó la noticia del contagio por coronavirus de mi amigo Enrique. Como casi ninguno de vosotros mis lectores lo conocéis, no creo estar cayendo en imprudencia. Y lo traigo precisamente a colación aquí porque se trata de un compañero médico de esos que decía yo ayer que se encuentran en primera línea de fuego. Está en casa solo -es viudo y su único hijo vive fuera-, de manera que no puede contagiar a nadie y lleva estupendamente bien aquello de "perro solo bien se lame". Es un hombre la mar de apañao para sus cosas domésticas, y estoy seguro de que se las arregla estupendamente. No como me pasaría a mí en similares circunstancias. Siendo de mi edad y reenganchado, es motivo de orgullo para mí, pero también de un poquito de mala conciencia. Una noche de marzo de 1984, siendo residentes en el Reina Sofía, nos juntamos en su casa a cenar los de nuestra promoción de medicina interna. Quizá para celebrar que estábamos a puntito de terminar la residencia. En la sobremesa, y para mi sorpresa, Enrique y Rati, su mujer, empezaron a liar canutos, yo qué sé, por lo menos diez canutos, uno para cada uno, y nos los repartieron. La Peque y yo nunca habíamos probado nada de nada, y, desde luego, ella no iba a fumar de aquello estando embarazada de tres meses. Ellos y ellas, sí. Recuerdo a José Miguel, a Isabel, a Nini, a Pepe... riéndose de manera bobalicona y dándose de abrazos y de besos. Y viéndolos así, yo me animé. Como no sabía fumar -ni sé- el humo se me quedó en la boca y rápidamente lo expulsé, de manera que yo no sentí nada especial. Enrique, por el contrario, se fumó el suyo y el mío, y al cabo de un rato se echó a morir. Vomitó, aspiró, se cagó encima, perdió el conocimiento... qué sé yo. No lo llevamos a nuestras Urgencias por vergüenza. Allí en su casa lo mantuvimos despierto como pudimos hasta que pasó el efecto. Y creo que una y no más. Desde entonces, nada de canutos. Es un médico excelente, criado y enseñado en nuestra misma escuela de internistas del Reina Sofía, meticuloso y exigente, disciplinado y cariñoso. Después de cuarenta años de abnegado oficio más que el marrón de un virus monárquico es merecedor de una jubilación dichosa. Un abrazo muy fuerte para él.

Esta mañana, en la sesión de zumba, la gachís de la que os he hablado parece intimar conmigo: me ha llamado guapo. "Venga, guapo, más rápido, más abajo, así, así"... Y yo me pregunto que cómo se las apañará para verme. La Peque se parte de risa con mi ridícula coordinación motora. Cualquiera que me vea con estas trazas y estas posturas tan grotescas negaría rotundamente mi glorioso pasado de futbolista de postín. Me veo en el vídeo grabado por mi mujer y me avergüenzo de mi pobre figura de marioneta artrósica. Y encima luego, agujetas.

Por face time, mis nietos parecen niños de la posguerra, si no fuera por lo rollizos que están: les cuelgan perennes sendas velas de mocos asquerosamente verdes rutilantes. "Pero, mujer -le riño a mi hija-, límpiales esas narices, por Dios". "Se las limpio, ¿qué te crees? Pero doy media vuelta y estamos en las mismas. Son mocos inagotables, ahí dentro no hay virus que resista". Los mismos mocos que los míos cuando de monaguillo me los sorbía para adentro rezando el rosario para las viejas desde lo alto del púlpito, y cuando ya no daba abasto con el sorber me los limpiaba en la boca manga del roquete. Los echo mucho de menos, a mis nietos, no a los mocos, pero hay que aguantar. El no poder verlos ni jugar con ellos es lo que más me está pesando. La Peque y yo tenemos distracciones para todo el día. El Yotube nos devuelve a nuestros años mozos con temas musicales de los 80, y el Netflix nos ocupa la sobremesa con alguna serie y la noche con alguna película. El resto ya lo sabéis: lecturas, pinturas, escribanía... ¡Y zumba!

Ea, hasta mañana. Me voy al balcón.



lunes, 16 de marzo de 2020

Quedaos en casa (Día 2)

Día 2.   Hay que ser muy obtuso.





Sí, muy obtuso hay que ser para pretender ganar esta guerra contra el virus por su cuenta y riesgo. Es lo que parece derivarse de la actitud incomprensible del presidente de la Generalidad Catalana, el señor Joaquín de la Torre -Quim Torra en eufemismo-, quien se desvincula del apoyo general de todos los demás presidentes autonómicos al Estado de Alerta decretado por el Gobierno. Y tiene la desfachatez de argumentar que tal decreto solo busca sustraer competencias a Cataluña en favor del mando único. Obtuso... Y merluzo. Pero bueno, a media tarde me he enterado que ha dado positivo al coronavirus, y me da pena. Le deseo una rápida recuperación. De corazón.

No me puedo creer, por otra parte, una noticia escalofriante que he leído de corrido en la tele mientras me tomaba mi tazón mañanero de fruta, que por poco si me atraganto del susto, en la que el titular que se desliza por la parte inferior de la pantalla decía que los médicos italianos están valorando "dejar morir" a los ancianos infectados de más de 80 años ante el inminente peligro de colapso sanitario. Más merluzos todavía, ¿Cómo se puede permitir emitir una noticia así? Estamos perdiendo el norte. No os alarméis. Esto sí que es un bulo, o una nefasta interpretación de lo que llamamos Limitación de Esfuerzo Terapéutico (LET). Consiste en dejar de aplicar medidas salvadoras o mantenedoras en aquellos pacientes en que ya sabemos que de nada van a servir sino para prolongar la agonía. Este escenario está totalmente tipificado, admitido y es de todo punto ético.

Esta mañana hemos desayunado, la Peque y servidor, con la preocupante nueva de un amigo muy cercano y querido contagiado e ingresado en un hospital. Se trata de un caso leve, a Dios gracias. Pero produce inquietud. Como soy de natural tan "cagao", en ocasiones me asalta la certidumbre de estar aislado en casa esperando la hora fatídica de la primera tos o de las primeras décimas. Pero consigo controlar la ansiedad. Con la Peque al lado es difícil ensimismarse en uno. Siempre mandando cosas. La bronca mañanera de hoy ha sido por subir la persiana del cuarto de baño. "Pero Peque, si es para que se ventile bien". "Se ventila igual con las puertas abiertas pero la persiana corrida, que si no entran moscardones". Ea, otra lección aprendida: los moscardones.

Son ahora las doce de una mañana espléndida, soleada y fresquita. En otras circunstancias, perfecta para sacar a pasear a mi Pelu. Ella lo sabe, y se me acerca muy cerquita, olisqueando mis pantalones y meneando con ritmo el rabo, como queriéndome decir venga tío... Pero, lo que es la rutina, no me apetece, lo pronto que se acostumbra uno a esto de estar encerrado. Me acuerdo de una secuencia de la película de "La trinchera infinita", esa escena en que por fin Higinio puede ya salir de su escondite sin miedo a ser fusilado después de 30 años encerrado entre cuatro paredes, y va y le dice a Rosa, su mujer, que no, que no sale, "que es que aquí dentro tampoco se está tan malamente". El pobre... En lugar de salir con la perrita me pongo a charlar con mis nietos por face time. Juegan al fútbol con su padre en la amplia terraza de su casa. ¡Qué dicha verlos tan alegres y despreocupados! Hay que agradecerle a este dichoso virus que haya sido tan condescendiente con los más pequeños, lo más preciado que tenemos.

Pero está visto que hoy el día va de sustos: al levantarme de la siesta la Peque me vacila que en el telediario de las tres han dicho que el ministro de sanidad valora poder reclutar para la causa a médicos jubilados menores de setenta años. Lo entiendo, pero me acojono solo de pensarlo. A mí me pondrían en una consulta, digo yo, para poder liberar a otro médico más joven para las trincheras. Aún así, acojonao. Soy un cobarde. Siempre lo he sido. El miedo ha sido y lo sigue siendo un elemento constante -y en ocasiones perturbador- en mi vida. Y luego, pienso que ahí, en la línea del fuego, están mi hermano y mi sobrina y tantos buenos compañeros y amigos de mi hospital. Y para colmo, sale en la tele un reportaje con Spiriman desesperado y lloroso advirtiéndonos de la gran catástrofe que ellos, los sanitarios, están viviendo día a día. Y lo que les queda... Y entonces siento vergüenza de mi vida en la retaguardia acomodada de mi piso sin más obligaciones que quedarme en casa, hacer de comer, telefonear a los amigos, jugar con la perrita, las dos sesiones de zumba y discutir con la Peque por tonterías. Pues que me llamen cuando quieran. ¡Con dos cojones!

Pronto serán las ocho de la tarde. Acabamos de concluir la sesión de zumba. Me gusta, oye. La muchacha de la tele se me queda mirando y se ríe de buena gana cuando ve mis torpezas. Y me anima, "Venga, más arriba, más rápido... Y cuatro, tres, dos..." Parece como si estuviese pendiente solamente de mí. Y yo tropiezo los ritmos y las posturas embobado con su sonrisa, su figura efébica, su cola desbocada y sus piernas de mármol negro apretujadas en los leguis. No tengo remedio.

Bueno, me voy para el balcón.


domingo, 15 de marzo de 2020

Quedaos en casa

Día 1 de aislamiento.

¿Por qué hemos llegado hasta aquí?

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Estoy saturado de informaciones sombrías, casi todas ciertas. Para lo que uno podía esperar, pocos bulos. Estoy cansado de tanto chiste, ocurrencia y meme sobre una realidad tan seria, aunque el ingenio de la gente para estas cosas de fatalidad siempre consigue sacarme una sonrisa.

Hemos llegado a este extremo del aislamiento doméstico por culpa de este virus traicionero. En este momento, los ciudadanos desconocemos si se trata de un virus artificial, esto es, creado en un laboratorio virológico -pudiera ser así-, o se trata de una mutación extraña de uno previo que infectaba solamente a animales salvajes. En cualquiera de los casos, asumo la sospecha de que ha escapado del control humano. Y es un virus peligroso porque combina una alta tasa de contagiosidad y moderada letalidad. Podría haber sido peor. Esto es lo que creo que está pasando. 

Me fastidia que aun en circunstancias tan críticas haya gente empeñada en culpar a alguien de esto. Para algunos, las cosas malas son siempre culpa de alguien. Sin embargo, una pandemia de esta magnitud universal no puede ser achacada a determinadas acciones de gobierno. Tenemos en España epidemiólogos excelentes. ¿Por qué no habían previsto este ascenso brutal en la curva de contagios conociendo ya la experiencia en China y en Italia? No lo sé. El gobierno debe actuar en función de los informes epidemiológicos. ¿Qué ha pasado, pues? No lo sé. No creo que en otros países como Alemania o Reino Unido la cosa vaya mejor que en España por disponer de un gabinete de crisis mejor preparado o más eficaz. No lo creo. El virus no está en el aire, no lo respiramos paseando por las calles o por el campo. Lo adquirimos en el contacto cercano con personas infectadas, bien por medio de las gotitas de saliva que proyectamos al hablar o toser, bien porque nuestras manos contagiadas lo depositan involuntariamente en las barandillas de las escaleras, en los botones de los ascensores o en los asideros de los autobuses o de los trenes. La cultura mediterránea no puede cambiarse de un día para otro. Nosotros vivimos en la calle, charlamos a voces, reímos a carcajada limpia, cantamos echándonos el vahído, nos gusta tocarnos, apretarnos y darnos besos sonoros. Y sacarnos los mocos secos con los dedos. Y cogemos sin guantes la fruta del Mercadona. "Semos" así. Ahí está el quid. No todos los países tienen esta alegre y despreocupada conducta social y callejera.

Por eso, aplaudo la medida del aislamiento social. Mientras no dispongamos de vacuna es lo mejor que podemos hacer para detener y allanar la curva del contagio. Ha llegado tarde, es verdad. Y tampoco nosotros, la gente corriente, nos lo hemos tomado en serio hasta ahora. Metámonos todos y vayamos a una. 

Anoche me emocioné un montón al salir a mi balcón para aplaudir a los sanitarios. Ofú, es demasiado. Es difícil imaginar la sobrecarga brutal, tanto física como emocional, de estas criaturas benditas: médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, personal de limpieza... He oído comentarios escalofriantes del personal de mi hospital y de otros hospitales sobre cómo es el día a día de una guardia en Urgencias o en UCI. Heroicidad. Doy gracias a Dios por haberme librado de esta experiencia. Es curioso: mientras he estado en activo jamás he tenido aprehensión por "pillar" algún bicho raro. Siempre me he sentido inmune, pese a mi pobre disposición para todo lo que sea ponerme batas especiales o guantes. ¡Joer, si no sé ni ponerme los guantes de las gasolineras!... Pero ahora es distinto. Estoy un poco asustado, la verdad. Bromean conmigo mis más cercanos con la amenaza de que pronto las autoridades sanitarias echarán mano de los reservistas. Sinceramente, yo sería más estorbo que otra cosa, y además sería de los primeros en caer, habida cuenta de lo que he contado antes sobre la precariedad en mis precauciones. Que llamen a la Peque, ésta sí que puede con todo.

Es momento, pues, de ponderar en su justa medida el valor de nuestros servicios públicos. En estos días destaca sobre todo la grandeza de corazón de nuestro sistema sanitario público, pero tampoco olvido las fuerzas del orden ni al funcionariado al pie de los cañones. Espero que muchos descreídos de lo público sepan rectificar en vista de lo que está ocurriendo.

Por lo demás, este primer día de confinamiento ha resultado entretenido: tablas de zumba ante la tele en dos sesiones, mañana y tarde; ratos largos de lectura pausada; alguna trifulca entremezclada con la Peque porque se me olvida ponerme el delantal para freír el bacalao con tomate; siesta reparadora con mi perrita; sesiones intermitentes de face time con mis nietos y conversaciones telefónicas con los amigos para departirnos nuevas. No, sesiones de sexo despelotado, todavía no. No queramos hacerlo todo el primer día. 

Hasta mañana, amigos.