jueves, 10 de septiembre de 2020

Abuelas de antes


Mi abuela paterna Josefa Velasco Espinosa era feucha, las cosas por su nombre: una anciana de sesenta años y pico, un bulto negro con toquilla permanente, bigotitos a lo Cantinflas y unas gafas de culo de vaso. ¡Hay que ver la diferencia con las abuelas modernas de ahora!...¡Tan presentables! Yo, sin embargo, con mis ojos de niño la veía una abuela muy mía. Mi preferida. Y yo, su preferido. Hoy, día especial en que los niños regresan a las aulas, evoco aquellos mis primeros días de Convento de la mano protectora de mi querida y viejita abuela entregándome a sor Josefa. Recuerdo discusiones en mi casa (que era la suya) en que mi madre se quejaba de la mayor querencia de mi abuela hacia mis otros primos. Lo típico de entonces, los celos de las nueras, que luego quedaban en nada.

-Nene -le decía a mi padre en la nocturnidad del cuarto-, tú no quieres verlo porque es tu momá, pero te digo que sólo tiene ojos para quien tú sabes.

Yo sabía que no. Ninguno de mis hermanos ni de mis primos puede tener queja de mi abuela. Y el que menos, yo. He tenido la enorme fortuna de sentirme el favorito no solo de mi abuela, sino de mis padres, de la chacha Chiquita, de la chacha Carmen, de mis padrinos, incluso de mis propios hermanos, fuese verdad o fantasía. Luego, en el seminario, tuve que digerir no ser el preferido de los curas pese a mis notas excelentes. Pero es que yo nunca he sabido venderme bien y, además, no era "hijo de papá". Mi abuela fue la única que había tenido desde siempre. La que me consentía mis veleidades con la comida, tan desgalichado como estaba, y me freía dos huevos a escondidas de mi madre cuando no me gustaban los fideos; la que me cubría con su toquilla negra las tardes de invierno para proteger mi flequillo de la llovizna (¿qué ha sido de mi flequillo?); mi compañera de cama para calentarme las sábanas gélidas y ponerme a salvo de los miedos de la noche. 

¡Ay, los miedos!... Qué niño, ese José María, tan cobarde y asustadizo. Me acojonaba la oscuridad. Por eso dormía tan a gusto con mi abuela mullida y tiernita. Hasta que mi primera polución nocturna me avergonzó tanto que ya desistí por voluntad propia. 

Bien mirado, además, mi abuela no era ni más ni menos fea que cualquiera otra de las abuelas de su tiempo. Y bastante menos entrometida que otras. Sin ir más lejos, Florentina Vílchez o Frasquita de la Torre eran unas abuelas insufribles, unas auténticas “corta rollos”, que rastreaban en plena siesta, hasta dar con ellos, a  sus nietos respectivos para evitar que bajaran al río. ¡Unos coñazos! Por más que nos alejábamos hasta las afueras del pueblo, en la cueva de los Barrancones o en la herriza de las Peñolillas, daban con nosotros. Los obstáculos que yo tenía que salvar para irme al río en horas de siesta eran variopintos: trepar sin ser notado por los bultos de mi madre y de mi abuela, fritas en mi misma cama, como cuerpos muertos, pero que se despertaban al unísono con el mínimo crujido del somier. Retirar la tranca de la puerta sin que chirriara. Ah, bueno, y después quizás lo mas complicado: sortear el ángulo de visión tras su cortina de la chacha Gregoria Cívico, una tía de mi madre que se había tomado demasiado a pecho ser la abuela materna que nunca tuve; una mentomentodo cuya misión en la vida consistía en ser la vigía permanente de todo quisque que pasara por la calle Sol; el ejemplar más genuino de donde José Mota cogió el modelo de la vieja del visillo. Pero también había abuelas resignadas, dulces y tolerantes hasta lo indecible. La abuela Dolores de un niño vecino debería estar en los altares. Una santa. Ese chavea, su nieto, así de noble como se le ve ahora de hombre, era un diablillo en sus años de niño: díscolo y travieso, hacía lo que le daba su real gana. De sobra conocidas en nuestra calle eran sus rabietas y encontronazos con su hermana o con su madre, a quienes, en ocasiones, incluso amenazaba con chinos en la mano si alguna pretendía meterlo en casa. Y la única que finalmente lograba apaciguar a la fiera era Dolores, su abuela beatífica. O Carmencita de Santiago, abuela paterna de mis primos "Porreras", otra santa sin laureles, un lujo de vecina para todos los palencianeros. Ejercía de curandera, traumatóloga, enfermera y obstetra con un don tan natural como efectivo y sin ánimo de lucro, palabreja que ni sabíamos que existiera. Por mentar solo a las abuelas de mi calle...

Ya de mayor, siempre he creído en la labor abnegada de mi abuela para que un muchacho tosco y primitivo de pueblo tuviese la oportunidad de meter cabeza en el seminario. Y con ello, dar el salto a otro tipo de vida, salir del campo. Librarlo de su inexorable destino de jornalero. Y se dedicó a ello con tal afán que pareciera que ese fuese a ser el último objetivo de su vida. Lo metió a monaguillo; se sirvió de la cobardía del muchacho por la oscuridad de las calles en los crepúsculos para atraerlo al rosario de cada tarde; convenció a su nuera para que el chaval durmiese con ella en el cuarto de abajo, donde les daban a ambos las tantas con letanías y otros rezos; y hasta don Juan, el párroco, comulgó con el rodillo de su insistencia para que “su niño” se fuera al seminario. Antes que ninguna otra persona, antes incluso que mi propio padre, la abuela se había dado cuenta de mi poca disposición para el campo, “Este niño es demasiado delicado para pobre -solía decir-, parece que hubiera nacido para señorito”. Antes que nadie, mi abuela creyó en mí.


Y se salió con la suya. Mucho tiempo más tarde, a sus ochenta y siete años, murió la abuela con la satisfacción y el orgullo de haber visto a su nieto mayor de seminarista, casi casi de cura, y luego, de médico, quién lo iba a decir del hijo de un jornalero.






martes, 8 de septiembre de 2020

Un descreído en la Fuensanta

Sería mucho decir que mi cuñado Frasco fuera hombre de iglesia. Hasta excesivo. Y mira que le pillaba cerca... Nacido y bautizado en La Capilla, hasta hizo en el cortijo su Primera Comunión junto a su hermana Juani, unos años mayor que él. Criado entre ganapanes y artesanos, fue desde chico aprendiz de cualquier cosa del campo, sobre todo de aquello relacionado con la huerta. Aprendió las primeras letras con un maestro desarrapado, por desafecto al régimen, que el señorito contrataba por la comida. De mocito, se aficionó a las motos hasta que consiguió ahorrar lo suficiente para comprarse su flamante "Montesa Impalas". Con ese aval, su buena presencia y una inagotable carga de paciencia logró conquistar la plaza altiva de mi orgullosa hermana Josefa, tan meapilas ella. Y se casaron y fueron felices -ellos eran más de zorzales que de perdices- y tuvieron niños... Y todas esas cosas propias de los matrimonios de antes. Pero capillita, lo que se dice de iglesia, muy poco. Casi ná. Un medio comunista camuflado en mi casa. Como lo fue su abuelo Serafín. 

Pero, hete aquí que en llegando este día del 8 de septiembre era el primero en estar listo para partir. Y fíjate tú que, a mis entendederas, era un día horrible, pero él lo disfrutaba como un niño a quien sus padres sacan de viaje por primera vez. En el viejo cuatro latas de mi padre viajaban mis padres con mi hermana la chica y la pareja feliz hasta Corcoya para asistir a la procesión de la virgen de la Fuensanta, la más milagrosa de los alrededores. Si sería milagrosa, que mi madre estaba convencida de que su concurso había sido más decisivo todavía que el de nuestra venerada virgen del Carmen, o el de la virgen de Los Remedios granadina, para que nuestra hermana pequeña, hija de unos padres casi cincuentones, no sólo naciera sin falta, sino la más espabilada de todos nosotros. Fíjate. Por tal motivo, mi madre se había echado una manda (una especie de voto) a perpetuidad y con carácter familiar que la comprometía a ella y a sus hijos a este ceremonial. Durante muchos años, mis otros hermanos y yo, con nuestras santas respectivas, hacíamos piña con ellos en esta peregrinación tan popular en Palenciana. Tradición ésta que, corriendo el siglo, ha sido prolongada por mis sobrinos mayores de tanto haberla mamado cuando niños.

Aunque la gente cuenta anécdotas relacionadas con lluvias torrenciales en alguna de estas procesiones, todos mis recuerdos de este día convergen en un sol aplastante y pegajoso, un no saber qué hacer de un lado para otro en medio del campo o en las inmediaciones de la ermita, y un repasar decenas de veces los cuatro puestos de cacharritos de juguetes, escapularios y otros motivos de piedad. Allí, en medio de la nada, no había más que un olivar enclenque y en pendiente (olivar tradicional se le llama hoy) que parecía preparado a propósito para aparcamiento: un olivo para cada coche, y cada coche en su olivo. En años de exagerada afluencia, sin embargo, un olivo podía cobijar hasta tres coches, es verdad.

Ahora, desde la perspectiva que nos da el tiempo, uno cree que lo que realmente disfrutaba mi cuñado Frasco de este día tan especial era la reunión familiar campestre; la tertulia en el terruño, mis chistes verdes y asquerosos; la tortilla de papas de mi hermana, crujiente por la tierra que la brisa levantaba, los chorizos a la canela que tan ricos preparaba la Peque o la "porracrúa" de mi cuñada Dolores... Y luego, la medio modorra a la sombra de un olivo con un terrón por almohada, la cara emboscada en el sombrero y la mosca zumbona en la oreja que no para. "Siaputa", la mosca. Y hacía por alargar la siesta y la tarde para llegar, ya de regreso, a la Alameda con hora de picotear algo en una taberna de carretera. Era un disfrutón de la vida, vaya que sí. Conocía como nadie los secretos de lo sencillo para sentirse feliz. En su cuerpo se lo ha llevado.

Y hoy, día de la Fuensanta, he querido traerlo a mi recuerdo y a mis historias.


domingo, 6 de septiembre de 2020

Las primeras bragas



Si alguna vez me atrevía a pasar por delante del cuartel de la Guardia Civil para ir a la plaza o a la iglesia era por la celebrada posibilidad de ver, siquiera de refilón, a la Mari Segura entrando o saliendo del mismo. Ya hubiese querido para mi si no la osadía de Manuel Velasco, un demonio, al menos la valentía de mi amigo Agundo, el capitán de mi pandilla. Yo era un cagueta. Creo que esta muchacha era el “sex simbol” de los chaveas de mi edad. Y no porque fuese provocativa -al contrario, muy recatada-, sino por nuestra ardentía recién hormonada y porque era muy bonita y muy bien compuesta, no sé si me explico. En ocasiones, recuerdo que usábamos de enganche  a su hermano Antonio, tres años más chico, que, por entonces, no se enteraba de gran cosa.

-Antonio -le decíamos-, te cambio estos tebeos. -Por ver si así nos subía a su vivienda dentro del Cuartel.

Los que más contacto tuvimos con ella fuimos los de su mismo curso de Ingreso. Socorrito y Mari fueron las pioneras en estudiar bachiller en mi pueblo. Socorrito era un año mayor que nosotros y ya cursaba primero. Mari era la única chica de nuestro curso, lo que la convertía en diana de nuestras intencionadas miradas. En su pupitre, la pobre no hallaba ya la manera de sentarse, de cómo poner las piernas, de tironazos de la falda… Cristobitas, el empollón de la clase, y yo, aspirante a seminarista, éramos quizá los más tímidos en mostrar la atracción que la chica nos provocaba. Otros compañeros eran bastante más descarados. Al comienzo del siguiente curso, de primero de bachiller, mi marcha al seminario acabaría con aquel incipiente encandilamiento.

Algunos años después, Mari Segura se marcharía del pueblo con su familia al ser destinado su padre a la Comandancia de Córdoba, creo, y desde entonces nunca más se supo de ella. A veces me pregunto por la vida de aquellos adolescentes, hijos del cuerpo, que, por mor del oficio de los padres, han tenido que mudarse de un sitio a otro, careciendo así del tronco referencial de un pueblo. Mari, Pepe Rut o Manolo Cañete, llegados niños a Palenciana, tuvieron que abandonar el pueblo a sus doce o trece años con distintos y distantes destinos. Aun así, Mari Segura nunca se ha marchado de mi memoria, oye. Es como esas imágenes infantiles muy impactantes que te acompañan de por vida, como cuando ves el mar o te montas en avión por primera vez. Y lo mío con esta muchacha no fue otra cosa que haber sido la primera chica a quien le vi las bragas, fíjate qué morbo. ¡Con la de bragas y culos que mi destino médico me tenía reservado!

Ocurrió en las vacaciones de verano de tercero o cuarto de bachiller, siendo yo un seminarista ejemplar a juzgar por los informes de mis superiores. Pendiente el personal del tercer toque a misa, y con Juan "el de Ceno" ultimando los veladores, la plaza, a esa hora fresquita del atardecer de agosto, bulle de gente: chaveas enfrascados con la tolda y niñas saltando la cuerda; pandillas de distintas edades corretean y dan el coñazo; parejas formales del bracete charlan de sus cosas; José Antonio y Natalita estrenan noviazgo, muy juntitos pero sin darse aún la mano, que don Juan les tiene advertidos de no tocarse en público hasta que lleven seis meses de novios…Y la camarilla de seminaristas que pasea con estudiada parsimonia, separada en dos grupos: los grandes y los chicos. Los chicos somos Manolo Hurtado, Manuel Gámez y yo. No sé si a conciencia o por casualidad, la cosa es que, como si nos llamara la querencia, nos vamos yendo hacia la calle Manuel Sances, sitio por donde algunas tardes de verano sopla el solano levantando lo que pilla. Y allí, a escasos metros de nosotros, sucede lo inesperado, lo inevitable: Mari Segura viene a misa, van a dar el último toque y camina apresurada sujetándose la falda por delante. De pronto, una bocanada milagrosa de viento revuelto le pone el hato en la cara, en todo lo alto. Bragas al aire blancas y fugaces y unos muslos soberbios y firmes. Dos segundos apenas, pero dan gloria. Y enseguida, agachar la cabeza como no queriendo ver el manoseo y la pelea de la muchacha contra su falda. ¡Qué momento de turbación más vigorizante! ¡Las bragas, macho!

-¿Comulgamos ahora o no? -pregunto a mis amigos, después de pasado el sobresalto.
-Pues claro, hombre -se reafirma Manuel-. No es pecado pasear por la calle ¿no verdad?

Aprendido el caso, otras tardes ventosas de aquel verano yo la esperaba de manera distraída en la Cruz de los Caídos poco antes del tercer toque. Y alguna otra vez logré mi propósito. Muy pocas. ¡Las bragas, lo más de lo más!... ¡Qué lástima que el destape y la modernidad hayan dado al traste con ese fetiche, el más preciado de nuestra juventud!

Y ya, no tuve más remedio que confesarme, como el futbolista que recibe tarjeta amarilla no ya por la severidad de su falta, sino por la reiteración en la misma.

-¿Y te gusta lo que ves? -inquiere puntilloso don Juan en el confesionario.
-Sí, padre… Me da vergüenza, pero… Sí me gusta -contesto simulando constricción.
-¿Y tú lo buscas, o pasa por casualidad? -insiste el cura.
-No lo sé -dudo para no mentir, pero tampoco decir la verdad completa-. Coincide cuando yo voy para mi casa y ella viene a la plaza.
-Ah, bueno, entonces no hay intención, niño. Tú no vas a taparte los ojos…
-Sí, don Juan; lo que pasa es que yo aprovecho para irme a mi casa cuando la veo venir -le respondo inocente para no caer esa noche, si muero durmiendo, en las calderas de Pedro Botero.
-¿Y tú cómo calculas cuándo va a venir ella? -hay que tener mala uva, eh, para avergonzar de esa manera a un chaval en la edad de los granos.
-Pues, verá usted, don Juan… -contesto con toda la inocencia del mundo-. Más o menos entre el segundo y el tercer toque a misa.
-¡Ah pillín! -veo que el cura se tapa la cara con una mano tratando de ocultar una sonrisilla-. Con esas ideas me parece que vas a durar muy poquito en el seminario.


Un poquito de aire fresco, joer, que no sea todo Sánchez, Coletas y Simón. Y sobre todo, como ha dicho Ayuso con el micrófono inadvertidamente abierto: "que me tenéis de Covid hasta el coño"... Jajaja.


domingo, 30 de agosto de 2020

Un ogro

Me estoy convirtiendo en ogro a la vista de mis cercanos. Mis sobrinas -una madrileña y otra catalana- están algo quejosas de mi espantada a Antequera en cuanto han puesto el pie en el pueblo. Ellas se sienten seguras porque son prudentes en sus hábitos de vida actual y no creen justificado tanto miedo por mi parte. A un sobrino que trabaja en la hostelería en Málaga ni lo veo cuando viene a su casa de visita. Lo mismo que a mis sobrinos de Almería o de Córdoba. Ni verlos. Cuando alguien entra en mi casa desemboscado le invito a la mascarilla. La otra tarde le eché una bronca áspera a mi cuñado porque se apalancó una hora entera sentado en el salón charlando con mi mujer -separados, sí- sin mascarilla ¡Coño! Ni siquiera he tenido cojones de asistir a la boda de mi ahijada, ayer noche mismo, teniendo que digerir mis propios reproches contra mí mismo. Procuro evitar las reuniones. Es como si viera a los bichitos salir esparcidos de las bocas de las gentes. En busca mía. Y entiendo la procesión interior de mi Peque, mil veces más valiente y razonable que yo, que me sigue en casi todas mis decisiones, muy a su pesar.

Y, sin embargo, cuando analizo fríamente mi comportamiento, creo que actúo según la letra y el espíritu de las recomendaciones sanitarias. A lo mejor me paso un pelín, no sé... 

Resulta sorprendente que siendo España uno de los países en que más mascarillas se ven por las calles, sea, a su vez, el que más contagios "produce" en esta nueva oleada de casos. Nadie conoce exactamente el por qué de esta aparente paradoja, nadie, salvo mucha gente de derechas que lo tiene clarísimo desde el primer día: la culpa es del gobierno, ¿de quién, si no? Yo aporto mi visión del fenómeno: usamos mascarillas allí donde menos falta hace, en la calle. Sabemos que en espacios abiertos el riesgo de contagio es mucho menor, aún sin mascarilla. A no ser que te pongas a charlar cinco minutos con Samuel, el hermano que me sigue, que no sabe hablar más que a voces. En los espacios cerrados, y concretamente, en la seguridad supuesta de nuestras casas nos relajamos. Es algo natural. Los convivientes habituales de un domicilio no van a usarla, lógico. Pero ante cualquier visita, mucho más si es de alguien de fuera, todo el mundo debería ponérsela. Y la visita debe ser consciente de que contri más breve la estancia, mucho mejor. A este respecto, cabe destacar que los contagios domésticos y en fiestas cerradas y bares son la segunda causa después de los laborales.

Y me preocupa saber que ya hay gente que se ha entregado, no es que sea negacionista, no, sino que piensa que es cuestión de tiempo que todos caigamos, más pronto o más tarde. Y se relajan las maneras. La vida tiene que seguir -dicen-. No podemos vivir acojonaos todo el tiempo. Y se cancelan feria y festejos veraniegos, pero no renunciamos a reuniones caseras de familia, y fiestas de cumpleaños y de aniversario, y ... "Es que eso es lo normal todos los años por el verano"... Sí, pero este año no es todos los años. Este año es un poquito especial. Y no deberíamos convertirlo tan precipitadamente en un año "normal". No es normal. Aún somos vírgenes, pero en nuestros pueblos cercanos los brotes han tenido este origen festivo y doméstico. Porque pasados diez días de esos eventos "relajados" aparecen padres, tíos y abuelos con fiebres y toses, y entonces rezamos a santa Bárbara bendita.

Con mis debilidades -que también las tengo- siempre me ha gustado predicar con el ejemplo: en el seminario, en el hospital y en mi vida privada. Lo seguiré haciendo aunque tenga que pasar por un ogro irredento. 

Y un saludo especial a todos los docentes por asumir el reto tan formidable que les espera. 

sábado, 15 de agosto de 2020

Un día extraño

Hoy, 15 de agosto, el día más grande en mi pueblo, se me está haciendo rarísimo. 

Parecido al de Navidad, ha sido siempre un día de encuentros, abrazos, jolgorio y devoción. Pero con mucho calor de por medio. Este año, sin embargo, va para un día largo, tedioso y nostálgico. Ni siquiera hemos ido al pueblo a comer con la familia. Nos hemos enterado por los wassapts de los tres turnos de misa, a las 10, 11 y 12 de la mañana, para evitar aglomeraciones en la iglesia. Pero ni la Peque ni yo somos capillitas, aunque queramos -siendo ateos y todo- a nuestra Patrona como símbolo identitario de nuestro pueblo porque así lo hemos mamado desde chicuelos. Y desde mi ateísmo convencido grito sin rubor el "Viva la Virgen del Carmen", que una cosa es el cerebro y otra distinta, el corazón. Pero me cuesta aceptar que muchos creyentes no se resignen a rezar a la Virgen desde sus casas, sino que se afanen en plena siesta en los preparativos y logística necesarios para acometer esta noche un acto de veneración  pública hacia  nuestra Patrona en la plaza, garantizando todas las medidas normativas de seguridad. Desde mi visión de antiguo creyente y seminarista, admiro a esta gente, y no tengo más remedio que reconocer que la fe no mueve montañas, pero sí voluntades y almas.

Por otra parte, agradezco también que estas circunstancias extraordinarias me hayan eximido del hartazgo de "parrandos" callejeros, cantina bochornosa al mediodía y tostonazo de música moderna y flamenca toda la madrugada. Me hubiese gustado escuchar anoche el pregón de Manolo Pedrosa, un paisano con un duende en la garganta que entreteje las palabras como el esparto en la pleita, y un enamorado de su tierra. Me lo perdono. Me he confinado para evitar asistir a eventos sociales o litúrgicos. Me resignaré -¡qué remedio!- a perderme el espectáculo de fuegos artificiales tan esplendorosos desde la terraza de mi Juan, bueno, otro año será. Echaré de menos, sí, mi chocolate con churros de las tres de la mañana. Lo perdono. Noche de encuentro y cháchara con Rafael, Fraski, Sebas, Araceli, Nati y Pili. Lo perdono, hablo con ellos cada dos por tres. ¿Y entonces? Pues nada. Me he hecho a la idea de que este año extraño hay que vivirlo así. Desperdiciar un agosto de los noventa y tantos que tengo programados tampoco es para quejarse ¿verdad? Así lo entiendo. Quien no se conforma es porque no quiere.

No todo, sin embargo, van a ser quejas. Anoche mismo, para compensar, viví con cierto alborozo vergonzante la humillante derrota del Barsa. Es cierto que yo quiero que el Barsa pierda siempre en todo, ¿a qué negarlo? Pero me pareció excesivo tanto castigo. Con los lustros, uno va ganando en empatía, creo yo. Y me pongo en el lugar de los culés, y me da penilla, la verdad. Mis hermanos, sin embargo, mucho más jóvenes que yo, me dicen que de penilla, ni mijita. La poca edad.

En fin... Deseando que amanezca mañana.

martes, 11 de agosto de 2020

Los caprichos del Campechano

Entre Corinna, Corona y Coronado, las redes sociales nos entretienen estos días con viñetas de mofa -memes los llaman ahora- sobre los gustos lujosos de nuestro emérito. Los otros, los rijosos, ya eran sobradamente conocidos. Y la verdad, no le falta paladar al gachó. No me impresiona nada su pasión por los relojes caros -yo no uso ninguno- ni por las escopetas de caza ni siquiera por el oro y los maletines que pueda atesorar. Lo que me ha hecho flipar ha sido el que tenga en su despacho una máquina de contar billetes. ¡Macho!, eso me ha dejado pillado. Uno de mis más recordados sueños infantiles era el poseer una máquina de hacer billetes. Contarlos ya lo haría yo mojándome los dedos con salivita. Y parece que con la edad le crecen al viejo borbón los caprichos más que a Podemos las causas judiciales sin causa.

¡Oye!, al contrario que a mí, que contri más provecto, más desocupado de líos y de afanes me hallo.

Fueraparte de mi secular desapego por la indumentaria que tanto irrita a la Peque ("te querrás parecer a tu novio" -me embiste a veces para provocarme), sin duda, lo más llamativo para mí ha sido comprobar la indiferencia que ahora me produce el disfrute de una estancia hotelera. Y mira que hasta hace bien poco me ilusionaba un montón el sólo pensar en ello: imaginarme con la Peque en un hotel de lujo, de esos de pulserita, con sus amplios salones, su mobiliario tan selecto, su restaurante y sus desayunos de buffet libre, sus piscinas de formas caprichosas con vistas y salida a la playa... Una cena romántica en la terraza fresquita y en penumbra, una noche de amor con cierto desenfreno -tampoco hay que pasarse- en una habitación coqueta y con espejos en el techo eran fantasía hecha realidad, una especie de travesura cómplice y pecaminosa. Un lujo para la concupiscencia que, por esporádico y exótico, resultaba tan excitante. Ahora, sin embargo, he perdido esa ilusión, como que ni fú ni fá. Es tontería pagar un dineral cuando a lo peor esos días no toca matrimoniar, que es lo más probable. Cuando compruebo la comodidad de mi casa, el servicio del todo incluido gratis y las circunstancias actuales que invitan a la prudencia, resulta que disfrutar de un hotel no me sale a cuenta.

Y he aquí que a nuestro Campechano, sí. A él sí que le apetece ese lujo. Y no un hotel cualquiera. El hotel más caro del mundo. Un hotel en el que todo lo que reluce es oro. Un hotel de once mil euros la noche. Con todo, de querer, yo podría ir, no creáis. He calculado, así por encima, que rejuntando todos nuestros ahorros bancarios después de cuarenta años de trabajo, más los mil euros que debe tener la Peque escondidos en algún sitio de nuestra casa, nos darían para... dos noches y media. Tres, si abandonamos el hotel de madrugada. Lo que pasa es que no me sale a cuenta, no. No necesito tanto. 

En realidad, no le envidio nada a nuestro antiguo rey. Bueno... quizá me quedaría con la máquina de los billetes, sí, me hace ilusión. Sacaría del banco dos mil euros en billetes de cincuenta y los contaría todos los días, una y otra vez. Me pone ese ruidito del claquear. Ya en serio, creo que una persona que necesita de tanto lujo para vivir no puede ser feliz del todo. Porque cada vez querrá más, nunca estará contento con lo que tiene. Y en este sentido, siento un pelín de lástima por este hombre, ya mayor, que en su retirada condición de emérito podría disfrutar de un tranquilo anonimato en un piso elegante y amplio en Chamberí, por ejemplo, con su administrador, ama de llaves y doncellas de cofia y delantal;  de sus lecturas reposadas al atardecer; sus paseos con escolta, si queréis, por El Retiro; sus visitas frecuentes a los hijos y nietos repartiéndoles, vale, billetes de doscientos euros en vez de la calderilla que nosotros damos a los nuestros; en fin, de una vida relajada, de un "beatus ille" al estilo de lo de Anguita -otro picha brava, pero en decente-. Una vida sencilla. Pero no. Le ha podido su maldición de "bon vivant" por encima del ejercicio debido de ejemplaridad y decencia inherente a cualquier cargo público, doblemente obligado en él por asumir la Jefatura del Estado. Una lástima. Porque un solo pecado capital -la avaricia- le ha descompuesto en trizas el saco de su honorabilidad y respeto del que ha gozado ante la ciudadanía hasta hace bien poco. Yo creo que el otro pecado -la lujuria- se lo perdonamos todos. Semos así de calientes los españoles, ea. No, no le ha ido la vida sencilla.

Quizá pudiera haber sido así si hubiese disfrutado de una infancia limpia y pueblerina -como tantos de nosotros- y no la suya artificial y regalada de hoteles y palacios en Roma o Estoril. Tal vez, entonces, no tuviese esa necesidad de refugiarse en una jaula dorada. Porque, vamos a ver, ¿para qué los bolsillos llenos y el corazón solitario? Pero, claro, no a todo el mundo, ni siquiera a un rey, le es dada la suerte nuestra de conocer la necesidad y la contingencia, de vivir de niños la felicidad que proporciona el disfrute de  lo justo, ni una pizca más, de sentir en el pecho el inmenso gozo de una noche de verano al relente en la era al cobijo de la parva; de aprender a vivir con humildad, incluso con pobreza, pero con la felicidad chorreando por los ojos. No es más feliz quien más tiene, sino quien sabe gozar de lo que tiene. Esos somos nosotros que sabemos mucho de la vida porque ya vamos para viejos. Y que atesoramos un valor que ninguna máquina de billetes puede producir ni contar: el goce de lo sencillo, el calor de la familia y de los amigos.

Y seguimos a la espera de la vacuna.




martes, 28 de julio de 2020

Regreso a casa

En la última fase de la famosa desescalada, anhelando por ello desde semanas antes, nos mudamos al pueblo. Casi, casi, a estrenar la casa nueva recién restaurada. Algo más de un mes hará de la mudanza. Y lo tomé como una especie de sucedáneo de las vacaciones estivales: como este año no podemos irnos al norte, nos vamos al pueblo. Muy bien. Y con mi barba Covid y todo.

Aparte de la novedad, uno de los alicientes de nuestra nueva vida-quizás el principal para mí- iba a ser, sin duda, dar satisfacción plena a la ilusión de la Peque por disfrutar por fin de su flamante casa, el hogar de su familia hasta hace bien poco, la herencia de sus padres. Y lo hemos hecho: disfrutar. Creo que sí.

Un mes intensivo. Ansioso, diría yo. La Peque ha exprimido el tiempo disponible hasta lo indecible: tres sesiones diarias de ejercicio físico, a saber, senderismo a las siete de la madrugada; aquagym a media mañana y una sesión extra de senderos más cortos sobre las ocho de la tarde. Con su hermana Conchi, su prima Ani y su sobrino Juanma. Yo, solo el aquagym, muy divertido por otra parte al ser el único hombre a tiempo completo en un grupo de diez féminas casi tan fieras como la Peque. Bromeo con ellas recurriendo a tópicos micromachistas u homófobos, lo reconozco, que tan difícil nos resulta a los hombres rancios despojarnos de ellos. Los movimientos tan sinuosos y gráciles en el agua a que nos obliga nuestra bella monitora me empujan a gritar que me voy a descoñar o que de ésta voy a romper en maricón.
Pero fuera aparte (se dice así en Sevilla, han sido muchos años allí) del aquagym, he seguido fiel a mi María Martínez, la del canal de gimnasia del Youtube, y además he amortizado de sobra una piscina de estas de plástico duro que tanta gente ha comprado este año, en el campito que mi cuñado Sepli tiene a las afueras del pueblo. "Niño, estás achicharrao" -me regaña una vecina muy parlanchina que tenemos.

Mis miedos de siempre, sin embargo, me han traicionado, es verdad. En el pueblo es prácticamente imposible hacer un medio confinamiento. Son diarios los contactos cercanos con familiares, muy frecuentes las visitas de hermanos y sobrinos, gente mucho más joven que nosotros y que se mueven por el mundo; incluso, de algunos pacientes que me consultan; inevitables algunas salidas a bares muy saturados; alguna que otra comida en casa o en el campo con familia y amigos... Y me asusto. Cuando nos enteramos del caso positivo del cura, anduve dos días acojonao porque aunque yo no sea capillita me relaciono con todo el pueblo. Y, para más inri, mi hermano Manolo (Samuel para nosotros) había estado en los preparativos de vestir a la Virgen para el día 16. En esta enfermedad tan silenciosa donde menos lo esperas puede saltar la sorpresa. Ni en la iglesia está uno tranquilo. Hasta que salieron todas las PCR negativas lo pasé regular. Total, que la Peque, conocedora de mis desvelos, dice hoy que hasta aquí hemos llegado. Que pa la casa. Y nos hemos venido a Antequera. ¡Toma ya! De un plumazo.

Y me encuentro ahora más relajado. Porque puedo hacer lo que me plazca. Como muchos de vosotros, amigos míos, que os habéis confinado en el campo, en la playa o en vuestra casa de manera voluntaria. Es la sensación de haber estado un mes fuera de casa, muy a gusto y haciendo muchas cosas, sí, pero sabiendo que no estás en tu sitio, que es una situación transitoria, que algún día volverás a la tranquilidad de tu hogar. Como lo que me ha pasado con mi barba, que no me he hallado del todo con ella. Y ayer mismo, como presagio de lo que estaba por venir, me la afeité. Un tío nuevo. Aún no me he hecho a la idea de que aquella casa del pueblo también es mi casa. No creo haber tenido en todo el mes la sensación placentera de autonomía, intimidad y relajación que disfruto aquí en Antequera. Será que necesitaré más tiempo y, sobre todo, más seguridad. Necesito la vacuna. En fin... Todo se andará.