Poco tiempo sideral, muy poco, apenas cien años largos, duró la alegría en aquel paraíso de ensueño. La joven pareja vivió de lujo en el Edén en donde nada les faltaba. Fruto de tanta dicha (y también de un exceso de refocilamiento), Eva quedó encinta de mellizos. A sus ciento y pico de años. No había entonces ecografías, pero Dios Nuestro Señor se lo chivateó a la mujer. "Son dos niños -le había dicho días atrás- Y les pondréis por nombres Caín y Abel".
Hete aquí, sin embargo, que un día el Señor nuestro Dios se presentó de visita sin previo aviso. A la hora de las magdalenas y el cafelito. Y se encontró a un hombre extraño que merendaba con Eva en una pose demasiado familiar, extrañamente íntima, ambos dos en pelota picada, no sé si me explico.
-¿Quién es este individuo? -pregunta el Señor a Eva, visiblemente molesto.
-¡Señor! -se arrodilla la mujer-. Perdónanos por no cumplir tu orden de no dejar entrar aquí a nadie, ni persona ni bestia, pero este hombre es un..., bueno, un amigo que me consuela cuando Adán se va por ahí de cacería. Y es un cansino. Ya sabe el Señor lo pesados que se ponen los hombres con estas cosas... A la serpiente, ni caso, Señor, pero este hombre es tan meloso...Y al final, he cedido. He pecado.
-¿Y qué habéis hecho con las hojas de higuera que os tapan las vergüenzas?
-Colgadas en el perchero de la entradita, Señor.
-Dime, hombrecillo, ¿cuál es tu nombre? -se encara Dios con él.
-Mi nombre es Eusebio, para servir a Dios y a usted...
-Es la misma cosa -responde áspero el Señor-. ¿Y qué haces aquí?
-Verá usted, señor, yo me gano el sustento vendiendo la miel que recolecto. Me llamo Eusebio Cruz, pero todos me dicen "El Sebi de la Miel". Y estaba aquí de tratos con esta buena mujer. -Y cuando el personaje se pone de pie para seguir educadamente la conversación, se le descuelga de la entrepierna un cacho gazapo hasta medio muslo que deja a nuestro Dios boquiabierto.
¡Ah, coño! -se le escapa el exabrupto a nuestro Señor Dios-. Ahora caigo...
Y se queda Dios cavilando si este hombre acaso hubiese pasado el tifus cuando chico, y que por ello se haya quedado tocado del ala de la concupiscencia. Como nos sucede a más de cuatro. Lo del tifus.
-Bueno, Eusebio... -cambia Dios nuestro Señor de tercio, por explorar otras cualidades del sujeto-. ¿Tú no serás de esos que votan al coletas, no?.
-¡Ni pensarlo, señor! Yo siempre a Santiago y cierra España -contesta la mar de ufano.
-Vale, menos mal -el tifus, seguro, se convence el Señor-. Pero estábamos en que ni miel ¡ni leche bendita! Dejé muy claro que la única condición para vuestra vida feliz aquí sería guardar el secreto de este sitio paradisíaco -le reprocha ahora el Señor a la mujer-. Y no sólo entra aquí un desconocido, sino que, además, de tratos carnales. Anda, cubrid de una vez vuestra desnudez, que presiento que Adán está al caer.
Al poco, regresó Adán, el hombre, algo malhumorado por no habérsele presentado ocasión de ciervo cornudo ni de cochino jabalí. Y ajeno a lo que allí se tramaba, se sorprendió gratamente al notar la presencia de su Dios. Y corrió a abrazarse a él con parecido alborozo al de un nieto al ver a su abuelo.
-No estoy para muchas alegrías, querido Adán -lo aparta Dios con cierta desgana-. Y no quiero extenderme. Ya Eva, tu mujer, te contará. Y haz el favor de taparte tú también tus cositas. Que vaya, vaya la que llevo hoy...
Y, sin terciar más palabras, llevándose la mano al cinto desenvainó el Señor una enorme espada flamígera con la que los amenazó. Es el protocolo divino cuando se tiene que amedrentar a alguien.
-Tenéis este finde para recoger bártulos y marcharos de aquí. Sin réplica -dijo Dios ahora encolerizado.
-¿Y a dónde iremos sin tu protección, oh divino Señor nuestro? -lloriquea la mujer.
-Os expulso a la dura meseta castellana. A segar el trigo con el sudor de vuestra frente.
-Mil perdones, Señor nuestro -tercia un Adán incrédulo por ignorancia del desaguisado-. ¿No podría ser por aquí más cerca, que está al llegar la campaña de las aceitunas?
-Negativo -responde el Señor haciendo un mohín con los labios fruncidos-. ¡A los campos de Castilla! ¡Polvo, sudor y hierro!
-¡Señor Dios misericordioso! -suplica Eva-. Mirad que estoy encinta de seis meses para siete. Y de mellizos.
-¡Verlo pensado antes! -le reprocha secamente el Señor Dios.
Y se tuvieron que ir. Y muy despechado Yahveh por tanta desobediencia de sus más queridos, resolvió un mal día acabar con su paraíso. Y lo hizo a lo grande: cubrió de aguas toda Andalucía creando un nuevo mar al que llamó mar de Thetis, "para olvidar este fracaso de proyecto y borrar del mapa toda esta región de la faz de la tierra". ¡Qué pena! Y añadió un pensamiento funesto: "esto no es ná para cuando llegue lo del Diluvio Universal". Calculador y rencoroso, nuestro Señor Dios.
Y en la yerma Castilla parió Eva a sus dos churumbeles. Crecieron éstos hasta hacerse grandes, y, llegado el momento, cometieron incesto consentido por Dios para así poder perpetuar la especie. Llegaron después otro hijo, Set, y varias hembras también. Y hubo muchas envidias entre ellos por el tema de la herencia y de la querencia marital con algunas de sus hermanas más jóvenes. Tanto, que, en un calentón, Caín se cargó a su hermano Abel, y ahí la familia ya se dividió para siempre: unos para un lado; otros para otro. Ni verse podían. A sus novecientos años, Adán y Eva murieron con la pena amarga de esa eterna confrontación entre hermanos y parientes. De ahí viene nuestro ancestral cainismo.
"No me cuadra el por qué hice a los españoles tan obtusos -se lamenta el Señor Dios-. Tan fanáticos. Tan emberrenchinados"...
(Continuará)