jueves, 15 de octubre de 2020

La cólera de Yahveh

Poco tiempo sideral, muy poco, apenas cien años largos, duró la alegría en aquel paraíso de ensueño. La joven pareja vivió de lujo en el Edén en donde nada les faltaba. Fruto de tanta dicha (y también de un exceso de refocilamiento), Eva quedó encinta de mellizos. A sus ciento y pico de años. No había entonces ecografías, pero Dios Nuestro Señor se lo chivateó a la mujer. "Son dos niños -le había dicho días atrás- Y les pondréis por nombres Caín y Abel".

Hete aquí, sin embargo, que un día el Señor nuestro Dios se presentó de visita sin previo aviso. A la hora de las magdalenas y el cafelito. Y se encontró a un hombre extraño que merendaba con Eva en una pose demasiado familiar, extrañamente íntima, ambos dos en pelota picada, no sé si me explico.

-¿Quién es este individuo? -pregunta el Señor a Eva, visiblemente molesto.

-¡Señor! -se arrodilla la mujer-. Perdónanos por no cumplir tu orden de no dejar entrar aquí a nadie, ni persona ni bestia, pero este hombre es un..., bueno, un amigo que me consuela cuando Adán se va por ahí de cacería. Y es un cansino. Ya sabe el Señor lo pesados que se ponen los hombres con estas cosas... A la serpiente, ni caso, Señor, pero este hombre es tan meloso...Y al final, he cedido. He pecado.

-¿Y qué habéis hecho con las hojas de higuera que os tapan las vergüenzas?

-Colgadas en el perchero de la entradita, Señor.

-Dime, hombrecillo, ¿cuál es tu nombre? -se encara Dios con él.

-Mi nombre es Eusebio, para servir a Dios y a usted...

-Es la misma cosa -responde áspero el Señor-. ¿Y qué haces aquí?

-Verá usted, señor, yo me gano el sustento vendiendo la miel que recolecto. Me llamo Eusebio Cruz, pero todos me dicen "El Sebi de la Miel". Y estaba aquí de tratos con esta buena mujer. -Y cuando el personaje se pone de pie para seguir educadamente la conversación, se le descuelga de la entrepierna un cacho gazapo hasta medio muslo que deja a nuestro Dios boquiabierto.

¡Ah, coño! -se le escapa el exabrupto a nuestro Señor Dios-. Ahora caigo...

Y se queda Dios cavilando si este hombre acaso hubiese pasado el tifus cuando chico, y que por ello se haya quedado tocado del ala de la concupiscencia. Como nos sucede a más de cuatro. Lo del tifus.

-Bueno, Eusebio... -cambia Dios nuestro Señor de tercio, por explorar otras cualidades del sujeto-. ¿Tú no serás de esos que votan al coletas, no?.

-¡Ni pensarlo, señor! Yo siempre a Santiago y cierra España -contesta la mar de ufano.

-Vale, menos mal -el tifus, seguro, se convence el Señor-. Pero estábamos en que ni miel ¡ni leche bendita! Dejé muy claro que la única condición para vuestra vida feliz aquí sería guardar el secreto de este sitio paradisíaco -le reprocha ahora el Señor a la mujer-. Y no sólo entra aquí un desconocido, sino que, además, de tratos carnales. Anda, cubrid de una vez vuestra desnudez, que presiento que Adán está al caer.

Al poco, regresó Adán, el hombre, algo malhumorado por no habérsele presentado ocasión de ciervo cornudo ni de cochino jabalí. Y ajeno a lo que allí se tramaba, se sorprendió gratamente al notar la presencia de su Dios. Y corrió a abrazarse a él con parecido alborozo al de un nieto al ver a su abuelo.

-No estoy para muchas alegrías, querido Adán -lo aparta Dios con cierta desgana-. Y no quiero extenderme. Ya Eva, tu mujer, te contará. Y haz el favor de taparte tú también tus cositas. Que vaya, vaya la que llevo hoy...

Y, sin terciar más palabras, llevándose la mano al cinto desenvainó el Señor una enorme espada flamígera con la que los amenazó. Es el protocolo divino cuando se tiene que amedrentar a alguien.

-Tenéis este finde para recoger bártulos y marcharos de aquí. Sin réplica -dijo Dios ahora encolerizado.

-¿Y a dónde iremos sin tu protección, oh divino Señor nuestro? -lloriquea la mujer.

-Os expulso a la dura meseta castellana. A segar el trigo con el sudor de vuestra frente.

-Mil perdones, Señor nuestro -tercia un Adán incrédulo por ignorancia del desaguisado-. ¿No podría ser por aquí más cerca, que está al llegar la campaña de las aceitunas?

-Negativo -responde el Señor haciendo un mohín con los labios fruncidos-. ¡A los campos de Castilla! ¡Polvo, sudor y hierro!

-¡Señor Dios misericordioso! -suplica Eva-. Mirad que estoy encinta de seis meses para siete. Y de mellizos.

Verlo pensado antes! -le reprocha secamente el Señor Dios.

Y se tuvieron que ir. Y muy despechado Yahveh por tanta desobediencia de sus más queridos, resolvió un mal día acabar con su paraíso. Y lo hizo a lo grande: cubrió de aguas toda Andalucía creando un nuevo mar al que llamó mar de Thetis, "para olvidar este fracaso de proyecto y borrar del mapa toda esta región de la faz de la tierra". ¡Qué pena! Y añadió un pensamiento funesto: "esto no es ná para cuando llegue lo del Diluvio Universal". Calculador y rencoroso, nuestro Señor Dios. 

Y en la yerma Castilla parió Eva a sus dos churumbeles. Crecieron éstos hasta hacerse grandes, y, llegado el momento, cometieron incesto consentido por Dios para así poder perpetuar la especie. Llegaron después otro hijo, Set, y varias hembras también. Y hubo muchas envidias entre ellos por el tema de la herencia y de la querencia marital con algunas de sus hermanas más jóvenes. Tanto, que, en un calentón, Caín se cargó a su hermano Abel, y ahí la familia ya se dividió para siempre: unos para un lado; otros para otro. Ni verse podían. A sus novecientos años, Adán y Eva murieron con la pena amarga de esa eterna confrontación entre hermanos y parientes. De ahí viene nuestro ancestral cainismo. 

"No me cuadra el por qué hice a los españoles tan obtusos -se lamenta el Señor Dios-. Tan fanáticos. Tan emberrenchinados"...


(Continuará)

 

martes, 13 de octubre de 2020

El proyecto del paraíso.

Y vio Dios, a la mañana siguiente, que aquello del hotel estuvo bien. Le quedó coqueto. Como allí lo que sobra es espacio, lo fabricó en horizontal, con una zona central de servicios comunes y luego habitaciones distribuidas a modo de chalets adosados. Del monte en la ladera. Y ya en el prado, pegado al joven Guadalquivir y surtiéndose de sus aguas, el gran lago, emblema del complejo. Pero enseguida echó en falta al personal. Apenas sin querer, estornudó sobre dos caprichosas figurillas de raíces desperdigadas por el suelo, que se convirtieron ipso facto en dos camareros de estupenda presencia: Christian e Inés. ¡Toma ya!, se dijo a sí mismo Dios nuestro Señor. No pasó ni un día entero cuando ya empezamos con los conflictos laborales: que dos eran muy poca gente para atender tanto cuidado como necesita todo un Dios Creador. Bueno, enga, y les concedió una chica guapa para admisión, Mercedes, y otra ayudante de cocina, María.  Todos, con un cierto deje granaíno, pero que aseguran ser de por allí. Y ya, resuelto el tema sindical, se tomó nuestro Señor unos cuantos días para perfeccionar su proyecto.


Y se puso venga a pensar y a rebinar dónde ubicaría su Edén dentro de aquel grandioso espacio natural, tan bello y exuberante, mirara por donde mirara. Las mañanas las dedicaba a zapatear el territorio de pé a pá, por buscar el sitio más idóneo. Al medio día se zampaba su buen plato de migas serranas y su tarta de queso, que en el cielo la dieta es divina, pero muy etérea. Y sosa. Y por las tardes, su buena siesta y un bañito confortable en el lago. Está prohibido bañarse, pero como él es Dios...

Hasta que una de las mañanas de andurreo se topó con el Borosa, un riachuelo que baja desde la montaña hasta el Guadalquivir. "¡Coño! -se extrañó-. ¿Y esto lo he hecho yo?" Y siguiendo curso arriba, entusiasmado por una belleza nunca vista, se adentró, monte adentro, por un pasadizo angosto y quebrado, un rompe piernas si se hace en bici, por cuya ladera izquierda el río transita saltarín y arremolinado, pareciéndose sus aguas, en su natural inocencia y alboroto, a las colas que formaban los niños en la escuela empujándose de atrás adelante hasta caerse de boca. "Antes del coronavirus ése de los cojones -aclara Dios-. Que no ha sido invento mío, como ya he dicho. Pero no empecemos otra vez". Y a ese sendero oculto donde las aguas lo mismo brincan desde metros que se amansan en azules y transparentes pozas, donde la vista se pierde entre la espesura de la vegetación sin dejarte ver el cielo, le puso el nombre de Cerrada de Elías. Lo de cerrada, por lo estrecho del pasaje; lo de Elías, él sabrá por qué; quizás estuviese ya pensando en su profeta preferido. Porque, como sabemos, Dios nuestro Señor tiene a su alcance, en un mismo plano, todo lo que acontece o acontecerá. Por eso sabe lo del coronavirus. Y dijo Dios: "Éste es el sitio". Y vio Dios que el sitio era bueno.


"La Cerrada será vuestro escondite secreto -les explicó a Adán y a Eva, atónitos ante aquel escaparate-. Ahí dentro tendréis intimidad y confort. Es, como si dijéramos, vuestro nido de amor. Nadie más que vosotros, ni animal ni persona, podrá entrar en este recinto de privilegio. Para todo lo demás, tenéis a vuestra disposición el territorio que abarcan vuestros ojos, desde aquí mismo, donde podéis apreciar esta magnífica obra de arte, "El Caracolillo", hasta las chorreras de Los Órganos, allá en todo lo alto".

-¿Y qué es esto del Caracolillo? -pregunta Eva, curiosona.

-Es una formación geológica que me acabo de inventar. Son repliegues del terreno cuyos estratos, en vez de horizontales, los he puesto semicirculares, ¿veis? Y parece enteramente un caracol.

-¡Qué chulada! -exclama, pelotillero, Adán. Ni puta idea.


Y vio Dios que estando todo bien, le faltaba algún toque de mayor atractivo ornamental. Y dijo: "Adornaré las riberas del Borosa de grandes pinos, de cipreses de esos que, de tan altos, parecen querer llegar al cielo, de sicomoros que hunden sus raíces en la piedra, de robustos robles belloteros, de acebuches, lentiscos y madroñales, y de todo aquello que mis criaturas puedan necesitar para su deleite. Colocaré a propósito grandes peñascos en el cauce que parezcan rodados desde lo alto para darle más vistosidad a las miradas de las gentes cuando llegue el siglo del turismo. Y poblaré todo este ámbito tan campestre de bestias, unas delicadas y otras embrutecidas, para distracción de mis queridos inquilinos y para su sustento". Y de un día para otro pulularon por allí a su albedrío familias enteras de ciervos presumidos de cuernos ramosos (ramosa cornua illis valde placebant propter elegantiam); de venados de gráciles figuras; de cabras y cabrones, digo, machos cabríos; y de jabalíes hocicones de afilados colmillos y negros los cojones.

"Aquí os hago entrega de vuestro paraíso. A disfrutarlo con salud" -les dijo Dios.

(Continuará)


 

domingo, 11 de octubre de 2020

Génesis 2: 4-2:24. Una revisión actualizada. La Creación

Os aviso hoy que estoy preparando una saga de cuatro entregas consecutivas acerca de la Creación del mundo. Un popurrí de historia sagrada, política de taberna y amor a nuestra tierra. Todo en clave de humor. Sin ácido para nadie. No es mi deseo molestar, sino distraer.  Empezamos por el primer capítulo, y terminaremos por el último.


Acaso sea por mi gusto por lo sencillo o por mi natural desapego a las matemáticas y a la física, que tanto me cuesta comprender la teoría del bing bang acerca de la creación del Universo: el invento de Stephen Hawking de la gran explosión de una nanopartícula que se expande hacia el infinito. ¡Qué rollo, tío! ¿Quién se traga semejante zapo? Mucho más fácil e inteligible nuestra Historia Sagrada contada por mi catequista, "Socorro la de la Huerta", según la cual, Dios nuestro Señor creó el mundo en seis días y se tomó el domingo para descansar: ir al fútbol, a su parcela a almorzar tortilla y chorizo, o simplemente a tumbarse en el sofá. Esto sí que lo entiende cualquiera.

Y durante estos tres días de asueto que hemos disfrutado la Peque y servidor por esos mundos (antes del puente), he tenido ensoñaciones con estas cosas de la Cosmogonia, que así se llama la ciencia ésta de la Creación.

Resultó que cuando Dios hubo terminado el mundo, se dio cuenta de que las dos criaturitas humanas recién fabricadas no mostraban intención alguna de emanciparse por ahí, sino que se les veía a las claras las ganas de quedarse en casa. Pensó entonces en buscarle a la parejita un lugar cercano y confortable donde pudieran vivir sin doblar el lomo y, en fin, eso que se decía en mis tiempos: en donde pudieran realizarse.

Y aleteando el espíritu de Dios por los cielos, se le ocurrió, al pasar por aquí encima nuestra, que Andalucía ofrecía muchas posibilidades para tal proyecto: el paraíso terrenal. Aun siendo Dios omnisciente, no tuvo fácil la elección. Se fijó mucho en el entorno de Granada, Sierra Nevada y Las Alpujarras, pero no le convencieron tanta altura y tanto frío en invierno. Probó en la subbética, incluso en mi pueblo, atraído por un Genil soberbio de fiereza y empuje. Bicheó por Aracena, por Cazalla, el Genal, Zahara, incluso en los arenales y humedales de Doñana..., sitios todos ellos de un verdor y una belleza exuberantes. Y finalmente tomó su decisión firme y aterrizó una tarde de otoño en un lugar de la Sierra de Cazorla. "Aquí va a ser" -dicen que dijo.

"Construiré aquí un paraíso inigualable; un lugar que dará leche, carne y miel a mansalva; donde no faltará un miriñaque, la envidia de mis querubines de allá arriba; un sitio de ensueño para esta primera generación de humanos, adonde no pueda llegar ni siquiera el coronavirus ése de los cojones. Que, por cierto, no ha sido un invento mío, sino de los chinos comunistas, como muy bien ha denunciado ayer mismo en el Senado el portavoz canario por el PP. No me explico ahora cómo estuve yo ese día sexto de la creación para soplar una mijitilla de gen comunista a mis criaturas humanas. Mirad la nobleza de todos mis animales, porque ninguno alberga ese germen tóxico del comunismo. No sé en qué estaría yo pensando. En fin... Sé que puedo desvariar, pero es que no se me va de la cabeza. Gente que sé positivamente que van a ser unas bellísimas personas, y que tengan que votar al Coletas... Es demasiado para mi body. El Coletas, o el Moñas que le llaman ahora, que desafía mis principios y que propugna la igualdad. ¿Qué coño es eso de la igualdad, cuando yo, tu Dios, he creado diferentes a todas mis criaturas? La diversidad es mi gran propuesta para el Universo. Y va a venir ahora un tipillo de malos pelos y peores trazas a predicar igualdad. ¿Acaso, Pablo, pueden tus votantes iguales obsequiarse con una mansión como la tuya? Contesta, Pablito. ¡Qué cosas! Habrá dos Pablos en el mundo que marcarán la cara y la cruz de mi eterna vida divina: Pablo de Tarso, un hombre valiente y corajudo que inventará nuestro nacional cristianismo Universal, la única religión verdadera; y este otro Pablo de España, que pretende hundirlo en la miseria con sus burlas y ultrajes a mis delegados territoriales. Pero no, espera, lo que me faltaba: mi propio Papa Francisco, mi particular Ábalos en la Tierra, despotricando del capitalismo. ¡Lo que uno tiene que oír! Precisamente, el capitalismo es la única doctrina que practica mis enseñanzas: Creced, multiplicaos y dominad la Tierra. Y los capitalistas son gente de fiar, gente de fe. Saben que si se dan con el planeta, aquí estoy yo para fabricarles uno nuevo... O lo que haga falta. ¡Tanto miedo con lo del calentamiento... ¡Qué poca fe!"

Con ésos, iba el apenado Dios ensartando otros peregrinos pensamientos cuando se le echó la noche encima. Y a la carrera, apremiado por la oscuridad y el frío serranos, se cobijó esa primera noche bajo la protección de un grandioso nogal, uno de cuyos chupones o sierpes le sirvió de almohada. Y, cansado de un vuelo y un día tan ajetreados, se dispuso a dormir. "En este mismo sitio, mañana, lo primero que haga será construir un hotel con encanto, al que pondré por nombre: Noguera de la Sierpe. En agradecimiento a este gran nogal que me ha acogido". Eso dijo Dios nuestro Señor. Y se durmió. Sin Valium ni Valerianas.

(Continuará)

 

viernes, 9 de octubre de 2020

Pecado venial

 

La verdad, a la cámara de mi abuela no le veo comodidad alguna para una chica de ciudad. Tiene dos cuartos. Uno, pequeño, a la izquierda en todo lo alto de las escaleras, donde mi chacho José almacena trigo, cebada o garbanzos. Ahora, en agosto, ya le cuelgan del techo un porte de melones verrugosos suspendidos en sogas de esparto. Alguno aguantará hasta la navidad, ya veréis. En lo que queda de espacio, mi madre y mi abuela han colocado un camastro para dormir conmigo la siesta. Para que no me escape. Una alacena de puertas de celosía custodia mis tebeos de las manos incendiarias de mi padre. Un Torquemada. La otra habitación, bastante más amplia, a la derecha, es el dormitorio conjunto de mis padres y de mis hermanos, que yo duermo abajo, con mi abuela. Unas sábanas colgadas del techo, a modo de cortinas, pretenden aislar las camas y proporcionar algo de intimidad. Los techos son de vigas y cañizo, y los suelos, de yeso con tinte colorado. Por lavabo, un lavamanos con su palangana y su espejo salpicado de puntos negros, y por aseo, una escupidera debajo de cada cama. Pero mi prima, la de Córdoba, se ha empeñado en dormir estos días de feria con mi hermana. Siempre lo hace con la Luisita, su otra prima y amiga, pero esta vez se ha encaprichado. En fin...

-¡No está güena, ni ná, tu prima!... -me atosiga mi amigo Agundo con sus ojillos casi cerrados de tan libidinosos. Aun a sabiendas de que soy un monaguillo inocente.

-¿Y qué quieres que yo le haga? -le respondo en plan de disculpa.

-Ná, ¿qué le vas a hacer? Pero que está mu güena, vaya.

De tanta tabarra que me da, es que hasta sueño con mi prima, oye.

Y una de esas tardes, sobre las cuatro de la siesta y con todo el sigilo que acostumbro para escaparme, me distraen los cuchicheos y risitas de mi hermana y mi prima. La semioscuridad del cuarto por los postigos cerrados me protege. En vez de seguir bajando las escaleras, me quedo acurrucado en el rellano que separa ambos cuartos, como imantado al suelo. La curiosidad morbosa de ese momento puede mucho más que la vergüenza de poder ser descubierto. Ellas, ajenas a todo y en enaguas, se vuelven de un lado a otro, se ríen de manera ahogada y se despatarran sin pudor. Maldigo la penumbra que juguetea con mis ansias por ver más. Y también me entran las dudas: tendré que confesarme. ¿Qué va a pensar don Juan?; ¿y si se entera mi padre?... Pero aguanto: me pueden las ganas de verle "algo” a mi prima, tan güena. Y ahora se me viene al pensamiento que parece como si fuera invisible, mi sueño de chavea para poder entrar al cine de balde o en el cuarto de la Mari Segura para verla en bragas. No es la Mari Segura, sino mi prima, lo mismo da. Le veo la espalda casi entera, y al rodearse… ¡No lleva sostén! “¡Macho, macho, cuando se lo cuente a Agundo!”... ¡Es demasiado! Noto palpitaciones en el pecho y una desazón en la boca del estómago. ¡Los nervios!... 

En el culmen de mi excitación, escucho en la calle tres martillazos de mi amigo Cristóbal en la esquina de su casa, nuestra contraseña para el río. Y va, y me despierto... Me cago ya en san Pitopato... La primera vez que hubiese deseado seguir soñando antes que irme al río.

Esta vez me he quedado con todos, eh!

 

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martes, 6 de octubre de 2020

Donde la felicidad se esconde

No sé si alguna vez os habéis preguntado por aquel momento de vuestra niñez en que por primera vez tuvisteis conciencia sobre la felicidad del vivir. Hacedlo. Es una higiene mental muy saludable.

En mi caso, creo que tal cosa me sobrevino sobre los once o doce años. Sí, sí, ya sé que muy tarde. Pero deberíais considerar que a mí el uso de razón me llegó con bastante retraso. Desde luego, mucho más allá de la primera comunión. Hasta poco antes de ingresar en el seminario, yo pensaba de verdad que, de mayor, me casaría con mi hermana Josefa para así no separar a la familia. Fue cosa del tifus. Mi madre achacaba todas mis debilidades al maldito tifus que a punto estuvo de llevarme palante. Sobreviví, sí, pero me dejó mis cosillas.

Pudo ocurrir en agosto del 64, un mes y pico antes de ingresar en los Ángeles.

-Chsss, chsss -noto el zamarreo suave de mi padre-. José María, nene, despierta..., venga, que ya está aquí Frasquito. Vamos.

Y ahora me arrepiento de haberle dicho anoche que me llamara para ir a los melones. Pero enseguida me repongo. Me desperezo y me levanto rápido.

-No formes ruido. Déjalos a los demás que duerman -me advierte.

En la choza dormimos todos rebujados. Es muy amplia y la usamos solamente como salón dormitorio. La cocina -una hornilla y sus trébedes- la hemos montado fuera, al aire libre, por aquello de los incendios. Mi madre se ha acurrucado en su cama de la entrada con mi hermano chico, de solo tres meses y enchufado ya a la teta. Y en el fondo, dos jergones con pajas de trigo donde dormimos los demás: mi Manolo conmigo, y mi Juan con mi hermana Josefa. Mi Manolo, tan fuguilla, se ha levantado tan pronto como ha escuchado fóllega. Se viene con nosotros. A sus seis años, es un hombrecito negrucillo y cabezón.

Amanecer en un melonar en agosto es una sensación tan placentera que todo el mundo debería vivirla alguna vez. El sol naciente, oculto aún por la sierra de Rute, deja todo el campo con ese color rosado del lubricán matutino. El aire huele a tierra dulce, y pica en la nariz el polvillo de las matas de melón. Una fragancia inigualable. 

-Manolo y tú, por esta hilá -me ordena mi padre-. Tú cortas, y él que ponga los melones en el centro de la camá. ¡Que no te vaya a coger la navaja, eh!

Mi padre me ha enseñado a reconocer los melones en su punto de corte y a cortarlos dejándoles el rabillo principal y otros dos laterales para que formen una especie de cruz. Me produce cierto regusto morboso destapar algún melón hermoso que se esconde bajo grandes hojas, como si quisiera escapar de la navaja. Si encuentro algún melón rajado también lo corto, pero lo dejamos separado de los demás, porque los rajados no son para el camión, sino para nuestro propio consumo.

-Los rajados son los mejores -sentencia mi padre. Se rajan de la misma salud que tienen.

Un amigo me escribe diciéndome que el olor de un melón recién cortado lo devuelve a su infancia. Ahora, ya mayorcitos y con un gusto más refinado, hablamos con cierta suficiencia del olor tan penetrante de un buen jamón ibérico recién cortado, o del bouqué de un buen Ribera o Rioja. Nada comparable, sin embargo, a coger un melón de su mata en la mañana fresquita de agosto, hincarle un poquito la navaja por la mollera y que se te raje en dos en tus manos. ¡Uuuhhhmmm! Gloria bendita.

Mi Manolo es una fierecilla. Al primer descanso que hago para estirar la espalda, y suelto la navaja, enseguida la coge y sigue hilera palante cortando melones más rápido que yo mismo.

-¡La madre que lo parió!... Anda que me deja en evidencia...

-Vámonos a desayunar -manda mi padre al cabo de un buen rato.

Mi madre y mi hermana ya tienen dispuesta una mesita de esas de patas plegables, su hule por encima y sus sillas. Las tostadas, el aceite y el café con leche ya están listos. Mi padre y Frasquito se han traído dos melones rajados, los más grandes que han pillado. Y nos  sentamos todos a desayunar. Frasquito no es de la familia. Cuando pasen cuatro o cinco años será mi cuñado, pero ahora es un muchacho de quince años que vive aquí al lado, en el cortijo del Torreón, y que viene a ayudar a mi padre con los melones. Quién sabe si con alguna intención añadida. Desde luego, mi hermana, con sus pecas y sus trenzas caoba, se está poniendo muy vistosa. Pero yo creo que no, que Frasquito viene a trabajar por el medio jornal que mi padre le apunta. Mi tifus pasado no me da para más.

Y ahí, sentado a la mesa, todo mi mundo. Bueno, faltan mis abuelos y mis padrinos, pero en este momento mi mundo se resume en esta mesita y sus comensales en la puerta de una choza de meloneros. Y pienso, por primera vez, aquello que luego aprenderé en el seminario que le dijo san Pedro al Señor en lo alto del monte Tabor: "Señor, qué bien estamos aquí. Hagamos tres tiendas y quedémonos"... Pues, eso mismo. 

Éste fue el instante en que yo tuve la vivencia de ser un niño completamente feliz. Un niño que no necesitaba nada más de la vida. Un niño que, por fin, esa mañana de agosto, pudo  desterrar los dos miedos que le han mortificado su infancia: ya no habría otra guerra que pudiera llevarse a su padre; y ya, para siempre, se borraría de los ojos de su madre aquella tristeza infinita por la muerte de dos hijos. Porque a sus cuarenta y un años, y recién parida, no era cosa de más hijos que fueran a nacer para morirse poco tiempo después. O eso pensábamos. 

Vino una niña, de un tiro a gol con demasiado efecto, cinco años más tarde, pero ya eran otros los tiempos. Y sobrevivió, digo si sobrevivió...

Bueno, con esto rematamos, si os parece, la temporada de los melones.


domingo, 4 de octubre de 2020

Melones de Benamejí

 Hoy, día de san Francisco de Asís, va mi relato por mi melonero preferido y por todos los Pacos y Fraskis conocidos, que no son pocos. Va por vosotros.

Me temo que anteayer haya hecho acopio del último cargamento de melones. Ya estaban recogiendo la choza y los contenedores. Terminó la campaña. Lloviznaba en la fresca mañana de otoño. Por prevención, me había puesto un saquito y una cazadora, que estos primeros fríos me provocan faringitis, y no está la cosa para tonterías víricas. "Qué exageradísimo que eres". La Peque, siempre al quite.

Diez melones pude averiguar. Francisco tenía más, pero eran  para otros compromisos, tan fieles como yo. "Sandías ya no quedan. No aguantan" -me dijo.

Francisco es una reliquia, un amonite en melonero. Digno sucesor de aquellos memorables hombres de Benamejí, "Los Maúros", que durante tantos años arrendaron anchos campos en La Capilla, y heredero en el oficio de su padre y su tío, ha mantenido la noble y trabajada afición de buen melonero. En aquellos tiempos, también mi padre se engolosinó con los melones, y todos los años, desde que yo era chicuelo, sembró su parcelita prestada por su amo. Francisco siembra melones cada año en distintos terrenos de alquiler, y yo, cada verano, pregunto dónde y voy a comprarle melones. Y sandías. Y tomates, y pimientos, y cebollas. Posee unas trazas y unos andares que me quieren recordar, de lejos, a los de mi amigo Agundo, pariente suyo por parte de Benilde, madre de Francisco. 

Son ahora melones de regadío (de reguerío, se sigue diciendo en mi pueblo). Y al decir de la gente, Francisco consigue en ellos una textura y un  dulzor muy particulares porque le añade al agua de riego una sal de potasio. A mí me da igual. Buenísimos. Ni los del Mercadona. Ni los famosos melones de La Mancha. En mi casa solo entran melones de Benamejí.

Algún día he coincidido en el melonar con su padre, Francisco también, ya mayor y achacoso, claro. "Niño, José María, me han operado de la próstata, y tengo los pulmones con carbonilla"...Y me hace pasar vergüenza, porque reúne en torno a mí a sus dos nietos, él y ella, chavales de quince o dieciséis años que están ayudando al padre, y les relata todos mis méritos de antiguo estudiante y melonero. "Mirad, muchachos -les arenga-: este hombre es un médico extraordinario. Que sepáis que cuando tenía vuestra edad yo lo he visto dormir en una choza, ha cortado melones conmigo, los ha acarreado en borricos hasta la pila y los ha cargado al camión. Y sus hermanos, también. Y aquí lo tenéis. Buen melonero, pero también muy buen estudiante. Éste es el ejemplo a seguir"... Y uno, allí asintiendo con la cabeza por no dejar mal al abuelo. Porque lo de buen estudiante si es verdad, pero lo otro... Es que me quiere mucho.

Ya siendo yo un mocito, mi suegro -un calco de mi padre en lo referente al afán- se desesperaba de ver mi rácana disposición a la hora de acarrear los melones. Con mis botas camperas de pico retorcido, mis pantalones colgones y mi pamela para el sol, más parecía un espantapájaros en medio de las camadas que un melonero bragado. Mi novia y mis cuñadas se morían de la risa ante el gesto encorajinado de su padre.

-¿Será posible?... -mascullaba por lo bajo-. ¡Un muchacho que no sirve pa ná!... 

Lo dicho, que lo mío no ha sido nunca la cocina... Ni el campo. 

viernes, 2 de octubre de 2020

Mis bizcochos

Ni pensar quiero qué hubiese sido de mí de cirujano. La de veces que me hubiese dejado gasas, tijeras... y hasta mis gafas de cerca entre las tripas de algún desdichado. Soy un manazas, ya lo sabéis. Las manualidades no me van. En el estudio y en la atención a los pacientes soy un crack, lo reconozco sin remilgos. Pero mis manos médicas solo han servido para tocar los hígados de la gente y para consolar, que tampoco es mala cosa.

A lo que voy: soy mucho más de probar lo que hacen otros que de cocinar por mí mismo. Por lo mismo, por mi poca albiliá (habilidad, para los que no sois de mi pueblo). Pero, de cuando en cuando, me da por hacerme algún bizcocho. Recuerdo con añoranza la de magdalenas, bizcochos y toda clase de pasteles que me regalaban mis pacientes. Les preguntaban a las enfermeras qué era lo que me podían regalar, y ellas: "dulses, dulses, cualquier tipo de dulse; le gustan todos". Mis preferidos eran unas magdalenas borrachas que  me compraban en una famosa pastelería en El Viso del Alcor, san Blas, se llama; y un bizcocho casero, insuperable, que me hacía cada semana una anciana venerable de Lebrija. Me lo tenía preparado cuando iba a su casa a tomarle la tensión y a charlotear un poquillo con ella. A veces tenía problemas de conciencia, porque no sabía muy bien si iba a visitarla como paciente o como pastelera.

Hace unos días, con la novedad de la Thermomix, me metí en harina para hacerme un bizcocho de zanahoria. Vamos allá. Horno precalentando. Lo primero, picar muy bien las zanahorias. Mi molde preparado, untado el suelo y las paredes con mantequilla y espolvoreados luego con harina. Perfecto. Vierto en el molde toda la melosa papilla que me ha salido de la Thermomix: huevos, aceite, harina, levadura, azúcar... Queda estupendo a la vista. Antes de meterlo en el horno, me acuerdo de una recomendación de Mariki: un dedito de sal. "¿Sal, Mariki? Pero si es un bizcocho!"... "Una mijitilla na más". Adentro. Me gusta ahora sentarme delante del horno para ver subir la masa. "Si no lo veo, no lo creo -me regaña la Peque-. Ahí, como un pasmarote"... Pero enseguida me acuerdo de que tengo que recoger y limpiar los trastos y la encimera "que es mu bonito ponerte a jugar a cocinita y dejarlo todo por medio". 

Y cuando estoy recogiendo... ¿Qué es lo que veo, por Dios bendito? ¡El cuenco con la zanahoria picada se me ha quedado fuera! Me da por reír. Y pienso, "bueno, hago el bizcocho simple, sin zanahoria". Y al momento cambio de parecer: saco el bizcocho del horno, total, ¿qué lleva, cinco minutos?..., le añado la zanahoria y lo vuelvo a remover todo. Se me forma un engrudo de cuidado, pero insisto con un cucharón de madera hasta que lo puedo igualar. Otra vez padentro. Y a pesar de los elementos, salió en condiciones, vaya. 

Pero no consigo emocionarme, y sin emoción no es lo mismo. Me emociono, sin embargo, cuando contemplo los mostradores en las pastelerías: lo bien dispuesto y ordenado del género: aquí los piononos con su gracioso sombrerito de yema; más allá, las locas, nevaditas de coco rayado; al lado, los manoletes cordobeses; al fondo, los cuernos de hojaldre rellenos de crema... ¡Joer! -pienso-, mis mejores pasteles están en los escaparates. Tengo dos pastelerías güenísimas al ladito de mi casa. ¿Vale la pena montar tanto tinglado?

Y luego, además, me sucede que cuando los pruebo, ninguno de mis bizcochos me satisface del todo. "Pero si está buenísimo -me anima la Peque-. El mejor de los que has hecho". Para ella, el último siempre es el mejor. Lástima que no suceda igual con los revolcones. No le cojo el punto, no. "Prueba a batir las claras por separado... Añádele a la masa un poquito de bicarbonato... Pon el calor sólo por abajo"... -me aconsejan mis amigas. Nada. Acepto para mí que no puede ser; que me he puesto el listón demasiado alto. Inalcanzable. Mi paladar no olvida aquella esponjosidad, aquella profundidad de sabor a aceite y limón de los bizcochos de Pepa, mi venerada anciana de Lebrija. Ahí está el tema.



El tiramisú sí me sale muy bueno. Pa que lo sepáis, vaya.