jueves, 29 de octubre de 2020
¡A perimetrarse...!
martes, 27 de octubre de 2020
Abuelas, abuelos y otros personajillos
Enfrentado en solitario a la impostada severidad del abuelo, el niño Daniel -tres años en enero- espera, de pie y circunspecto, la pregunta que le va a llegar, con parecido temor al del reo que aguarda su sentencia. Ha sido advertido previamente que tendrá que responder con total sinceridad; que están solos en el despacho, y que nadie va a escuchar lo que diga. Y, por fin, el abuelo le suelta:
-Vamos a ver, Daniel, dime la verdad: ¿tú a quién quieres más, al abuelo u a la abuela?
Y al niño, de pronto, se le abre una sonrisa de desahogo, de satisfacción, de picardía. Como cuando en un examen oral frente al terrible "Collado" escuchas, nervioso, el enunciado de la temida pregunta: "Asta de Ammon y cuerpo geniculado: localización, funciones y relaciones", y compruebas que te la sabes, que vas de sobrao, que le vayan dando al "Collado". ¡Uff, menos mal! Pues, lo mismo.
-¡Po a la abelaaaa! -responde, suficiente, con su media lengua. Como queriendo decir: "po vaya pregunta"...
Lucas, que ya tiene seis añitos recién cumplidos, siente un poquito más la vergüenza, el decoro, el quedar bien, como nos enseñaron nuestros padres, aquello de "a los dos iguales". Aún así, muchas veces se le escapa la bendita inocencia y responde que "yo, a la abuela también".
Pues claro, hombre. A la abuela. Como tiene que ser.
Mis amigas abuelas -tengo bastantes- son sesentonas la mar de presentables. Prendas, todas ellas. Como la Peque. Yo las veo más jóvenes y predispuestas que a nuestras madres de cuarentonas. ¿A que sí? Los que ya tenemos una edad recordamos, de jóvenes, encontrar poco atractivo en las mujeres maduras que envejecían dos o tres años en uno, y cuya única misión parecía ser la de traer hijos al mundo y criarlos. Que tampoco estuvo mal. Pero ahora, fijaos en las Mercedes, Anas, Pilares, Bego, Antonia, Mariki, Gracia, María Jesús, Paqui, Milagro, Victorias, Inés, María José, Araceli, Catalina, Natividad de San Juan Bautista... En fin, muchas, y todas, de muy buen ver y laborindiosas. Mujeres totales que han sido el alma de nuestras familias respectivas y que, cada una en su medida, han aportado su parte en la construcción de la vida que hoy disfrutamos. En el estricto sentido físico y estético, veo que las abuelas de hoy son más resultonas que las madres de nuestros tiempos; y las bisabuelas de hoy, más que nuestras abuelas.
En lo referente al cariño, las abuelas (las de hoy y las de ayer) cuentan con ese plus que les proporciona la genética, su dichoso cromosoma X de más. Por lo general, producen más ternura y apego que los abuelos, siempre pensando éstos en lo único, ya sabéis. Nosotros solo cuidamos las escasas neuronas supervivientes agazapadas todas en el "núcleo estriado", el que rige en los cataplines. Y otras pocas, en la sustancia nigra, para poder comer dulses sin temblor de manos. Las abuelas, sin embargo, atesoran los poquitos estrógenos que les van quedando bajo el manto cálido de su tejido adiposo. Por eso, cuanto más mullidita sea la abuela, más cariñosa. Vale, vale; no se me amontonen: la Peque es una excepción. Es una flaca tierna. Porque la tienen los médicos anti hormonada.
Y nos parece increíble que unos personajillos tan pequeños, tan inocentes y llegados tan tardíamente a nuestras vidas, puedan ocupar tanto sitio en nuestros corazones sensibles. Por el cariño tierno aguantamos sus caprichos, enjugamos sus rabietas y nos ponemos de su lado en nuestro interior en sus encontronazos con los padres. Nos queremos hacer como ellos. Parecernos a ellos. Sentir como ellos. Ser como ellos. Hace unos años, uno de vosotros, amigo desde Los Ángeles, se ufanaba de no llegar jamás a las sensiblerías que veía en los abuelos al uso. "Yo no caeré nunca en ese baboseo", decía. Me gustaría que lo vierais ahora con sus dos nietas, dos primores. Chorreones de baba.
Es una bendición ver el arrobo en la mirada de mis nietos hacia sus dos abuelas, cómo se les echan encima como si fuesen colchonetas hinchables, de qué manera se refugian en sus regazos para protegerse el uno del otro en sus peleíllas, cómo ellas consiguen camelarlos con historias antiguas y secretas para que se coman los macarrones y la fruta; y las caras de pillos y malvados (villanos, dicen ellos, de oírlo en los dibujitos) cuando juegan con nosotros, sus abuelos, a los piratas patapalo o a los superhéroes. Yo solo conocía a Superman, pero ahora me he tenido que aprender a Spider, Hulk, Capitán América, Hombre Araña, Ironman, Gokus y... Con mucha menos paciencia que las abuelas, yo me dejo ganar enseguida para librarme de ellos. Que te lo has creído: ahora te hacen tirarte al suelo para completar un puzle medio acabado. Y, sabiéndote derrotado, se te montan a caballo inocentes y despreocupados de tus caderitas, tan perjudicadas.
-Niños, dejad al abuelo, que ahora a ver quién lo levanta del suelo.
¡Qué lástima! ¡Con lo que uno ha sido!
Es una bendición estar con los nietos, es verdad. Pero una horita corta ¿Vale?
domingo, 25 de octubre de 2020
La semilla del rojerío
Pasado apenas un mes desde el principio de curso, allá por febrero del 74, aquellos dos jóvenes no eran alumnos que pasaran desapercibidos entre la caterva de estudiantes de primero. Raros los dos. Uno, por ser un muchacho oscuro de trato, pero muy atrevido en sus intervenciones en clase; y éste otro, por sus trazas de curilla arrepentido y por sus ya indiscutibles pintas de estudioso. Que alguien proveniente de Letras le acertara aquel día a don Pedro Montilla la complicada fórmula del ciclopentanoperhidrofrenanteno lo catapultó de inmediato al estrellato, el empollón del curso. Raros los dos. Pepe Máximo y José María. Y ambos dos no se explicaban qué suerte de cualidad, qué especie de liria de almendro en sus pieles respectivas, para que no pudiesen despegarse el uno del otro. Desde los primeros días. Aquello verdadero del Dios los cría y ellos solos se juntan. Pares cum paribus facillime congregantur. Juntos se dejaron la barba. Juntos hacían el paseo de ida y vuelta desde el Sector Sur hasta la facultad, unos buenos veinte minutos de trayecto al paso de entonces. Quizá el pegamento fuese la rusticidad o la timidez o, acaso, la buena leche que mamaron ambos. En aquellos agradables paseos charlaban todo lo que tocaba ese día. De asuntos de las clases, del singular profesor don Pedro Montilla; del guaperas del Jover; de la honda sabiduría de Jordano... ¡Y de política, macho! Pepe, el primer culpable del giro izquierdoso que tan poco le pegaba a José María.
En el tercer curso, cansados ambos de tanto cruzar el puente, acordaron alquilar un piso más cerquita del hospital y de la escuela de enfermeras, adonde se había mudado Toñi. De todas formas, Fraski, Antoñillo y Sebastián, mosqueteros de José María, habían finalizado Magisterio y cada uno había tirado para su lado. Lógico. Un buen piso en la avenida Virgen de los Dolores. Se les arrimó, para así abaratar costes, un estudiante boliviano, Miguel, un tipo reservado que hacía una especie de vida paralela, pero que no les dio ningún problema.
Lo más importante para José María, en esos años, era aprovechar el tiempo de estudio al máximo. Ni un minuto que perder. Tenía muy metido en su conciencia la responsabilidad del estudio: estaba allí para estudiar; sus padres estaban sacrificando un jornal, que tan bien les vendría, para que él sacase la carrera; el gobierno le daba una generosa beca salario y debía responder. Casi todo lo demás le era ajeno. Casi, porque sus paseos vespertinos con la novia eran sagrados. Le daba un poco igual la limpieza del piso o la calidad de las comidas. Nunca participó en huelgas de estudiantes ni manifestaciones, tan frecuentes en aquellos días, ni una sola carrera huyendo de los grises... cuando Pepe no se perdía una, y había días en que venía con magulladuras de haber rodado por los suelos. Ni siquiera sintió alivio alguno el día de la muerte de Franco, que ocurrió al principio de este tercer curso. Y Pepe, sin embargo, hasta se emocionó de contento.
-Pepe -le recriminó con ánimo paternal-, vas a ser médico, no deberías alegrarte por la muerte de nadie.
-Hay excepciones, José María -le respondió muy serio-. La muerte del dictador supone la vida para mucha gente inocente.
Lo dejó planchado.
Y sucedía que a Pepe Máximo, buen estudiante, le podían sus ganas de enfollonarse. Estudiaban juntos en la misma mesa, pasaban a limpio los apuntes, se hacían preguntas rebuscadas, aclaraban dudas... El uno se bebía la Patología General de don Pedro Sánchez Guijo; el otro se decantaba por la Histología. Pepe era minucioso y detallista: tenía que pintar y visualizar dónde coño estuviese el espacio de Disse, entre los hepatocitos. José María se lo aprendía, y ya está; pero él, no. Él tenía que verlo en su cabeza. Pero esa exquisita curiosidad suya, a fin de cuentas, les favorecía a ambos. Lo malo era cuando, sin venir a cuento, enfrascados con los apuntes del día, Pepe escuchaba discutir a los albañiles en una obra de enfrente. Dejaba los papeles de cualquier manera y salía pitando para la calle dejando al otro descompuesto. Miguel y él se asomaban a la ventana, y allí que lo veían departir con los albañiles como uno más.
-Pero, Pepe ¿de qué habláis?
-Pues de sus problemas, de los horarios, de la falta de seguridad, de los abusos de los contratistas... De cosas de la vida. No todo puede ser estudiar, hombre ya -se medio enfadaba.
-Pepe -le discutía el otro-, la obligación de esos trabajadores es cumplir con su trabajo lo mejor que puedan; y la nuestra es estudiar. ¿Te imaginas que alguno de esos albañiles dejara media hora su trabajo para venir a nuestro piso a interesarse por tus problemas académicos?
-¿Y tú te imaginas la fuerza de los estudiantes apoyando las reivindicaciones justas de esta gente?
Y así, siempre. ¡Coño!, que sembró muy bien en el corazón del otro la semilla del rojerío.
Porque, a pesar de sus rarezas, era un chaval de nobleza y compromiso indiscutibles. Un compañero de facultad, casado a la carrera y de penalty, el año anterior, necesitó de un favor muy comprometedor social y políticamente en aquella época. Y Pepe respondió con todo y con más, cosa que ni siquiera llegó a oídos de José María ni puedo asegurar que, de haberlo sabido, hubiese estado a la altura. Más que nada, por lo cagueta que era.
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Se fue a Sevilla. Ese tercer año, en la feria de mayo, se echó una novia que estudiaba Matemáticas en Sevilla. Y Pepe cambió su expediente y acabó la carrera en la universidad hispalense. Lo he visto luego pocas veces porque él ha sido médico de atención primaria en pueblos cordobeses, mientras que yo he estado en Sevilla todo el tiempo. Pero nos seguimos queriendo igual. Ahora es un médico jubilado y muy refinado. Físicamente, poco que ver con el Pepe Máximo de entonces.
Cuando mis hermanos y otra gente del pueblo que me quiere no comprenden mi afición podemita olvidan que he gozado de muy "malas" influencias. Y otras mucho peores que estaban aun por llegar. La vida, que nadie sabe por dónde va a despuntar. Naces en el seno de una familia de orden, te tiras luego diez años de seminarista casi ejemplar (lo de casi es por lo libidinoso), sacas con matrícula de honor una carrera, la más noble conocida..., y me sales ahora ateo y podemita. Pa mear y no echar gota.
Quedad con Dios.
viernes, 23 de octubre de 2020
Calenturas de un seminarista
Lo primero que aquel monaguillo veía al entrar en La Capilla por los portones principales era esa imagen: su abuelo Manolo y don Bernardo, solemnes, conversando en uno de los bancos del pasillo del molino, bajo las ubres generosas de aquella parra centenaria. El abuelo, humilde, el cuidador de las bestias, "El Pensaor", pero también el oráculo del cortijo; don Bernardo, abogado y empresario, antiguo diputado por la CEDA en las Cortes del 36, un señorito muy particular, amable y cercano. Ambos, tan distintos y distantes, igualados en esos sublimes momentos por sus pláticas cordiales, por su particular sabiduría.
Aquel monaguillo ha crecido. Pero la estampa apenas ha cambiado. Si acaso, que los nietos de don José, el amo, ya niños, molestan con sus alocados revoloteos a estos dos venerables ancianos en sus cortos diálogos, en sus alargados silencios. Manolo y don Bernardo parecen inmunes al tiempo. Y al espacio. Ahí siguen, en su mismo banco, en la misma pose, con el mismo tiempo, su tiempo, quién sabe si con los mismos pensamientos. José María tiene ya quince años para dieciséis, un mozuelo, y se sorprende con mucho agrado al contemplar aquella escena, tantas veces repetida, de ese debate a dos, de ese magisterio rústico impartido desde almas cándidas. Decentes. Porque él recuerda -a fin de cuentas hablamos de tres o cuatro años atrás- haber escuchado, sentado al lado de su abuelo, algunas de aquellas reflexiones tan complicadas de entender entonces por un chavea.
-Siéntate con nosotros, venga José María -le anima el señorito-. Vamos a recordar viejos tiempos...
Y aquel monaguillo, ahora flamante seminarista en Córdoba, se complace de participar en esa especie de banquete de intelectualidad campestre. Desde que pueda recordar, ha sentido este muchacho una simpatía especial por don Bernardo. Quizá solo fuese agradecimiento por el trato que el señorito ha dispensado siempre a su abuelo y a su padre.
-No te puedes ni imaginar, José María, la satisfacción que me produce cada vez que tu abuelo me habla de tus notas, de tus progresos en el seminario. Por lo visto, resulta que eres un empollón, ¡qué barbaridad!
-Muchas gracias, don Bernardo -responde el chaval con cierta vergüenza-. Se me dan bien los latines, es verdad. Y estoy muy contento. Tengo a quien parecerme, eh -le dice, al mismo tiempo que le hace un guiño cómplice al abuelo.
-Jajaja -se ríe de buena gana-. Desde luego que sí.
Y comentan entre los tres las torpezas de José María cuando venía de monaguillo con don Juan el cura a ayudar a misa todos los domingos al mediodía en el coche de Julián el chófer: el día aquél que se le derramaron las vinagreras... ¡Menos mal que fue antes de la consagración, que si no!... O aquella otra vez en que a don Juan se le escurrió la sagrada forma de sus dedos al dar la comunión a la señorita Consuelo, y José María, tan despistado como era, no acertó a recogerla con la patena... ¡La que se lio con el cuerpo de Cristo rodando por los suelos! A don Juan por poco le da un pasmo.
Y José María se sonríe recordando aquellas fechas. Era verdad. En la comunión, le aburría permanecer allí de pie poniendo la patena en el pecho de la gente. Salvo cuando se acercaba la señorita Consuelo. Entonces se ponía nervioso por la atracción que ésta le provocaba. Era una mujer joven, menuda, muy simpática y con una cara de muñeca. Al arrodillarse para recibir la hostia sagrada, dejaba un poco al descubierto el canalillo carnosito de sus pechos tan bien conformados. Y más, mirándolo desde arriba. Y aquel dichoso día se aturrulló más de la cuenta.
En estas cosas estaban, cuando, ya al mediodía, sale por la puerta de la casa Mari Carmen, la niñera, a pasear en su carrito al más chiquitín de los nietos de don José, el amo. Mari Carmen es una muchacha de muy buen ver. Las cosas como son. A sus diecisiete años, una mujer de una vez. Risueña, alegre y descarada, a José María, sin embargo, lo que más le priva son sus piernas. Muchas tardes de este verano, la muchacha sale a tomar el fresco a los peñones de la entrada, a departir con las mujeres del cortijo, La Paloma, María Josefa, Carmen de la huerta, la prima Norberta, Rosario Bueno, momá Gracia... Incluso doña Rosa, esposa de don Bernardo, se para con ellas un rato cuando vuelve de su paseo. José María y su hermana Josefa acuden también, más que nada para escuchar los cuentos y anécdotas que cuenta La Paloma de una manera tan divertida. Mari Carmen se sienta de cualquier forma, sintiéndose segura entre mujeres. Ahora cruza las piernas para un lado, ahora las descruza... En fin, mucho descaro.
-Chiquilla, ten cuidado con tus patorras, que hay ropa tendida -le recriminaba Norberta con su genio tan característico-. Y además, que es un seminarista.
-Lo que se han de comer los gusanos, que lo vean los cristianos -se ponía la tía-. Y además, otra cosa le digo, Noberta: más sufre quien ve que quien enseña. -Y hacía su mohín con la boca y todo.
José María nunca había escuchado a ninguna muchacha de su pandilla del pueblo hablar de esa manera, con semejante desparpajo. Y se quedaba embobado. En el invierno pasado, en las navidades, ya había estado con ella algunos ratos, incluso había bailado agarrado con ella en los guateques que organizaban Agundo y el Gorrito en una de las casillas de los aceituneros. Estaba encandilado. Hasta le asaltaban malos pensamientos por las noches.
Y ahora, al verla pasear por el pasillo del molino empujando al carrito, agachándose para recoger el biberón o algún pañal, enseñando inadvertidamente los traseros tan... apetitosos ¡Que no le podía quitar ojo de encima, oye! Y, claro, don Bernardo que se apercibe y le comenta bajito al abuelo:
-Manolo -le dice con sorna-, me parece que nos hemos equivocado con lo del seminario.
-¿Y eso? -responde guasón el abuelo, sabiendo de antemano la respuesta.
-Pues que a este muchacho tuyo se le sale la calentura por los ojos. ¿No te das cuenta cómo mira a la muchacha?
-No hay cuidado don Bernardo -le dice con mucha pachorra-. He escuchado en la tele que eso es cosa de las hormonas.
-Sí... Eso será.
Profetas del campo.
miércoles, 21 de octubre de 2020
El transistor
Un día vinieron Mari Gracia y mi madre a hacernos la limpieza y nos trajeron un canasto de cerezas. Todavía en este primer año. Cuando te pones a comer cerezas es que no paras, como cuando comes pipas. Seis estudiantes hambrientos, dale que te pego. Encima, Antoñillo había invitado a comer a su amigo Sebastián que vivía cerca, en la casa de una viuda que se ganaba un complemento alquilando habitaciones a estudiantes. Y, cual Lazarillo, "Pepe el loco" las comía de dos en dos y de tres en tres, a pique de atragantarse. "Pero, Pepe -le regañaba Vicente-, ¿tú dónde coño estás tirando los huesos?" "Yo me los trago -decía el tío-, pa no perder comba".
El segundo año alquilamos un piso en la avenida de Granada, también en el Sector Sur. Pepe, Vicente y Pompeyo se buscaron la vida por su parte, y nos quedamos Fraski, Antoñillo, Sebastián y un muchacho nuevo, Alfonso, que era novio de Luisa, una amiga de nuestra pandilla del pueblo. Alfonso era de Sisante, un pueblo de Cuenca. Conoció a Luisa trabajando ambos en los hoteles de la Costa Brava. Y se vino a Córdoba a estudiar Química. Un primor de muchacho. Echamos un curso estupendo, sin incidentes disciplinarios, sin portero metomentodo y, encima, con una pastelería en la acera de enfrente. En los primeros meses se nos incorporó Antonio Moyano, que venía trasquilado de otro piso compartido con un troskista pasota. Lo recogimos por compasión. Ya cada uno con su novia -menos el Sebas, que fue tardío-, pero guardando las formas: Pili, María del Valle, la Peque y Julia frecuentaban el piso a diario y nos ayudaban en tareas domésticas, pero a la hora de acostarse cada mochuelo a su olivo. Julia era buena moza, pero las otras tres eran tan menudas que el padre de Antoñillo bromeaba diciendo que entre las tres no llegaban a una hembra completa. Con todo, aquel piso era posada para otros tantos amigos: Pepe "Huesos" y Salvi, los más aferrados. Creo que ese segundo año de carrera fue el más intenso para mí. No salía de mi cuarto más que para comer y mear. La Peque se traía sus apuntes y estudiábamos juntos. La puerta entreabierta para no despertar sospechas. Algún rocecillo, algún pellizco en tiernito y poco más. Con el lubrican vespertino, la acompañaba hasta su residencia, en una casa particular en el Parque Cruz Conde. Y vuelta patrás. Una hora entre ida y vuelta. Un esparcimiento necesario.
Alfonso, como digo, no tenía falta. Si acaso, rebuscando mucho, que estaba enganchado a su transistor las veinticuatro horas del día. Y en ocasiones, tanta cháchara y tanta cantinela me distraían en exceso. Sebastián había traído un saco de habas de su pueblo. Tuvimos habas para un mes. Porque no tenían salida. Fraski le armaba (y le arma) a cualquier material culinario que se le ponga por delante... Menos a las habas: le producen picores. El saco, medio lleno, medio vacío, se convirtió en un estorbo en la cocina, todo el mundo tropezando con él. "Zebas -le decía yo de cachondeo- no te ze olviden las habas otra vez que vayas al Zaucejo, eh".
El caso fue que me encontraba demasiado tensionado en la preparación de un examen de Anatomía. No le temía en absoluto a los contenidos de la asignatura. Nunca he tenido miedo ante un examen. Para mí, los exámenes han sido siempre un reto afrontado con esa suficiencia vergonzante que nos caracteriza a los empollones de buen rollo, aquéllos nacidos con ese don sin pretenderlo. Pero en esta ocasión mi desconfianza era el dibujo. Porque este catedrático nuevo, "El Collado", te obligaba a pintar en el folio la zona anatómica por la que te preguntaba. Y yo, cualquier cosa, menos el dibujo. Un negado. Los compañeros llevaban para el examen un estuche de lápices de colores para colorear los músculos de marrón; las arterias, de rojo; las venas, de un azulón clarito; los huesos, de ocre, y los nervios, de amarillo. Un despropósito para mis intereses. El sobresaliente se me escaparía, seguro. Y encima, el rum rum cansino del transistor de Alfonso.
Aprovechando una salida a la compra que le tocaba, cogí a hurtadillas su transistor y lo escondí en el saco de habas medio podridas ya. Era tarde y, curiosamente, a su regreso no lo echó en falta. Después de la cena vimos una película, y yo me acosté pronto según mi costumbre de siempre. Cuando volví de la facultad para almorzar al día siguiente, el piso estaba en revolución: todo el mundo buscando el transistor de Alfonso. "¿Tú lo has visto?" -se vuelven todos hacia mí. Con tanto revuelo, me dio cargo de conciencia, aparte de mi incorregible incapacidad para mentir sin que se me note: "vale, no busquéis más. Lo escondí anoche en medio del saco de habas". Y en vez de procurar alivio a la angustia de un desesperado Alfonso, lo que conseguí fue aumentar su furia. Porque esa misma mañana, el guevón del Zebas, harto de bromas sobre las habas dichosas, había cogido el saco y lo había tirado al contenedor de la basura. Corrimos todos a rebuscar en el contenedor, pero ya fue imposible. El camión había pasado.
Con pesar, ofrecí comprarle otro transistor a Alfonso. Pero ahí mi gente dio la talla: se le compró con el dinero del fondo comunitario.
¡Alfonso, qué buen chaval! No hemos vuelto a verlo. Se disgustaron Luisa y él, y se marchó de Córdoba. Por Luisa, que se cartea alguna vez con él, sabemos que sigue vivo y se encuentra bien. Ya es algo en los tiempos que corren.
domingo, 18 de octubre de 2020
¿Qué hay de comer?
Era ésta una pregunta muy habitual, acaso la más desesperada, cuando llegaba uno al piso que se comía las piedras. "¿A quién le toca hoy la comida?" "A Vicente -contestaba Fraski-, pero se ha entretenido con los dibujos animados". ¡La madre que lo parió! A Vicente, claro. Yo tampoco podía alardear mucho porque cuando tocaba mi turno siempre les hacía lo mismo: arroz a la cubana. Lo menos complicado. El plato estrella de Vicente era el cocido. Tampoco es que su cocido tuviera mucha elaboración: cogía todos los ingredientes y los echaba a la olla expréss, y venga a dar vueltas la dichosa valvulita disparando humaradas. Lo que más gracia nos hacía de sus cocidos era que echaba el pollo enterito, con su cabeza, su cresta, sus patas... Tal como se lo daban en la tienda... Tiempos.
Hace una semana, escuché de refilón en la tele que el jurado de Masterchef proponía a los concursantes la elaboración de unos platos sencillos utilizando para ello solo aquellos ingredientes comunes en los llamados "pisos de estudiantes". Y este apunte me ha dado pie a preparar otra pequeña saga de artículos cuyo protagonismo va a ser mi experiencia culinaria, o de otro orden, en mi dilatada vida de estudiante universitario. Como sabéis, la carrera de medicina era de seis años. Mi beca salario me hubiese dado de sobra para vivir plácidamente en la Residencia Universitaria de CajaSur, al lado de la Facultad. Pero ese dinero hacía más falta en casa de mis padres, y, además, me hubiese privado de una experiencia única: la difícil y formativa convivencia con compañeros de fatigas. Mis primeros cuatro años de carrera los viví en pisos de estudiantes, cada año, uno distinto. Los cursos quinto y sexto, ya casado, los vivimos la Peque y yo en un piso de alquiler que, a la postre, se comportó casi igual que uno de estudiantes. Al tiempo.
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Llevamos ya un curso entero. Estamos a mediados de junio del 74 en plena preparación de los exámenes finales. El piso, en la avenida de Cádiz, es un lujo de piso para la época. El mejor que hemos tenido. Amplio, luminoso, con cinco habitaciones, y un mobiliario de gente rica. Hasta con tele. Es nuestro primer año de convivencia. Vicente, Fraski y Antoñillo estudian Magisterio; Pepe "El Loco" y Pompeyo, Ingenieros Agrónomos; y yo, Medicina. Durante el curso, la cosa ha funcionado. Fraski es un tío de lo más ordenado y sabe impartir disciplina. Pepe va a su bola, pero se comporta; Vicente es un pasota; pero los demás compensamos. No hay líos de faldas porque ninguno tiene novia formal todavía, y la Peque aún estudia COU en Antequera.
A estas alturas del curso, sin embargo, el piso es una mierda. Todo el tiempo se nos va en estudiar y mal comer. El portero del bloque, un hombre enjuto de éstos de paso corto, vista larga y mala leche -un cascarrabias-, ya ha dejado varios recados sobre la suciedad de nuestro pasillo y de determinados malos olores de la cocina. Con su mono de un azul desvaído y cremallera desde el cuello hasta los golondrinos, es el ojo de Dios: todo lo ve; todo lo oye; todo lo presiente. Nuestras madres respectivas se han turnado para venir a dar una arreglo al menos un día en la semana. Y nos traen condumio. Así vamos funcionando.
Y acaeció un día que saliendo tempranito Fraski y yo para nuestros sitios respectivos, nuestro portero nos da el alto. "Alto ahí, jóvenes". Pensamos enseguida que nos largaría otra reprimenda por la suciedad. Es que, además de portero, era el intermediario que alquilaba los pisos. Pero no. Veamos qué le aflige ahora a este hombre entrometido:
-Os hablo a vosotros dos porque me parecéis los muchachos más formales del piso -empieza bien el hombre.
-¿Qué ha pasado? -responde Fraski algo sorprendido-. Verá usted que el piso ya está en mejores condiciones. Vienen nuestras madres a limpiar...
-Sí, sí, ya lo sé; pero no es eso.
-¿Entonces?
-Entonces es que todos vosotros salís temprano para la facultad y volvéis a la hora de comer ¿Correcto?
-Sí, ¿Y qué pasa con eso?
-Pasa que mientras vosotros estáis en lo vuestro, yo veo muchos días a un espabilao y a su "media" novia regresar al piso, un poco como a escondidas. Se tiran dentro un buen rato, y luego vuelven a salir como si tal cosa. Y eso, un día sí y otro..., también.
Inocentes criaturas nosotros dos, yo en concreto, recién salido del seminario, no alcanzamos ni por asomo a imaginar la trascendencia de aquellas palabras que el portero mascullaba enrritao. "Y vuestros padres tan tranquilos en casa, y estos dos... En fin, que me llevan los demonios con estas cosas".
-Perdone, Luís -me atrevo yo a intervenir-. ¿Y qué ve usted de malo en eso? Yo, la verdad, no sé qué decirle.
-¡Me cago ya en mi estampa! -se encoleriza el hombre sin entender nosotros el por qué-. ¿Pero es posible que no os deis cuenta?
-¿Cree usted que entran a robar o algo? -Se le ocurre a Fraski.
-¡Por Dios bendito, a robar! ¿Pero vosotros os habéis caído de un guindo, o qué? Vamos a ver si os enteráis de una puta vez -se pone ya fuera de sí, con el cuello ingurgitado y las manos en garra-. Este tío la entierra en carne todos los días, joer ya.
Os puedo asegurar que yo no comprendí el significado de estas acusaciones, al parecer tan graves, hasta que no vi al hombre hacer con sus dedos el gesto del follisqueo.
¡¡¡Enterrarla en carne!!! ¿Cómo puede este hombre ser tan mal pensado? Y además ¿a quién se estaba refiriendo? Desde luego, ni Fraski ni yo podíamos ser, eso era evidente. ¿Se atrevería a tanto Pepe El Loco?
-Pero, Luis, díganos usted quién es, que podamos advertirle algo -se preocupa Fraski.
-Yo digo el pecado, pero no nombro al pecador. Habladlo entre vosotros -se pone en plan discreto-. Si veo que esto no se corrige, ya estáis buscando otro piso para el curso que viene. Yo no alquilo pisos a gente desvergonzada para hacer cochinadas.
Por supuesto que no movimos nada. El curso declinaba, y ya teníamos bicheado otro piso para el siguiente año. Pero a mí me impactó aquello de enterrarla en carne. En el seminario, ya mayorcitos, mis amigos y yo nos hacíamos confidencias picantes, claro. Y recordaba haber chismorreado con ellos de cosas como de "meterla en caliente", la "postura del perrito" o, incluso lo del "beso negro", cosa ésta que nunca llegué a entender del todo. Pero lo de ¡enterrarla en carne!!!... Demasiada metáfora para una mente tan bisoña en esos temas. Y la cosa es que luego, imaginando la escena, me regodeaba en la expresión, me gustaba, oye. Y fantaseaba con ello. Tanto, que han pasado cuarenta y seis años desde entonces y sigue haciéndome gracia.
-Peque, esta noche pienso de enterrarla en carne -le decía a la Toñi en mis mejores años de "sepulturero".
-Ah, sí?... Pos en el frigo tienes un hermoso pollo de Simago. ¡Arsa, empléate en su culo! -Ha sido siempre igual de enteraílla.
Eran años aquéllos de gran calentura. Quién sabe si el comienzo del calentamiento global.
sábado, 17 de octubre de 2020
La reconciliación
Y pasaron miles de años. Para el Señor, el tiempo de la cabezada de mi amigo Fraski: quince minutos. No obstante, tantos años, tantos minutos, hacen mella en cualquiera por muy Dios que se sea. Y se le ablandó el corazón. Y, olvidando el Diluvio, a Ayuso, al Coletas y hasta el mismísimo Borbón, un día resolvió que ya era llegada la hora de que sus criaturas españolas volvieran a disfrutar de aquellos lindos parajes robados a sus ojos por el pecado de sus antepasados. Y, de un plumazo, dirigiendo su celestial triángulo hacia nosotros, desplazó el mar de Thetis con su soplido huracanado y lo arrastró hasta el Mediterráneo actual.
Y ese gesto generoso del Señor volvió a poner al descubierto, para nuestro provecho, la más bella y fértil región creada por su mano. No una, sino varias mesopotamias resurgieron desde las más profundas simas marinas. Y propició así que nuestro amigo Juan Francisco nos pudiera explicar con su docta sapiencia los avatares habidos en la evolución geológica y antropológica de nuestra privilegiada tierra. Y permitió también el florecimiento de tantas civilizaciones y culturas distintas con las que hemos sido amamantados. Y dio pie al nacimiento de figuras humanas de proyección universal, desde Séneca a Maimónides; desde Trajano a Juan Ramón; de Abderramán III a Federico; de Victoria Kent a Picaso; de Velázquez a Camarón; de Lola Flores a María Zambrano... Y nos puso a la mano la posibilidad de bañarnos en la Caleta o en Bolonia; de pasear tranquilamente por la judería cordobesa; de admirar la fascinación de una Sevilla, mitad pueblerina, mitad monumental; de comer en el Pil Pil un día de primavera; de catar el jamón "de brillo" en Cumbres Mayores o en Pedroche; de extasiarnos una noche estrellada en el Torcal; de asombrarnos ante el manto infinito de olivos desde Martos a las Villas; de sentirnos moros adinerados en el Generalife... Y, sobre todo, de emborracharnos de naturaleza exultante en la Sierra de Cazorla, mucho más si nos alojamos en el sitio donde Dios descansó aquel lejano domingo en que terminó su Creación: el hotel Noguera de la Sierpe.
Que así sea.
Quedad con Dios.